Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



NIGEL QUARTERMANE

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La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Sáb Sep 02, 2017 2:55 pm

"My pain is constant and sharp and I do not hope for a better world for anyone.
In fact, I want my pain to be inflicted on others.
I want no one to escape."
"American Psycho"
Bret Easton Ellis



Los colores de los anisópteros tornan más brillantes conforme envejecen. Son paleópteros, incapaces de plegar las al-. De plegar las ala-. Plegar…alas…
Las palabras se enredaron, pelearon y desaparecieron bajo un manto carmesí. Incapaz de continuar su lectura, Tsetsé pasó la página de su atlas, algo en vano. La tinta se había mezclado con la sangre y al frotar la manga de su vestido en ella, empeoró la situación. Permaneció quieta, con los ojos clavados en las alas de la libélula roja, cuyo color se prendió cuando le alcanzó la sangre. El tiempo pasaba y las tonalidades de aquellos insectos les dejaban ver como realmente eran. Al igual que ella. El color carmesí brillaba en sus dedos, hasta su muñeca. Estaba tan caliente que en contraste con el resto de su cuerpo, le hacía sentir gélida. Se limpió la sangre con el chaleco del hombre, pero su mano continuaba caliente, ardiendo. Uno de sus dedos sufrió un espasmo y fue como si estuviera sujetando el corazón palpitante de nuevo. Bombeando sus últimos latidos entre sus dedos antes de detenerse. Para la eternidad.

En sus oídos la sangre traqueteó y bajó hasta su pecho. Fuerte. Golpeando contra sus costillas. Tsetsé dejó que el atlas resbalara y salpicara su vestido de sangre al caer contra el charco. Se cubrió las orejas con una mano ardiendo y la otra esquirlada. Y no se movió.

Había sido ella.

Había sido ella.

Si lo miraba, podía ver sus acusadores ojos abiertos de par en pan, clavados en la luna lejana. Tenía la boca abierta, desencajada en un grito de terror. No recordaba haberlo hecho, pero lo sabía. Sabía que había sido ella. Ella de verdad. Ella con sus colores rojos, como la anciana libélula.

En sus últimos momentos de lucidez, el mendigo había tratado de asaltarla mientras dormía. Tras un humillante contacto. Tsetsé había explotado y su ira la había consumido hasta desaparecer. La joven se había esfumado y había aparecido ella. Quién quiera que fuera realmente. Alguien que no deseaba conocer. Un demonio. Un ser del submundo. Ella, sin embargo, se había divertido. Lo sabía, puesto que al volver en si con sus dedos rodeando el corazón del mendigo, la sonrisa había mancillado su expresión. Dicha sonrisa se rompió el mil pedazos cuando el horror se desplegó antes sus ojos vírgenes. Tsetsé retiró la mano rápidamente y el corazón del hombre resbaló por los adoquines del suelo. Se sujetó a su atlas como punto de apoyo e intentó leerlo una y otra vez hasta que la sangre empañó sus páginas y no pudo ignorar lo sucedido.

Acurrucada sobre si misma, sus ojos la traicionaron y viajaron erráticos hasta el cadáver que descansaba a escasos metros de su cuerpo; caliente y frio. Una sonrisa trémula tomó posesión de los labios de la joven y por segunda vez desde que había llegado a París, lloró. Se rompió en mil lágrimas suicidas. Sollozó y sollozó a la espera de que su llanto se llevara consigo la sangre, al igual que la marea lo hacía con las palabras escritas en la arena. Pero la fortuna no le tendió su mano. Rota, rescrebajó su voz en hipidos descontrolados hasta convertirlos en afónicos quejidos que hicieron eco en los callejones parisinos. Un chasquido respondió a su llanto y Tsetsé se detuvo en seco.

No, no la podían ver así. Nadie la podía ver así. ¿Pero quién decía que no se lo merecía? La humillación pública ante semejante acto. Sin embargo, sabía que no era capaz de aceptarlo ante nadie. Lo negaría, aunque la colgaran por ello. Aunque limpiaran la guillotina con su cabeza. El pensamiento hizo que saliera de su estado de parálisis. Debía de alejarse de allí. Se levantó temblorosa y comenzó a caminar como un infante recién aprendido. Torpemente, se desplazó hasta la boca del callejón. Tan solo esperaba poder hacerlo antes de que los pasos del nuevo visitante la acorralan en la escena. Si tal cosa sucediera, en el mejor de los casos, saldría huyendo.
En el peor, ella regresaría.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Lun Sep 25, 2017 10:27 am

Tica-tac, tic-tac, es momento de que todo se torne crucial, la noche pronto cayó y debían tener precaución de quienes se encuentran en las calles de París, porque los monstruos acechan, van en busca de poder y existencia, de alimento y estasis. Anunciándose con el silencio, porque el verdadero dolor es silente, y aquel que logre emitir gritos ahogados, es un perfecto torturador, la penumbra es realmente fascinante de observar, él, Jaecar anda de ahí para allá, observando, es interesante las actuaciones de los humanos y los sobrenaturales; cada uno posee una llama que le atrae, porque su sentir se altiva y culmina un hilarante y magistral éxtasis en la piel, esa histeria que desprenden le emociona, le alteran para manipular, porque esa es su realidad, ¡Él es el despertar! Saca a los débiles de sus sueños baratos, sueños mundanos y despreciables energías, que se dejen llevar por prohibidos deseos, y acudan al desorden y el caos. Todo eso es lo que detesta el inmortal, la jodida debilidad ver, como aquella mujer a la que entre las sombras le persigue, su capa negra lo cubre, haciendo imposible de ser visible su faceta, como un demonio que nadie puede ver, pero sí sentir, y hasta olfatear, porque él infunda miedo, pavor y catástrofe.

Permaneciendo molesto, emocionado, excitado, un cúmulo de sensaciones que bien controlaba, no por algo es poderoso, no por algo juega con lo peor; la mentes es su especialidad, y ahí, un crimen, un nuevo camino le abren las puertas, alguien con sus necedades, porque eso es lo que le hace querer manipular a la persona que mantiene en su vista. Y no es un común humano, claro que no. Es algo más poderoso, algo que podría hasta herir su orgullo, ¿por qué? porque se trata de la misma demencia, y es todo una provocación esa bestia, ya que, ¿cómo controlas la locura? Solo Jaecar lo demostrara. Por eso, su mirada brilla, ve en ella una mirada maldita y a la vez temerosa, encendida y tramposa, despiadada y bondadosa.  ¡Una maldita bipolaridad andante! Porque es profunda su actuación, una asesina que resurgió de un acto vil e inhumano por aquel mendigo. Entusiasmado con el olor de la sangre, una escena preciosa y manchada de valor cuando no se terminó la defensa. Ella se protegió matando, pero lo disfruto, él reconoce el placer en las manos al desterrar un corazón, ella cedió a la violencia psicológica para disfrutarlo. ¡Mmm! Ese olor cadavérico añora en sangrantes deseos, eso siente la mujer, ¡endemoniada bruja! Su esencia es sumamente peligrosa, y su helada y fría sonrisa la delataba, hasta que esos ojos devastadores fueron posesionados por un llanto, y un terror. Perdiendo el control, un desorden donde  la confianza de su decisión, y la demencia siguen ahí, aunque huyendo de lo que acaba de hacer. Y antes de que escapara, emitió un chasquido. Claramente decepcionado, ya que le atrajo esa presencia superior, la que tomó dominio de la situación y jamás se situó en el vencimiento, y no llamó a la fragilidad, sino a la dureza. Y la quería ver a ella, por lo que comenzó a seguir su rumbo, hablándole para ver si el miedo era lo único en ella.

— ¿Te sorprende saber quién realmente eres? —, interrogó el inmortal, depositando una voz que nadie quisiese escuchar, doliente era porque le recordó lo sucedido y la alarmó de que alguien presenció el homicidio.

— No intentes remediar lo que no tiene solución, aquí ya no existe nada, lo mataste pero ¿por qué no terminaste tu escena de crimen? Te encargaste de matarlo, lo castigaste lentamente y sin piedad. Hiciste infames acciones pero, ¿por qué ser hipócrita contigo misma? ¿Por qué llorar cuando ambos sabemos que lo disfrutaste? ...¡No sigas huyendo!, no seas una cobarde, detente y afronta tus miedos, obsérvame y no huyas de mi presencia más, porque jamás desapareceré, y si crees que puedes matarme al igual que al moribundo, solo inténtalo, pero toma la decisión ya. Porque puede que te arrepientas, ya que te seguiré donde quiera que trates de esconderte, si crees que solo es una pesadilla, no seas tan patética. Tu única opción para seguir huyendo es deshacerte de mí, es lo único que falta para que logres escapar de tu sanguinaria elección.

Aclaro, juzgo y hasta sentenció, así como el dictaminador de su acto, se detiene porque se mostrara a ella, a ambas, y que mire lo que ocasionó. Sus irises de un oro imposible de olvidar se tornaron, lentamente fue descendiendo la capucha y su rostro comenzó a relucir, un momento de suspensión y pavor, ¿qué es lo que sucederá?...


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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Sáb Oct 28, 2017 10:40 am

Siempre creyó que una vez la muerte la visitara, sería carbón y no carmesí, que su rostro caería en pedazos putrefactos y que no tendría el porte elegante de un noble. Pero se equivocaba, se equivocaba en todo. No era la muerte quién se alzaba soberano sobre aquel lastimero callejón, sino un inmortal. Su presencia resultó tan intimidatoria, que la luna se ocultó entre las nubes y los adoquines del suelo amenazaron con empequeñecer la distancia entre ambos. Y a pesar de todo, su confusión no podía ser más certera, ahí estaban sus colmillos afilados como guadañas, el color sus ojos sentenciándola y sus palabras…arrastrándola a las llamas del infierno. Se clavaron una a una en su espíritu, haciéndolo girones. ¿Qué le quedaba cuando no podía coser el sangrado de su alma?

¿Clemencia?

¿Debía de pedir clemencia? Sin embargo, lo único que deseaba era silenciarlo, que desapareciera, o que sus palabras dejaran de tener significado. Pero por desgracia, la vida era irónica y por tantas veces que había deseado comprender el idioma, ahí estaba ahora rogando no poder hacerlo. Llevaba el tiempo suficiente en París como para entender, digerir y sentir. Y que desdichada, que ni si quiera podía responder con plenas facultades, tan escasas habían sido sus oportunidades de practicar el francés, que quedó muda, como una indígena. La fría piedra golpeó su espalda sin el más mínimo resquicio de arropo, recordándole que había retrocedido, que se estaba confinando entre la farsante muerte y su culpabilidad.

¡Cállate! ─gritó en su lengua, su voz rasgando sus cuerdas.

Y de pronto su mano estaba en alto, debatiéndose entre la ira y la sumisión. Contra todo pronóstico, encontró la estabilidad y proyectó la imagen que deseaba ver. Imaginó al inmortal girando sobre sus talones, marchándose lejos, retrocediendo hasta desaparecer y convertirse en un desagradable recuerdo. Pero él no se movió. Ingenua ella que creía que su influencia funcionaría en él como en un mortal.

La mano de Tsetsé cayó por su propio peso, derrotada. Era muy consciente que tan solo tenía dos opciones, rogar o huir. Y él ya le había advertido sobre la segunda. Mientras tanto, dejar que ella regresara, no era una opción. Podía sentirla carcajeándose en lo más profundo de su subconsciente. Disfrutando de su desgracia, siendo cómplice de la muerte. La bruja llegó a preguntarse si la dejaría morir si se diera el caso en que la escena complaciera sus sádicas necesidad, si la humillación era suficiente. Humillación que reflejaba en su expresión en aquel instante, mientras se dejaba caer al suelo de rodillas.

Los adoquines del suelo se le antojaron gélidos cuando entraron en contacto con sus brazos, con su pecho y su vientre. Tsetsé se arrastró hasta alcanzar las botas del extraño. Sus dedos manchados en sangre se alargaron, temblorosos hasta alcanzar el cuero.

Por favor…─murmuró, en un francés torpe, inexperimentado─. Marchaos, no más de que buscáis… no más otro yo…

Se preocupó de captar su atención y para ello acercó sus labios con patéticas plegarias y besó sus botas. Una imagen humillante, una imagen humillante que pinceló al detalle mientras huía como un ratón acorralado que acaba de hallar una grieta lo suficiente grande en la pared. Y mientras lo hacía, mientras corría, se preguntó si aquella ilusión sería suficiente como para despistar al inmortal. Al menos hasta que amaneciera.

Ella volvió a reír en su cabeza.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Mar Oct 31, 2017 12:19 am

Cada quien tiene su propio infierno, y a su manera, su propio karma ya sea destrozando su existencia o el ser. Así como se muestra la bruja, Las acciones siempre serán cobradas. Y. como bufón seguirá danzando frente a él, eternamente. Un acto irreal y predecible por su parte, porque no se cree lo que sus ojos observan y peor quieren engañar. No se cree poderoso e invencible pero su error fue demostrar el rostro de la bestialidad y caer en un hecho infame después, sus años le han mostrado verdades ocultas y mentiras que atacan con la desesperación y traición. Pero quiso jugar, caer en su propio juego para ver cómo será su final. Así como ella emplea una máscara, ante la clemencia, una humillación absoluta e innecesaria para quien ya se cree bestia. Lo que ejecuto, el que le besara los pies como a un dios, que rogara por su vida y el perdón. ¿Perdon de que, que vida espera salvar? Y otro error arrojado, mostrarle una escénica actuación y olvidarse de los ruidos. Se olvido que trata con un inmortal, no un cualquier vampiro, sino uno potente en las jurisdicciones. El era la máxima autoridad entre ella y él, las capacidades eran notorias y la lógica dio paso a su habla y expresión.

— No sigas con sandeces innecesarias. No sigas haciendo lo que no quieres hacer. Si silenciar quieres. Cortarme la lengua, arrójame una maldición, pero no sigas, no me muestres lo que no eres. Abre los ojos y observa a tu alrededor. No permitire que tu bestia se escape...

Como máscara de hierro sangro el rostro tras la mentira. Sus palabras rompieron la estabilidad tras superfluos deseos egoístas. No hay víctimas realmente, sólo ingenuidad tras los anhelos falaces. Y ante las pisadas, el correr y el aire que se produjo en el desplazamiento, le dieron la certeza de lo que supuso de la ilusión. Rio, le dio crédito por tratar de escapar. Pero lamentablemente se confió, y cada uno durará el tiempo necesario para mostrarse quien tiene la razón.

Pues tras hacer arrastrar sus lágrimas, los años se verían reflejados, y, los últimos simplemente despiertan del sueño y comienzan matándose lentamente hasta alcanzar la eterna fortaleza de insensibilidad. Eso quería para ella, y pronto comenzará.

— No preguntes ahora que es lo que sigue, debe ser bastante claro ya... reflejate y dime si es así lo que esperabas... Si es así como pensaste que iría el camino.

Todos tenemos que andar en el páramo desolado de la incertidumbre y la desconfianza, ese agridulce deseo de sobrellevar la vida al borde del sacrificio. Ella sacrifico su inocencia y él, su libertad, pues el inmortal tiende a sujetarse del débil para transformarlo. Y cuando comenzó a mostrar la realidad, en un segundo se encontraba en su frente, sujetándola del pescuezo, arrimandola hacia la pared donde le empujo, posesionandose de sus irises y le demanda que beba (empleando la habilidad más cruel para quien pierde su locura) Mordiéndose la muñeca y la linfa comienza a brotar, la acerca a su boca y ahí, entre ese acto morbosos, le encadena. Esa fue la única razón, castigarla con la gracia misma de Jaecar… y hasta que cumpla con su objetivo el inmortal la liberara. Ya no había salida, conocería quién es realmente y por la sangre o sin ella.



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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Jue Nov 16, 2017 3:26 pm

“Abre la boca”

“Seré yo quien elija cuando tomarla”

“Entonces seré yo también quien escoja cuando tomar la tuya”

El recuerdo se diluyó como tinta en el océano y desapareció, dejando tras de sí, una estela de algo, no tanto como el amor ni tanto como el odio. Aquel recuerdo se trasladó al presente, un presente absorto en el que floreció un dejá vú, representante de aquella olvidada ocasión.

El plasma, casi frio, casi caliente, resultó familiar. Se resbaló por su garganta, pintó sus labios y la lleno. No era igual que otra sangre, humana, palpitante, ardiente y oxidada, esta, sin embargo, era incapaz de rezumar vida, sino muerte. Tragó sin chistar, sometida al deseo ajeno. Vio su expresión, muerta, reflejada en las pupilas de él. Anestesiada quedo toda capacidad de elección. Se vio sumida en la orden hasta que él decidió que era suficiente sangre, suficiente intrusión.

Liberada, Tsetsé buscó aire y encontró palabras. Palabras, letras enquistadas en propósitos mayores que el de comunicarse. Así el hechizo emergió de ella sin ser aquella su intención. La barrera evocada se materializó invisible entre ambos y la protegió del siguiente objetivo del inmortal.

“No le mires”, ordenó una voz. Ella. Que había dejado de reír ante su infortunio y que por primera vez desde que sabía de su existencia, le hablaba.

Tsetsé clavó las pupilas en el suelo. Inexperimentada era, y poco sabía cuánto tardaría en disolverse su barrera. Sin embargo, sabía que no había sido ella quién había invocado la magia, sino su otra cara.

“Dile niña, que si tanto desea conocerme que al menos lo pida educadamente. Un caballero no obligaría a tragar durante la primera cita. ¡Qué bárbaro!”


Escarchada quedó, al escuchar su voz de nuevo, enteramente proyectada para ella. Atendió y se estremeció ante su implícita broma.

“Qué tal una inclinación. No, sería insatisfactorio. Muéstrale tus mugrientos zapatos, que bese la punta. Tal vez entonces, decida salir a jugar”


Tsetsé quiso decirle que no haría tal cosa. Con tan solo contemplar las piernas del extraño, se veía lo suficientemente amenazada como para no provocarle. Podía imaginarlo derramando su sangre al instante ante una osadía como aquello. Sin embargo, un paso por delante, ella le obligó a hacerlo. Escupió las palabras, la provocación, en un francés torpe. Y quiso morir por ello. Sus extremidades se mimetizaron con el frío del callejón, tampoco le pertenecían a ella, sino al miedo. Miedo que entorpeció su control sobre su propio cuerpo, aquel sentimiento, siempre le hacía más fuerte a ella. Que decidió no emerger, por el simple hecho de torturarla o de jugar con el desconocido, no estaba segura. Ya que una vez expuesta la provocación, el único deseo de Tsetsé, fue el de huir. Con la barrera en alto, quizás fuera capaz de ponerse a salvo sin que él la tocara. Y a pesar de su deseo, inmóviles quedaron sus piernas, ausentes de respuesta. Y no supo si también se debió al miedo, o a ella, o a él. La bruja se halló estática a merced del monstruo que albergaba su cabeza. Confinada. Y el siguiente paso fue el que la llevo al borde del acantilado.

Provocador, uno de sus pies se alzó, ofreciendo la punta del zapato. Zapato intocable debido al hechizo.

Debía de ser más coherente, más racional. Sin duda, era inteligente y avispada, pero en aquel momento, ella tan solo parecía tener ganas de jugar.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Miér Dic 13, 2017 8:07 pm

¿Cómo podía ser la cadena que les ata? Es esa manera morbosa en la que Jaecar sujeta a la bruja, no en términos de sangre y manipulación, no, es un control que hará para que ella libere su animal, un control basado en la misma habla, en el poderío que causan las palabras y las acciones arremetidas de este para con su presa, porque eso es, una presa que no soltara hasta que cumpla su objetivo, y el único interés; es que ella se vuelva fuerte, que no muestre debilidad ante nadie, porque si sigue mostrando esa vulnerabilidad no podrá sobrevivir en este mundo. ¡Así es como ata!, y el que le ofreciera de su linfa solo era un cruzamiento de esencias; reconocer su esencia, saber su localización, el jamás perderla, (claro un inmortal siempre reconoce la sangre que ingiere, pero esta vez como fue al revés, reconocerá la suya, la propia donde quiera que vaya, así podía sentirla, y era toda una tontería tan siquiera imaginar que la convertiría en su esclava, porque ese término no es el correcto para él, no necesita ir a ese nivel ínfimo, mediocre e irrelevante para alguien como él, ya que él es, fortaleza). Y es curioso, como el permanece en esas irises confusas, con una sombra guardada, le llena al inmortal saber que está tratando con algo mucho peor, no es un monstruo, y ni demonio, es una sombra que ha yacido quizás siempre con ella, y es que quizás es que le intereso por ello. Ver como se combate o se sucumbe ante estas, porque esas eran los dos resultados, que la bruja cayera abrazada por la penumbra o reinara sobre esta como por lo que es. Poco a poco irá llegando a esa conclusión, por lo que el deleitar como se tiñen sus carnosos labios de su linfa, tan repulsiva bestia como la va llenando, hasta ser suficiente es que le libera y se lame la propia herida causada bajo su propia autoridad.

Aguardando a que le recorriera hasta las entrañas, que se mezclara con la propia sangre, y pudo detonar como resaltan sus venas, tan seductoras y ofrecidas como una vil ramera, observándola, riendo porque no es la primera vez que se cruza con una de ellas, más no lo niega, es poderosa y el intento de atacar, es lo que esperaba, que se protegiera, porque por algo se presentaba amenazante ante ella, pero, ¿que resultó? ¡Oh! como quiere adentrarse a su mente, lástima que no posee ese poder, pero sí el de interpretar gestos. Y supo que algo estaba sucediendo dentro de ella, y hablo, como una maniática controlada por otra, hablando de alguien más, lo sabía, y no causa miedo, ni nada en su manera altanera de reaccionar, ahí está, una confusión, un enigma de entre quien se agarra de valor y resalta por la otra, una lucha constante que solo se limitaba a presenciar, sin moverse, ni hacer nada contra ella, es atractivo ver distintas personalidades, o quizás posesiones, demonios, o lo que fuese que estuviese sucediendo dentro de ella, le interesa llegar más allá de esto, saberse que pudo Jaecar luchar contra dos, tres, o quien quiera que sea a la que tiene en frente, y de la cual fue reducido a una exagerada petición, pero claro, estaba hablando con una mujer después de todo, pero curioso es que por un momento, justo en ese instante, no pudo percibirla, olisquearla, y supo que se estaba protegiendo como esperaba, ¿quizás una barrera, o como le llaman ellas, escudo? Que con cautela, se tornó decisivo, inclinándose como todo un maldito caballero, y ahí, expreso una sonrisa brumadora, tan bestial por su mirada fija en ella.

— ¿Cómo esperas a que bese entonces tu zapatilla? Si no es suficiente para que pueda besarla. Mira que podría hasta lamerla por la sangre que la decora, y quizás y así te muestre que tan caballeroso puedo ser cuando mis labios rozan tan siquiera con un objeto. Pero, ¿no temes a que te arranque el pie de una mordida o mejor, que te convierta en mi princesa ya que no tendrías zapatilla alguna en espera de que alguien te salve? ¡Oh! Y hablar de tú me es más educado, que hablar de usted. Me siento más cómodo de esta forma, sino, podría hasta emplear modismos que resultan innecesarios después de lo visto, ¿no lo crees?

Permaneció inclinado, con la falange estirada en espera de que posaran el pie en su palma, (porque aunque le viese alzado, solo faltaba que saliera de su órbita, de su protección y atravesara la barrera que creo la bruja), que pena que apenas se diera cuenta que el juego estaba iniciando, porque para él, desde que la vio, lo comenzó.  


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