Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Los muertos no saben cantar | Privado

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Los muertos no saben cantar | Privado

Mensaje por Amancay el Jue Ago 31, 2017 12:34 pm

La última vez que lo habían hecho, las cosas no habían salido como ellas esperaban. No porque la presa les hubiese dado problemas, lo habían cazado de forma fácil –hasta podía decirse que tonta porque, ¿qué hombre no se idiotizaba cuando veía a una mujer semidesnuda?-, retenerlo no les había dado ningún dolor de cabeza, y matarlo… matarlo había sido tocar el cielo con las manos, pocas cosas lograban hacer que Amancay se sintiese viva otra vez y esa, asesinar enemigos junto a Boudica, era una de ellas. La ceremonia había sido un baño de deliciosa y tibia sangre, Amancay se había bebido dos botellas de champagne, la bebida se volvía rosada y seductora cuando se la mezclaba con la sangre… sangre de inquisidor. Oh, de solo recordarlo la mandíbula se le tensaba como si los colmillos previeran que estaban por repetir el festín de la semana anterior.

Lo dicho, el problema no había sido cazar al maldito adorador de crucifijos. Tampoco reducirlo y muchísimo menos matarlo. El problema eran los celos. Todo había empezado cuando se percató en la forma en la que ese maldito miraba a su Boudica, la desnudaba con los ojos, la boca se le aguaba ¡y Amancay sentía tanto asco!


-Eres asqueroso, ¡pero tan sabroso! –le había susurrado al oído mientras, sentada sobre él a horcajadas, bebía de su cuello.

Aún así, logró apartar aquella sensación de su mente, se dejó llevar por el disfrute que no podía durarles toda la eternidad, pues debía culminar antes de la salida del sol. En medio del frenesí, de la excitación lógica de aquel manjar, Amancay se había dejado llevar y había besado al hombre, le había mordido los labios con deseo y bebido luego directamente desde allí al desgarrarlos… No le había parecido nada malo, ¿qué podía representar para ellas un hombre casi muerto? Pero sí que a Boudica le había molestado y, aunque amaba como le cambiaba el rostro cuando se enojaba, Amancay no quería volver a discutir por algo así. Los hombres no lo valían.
La decisión estaba tomada entonces, ya no llevarían a los inquisidores a la casa. Aunque solo fuera por un tiempo, lo mejor sería buscar otro sitio donde ninguna de las dos pudiese dejarse llevar del todo, donde tuvieran que mantener la guardia en alto y cuidarse aún de los propios impulsos.

Habían encontrado al nuevo hombre santo en las inmediaciones del teatro, su forma de caminar y de hablar evidenciaba quien y qué era… Un inquisidor que decía vivir en celibato por amor a Cristo, pero que mentía. ¡Ay, cómo le gustaban los mentirosos! Esos que decían seguir las leyes divinas pero que corrían a las puertas de los burdeles cuando el sol comenzaba a esconderse. El hombre tardó exactamente dos horas en confesarse como un enamorado de Amancay, básicamente era el mismo tiempo que hacía que se conocían.


-¡Fáciles, todos fáciles! –le había dicho a Boudica, horas después del primer encuentro con el hombre, mientras la abrazaba para sacarse del cuerpo la mala sensación de haber estado expuesta a la mirada lasciva de aquel tipejo.

Habían salido a cenar dos veces ya y en la última Amancay había deslizado la posibilidad de verse en un encuentro más íntimo. ¿Era posible que él no hubiese notado su naturaleza, su raza? Sí, ella tenía algo de control mental y lo había utilizado con él, pero ¿no se suponía que un inquisidor debía reconocer a los vampiros? Como fuese, la cita ya había sido acordada y se daría de un minuto a otro, solo que él no se imaginaba lo que estaba por ocurrirle.

Amancay se había adelantado para llegar con tiempo a aquella vieja casona abandonada en las afueras de la ciudad, quería que esa noche todo fuese perfecto. Debía acondicionarla con todo lo que necesitasen para poder divertirse. En tanto lo hacía, Boudica iría a buscar a ese estúpido de John, diciendo ser la dama de compañía de Amancay, la enviada para acompañar al hombre al lugar de la cita especial. La idea principal era darle una copa de vino –con veneno, claro- en lo que durase el viaje en el carruaje, por lo que él ya llegaría algo dañado hasta allí… pero si aún así quería pelear, al ver que la noche romántica con una mujer se trasformaba en una tortura por parte de dos vampiresas, estaba bien. A ellas les gustaba que les pusiesen las cosas difíciles.

No había tardado tanto en acondicionar el lugar –con cadenas, cuchillas y un sillón especial que había llevado hasta allí con su propio cochero, un hombre que ya no se espantaba de nada de lo que ellas hiciesen-, por lo que terminó saliendo a campo abierto para disfrutar de la luz de la media luna que dominaba el cielo. Pensaba en ella, en Boudica, y en todo lo que habían compartido en esos años. En todo lo que ella había dejado atrás, en lo que había superado. Amancay no sólo la amaba, también estaba orgullosa de ella, pero no era solo el orgullo que una creadora puede tener, realmente admiraba el valor que había demostrado. Era valiente, aunque a veces se le olvidase.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el relinchar de los caballos llegó a sus oídos; estaban cerca y Amancay no pudo evitar dar pequeños saltitos de excitación ante la idea de lo que vivirían en las próximas horas.




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Re: Los muertos no saben cantar | Privado

Mensaje por Boudica el Miér Sep 13, 2017 3:54 pm

Como no podía ser de otra manera, Amancay era lo único que ocupaba su mente mientras se dirigía al lugar donde el tal John la esperaba. Amancay, su diosa, su reina; la mujer más hermosa del universo conocido y aquel que estuviera por llegar. ¡Agh! ¿Qué hacía yendo a por el tipo ese si tenía la oportunidad de dar media vuelta y volver con ella? Ya añoraba el olor de su piel, a pesar de que lo había olfateado hacía escasos minutos, justo antes de que se separaran. Si por ella fuera, pasaría junto a Amancay cada segundo del día, dedicando su eternidad a complacerla de las mil y una maneras que su retorcida mente quisiera. Sentía que le debía tanto… Su vida y su muerte, su estabilidad, su felicidad e incluso su ira. Su ira, sí, porque, a pesar de que la amaba más que a nada en ese mundo rastrero en el que les había tocado vivir, había momentos en los no podía ni mirarla. Como con aquel último inquisidor. Cuando su Amancay lo besó con esa lujuria, sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. ¿Cómo podía hacer algo así? ¡Era un hombre! Le daban arcadas sólo de pensarlo; arcadas y unas ganas inhumanas de arrancarle la cabeza a alguien, un hombre, a poder ser.

El coche paró y Boudica miró por el ventanuco. Quería ver primero al bueno de John antes de salir en su busca. Allí estaba él, esperando impaciente la llegada de la vampira, vestido con un atuendo que, eso debía reconocerle, era bastante elegante. ¡Ja! Poco le iba a durar. Sonrió con malicia y se desabrochó los botones que cerraban el escote de su vestido, dejando una parte generosa del pecho visible. Después bajó del coche con movimientos felinos y elegantes, buscando llamar su atención, claramente, y se acercó hasta él con paso lento. La piel pálida y lisa de la vampira brilló con las luces de la calle, como si supiera la noche de diversión que les esperaba.

¿John? —llamó con voz dulce una vez estuvo a su altura. El inquisidor se giró y, aunque su primer impulso fue mirarla a los ojos, terminó desviando la mirada un poco más abajo—. Soy la dama de compañía de la señora Amancay. Me ha enviado para que le lleve al lugar donde se celebrará la cita. Si me acompaña…

Con una mano señaló el coche mientras comenzaba a caminar, contoneándose de manera descarada pero no forzada. Sabía que él iría detrás, fuera ella o no la persona que decía ser. «¡Ah, Amancay, ya lo creo que son fáciles!» pensó. Dejó escapar una risa infantil y subió al coche antes que él con la única intención de que le mirara el trasero. ¡Si su padre la viera ahora, seduciendo a un hombre! «Si no lo hacía es porque no quería, padre, no porque no supiera».

En lo que duró el trayecto, John se bebió más de la media botella envenenada que habían preparado previamente. Boudica no sólo no le frenó por miedo a que bebiera demasiado —¿desde cuando era eso un problema para ellas?—, sino que le instó a que siguiera pidiendo que le llenara la copa. Se atusaba el cabello con una mano y después se pasaba las yemas de los dedos por la piel del escote, mientras, con la otra, seguía sirviéndole vino adulterado si que él se percatara de absolutamente nada fuera de lo normal. Era tan fácil engañar a los hombres…

Supo que estaban llegando porque los caballos bajaron el ritmo, de un trote ligero al paso. Boudica ni siquiera esperó a que el vehículo frenara por completo. Bajó de un salto y caminó junto al coche para esperar a que el hombre la siguiera. El muy bobo se tropezó cuando bajó los escalones y a punto estuvo de comer tierra del suelo; por suerte, Boudica lo agarró del brazo a tiempo, impidiendo que se dejara los dientes. Lo llevó frente a Amancay con una sonrisa de complacencia pintada en el rostro.

Amancay —dijo con deseo. Después miró al hombre que llevaba sujeto y medio colgando. El pobre no acertaba ni a poner un pie delante del otro—. John, querido, saluda.


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Re: Los muertos no saben cantar | Privado

Mensaje por Amancay el Mar Sep 19, 2017 5:19 pm

Boudica. Hermosa, perfecta, astuta y suya. Su Boudica, esa que, aunque no lo sabía, opacaba a cualquiera. Amancay la observaba acercarse, tan decidida y resuelta, y notaba con asombro que ya poco le importaba el inquisidor que le traía como ofrenda… de pronto quería acabar con él en un solo movimiento –sin necesidad de gozar en la lentitud de la agonía-, pues sentía que era un intruso, que estaba de más allí donde solo deberían estar ellas  dos.

-Boudica –susurró y se apuró a salvar la distancia que la separaba de ellos. Quizás tendría que haber dicho el nombre del tipo y no el de ella, pero no pudo. Se lanzó sobre la muchacha y la besó en los labios con un beso de esos que le hubiesen quitado el aire si todavía fuera mortal-. Te he extrañado –le dijo, con su sonrisa más grande. Reparó en su escote por demás generoso y sus dedos fueron rápido hacia allí para tironear de la tela hacia arriba, queriendo cubrirla un poco más. Alterada se volvió hacia el hombre, no quería que él la mirase con deseo, Boudica era hermosa y ese vestido le quedaba demasiado bien, pero era suya y no quería que él disfrutase de ella, ni siquiera con los ojos. Le habló, ya más repuesta del repentino ataque de celos-: -Ah, hola John, querido… Bienvenido, a ti te estaba esperando.

El hombre las observaba, pero no emitía sonido, tal vez creyese que soñaba. Tuvieron que entrarlo entre las dos, una a cada lado casi a la rastra, él calmo se dejaba conducir. Sí que había ingerido demasiado vino adulterado. Amancay quería reír, pero se contenía para no quitarle solemnidad al hecho de que John estuviese sentándose en la misma silla donde moriría pronto… ¡Que hermoso era ser testigo de eso! Le parecía que eran privilegiadas al atestiguar como un hombre ríe y habla –con palabras ininteligibles-, sin saber que pronto morirá. Era como acompañarlo en ese final del camino de su vida patética y dañina…

-Nos vamos a divertir –dijo John sin dejar de reír y a Amancay le asqueó porque, después de los inquisidores, lo que más odiaba era a los borrachos felices… los prefería melancólicos-. Que la dama de compañía no se vaya –pidió e intentó incorporarse para acercarse a ellas, no pudo hacerlo y eso les mostraba que podrían prescindir de amarrarlo con cuerdas pues el inquisidor no podía ir a ningún lado por sus propios medios-, es muy bella.

Buscó a Boudica antes de comenzar a hablar. Le tomó la mano, no solo porque la amaba más que a nada, sino porque la sentía parte de ella, la amaba tanto como a sí misma porque Boudica era Amancay y Amancay era Boudica, y juntas debían disfrutar de aquello.


-La dama no se va, ella siempre está conmigo, John –le dijo y se acercó a él. Amancay tomó asiento frente al inquisidor, muy cerca de él, y le tomó la mano caliente y sudada. Quería darle la razón, decirle que sí, que Boudica era bella, pero que no era para él, que nunca sería para él porque ya tenía dueña, mas calló. Él no lo entendería-. ¿Has sido un buen hombre, John? –le preguntó y se inclinó para que su escote quedase a la vista, para que sus senos semejaran volcar sobre esa mano inmunda que ella le sostenía, y así tener la atención del inquisidor-. A nosotras nos gusta pasar tiempo con hombres malvados… no sé a que se deba. ¿Por qué crees que nos gusta tanto encontrarnos con inquisidores, amor mío? –le preguntó a Boudica, girando para verla, y no le pasó desapercibido el gesto del hombre que se extrañaba al oír que ellas sabían bien quién y qué era.




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Re: Los muertos no saben cantar | Privado

Mensaje por Boudica el Dom Sep 24, 2017 11:20 am

Definitivamente, John sobraba en aquel encuentro. Cuando vio cómo se acercaba Amancay, tan deseosa como ella misma de poseerse mutuamente hasta desfallecer, su cuerpo sintió el impulso de soltar al inquisidor allí mismo y de cualquier manera. En cambio, lo que hizo fue agarrarlo con más fuerza, apretando tanto que en unas horas terminaría teniendo un cardenal —eso si no estaba muerto para entonces—. Recibió a su vampira con la boca completamente húmeda, y le correspondió de tal manera que parecía que se iban a engullir la una a la otra.

Yo también te he extrañado —dijo mientras Amancay cerraba el escote del vestido. En realidad, ya no necesitaba que John la mirara más—. ¡Oh, Amancay! Si hubieras visto lo fácil que ha sido convencerle de que se subiera al coche conmigo… Creo que le han gustado —comentó mientras se pasaba las yemas de los dedos por la piel del pecho que había quedado a la vista y miraba de reojo al hombre, completamente abobado al ver la estampa que tenía delante—. Y eso que todavía no había empezado a beber.

Soltó una risita encantadora, pero diabólica, y ayudó a Amancay a meter al tipo dentro. Se dio cuenta de que no había perdido el tiempo; todo estaba preparado para disfrutar de aquella noche como a ellas más les gustaba. Era todo tan perfecto, cada detalle tan sumamente cuidado, que no pudo evitar morderse el labio inferior con fuerza ante lo que sentía que les venía encima. ¡Aquello sí que era vida!

Lo tiraron sobre la silla con la delicadeza suficiente para que se mantuviera sentado, pero John estaba tan perjudicado que se tambaleó ligeramente hacia la derecha. Boudica, ante el riesgo de que se descalabrara antes de tiempo, lo empujó con la rodilla de mala gana y lo dejó colocado recto —más o menos— y apoyado en el respaldo.

Ya lo creo que nos vamos a divertir —murmuró sólo para ellas y le guiñó un ojo al inquisidor, que a punto estuvo de convulsionar de la emoción.

Se colocó detrás de Amancay cuando esta se sentó y pasó los brazos alrededor de su cuello, bajando la mano hasta esos pechos que tanto amaba tocar. Mientras la otra vampira hablaba, ella acariciaba su piel con las yemas, pero aquello no era suficiente para Boudica, así que deslizó uno de sus dedos entre los senos de Amancay de manera bien visible para John. No pasó por alto cómo las miró, deseoso de que fueran sus manos las que remplazaran a las de ella.

Humm… —Fingió que pensaba la respuesta unos segundos antes de contestar—. Quizá sea porque siempre quieren hacernos daño, y nosotras sólo queremos hacerles ver que no tienen por qué. ¿Qué les habremos hecho para que nos traten así? Nada… —Hizo un mohín de niña triste—. Además, nos gusta hacerles pasar un buen rato, ¿no es verdad, hermosa mía? Somos buenas chicas. —Sacó el dedo de entre los pechos de Amancay y lo llevó hasta la barbilla del inquisidor, colocándose detrás de él—. ¿Qué hay de ti, John? ¿Tú quieres hacernos daño? —susurró en el oído de él, agachando el torso hasta que su rostro quedó a la altura del ajeno—. ¿O prefieres divertirte con nosotras?

—contestó arrastrando cada letra—. ¡Divirtámonos! Sois buenas chicas… Muy buenas, y muy bellas. Las dos, sí... bellas...

Debía tener la lengua tan inflamada que apenas podía pronunciar dos sílabas seguidas correctamente. Boudica se rió de este hecho, pero él pensó que lo hacía por el pudor de su cumplido. Esperaba no haberse pasado sirviéndole el vino...

¿Has oído eso, Amancay? —Volvió tras ella, pero, esta vez, introdujo la mano entera por dentro del vestido, agarrando uno de sus pechos y masajeándolo con sensualidad—. John dice que quiere divertirse. ¿Qué crees que deberíamos hacer con él?

Sus ojos brillaban de la excitación que le producía, por un lado, tocar el cuerpo de Amancay, y por el otro, pensar en lo que le harían al pobre John, que las miraba completamente perdido y sin imaginar qué le deparaba su futuro cercano.


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Re: Los muertos no saben cantar | Privado

Mensaje por Amancay Ayer a las 4:24 pm

¡Ese hombre era tan estúpido! No servía ni para el juego que ellas querían jugar… No se daba cuenta de lo que sucedía, no les estaba dando ritmo ni pelea porque no entendía ni donde estaba sentado.

-Los hombres no sirven para nada –le dijo a Boudica y se puso en pie-, solo para hacer hijos… Pero a nosotras no nos gustan los niños –se rió ante el último comentario y comenzó a aflojar la parte superior de su vestido, ese que siempre usaba para matar inquisidores-, mucho menos eso de tener el vientre hinchado –acompañó su palabras con un movimiento, el vestido cayó a sus pies y ella quedó ante él solo cubierta por las enaguas que hacían de falda-, yo prefiero estar así, ¿qué piensas de mi vientre, querido? –Se movió a un lado y al otro, provocando. Él la miraba y movía los labios hinchados, beodos, pero ningún sonido salía de ellos-. ¿Qué piensas tú de mi vientre, amor mío? –Extendió su mano para tomar la de ella y así poder pararse ambas muy juntas frente a el inquisidor que las observaba embelesado-. Tienes razón, nos gusta que ellos pasen un buen momento… antes de morir –lo último lo susurró casi sobre los labios de su compañera, su confidente, su creación, su amor; para que solo Boudica pudiese oírla.

Estaban cerca de John, de manera que las podía ver bien, pero no tanto como para que pudiese tocarlas. Lentamente, Amancay aflojó las tiras delanteras del vestido de Boudica porque quería sentirla, porque quería disfrutarla... y Amancay siempre lograba lo que quería


-Sí que vamos a divertirnos, John –le prometió, mirándola a ella.

No era la primera de sus víctimas y ambas sabían que no sería el último inquisidor que se bebieran tampoco, pero sí estaba resultando el más idiota. ¿Qué faltaba para que John se diera cuenta de lo que ocurría allí? ¿Por qué no desconfiaba?


-Sabemos que eres un hombre muy santo –le dijo, sin mirarlo y al fin despojando de la tela la parte superior del cuerpo de Boudica para que estuviese igual que ella, sus pieles entraron en contacto y Amancay sintió que era la mujer más afortunada del país. ¿Por qué cambiaba tan fácilmente de opinión? Hacía solo unos minutos quería esconderla para que él no la desease, ahora en cambio necesitaba mostrarle al hombre que Boudica era suya, que su cuerpo reaccionaba solo al roce de sus dedos-. A nosotras nos gustan otras cosas, si quieres irte solo debes decirlo –le aseguró sin ocultar la sonrisa. Le gustaría que supiese que era mentira, pero ni aunque se lo dijesen con todas las palabras él lo comprendería-, lo entenderemos porque a no todos les gusta el juego que jugamos. No, nosotras no somos santas. –Con esa afirmación se lanzó a la boca de ella.

No fue suave, no fue dulce, fue invasiva. Quería que supiera que John no importaba, que la noche no importaba y tampoco la sangre que pronto compartirían… quería que supiera que solo ella era especial allí, que su piel era la más suave y perfecta, que sus labios y su boca eran el lugar favorito de la lengua de ella, que su inteligencia era lo que más admiraba. Necesitaba que Boudica tuviese la certeza de todo aquello, mas debería bastar ese beso como medio de comunicación porque no podía hablar. Se sabía muy torpe con las palabras, le costaba usarlas para exteriorizar lo que le pasaba… la elocuente era Boudica en ese equipo, no ella.
Le había dicho al hombre que no le gustaban los niños, en parte era cierto… pero hubo un tiempo, cuando Boudica estaba viva, en el que Amancay hubiera dado todo por verla embarazada, por ver como su vientre se hinchaba a causa de la vida y como sus senos se llenaban. Le hubiera gustado no quitarle esa posibilidad como a ella misma se la habían arrebatado, pero nunca se lo había dicho. Boudica era aún menos tolerante que ella ante la idea de ser tocada por un hombre.

-Oh, con que son dos putas –John las interrumpió, al parecer abría los ojos por primera vez, aunque de forma errónea-. Me gusta y… -lo último que dijo no se entendió.


-¿Te gustamos? ¡Le gustamos! –le dijo con una feliz exclamación a su compañera, como si acabase de descubrir esa verdad que era casi palpable desde el primer momento-. Oh, John… -El hombre, por la emoción del momento, se había balanceado y caído al suelo. Amancay, sensual, acudió a su lado-. Creo que tienes demasiada ropa, querido… ¿Por qué tapas así tu cuello con tanta tela innecesaria?

Con un tirón lo ayudó a pararse. El hombre era algo más alto que ella, de modo que Amancay tuvo que elevar sus manos para poder acariciar con ellas el cuello tibio del hombre. John se abrazó a su cuerpo con fuerza, no solo para que le hiciese de sostén, sino también porque pensaba aprovecharse todo lo que pudiese de la situación. A ella no le importó -aunque tampoco le agradó que el inquisidor le pellizcase un glúteo como si en efecto ella fuese una prostituta, la tela de la enagua era demasiado delgada y le llegaba el sudor de los dedos del hombre-, el latido del su cuello era demasiado hipnótico.

-Siéntate querido, siéntate –le pidió-. Te ayudaremos a que estés más cómodo. ¡Que olor tan feo, sudas como un cerdo! Intenta no caerte, sino tendremos que atarte a la silla –lo dijo con una risita y se sentó sobre el regazo del hombre, abrazándose a su cuello-. ¡Oh, no seas asqueroso! –exclamó y le dio un golpe en el brazo en el acto, cuando la mano sucia y perversa del inquisidor quiso meterse entre sus piernas-. Ven, Boudica. Creo que John ya quiere jugar. –No solía decir su nombre en voz alta en presencia de hombres, no quería ni siquiera compartirla con ellos de esa forma, pero esa vez no le importó. John no las desearía por mucho tiempo más.




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