Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Tsetsé Verte el Sáb Sep 02, 2017 2:55 pm

"My pain is constant and sharp and I do not hope for a better world for anyone.
In fact, I want my pain to be inflicted on others.
I want no one to escape."
"American Psycho"
Bret Easton Ellis



Los colores de los anisópteros tornan más brillantes conforme envejecen. Son paleópteros, incapaces de plegar las al-. De plegar las ala-. Plegar…alas…
Las palabras se enredaron, pelearon y desaparecieron bajo un manto carmesí. Incapaz de continuar su lectura, Tsetsé pasó la página de su atlas, algo en vano. La tinta se había mezclado con la sangre y al frotar la manga de su vestido en ella, empeoró la situación. Permaneció quieta, con los ojos clavados en las alas de la libélula roja, cuyo color se prendió cuando le alcanzó la sangre. El tiempo pasaba y las tonalidades de aquellos insectos les dejaban ver como realmente eran. Al igual que ella. El color carmesí brillaba en sus dedos, hasta su muñeca. Estaba tan caliente que en contraste con el resto de su cuerpo, le hacía sentir gélida. Se limpió la sangre con el chaleco del hombre, pero su mano continuaba caliente, ardiendo. Uno de sus dedos sufrió un espasmo y fue como si estuviera sujetando el corazón palpitante de nuevo. Bombeando sus últimos latidos entre sus dedos antes de detenerse. Para la eternidad.

En sus oídos la sangre traqueteó y bajó hasta su pecho. Fuerte. Golpeando contra sus costillas. Tsetsé dejó que el atlas resbalara y salpicara su vestido de sangre al caer contra el charco. Se cubrió las orejas con una mano ardiendo y la otra esquirlada. Y no se movió.

Había sido ella.

Había sido ella.

Si lo miraba, podía ver sus acusadores ojos abiertos de par en pan, clavados en la luna lejana. Tenía la boca abierta, desencajada en un grito de terror. No recordaba haberlo hecho, pero lo sabía. Sabía que había sido ella. Ella de verdad. Ella con sus colores rojos, como la anciana libélula.

En sus últimos momentos de lucidez, el mendigo había tratado de asaltarla mientras dormía. Tras un humillante contacto. Tsetsé había explotado y su ira la había consumido hasta desaparecer. La joven se había esfumado y había aparecido ella. Quién quiera que fuera realmente. Alguien que no deseaba conocer. Un demonio. Un ser del submundo. Ella, sin embargo, se había divertido. Lo sabía, puesto que al volver en si con sus dedos rodeando el corazón del mendigo, la sonrisa había mancillado su expresión. Dicha sonrisa se rompió el mil pedazos cuando el horror se desplegó antes sus ojos vírgenes. Tsetsé retiró la mano rápidamente y el corazón del hombre resbaló por los adoquines del suelo. Se sujetó a su atlas como punto de apoyo e intentó leerlo una y otra vez hasta que la sangre empañó sus páginas y no pudo ignorar lo sucedido.

Acurrucada sobre si misma, sus ojos la traicionaron y viajaron erráticos hasta el cadáver que descansaba a escasos metros de su cuerpo; caliente y frio. Una sonrisa trémula tomó posesión de los labios de la joven y por segunda vez desde que había llegado a París, lloró. Se rompió en mil lágrimas suicidas. Sollozó y sollozó a la espera de que su llanto se llevara consigo la sangre, al igual que la marea lo hacía con las palabras escritas en la arena. Pero la fortuna no le tendió su mano. Rota, rescrebajó su voz en hipidos descontrolados hasta convertirlos en afónicos quejidos que hicieron eco en los callejones parisinos. Un chasquido respondió a su llanto y Tsetsé se detuvo en seco.

No, no la podían ver así. Nadie la podía ver así. ¿Pero quién decía que no se lo merecía? La humillación pública ante semejante acto. Sin embargo, sabía que no era capaz de aceptarlo ante nadie. Lo negaría, aunque la colgaran por ello. Aunque limpiaran la guillotina con su cabeza. El pensamiento hizo que saliera de su estado de parálisis. Debía de alejarse de allí. Se levantó temblorosa y comenzó a caminar como un infante recién aprendido. Torpemente, se desplazó hasta la boca del callejón. Tan solo esperaba poder hacerlo antes de que los pasos del nuevo visitante la acorralan en la escena. Si tal cosa sucediera, en el mejor de los casos, saldría huyendo.
En el peor, ella regresaría.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Lun Sep 25, 2017 10:27 am

Tica-tac, tic-tac, es momento de que todo se torne crucial, la noche pronto cayó y debían tener precaución de quienes se encuentran en las calles de París, porque los monstruos acechan, van en busca de poder y existencia, de alimento y estasis. Anunciándose con el silencio, porque el verdadero dolor es silente, y aquel que logre emitir gritos ahogados, es un perfecto torturador, la penumbra es realmente fascinante de observar, él, Jaecar anda de ahí para allá, observando, es interesante las actuaciones de los humanos y los sobrenaturales; cada uno posee una llama que le atrae, porque su sentir se altiva y culmina un hilarante y magistral éxtasis en la piel, esa histeria que desprenden le emociona, le alteran para manipular, porque esa es su realidad, ¡Él es el despertar! Saca a los débiles de sus sueños baratos, sueños mundanos y despreciables energías, que se dejen llevar por prohibidos deseos, y acudan al desorden y el caos. Todo eso es lo que detesta el inmortal, la jodida debilidad ver, como aquella mujer a la que entre las sombras le persigue, su capa negra lo cubre, haciendo imposible de ser visible su faceta, como un demonio que nadie puede ver, pero sí sentir, y hasta olfatear, porque él infunda miedo, pavor y catástrofe.

Permaneciendo molesto, emocionado, excitado, un cúmulo de sensaciones que bien controlaba, no por algo es poderoso, no por algo juega con lo peor; la mentes es su especialidad, y ahí, un crimen, un nuevo camino le abren las puertas, alguien con sus necedades, porque eso es lo que le hace querer manipular a la persona que mantiene en su vista. Y no es un común humano, claro que no. Es algo más poderoso, algo que podría hasta herir su orgullo, ¿por qué? porque se trata de la misma demencia, y es todo una provocación esa bestia, ya que, ¿cómo controlas la locura? Solo Jaecar lo demostrara. Por eso, su mirada brilla, ve en ella una mirada maldita y a la vez temerosa, encendida y tramposa, despiadada y bondadosa.  ¡Una maldita bipolaridad andante! Porque es profunda su actuación, una asesina que resurgió de un acto vil e inhumano por aquel mendigo. Entusiasmado con el olor de la sangre, una escena preciosa y manchada de valor cuando no se terminó la defensa. Ella se protegió matando, pero lo disfruto, él reconoce el placer en las manos al desterrar un corazón, ella cedió a la violencia psicológica para disfrutarlo. ¡Mmm! Ese olor cadavérico añora en sangrantes deseos, eso siente la mujer, ¡endemoniada bruja! Su esencia es sumamente peligrosa, y su helada y fría sonrisa la delataba, hasta que esos ojos devastadores fueron posesionados por un llanto, y un terror. Perdiendo el control, un desorden donde  la confianza de su decisión, y la demencia siguen ahí, aunque huyendo de lo que acaba de hacer. Y antes de que escapara, emitió un chasquido. Claramente decepcionado, ya que le atrajo esa presencia superior, la que tomó dominio de la situación y jamás se situó en el vencimiento, y no llamó a la fragilidad, sino a la dureza. Y la quería ver a ella, por lo que comenzó a seguir su rumbo, hablándole para ver si el miedo era lo único en ella.

— ¿Te sorprende saber quién realmente eres? —, interrogó el inmortal, depositando una voz que nadie quisiese escuchar, doliente era porque le recordó lo sucedido y la alarmó de que alguien presenció el homicidio.

— No intentes remediar lo que no tiene solución, aquí ya no existe nada, lo mataste pero ¿por qué no terminaste tu escena de crimen? Te encargaste de matarlo, lo castigaste lentamente y sin piedad. Hiciste infames acciones pero, ¿por qué ser hipócrita contigo misma? ¿Por qué llorar cuando ambos sabemos que lo disfrutaste? ...¡No sigas huyendo!, no seas una cobarde, detente y afronta tus miedos, obsérvame y no huyas de mi presencia más, porque jamás desapareceré, y si crees que puedes matarme al igual que al moribundo, solo inténtalo, pero toma la decisión ya. Porque puede que te arrepientas, ya que te seguiré donde quiera que trates de esconderte, si crees que solo es una pesadilla, no seas tan patética. Tu única opción para seguir huyendo es deshacerte de mí, es lo único que falta para que logres escapar de tu sanguinaria elección.

Aclaro, juzgo y hasta sentenció, así como el dictaminador de su acto, se detiene porque se mostrara a ella, a ambas, y que mire lo que ocasionó. Sus irises de un oro imposible de olvidar se tornaron, lentamente fue descendiendo la capucha y su rostro comenzó a relucir, un momento de suspensión y pavor, ¿qué es lo que sucederá?...



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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Sáb Oct 28, 2017 10:40 am

Siempre creyó que una vez la muerte la visitara, sería carbón y no carmesí, que su rostro caería en pedazos putrefactos y que no tendría el porte elegante de un noble. Pero se equivocaba, se equivocaba en todo. No era la muerte quién se alzaba soberano sobre aquel lastimero callejón, sino un inmortal. Su presencia resultó tan intimidatoria, que la luna se ocultó entre las nubes y los adoquines del suelo amenazaron con empequeñecer la distancia entre ambos. Y a pesar de todo, su confusión no podía ser más certera, ahí estaban sus colmillos afilados como guadañas, el color sus ojos sentenciándola y sus palabras…arrastrándola a las llamas del infierno. Se clavaron una a una en su espíritu, haciéndolo girones. ¿Qué le quedaba cuando no podía coser el sangrado de su alma?

¿Clemencia?

¿Debía de pedir clemencia? Sin embargo, lo único que deseaba era silenciarlo, que desapareciera, o que sus palabras dejaran de tener significado. Pero por desgracia, la vida era irónica y por tantas veces que había deseado comprender el idioma, ahí estaba ahora rogando no poder hacerlo. Llevaba el tiempo suficiente en París como para entender, digerir y sentir. Y que desdichada, que ni si quiera podía responder con plenas facultades, tan escasas habían sido sus oportunidades de practicar el francés, que quedó muda, como una indígena. La fría piedra golpeó su espalda sin el más mínimo resquicio de arropo, recordándole que había retrocedido, que se estaba confinando entre la farsante muerte y su culpabilidad.

¡Cállate! ─gritó en su lengua, su voz rasgando sus cuerdas.

Y de pronto su mano estaba en alto, debatiéndose entre la ira y la sumisión. Contra todo pronóstico, encontró la estabilidad y proyectó la imagen que deseaba ver. Imaginó al inmortal girando sobre sus talones, marchándose lejos, retrocediendo hasta desaparecer y convertirse en un desagradable recuerdo. Pero él no se movió. Ingenua ella que creía que su influencia funcionaría en él como en un mortal.

La mano de Tsetsé cayó por su propio peso, derrotada. Era muy consciente que tan solo tenía dos opciones, rogar o huir. Y él ya le había advertido sobre la segunda. Mientras tanto, dejar que ella regresara, no era una opción. Podía sentirla carcajeándose en lo más profundo de su subconsciente. Disfrutando de su desgracia, siendo cómplice de la muerte. La bruja llegó a preguntarse si la dejaría morir si se diera el caso en que la escena complaciera sus sádicas necesidad, si la humillación era suficiente. Humillación que reflejaba en su expresión en aquel instante, mientras se dejaba caer al suelo de rodillas.

Los adoquines del suelo se le antojaron gélidos cuando entraron en contacto con sus brazos, con su pecho y su vientre. Tsetsé se arrastró hasta alcanzar las botas del extraño. Sus dedos manchados en sangre se alargaron, temblorosos hasta alcanzar el cuero.

Por favor…─murmuró, en un francés torpe, inexperimentado─. Marchaos, no más de que buscáis… no más otro yo…

Se preocupó de captar su atención y para ello acercó sus labios con patéticas plegarias y besó sus botas. Una imagen humillante, una imagen humillante que pinceló al detalle mientras huía como un ratón acorralado que acaba de hallar una grieta lo suficiente grande en la pared. Y mientras lo hacía, mientras corría, se preguntó si aquella ilusión sería suficiente como para despistar al inmortal. Al menos hasta que amaneciera.

Ella volvió a reír en su cabeza.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Mar Oct 31, 2017 12:19 am

Cada quien tiene su propio infierno, y a su manera, su propio karma ya sea destrozando su existencia o el ser. Así como se muestra la bruja, Las acciones siempre serán cobradas. Y. como bufón seguirá danzando frente a él, eternamente. Un acto irreal y predecible por su parte, porque no se cree lo que sus ojos observan y peor quieren engañar. No se cree poderoso e invencible pero su error fue demostrar el rostro de la bestialidad y caer en un hecho infame después, sus años le han mostrado verdades ocultas y mentiras que atacan con la desesperación y traición. Pero quiso jugar, caer en su propio juego para ver cómo será su final. Así como ella emplea una máscara, ante la clemencia, una humillación absoluta e innecesaria para quien ya se cree bestia. Lo que ejecuto, el que le besara los pies como a un dios, que rogara por su vida y el perdón. ¿Perdon de que, que vida espera salvar? Y otro error arrojado, mostrarle una escénica actuación y olvidarse de los ruidos. Se olvido que trata con un inmortal, no un cualquier vampiro, sino uno potente en las jurisdicciones. El era la máxima autoridad entre ella y él, las capacidades eran notorias y la lógica dio paso a su habla y expresión.

— No sigas con sandeces innecesarias. No sigas haciendo lo que no quieres hacer. Si silenciar quieres. Cortarme la lengua, arrójame una maldición, pero no sigas, no me muestres lo que no eres. Abre los ojos y observa a tu alrededor. No permitire que tu bestia se escape...

Como máscara de hierro sangro el rostro tras la mentira. Sus palabras rompieron la estabilidad tras superfluos deseos egoístas. No hay víctimas realmente, sólo ingenuidad tras los anhelos falaces. Y ante las pisadas, el correr y el aire que se produjo en el desplazamiento, le dieron la certeza de lo que supuso de la ilusión. Rio, le dio crédito por tratar de escapar. Pero lamentablemente se confió, y cada uno durará el tiempo necesario para mostrarse quien tiene la razón.

Pues tras hacer arrastrar sus lágrimas, los años se verían reflejados, y, los últimos simplemente despiertan del sueño y comienzan matándose lentamente hasta alcanzar la eterna fortaleza de insensibilidad. Eso quería para ella, y pronto comenzará.

— No preguntes ahora que es lo que sigue, debe ser bastante claro ya... reflejate y dime si es así lo que esperabas... Si es así como pensaste que iría el camino.

Todos tenemos que andar en el páramo desolado de la incertidumbre y la desconfianza, ese agridulce deseo de sobrellevar la vida al borde del sacrificio. Ella sacrifico su inocencia y él, su libertad, pues el inmortal tiende a sujetarse del débil para transformarlo. Y cuando comenzó a mostrar la realidad, en un segundo se encontraba en su frente, sujetándola del pescuezo, arrimandola hacia la pared donde le empujo, posesionandose de sus irises y le demanda que beba (empleando la habilidad más cruel para quien pierde su locura) Mordiéndose la muñeca y la linfa comienza a brotar, la acerca a su boca y ahí, entre ese acto morbosos, le encadena. Esa fue la única razón, castigarla con la gracia misma de Jaecar… y hasta que cumpla con su objetivo el inmortal la liberara. Ya no había salida, conocería quién es realmente y por la sangre o sin ella.




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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Jue Nov 16, 2017 3:26 pm

“Abre la boca”

“Seré yo quien elija cuando tomarla”

“Entonces seré yo también quien escoja cuando tomar la tuya”

El recuerdo se diluyó como tinta en el océano y desapareció, dejando tras de sí, una estela de algo, no tanto como el amor ni tanto como el odio. Aquel recuerdo se trasladó al presente, un presente absorto en el que floreció un dejá vú, representante de aquella olvidada ocasión.

El plasma, casi frio, casi caliente, resultó familiar. Se resbaló por su garganta, pintó sus labios y la lleno. No era igual que otra sangre, humana, palpitante, ardiente y oxidada, esta, sin embargo, era incapaz de rezumar vida, sino muerte. Tragó sin chistar, sometida al deseo ajeno. Vio su expresión, muerta, reflejada en las pupilas de él. Anestesiada quedo toda capacidad de elección. Se vio sumida en la orden hasta que él decidió que era suficiente sangre, suficiente intrusión.

Liberada, Tsetsé buscó aire y encontró palabras. Palabras, letras enquistadas en propósitos mayores que el de comunicarse. Así el hechizo emergió de ella sin ser aquella su intención. La barrera evocada se materializó invisible entre ambos y la protegió del siguiente objetivo del inmortal.

“No le mires”, ordenó una voz. Ella. Que había dejado de reír ante su infortunio y que por primera vez desde que sabía de su existencia, le hablaba.

Tsetsé clavó las pupilas en el suelo. Inexperimentada era, y poco sabía cuánto tardaría en disolverse su barrera. Sin embargo, sabía que no había sido ella quién había invocado la magia, sino su otra cara.

“Dile niña, que si tanto desea conocerme que al menos lo pida educadamente. Un caballero no obligaría a tragar durante la primera cita. ¡Qué bárbaro!”


Escarchada quedó, al escuchar su voz de nuevo, enteramente proyectada para ella. Atendió y se estremeció ante su implícita broma.

“Qué tal una inclinación. No, sería insatisfactorio. Muéstrale tus mugrientos zapatos, que bese la punta. Tal vez entonces, decida salir a jugar”


Tsetsé quiso decirle que no haría tal cosa. Con tan solo contemplar las piernas del extraño, se veía lo suficientemente amenazada como para no provocarle. Podía imaginarlo derramando su sangre al instante ante una osadía como aquello. Sin embargo, un paso por delante, ella le obligó a hacerlo. Escupió las palabras, la provocación, en un francés torpe. Y quiso morir por ello. Sus extremidades se mimetizaron con el frío del callejón, tampoco le pertenecían a ella, sino al miedo. Miedo que entorpeció su control sobre su propio cuerpo, aquel sentimiento, siempre le hacía más fuerte a ella. Que decidió no emerger, por el simple hecho de torturarla o de jugar con el desconocido, no estaba segura. Ya que una vez expuesta la provocación, el único deseo de Tsetsé, fue el de huir. Con la barrera en alto, quizás fuera capaz de ponerse a salvo sin que él la tocara. Y a pesar de su deseo, inmóviles quedaron sus piernas, ausentes de respuesta. Y no supo si también se debió al miedo, o a ella, o a él. La bruja se halló estática a merced del monstruo que albergaba su cabeza. Confinada. Y el siguiente paso fue el que la llevo al borde del acantilado.

Provocador, uno de sus pies se alzó, ofreciendo la punta del zapato. Zapato intocable debido al hechizo.

Debía de ser más coherente, más racional. Sin duda, era inteligente y avispada, pero en aquel momento, ella tan solo parecía tener ganas de jugar.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Miér Dic 13, 2017 8:07 pm

¿Cómo podía ser la cadena que les ata? Es esa manera morbosa en la que Jaecar sujeta a la bruja, no en términos de sangre y manipulación, no, es un control que hará para que ella libere su animal, un control basado en la misma habla, en el poderío que causan las palabras y las acciones arremetidas de este para con su presa, porque eso es, una presa que no soltara hasta que cumpla su objetivo, y el único interés; es que ella se vuelva fuerte, que no muestre debilidad ante nadie, porque si sigue mostrando esa vulnerabilidad no podrá sobrevivir en este mundo. ¡Así es como ata!, y el que le ofreciera de su linfa solo era un cruzamiento de esencias; reconocer su esencia, saber su localización, el jamás perderla, (claro un inmortal siempre reconoce la sangre que ingiere, pero esta vez como fue al revés, reconocerá la suya, la propia donde quiera que vaya, así podía sentirla, y era toda una tontería tan siquiera imaginar que la convertiría en su esclava, porque ese término no es el correcto para él, no necesita ir a ese nivel ínfimo, mediocre e irrelevante para alguien como él, ya que él es, fortaleza). Y es curioso, como el permanece en esas irises confusas, con una sombra guardada, le llena al inmortal saber que está tratando con algo mucho peor, no es un monstruo, y ni demonio, es una sombra que ha yacido quizás siempre con ella, y es que quizás es que le intereso por ello. Ver como se combate o se sucumbe ante estas, porque esas eran los dos resultados, que la bruja cayera abrazada por la penumbra o reinara sobre esta como por lo que es. Poco a poco irá llegando a esa conclusión, por lo que el deleitar como se tiñen sus carnosos labios de su linfa, tan repulsiva bestia como la va llenando, hasta ser suficiente es que le libera y se lame la propia herida causada bajo su propia autoridad.

Aguardando a que le recorriera hasta las entrañas, que se mezclara con la propia sangre, y pudo detonar como resaltan sus venas, tan seductoras y ofrecidas como una vil ramera, observándola, riendo porque no es la primera vez que se cruza con una de ellas, más no lo niega, es poderosa y el intento de atacar, es lo que esperaba, que se protegiera, porque por algo se presentaba amenazante ante ella, pero, ¿que resultó? ¡Oh! como quiere adentrarse a su mente, lástima que no posee ese poder, pero sí el de interpretar gestos. Y supo que algo estaba sucediendo dentro de ella, y hablo, como una maniática controlada por otra, hablando de alguien más, lo sabía, y no causa miedo, ni nada en su manera altanera de reaccionar, ahí está, una confusión, un enigma de entre quien se agarra de valor y resalta por la otra, una lucha constante que solo se limitaba a presenciar, sin moverse, ni hacer nada contra ella, es atractivo ver distintas personalidades, o quizás posesiones, demonios, o lo que fuese que estuviese sucediendo dentro de ella, le interesa llegar más allá de esto, saberse que pudo Jaecar luchar contra dos, tres, o quien quiera que sea a la que tiene en frente, y de la cual fue reducido a una exagerada petición, pero claro, estaba hablando con una mujer después de todo, pero curioso es que por un momento, justo en ese instante, no pudo percibirla, olisquearla, y supo que se estaba protegiendo como esperaba, ¿quizás una barrera, o como le llaman ellas, escudo? Que con cautela, se tornó decisivo, inclinándose como todo un maldito caballero, y ahí, expreso una sonrisa brumadora, tan bestial por su mirada fija en ella.

— ¿Cómo esperas a que bese entonces tu zapatilla? Si no es suficiente para que pueda besarla. Mira que podría hasta lamerla por la sangre que la decora, y quizás y así te muestre que tan caballeroso puedo ser cuando mis labios rozan tan siquiera con un objeto. Pero, ¿no temes a que te arranque el pie de una mordida o mejor, que te convierta en mi princesa ya que no tendrías zapatilla alguna en espera de que alguien te salve? ¡Oh! Y hablar de tú me es más educado, que hablar de usted. Me siento más cómodo de esta forma, sino, podría hasta emplear modismos que resultan innecesarios después de lo visto, ¿no lo crees?

Permaneció inclinado, con la falange estirada en espera de que posaran el pie en su palma, (porque aunque le viese alzado, solo faltaba que saliera de su órbita, de su protección y atravesara la barrera que creo la bruja), que pena que apenas se diera cuenta que el juego estaba iniciando, porque para él, desde que la vio, lo comenzó.  



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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Lun Ene 01, 2018 3:30 pm

"What a strange illusion it is,
to suppose that beauty is goodness."
Leo Tolstoy



Evocó aquella expresión esculpida por el Diablo, la había visto antes. Como olvidarla. Ametz contuvo la sonrisa. Tsetsé se había disuelto en el camino y ahora, tan solo quedaba ella, que extendió las falanges para tomar las riendas entre sus retorcidas garras. Dio la bienvenida a la realidad con el pie alzado y el escudo tambaleante. Si bien la niña podía intentarlo, ella no era tan necia como para tratar de huir. Era plenamente consciente de quién tenía el control de aquella situación. Desde su llegada a París, se había proclamado vencida. Su barrera no duraría para siempre y tenía la certeza de que se evaporaría precoz, antes de que el sol se asomara entre los cochambrosos tejados parisinos. Por lo tanto, nulas eran sus oportunidades de escapar de las extrañas intenciones del desconocido. Desconocido que se inclinó para tomar su pie, participe de su juego. Aquello le hizo sonreír, mostrándose al fin. Se preguntó cuál sería su límite, ya que en aquel momento, anhelaba decorar sus labios con la suela de sus mugrientos zapatos. Pocas veces tenía la oportunidad de manchar algo tan bonito. Pero de nuevo, no era estúpida y, no iba permitir que el delirio del momento le arrebatara la pierna. Sabía que la provocaba para que renunciara a sus defensas. Algo inútil, ya que mientras que antes hubiese sido capaz de mantener la barrera en alto durante horas, el desuso de sus poderes y el mal estado en el que Tsetsé la mantenía, apenas le daba un margen de pocos minutos. Pero eso, él, no lo sabía.

Dime, ¿soy yo, Ametz, la bestia que andabas buscando? ─musitó, macabra─ . Y respóndeme,¿realmente besarías algo tan sucio como mi presencia? Mi condición es peor que la de los roedores y me sentiría profundamente culpable si descompusiera tu exquisitez. Pero lastima…No queda más opción que esa. Concédeme ese beso y saldré a jugar hasta que el sol se alce, niégamelo y dejaré que ella sea tu único pasatiempos. Sin embargo, como habrás deducido, no es tan carismática y, por tu apariencia preveo que deseas una buena partida. Con ella, la mayor diversión será hacer que moje sus piernas. Aunque puedo que eso también te complazca.

Acompasada a sus palabras, la barrera comenzó a descender. Ametz contuvo el aliento, frenética.

No peques de arrogante tampoco. Si tus intenciones hacen que tema por mi vida, prometo que hallaré la manera de alzar la barrera hasta que el sol te ahuyente. Así que te ruego que actúes en armonía con tu aspecto. Es tan triste que las cosas más bellas sean las más mugrientas. Tuya es la elección, príncipe del averno. Besa el zapato de la princesa o piérdela para siempre.

La suela, entró en contacto con la mano del inmortal.



Aclaración:
Sé que el habla de Ametz en este post es perfecta a pesar de su desconocimiento del Francés. Pero imaginemos que sigue sin hablarlo en condiciones. No quería destrozar la estética del rol con su lenguaje primitivo y deseaba que se la comprendiera al 100%.
<3




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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Jue Feb 01, 2018 10:55 pm

La bruja, el caballero y, ¿quién será, quien será la que falta?... porque la actuación de cada uno dependerá de lo que está a punto de cometer Jaecar. No iba a cumplir una petición por simple palabra de ella, ¡no!, lo iba a ejecutar porque es más grande el interés que tiene por el control, de un detalle que esa bruja le otorgaría para salirse una vez con la suya, que, si, estaba a punto de besar la zapatilla, no es porque un príncipe lo haya aceptado, sino es una sombra quien está emergiendo para no solo demostrar si no reinar la fortaleza verdadera. Porque, lo que se le estaba olvidando a ella, es que, es uno más de entre las penumbras, que así como sus palabras fueron el punto de atracción, no estaba tratando con cualquier inmortal. Y lo más triste es que se vayan por el lado de su reflejo y no por su rostro real; ese que está invadiendo a ambos, ese que permitió que se encontraran: la maldad llama hasta para burlarse de ella, pero también amenaza para ver quien tiene el control de esta. Tan así fue, que al elevar e inclinar más el rostro, y la mano llevando esa zapatilla a sus labios, beso, beso aquella decoración siniestra; la sangre salpicada, el olor del suelo, y de ella, es que toco la suela, demostrando que no fueron amenazas para evadir el hecho del beso, sino porque ya la tenía ahí, justo como quería…

— Ametz, es a ti a quien quiero ver, ¿por qué tardas demasiado? Veo. Que te gusta jugar, que te divierte la maldad. Has visto, que no soy algo bello al que puedas manchar, no eres sucia, has comprobado que se te puede tocar, que no eres una infección o un virus. No te afliges, me tienes en alta estima que deberías observar bien y escucharte. Aunque, ¿por qué vivir escondida en ese cuerpo, detrás de ella? Los roedores no tienden a hacerlo, y ni piden por un beso, estos arrebatan, muerden, destruyen, ya sea por subsistir o por mera diversión.

Fue murmurando en lo que iba alzándose, mientras engañó a Ametz (el beso fue porque podía tocarla, la barrera en la que se veía expuesto perdió su objetivo, ella perdió). Pero no hizo gesto de victoria, como se entonó en la sonrisa de la bruja, en todo estaba. Y conforme quedó parado frente a ella, la suciedad no es algo que catalogue en una bestia, ni en un demonio tan encantador como lo era. — Ya es momento de que te unas al juego, pero no te equivoques Ametz, no me place que pueda llegar a hacer que mojen sus bragas, eso cualquiera lo hace, ya sea ella o tú. Puedo hasta apostar que tú misma lo has provocado, eres muy perversa con ella, te encanta hacerla sufrir, y lo puedo oler en ti, en tu aliento…— Jaecar declaraba, deslizando la falange a su rostro, y luego a su mejilla conforme las palabras desprendía, acercándose a olfatearla, rodeándola al caminar en círculo, hasta detenerse detrás de ellas, estaba comprobando la magnitud de su poder sobre la distancia, al parecer todo tiene un límite con ella.

— Oh, pero si mi arrogancia aun no la he mostrado. ¿Me temes? ¿Temes a lo que pueda suceder? —; chasqueo la lengua, negando, siendo una vez más su triunfo, ella confesó la inexistencia de la barrera. — Ponte a pensar, ¿crees que si mi deseo era matarte, porque es que aún estás con vida? De haber sido de esa manera, ya habrías estado muerta, manca de ser así e ir jugando con cada segmento de tu cuerpo hasta dejarte como un roedor que debe pagar por sus insolencias. — Al final sonrió, alzando el índice y este lo movió de un lado a otro. Sin afán de amenazar, su maldita naturaleza hace que todo sea posible y crucial. Pero, al verse alejado por solo un instante, de regreso ya estaba, como si el aire lo atrajera y la llevo hacia la pared, juntando los propios labios, emitiendo que guardara silencio. — “shhh” —; el propio aliento de su boca era arrojado a su rostro, demasiado juntos, sosteniendo sus muñecas en lo alto, por arriba de su cabeza al juntarlas. — Somos monstruos, nada es bello en sí, solo la belleza radica en nuestra víctima, solo ella, la que se esconde en tu interior, es bella. Ambos lo sabemos...”shh”, puede que escuché eso, ¿qué tal si le muestras lo que eres capaz de hacer? —en cada momento conversado se iba acercando a sus labios, ¿que estaba tratando de hacer? Poner a flote quien es quien, y saber cómo exponerlas para cuando quiera que una lucha contra la otra, sepa exactamente cómo y con qué.



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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Mar Feb 13, 2018 4:56 am

Ametz esbozó una sonrisa suave, pero no por ello menos maquiavélica. La imagen que se le presentó, se le antojó más exquisita que la plasmación de un cuadro. Contemplar a aquella criatura de años imperecederos postrándose para besar la mugrienta punta su zapato le produjo un placentero hormigueo. Cuando la soltó, dejó caer el pie contra el suelo y suspiró satisfecha. La ilusión se evaporó y volvió a sobrepasarla con su altura. Se paseó a su alrededor, acechándola y la bruja se preguntó si en cualquier instante se abalanzaría sobre ella con la mandíbula abierta.

Por supuesto que te temo, es evidente. Sería necia si no lo hiciera y esté encuentro no sería ni la mitad de excitante.

Descosió sus labios con intención de continuar hablando, pero la enjauló de nuevo contra la pared, las manos en alto, las muñecas selladas contra su férreo agarre. La instó a callar y por un momento, Ametz sucumbió a su instinto y forcejeó, pero rápido cesó en su intento, sabía, por experiencia propia, que era más que inútil tratar de luchar contra la fuerza de un vampiro. Así que simplemente, elevó el rostro, atando sus pupilas a las ajenas. Los labios del inmortal, demasiado cerca de los suyos, tanto, que su aliento removió los hilos castaños que caían desordenados sobre el marco de su retrato. La muchacha, le dedico una sutil sonrisa, combinada con la decadente mirada que sujetaba sus orbes. Se inclinó, correspondiendo a lo que interpretó como una provocación y susurró de vuelta, su boca rozando ligeramente la ajena al hablar.

¿Piensas tocarme con esos mugrientos labios? Ya demostraste que por encima de mi tobillo no pertenecían. Pero podemos hacer un trato…quizás así dejaré que beses a la princesa…─Se inclinó, siguiendo la línea de su mandíbula, hasta descansar la boca cerca de su oreja, donde susurró: ─. Cómo certeramente observaste, estoy atrapada, atrapada dentro de mi propio cuerpo. Y no soy yo a quién tienes que persuadir, si no a ella, al trágico ángel que controla este cuerpo, eso sin duda será complicado, puesto que yo soy plenamente consciente de mis actos. Lo fui, cuando arrebaté el corazón de ese mundano, cuando lo sentí entre mis dedos bombeando hasta que el movimiento cesó. Pero ella…Ella es más difícil, algo como la culpa la perturba y mientras que torturarla es delicioso, resulta un fastidio no poder recuperar todas las funciones de mi cuerpo. La inútil es dueña de él y ni si quiera sabe como manejarlo. Pero quizás tu puedas ayudarme, puede que tengas la llave de mi cárcel. Tal vez, juntos, la espantemos lo suficiente como para que decida cesar su existencia. Puedo hacer que mire, peligraré en que me venza por tomar el control, pero no creo que se decida a hacerlo si se encuentra lo suficientemente espantada. Así que…puedo hacer que mire ─repitió una vez más.

Limitados sus movimientos por la presa del demonio, Ametz alzó un pie, el mismo que había besado y flexionó ligeramente la pierna. El zapato repiqueteó contra el suelo, exponiendo su pie desnudo.

La semana pasada…─musitó─, traté de asustarla, pero fastidiosamente no lo conseguí. La ilusa, creía estar haciendo un amigo y tal fue su deseo de conservarlo, que luchó con uñas y dientes contra mi presencia. Hubiese sido tan embriagador ver su pavor cuando hubiese tenido a su único amigo entre mis redes. Ah…Lastima que saliera mal. Aunque en la vida siempre existen más oportunidad, ¿no es así?

Deslizó el pie por el interior de las piernas del inmortal, grácil cual bailarina. Cuando alcanzó la unión de sus piernas, se detuvo, exhalando un breve suspiro.

Yo soy capaz de todo…La pregunta es, ¿lo eres tú? ─Maquiavélica, el tono de su voz se oscureció─. Recuerda…

>Está mirando.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Sáb Feb 24, 2018 7:48 pm

Admitió el temor que representa Jaecar para ella, lo olfateo como un perro que persigue la transformación, y a la oscuridad misma, lo disfruto tanto, demasiado que podía deducir quien era Ametz; con una singular sonrisa, una declaración en la que descubrió simplemente la perversidad de sus actos y deseos. Tan vil, pero lo suficientemente fuerte, es algo que debía salir de su escondite, la quería. Porque sabe jugar, atacar con las mismas intenciones, y sin ser provocado pero noto el atrevimiento de ser retado, cambiando el forcejeo en la insinuación, le regresa su propia jugada y espero, le esperaba con los brazos abiertos y si su boca tenía que atraparla, lo haría, porque es más posesivo para su aliento, y la manera en que recorre la mandíbula e incita al oído a escuchar secretos. En verdad poseía algo que solo Jaecar puede obtener, sus ojos no son como cualquiera, y ha conocido la manera en la que mira, en la que luchan por romper el cristal de esas irises. Una profunda escaramuza interna, ¡ah, como el deseo emerge a través de esa prisión! Una muerte se anuncia, la oscuridad no debía existir, tendría que infundirle miedo por ella misma, que esa sonrisa macabra se acerque a la realidad que aquella no quiera ver, y luchen entre ellas, presenciar esa escena es lo que más anhela, ver como se autodestruyen y ver la ganadora. Él apostaba por la mitad de cada una, que solo en una reine lo que caracteriza a Ametz y a Tsetsé, ¡qué haría por darle un beso a ese complemento! Y no a una de ellas por separado.

— No sabes de lo que sería capaz, pero no es solo a la princesa a quien quiero, y no solo me limito a poseer sus labios. Si el trato acepto, es porque quiero presenciar tu liberación. Esto va más allá de las capacidades de cualquiera. Ametz, nadie es prisionera de su propio cuerpo, solo nosotros mismos designamos nuestras propias cadenas. Y si en tal caso, crees que ella tiene el control, averiguaremos, démosle un poco de miedo para ver qué tanta fuerza tiene para dominar, pues me resulta imposible que sea más de la que he visto en ti. Tú lograste asesinar, y ella decidió ocultarse por la culpa, ya vimos un punto débil de ella, aprende a conocer a tu enemigo para vencerlo. Hagamos eso, te ayudare, pero para eso debo hallar tus debilidades, y enterarme a que le tienes miedo, a lo que huirías para que ella se presente.

Con esas palabras, sí, muy en el fondo es un juego demasiado retorcido, cruel porque es conocer a ambas al mismo tiempo, el jugar con una mientras a la otra hace que espere su turno, y así, poner poco a poco una contra la otra, que luchen y peleen por tener el control, que se observe en ellas un estelar de una prisión, donde el caos sin forma, el dolor y las heridas sean más profundas. Sin necesitar lo que ella profesa, no solo quiere que mire la otra, sino que lo presencie, lo sienta y se aterre, que despierte de una maldita vez para que no la extingan, porque ambas son el complemento.

Y ya que el movimiento no abandona Ametz, piensa que el fornicar es solo lo esperado con ella, acaso ¿está acostumbrada a rondar tipos de esa índole? Que desperdicio, pero no está mal dejar que uno se divierta para después arrebatarle esa magia y hacer que despierte de un solo golpe, por lo que dirige sus muñecas presas de su agarre detrás de la nuca de Jaecar, sin soltar, porque no espera sorpresas de su parte, y mientras ella tienta su zona de confort, más estaba mal que una princesa abandone su zapatilla, cayó a lo vulgar, a lo despreciable y sonrió, solo por el mero placer de tenerla hablando de amabas.

— Así que tiene un amigo, ¿cómo se llama, quién es? podemos usarlo a nuestro favor, pero así como a ella, ¿crees que existe algo que Tsetsé pueda usar en tu contra? No es muy conveniente que quiera renegociar los términos conmigo.

Jamás usaba mentiras, al contrario usaba las verdades para derrotar, demasiado que es un estratega para el combate, y si no, solo mirar como la tiene, pegándose a ella, permitiendo que su rodilla rozara sus dídimos, pues el bulto que tantea, era eso, y al final, llevó la mano libre a acariciar su pecho, descendiendo hasta que la poso sobre su pierna alzada, tomando su muslo que la hace a un lado, abriendo su pierna para meterse entre esta.

— De no haberlo hecho, ¿crees que estaría aquí?…—la tenía a su disposición, no en sentidos sexual, sino, la información recabada era superior a lo esperado, obtuvo más de lo que espero en esa noche, e iba por más, pues la dicha es empaparse de cómo diferentes sombras retoman un sentido para subsistir. — Entonces, ¿a quién tendría que besar primeramente, a ella, a ti o ambas?

Dejo la interrogante al viento, desapareció la distancia y lamió la carnosidad de sus labios, seguido de brindar un beso corto, preguntándose entonces, ¿estará besando al trastorno mismo? Ya que, si le brindo de su sangre, un acto más íntimo, un beso no era nada en su comparación, ocultaba intenciones, disfrazando a lo que quiere llegar.



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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Sáb Mar 17, 2018 5:45 am


Ametz supuso que el interés del demonio que tenía frente a sus ojos iba más allá de ayudarla o no ayudarla. Su mirada estudiaba, no daba pasos en falso guiado por el único fin de entretenerse, como ella, a quién muchas veces el disfrute traicionaba. O si lo hacía, Ametz no era capaz de descifrar sus intenciones. No estaba segura de si lo que buscaba era un simple pasatiempos o algo con lo que quedar fascinado.

Me disculparás, pero querido, no tengo debilidad alguna… ─musitó─. Y en lo que respecta a mis miedos, no existe aquel que ella pueda utilizar en mi contra. ¿Para ella soy como luchar contra una pesadilla? Tan solo puede despertar o huir de mí. En cuanto a su amigo…él ya no importa, probablemente no quiera volver a verla, ni ella quiera hacerlo tampoco. Después de lo sucedido, a pesar de no tomar el camino que yo deseaba, se encuentra sumida en la más profunda de las humillaciones…Y aun así, la maldita sigue teniendo el control de este cuerpo ─farfullo esto último para sí.

Saboreó sus caricias. Ametz mentiría si dijera que no era una mujer pasional, disfrutaba de la intimidad tanto o más que una fulana cualquiera. Dejó escapar un sugerente jadeo teniéndolo cerca y sonrió sinuosa, pegando sus caderas contra las ajenas, degustando su exquisitez masculina. Con las manos liberadas, rodeo su cuello cual tierna y empalagosa amante.

No hay nada que temer, no tiene el valor de renegociar nada, es una mera niña en un mundo negro. Así que como bien dices, tan solo hay que asustarla para que no salga de su escondite nunca más…

La criatura se aproximó, intimidatoria. Ametz lo recibió calurosamente en su boca; un beso breve pero lleno de intenciones. Sintió algo sofocándose en lo más profundo de su mente, una chiquilla aterrorizada por la sucesión de los hechos no quería mirar no quería contemplar no quería sentir lo que ella sentía y aun así, el terror de Tsetsé tan solo la hacía más débil permitiendo que Ametz la mantuviera ahí, al tanto de todo lo que ocurría. Decidió aterrorizarla en profundidad y para ello se inclinó sobre la clavícula del inmortal, con su lengua viperina fuera, lamiendo el recorrido de su cuello hasta llegar a su oreja, donde susurró.

¿Cómo se te antojaría otro tipo de beso? ¿Estás hambriento? Mi pequeña nunca ha sentido la violenta y deliciosa invasión de unos colmillos, ¿por qué no darle un escarmiento? ─Se apartó el cabello, inclinando el cuello hacia un lado─. Incluso dejaré que asome la cabeza por la ventana para que el cometido sea más placentero…Al menos para mí.

Ametz dio un paso atrás en su mente, y por primera vez, el más extraña de los sucesos ocurrió. Ambas estaban presentes y a la vez no lo estaban. Tsetsé emergió a la superficie, temblando como las endebles alas de una mariposa bajo el frió invernal. Y Ametz, también estaba ahí, si bien no en presencia emocional, si manteniéndola en el lugar, controlando el cuerpo de la joven para que no se moviera, para que continuara ofreciendo su cuello al vampiro. Oh, si morían así, tampoco le importaría, contemplar los sollozos de Tsetsé sería suficiente.

No por favor…─musitó la muchacha, incapaz de moverse.

Si la imagen hubiese sido real, Ametz hubiese estado tras Tsetsé sujetándola como ofrenda al demonio mientras la otra temblaba lánguidamente. Espesas lágrimas se aglomeraron en su mirada avellana. Parecía no poder apartar los ojos de la boca del vampiro, lo sentía tan cerca que ni si quiera era capaz de respirar adecuadamente. Aterrada de pies a la cabeza, volvió a suplicar.

No lo hagas, no le hagas caso, déjame ir, te lo ruego, te ofreceré cualquier cosa que ella no pueda ofrecer. Por favor…




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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Dom Mar 25, 2018 8:11 pm

Es tan fácil avanzar entre la oscuridad, y más Jaecar que se ha hecho amigo de las sombras, es tan fácil perderse entre susurros de inestabilidad que convergen entre los deseos pero que está consciente de lo que quiere y espera de ellas dos, porque es la insinuación la motivación a aferrarse a su pierna y permanecer entre estas, disfrutando de la piel de una mujer, de su tacto y la boca que indaga como una vil serpiente en espera de envenenar a su presa. Lástima que no sea presa, ni un humano, a ojos cualquiera pasaría como un alienista, se dedica a descubrir las mentes, pero es algo más allá de estudio y críticas, como si sus irises poseyeran la habilidad para desnudar pasados, temores y futuros, acompañados con los actos que cercioran su pensar, es eso lo que hacía con ella, y el decir que alguien no pueda tener tan solo una debilidad, estaría pecando de mentirosa, todos tienen algo que les incomoda, les perjudica y les causa pavor, y a pesar de que negara el suyo Ametz, quizás Tsetsé era el suyo. Quien sabe, lo averiguara, ya que la manera en la que se expresa es como si describiera el sentir que padece justo en ese momento la bruja.

— Podría contradecirte, decirte que nadie es libre de temores, ni de inquietudes, que tu propia debilidad es ella, porque ella te controla después de todo, estás atada y eso es lo que te molesta. No lo niegues, ya que somos aliados, hablemos solo con verdades para asustarla, y hacer que jamás te ocultes de nuevo.

Murmuró las últimas palabras sobre su carnosidad, jugueteando con el movimiento de sus labios, y atrayéndole su jadeo, es un hombre después de todo, y aunque el control lo lleve siempre, hoy no tiene intenciones de establecer sus límites, quiere experimentar, indagar cada rincón de ser necesario, y es que ella lo requería, le interesaba dominar esa creación. Ladeando su cuello, exponiendo el libre camino para que recorriera con su extremidad de la lengua su cuello hasta la oreja, era exquisito como la humedad le marcaba, como la temperatura de un humano hace que se acalore un templo friolento, notorio en sus candentes movimientos contra ella.

Fácilmente va cavando profundo para no salir más de ahí. Ametz está jugando con oscuras intenciones, que el escuchar su deseo, como un cazador se la imaginó, frente a un sueño efímero de destrucción. Uniéndose a la escena, ella se sirve a bandeja de plata, como un banquete que le ofrecen a su rey, desnudó su cuello, y a simple vista ya detonaba sus venas, el cómo recorrían por su yugular, latentes, como aperitivos que no rechazó, tomándola por la cintura y la otra mano le sujeto de la nuca, manteniéndola en esa postura que se acercó lamiendo la zona de ataque, — y tú, ¿Ametz, has sentido ya unos colmillos profanando? Porque no solo es un beso, ni es el único lugar donde se pueda brindar,— olfateo seguido de la lamida, — y para mí lo será, no tienes ni la menor idea cuanto lo disfrutare.

Término, y en cuanto al primer sollozo de ahora Tsetsé, abrió la boca, desnudando los colmillos, y sin delicadeza, los incrusto en su yugular, dando una mordida intensa, y algo agresiva, succionando la linfa liberada y gozando de su temblor, percibiendo sus lágrimas que disgusto con el sabor de su sangre, no iba a matarlas, y no se detendría, su ruego, esa manera en la que su voz imploraba, le recorría la sensación, calentando su gusto, pero que podría ofrecer ella que Ametz no podría, ¿que sería? Y por esa razón se detuvo, lamento la zona en la que fue mordida. — ¿Qué es aquello que ella no podría ofrecerme? Si me convences, podría dejarte ir, solo por esta ocasión pero decirme, antes de que vuelva a incrustarlos. Ya que no te miento, tu sangre es especial, tiene algo diferente, es muy adictiva desde el comienzo, y no es suficiente, altiva el ansia, como una droga.

Se relamía los labios, manteniéndola entre sus brazos, no le iba a soltar, el tenerla con esa cercanía, se tragaba el cúmulo de ansia, el detenerse para no beber más de ella, y aspirar su perfume, porque tiene un toque que le hace ser muy atractiva.

— Se te está acabando el tiempo, ¿qué me ofrecerás a cambio de liberarte? Ya has probado un poco de lo que podría hacer contigo, pero no te confíes, no es aún lo suficiente como decir que no corres peligro.




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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Tsetsé Verte el Dom Abr 08, 2018 4:19 pm

Ante las adversidades, Tsetsé siempre habría creído que sería capaz de hallar una solución, de escabullirse por muy mal que las cosas se pusieran. Era chistoso, como creyendo que podía ser intocable por el hecho de ser ella la principal protagonista de su vida, se había derrumbado en apenas unos segundos. Suplico y rogó, pensado que tal vez sus lamentos serían una vía de escape factible, que no la mordería, no podía hacerlo, no podía suceder...A ella no. Pero ah, simplemente era una muchacha ingenua si creía que Ametz no había perdido tanto la cabeza como para dejar que ambas murieran de aquella forma. ¿O sí? Tal vez el placer que hallaba en esa escena era suficiente para compensar el fin de sus días. Tsetsé se agitó, respiró acompasada, vertiginosa, como un cervatillo bajo las fauces del lobo.

No porf-

Sus palabras se ahogaron en un gemido cuando la sentencia llamó a su puerta. Con candor, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras las fauces se hundían en su yugular, evidenciando cuan indefensa podía llegar a estar. La quemazón la hizo temblar, en un quejido.

Duele… ─confesó, como infante que acaba de raspar su rodilla contra el suelo. Quejicosa, pensando tal vez que a él le importaría que doliera, que de alguna manera aquello lo detendría.

Por supuesto que no lo haría.

No supo si fue el miedo o súbita adrenalina, que, ante la idea de esfumarse por completo de aquel mundo, la movilidad regresó a sus extremidades y la risa de Ametz desapareció enteramente. Como si nunca hubiera existido. En su impotencia y rendición, Tsetsé volvió a hallar el control. ¿No era poético que tuviera que tocar fondo para encontrarse?, ¿que cuando lo hiciera puede que ya fuera demasiado tarde? Y no tenía miedo de ser atrapada por el diablo, puesto que ya lo estaba. Sus dedos presionaron contra los hombros del vampiro, un gesto inútil puesto que sus colmillos indagaban con persistencia mientras escuchaba sus ronroneos de complacencia contra su oreja. La sangre corría, deslizándose y explotando sobre la boca ajena, abandonado su cuerpo y con ello sus fuerzas. Sintió el ceder de sus rodillas y dejó de empujar para aferrarse. Algo inquietante sucedió y es que el jadeo que la bruja emitió no fue de insatisfacción plena, más bien lo contrario. De alguna forma, entre las memorias que no recordaba, había vivido aquello en más de una ocasión. La invasión de los colmillos, que por alguna razón que desconocía, su cuerpo había ligado firmemente al dolor y placer. Tan solo entonces él se alejó para darle tregua y para su horror sollozo con necesidad, una necesidad que la aterrorizo.

Por un momento su pregunta se perdió en el nebuloso mar de confusión, dolor y deseo. Perdida en un charco de sumisión, Tsetsé alzó la mirada. Su primer instinto fue acercar la boca del vampiro nuevamente a su cuello, esperando que le otorgara aquel sentimiento de pertenencia una vez más. Y lo cierto era, que en aquel instante él podría pedirle cualquier cosa, que la muchacha la cumpliría.

No.

Tic, tac.

“Se te está acabando el tiempo”


Tic, tac.

Algo en su cabeza pareció chasquear que al fin recobró cierta compostura, regresando del laberinto en que se había visto sumida.

Pureza ─exhalo rápidamente, el pecho acongojado─. Pureza, tan solo acéptalo y aquello de lo que careces será tuyo.

Era una apuesta floja y si embargo, era lo único que Tsetsé podría ofrecer que Ametz no pudiera. Había estado en la mente de Ametz y Ametz en la de ella, conocía sus carencias de forma superficial, pero de alguna forma también se había que además del odio y la frustración hacia ella la curiosidad también asomaba. Si bien Tsetsé era incapaz de comprender las conductas viles, Ametz y las criaturas como ellas normalmente mostraban curiosidad hacia seres como Tsetsé.

Si me liberas, mi pureza, mi inocencia será tuya para malear y estudiar. Te brindaré mi compañía cuando lo creas necesario, pero no me harás daño…A cambio te ofreceré mi mente a tu entera disposición para cambiar, para observar, pero no para herir.

Espero, intranquila, rogando al tiempo que su sed no fuera mayor que su curiosidad, al fin y al cabo, esta ultima era la que le había llevado hasta ella.





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Re: La Libélula Roja

Mensaje por Jaecar Babenberg el Dom Mayo 13, 2018 9:20 pm

No es un monstruo, no lo era, pero sus actos expresaban quizás confusión de quien era, quizás el interpretar a las bestias hacía que él se transformara en una, o simplemente lo ha sido y no se ha percatado de ello. Aunque, en las peores situaciones lo ha aceptado; en tener la mente fría y ejecutar actos bestiales podría ser que se considerara una. Más, en esta ocasión, el conducirse hacia una mujer inocente que no tiene culpa de lo que el demonio ha hecho de ella, ni de que pactaran algo juntos, no tenía por qué perjudicarla, está consciente pero la verdad es que es más dominante ese deseo por controlar, el darle explicación a las cosas, como justificar por qué la beso, del porque mordió y le mantenía pegado a su cuerpo, transmitiendo un especial calor, uno que solo la frialdad otorgaría cuando la sangre está recorriendo en el cuerpo friolento, gustando del licor que representa, dejando quemazón en su recorrido, succionando más y de la misma manera busca sentirla, presionando y soltando a la vez su nuca hasta que lentamente le iba liberando, lamiendo la zona afectada y se relame los labios al vislumbrarla. Ya que, después de una mordida las reacciones eran sumamente altivas, sin engañar que le seducía su temblor y el cual pasó a ser serenidad, el miedo que se desvaneció y era como si lo anhelara, como si quisiese más, como si añorara yacer entre sus brazos sin rechazarlo más.

Y su sollozo lo orillo a que le mirara, olfateando sus saladas lágrimas y el sonido quejosos que sus labios liberaron, le eran atrayentes, incitándolo a elevar la mano y rozar el dorso de la muñeca en su mejilla para limpiar de estas. Acercándose lentamente a su rostro y desprende una ligera lamida al recorrido de su lágrima. Esperando su respuesta, algo interesante descubrió, que ya había sido tomada por alguien como él, que quizás el amigo del que hablo Ametz se tratara de un inmortal, eso daba explicación del deseo a ser nuevamente mordida. Y se acercó para aprovechar la ocasión, pero jamás mordió, había cambiado el juego, quería que ella lo pidiera. Sin embargo, río, ¿cómo era posible que se creyera la única pura en el mundo? Patética decisión.

Por lo que trono la boca, decepcionado a decir verdad, esperaba más de ella, pero le iba a dar otra oportunidad, y con la uña del índice rozó la altura de uno de sus senos, destilando un hilo sangriento de este por la presión. — ¿Por qué pureza? ¿Crees que un ser como yo, no sea posible que ya la tenga? — Negó con la cabeza, inclinándose un poco en dirección a su seno marcado.

— No es la pureza lo que se debe estudiar, ni controlar. Pero no hay inconveniente en brindarme tu compañía a menos que me digas, ¿en qué sentido te refieres con ello? —; y de nueva cuenta liberó la lengua, lamiendo aquella sangre y succiono un poco. — Te estás olvidando de algo importante, de ella. Sé que tiene más control sobre ti, que ha sido más el tiempo que está ella que tú. Por lo que no solo es tu mente, y tú tiempo. Tú no quieres ser herida pero ella busca sentirse de esa manera, sea la razón que sea. ¿Por qué me ofreces algo que ni siquiera estás consciente que podrás hacer? — la interroga en lo que se dedica a limpiar esa preciosa montaña, ladeando el rostro, y acariciando su mejilla para inspeccionar sus reacciones.

— Dime, ¿qué otra cosa puedes darme? Porque en cambio yo, te daré más de lo que te imaginas, a ti o a ella, una libertad y fortaleza inmensa. Tan fuerte será que no habrá más descontrol, ni temor a desaparecer, todo eso será historia, una mala pesadilla que terminará si es que soy yo quien las instruya a través de la psique—. Comentó seguro de sí mismo, de sus intenciones y el resultado, no es la primera vez que quiere interferir en una duplicidad, y si tenía curiosidad de que pureza ya posee, una de la más protegidas en la humanidad, de una misma pequeña, ella era la pureza que jamás será manchada. Tendiendo que ofrecer algo más, por lo que la rodeo, brindándole un poco de tiempo para que decida la oferta hacia el inmortal. Aunque a fin de cuentas, será beneficio de ambas si él les ayuda, pero eso ellas no lo saben, porque de eso se trataba el procedimiento.



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