Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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On greed and other sins –Priv.

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On greed and other sins –Priv.

Mensaje por Radu V. Rosenthal el Vie Ago 18, 2017 8:11 pm





On greed an other sins
Receloso osa ser, aquel que ha reclamado posesión, puesto que así lo dicta la naturaleza, quien le disturbe será penado.

Horda de aguijonazos se desperdigaron sobre su piel, arrebatándole de su tormentoso letargo sólo para que la poco más prometedora realidad le recibiera con sus aromas y preámbulo de tempestad. Las gotas eran delgadas, pero no por ello menos gélidas o punzantes; descubrió que, tras todo aquel tiempo tumbado sobre el lodo, su cuerpo se había hundido en la porquería y sus prendas se habían convertido en un manojo de sucios harapos, teñidos de sangre y sudor. Quiso ponerse de pie; aunque hubiese preferido perecer allí mismo, en aquel estado, sabía que su hermano no iría a permitírselo, era capaz de traerlo de regreso desde la muerte sólo para asegurarse de que se marchara como él lo dispusiera.
Le tomó tres intentos el poder tomar asiento, fue entonces que la llovizna se hizo más intensa, como si las nubes hubiesen estado aguantando el aliento a conciencia. Radu se sentía destrozado, si acaso aquella palabra alcanzaba a describir la sensación; estaba seguro de que portaba varios huesos quebrados y los golpes sobre la piel no colaboraban a hacer más ameno el movimiento de sus extremidades.

De algún modo se encontró poniéndose de pie y, trastabillando, alcanzó a recargarse contra una pared a medio desmoronar. Logró alzar la cabeza para contemplar sus inmediaciones, aunque el agua le estorbaba la visión, fue capaz de distinguir los vestigios de la arena, la basura dejada atrás por los espectadores y, en el suelo, aquel auténtico sacrilegio que suponía la fusión entre la pureza de la lluvia y la sangre de los vencidos.
Caminó al borde de desplomarse lo suficiente como para dejar atrás aquella derruida edificación, empleada únicamente para negocios y atracciones de mala muerte, y arribar a los primeros indicios de París. La ciudad ofrecía mayor resguardo del robusto viento y la suficiente cantidad de muros para que el lobo se apoyara durante su avance.
Debido al temporal, las calles se encontraban desiertas, por lo que Radu no corrió riesgo de alertar a los oficiales durante las rondas nocturnas ni a los ladronzuelos que hacían de las callejuelas estrechas sus centros de transacción.
Le llevó un buen par de horas arribar al bulevar que precedía a la casona, entre las caídas y las pausas para recobrar aliento, había acabado completamente mojado y con la temperatura corporal tan baja que sus heridas habían lentecido su sanar.

Se introdujo en el umbral y accedió a la residencia sin llamar a la puerta; de inmediato un grupo de sirvientes se arremolinó a su alrededor, al reconocerle, se dispersaron para regresar con toallas que alojaron sobre sus hombros y prendas limpias que Radu rechazó descortésmente. Su único deseo era el de encerrarse en sus aposentos y descansar como era debido, envuelto en sábanas de seda y su ilusoria estabilidad. Creyó que su hermano no estaría allí aquella noche, así que no tomó precauciones al introducirse en la sala que le conduciría hacia el pasillo con acceso a las habitaciones; mas la áspera voz del vampiro resonó en la estancia y, maldiciendo por lo bajo, el menor se acomodó la nariz reprimiendo un gemido, tras reparar en que quizá fuera el motivo por el que se le había pasado el reconocer su aroma.
Ah, allí estaba el conde con su porte impecable y aquel fugaz brillo en los ojos que tanto fastidio le generaba; seguro se estaría regocijando en su desdicha, así era en la mayoría de las ocasiones, en otras, simplemente, le fastidiaba no ser él quien dejara la última huella sobre el cuerpo del lobo.
Radu se irguió, simulando que todos los vestigios de la paliza presentes en su organismo, no eran más que la inocente mordida de un mosquito. Por algún motivo, la cantidad de individuos apostados en la casa superaba la convencional hacia aquellas horas, el lobo disponía de la habilidad como para conocer, al menos, ese ínfimo detalle. Frunció el ceño, acopiando, repentinamente, todas sus energías.
Buenas noches, querido hermano. ¿Acaso tenemos visitas? –Le espetó con evidente recelo, desde el comienzo había dejado bien en claro entre las normas de convivencia que no toleraría intromisiones indeseadas.


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Re: On greed and other sins –Priv.

Mensaje por Sokolović Rosenthal el Dom Sep 10, 2017 10:32 pm

El Conde una vez más hace de las suyas, había accedido en aceptar una invitación; una de las más pecadoras celebraciones, ya que aquel inmortal que hizo tal ofrecimiento de un encuentro, no solo enaltecía al Conde, sino que de negociaciones a futuro era por lo que realmente se había interesado, pero no estaba mal negarse a un banquete exquisito, ¡claro que no!, el aristócrata de preferencias bizarras, más que ganancias, brindó su cuerpo, sí, (claro que era la única manera en la que el Conde podría al menos ser parte), que jamás se negaba al deseo carnal, le era atractivo, y porque no decir que era de su especialidad ese hombre. Se había visto como una puta, una ingeniosa puta que al fin de cuentas se ganó el derecho de yacer en el lecho de Sokolović, por lo que le abrió las puertas de la mansión Rosenthal, y ¿por qué justamente ahí? porque ahí tenía todo lo que le satisface. Además de querer provocar a su maldito hermano, mostrarle una cruel enseñanza donde el Conde no pertenece a nadie y si se le descuidaba, como justo en esa misma ocasión, no era el único a quien tendría para joder. Por lo que aumentó su rabia al ver que el perro no llegaba, (se le brindó la libertad correspondiente al trato, pero este llego al límite, y ya debería de estar en esa maldita jaula), pero seguía provocando, sin obedecer en su exacta observancia las reglas, ya después se encargaría de él, y peor, que las consecuencias las recibiría su invitado especial. Sin embargo eso le encantaría.

Y vaya que hay que darle puntos a Horst, se dio  la tarea de conocer las preferencias de su señor. Llego antes de lo previsto, anticipando su llegada con el mayordomo el cual le dio indicaciones de alojarse en el salón principal, púes primero lo primero, debían cerrar las negociaciones, hacer que firmara el contrato y aún mejor, conocer los puntos de vista y la posición de este para saber a lo que se enfrenta, púes no por algo le atraía ese muchacho, representaba un enemigo, y un aliado a su vez, uno que de negocios sabe manjar, y riesgosas actuaciones sobre todo, jugando con todo para ganar, por ello es que baja de las escaleras con un traje de gala que en breves momentos será destrozado, púes hasta en eso se asemejan, ambos eran bestias, animales muy traviesos. Y si nos remontamos a viejas tradiciones, el vestir de aquella manera, representaba un baile con el diablo, en el que el primero que dé, el minué, será el sirviente del otro.

— Veo que quieres ganar puntos a favor, mi querido Horst, pero por favor, toma asiento, y servirle del mejor viñedo que tengamos, o ¿prefieres una copa de sangre caliente? Lo que sea de tu elección, pídelo, así estaremos más a gusto, y más si trataremos de convenios, ¿no lo crees? …

¡Maldita sea su mirada! Tan profunda, y cómplice con las pupilas, seduciendo tan solo con mirarle, posándose en su frente y leyendo los términos en los que demanda para compartir un embarcadero, el hacerse de un nuevo local y el otorgamiento de una licencia para abrir más establecimientos donde ya no serán burdeles lo que abra, sino, clubs privados, clandestinos en el sentido de su real faceta, porque si uno va a su investigación todo estaría legalizado, sin faltar a las normas. Donde se preguntaran porqué no solo lo obliga sin tener que divertirse con él, pero esa era la verdad, que le encanta jugar, y con el elevaba la intensidad, púes su réplica se basó directamente en querer beber de los labios del Conde, por lo que las reacciones comenzaban a ser una maniobra, pues se le acercó de manera íntima, tomándolo del cuello como queriendo estrangularlo, delineando la comisura de sus labios con la extremidad de la lengua, y le pregunto: — Dicen que hago que todos tengan miedo de mí, ¿Por qué no me tienes miedo? —. Le mostró los colmillos y en cuanto tuvo lo que quería, púes resulta que el miedo lo tenía, pero era el sabor que Horst añoraba, así era su extrañeza de regocijarse y ser auténticamente complacido. Que una risa corta ejecuto el Conde, a punto de apoderarse de esos labios y dejar que su falange descendiera a la pelvis de su invitado, poniéndolo a prueba, porque ahí quedo, le soltó y fue a tomar asiento en el otro extremo, dedicándose a seguir en las cláusulas y peticiones de su parte en caso de incumplimiento al nuevo contrato que generarían. Y sí, entre la charla, las provocaciones resaltaban, insinuaciones bien vistas y entendidas se prosiguió hasta la finalización del negocio, ya solo era la parte de la celebración. Que ahí, con llamarle con la mano, le dio el permiso a que se le acercara, y que se inclinara mostrando la lealtad que tanto profesa con esa boca, y qué espléndida reverencia, Horst mostró sus respetos al masajear con delicadeza y cierta efusividad por encima del bulto del Conde, quien con los brazos extendidos en el sofá estaba, posando en este como el verdadero señor de todo. Yendo al paso en que su boca coronaria su falo, y ahí, justamente ahí, capturó ese hediondo olor, la esencia familiarizada con sonidos de movimientos, la jodida servidumbre yendo y viniendo, ¡molesto! porque había dicho que no interrumpieran en nada. Y pareciese que demandó lo contrario, lo distraían de aquel placer, y con su molestia no detuvo al otro inmortal, porque eso ansiaba, y aún más, que el otro le viese, porque era él, nada menos que Vassk, (su queridísimo hermano) y ante su presencia, y su insolente voz en ese momento, hizo ademan de que guardara silencio, dirigiendo la mirada hacia quien postrado en reverencia ante su falo se halla.

..Con inquietudes que le ocasionaron verlo, ¿porque maldita sea se hallaba en ese estado? ¿Quién oso en tocarlo? Enfurecido, conservó su disgusto, sí se fue a abrir las patas a alguien más, lo pagaría muy caro, pero por ahora le dará lo que tanto desdeña, la indiferencia, lo ignorara y que escuche como es que se revuelca su Conde con otro, que vea cómo es que deben ser fieles a sus peticiones, porque Horst jamás abandono ese falo, realizaban un excelente labor con esa boca y no se diga de su lengua, no dudo en tenerlo, y el motivo era porque era el mejor. — Retírate, como has visto estoy ocupado, mañana hablaremos y ve pensando en lo que dirás, ni una más Vasska, te lo advertí.


«Florece  la flor imperial, el respeto es forjado con venganza y la paz de los seres queridos se ha cultivado al sobrevivir un Rosenthal»

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Re: On greed and other sins –Priv.

Mensaje por Radu V. Rosenthal Hoy a las 7:04 pm





On greed an other sins
¿Dónde ha quedado nuestro acuerdo, donde yo bebo de tu copa y tú comes de mi mano?

La imagen que le recibió en la sala principal le dejó ciertamente perplejo. El aroma inconfundible de su hermano colmaba el ambiente con habitual intensidad, mas el repugnante hedor del otro vampiro se desperdigaba, usurpador, en un funesto intento por igualarlo. Radu conocía la primera fragancia y, aunque despreciara la pútrida característica de la raza, se había resignado a tolerar la de su congénito —venga, jamás iba a admitir que, en realidad, le agradaba—; no era el caso con la de cualquier otro no-vivo.
¿Cómo osaba, aquel bastardo traidor, infligir el acuerdo y, para colmo de males, hacerlo de un modo tan descarado?, de manera tan infame, despreciable.

Radu sintió la ira instalarse en su vientre y ascender hasta arremolinarse en la base de su garganta. Deseó abalanzarse sobre aquel par de apestosas criaturas y desgarrar con el simple uso de los colmillos sus pálidos cuellos, desprovistos de pulso, de prudencia.
Estuvo a punto de cometer un descuido, de dejarse llevar por sus impulsos y quedar en ridículo, pero fue la repentina aparición de una criada la que le detuvo en el acto. Se plantó frente a él, con completo descaro, solo para ofrecerle un paño de toalla perfectamente enrollado.
—La tina está lista, señor —anunció sin inmutarse. Debía ser una jovencilla muy tonta para interponerse a una fiera en pleno episodio de ataque, o quizá suficientemente astuta como para leer la situación y evitar una catástrofe. Radu no estaba de ánimos como para descifrar el significado oculto detrás de la mirada que le dedicó, pero sí le fue suficiente para recordar el estado deplorable en el que se encontraba.

Tomó la toalla con brusquedad y se dio la vuelta con intención de dirigirse rumbo al baño.
Ya era extenso rumor el que te acostabas con cualquier zorra con objeto de obtener tus despreciables acuerdos, hermanito. Quién iba a decir que lo comprobaría tan prontamente. En fin, disfruta de tus negocios, procura que no te rebane el pene con ese par de demoníacos colmillos, no sé cómo irás a jactarte luego si lo pierdes de un modo tan patético. —El joven se alejó por una puerta lateral, manteniendo la compostura para disimular el dolor que le suponía caminar con los huesos fisurados—. Te recordaba más… exigente, la verdad, casi pareciera que estás desesperado —añadió, antes de esfumarse completamente.

Ingresó en el cuarto de baño, se desvistió aprisa y se zambulló en la bañera tan pronto se encontró desnudo. Se lavó el lodo y la sangre a toda velocidad, aprovechando a acomodarse los huesos que se encontraban en una posición que no les correspondía. No demoró más de diez minutos, pues tenía prisa. Se secó de inmediato y se vistió con unos pantalones que habían dispuesto sobre un mobiliario junto con otras prendas limpias que se negó a calzarse. Se acomodó el cabello y abandonó la habitación con el cuerpo aún húmedo.
Ingresó en la sala una vez más, simulando no prestar atención al accionar de los otros dos presentes; se ubicó delante de uno de los libreros y tomó uno cuyo lomo le llamó la atención, sin verdadera intención de leerlo. Tomó asiento en el sofá dispuesto frente al ocupado por su hermano y se reclinó con parsimonia, abriendo el volumen en la primera página impresa. A continuación, dirigió la mirada hacia el par de vampiros.
Oh, no se preocupen por mí, no me molesta ni pretendo interferir en sus negociaciones —se excusó, sin motivo aparente, antes de devolver la atención hacia el libro.

Al hedor que invadía la habitación se sumaron los sonidos, Radu debió hacer acopio de su más profunda fuente de paciencia para no destrozar por completo el lugar. Odiaba a su hermano, lo detestaba profundamente, luego de haber experimentado una noche tan poco gratificante, debía soportar el indignante comportamiento del mayor. Había llegado a creer que realmente sufría de algún tipo de adicción al sexo y que lo sobrellevaba concurriendo a la cama con cualquier desprevenido que se cruzara en su camino. Pero el que lo llevara a la casa era un sacrilegio, una terrible violación al pacto, a su confianza.
Radu no deseaba presenciar aquella escena, disfrutaba de la ilusión de retorcer el pescuezo de aquel intruso dentro de su mente, pero se obligaba a leer las líneas del texto, sin prestar verdadera atención.
Su cuerpo estaba repleto de magullones, si bien sanarían en la brevedad, era inevitable vislumbrar las manchas violáceas que coloreaban sus tatuajes o el rojizo de los tajos en su tez.
En cierta instancia, el lobo logró compenetrarse en la historia que sus ojos recorrían y trasladarse al universo ilusorio que presentaba el relato. Reparar en la escena que se sucedía allí mismo frente a él, le generaba un sabor amargo en la boca, un malestar indescriptible en el estómago y un intenso dolor en el pecho.


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Re: On greed and other sins –Priv.

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