Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La Letra... Con sangre entra (Gwangjong/Silke/Lee/Rois)

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La Letra... Con sangre entra (Gwangjong/Silke/Lee/Rois)

Mensaje por Gwangjong Goryeo el Mar Ago 29, 2017 7:06 pm

Gwanjong, caminaba por la alfombra de su amplio estudio, dirigiéndose de un lado al otro, como un león enjaulado que está a punto de atacar al primer desprevenido que intentara acercarse. ¿Que lo había llevado a tal mal humor? no era otra cosa que un hombre llamado Lee. Se encontraba tan molesto porque los informes sobre las actividades del funcionario coreano no eran para nada halagüeñas, parecía que las amenazas solapadas que él había hecho llegar a oídos del humano, habían caído en saco roto.

Soltó una maldición, en el instante en que su secretaria y mano derecha, - una joven de nombre Rois - entraba a la habitación, - Amo, ¿que sucede? - quiso saber la irlandesa, quien tenía un gran aprecio por el vampiro, no solo porque la había salvado de una muerte segura, hacía varios años atrás, sino, porque en todo el tiempo en que su relación como amo y esclava, se desarrollaba, había aprendido a quererle como a un familiar muy cercano.

Gwanjong, dejó escapar un suspiro, mientras destensaba su mandíbula, intentando controlar su mal humor. Giró su cuerpo, hasta quedar justo en frente de su esclava. Los ojos profundos y misteriosos del vampiro, se clavaron en los claros y vivaces orbes de la fémina - Rois, querida, ¿Cuantas veces  he de pedirte que no me llames así? no soy tu amo, o por lo menos jamás hemos llevado una relación así... - sonrió mientras golpeaba su mentón con la punta de su dedo indice, - si debería definir nuestra relación, la palabra justa seria... seria... - dudó al darse cuenta que no lograba definir que tipo de relación llevaban. Los grandes orbes de la rubia, parpadearon varias veces, - ¿Almas errantes? ¿Aliados en la soledad? - atinó a sugerir, aunque se cohibía cada vez que intentaba dar su opinión, ante un hombre tan imponente como su amo.

El embajador, sonrió, con una dulce sonrisa, que iluminó su rostro, dejando ver su blanca dentadura y sus colmillos, aunque a la joven jamás le habían causado temor, ya que con ella era un ser protector y bondadoso. Gwangjong, no entendía la razón, pero aquella humana, lograba borrar cualquier atisbo de mal humor. Asintió con un suave movimiento de cabeza, - Si, creo que has sabido definir ésta extraña relación... somos, sobrevivientes de una vida errante, tus palabras nos pintan de cuerpo entero - dijo sin poder contener su sonrisa. Se fue acercando a la joven, hasta estar muy cerca de ella, Tomó con sus manos, las ajenas, acarició las afiebradas mejillas y cerró los ojos, al momento de acercar sus fríos labios a la frente de su amiga. Tal  vez, nadie podría entender el tipo de relación que se había creado entre el inmortal y la humana, es vinculo único y preciosos que lograba unirlos, mezcla del cariño y la necesidad de la joven, puesto que necesitaba de la sangre del inmortal para poder sobrevivir a la terrible enfermedad que, agazapada, permanecía latente en el interior de la mujer. ese mal que había estado a punto de condenarla a una muerte horrorosa, no hacia muchos años atrás.

No pudo evitar, sentir la frete afiebrada de su amiga, ni olvidar el temblor que recorría el frágil cuerpo de la irlandesa. - ¿Hace cuanto que no te alimento? - preguntó, con un tono de voz que demostraba claramente lo preocupado que estaba. Rois, intentó separarse, puesto que no quería ser motivo de otra preocupación mas, en la vida del vampiro. - No pasa nada, es solo que de unos días hasta hoy, no he podido comer nada, el estomago está revuelto y la tos me quita las ganas de hacer cualquier cosa - se quejó, pero se apresuró a desdeñar la situación - ya verá como en pocos días me encontraré muy bien -, la joven sabía que su amo, no había sido el mismo, desde que volviera de una visita inesperada al Museo del Louvre, no había querido preguntar, pero estaba segura de que algo muy importante había sucedido, por esa razón, no había querido importunarlo con un problema personal.

No fue necesario que ella dijera algo mas, o intentara detenerlo, el vampiro, apretó con suavidad su mano derecha y tiró de ésta, haciendo que la humana le siguiera, hasta que le indicó que se recostara en una cheslongue que había en un rincón del estudio, para luego tomar asiento a su lado, en silencio, el inmortal se arremangó la manga de su camisa, con un puñal pequeño que extrajo de la bota,, realizó una incisión en su muñeca, para luego ofrecer su sangre a la escava, - Bebe... vamos... sabes que debes alimentarte - le reprochó, - tranquila, no me molesta - permitió que bebiera, instándola a hacerlo con calma. mientras ésta se alimentaba, con su mano libre, acarició los cabellos de la joven, sentía un gran cariño por la rubia, como si en verdad fuera apenas una criatura, tan pequeña, como lo había sido su hija, cuando descubrió que la niña que Soo había dado a luz, era suya, - te prometo que cuidaré de ti, como lo hice con ella, hasta el día de su muerte - caviló.

Con un suave movimiento, alejó los labios de Rois, de la herida que comenzaba a cerrarse, - Te sientes mejor? - quiso saber, aun preocupado por la debilidad de su amiga. Mientras ella asentía con el movimiento de su cabeza, él se limitó a limpiar la comisura de los labios femeninos con un pañuelo que estaban bordadas las iniciales del embajador. Su esclava se ruborizo, el amor que sentía por Gwangjong, no era el de una mujer hacia un hombre, sino el de una hermana menor, hacia su hermano mayor, pues para ella, el embajador, era su única familia.

Él la dejó descansar, mientras velaba su sueño, como lo había hecho siempre, cada vez que dejaba que ella bebiera de su sangre. Bien sabía que luego de consumirla, caía en un sopor extraño, con el cual podía hacer que los beneficios a la débil salud de la joven fueran mas efectivos. El embajador era el responsable de aquel extraño comportamiento, puesto que usaba su poder de confusión de mente, para hacerla dormir. Bien sabía, que mientras ella continuara consumiendo su sangre, la muerte estaría lejos de ella. Con delicadeza, la cargó en sus brazos, llevándola hasta la habitación que le había asignado, desde la misma noche en que llegara, moribunda a su morada.

Tras depositarla en el lecho y cubrirla con una gruesa manta, se volvió a su despacho, debía pensar muy bien los paso a seguir. Sentado en su escritorio, intentó encontrar una forma no tan agresiva, como para dar un escarmiento al rebelde miembro de la embajada.  Se frotó la nuca
- Lee... no me dejas otra alternativa - dijo frustrado - deberás aprender, que todo tiene un límite, y que si no entiendes por las buenas... la letra, con sangre... entra -.


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Re: La Letra... Con sangre entra (Gwangjong/Silke/Lee/Rois)

Mensaje por Róis Brady el Jue Sep 14, 2017 7:59 pm

Había pasado toda la mañana acomodando los papeles de su amo. Sentada en el sillon del escritorio del embajador de Corea, se dispuso a preparar los informes que apenas el inmortal despertase de su letargo, pediría revisar. Le conocía muy bien, sabía que se trataba de un hombre meticuloso, recto, formal, que por su carácter podía ser calificado como un ser frío, sin sentimientos, mas ella le había conocido en una etapa de sus vidas, en que tanto ella, como el vampiro, se encontraban sumidos en grandes tribulaciones. Ambos, se habían salvado de alguna manera, y creado un vinculo que muy pocos, o ningún otro vampiro, podría entender.

Sonrió al recordar, como en las primeras semanas en que vivió bajo el mismo techo del vampiro, ella fue cuidada, como si de una delicada muñeca se tratase. La había encontrado en un callejón obscuro, una noche en que la primera tormenta de nieve azotaba París. Nadie en su sano juicio, habría estado recorriendo las calles desoladas, ni enfrentado aquel frío que partía la piel al solo contacto con el viento. Mas un alma solitaria, milenaria, recorría las calles, los callejones, en busca de algún remedio para ese dolor que le traspasaba el alma, que comenzaba a volverlo loco, y hasta a pensar en dejar que el sol acabara con su existencia fútil. Esa misma noche, bajo el inclemente cielo, ella esperaba su postrera hora, el frío era tan intenso que todo su cuerpo temblaba, ya no poseía fuerzas ni para toser, sus labios blancos, se habían mancado de sangre, por la tuberculosis que no le permitiría vivir un día mas. Sus ojos, no tenían lagrimas que derramar, y un sueño imposible de contener, provocaba que Rois fuera cayendo en una inconsciencia de la que no saldría con vida. No pudo dar un paso mas, se afirmó en la pared del callejón y dejó que su cuerpo fuera cayendo lentamente al suelo. allí tumbada con su mejilla en la fría nieve, suspiró resignada, todo había terminado.

Cuando volvió en si, no se encontraba en el callejón, acomodada en una suntuosa cama, era vigilada por un hombre de rasgos orientales, que aunque no movía sus labios, parecía hablar claramente. Ella no tenía fuerzas para contestar, mas que con leves movimientos. Él, le dijo que era, y el destino que ella tendría, le dio a elegir, o ayudarla a morir, o convertirla en su esclava, y así, poder llevar una vida lo más normal posible. Ella, se preguntó, el porque la intentaba ayudar y él, le respondió, porque le recordaba a un ser que había sido importante para su vida. Aunque por un momento dudó, pronto su alma se aferró a la posibilidad de vivir, ¿quien desea en verdad morir? nadie, se había contestado mentalmente, en el instante que el vampiro se cortaba la muñeca y le daba de beber un poco de aquel sobrehumano y obscuro liquido.

Años había pasado de esa primera noche, en la que unieron sus destinos, en la que se encontraron como almas solitarias que decidían hacerse compañía. No los unía un amor romántico, pero si el amor filial, ese que ambos habían perdido hacía ya mucho tiempo atrás. Acarició la carpeta que había preparado para él. En pocas horas se la daría, temía lo que pudiera hacer Gwang So, con aquel humano, pero sabía que era un ser justo y que de seguro le daría la oportunidad de elegir su destino, de la misma manera en que se lo había dado a ella.

Cuando la noche llegó, se dirigió al despacho en donde encontró al embajador. El escucharlo tan alterado la preocupó, le conocía muy bien y sabía que existían secretos que él tenía con ella, pero se disponía a pedirle que no siguiera guardándolos en el corazón, ella estaba dispuesta a ayudarle en lo que fuera. Pero su salud estaba resentida, semanas hacía que él no le brindaba su sangre y la tuberculosis había vuelto a ensañarse en su cuerpo. Nuevamente Gwang So, volvió a cuidar de ella, como lo hiciera hacía años atrás, llevándola en brazos a su cuarto y quedándose a su lado, hasta que se quedó dormida. En lo último que pudo pensar, fue en pedirle al cielo, que él pudiera volver a ser feliz, y que su muerte llegara, luego de verle junto a una mujer que le amara, de la misma forma como él amaba a la mujer del retrato, que guardaba tan celosamente el vampiro en su recamara.


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Róis Brady
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