Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Fate of the Tempest — Privado

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Fate of the Tempest — Privado

Mensaje por Willem van der Decken el Vie Ago 25, 2017 5:37 pm

Quién sabe por qué demonios había decidido terminar en una taberna de mala muerte, ¡cuando él ni bebía!, ni mucho menos lo necesitaba. Y de haber podido hacerlo, tampoco iba a prescindir de la bebida para, ¿ahogar sus penas, emborracharse por gusto o qué? ¡Ni de broma! Él prefería mantener sus neuronas perfectamente funcionales, y seguir siendo el hombre práctico de costumbre. Además, mientras sus acompañantes estuvieran ebrios, alguien más en el Holandés Errante debía permanecer con sus cuatro sentidos, y ese tenía que ser el capitán, más obvio no podía ser.

Lo cierto es que Cyril no estaba muy centrado en las motivaciones que lo llevaron a aceptar la invitación de unos cuantos miembros de su tripulación, que ya habían perdido parte de su cerebro con apenas unas botellas de vino barato. Él, contrario a ellos, estaba mirando fijamente un mala budista que reposaba sobre sus manos, mientras a un costado se encontraba lo que suponía era su bebida, la cual ignoró todo el largo rato. Sus pensamientos viajaron justo hasta esa época en la que conoció a aquel monje en alguna parte de Asia Oriental; ese mismo hombre que lo ayudó a superar la locura que estaba consumiendo su mente. ¡Estaba agradecido con él! Sí, Cyril (ahora Willem van der Decken), se encontraba profundamente agradecido con un humano, cuyos restos ya estarían momificados por las bajas temperaturas del Tíbet. Apenas alzó la mirada cuando escuchó a uno de los suyos pronunciar en voz muy alta (casi a gritos, mejor dicho) su nombre y seudónimo. Cyril apenas hizo un ademán y se esfumó del lugar.

Pocas veces se dejaba llevar por un arrebato de sus recuerdos, y prefería la soledad en esos casos. ¡Bah! Tampoco es que era alguien de andar compartiendo sus traumas con otros, en lo más mínimo. Esas cosas simplemente las discutía con su cabeza, voz interior, o lo que fuera. No tenía deseos de estar haciéndose el nostálgico con nadie, ni mucho menos le agradaba sentirse de aquel modo. Sabía que era algo inevitable, pero también un reverendo fastidio. Aun así, aquello fue suficiente para plantearse determinadas cosas; decisiones que ya debía haber tomado desde hacía un tiempo atrás. ¿O tal vez no?

¡Bien! Tenía que reconocer que no era fácil lidiar con los estigmas del pasado, ¡y ni siquiera él se libraba de semejante amargura! Parte de su locura se había dado precisamente por eso, porque no fue capaz de combatir a sus demonios en aquel entonces. Sus pensamientos se hallaban tan nebulosos como las sombras que se apoderaban de todos los rincones del puerto, apenas el muelle contaba con algo de iluminación, pero no era suficiente para tranquilizar a cualquier fisgón. ¿Quién se atrevería a meterse a un sitio así a altas horas de la noche? Un osado. O mejor dicho, un estúpido. Sin embargo, esa era otra cosa; él no se encontraba paseando entre penumbras para estar asustando a los incautos. Podría considerarse un hombre más, paseando al aire libre y... ¡Tonterías!

Sabía de sobra que algún molesto ladrón estaría oculto entre los contenedores para decidir atacarlo, así que, luego de guardarse el mala en su abrigo, continuó avanzando por el muelle, con completa indiferencia. Si tenía que darle una sepultura en el mar a ese ratero de poca monta, lo haría, ¿a quién demonios le iba a importar alguien así? Pero antes de poder siquiera hacer algo, o que aquel insolente lo atacara como se suponía lo haría, alguien, o algo más, se adelantó. Lo que supuso un problema menos para Cyril, al menos por un breve instante, porque lo que percibió después no le hizo nada de gracia.

¡No! Aquello tenía que ser una mala jugada de su cabeza, de seguro por todo lo que había recordado y esas cosas que ni valían la pena. Aun así, no pudo aislar aquella sensación nefasta que lo abrumó. Bien, debía acabar con la duda de una vez por todas. Y así estaba: yendo al lugar en donde el ladrón había sido asesinado (el olor de la sangre lo delató), ¡y cuánto lamentó haberlo hecho!

¡Pausanias! No, Ciro. ¡O cómo diablos se llamara ahora! Sí, justamente su antiguo compañero de guerra... Casi destrozándole el cuello a un mortal que ya estaba más que muerto.

—¡Ya, hombre! Al infeliz no le quedará ni una gota más... Ten un poco de control, Pausanias —exclamó, con la suficiente firmeza para llamar su atención. Uh, y sí que lo hizo—. Tranquilo, eh. No quise interrumpir tu cena, bueno, quizá un poco. Supongo que todavía me recuerdas, ¿o tengo que refrescarte la memoria?


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Re: Fate of the Tempest — Privado

Mensaje por Ciro el Dom Ago 27, 2017 1:49 pm

Había ciertas cosas que estaban claras: París era la capital de Francia, un reino dentro del continente europeo; los vampiros no podían salir por el día o el sol, ¡maldito fuera ese que coartaba la libertad de los que se la habían ganado a fuego!, los freiría y convertiría en polvo; Ciro estaba loco, como una maldita cabra, con ciertos momentos de cordura. Porque, sí, los tenía, no es que sucedieran a menudo pero, de vez en cuando y sin que sirviera de precedente, parecía que Ciro era Pausanias de nuevo y se comportaba con esa guerrera dignidad de entonces, como el maldito diarca que había sido y como la Historia lo recordaba. ¿El problema? Bueno, que aquel no era uno de esos momentos...

Pocas veces había estado más claro que Ciro estaba loco, pero había que reconocer algo en su defensa: ¡esta vez no era culpa suya! Bueno, pocas veces lo era porque casi siempre era cosa del mundo queriendo meterse con su superioridad innata y existente hasta en sus peores momentos, pero en aquel momento concreto, una noche al parecer aleatoria, Ciro no era el causante total de la locura con la que se estaba comportando. Sí que lo había sido cuando Fausto se había encargado de herirlo y torturarlo, pues era un hecho demostrado y demostrable que Ciro se había liberado por completo para asumirlo y, claro, la consecuencia era que había abrazado su lado más caótico, rebelde y, bueno, demente, a fin de cuentas. Pero ¿aquella noche? No. Aquella noche era culpa de Cassandra.

En un instante de pausa, mientras estaba rodeado de las víctimas a las que había destrozado y con cuyos miembros se había hecho una especie de trono (podrido y apestoso, pero igual le daba; su aspecto, de todas maneras, iba a juego, así que hasta era apropiado. ¡Coqueto hasta el fin, el vampírico malandrín!), se tomó un minuto para odiarla, más aún de lo que ya lo hacía, pero menos que a Fausto. ¡Menos mal, sus prioridades seguían estando claras, después de todo! Aun así, no podía negar el efecto que había tenido el reencuentro con una de sus pretéritas fulanas en él, uno similar al que tuvo la tortura por parte de Fausto en su maldito día, pero menos, porque nada funcionaba tanto como aquella obsesión... Por el momento.

Consciente de que, encima, aún tendría que darle las gracias al cazador por ello, el vampiro siseó, enseñó los dientes a sus víctimas destrozadas y salió... ¿se puede decir corriendo cuando lo hizo casi a cuatro patas, arrastrándose como un animal? Bueno, pues así; Ciro estaba cerca del puerto, y el olor a agua salada lo condujo hasta los tablones de madera del embarcadero donde, para su fortuna, había aún más alimento. Qué curioso era que, con tanta muerte, ni siquiera se hubiera acordado de beber sangre, pero solucionó ese pequeño desliz tan rápido y violento como lo estaba siendo su comportamiento hasta entonces: abriéndole el cuello de una dentellada desgarradora para que la sangre entrara en él a chorro, con toda la presión que necesitaba.

¡Y qué placer sintió, demonios, cuánto lo disfrutó hasta que escuchó esa otra voz! Ciro, otrora Pausanias, no se detuvo ante el estímulo externo, y bebió todas las gotas excepto la última que le quedaba dentro al otro. Sólo entonces tuvo a bien alzar sus ojos, asalvajados y de tono azul oscuro por la luna nueva que (no) brillaba en el cielo, hacia el hombre que, justo enfrente, parecía su reflejo de antaño y lo opuesto a él entonces: limpio, arreglado, absolutamente bien colocado, y moralmente superior, ¡por todos los demonios! Y Ciro, Pausanias en un breve instante, que había apreciado a aquel hombre como si hubiera sido de su sangre, pues había sido el único leal a él en un mar de traiciones y luchas constantes, lo odió; lo odió tanto que no pensó y reaccionó tal cual, con una rapidez que le impidió a Cyril quitarse de encima al cadáver que Ciro le lanzó, como si no pesara nada.

Una gota. Para tu información, le quedaba una gota, ¿por qué clase de inútil me tienes? – replicó, brusco, sin incorporarse de su postura casi animal, aunque realmente estaba en cuclillas y con los brazos apoyados en las rodillas, a la espera de que su mente le gritara que atacara de nuevo o... O cualquier cosa. No creía que fuera a haber alternativa porque así de enfadado estaba, pero dejaba la posibilidad abierta, por si acaso. – Te recuerdo, sí. No sé qué le ha dado a Esparta ahora por volver, porque primero vino ella y ahora tú. Dime, ¿Agis también volverá o de él sí que me he librado de una maldita vez? Dejadme todos en paz, no os necesito. – ordenó, gruñendo, y qué poco Pausanias sonaba el hombre que tenía la misma expresión feroz que Cyril había visto mil veces en batalla... Tal vez algo de él sí que quedara, en el fondo.




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Re: Fate of the Tempest — Privado

Mensaje por Willem van der Decken el Jue Sep 21, 2017 4:44 pm

Resultaba curioso intentar comprender los motivos de aquellos que anhelan y atesoran la inmortalidad, creyendo que ésta es la fuente de la solución a sus desgracias; como si la eternidad permitiera la felicidad, según el punto de vista de cada uno, porque hay maneras de ser feliz, desde luego. Sin embargo, aquí no pretendemos ahondar en esos meollos demasiado elaborados como para suponer obtener algún valioso tratado sobre lo qué es la felicidad. Aquí simplemente intentamos dar una pequeña aclaratoria del hastío enorme que representa vivir eternamente, y todo desde el punto de vista de alguien que ha caminado a través de dos milenios y un poco más, para ilustrar las razones por las cuales la existencia sempiterna es un arma de doble filo. Porque claro, es muy agradable saber que se tiene toda una existencia para cumplir los propósitos más egoístas de cada uno. Es una dicha reconocer que la vejez jamás será un problema para nuestra apariencia. Pero, ¿y qué hay de los sacrificios?

Renunciar a la luz, desde la perspectiva física, no es algo que suene tan elocuente. Todos sabemos que el sol es necesario para sentirse con suficiente vigor, como la noche también es capaz de brindar descanso y sosiego al alma, aparte de avivar las llamas de la imaginación, precisamente por la serenidad que sus horas proporcionan. Básicamente, ambos son polos opuestos y perfectamente sincronizados. ¿Qué pasa cuando uno de estos dos se aisla por completo? Pero más curioso aún, ¿los vampiros extrañarían los días al ser condenados a la noche? Por supuesto, eso representa un tremendo obstáculo, aunque algunos, desde su poca experiencia, intenten ignorarlo. La falta del día es el primer problema con el que tiene que lidiar un no-muerto, luego viene la sed y por último... la locura.

¡Y qué lo reconociera Cyril! Él que estuvo a punto de consumirse por ese último demonio del vampirismo, ya cuando los siglos le pesaban en los hombros. Cuando la experiencia le había atribuido demasiadas vivencias, unas más satisfactorias que las otras. Sin embargo, no negaba el cansancio que aquello suponía, y de no ser por ese monje tibetano, se hubiera dejado enloquecer por su propia vejez espiritual, tal y como, supuso, había ocurrido con su buen amigo. Lo recordaba en la gloria de la victoria, pero ahora... ahora no lo reconocía de ese modo. Y le supo mal, tan amargo como la hiel. Aun así, no sintió pena por él, porque no se permitía albergar lástima por nadie.

¿Qué tanto le había ocurrido para llegar a ese abismo tan lamentable? ¿Él habría acabado de la misma manera? Fue complicado hallar una respuesta, porque primero tenía que lidiar con la presencia de... Pausanias, Ciro, ¿o quién? Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para concentrarse en él, luego de haber dejado caer al cadáver, que le había sido arrojado, al suelo. Las palabras de su antiguo camarada no le hicieron gracia alguna, pero había una diferencia: Él, Cyril, sí estaba cuerdo, y eso bastaba para controlar su fugaz molestia. De algún modo entendía la negativa del otro espartano.

De tantas personas con las que tuvo que involucrarse el otro, ¿a quién se refirió con el epíteto de "ella"? Cuestiones aparte, prefirió atender mejor a otras cosas, antes de ahondar más en esas razones curiosas. ¿Por qué demonios no se ponía de pie? Casi pudo compararlo con un animal. Sólo un poco...

—¿Qué demonios ha pasado contigo? Ciro, Pausanias... ¿ahora cuál es tu nombre? —contestó, usando un tono neutral, como el de antaño. Después de todo, no había cambiado tanto—. No sé a quién más hayas visto, pero, bien, Agis no regresará del más allá, supongo. No creo que te haya odiado tanto como para volver a atormentarte. Aunque tu estado actual no creo que haya sido por él. Apenas y lo recordabas con hastío.

Replicó, permaneciendo de pie, con las manos en los bolsillos de su abrigo, mientras le dedicaba una mirada inquisitiva al vampiro que tenía casi en frente. Quizá sí lo necesitaba, al menos para que pudiera recobrar un poco de lógica en sus acciones. Nadie lo engañaba, su pretérito amigo estaba completamente loco. No le fue difícil darse cuenta de ello, pero podía haber un poco de lucidez en algún rincón de su caótica cabeza.

—Ponte de pie, Pausanias. Hazle honor a tu maldito origen, sino lo haré yo... ¿Cómo mierda caíste tan bajo? —replicó con obstinación, ddebido a la negativa y falta de sensatez del otro vampiro—. ¿Crees que hacer estas porquerías va a proporcionarte victorias? ¡No! Maldita sea, ¡no! Sólo te estás hundiendo más, no seas estúpido.



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Re: Fate of the Tempest — Privado

Mensaje por Ciro el Lun Oct 09, 2017 4:06 pm

Pero ¿a qué venía la cara larga! ¿Qué problema tenían todos aquellos con los que se reencontraba el espartano, y a los que antaño había llegado a llamar compatriotas, con su actual identidad y actitud? Siempre había sido un bastardo, aunque fuera un hijo legítimo; siempre, desde el principio, se había comportado como una bestia, aunque se tomara el esfuerzo de comedirse en ciertas situaciones que así lo requerían. La batalla, por cierto, no había sido una de esas situaciones, ¡jamás!, así que ¿a qué venía eso de hacerse el indignado por parte de su antiguo compañero?

El vampiro lo detestaba. No a él, a Cyril, sino a lo que él representaba: ante su óptica, el otro sólo era uno de esos que lo habían abandonado y no había hecho nada por salvarle, pero que al cabo de los siglos decide volver, nadie sabe muy bien por qué, y echarle en cara que... ¿Qué, exactamente? ¿Que era patético, a sus ojos? Más patético era no cambiar nunca, mantenerse hasta con el mismo tono de voz que había tenido en el pasado, intensificando así los recuerdos aún más que el hecho de que se estuvieran comunicando en la lengua muerta, dialecto peloponésico, que ambos habían hablado en su momento.

Sí, Ciro tal vez fuera el vampiro que estaba en el suelo comportándose como una bestia, pero, en su opinión (y seguía valorándola mucho más que la de cualquier otro ser con el que se cruzara, ¡muchas gracias!), no era el peor de los dos, en absoluto. Él se había mantenido más o menos consecuente, abrazando una locura que le era tan inherente como el talento con la espada, y ¿quién mejor que Cyril para saber hasta qué punto era bueno con las armas el antiguo rey Pausanias...? Sí, ese por el que sentía desprecio, que lo miraba con la cabeza ladeada y los nudillos en el suelo, casi primate, pero mucho más peligroso que un simio cualquiera, porque tenía la inteligencia de la que los homínidos anteriores a él carecían.

¿Qué me ha pasado? Más que lo que haya pasado contigo, está claro. – comentó, y consiguió que sonara como el peor de los insultos aunque no hubiera incidido particularmente en su tono para convertirlo en algo duro, como quizá antaño sí habría hecho de estar enfadado. No, el espartano se había elevado por encima de esas minucias, algo curioso dado que seguía acuclillado en el suelo, frente a Cyril, y negándose por su enorme y maldito orgullo a incorporarse y darle la razón. Además, ¿y lo bien que le sentaba el contraste entre su actitud y su tono civilizado...?

¿Sabes quién sí me ha odiado lo suficiente y además va a vivir eternamente? Cassandra. A esa he visto. Pareces estúpido, ¿de verdad no entiendes que no hay nadie más que pueda arruinarme tanto el humor cuando tú la veías hacerlo a diario antes, en el pasado? ¿Qué otra ella me ha tocado tanto las narices, estúpido? – siseó, aún controlándose para no gritar, pero el mal humor empezaba a hacerse notar en sus palabras, así como en su mirada, centrada en la del antiguo compañero de batallas que consideraba, en su fuero interno, un traidor, a menos claro que cambiara su comportamiento, pero el espartano dudaba que fuera a suceder algo así.

¿Crees que necesito tu consejo? ¿Después de todo y de apañarme bastante bien durante más de un milenio? Ni de broma. – espetó, y era cierto que antaño le había venido muy bien la opinión del otro, pero ¿en aquel momento? Sólo pensarlo le daba tanto asco que se sentía con ganas de vomitar, aunque tal vez fuera porque recordaba que la maldita Cassandra también había vuelto a aparecer justo antes que Cyril y, bueno, ella siempre lo ponía más enfermo que su antiguo compañero, ¡no podía evitarlo! En eso se había basado su tórrida historia, en realidad: en esa pasión enfermiza que intercalaban con momentos de no querer ni verse (él, ella siempre había estado igual de obsesionada), tan distinto al aburrimiento vital de Cyril que Ciro no quería saber nada más de ninguno.

Con un gesto fluido, elegante en esa forma bestial que había adoptado como suya, Ciro se incorporó, pero se mantuvo encorvado y a la defensiva, como un animal a punto de atacar y no como el rey que había sido y que había necesitado al otro. Mirándolo de arriba abajo, con desprecio, Ciro negó con la cabeza y, a continuación, se dio la vuelta para alejarse de él, aunque no pudo evitar decir algo más... Algo que debía quedar claro, ¡de una maldita vez por todas! – Pausanias murió hace siglos. Ahora soy Ciro, y, bajo o no, es donde he caído, y me gusta. Así que ahórrate la moralidad, estoy por encima de eso desde siempre. – sentenció, brutalmente sincero, como era evidente para cualquiera que lo conociera mínimamente.




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