Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Tight Rope {Privado}

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Tight Rope {Privado}

Mensaje por Amanda Smith el Dom Ago 27, 2017 8:58 pm

Me consideraba una mujer inteligente, sobre todo cuando me comparaba con muchos de los especímenes que se encontraban a mi alrededor, bien fuera en Francia, en los Países Bajos o en cualquier otro reino o república en el que hubiera posado un pie en mi larga existencia. Por supuesto, no siempre había sido así, y durante largas temporadas había estado tan concentrada en sentir y tan poco en pensar que había cometido graves estupideces, algunas de las cuales con consecuencias que todavía me encontraba pagando, para mi desgracia. La batalla entre el raciocinio y los sentimientos era, pues, una constante en mí, cuyos resultados dependían enormemente de un momento o de otro de mi propia historia, pero a la que creía haber puesto fin en los últimos tiempos, confortable como me encontraba en el término medio tan loado por los antiguos filósofos. Esa nueva perspectiva me permitía ver mis decisiones desde un punto de vista más neutral, así como poder detectar errores y peligros que éstos pudieran acarrear, por lo que no dejaba de ser una situación agradable para mí incluso cuando se trataba de asuntos particulares que me incomodaban sobremanera. Así las cosas, hacía bastante que le estaba dando vueltas a las consecuencias de uno de los rasgos que mejor definían a la Amanda de los tiempos más recientes, como era mi reinado; hacía, también, bastante, que me había dado cuenta de que un sector de la nobleza neerlandesa no estaba de acuerdo conmigo, la Usurpadora, como habían decidido bautizarme a mis espaldas. Y, sin embargo, no fue sino gracias a esa inteligencia que muchos no consideraban que poseyera, tanto por ser mujer como por dedicar una cantidad considerable de mi tiempo a mi aspecto físico, que pude identificar fácilmente a los cabecillas del complot existente contra mí sin que ellos supieran que lo había hecho.

Había varios, por supuesto, pero el más importante de ellos era una auténtica pieza donde las hubiera: Cornelius Krayenhoff. Tan ambicioso como absolutamente cruel, era uno de los que más habían manifestado su rechazo hacia mí y mis decisiones, desde el desmantelamiento de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales hasta los consejeros que había elegido para que me rodearan y me guiaran en mis decisiones, las únicas que el reino recibía porque mi marido no ejercía, en lo más mínimo, como rey. Una figura tan llamativa como él no podía permanecer mucho tiempo en el anonimato, sobre todo si se contaba con los recursos adecuados para descubrir cada uno de sus peores secretos, y ¿quién podía contar con mejores recursos que una reina? Solamente una vampiresa milenaria: afortunadamente para mí, yo compaginaba ambas naturalezas, de modo que fue solamente cuestión de tiempo que un informe completo sobre la vida del recientemente designado barón se encontrara en mis manos, arrojando a la luz datos la mar de interesantes. Pese a que no hubiera, ni en mi reino ni en ninguno, ninguna ley que penara a un noble que le había arrebatado el título a otro si ese otro no se esforzaba siquiera en defenderse, esa situación lo colocaba en una posición afortunada, por el título, pero potencialmente perjudicial por haberse granjeado a un enemigo, que, estaba segura, haría todo lo posible por deshacerse de él. En el caso de Krayenhoff, su baronato había sido arrebatado a la familia van Haacht, cuyo heredero había sobrevivido a la ambición del mismo que intentaba destruirme a mí, por lo que él mismo había designado a la mano que lo destruiría, para mi enorme e infinita facilidad. Así pues, mi siguiente movimiento fue tratar de dar con Herman van Haacht, pero el poder de Krayenhoff se había vuelto lo suficientemente considerable para no querer darle posibilidad alguna de acusarme de juntarme con enemigos confesos suyos, por lo que no me quedó más remedio que acudir a París.

Los signos, sin embargo, parecían apuntar todos a mi favor: los últimos informes revelaron que Herman se encontraba en la capital francesa, y pese a no ser una mujer, en absoluto, supersticiosa, lo consideré tan buena señal que no dudé lo más mínimo en enviarle una invitación para que acudiera a mi mansión francesa. El hecho de no haberlo citado en el Louvre, sino en la intimidad de mi hogar, daba buena cuenta del carácter personal que tenía la reunión, si bien él no supo quién le había mandado acudir a aquella mansión hasta que no se encontró frente a mí, para mantener mi anonimato en la medida de lo posible. Además, aquella no fue mi única decisión en pos de mi propia seguridad: la casa se encontraba vigilada por varios mercenarios leales a mí, que me protegerían y guardarían el secreto de oídos neerlandeses indiscretos, y había sustituido, aquella noche, al servicio por miembros de mi guardia personal, leales a mí por completo. Esa, pues, fue la estampa que Herman se encontró al llegar a mi mansión, nota manuscrita en mano, con aspecto de haber sido arrancado de un burdel y conducido a los pies de su reina, quien, elegante en contraste con él, lo miraba desde arriba, estudiándolo. – Bien, imagino que sabes quién soy ahora que me has visto y que te has fijado en la guardia que me rodea. Nos saltaremos las presentaciones, ¿de acuerdo?, dado que yo también sé quién eres tú, Herman van Haacht. Adelante, siéntate. – lo recibí, y le hice un gesto para que me siguiera, vestida del color negro de la medianoche, hacia un amplio y cálido salón, con sendos sofás enfrente de la chimenea que nos invitaban a ambos a ocuparlos. – Admito que ha sido una sorpresa encontrarte tan rápido. Si yo he podido, no te quepa duda de que tus enemigos también podrían, aunque les cueste más. Un error un poco elemental, dado que Cornelius Krayenhoff se ha convertido en un hombre influyente y peligroso. Pero no quiero acelerarme: te he invitado para que me cuentes tu versión de la historia. La suya ya la conozco, se ha recreado en ella innumerables veces en los salones de mi palacio, pero quiero escuchar la otra versión, así que adelante. Tu monarca te lo ordena. – pedí, al tiempo que acercaba una botella de vino y nos servía sendas copas.



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Re: Tight Rope {Privado}

Mensaje por Herman van Haacht el Sáb Sep 09, 2017 6:50 pm

La noche empezaba a caer y, junto con ella, las buenas gentes de París se recogían en la calidez de sus respectivos hogares, ansiando un merecido descanso que les llevaría a un nuevo día. Para Herman, en cambio, no había un hogar al que regresar, porque el único que había conocido se lo habían arrebatado hacía muchos años. Con el tiempo había aprendido a darse cuenta de que todo fue consecuencia de sus actos, tan impropios y desmedidos que, probablemente, la baronía fuera ahora mejor que cuando él estaba al cargo. No obstante, eso no implicaba que no quisiera recuperarlo a toda costa, y ya no sólo por volver al nivel de vida que había tenido mientras fue barón, sino por cobrarse la venganza que le tenía guardada a Conelius Krayenhoff, una venganza que rozaba lo personal, más que lo político.  Pero, para eso, primero tenía que conseguir aliados que aunaran fuerzas junto a él, porque estaba visto que solo no conseguiría más que volver a ser capturado y, si eso pasaba, no tendría la suerte de poder escapar como la última vez.

Por eso se encontraba esa noche en una zona apartada de la ciudad, a salvo de miradas indiscretas que pudieran mostrar demasiado interés por lo que hacía. ¿Y... qué hacía? Fácil: intentar volar. Su brazo se había recuperado y apenas quedaba rastro de la herida de bala que le había hecho caer, así que, como humano no tenía problemas a la hora de utilizarlo. Como ave, en cambio, necesitaba una precisión exquisita en los movimientos para poder mantenerse en el aire el mayor tiempo posible, y su brazo todavía estaba sensible como para llevarlos a cabo. Se transformó en el suelo y aleteó un par de veces antes de dar un salto y alzar el vuelo. Llegó hasta el alféizar de una ventana sin mayor complicación y el búho ululó para celebrarlo. Parecía que iba a poder abandonar la ciudad pronto, y eso eran buenas noticias para él. Bajar de allí no le iba a suponer un gran esfuerzo —o eso creyó—; planear siempre le había parecido fácil. Ululó una vez más y se dejó caer extendiendo las alas. Todo fue bien hasta que, a una altura de dos metros, comenzó a sentir un calambre en el ala que le obligó a plegarla, lo que terminó con su fantástico planeo. Se estrelló, con consecuencias menos graves esta vez, pero dejándole en un estado que bien parecía recién sacado de un basurero: el pelo, completamente despeinado; la ropa, manchada, arrugada y con roturas allí donde las piedras habían ejercido de cuchillas.

Se levantó maldiciendo en mil idiomas porque sus planes se acababan de desbaratar. Tenía que conseguirlo, fuera como fuera. Se sacudió la porquería con energía, ignorando el dolor que todavía sentía, y se disponía a volver a intentarlo cuando escuchó unos pasos que se acercaban hacia allí. Irguió la espalda y alzó el mentón, adoptando ese porte regio tan característico en Herman. El desconocido se acercó a él, le tendió una nota sellada y, tal y como había llegado, se fue, dejándole tan confundido que lo único que fue capaz de hacer fue echarse a reír. ¿Quién demonios le enviaba cartas selladas a aquellas horas de la noche, en una ciudad que apenas conocía? Por un momento pensó en Krayenhoff y su risa se evaporó. Si era él, sus planes tendrían que cambiar sin más dilación; es decir, tendría que salir de allí ya. Nada más abrir el papel buscó una firma, un nombre, o algo que le indicara quién era el remitente, pero, para su asombro, era una invitación anónima para acudir a una mansión de París. Levantó la vista para buscar al hombre que se la había traído, pero allí sólo estaban él, un par de ratas y algún borracho que no tenía muy claro adónde ir. Estuvo tentado de tirar la nota y seguir a lo suyo, pero pensó que tampoco perdía nada por saciar la curiosidad que le había producido. ¿Qué más podía pasar? ¿Que otro loco comenzara a seguirle por el mundo?

Anduvo bastante hasta dar con la casa en cuestión, pero, nada más verla, supo que el autor de aquella misiva no era un chalado cualquiera. Había una cantidad ingente de vigilancia, así que el papel arrugado en su mano era la única manera de poder pasar por allí sin terminar desapareciendo en una fosa común. Desde que puso un pie en los terrenos no le dejaron solo ni un momento, ni siquiera cuando le llevaron frente a la persona que le había citado allí.

Se quedó de piedra nada más verla. De todas las personas que había pensado encontrarse, ella era la única en la que no habría pensado ni como última instancia. Amanda Smith, la reina de su querida patria, lo había citado en su casa —¿de verdad estaba en su casa?— para Dios sabía qué. Aquel bien podía ser su día de suerte o aquel en el que pasara a mejor vida.

Majestad —saludó, con la boca tan seca que le costó pronunciar cada sílaba.

No pudo evitar mirarla de arriba a abajo mientras caminaba tras ella. No había que olvidar que Herman era un hombre con cierta tendencia al vicio y Amanda una mujer muy hermosa que, además, contaba con el máximo poder sobre una tierra a la que él quería volver a toda costa. La miró una vez, con disimulo y sin pensar demasiado en ello porque era algo que enseguida se vería reflejado en su rostro, y lo último que quería era ser llevado al calabozo por intentar tirarle los tejos a la reina. Lo que le faltaba.

Al principio he pensado que la nota era de Krayenhoff —admitió, acomodándose en el sofá que ella le había señalado—, pero al ver que no había ni rastro de su nombre he sabido que no era así. Conociéndole, sé que habría dejado claro que ha sido él quien me ha encontrado. —Apretó la nota entre sus dedos antes de dejarla sobre la mesa, junto a la botella de vino. Cogió su copa y dio un trago, más corto de lo que le hubiera gustado, antes de continuar—. Mi versión. —Dejó el recipiente sobre la mesa y cruzó los dedos de ambas manos entre sí, apoyando los codos sobre los reposabrazos y la espalda en el respaldo—. Reconozco que no todo ha sido obra de Krayenhoff y admito mi parte de culpa en este asunto. Si no llega a ser por mis obras del pasado, muy probablemente no me encontraría cual muerto de hambre aquí sentado —aclaró—. No obstante, con esto no quiero decir que Krayenhoff no sea un maldito miserable. Lo conozco desde que tengo memoria y siempre juró fidelidad a la casa van Haacht, supongo que con la intención de casar a una de sus innumerables hijas con el heredero de la baronía. Nunca lo supe, mi padre no estaba demasiado interesado en eso, pero no hacía más que pasearlas por la casa como si fueran ganado en venta. —Se humedeció los labios con la punta de la lengua y miró la chimenea—. Su majestad y yo sabemos lo ambicioso que puede llegar a ser ese hombre. Cuando mi padre murió y yo derroché su fortuna —su voz sonó afilada, como si le doliese admitir tal hecho— decidió que quería ser él quien se quedara con todo, en vez de ofrecerme un trato de matrimonio donde sus nietos heredarían el título y mis posesiones. Perdí el título, la casa y todos los derechos que tenía. El resto de nobles y gente influyente se volvieron fieles a Krayenhoff y yo me quedé por allí un tiempo, esperando una oportunidad para volver a recuperar lo que fue mío, hasta que me invitaron a abandonar Róterdam.

Dio otro trago, esta vez algo más largo, para refrescar la garganta. Hacía mucho tiempo que no contaba aquella historia, pero Herman no había olvidado ningún detalle, por nimio que fuera. Ventajas de ser un cambiante, supuso.



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Re: Tight Rope {Privado}

Mensaje por Amanda Smith el Lun Sep 18, 2017 8:43 pm

Había escuchado rumores con respecto a él, por supuesto, pero pese a que sabía que tal vez algunos de ellos podrían ser hechos, otros eran tan descabellados que no podían sino ser invenciones, quizá del mismo Krayenhoff, aquel a quien ambos teníamos como enemigo en común. Por supuesto, la medida en que nos oponíamos a él era diferente, ya que la mía era totalmente política mientras que la suya era por completo personal; sin embargo, tener esa enemistad en común me permitía sospechar que muchas de las habladurías las habría iniciado el propio Cornelius, temeroso siempre de aquellos que tenían más posibilidades de triunfar que él, bien fuera Herman o yo misma, una monarca extranjera demasiado ambiciosa para su gusto. Además, conocía a la perfección sus métodos, dado que los había vivido en mis carnes desde que había tenido el suficiente valor o la suficiente estupidez, aún no me decidía, para enfrentarse a mí directamente, de modo que los rumores sobre Herman eran algo que tenía que eliminar para poder, así, evaluarlo como posible aliado. Con casi total seguridad, también tendría que desdeñar su apariencia, ya que él no tenía en absoluto el aspecto de alguien con posibilidades de recuperar cualquier título nobiliario, y así lo hacía saber mi guardia, con sus miradas de soslayo y sus expresiones de repulsa. Dado que no tenía tiempo que perder con ellos y sus recelos, les hice un gesto para que nos dejaran solos, de modo que cuando él empezó a hablar y a contarme su historia, sin entrar en detalles pero sin, tampoco, saltarse ninguno de sus pecados, yo lo escuché. Y debo confesar que lo hice con total atención, la que me garantizaba ser la única que estaba escuchando su confesión, pues, pese a todo, seguía siendo su reina, y él mi súbdito, y lo que él me contara quedaría protegido por ese vínculo que los dos habíamos asumido en momentos diferentes: yo al aceptar el trono y él, por su parte, al aceptar mi llamada.

– Reconozco tu valentía al admitir tu parte de la culpa. He escuchado lo que se dice de ti, y aunque no me crea ni una cuarta parte, debes reconocer que todos los rumores tienen cierta base de verdad, y el hecho de que haya tantos que hablen de tu vida disoluta, dan que pensar. Por otro lado, conozco la situación económica pasada de la baronía porque Cornelius se encarga de repetir lo beneficiosa que ha sido su labor a cada insensato que le pase cerca y le demuestre mínimamente que quiere escucharlo, de modo que esa parte no me sorprende. – reflexioné, mirándolo con atención mientras él, aún con el peso de su historia bajo los hombros, seguía sin saber qué quería yo exactamente de él. Pese a que, en mis palabras, había dejado traslucir mi antipatía hacia nuestro común enemigo, él no me conocía más de lo que yo lo conocía a él, motivo por el cual había decidido que reunirnos sería la mejor opción para los objetivos que ambos compartíamos, así que, dada su desventaja, tenía que tener toda su atención puesta en mí. No era como si me importara, en realidad, ya que apreciaba la ventaja que poseía sobre él del mismo modo que la curiosidad genuina, sobre todo en un caso como el suyo donde su reacción podría ir influenciando la mía en una o en otra dirección. – Krayenhoff es un tipo capaz e inteligente, pero demasiado ambicioso. Da igual si has podido ir a la universidad y formarte con los mejores si tu ambición va a dominar todo lo que hagas; eso, al final, te vuelve estúpido y te hace cometer errores, y si bien aprovecharse de ti puede ser uno de ellos, los ha cometido tan graves que ha terminado por despertar mi curiosidad. De ahí que te haya llamado para conocer tu versión de los hechos. – expliqué, sin ser sincera del todo, pero dándole la suficiente verdad para que no desconfiara demasiado ni de mí ni de mis intenciones. Intuía que, siendo su monarca, no permitiría que se le notara incluso si lo hacía, pero prefería asegurarme de que lo tenía donde quería, sobre todo porque estaba herido, y eso lo hacía tan potencialmente peligroso para mí como para Krayenhoff.

– Cornelius también está obsesionado con la nobleza y los títulos, no es nada nuevo. Ha intentado casar a sus hijas con nobles, y aunque en algunos casos ha tenido que conformarse con mercaderes mucho más ricos que los dueños de esas prebendas que él ansía, las ha colocado como amantes de esos nobles, con las esperanzas puestas en los bastardos que salgan de esas uniones. Francamente, es tan transparente que resulta casi aburrido, en ciertos casos, pero hay un pequeño problema añadido: no le caigo bien. Y con lo fácil que le resultó poner a los nobles en tu contra, creo que no peco de demasiado precavida si no deseo que suceda lo mismo conmigo. – razoné, dando un sorbo rápido al vino para, después, dejar la copa y doblar una pierna encima de la otra, en una posición mucho más casual, igual que también lo fue el hecho de que coloqué las manos en mi regazo y me incliné un tanto hacia él, no demasiado pero sí lo suficiente para que fuera evidente. De todas maneras, ¿por qué no serlo...? La enemistad que ambos sentíamos por el actual barón era evidente desde el momento en el que lo había recibido en mi residencia privada, por mucho que ambos supiéramos que no podía recibirlo en palacio de la forma protocolaria habitual. Por eso, no me heriría demasiado enseñarle una parte de mis intenciones, aunque no todas porque siempre prefería tener recursos por si acaso las cosas se torcían, y con un enemigo como el que compartíamos, las torceduras eran tan habituales que casi resultaba sospechoso. – No sé qué estás haciendo ahora, aparte de sobrevivir, con un resultado que no sé si es del todo satisfactorio, en mi opinión. Tampoco sé cuáles son tus objetivos: asumo que vengarte, por supuesto, pero ¿recuperar la baronía? ¿Volver a Róterdam? ¿Quedarte aquí? – pregunté, jugando con un hilo suelto inexistente en mi falda, aunque al instante volví a dejar la mano quieta. – Me interesa saberlo porque, Herman, ante todo soy una mujer práctica. Si va a producirse una guerra civil en mi corte, quiero saberlo antes que nadie para tomar las medidas que considere oportunas, ya sea a favor o en contra de tu postura. Eso no lo he decidido, pero si me explicas qué pretendes, tal vez pueda pensármelo. – propuse, con una referencia sutil a mis planes, pero nada definitorio todavía.



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Re: Tight Rope {Privado}

Mensaje por Herman van Haacht el Vie Oct 13, 2017 10:51 pm

No había duda de que se encontraba ante una mujer muy inteligente, probablemente más que el propio Herman, y lo cierto es que debía serlo si quería sobrevivir en ese mundo que ambos tan bien conocían. No, no pecaba de precavida al actuar antes de que la nobleza al completo estuviera en su contra, al contrario. Tratándose de Krayenhoff, no le extrañaba que quisiera quitársela de en medio, el muy idiota, haciendo que perdiera todos y cada uno de los apoyos que pudiera tener. Hacía ya varios años que Herman había perdido el contacto con aquellos que podían informarle sobre cómo iban las cosas en la corte, pero ya había quedado claro que, tratándose del actual barón, las cosas nunca cambiaban, y por mucho que Amanda fuera la reina, iba a costarle ejercer como tal si no tenía nadie que hablara en su favor.

Por el bien de esas chiquillas, me gustaría pensar que son sólo rumores para minar a Krayenhoff, pero, conociéndolo, sé que es más cierto que el hecho de que por las mañanas sale el sol.

Habló de las hijas del barón como si todavía fueran esas muchachas risueñas que había conocido él, pero lo cierto era que, al menos las mayores, se acercarían más a su edad real, que no era poca, que a los tiernos quince de aquel entonces. Un escalofrío le recorrió la espalda al imaginárselas desnudas en la cama de algún noble, seguramente más viejo que ellas, con la esperanza de engendrar algún bastardo que fuera el orgullo de su ambicioso padre. Herman reconocía que su papel como barón había sido pésimo, pero el de Krayenhoff, salvando las distancias, no parecía ser mucho mejor.

Dio otro sorbo al vino mientras la escuchaba atentamente. No tenía del todo claras las intenciones de ella, pero después de ver la poca simpatía que le profesaba a Cornelius, su mente ya empezó a hacerse una ligera idea de para qué le había citado aquella noche. No obstante, el neerlandés tampoco se hizo demasiadas ilusiones al respecto; estaba desesperado por encontrar ayuda, y a pesar de que la de Amanda parecía ser la mejor que podía haber encontrado, sabía que tenía que andar con pies de plomo en aquel asunto. No le beneficiaba en absoluto tenerla en su contra, y por eso no contestó de inmediato. Se tomó su tiempo, girando la copa con las yemas de los dedos mientras su mirada se quedaba fija en el líquido del interior.

Entiendo bien la inquietud de su majestad, así que iré al grano —Alzó la mirada hasta ella e imitó su postura informal, inclinando el cuerpo ligeramente hacia delante—. Mi intención es volver a Róterdam y recuperar la baronía, primeramente. Aún no he encontrado nada en París que me ate a esta ciudad, y no tengo pensado permanecer mucho tiempo por aquí, salvo que mi destino cambie de rumbo, en cuyo caso creo que me lo replantearé —comentó y volvió a apoyar la espalda en el sillón—. En cualquier caso, una vez que me haya hecho de nuevo con la baronía, quiero asegurarme de que le quito a Krayenhoff todas las opciones de volver a recuperarla, esa y cualquier otra que tenga en el punto de mira. Desconozco si ya ha conseguido sus bastardos de sangre azul, pero creo que me quedaría bastante satisfecho si lo dejo a él fuera de ese mundo para siempre. Con el tiempo se verá qué pasa con sus nietos, si es que consiguen hacer algo que llame suficientemente la atención.

También deseaba ver a Krayenhoff arrodillado a sus pies y suplicándole por su vida y su bienestar, pero eso se lo ahorró. En un futuro, si la relación que se empezaba a formar entre su monarca y él era lo suficientemente firme como para hacerse confesiones más profundas, quizá le comentara algo al respecto, pero hasta que no se sintiera confiado prefería que sus secretos siguieran siendo eso, secretos.

Sé que yo solo no tengo nada que hacer contra él. Krayenhoff posee demasiada información sobre mí y mi condición, y ya la usó en mi contra una vez. No pienso dejar que lo haga una segunda. —Dio un trago y carraspeó para aclararse la garganta—. Cuando me quedé sin nada, me prometí a mí mismo que, si conseguía recuperarlo, no dejaría que me lo volvieran a quitar. Sé que no será fácil porque Cornelius se habrá encargado de dejar el nombre de mi familia a la altura del barro, pero supongo que con tiempo conseguiré recuperar las alianzas perdidas. O esa es, al menos, mi tercera intención.

Hizo una pausa en la que aprovechó para mirarla, por el simple placer de ver a una auténtica reina de cerca. Era muy consciente de que su posición no era, ni mucho menos, ventajosa, y tan pronto como le había invitado a su casa podía mandarlo a paseo. Si eso ocurría, a Herman no le quedaría otro remedio que obedecer y callar. Podía no ser el mejor administrando su dinero, pero, en cuanto a relaciones, no era tan estúpido como Krayenhoff, que se había atrevido a enfrentarse a ella directamente.

Ahora que creo que he descubierto una buena parte de mis cartas, me atrevo a preguntar... —volvió a inclinarse hacia delante, de forma más pronunciada esta vez y apoyando los codos sobre las rodillas—. ¿Qué estoy haciendo aquí, exactamente?



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Re: Tight Rope {Privado}

Mensaje por Amanda Smith el Dom Nov 05, 2017 7:52 pm

A priori, hasta yo debía admitir que llamar a un hombre que llevaba apartado de la política neerlandesa, e incluso de la aristocracia de mi reino, varios años ya, no era la mejor de las ideas que se me habían ocurrido, y eso que en todos los siglos que llevaba viva había tenido oportunidades de sobra para tener ideas horribles. Sin embargo, siempre me había considerado una mujer pragmática, capaz de enfrentarme a los problemas de la forma más creativa posible, y la situación en la que ambos nos encontrábamos, totalmente por mi culpa, no era una excepción. Justo por tratarse de alguien ajeno por completo al problema que me estaba ahogando desde hacía un tiempo ya, nadie sospecharía de él, ni siquiera Krayenhoff, pero en su caso porque no tenía la suficiente inteligencia, no por otra cosa. Además, el conocimiento que hubiera podido adquirir sobre la corte y su funcionamiento durante su infancia me proporcionaría una perspectiva valiosa para poder enriquecer el mío, obtenido principalmente gracias a los libros y a mis propias experiencias, demasiado escasas para mi gusto. Así pues, todo mi plan parecía una buena idea sobre el papel, pero requería de un detalle pequeño al mismo tiempo que básico: que él estuviera a mi lado y que se mostrara dispuesto a hacer un trato conmigo, algo sobre lo que no tenía total certeza. Es decir, sí, tenía una ligera idea de por dónde iban a ir sus pensamientos, hasta si no los estaba leyendo, porque intuía que el odio que manifestaba hacia Cornelius, impregnando cada una de sus palabras lo notara él o no, sería suficiente para atraerlo a mi lado, pero ¿y después? Ese era un error que no quería cometer, y por eso me estaba tomando el tiempo de hacer que se sintiera cómodo, de permitirle hablar, de que expresara sus opiniones en un lugar donde tuviera la certeza de que nada de lo que diría estaría en su contra, incluso aunque su interlocutora fuera su monarca, con unas opiniones bastante fuertes en ciertos temas. El resultado fue justo el esperado: él habló, yo escuché, y cuando terminó yo medio sonreí, sin ceder y decirle aún lo que quería.

– Imaginaba que querrías volver, sí. Imagino, también, que como eres un tipo inteligente, sabes que Cornelius es un paranoico que espera un ataque, de modo que tu mejor estrategia es distraerlo lo suficiente para que no crea que vayas a intervenir, y hacerlo en el momento menos esperado para poder salirte con la tuya. En cuanto a lo demás, no me ha llegado ninguna misiva anunciándome el heredero a la baronía, ni tampoco la unión de dos títulos nobiliarios entre los que se incluya el tuyo, así que puedes respirar tranquilo por ahora. – expuse, con calma, tomándome el tiempo para estudiar su rostro al mismo tiempo que mis dedos hacían lo propio con la madera del reposabrazos de mi asiento, labrada y barnizada con tanto cuidado que mis yemas se resbalaban por la superficie suave, y le dotaban a la situación de un tono más fluido, en mi opinión, que de haber estado quieta y completamente rígida. Lo cierto era que sabía que toda aquella noche, desde el hecho de haberlo invitado a cómo me estaba comportando, era una afrenta directa al protocolo que se suponía que debían seguir todos mis actos, pero él era un hombre que lo había perdido todo, incluido su título, de modo que no se me ocurría nada menos apropiado que esa actitud emperifollada que se obligaba a la realeza a adquirir. Además, por si eso no fuera lo suficientemente importante como motivo, resultaría contraproducente hasta el hartazgo si, de pronto, estiraba la espalda y enderezaba la columna hasta el punto de que parecía que iba a romperse, lo trataba como si no fuera un ser con su propia historia e identidad más allá de su posición de inferior a mí o lo miraba por encima del hombro. Para toda actitud había su momento, y haberlo invitado al interior de mi palacete había, desde el principio, dictado un tono con el que estaba de acuerdo y me sentía cómoda, lo suficiente para plantearme no hacerle esperar más y responder a lo que él quería saber, el quid de todo el maldito asunto que me había llevado a involucrarme con él en primer lugar.

– Toda información puede desaparecer de las manos equivocadas. El fuego es muy peligroso, ¿sabes?, y completamente incontrolable. – sugerí, cruzando las piernas en actitud jovial y, a continuación, apoyando ambos codos en los muslos, de modo que me había reclinado un poco hacia él. – En cuanto a Krayenhoff, algo podría pasarle de camino al juicio por todos sus crímenes, los cuales encabeza el tan grave de traición a la corona. No sé, algún enmascarado podría atracar el carruaje que lo lleva y asesinarlo, confundiendo la carga con tesoros y enfadándose por no encontrar nada. – continué, encogiéndome de hombros, y entonces le sonreí con firmeza y con los ojos clavados en los suyos como cuchillos, así de seria era mi mirada pese a que el resto de mi rostro no expresara lo mismo. – Tus alianzas perdidas pueden empezar a recuperarse con el apoyo de tu reina, ¿no crees? Simplemente tendrías que tenerla contenta y apoyarla, y ella a cambio te daría la ayuda que necesites para tus tres respetabilísimos objetivos. – comencé, antes de incorporarme y dirigirme hacia donde se encontraba él, llevando hasta el extremo la actitud cordial y desenfadada que había adoptado al sentarme en el reposabrazos de su silla, sin tocarlo pero a punto, si quisiera. – Lo que quiero es muy sencillo: que tus intereses apoyen a los míos. Odio a Krayenhoff, pero no tanto como tú, así que te ofrezco ayudarte a que recuperes todo lo que es tuyo a cambio de que te encargues de él y de que me obedezcas en todo lo que te pida. – ofrecí, manteniendo todavía las distancias aunque la cola de mi vestido sí estuviera cerca de él, tela contra tela, una muestra de la última barrera que nos quedaba por derribar todavía. – No pretendo que seas mi esclavo, no tienes que preocuparte. Pero eres un cambiante ave, y eso es muy práctico para conseguir información que puede beneficiarme, ¿no crees? A cambio de mi apoyo y de ayudarte a cumplir tus objetivos, sólo pido eso: la obediencia que me debes como tu reina, algún favor ocasional y que mates a Cornelius. ¿Te parece un buen trato, Herman? – concluí, por fin.



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Re: Tight Rope {Privado}

Mensaje por Herman van Haacht el Vie Dic 08, 2017 1:32 am

Hasta ese momento, Herman no se había dado cuenta de lo interesante que resultaba tener una relación (exclusivamente profesional, por supuesto) con la reina de su país. Todo lo que ocurría en esas lejanas tierras pasaba siempre por sus manos, así que, cuando le aseguró que no había noticias sobre herederos o futuras uniones políticas relacionadas con su baronía, el cambiante hizo lo que ella dijo y respiró tranquilo. Aún tenía tiempo y esperanzas de recuperar lo suyo y vengarse de Krayenhoff, algo que parecía estar cada vez más cerca gracias a la intervención de Amanda. Cómo lo haría ya, era una cuestión a la que todavía no le había dedicado el tiempo suficiente, pero ella tenía razón en algo: aunque Herman llevara bastante tiempo desaparecido y aparentemente fuera de juego, Cornelius siempre estaría esperando algún movimiento de su parte, y eso sólo iba a hacer que las cosas se complicaran mucho más.

Desde luego, la influencia de su majestad sería de gran ayuda para recuperar todas esas alianzas —contestó, manteniendo la mirada firme, pero no amenazadora—. Y me atrevo a aventurar que todas las ideas que ha plasmado me serán de gran ayuda para trazar el plan que acabe con Krayenhoff.

No se confundió al pensar que todavía no había terminado. Siguió sus movimientos con curiosidad, desde cómo descruzaba las piernas para incorporarse, a cómo se acercaba hacia él, acortando la distancia demasiado para tratarse de una reina y su súbdito. No fue algo que le extrañara demasiado, dado que estaban en su palacete, solos en aquel salón, en vez de estar en un lugar más expuesto y rodeado de guardias. Lo que sí le sorprendió fue que terminara sentándose sobre el maldito reposabrazos de su sillón, tan cerca de él que podía captar su olor sin mucho esfuerzo. Quiso alcanzar la copa de vino para refrescarse la boca (que se había quedado seca de la impresión), pero, para llegar hasta ella, tendría que esquivar primero el cuerpo de Amanda. De haber sido otra mujer la que estuviera ahí sentada, habría colado la mano por un lado sin miedo alguno a rozarla, fingiendo que había sido algo accidental y completamente inocente. A ella, en cambio, no se atrevía casi ni a mirarla, con lo que tocarla se volvía algo impensable, aunque fuera realmente sin querer.

No contestó inmediatamente, puesto que aquello que ella proponía era más de lo que a él se le hubiera ocurrido jamás. ¿Matar a Cornelius? A Herman le hubiera valido con dejarlo en la más dura de las miserias, pero aquella nueva perspectiva se le antojaba interesante y excitante. La ventaja de todo aquello era que tenía el permiso explícito de la reina para llevarlo a cabo, así que cualquier castigo de su parte estaría descartado; el inconveniente, en cambio, era que tenía que acabar con una vida, y eso era algo que sabía que no iba a ser fácil, aunque fuera la del miserable de Krayenhoff.

Es el mejor trato que me podían haber ofrecido —confesó, pasando después la punta de la lengua por los labios—. No tengo las agallas, o la idiotez, suficientes como para enfrentarme a un monarca, y mucho menos al de mi propio país. No pienso cometer los mismos errores que el hombre del que me intento deshacer. —Carraspeó, pero eso no alivió la sensación de sequedad de su boca—. Supongo que, como súbdito suyo que soy, mi obediencia ya la tenía desde antes de entrar en esta casa, pero viendo que los objetivos de ambos son similares, sólo me queda reafirmar que mis intereses apoyarán los suyos, alteza. —Intentó relajarse cambiando la postura y adoptando una que fuera algo más informal. La verdad era que, se pusiera como se pusiera, Amanda le ganaría por goleada en ese aspecto—. Sobre los favores, estaría encantado de ayudar a mi reina si eso puede beneficiarla, tanto a ella como a nuestra patria. Admito que es la primera vez que alguien valora mis alas para algo más que para participar en un concurso de cetrería. —Se frotó la frente con las yemas de los dedos y cerró los ojos un momento antes de abordar el último punto del trato—. En cuanto a lo de Krayenhoff, confieso que mis intenciones para con él se limitaban a dejarlo fuera de juego, no a liquidarlo por completo. —Esa vez sí, la miró a los ojos (y los admiró, para qué mentir), antes de continuar—. Pero reconozco que la idea de su majestad elimina el problema de Cornelius de raíz. Si muere es imposible que vuelva a intentar hacer algo, y eso es algo que deseo consguir.

Sonrió de medio lado al imaginarlo suplicándole a él, a Herman, por su vida, mientras que el vello de todo su cuerpo se erizó al pensar que podía ser su rostro el último que viera antes de dejar ese mundo. La idea era magnífica, pero, ¿sería Herman lo suficientemente valiente para llevarla a cabo?

Su majestad sabe que no será algo fácil, ¿verdad? Sé, aún sin haberlo visto, que no sale de su casa sin una buena cantidad de guardaespaldas, y es posible que no sea capaz de hacerlo yo solo. Aun así, creo que merecerá la pena intentarlo, porque lo que obtendré a cambio es algo que nadie más podrá ofrecérmelo —dijo—. Imagino que debo contestar pronto, antes de que el trato expire, ¿no?

Entrelazó los dedos dejando las manos relajadas sobre su regazo, todo ello sin dejar de mirarla. Definitivamente, aquel era un trato inmejorable, y sería un tonto si se le ocurría decir que no, para empezar, porque ese sería el primer descontento que sufriría la reina, y ya se había dado cuenta de que no era una mujer que se andara con medias tintas. Si algo la molestaba, tenía el poder para quitarlo del medio de manera definitiva, y a Herman no le interesaba, en absoluto, ser una de sus víctimas.

Acepto, alteza —dijo simplemente.



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