Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

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Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Amancay el Jue Ago 31, 2017 12:34 pm

La última vez que lo habían hecho, las cosas no habían salido como ellas esperaban. No porque la presa les hubiese dado problemas, lo habían cazado de forma fácil –hasta podía decirse que tonta porque, ¿qué hombre no se idiotizaba cuando veía a una mujer semidesnuda?-, retenerlo no les había dado ningún dolor de cabeza, y matarlo… matarlo había sido tocar el cielo con las manos, pocas cosas lograban hacer que Amancay se sintiese viva otra vez y esa, asesinar enemigos junto a Boudica, era una de ellas. La ceremonia había sido un baño de deliciosa y tibia sangre, Amancay se había bebido dos botellas de champagne, la bebida se volvía rosada y seductora cuando se la mezclaba con la sangre… sangre de inquisidor. Oh, de solo recordarlo la mandíbula se le tensaba como si los colmillos previeran que estaban por repetir el festín de la semana anterior.

Lo dicho, el problema no había sido cazar al maldito adorador de crucifijos. Tampoco reducirlo y muchísimo menos matarlo. El problema eran los celos. Todo había empezado cuando se percató en la forma en la que ese maldito miraba a su Boudica, la desnudaba con los ojos, la boca se le aguaba ¡y Amancay sentía tanto asco!


-Eres asqueroso, ¡pero tan sabroso! –le había susurrado al oído mientras, sentada sobre él a horcajadas, bebía de su cuello.

Aún así, logró apartar aquella sensación de su mente, se dejó llevar por el disfrute que no podía durarles toda la eternidad, pues debía culminar antes de la salida del sol. En medio del frenesí, de la excitación lógica de aquel manjar, Amancay se había dejado llevar y había besado al hombre, le había mordido los labios con deseo y bebido luego directamente desde allí al desgarrarlos… No le había parecido nada malo, ¿qué podía representar para ellas un hombre casi muerto? Pero sí que a Boudica le había molestado y, aunque amaba como le cambiaba el rostro cuando se enojaba, Amancay no quería volver a discutir por algo así. Los hombres no lo valían.
La decisión estaba tomada entonces, ya no llevarían a los inquisidores a la casa. Aunque solo fuera por un tiempo, lo mejor sería buscar otro sitio donde ninguna de las dos pudiese dejarse llevar del todo, donde tuvieran que mantener la guardia en alto y cuidarse aún de los propios impulsos.

Habían encontrado al nuevo hombre santo en las inmediaciones del teatro, su forma de caminar y de hablar evidenciaba quien y qué era… Un inquisidor que decía vivir en celibato por amor a Cristo, pero que mentía. ¡Ay, cómo le gustaban los mentirosos! Esos que decían seguir las leyes divinas pero que corrían a las puertas de los burdeles cuando el sol comenzaba a esconderse. El hombre tardó exactamente dos horas en confesarse como un enamorado de Amancay, básicamente era el mismo tiempo que hacía que se conocían.


-¡Fáciles, todos fáciles! –le había dicho a Boudica, horas después del primer encuentro con el hombre, mientras la abrazaba para sacarse del cuerpo la mala sensación de haber estado expuesta a la mirada lasciva de aquel tipejo.

Habían salido a cenar dos veces ya y en la última Amancay había deslizado la posibilidad de verse en un encuentro más íntimo. ¿Era posible que él no hubiese notado su naturaleza, su raza? Sí, ella tenía algo de control mental y lo había utilizado con él, pero ¿no se suponía que un inquisidor debía reconocer a los vampiros? Como fuese, la cita ya había sido acordada y se daría de un minuto a otro, solo que él no se imaginaba lo que estaba por ocurrirle.

Amancay se había adelantado para llegar con tiempo a aquella vieja casona abandonada en las afueras de la ciudad, quería que esa noche todo fuese perfecto. Debía acondicionarla con todo lo que necesitasen para poder divertirse. En tanto lo hacía, Boudica iría a buscar a ese estúpido de John, diciendo ser la dama de compañía de Amancay, la enviada para acompañar al hombre al lugar de la cita especial. La idea principal era darle una copa de vino –con veneno, claro- en lo que durase el viaje en el carruaje, por lo que él ya llegaría algo dañado hasta allí… pero si aún así quería pelear, al ver que la noche romántica con una mujer se trasformaba en una tortura por parte de dos vampiresas, estaba bien. A ellas les gustaba que les pusiesen las cosas difíciles.

No había tardado tanto en acondicionar el lugar –con cadenas, cuchillas y un sillón especial que había llevado hasta allí con su propio cochero, un hombre que ya no se espantaba de nada de lo que ellas hiciesen-, por lo que terminó saliendo a campo abierto para disfrutar de la luz de la media luna que dominaba el cielo. Pensaba en ella, en Boudica, y en todo lo que habían compartido en esos años. En todo lo que ella había dejado atrás, en lo que había superado. Amancay no sólo la amaba, también estaba orgullosa de ella, pero no era solo el orgullo que una creadora puede tener, realmente admiraba el valor que había demostrado. Era valiente, aunque a veces se le olvidase.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el relinchar de los caballos llegó a sus oídos; estaban cerca y Amancay no pudo evitar dar pequeños saltitos de excitación ante la idea de lo que vivirían en las próximas horas.


Última edición por Amancay el Vie Oct 20, 2017 7:26 pm, editado 1 vez




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Re: Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Boudica el Miér Sep 13, 2017 3:54 pm

Como no podía ser de otra manera, Amancay era lo único que ocupaba su mente mientras se dirigía al lugar donde el tal John la esperaba. Amancay, su diosa, su reina; la mujer más hermosa del universo conocido y aquel que estuviera por llegar. ¡Agh! ¿Qué hacía yendo a por el tipo ese si tenía la oportunidad de dar media vuelta y volver con ella? Ya añoraba el olor de su piel, a pesar de que lo había olfateado hacía escasos minutos, justo antes de que se separaran. Si por ella fuera, pasaría junto a Amancay cada segundo del día, dedicando su eternidad a complacerla de las mil y una maneras que su retorcida mente quisiera. Sentía que le debía tanto… Su vida y su muerte, su estabilidad, su felicidad e incluso su ira. Su ira, sí, porque, a pesar de que la amaba más que a nada en ese mundo rastrero en el que les había tocado vivir, había momentos en los no podía ni mirarla. Como con aquel último inquisidor. Cuando su Amancay lo besó con esa lujuria, sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. ¿Cómo podía hacer algo así? ¡Era un hombre! Le daban arcadas sólo de pensarlo; arcadas y unas ganas inhumanas de arrancarle la cabeza a alguien, un hombre, a poder ser.

El coche paró y Boudica miró por el ventanuco. Quería ver primero al bueno de John antes de salir en su busca. Allí estaba él, esperando impaciente la llegada de la vampira, vestido con un atuendo que, eso debía reconocerle, era bastante elegante. ¡Ja! Poco le iba a durar. Sonrió con malicia y se desabrochó los botones que cerraban el escote de su vestido, dejando una parte generosa del pecho visible. Después bajó del coche con movimientos felinos y elegantes, buscando llamar su atención, claramente, y se acercó hasta él con paso lento. La piel pálida y lisa de la vampira brilló con las luces de la calle, como si supiera la noche de diversión que les esperaba.

¿John? —llamó con voz dulce una vez estuvo a su altura. El inquisidor se giró y, aunque su primer impulso fue mirarla a los ojos, terminó desviando la mirada un poco más abajo—. Soy la dama de compañía de la señora Amancay. Me ha enviado para que le lleve al lugar donde se celebrará la cita. Si me acompaña…

Con una mano señaló el coche mientras comenzaba a caminar, contoneándose de manera descarada pero no forzada. Sabía que él iría detrás, fuera ella o no la persona que decía ser. «¡Ah, Amancay, ya lo creo que son fáciles!» pensó. Dejó escapar una risa infantil y subió al coche antes que él con la única intención de que le mirara el trasero. ¡Si su padre la viera ahora, seduciendo a un hombre! «Si no lo hacía es porque no quería, padre, no porque no supiera».

En lo que duró el trayecto, John se bebió más de la media botella envenenada que habían preparado previamente. Boudica no sólo no le frenó por miedo a que bebiera demasiado —¿desde cuando era eso un problema para ellas?—, sino que le instó a que siguiera pidiendo que le llenara la copa. Se atusaba el cabello con una mano y después se pasaba las yemas de los dedos por la piel del escote, mientras, con la otra, seguía sirviéndole vino adulterado si que él se percatara de absolutamente nada fuera de lo normal. Era tan fácil engañar a los hombres…

Supo que estaban llegando porque los caballos bajaron el ritmo, de un trote ligero al paso. Boudica ni siquiera esperó a que el vehículo frenara por completo. Bajó de un salto y caminó junto al coche para esperar a que el hombre la siguiera. El muy bobo se tropezó cuando bajó los escalones y a punto estuvo de comer tierra del suelo; por suerte, Boudica lo agarró del brazo a tiempo, impidiendo que se dejara los dientes. Lo llevó frente a Amancay con una sonrisa de complacencia pintada en el rostro.

Amancay —dijo con deseo. Después miró al hombre que llevaba sujeto y medio colgando. El pobre no acertaba ni a poner un pie delante del otro—. John, querido, saluda.


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Re: Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Amancay el Mar Sep 19, 2017 5:19 pm

Boudica. Hermosa, perfecta, astuta y suya. Su Boudica, esa que, aunque no lo sabía, opacaba a cualquiera. Amancay la observaba acercarse, tan decidida y resuelta, y notaba con asombro que ya poco le importaba el inquisidor que le traía como ofrenda… de pronto quería acabar con él en un solo movimiento –sin necesidad de gozar en la lentitud de la agonía-, pues sentía que era un intruso, que estaba de más allí donde solo deberían estar ellas  dos.

-Boudica –susurró y se apuró a salvar la distancia que la separaba de ellos. Quizás tendría que haber dicho el nombre del tipo y no el de ella, pero no pudo. Se lanzó sobre la muchacha y la besó en los labios con un beso de esos que le hubiesen quitado el aire si todavía fuera mortal-. Te he extrañado –le dijo, con su sonrisa más grande. Reparó en su escote por demás generoso y sus dedos fueron rápido hacia allí para tironear de la tela hacia arriba, queriendo cubrirla un poco más. Alterada se volvió hacia el hombre, no quería que él la mirase con deseo, Boudica era hermosa y ese vestido le quedaba demasiado bien, pero era suya y no quería que él disfrutase de ella, ni siquiera con los ojos. Le habló, ya más repuesta del repentino ataque de celos-: -Ah, hola John, querido… Bienvenido, a ti te estaba esperando.

El hombre las observaba, pero no emitía sonido, tal vez creyese que soñaba. Tuvieron que entrarlo entre las dos, una a cada lado casi a la rastra, él calmo se dejaba conducir. Sí que había ingerido demasiado vino adulterado. Amancay quería reír, pero se contenía para no quitarle solemnidad al hecho de que John estuviese sentándose en la misma silla donde moriría pronto… ¡Que hermoso era ser testigo de eso! Le parecía que eran privilegiadas al atestiguar como un hombre ríe y habla –con palabras ininteligibles-, sin saber que pronto morirá. Era como acompañarlo en ese final del camino de su vida patética y dañina…

-Nos vamos a divertir –dijo John sin dejar de reír y a Amancay le asqueó porque, después de los inquisidores, lo que más odiaba era a los borrachos felices… los prefería melancólicos-. Que la dama de compañía no se vaya –pidió e intentó incorporarse para acercarse a ellas, no pudo hacerlo y eso les mostraba que podrían prescindir de amarrarlo con cuerdas pues el inquisidor no podía ir a ningún lado por sus propios medios-, es muy bella.

Buscó a Boudica antes de comenzar a hablar. Le tomó la mano, no solo porque la amaba más que a nada, sino porque la sentía parte de ella, la amaba tanto como a sí misma porque Boudica era Amancay y Amancay era Boudica, y juntas debían disfrutar de aquello.


-La dama no se va, ella siempre está conmigo, John –le dijo y se acercó a él. Amancay tomó asiento frente al inquisidor, muy cerca de él, y le tomó la mano caliente y sudada. Quería darle la razón, decirle que sí, que Boudica era bella, pero que no era para él, que nunca sería para él porque ya tenía dueña, mas calló. Él no lo entendería-. ¿Has sido un buen hombre, John? –le preguntó y se inclinó para que su escote quedase a la vista, para que sus senos semejaran volcar sobre esa mano inmunda que ella le sostenía, y así tener la atención del inquisidor-. A nosotras nos gusta pasar tiempo con hombres malvados… no sé a que se deba. ¿Por qué crees que nos gusta tanto encontrarnos con inquisidores, amor mío? –le preguntó a Boudica, girando para verla, y no le pasó desapercibido el gesto del hombre que se extrañaba al oír que ellas sabían bien quién y qué era.




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Re: Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Boudica el Dom Sep 24, 2017 11:20 am

Definitivamente, John sobraba en aquel encuentro. Cuando vio cómo se acercaba Amancay, tan deseosa como ella misma de poseerse mutuamente hasta desfallecer, su cuerpo sintió el impulso de soltar al inquisidor allí mismo y de cualquier manera. En cambio, lo que hizo fue agarrarlo con más fuerza, apretando tanto que en unas horas terminaría teniendo un cardenal —eso si no estaba muerto para entonces—. Recibió a su vampira con la boca completamente húmeda, y le correspondió de tal manera que parecía que se iban a engullir la una a la otra.

Yo también te he extrañado —dijo mientras Amancay cerraba el escote del vestido. En realidad, ya no necesitaba que John la mirara más—. ¡Oh, Amancay! Si hubieras visto lo fácil que ha sido convencerle de que se subiera al coche conmigo… Creo que le han gustado —comentó mientras se pasaba las yemas de los dedos por la piel del pecho que había quedado a la vista y miraba de reojo al hombre, completamente abobado al ver la estampa que tenía delante—. Y eso que todavía no había empezado a beber.

Soltó una risita encantadora, pero diabólica, y ayudó a Amancay a meter al tipo dentro. Se dio cuenta de que no había perdido el tiempo; todo estaba preparado para disfrutar de aquella noche como a ellas más les gustaba. Era todo tan perfecto, cada detalle tan sumamente cuidado, que no pudo evitar morderse el labio inferior con fuerza ante lo que sentía que les venía encima. ¡Aquello sí que era vida!

Lo tiraron sobre la silla con la delicadeza suficiente para que se mantuviera sentado, pero John estaba tan perjudicado que se tambaleó ligeramente hacia la derecha. Boudica, ante el riesgo de que se descalabrara antes de tiempo, lo empujó con la rodilla de mala gana y lo dejó colocado recto —más o menos— y apoyado en el respaldo.

Ya lo creo que nos vamos a divertir —murmuró sólo para ellas y le guiñó un ojo al inquisidor, que a punto estuvo de convulsionar de la emoción.

Se colocó detrás de Amancay cuando esta se sentó y pasó los brazos alrededor de su cuello, bajando la mano hasta esos pechos que tanto amaba tocar. Mientras la otra vampira hablaba, ella acariciaba su piel con las yemas, pero aquello no era suficiente para Boudica, así que deslizó uno de sus dedos entre los senos de Amancay de manera bien visible para John. No pasó por alto cómo las miró, deseoso de que fueran sus manos las que remplazaran a las de ella.

Humm… —Fingió que pensaba la respuesta unos segundos antes de contestar—. Quizá sea porque siempre quieren hacernos daño, y nosotras sólo queremos hacerles ver que no tienen por qué. ¿Qué les habremos hecho para que nos traten así? Nada… —Hizo un mohín de niña triste—. Además, nos gusta hacerles pasar un buen rato, ¿no es verdad, hermosa mía? Somos buenas chicas. —Sacó el dedo de entre los pechos de Amancay y lo llevó hasta la barbilla del inquisidor, colocándose detrás de él—. ¿Qué hay de ti, John? ¿Tú quieres hacernos daño? —susurró en el oído de él, agachando el torso hasta que su rostro quedó a la altura del ajeno—. ¿O prefieres divertirte con nosotras?

—contestó arrastrando cada letra—. ¡Divirtámonos! Sois buenas chicas… Muy buenas, y muy bellas. Las dos, sí... bellas...

Debía tener la lengua tan inflamada que apenas podía pronunciar dos sílabas seguidas correctamente. Boudica se rió de este hecho, pero él pensó que lo hacía por el pudor de su cumplido. Esperaba no haberse pasado sirviéndole el vino...

¿Has oído eso, Amancay? —Volvió tras ella, pero, esta vez, introdujo la mano entera por dentro del vestido, agarrando uno de sus pechos y masajeándolo con sensualidad—. John dice que quiere divertirse. ¿Qué crees que deberíamos hacer con él?

Sus ojos brillaban de la excitación que le producía, por un lado, tocar el cuerpo de Amancay, y por el otro, pensar en lo que le harían al pobre John, que las miraba completamente perdido y sin imaginar qué le deparaba su futuro cercano.


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Re: Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Amancay el Miér Oct 18, 2017 4:24 pm

¡Ese hombre era tan estúpido! No servía ni para el juego que ellas querían jugar… No se daba cuenta de lo que sucedía, no les estaba dando ritmo ni pelea porque no entendía ni donde estaba sentado.

-Los hombres no sirven para nada –le dijo a Boudica y se puso en pie-, solo para hacer hijos… Pero a nosotras no nos gustan los niños –se rió ante el último comentario y comenzó a aflojar la parte superior de su vestido, ese que siempre usaba para matar inquisidores-, mucho menos eso de tener el vientre hinchado –acompañó su palabras con un movimiento, el vestido cayó a sus pies y ella quedó ante él solo cubierta por las enaguas que hacían de falda-, yo prefiero estar así, ¿qué piensas de mi vientre, querido? –Se movió a un lado y al otro, provocando. Él la miraba y movía los labios hinchados, beodos, pero ningún sonido salía de ellos-. ¿Qué piensas tú de mi vientre, amor mío? –Extendió su mano para tomar la de ella y así poder pararse ambas muy juntas frente a el inquisidor que las observaba embelesado-. Tienes razón, nos gusta que ellos pasen un buen momento… antes de morir –lo último lo susurró casi sobre los labios de su compañera, su confidente, su creación, su amor; para que solo Boudica pudiese oírla.

Estaban cerca de John, de manera que las podía ver bien, pero no tanto como para que pudiese tocarlas. Lentamente, Amancay aflojó las tiras delanteras del vestido de Boudica porque quería sentirla, porque quería disfrutarla... y Amancay siempre lograba lo que quería


-Sí que vamos a divertirnos, John –le prometió, mirándola a ella.

No era la primera de sus víctimas y ambas sabían que no sería el último inquisidor que se bebieran tampoco, pero sí estaba resultando el más idiota. ¿Qué faltaba para que John se diera cuenta de lo que ocurría allí? ¿Por qué no desconfiaba?


-Sabemos que eres un hombre muy santo –le dijo, sin mirarlo y al fin despojando de la tela la parte superior del cuerpo de Boudica para que estuviese igual que ella, sus pieles entraron en contacto y Amancay sintió que era la mujer más afortunada del país. ¿Por qué cambiaba tan fácilmente de opinión? Hacía solo unos minutos quería esconderla para que él no la desease, ahora en cambio necesitaba mostrarle al hombre que Boudica era suya, que su cuerpo reaccionaba solo al roce de sus dedos-. A nosotras nos gustan otras cosas, si quieres irte solo debes decirlo –le aseguró sin ocultar la sonrisa. Le gustaría que supiese que era mentira, pero ni aunque se lo dijesen con todas las palabras él lo comprendería-, lo entenderemos porque a no todos les gusta el juego que jugamos. No, nosotras no somos santas. –Con esa afirmación se lanzó a la boca de ella.

No fue suave, no fue dulce, fue invasiva. Quería que supiera que John no importaba, que la noche no importaba y tampoco la sangre que pronto compartirían… quería que supiera que solo ella era especial allí, que su piel era la más suave y perfecta, que sus labios y su boca eran el lugar favorito de la lengua de ella, que su inteligencia era lo que más admiraba. Necesitaba que Boudica tuviese la certeza de todo aquello, mas debería bastar ese beso como medio de comunicación porque no podía hablar. Se sabía muy torpe con las palabras, le costaba usarlas para exteriorizar lo que le pasaba… la elocuente era Boudica en ese equipo, no ella.
Le había dicho al hombre que no le gustaban los niños, en parte era cierto… pero hubo un tiempo, cuando Boudica estaba viva, en el que Amancay hubiera dado todo por verla embarazada, por ver como su vientre se hinchaba a causa de la vida y como sus senos se llenaban. Le hubiera gustado no quitarle esa posibilidad como a ella misma se la habían arrebatado, pero nunca se lo había dicho. Boudica era aún menos tolerante que ella ante la idea de ser tocada por un hombre.

-Oh, con que son dos putas –John las interrumpió, al parecer abría los ojos por primera vez, aunque de forma errónea-. Me gusta y… -lo último que dijo no se entendió.


-¿Te gustamos? ¡Le gustamos! –le dijo con una feliz exclamación a su compañera, como si acabase de descubrir esa verdad que era casi palpable desde el primer momento-. Oh, John… -El hombre, por la emoción del momento, se había balanceado y caído al suelo. Amancay, sensual, acudió a su lado-. Creo que tienes demasiada ropa, querido… ¿Por qué tapas así tu cuello con tanta tela innecesaria?

Con un tirón lo ayudó a pararse. El hombre era algo más alto que ella, de modo que Amancay tuvo que elevar sus manos para poder acariciar con ellas el cuello tibio del hombre. John se abrazó a su cuerpo con fuerza, no solo para que le hiciese de sostén, sino también porque pensaba aprovecharse todo lo que pudiese de la situación. A ella no le importó -aunque tampoco le agradó que el inquisidor le pellizcase un glúteo como si en efecto ella fuese una prostituta, la tela de la enagua era demasiado delgada y le llegaba el sudor de los dedos del hombre-, el latido del su cuello era demasiado hipnótico.

-Siéntate querido, siéntate –le pidió-. Te ayudaremos a que estés más cómodo. ¡Que olor tan feo, sudas como un cerdo! Intenta no caerte, sino tendremos que atarte a la silla –lo dijo con una risita y se sentó sobre el regazo del hombre, abrazándose a su cuello-. ¡Oh, no seas asqueroso! –exclamó y le dio un golpe en el brazo en el acto, cuando la mano sucia y perversa del inquisidor quiso meterse entre sus piernas-. Ven, Boudica. Creo que John ya quiere jugar. –No solía decir su nombre en voz alta en presencia de hombres, no quería ni siquiera compartirla con ellos de esa forma, pero esa vez no le importó. John no las desearía por mucho tiempo más.




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Re: Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Boudica el Lun Oct 23, 2017 3:45 pm

Boudica nunca había sentido amor por la inquisición, y mucho menos por sus miembros, a pesar de que perteneció a la institución tiempo atrás. Si formó parte fue por obligación, por ser la vergüenza de una familia cristiana y, según ellos, decente. ¿Y todo por qué? ¡Porque le gustaban las mujeres! Ella nunca entendió qué había de malo en ello, como nunca perdonó a su familia el hecho de que la apartaran de sus vidas, asqueados como si estuviera infectada con la tiña. Por suerte, Amancay la salvó de su destino junto a aquel hombre que no quería, permitiéndole ser ser y sentir lo que durante tantos años había tenido que reprimir. Ella, su diosa, la había salvado y la había hecho suya para siempre, y Boudica dudaba de que la vampira fuera a encontrar ser más fiel en todo el planeta: vivía por y para ella, y sabía que su existencia se terminaría el día en que lo hiciera la de Amancay.

Por eso no le quitaba el ojo a John, porque él no lo hacía de su vampira. La devoraba con la mirada, y eso consumía a Boudica. ¿Qué se había creído? Quiso arrancarle los ojos para que no pudiera disfrutar de su cuerpo, ni de su piel, ni de ese vestido que se fue quitando poco a poco… ¿Podía haber algo más perfecto en el mundo?

Tu vientre siempre será perfecto, esté hinchado o no. ¿No crees, John? ¿No piensas que es la mujer más hermosa del mundo?

Aunque las preguntas estuvieran dirigidas a él, Boudica no lo miró, sino que acarició la piel desnuda de Amancay mientras ésta le desabrochaba el vestido y la dejaba sólo con las enaguas. Era tan hermosa, tan perfecta, que se olvidó por completo de que el inquisidor estaba ahí, mirándolas como un completo idiota, pensando que, realmente, aquella era su noche de suerte. Se hubiera reído de su inocencia si no fuera porque la vampira la besó con pasión y con lujuria, dejando claro que se pertenecían mutuamente y que John nada tenía que ver con ello.

¡Claro que le gustamos! —exclamó, sonriente—. Pero hay una cosa que debe quedarte clara, John —se acercó a él y le elevó la barbilla con violencia, obligándole a que la mirara a unos ojos teñidos de odio, de rabia y de sed de sangre—: no somos putas. No lo olvides.

Lo soltó con brusquedad, haciendo que perdiera el equilibrio por un momento. Parecía que lo había recuperado cuando, de pronto, se cayó hacia un lado y se quedó tirado en el suelo, inútil como un trasto viejo. Boudica ni se molestó en acudir hacia él, no así Amancay, que lo ayudó a incorporarse mientras él aprovechaba y le tocaba todo lo que no había podido hacer antes. A la más joven de las vampiras se le cambió el rostro por completo: primero mostró un gesto de asco, seguido de uno que dejaba ver claramente los celos que estaba sintiendo. ¿Cómo se atrevía a propasarse así con ella? Y odiaba ver como ella se dejaba tocar. ¡Ah! Si pudiera arrancarle las manos a ese desgraciado… Las manos, la cabeza y su miembro, que de nada servía. La mujeres eran mucho más delicadas que ellos, que siempre estaban pensando en invadir terrenos prohibidos, tuvieran derecho o no, como él. Ni siquiera se molestó en disimular que quería tomarlas a las dos, y si la naturaleza se lo permitiese, lo haría a la vez. Ante ese pensamiento, Boudica sólo podía vomitar.

Sí, siéntate —dijo, empujándolo de los hombros hacia abajo, obligándole a quedar sentado. Ella nunca era delicada con los hombres, sobre todo si pretendían arrebatarle a su diosa—. Si huele como un cerdo, ¿no será porque lo es, amor mío? Recuerda que los hombres santos son los más cochinos y los más pervertidos. Hemos conocido muchos, ¿verdad? —Nada más decir eso, las manos de John se intentaron deslizar por debajo de las enaguas de Amancay, que, rápida, las retiró de un manotazo. Boudica sonrió y se sentó en las piernas de él, pegando su cuerpo al de Amancay tanto como pudo. Le importaba más bien poco si el peso de las dos era demasiado para el inquisidor; estaba tan borracho y excitado que ni se daría ni cuenta—. Así que quieres jugar ya… Vas muy rápido, John. ¿Tanta prisa tienes? —Pasó las manos en torno al torso de la vampira y estrujó los senos con ansia, demostrando que eran sólo suyos y, además, dando envidia a John. Después, hundió el rostro en el cuello de Amancay, aspiró el aroma que impregnaba su piel y fue dejando pequeños besos desde ahí hasta su hombro—. ¿Esto es lo que quieres hacer? —Siguió masajeando los pechos cada vez con más fuerza, porque cada vez estaba más excitada—. ¿O quizá quieras hacer otra cosa…? —Bajó una mano y la introdujo por dentro de las escasas prendas que todavía llevaba Amancay, llevándola hasta ese tesoro que escondía entre sus piernas y comenzando a acariciarla ahí donde sabía que le produciría el mayor placer—. ¿Tú qué dices, mi hermosa Amancay? ¿Quieres que siga yo o prefieres que lo intente John? Él parece estar muy dispuesto…

Le susurró en el oído, pero sólo como parte de ese juego que a las dos les gustaba jugar. Boudica nunca dejaría que John, ni ningún hombre, la tocara de esa manera, porque eso era algo que sólo a ella le estaba permitido. Aumentó el ritmo de sus caricias y, con ayuda de la otra mano, arrimó el cuerpo de la vampira al suyo, pegando las caderas de ambas. Sus senos se apretujaron contra la espalda de ella de manera inevitable, y aprovechó la cercanía para apretarlos todavía más.

Vamos, John —dijo, casi a punto de gemir—. Dinos qué quieres hacer...


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Re: Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Amancay el Mar Oct 31, 2017 5:00 pm

Oh, ahí estaba de nuevo… el odio que Boudica le tenía a los hombres podía arruinarlo todo. La entendía, claro que sí, pero Amancay no sentía lo mismo. Muchos hombres la habían traicionado y lastimado –porque eso hacían todos, ¿o no?-, pero ella creía que no había nada de malo en divertirse un poco a costa de ellos si luego los iban a matar. Pero ahí estaba Boudica pinchando a John, ¿por qué no podía simplemente disfrutar de lo que estaban compartiendo? Sabía lo que ocurría, Boudica estaba celosa. No por la presencia del hombre, porque él no importaba, sino por las reacciones que ella pudiese tener, porque sabía que a Amancay los hombres le gustaban un poco todavía, porque la quería solo para ella, no entendía que le pertenecía más allá de las decisiones que pudiera tomar. Amancay era demasiado libre, Boudica demasiado estructurada. Se completaban, se complementaban, pero a veces no se comprendían.

La comodidad del hombre no les importaba en lo absoluto, de hecho él se quejó al recibir el peso de ambas sobre sus piernas, pero ninguna reparó en sus palabras, ¿qué más daban las quejas de un futuro difunto?
Boudica la penetró con dos dedos y Amancay se movió para ajustarse mejor a ellos, cerró los ojos para que la sensación se prolongase lo máximo posible. ¡Con qué facilidad su cuerpo respondía cuando de ella se trataba! Era increíble. Cuando John quiso tocarla, sus piernas se cerraron de forma casi mecánica, mas cuando Boudica la acarició, Amancay se relajó y se abrió a ella. Siempre se entregaba confiada a Boudica, pues se fiaba ciegamente de su creación, incluso más que en sí misma.


-Boudica, Boudica… Sabes que siempre te elegiría a ti –le respondió, disfrutando del placer que le daban sus dedos, que parecían replicarse por todo su cuerpo-, ningún hombre sabe de mí todo lo que sabes tú. ¿Y si lo matamos rápido? Ya no quiero jugar con él –le confesó, algo desanimada con la idea de la tortura, mientras le entregaba su cuello para que ella lo besase y mordiese de manera sensual.

Siguió moviéndose, ajustando el ritmo de sus caderas al lento vaivén que la mano de Boudica proponía. Y también John aprovechaba el movimiento, ya que su erección rozaba el cuerpo de Amancay, y a ella no le importaba, ¿qué más daba? Que gozase un poco, total no se llevaría de allí ese recuerdo, pero lo que resultaba en verdad molesto era que les interrumpía el momento preguntando estupideces, quería saber cuándo le tocaría a él… pobre iluso. Amancay apoyó su mano derecha sobre la boca del hombre, no solo para que se callase, sino también para tener de dónde sostenerse pues la maravillosa sensación de caída al vacío se acercaba a ella.

Podría decirse que lo que ocurrió a continuación fue culpa de Amancay, pero por como estaban las cosas allí lo más fácil sería culpar a John. Amancay se movió y percibió contra su muslo la erección palpitante del hombre, en medio del oleaje de sensaciones quiso acercarse a él –no porque lo necesitase, sino porque quería evitarle a Boudica el tener que sentir el pequeño falo del inquisidor, sabía que ella no lo soportaría-, el movimiento provocó que la silla de madera en la que John se hallaba sentado se moviese demasiado y acabara por quebrarse. Los tres cayeron.

Amancay se puso de pie de inmediato y buscó a Boudica. Se sentía profundamente insatisfecha y enojada con John ya que por culpa de su micropene incontrolable todo se les había arruinado a ellas. El hombre volvió a hablar, pero Amancay no reparó en él, tomó a Boudica para besarla, para devolverle lo que ella le había dado. La condujo contra la pared más cercana y se tomó un momento para mirarla a los ojos, para leer en ellos qué era exactamente lo que su compañera quería, qué necesitaba, qué podía ella darle. Tras el instante mágico en el que sus miradas se hablaron, Amancay besó sus senos, como si estuviese alimentándose de Boudica, se detuvo especialmente en ellos pues le encantaba sentir como sus pezones se endurecían en su boca. Todavía tenía muy vívida la primera vez que había disfrutado del sabor de su piel, Boudica estaba viva y su cuerpo era cálido, su sexo tibio... Si cerraba los ojos le parecía estar de nuevo inmersa en aquella aventura de descubrir que amaba a una humana.
Recordando que no tenían la completa libertad para dejarse llevar, pues John todavía estaba por allí, Amancay volvió al cuello de su amante y mientras lo besaba le susurró:


-¿Cómo quieres que lo hagamos? ¿Qué sufra o solo lo matamos y ya? Tengo sed, Boudica –dijo, como si fuese una niña pequeña y quejosa.

Acariciar la intimidad de Boudica era mucho más tentador que el asqueroso John, Amancay bajó la mano por la piel suave y fría del abdomen de su mujer y la metió entre sus ropas, suavemente. A punto estaba de alcanzar su objetivo cuando notó que la sonrisa lujuriosa de Boudica se borraba. Se giró y halló a John a sus espaldas, queriendo unirse a la fiesta privada que ambas mantenían. El olor de la sangre le llegó, tentador, al parecer se había cortado en algún momento, seguramente cuando la silla se había roto.


-John –le dijo y le dio un empujón con ambas manos para que él retrocediese-, ¿es que no te has dado cuenta de lo que sucede aquí? Tú no te divertirás está noche, querido mío… Oh, ven, estás sangrando –le dijo, al verle el corte en la sien derecha-, ven y déjame ayudarte. Debemos ser amables con él, Boudica.

Lo sentó en la butaca que antes había ocupado ella. Amancay se sentó a horcajadas sobre el inquisidor, apoyando sus senos descaradamente en él y soportando estoicamente que la olfatease como si fuese un animal y que le refregase su barba en la piel intentando parecer sensual. Le sujetó, con demasiada fuerza tal vez, la cabeza con ambas manos y lamió el hilo de sangre que corría por su costado –al tiempo que sentía la lengua del hombre saboreando la piel de su escote, la de su hombro... estaba, repentinamente, por todos lados- y, contra todo pronóstico, le pareció deliciosa… ¡Casi compensaba el orgasmo que finalmente no había tenido! Buscó con la mirada a Boudica y le sonrió antes de decirle:

-No te creerás lo delicioso que John es, amor…




Oh:
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Re: Los muertos no saben cantar | +18 | Privado

Mensaje por Boudica el Dom Nov 19, 2017 1:00 pm

Boudica era capaz de sentir el placer que le estaba dando a Amancay con tan sólo escuchar sus jadeos y sentir el movimiento de su pelvis. Cómo le gustaba ejercer ese poder sobre ella, con qué facilidad se entregaba a su cuerpo, a sus dedos. Le resultaba maravilloso ver cómo llegaba a la cima y se lanzaba al vacío gracias a ella. Si no tuviera que parar para alimentarse, Boudica podía estar constantemente dando placer a Amancay de todas las maneras que ella le pidiera. Era como si después de tantos años reprimiendo sus deseos necesitara soltarlo todo a la vez.

Besó su cuello y lo lamió con la punta de la lengua, incluso llegó a rozarlos con los dientes como si quisiera rasgarle la piel. Siempre se preguntó cómo sabría la sangre de Amancay si ésta fuera todavía humana, pero eso era algo que nunca llegaría a saber. Para cuando Boudica (Victoria por aquel entonces) comenzó a escuchar su nombre, su vampira era ya una especie de leyenda entre los inquisidores que se habían tenido que enfrentar a ella. La temían y la respetaban a partes iguales, porque no habían sido pocos los inquisidores (y las inquisidoras también) que habían desaparecido tras encontrarse con Amancay.

Enseguida lo matamos, amor mío —contestó acercándose todavía más a ella, haciendo que su propia pelvis rozara con las nalgas ajenas—. Deja que primero te escuche gritar de placer.

Estaba tan absorta en sus tareas que no sintió que la silla crujía bajo el peso de los tres, con lo que la caída fue algo que en ningún momento se esperó. Quedó tumbada junto a John, ligeramente confundida pero no lo suficiente para no asquearse con la presencia del hombre. Vio su abultada entrepierna y sintió verdaderas ganas de vomitar. ¿Cómo podía Amancay sentirse atraída por semejante engendro de la naturaleza? El simple hecho de pensar que ese pene podría estar dentro de alguna de ellas le dio ganas de arrancarlo de cuajo y convertirlo en alimento para los perros. Pobres perros.

Por suerte para John, Amancay sacó a Boudica de su ensimismamiento repulsivo en el momento idóneo, llevándosela hasta la pared más cercana. Sentirla tan cerca le hizo olvidarse del inquisidor, que se había quedado tirado por ahí y completamente atolondrado. Él no era importante ya.

Yo también tengo sed, querída mía, pero quiero que sufra —le pidió mientras los labios de la otra vampira erizaban su piel con cada roce—. Se ha atrevido a mirarte, a desearte, y sabes que quiero ser la única con derecho a hacerlo. —Ahogó un gemido cuando las dulces manos de Amancay se metieron debajo de su ropa, buscando su centro—. Debe saber que sólo yo puedo poseerte.

Era tal la impaciencia que sentía por llegar al clímax que movió sus caderas para que los dedos encontraran pronto su destino, aunque de poco le sirvió; sintió la presencia de un cuerpo caliente cerca de ambas, y cuando abrió los ojos (porque hasta entonces los había tenido cerrados), vio el horrible rostro de John pidiendo un poco de atención. Quiso darle una patada para devolverlo al suelo, de donde nunca debió levantarse, pero Amancay se separó primero y se acercó hasta él. ¿Acaso lo prefería antes que a ella?

Nosotras somos muy amables, ¿verdad John? —Se separó de la pared con desgana y observó cómo se lo llevaba hasta la butaca—. Es él el que es un maleducado, ¿por qué, si no, nos ha interrumpido en un momento que era solo nuestro? Eso se merece un castigo, Amancay.

Y dicho eso se acercó hasta la butaca y se colocó detrás del respaldo, observando cómo su amada se dejaba lamer por el maldito inquisidor. Los miró con mucho asco y, cuando ya no lo soportó más (también era cierto que no duró mucho tiempo quieta, aunque tratándose de ella fue todo un logro), agarró a John fuertemente por el pelo y le inclinó la cabeza con violencia, haciendo que su oreja pegara con el hombro. Él empezó a balbucear, pero a Boudica le dio igual.

Cállate —dijo mientras se situaba a un lado. Acercó el rostro a la piel caliente y húmeda del inquisidor y aspiró el olor que emanaba—. ¿De verdad es tan delicioso? Quién lo diría, con esta peste que destila…

Se sentó en el reposabrazos y terminó clavando los colmillos sin muchos miramientos ni ceremonias. Sorbió con ansia y también se sorprendió de que le supiera bueno, pero no lo dijo en voz alta. No quería darle ese último placer al bueno de John. Cuando se separó tenía los labios y la barbilla cubiertos de sangre, así que se pasó la lengua para quitar una parte y miró a Amancay.

Reconozco que no está mal —le dijo, pasándose los dedos por la barbilla quitando así algo de sangre. Después los acercó a los labios de ella y la instó a que los lamiera—. Degústala otra vez, vida mía, ésta que ha estado sobre mi piel. ¿Notas alguna diferencia? —Volvió a colocarse tras ella y se agachó hasta que su rostro quedó a la altura del de Amancay. Le sujetó la barbilla y le giró la cabeza, de manera que quedara mirándose de frente. Después la besó con lujuria, manchándola a ella también con los restos de alimento que le quedaban—. ¿Y ésta, sabe diferente? ¿Cuál de las dos crees que es más deliciosa?


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