Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

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Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Herman van Haacht el Miér Ago 23, 2017 5:41 pm

Apenas conocía París y pocos eran los lugares a los que había aprendido a llegar sin dar demasiadas vueltas sin sentido. Como buen ocioso que fue en su época, uno de esos lugares eran las tabernas. Herman las había probado todas las que quedaban a pocos minutos de la manzana donde se había estrellado, lugar que había adoptado como propio y consideraba su hogar en lo que durara la estancia, que, vista la precariedad de la choza donde vivía, no creía que fuera a ser mucho tiempo. Al menos, esa era su intención, primero porque su destino estaba lejos de allí, en el sur, y segundo, porque no tenía ni un maldito franco en el bolsillo. ¿Cómo había sobrevivido hasta entonces? Con labia y una mano larga, como siempre había hecho desde que lo perdió todo. Había tenido la suerte de caerle en gracia a una tendera de mediana edad que acudía todas las mañanas al mercado y que le daba algo de comida, pero lo demás lo tenía difícil. Y lo demás englobaba al alcohol.

Entró en una taberna con el suelo pegajoso y un hedor a vino rancio que invitaba a dar media vuelta; si no lo hizo fue porque sabía que esas eran las mejores. Los lugareños estaban, en su mayoría, borrachos como cubas, y si les jurabas haber visto un hombre verde caer del cielo se lo creían todo a pies juntillas, así que hacer que le invitaran a una copa no podía ser más complicado que eso. Eligió un taburete junto a un grandullón que estaba empezando a quedarse dormido con el vaso agarrado entre los dedos. Se espabiló nada más sentir a Herman a su lado, y éste lo saludó como si fueran viejos amigos, algo que el borracho no llegó a entender. O había bebido demasiado, o demasiado poco, puesto que la farsa que intentó empezar el cambiante no dio sus frutos. El grandullón lo mandó a paseo con un gruñido, así que tuvo que cambiar de táctica. El problema era que no sabía cuál emplear ahora.

Sácame lo mismo que a él y deja fuera la botella —improvisó, nada seguro de cómo terminaría pagando todo aquello.

Cuando le sirvió el vaso lo alzó mirando a su nuevo camarada, haciendo como si brindara a su salud, y se bebió todo el contenido de un trago. Inmediatamente después agarró la botella y se sirvió otro vaso, haciendo un gesto con la mano para que el otro acercara el suyo. Por el estado en el que se encontraba sabía que no diría que no, y no falló.

Ya llevaba servidas tres rondas cuando el borracho se cayó hacia un lado, con la mala fortuna de hacerlo sobre un tercero que enseguida le devolvió el golpe. Para cuando Herman se giró a mirar qué pasaba se había armado una buena pelea dentro de la taberna. Un vaso aterrizó a sus pies, rompiéndose en mil pedazos, seguido del sonido de una silla astillándose. El tabernero sacó un bastón gigantesco de detrás de la barra y salió a poner orden, momento que el cambiante aprovechó para coger la botella y salir de allí mientras durara el tumulto. Otro problema resuelto.

Dio un trago largo de la botella para celebrar su victoria y comenzó a caminar sin rumbo cuando, de pronto, sintió una presencia conocida cerca de allí. Era extraño, puesto que dudaba mucho de que la única conla que había tenido el placer de cruzarse en París estuviera por aquella zona de la ciudad. Se dejó guiar, movido más por la curiosidad que por la necesidad, hasta llegar a la puerta de una segunda taberna (que, por cierto, no conocía). Fue allí donde lo encontró.

Vaya, vaya, qué nos ha traído la marea. —Se acercó hasta él con un gesto de sorpresa en el rostro—. Aunque no sé si la marea es lo más idóneo en nuestro caso, porque yo soy más de aprovechar las corrientes de aire y a ti dudo mucho que te guste el agua, por eso de que maúllas, ya sabes, no me malinterpretes... —Dio otro trago a la botella y se limpió los labios con el dorso de la mano—. Pero creo que se ha entendido el punto, ¿no?



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Re: Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Dom Ago 27, 2017 1:36 pm

Hay que ver las casualidades que tiene la vida, ¿no? No hacía ni un mes, o quizá hacía más y el tiempo se había terminado por emborronar entre la pena, el alcohol, el opio y la apatía que vino justo después, que Miklós la había encontrado de nuevo precisamente allí, donde se encontraba esa noche, que no tenía nada de fatídico aunque una parte de él quisiera verlo así. Esa parte, por cierto, era la que no creía en las coincidencias, y lo cierto era que en eso tenía razón, pues el lado masoquista del enigmático rompecabezas que era Miklós a veces era el responsable de llevarlo allí, a recabar todos los recuerdos que pudiera de su reencuentro para... ¿Para qué? ¿Para purgarse? Estaba convencido de que el agua del bautismo no lavaba los pecados, no cuando eran de las dimensiones de los suyos, y sobre todo los que tenían que ver con Imara; tal vez lo que la situación requería era un enfrentamiento mucho más directo, ¿no?, a lo mejor así lo superaba. Y aunque sospechaba que no, no lo haría para nada, él no era ningún cobarde, y sabía que tarde o temprano llegaría esa terapia de choque por la que entró en la misma taberna, pidió lo mismo que había pedido entonces, intentó aspirar a la borrachera que había tenido en aquella noche (esa sí había sido fatídica) y se preparó para la batalla. Todo lo que pudiera hacerlo, al menos, y sospechaba que no sería mucho aunque estuviera tan a lo suyo que no atendía ni a las fulanas ni a los enfrentamientos del bareto; parecía que Miklós estaba en otro mundo, y así era, torturándose con imágenes de entonces y con aspectos de la muerte de Imara que creía que habría podido impedir pero que no consiguió detener, aunque lo intentó. Esa impotencia le dolía mucho más que todo lo demás, pero ¿acaso no pasa eso siempre a los supervivientes de un hecho traumático al compararse con los que no fueron tan afortunados...?

– Otra. – pidió, con voz ronca pero no por la borrachera, y sin mirar al tabernero, pero tampoco hizo falta porque le sacó otra ronda gracias a que el húngaro había pagado por adelantado con unas cuantas monedas que tenía guardadas por ahí. Antaño, ¡iluso de él!, había creído que serían para el futuro que tendría con ella, pero esa posibilidad se la habían arrebatado por la fuerza, así que las malgastaba en cualquier cosa que pudiera permitirle lidiar con todo de una forma menos insana que con la apatía existencial que se había apoderado de él. Sí que debía de estar mal la cosa para que el opio fuera una alternativa mejor a cualquier otra opción, ¿eh? Efectivamente, así era, Miklós estaba tan hundido en la miseria que el hoyo se había convertido en su hogar, pero por alguna suerte de milagro (en los que, recordemos, creía. Para él no, por pecador, pero siendo creyente, ¿por qué no contemplar la posibilidad de que algo así pudiera suceder?), fue capaz de volver a la realidad lo suficiente para ver a alguien a quien... Bueno, no se alegró de verlo. Tampoco se entristeció; como mucho, le sorprendió un poco, pero muy poco, porque hacía años que no se encontraban y, bueno, París era grande, pero ¿de verdad era posible tanto reencuentro con su maldito pasado? Al menos, Herman no le traía recuerdos de una época con Imara, sino de justo cuando la había perdido por primera vez. Viéndolo por el lado bueno, no le sorprendería la mirada fija y muerta del magyar, menos pantera que nunca. – Miau. ¿Alguna estupidez más que quieras decirme? – lo saludó, a su (hostil) manera, y lo invitó a sentarse antes de, sin mirarlo, deslizar un vaso por la barra en dirección a él, alentándolo para que se uniera a su borrachera porque... Bueno, ¿por qué no? – Así que has decidido aterrizar por aquí, siguiendo con tus chistes malos. ¿Qué te trae a París? A una taberna lo imagino, pero a la ciudad... Sorpréndeme. ¿Vienes a dejarte morir con otros edificios de fondo, como todos, o tienes algún plan más interesante que huir y salvar el cuello? – preguntó.

Algo bueno tenía la situación, eso había que reconocerlo: Miklós no podía estar muerto por dentro del todo si aún, pese a los años transcurridos, seguía atrayéndole el hombre que tenía delante, ¿no? Quien no se consuela...



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Re: Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Herman van Haacht el Dom Sep 24, 2017 3:49 pm

Cuando decidió seguir esa intuición, presentimiento, o lo que fuera que le había llamado la atención al salir de la taberna anterior, nunca se imaginó que el sujeto que la hubiera provocado fuera Miklós Laborc DeGrasso. No porque no se acordara de él, Herman recordaba cada rostro que veía, aunque fuera sólo por unos segundos (y el del cambiante lo había visto mucho más que eso); si le sorprendió fue porque, cuando se separaron, no creía que se lo volvería a encontrar en lo que restaba de vida. Les había unido la necesidad y, en el momento en el que esa necesidad dejó de existir, cada uno siguió su camino: Herman el de la búsqueda de venganza, y Miklós el suyo, fuera cual fuera. Ahora que se daba cuenta, nunca hablaron de lo que harían cuando terminara su huída, quizá porque, hasta que eso no pasara, no serían completamente libres de hacer lo que les viniera en gana.

Aceptó la invitación y tomó asiento junto a la pantera. Lo cierto es que no había pensado quedarse mucho más tiempo rondando las tabernas de París, principalmente porque no llevaba ni un solo franco en el bolsillo y necesitaba convencer a los lugareños de que le invitaran a una copa, que, si ya era difícil de conseguir una vez, la segunda era, generalmente, imposible. Aún así, parecía que Miklós estaba de suficiente buen humor como para dejarle sentarse a su lado y, además, invitarle a un trago, así que aquello debía ser una señal de buena suerte, o algo parecido, y Herman no estaba para desperdiciar las oportunidades que se le fueran presentando.

Gracias —dijo, parando el vaso con una mano—.  Recuerdo que tenías mal humor, especialmente por las mañanas, pero ¿no crees que es un poco tarde tarde para andar gruñendo?

Dio el primer sorbo y se sorprendió de que le supiera bien. Apartó el vaso de los labios y lo miró, escéptico, antes de olfatear el contenido. No parecía algo distinto a lo que había estado bebiendo en la taberna anterior, así que, o bien era algo realmente mejor, o él ya estaba algo perjudicado y todo le sabía igual. Se encogió de hombros y dejó la botella que llevaba sobre la barra, que era lo único que iba a poder aportar a la velada.

Eres el único que no se ríe con mis chistes —mintió, de manera muy descarada además, porque ambos sabían que aquello no era cierto. Al menos, él sí lo sabía, pero ¿qué más daba?—. En realidad, estoy aquí por accidente. Iba hacia el sur cuando algún idiota me confundió con una perdiz, una paloma, o yo qué sé. El caso es que me pegó un tiro en el ala y me estrellé. Pero tranquilo, ya estoy bien —aclaró, como si Miklós fuera a preocuparse realmente por su estado. Eso sí que había sido un buen chiste—. Me encontró una chiquita que me estuvo haciendo mejunjes para curar la herida y, bueno, en lo que recupero la movilidad me dedico a buscar sitios donde me inviten a unas copas. —Alzó el vaso hacia él y bebió como si lo estuviera haciendo en su honor, una idea no del todo descabellada puesto que todo eso lo estaba pagando él—. ¿Y tú, cómo has llegado hasta aquí? La última vez que nos vimos estábamos bastante más al norte y, para qué te voy a engañar, no te imaginaba haciendo vida en una ciudad tan pomposa.

Aunque la taberna donde se encontraban no fuera, para nada, un reflejo fiel de la idea generalizada que había sobre la ciudad de París, Herman había visto ya esas avenidas en las que las personas menos afortunadas eran observadas por encima del hombro, y eso en el mejor de los casos, porque otras eran ignorados hasta tal punto que, si un caballo les aplastaba la cabeza, estarían más preocupados por limpiar la calzada que por la vida del pobre infeliz. No, definitivamente, no era una ciudad donde imaginara encontrarse con Miklós y, si lo pensaba bien, tampoco era una en la que hubiera pensado que él mismo terminara, pero esos debían ser la clase de giros que daba la vida.



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Re: Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Lun Oct 09, 2017 3:55 pm

¿Hasta qué punto le interesaba a Miklós lo que tuviera Herman que contarle? Esa era una pregunta interesante, y no solamente para el neerlandés, sino también para el propio húngaro, quien no había podido cambiar más desde la última vez que se habían visto, para desgracia del pájaro que se le había ido a sentar al lado. Sí, bien, podía refugiarse cuanto quisiera en la comodidad de creer que conocía al hombre que tenía sentado al lado, ¡quién mejor que Miklós con su apatía existencial para comprender la comodidad a la que a veces se recurría en la vida!, pero el húngaro no se engañaba con eso tanto como parecía hacerlo el neerlandés, y le resultaba curioso. Todo lo curioso, claro, que pudiera parecerle algo a quien por fin había cumplido ese objetivo añejo suyo de morirse cada día un poquito más por dentro, como consecuencia de la muerte de su hermana Imara, Pero, claro, Herman no sabía eso, como en realidad sabían poco del otro, así que ¿podía culparlo por refugiarse en esa certeza que sí había tenido entonces de Miklós, como era su mal humor? Probablemente no; así lo demostraba que hasta él fuera consciente de que estaba amargado, ¿cómo no estarlo? El motivo importaba poco siempre y cuando hubiera alcohol de por medio que ayudara a sobrellevarlo, y la verdad era que el otro tampoco es como si se encontrara mucho menos en la podredumbre que cuando se habían juntado (y revuelto, ¿lo recordaría Herman? ¿O sólo Miklós, que no se engañaba con respecto a sus gustos, era capaz de enfrentarse a ello sin remordimientos?) la primera vez. Así pues, escuchó, también porque no tenía nada mejor que hacer, y ¿acaso no era así? Era una de las ventajas de haberlo perdido todo: ¡puede malgastarse tanto tiempo como se quisiera! Eso, combinado con su longevidad, propia de un cambiante, lo hacía todo mucho más propenso a la pérdida máxima de vida en tonterías, como en beber hasta el hartazgo o escuchar a un antiguo lío preguntar por él, como si le interesara. Sí, ya...

– Ya decía yo que estabas tocado del ala, ahora veo que resulta que es cierto en más de un sentido. ¿Ves? Adivino tendría que haber sido, no... esto. – replicó, y no quiso ahondar más en esa generalización tan grande que era el esto porque, si empezaba, seguro que no terminaba a tiempo de seguir bebiendo, así que prefería no andar en aguas pantanosas. Sí que se dio cuenta, hasta él, de que había sonado particularmente duro consigo mismo, así que eligió cambiar de tema para que Herman no preguntara cosas que él no estaba demasiado dispuesto a contestar. – No iba a quedarme tanto tiempo como llevo, eso es cierto. Vine por accidente, descubrí que hay muchos maleantes a los que enfrentarme por dinero y pensé en ahorrar hasta recuperarme del todo y dejar la mala vida, pero ya sabes que la mala vida me persigue, así que eso fue un poco infructuoso. – explicó, mirando al líquido que se encontraba dentro del vaso como si allí dentro se encontrara la solución a todos sus males, y lo cierto era que, aunque sabía que no era así, no dejaba de comportarse como si se encontrara en plena y alcohólica búsqueda de soluciones para sus muchos problemas. Así había sido antes de perder a su única ancla, qué oportuno el lenguaje marinero tratándose de él, y así había sido después, cuando estaba tan perdido como le era posible a uno estarlo, encontrándose con gente por doquier, pasados y nuevos, como lo estaba haciendo con Herman. – Luego está, claro, que está ciudad tiene un talento peculiar para arrojarte a la cara cosas que nunca creías que encontrarías aquí, sobre todo gente a la que jamás esperarías ver en París. En tu caso, yo, en el mío... Otros. Y otras. Nunca he hecho ascos a esos, quién mejor que tú para saberlo. – concluyó, desviando el tema y mirándolo con los ojos fríos, entrecerrados, a los del cambiante, buscando el reconocimiento o la valentía de negarle la evidencia a la cara cuando ambos sabían, o debían saber, lo que había sucedido aquella noche ante esa hoguera, en medio de ninguna parte.

Ah, pero no todos eran tan abiertos de mente como el húngaro, y mucho más infrecuente era encontrar a otros que se enorgullecieran tanto de estarlo como el magyar, incluso si ese era el único sentimiento del que era capaz cuando los demás se le escurrían como si intentara atrapar agua con la mano.



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Re: Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Herman van Haacht el Jue Oct 19, 2017 3:52 pm

Herman tocado del ala, ese sí que había sido un buen chiste. ¡Ay, si el gatito supiera…! Lo cierto es que el neerlandés siempre había tenido lo suyo, aunque eso era algo que quizá Miklós no supiera. Para cuando se conocieron, el legítimo barón había entrado en una espiral de decadencia tras haber perdido sus tierras y su hogar, que era lo único que de verdad le había importado alguna vez, a pesar de que eso lo descubriera después, cuando ya no le quedó nada. Desde ese momento no había levantado cabeza, principalmente porque de sobrevivir sabía más bien poco, acostumbrado como estaba a la buena vida y a que todos hicieran lo que él ordenara. Había tenido que ir aprendiendo a base de golpes, literalmente, hasta obtener un resultado que, si bien no se podía decir que fuera bueno (su aspecto daba buena cuenta de ello), a Herman no le parecía tan malo. Seguía vivo, ¿no? Eso ya era más de lo que a muchos les hubiera gustado, y él lo sentía como una gran victoria porque significaba que todavía tenía opciones de volver a la normalidad.

Fue a preguntar qué era eso que no quería ser, pero se entretuvo demasiado tiempo con su vaso y el húngaro se le adelantó, contestando a la pregunta que le había hecho anteriormente y, de paso, cambiando el tema de conversación. El pájaro no insistió, porque, a decir verdad, le daba lo mismo hablar de una cosa que de otra. Al menos, eso era lo que creía hasta que vio el rumbo que tomaban las palabras de Miklós. Herman se tensó, y fue algo que hasta el más borracho de la taberna podría haber notado, de haber estado un poco atento. Había esperado que su antiguo compañero de faenas no se acordara de esa faena en concreto, ocurrida tiempo atrás entre ellos, y no como él, que sí se acordaba, perfectamente además. Aunque eso no fuera algo muy meritorio, teniendo en cuenta que recordaba cada cosa que veía, escuchaba u olía como si lo acabara de hacer, sabía que ese revolcón le habría perseguido el resto de su vida aun sin poseer una mente privilegiada. ¿Por qué? Porque había sido el primero y el único que había compartido con otro hombre. Herman, que si por algo se caracterizaba era por su facilidad para darse al vicio, esa noche con Miklós cruzó su raya personal, abriendo una senda en su vida que no estaba seguro de querer descubrir.

Carraspeó y desvió la vista hacia el vaso, clavándola en el líquido y sintiendo la del otro fija en él. Pensó en desviar el tema, pero supo que eso no iba a darle el resultado esperado. Si el húngaro quería que contestara, estaba seguro de que, tarde o temprano, volvería a intentarlo, así que mejor hacerlo cuanto antes y que se olvidara del tema.

En ese caso, ya podría haberme arrojado a Anna, o a Ilse —comentó, dando un sorbo y volviendo el rostro hacia él lentamente—, pero supongo que tendré que conformarme contigo, gatejo. No te ofendas, no es que no me guste tu compañía. Es sólo que ellas son más guapas que tú.

Intentó no darle importancia actuando como si realmente le diera igual lo que hubiera ocurrido aquella noche, pero, en su fuero interno, sabía bien que no era así. Si no pensaba en ello era porque no quería recordarlo, no porque no le hubiera gustado, y eso era, precisamente, lo que más le molestaba. ¿Que se hubieran enredado los dos a la luz de una hoguera estando bajo los efectos del alcohol? Era algo que no le hacía gracia, pero si, al menos, no hubiera disfrutado con ello, podría llegar a perdonárselo a sí mismo. Un desliz lo podía tener cualquiera, ¿no? Y más todavía si uno no estaba por completo en sus cabales. No, su dilema residía en que no podía pensar en Miklós sin acordarse de aquella noche, y el recuerdo de ese revolcón le erizaba el vello de una forma gustosa, acompañada por ese mismo cosquilleo que sentía cuando veía a una mujer hermosa… Y, ahora, también cuando lo veía a él. Vaya fortuna la suya que París hubiera querido servírselo en bandeja, otra vez, y para colmo, rodeados de alcohol. Qué hermosa casualidad.

Así que también estás aquí por accidente —cambió de tema otra vez, a ver si así conseguía eliminar esa odiosa sensación del cuerpo—. Por lo que veo, esta ciudad no sólo arroja gente a la cara, sino que tiene la increíble capacidad de atraer accidentados por doquier. A mí me han pegado un tiro, ¿cuál ha sido tu desgracia?



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Re: Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

Mensaje por Miklós L. DeGrasso el Dom Nov 05, 2017 12:30 pm

Oh, por favor, no, tanta sutileza no, ¡Miklós no sería capaz de aguantarla...! Para desgracia de Herman, cogida de la mano de una ignorancia que el neerlandés no sabía que poseía, el húngaro era muy observador, demasiado incluso; habiéndose criado con una mujer como Eszter, tan imprevisible como retorcida, ¿cómo podía ser de otra manera? De ella, así como de sus ochocientos (así a ojo) consortes, Miklós había aprendido muchos talentos, que se habían sumado a otros que le pertenecían por su naturaleza felina y lo habían convertido en el hombre que era, y la observación era uno de los que tenía más desarrollados. ¡Sí, efectivamente, sus ojos azules no servían sólo para lucirlos o para helar con su ardiente indiferencia! Y, por ello, no los había apartado de Herman, mucho menos centrado en recuerdos del pasado que el otro, quien fue tan transparente para Miklós como cabía esperar de un pajarito en las zarpas de un gato. Hicieran lo que hicieran, los dos estaban abocados a terminar siempre igual, enredados en una cacería en la que el magyar tenía las de ganar, y ya no sólo por ser un depredador nato, sino porque tenía mucha más experiencia en la calle y en los bajos mundos que el antiguo noble al que había salvado de una muerte segura. O lo estarían, de no encontrarse Miklós en una etapa tan mala y tan apática de su vida como consecuencia de la muerte de su hermana Imara; lo estarían, de estar el magyar dispuesto a enredarse en batallas e incluso con él, aunque Herman quisiera negar que tal cosa hubiera sucedido nunca, para incredulidad de Miklós. ¿A qué venía eso, si podía saberse? ¿Qué sentido tenía negar un pasado, aunque se hubieran cometido errores? Miklós, mejor que muchos, sabía que el pasado era algo con lo que se debía lidiar como se pudiera, y aunque la mayor parte de las veces dolía, eso no significaba borrarlo, porque esa siempre sería la peor idea posible, se mirara por donde se mirase.

– Sería increíble que a ti te ofendiera mi compañía, precisamente a ti. ¿Te has mirado en un espejo últimamente o sólo te has estrellado contra ellos? Eso por no hablar de tu peste, ¿destilas licor a través de tu cuerpo? – opinó, malcarado en las palabras pero no tanto en el tono, que era tan indiferente como hasta ese momento. Hasta si apenas se habían visto una vez hacía años y después nada, la diferencia entre el Miklós de entonces y el presente era abismal, casi porque parecía que el Miklós de entonces era apasionado, y nunca esa palabra había sido adecuada para definir al magyar, ni siquiera en sus mejores momentos. Borracho o no, herido o no, Herman no tenía un pelo de tonto, así que no sería imposible para él darse cuenta de una realidad que Miklós no estaba destacando a propósito, pues hablar de sí mismo no era algo que le apeteciera en exceso; de lo contrario, ¿habría ido siquiera a un bareto de mala muerte a beber y beber hasta desfallecer? No, ¿verdad? Pues ya estaba. – Tengo muchas desgracias, pero la que me trajo aquí fue que mataron a lo que me quedaba de familia y me lo quitaron todo. Ah, y que el opio parisino es estupendo, ¿no lo sabías? – comentó, sin poder evitar cierta sorna al final, y en esa misma línea se le torció la boca en una sonrisa que acompañaba bien a sus palabras en la teoría, claro, pero que en la práctica se quedó hueco, vacío, completamente inexpresivo. Por mucho que lo intentara, y tenía sus momentos últimamente, Miklós no estaba sintiendo nada esa temporada, y la apatía lo volvía alguien aún más interesante para los demás que en el pasado, pues muchos lo confundían con misterio y eso, decían, le favorecía. No era como si el magyar estuviera condenadamente interesado en ir seduciendo a diestro y siniestro, tenía cosas mejores en las que pensar en aquel momento de su vida, de modo que permaneció ajeno al efecto que pudiera tener en Herman, a lo cual también contribuyó que ya no estuviera mirándolo a la cara. – Me quedé porque no tengo más sitios a donde ir. Tengo sangre nómada, nunca he tenido un hogar, pero París no es mal sitio para volverme sedentario. – añadió.

Había más motivos, por supuesto, aunque los había descubierto al quedarse en París, y no cuando sus pasos vagaban por el viejo continente en busca de un destino. Thibault, su única familia viva (bueno, más o menos), era uno de ellos, pero su confianza con Herman no llegaba en absoluto a ese punto... y le daba la impresión de que jamás llegaría, al paso que iban.



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Miklós L. DeGrasso
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Re: Con dos monedas y una copa de ron {Miklós L. DeGrasso}

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