Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Resurrección |Ciro a.k.a Mefistófeles

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Resurrección |Ciro a.k.a Mefistófeles

Mensaje por Fausto el Miér Sep 06, 2017 1:31 pm

Dicen que no hay vida sin muerte pero eso es porque no han visto el mundo desde los ojos de un niño criado por el purgatorio. La blasfemia al mismo fin, a la ley que obliga a todos a marcharse. Quizá por ese motivo las únicas criaturas a las que alguna vez se dignó a mirar a la cara tuvieron que morir en sus manos.

Ésa es tu maldición si quieres ser perfecto, en el camino del hombre todo son pactos, todo son condiciones.

Éline fue enterrada en una tumba que homenajeaba también a la criatura que jamás vio la luz, un funeral con el lobo presente. No permitió que el eclesiástico de turno leyera su misa —«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, mientras viva, nunca morirá; todo aquel que crea en mí, aunque muera, siempre vivirá. Amén.»—, él mismo contempló su ataúd hundiéndose en la tierra mientras arrancaba un pasaje de una de las biblias que guardaba en su casa y lo arrugaba antes de dejarlo caer junto a ella. No había cadáver dentro, sólo cenizas, él mismo decidió que ardiera en lugar de permitir que se acabara pudriendo en cuerpo como lo había hecho en mente. La quemó para facilitarle su llegada a donde quiera que convergieran todas las religiones del hombre, arriba o abajo, para que el día que tuviera que fundirse con su entorno pudiera ser parte de una naturaleza que no hacía preguntas —ni qué decir que las únicas criaturas que le habían significado algo terminaban en cenizas—. Podría haber hecho todo aquello sin lápida, sin sepultura, pero todo el mundo que la conociera con los ojos vibrantes se había olvidado de ella mientras que a él le había desordenado la existencia. Por su parte no necesitaba parafernalia humana para recordarla, posiblemente ni siquiera volviera nunca más a visitar su tumba, pero si ella se había largado finalmente manchada por el fango de las callejuelas entonces debía marcar la acera con su nombre. La última vez tendría que ser la definitiva.

Más romántico —más convencionalmente romántico— de lo que fuese en vida.

Decir cómo había quedado la leyenda germánica en su lugar estaba de más los primeros días. Apático, catatónico, una oleada de terror contenida que hacía temblar el suelo, un tumulto espeso de negrura en el mar de sus ojos donde la próxima tormenta se alzaría sin avisar a nadie, ni a su propio dueño. Al principio se dedicó a no ser más que un errante, un desconocido para la ciudad que temblaba ante su sola mención, en sitios que había estado y en los que la pobre pretensión parisina había construido para tildarlo de novedad. Estuvo sin estar y estando al mismo tiempo en todo. El dolor de la omnipresencia había existido para ese momento, esa realidad en género neutro aunque pintada de color rojo; cobrizo. Días y noches enteras se escurrieron a lomos de una ciudad ajena y estúpida, ahogado en su concepción adormecida del tiempo y el espacio, hasta que todo se concentró en un mismo sitio: su enclaustrado piso. Pero no por dentro, sino por fuera, en frente, sobre la acera donde Éline estuvo esperando a que la bestia reprimida saliera a darle caza y esa vez, porque ella así lo quería.

Se clavó en el suelo como la estaca que no usaría para esa batalla y observó su propia guarida desde la visión de aquella criatura enloquecida con la que se paró a tomar aliento por primera vez desde que lo entregara a sus propias causas. La gente pasó de un lado a otro, poniendo su atención en él pero siempre pasando de largo —no dejaba de ser un lobo herido y peligroso en mitad del paseo—, y desde ahí, sin apartar la vista de la ventana que lo vio todo, Fausto extrajo su cuchilla y empezó a rasurarse la cabeza. No empleó ninguna prisa en descubrir todo el terreno hasta que no quedó ni una sola mota de pelo. El cielo había oscurecido para entonces y quizá eso reprimiera el horror en los rostros de quienes comprobaron el secreto de su cráneo, de su mente: los cuernos del macho cabrío alzándose sobre aquel pueblo oprimido por su vileza. Pero de nada tendrían que temer en aquellos instantes; no ellos. La cuchilla se deslizó finalmente por sus dedos y sus pasos fueron a buscarlo; a Él.

El cementerio les había unido siempre más o menos indirectamente, el sendero se lo conocía de manera intrínseca mucho antes de enterrar los restos en paz de una flor marchita y ni siquiera le sorprendió encontrarse a quien debía la tragedia de su historia. Aparte, claro estaba, de a sí mismo y a la persona cuyo mausoleo ahora contemplaba Ciro. Se apareció ante su némesis con la cabeza rapada y el torso al descubierto, recreando la misma imagen de aquel capítulo en la India, con los músculos igual de marcados o más, la expresión de su rostro igual de consciente o más, pero una madurez mayor, una edad más avanzada en su barba, sus pocas pero presentes arrugas en la piel… junto a su siguiente movimiento que cambiaría todo de nuevo.  

—No quiso que la salvara, ni siquiera murió por lo que tú le hiciste, me pidió a mí que la ayudara a largarse —dijo sin más contexto —como si lo necesitaran…—, con la misma voz de un dragón forzado a despertarse—. Bien mirado, puede que entonces sí la haya salvado. —y cuando el vampiro se hubo girado hacia él, Fausto lo aprovechó para lanzar un último vistazo al nombre grabado de Éline Rimbaud junto a su hijo nonato— Déjame hablar a mí —impuso, y aun siendo claramente una orden, el solo hecho de molestarse en emplearla marcaba la diferencia. Sin más preámbulos, barrió con los pocos pasos que quedaban de distancia entre ellos e hizo lo único que nadie se esperaría después de todo lo que había sucedido: se arrodilló justo en frente de él, de Ciro, del responsable de sus primeros contactos con la desgracia humana, quien había facilitado que el destino de sus únicos seres queridos acabara en el mismísimo infierno al que pertenecían. Ellos dos antes que ninguno—. Yo, Fausto, te reconozco a ti, Ciro, como mi auténtico padre. —Georgius ya estaba muerto y su pupilo cuanto antes lo aceptara, mejor. Habían hecho falta casi una decena de años pero, ¿qué era eso para un inmortal?— Soy lo que soy por tu culpa, así que el relevo es tuyo. O la mejora, o la putada, llama a tu responsabilidad como quieras pero vengo aquí a pedirte que seas mi maestro. No, esta vez no llevo todo el opio y el alcohol de la India en el cuerpo, estoy en mis cabales, es posible que no lo haya estado nunca tanto como en este momento —habló con las pupilas perdidas en el horizonte, cual guerrero formal que postra sus servicios ante alguien, sólo que aquella situación era muy, muy diferente—. A estas alturas, con todo nuestro historial, es lo único que puede renovarnos un poco, la única originalidad que nos queda para salir de esta vorágine de vendetta y muerte. Me estoy aburriendo de ella, viejo, tú has ido a lo mismo de siempre con tu numerito sangriento así que alguien tendrá que proponer un cambio realmente distinto. Será tarea de las nuevas generaciones... —Aun cuando había sorna en sus palabras, aquel gesto, aquella petición… cualquiera se negaría rotundamente a creerla de ser contada y no vista— Nunca hemos probado la paz, que entre tú y yo sólo puede ser ambigua. Porque dime, ¿podrás fiarte de tener a tu peor enemigo a tan corta distancia? —Y por fin, de una jodida vez, le miró directamente a los ojos desde abajo, siendo esa una posición inferior y lo más importante, voluntaria. A pesar de todo, de absolutamente todos los destrozos que Ciro había provocado en Fausto, aquella era una muestra de respeto deliberado; de acatamientoUna vez me dijiste que llevara los cuernos del macho cabrío con orgullo, si eres de verdad el Mefistófeles de este cuento, ¿no te interesa comprobarlo en primera fila? Adelante, pon tus condiciones, ¡como en los viejos tiempos! Quién sabe, quizá después de todo decida matarte al final del camino, o tú decidas que merezco vivir para siempre. Y si rechazas esta ofrenda tras haberme postrado ante mi peor pesadilla, me importará lo mismo que la mierda. Tú mejor que nadie sabes que este pobre diablo ya no tiene nada que perder.

Y entonces, allí y de ese modo, se inicia el ciclo de una nueva era.


Última edición por Fausto el Miér Nov 15, 2017 6:18 am, editado 3 veces




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Re: Resurrección |Ciro a.k.a Mefistófeles

Mensaje por Ciro el Lun Sep 18, 2017 1:23 pm

Espartano hasta la médula, Pausanias, no había sido un hombre hecho para la paz. Desde su primer aliento, que había determinado que no fuera arrojado como un material defectuoso para las glorias de una polis a la que había pertenecido por casualidad, pese a su historia con ella, a él le habían inculcado la batalla, la guerra, el conflicto, la acción. En eso consistía su educación, ¿no?, en ser los mejores soldados de todo el Peloponeso, austeros en todo salvo en el arte de destrozar a otros y defender lo propio; con él, como con todos, así había sido, y eso lo había forjado, quisiera o no, de una forma determinante, más quizá que todo lo demás.

Si no se hubiera reído de esa idea en cada uno de sus alientos, Ciro habría pensado que estaba destinado a ser siempre un guerrero, incluso si había terminado por abrazar un lado animal que siempre había estado ahí, enterrado, pero jamás a la luz. ¡Así parecían indicarlo las circunstancias, era cierto! Pero no, Ciro creía que cada cual se construía su destino, que el hecho de haber nacido espartiata no influenciaba del todo al vampiro en el que se había convertido, puesto que sí, de acuerdo, algo había sacado de provecho de entonces, pero ¿todo? ¡Oh, desde luego que no, él se había excavado su propio agujero, en el que yacía cómodamente! Una manera de hablar casi literal, dado que se encontraba en el cementerio, con la vista clavada en una tumba que él había contribuido a llenar.

¡Qué poca originalidad! Sus víctimas se contaban por miles, ya ni por cientos, al tratarse de un vampiro más que milenario, pero esa en concreto lo había cambiado todo: el asesinato había tenido el sabor dulce de la venganza cumplida... con el regusto, agrio, de saber que no había sido responsable del todo de lo que había sucedido. Oh, sí, el vampiro estaba loco, pero no era estúpido, como nunca lo había sido, y sabía en quién recaía la culpa del desenlace de todo. ¡Y no, por una vez no era suya del todo, la sensación era tan sorprendente que casi lo había descolocado! Pero sólo casi: Ciro era demasiado experto en la vida, hasta en su no-vida, que pocas cosas lo podían poner peor de lo que ya estaba.

¿Estaba, realmente, mal? Bueno, era complicado. Por un lado, se encontraba eufórico del todo, ¡había cumplido su venganza y había roto a Fausto de una maldita vez! Apenas podía creérselo, de hecho le parecía demasiado bueno para ser verdad y su mente marchita, inestable y quebrada le hacía dudar, aunque una parte de él, con la férrea autoridad del diarca Pausanias, lo desechaba sin ningún tipo de duda. ¡Lo había hecho, sí, sí, de una maldita vez! Casi podría haber saltado de felicidad, el guerrero se estaba regodeando en la batalla vencida y sabía bien que la sangre en la que se estaba bañando tenía el sabor del néctar y la ambrosía de los dioses, como él lo era y siempre lo había sido.

Sin embargo... ah, siempre hay un pero, ¿a que sí? ¡Sí! El pero en el caso de Ciro era que una parte muy insistente de su mente se resistía a dejarse llevar por el éxtasis; esa parte, su por otro lado, le preguntaba, con tanta razón como malicia: ¿y ahora qué? Efectivamente: cumplida su venganza, de un modo extrañamente complejo hasta para él, ¿qué demonios le quedaba? Había devuelto el golpe a su némesis, con creces; el odio seguía pero pronto empezaría a desintegrarse y a ser arrastrado por las consecuencias de su crimen perfecto, y Ciro intuía que, cuando sucediera, se quedaría más desnudo y más vacío de lo que había estado en años... En más de los que quería recordar, con su maravillosa y casi eidética memoria.

¡Cuánto le había costado reconocer el valor que tenía Fausto en su existencia! Una muerte (dos, si contamos la del bastardo del bastardo que lo odiaba, y esa era la única que él había provocado directamente) después, sólo empezaba a planteárselo, quieto en aquel cementerio donde miraba la tumba de la pelirroja, ¿para qué? ¿Para alcanzar la paz? Para un guerrero, y él lo era, ese concepto no existía: la paz era solamente quietud hasta la siguiente batalla, que siempre terminaba por llegar; él lo sabía, claro, por su dilatada experiencia, y por eso no le sorprendió que Fausto, su némesis que quizá ya no lo era, terminara por llegar.

En todo caso, el sorprendido podía haber sido Fausto, porque Ciro volvía a presentarse ante sus ojos como el maldito caos en el que su tortura lo había convertido (mirada salvaje, pelo desgreñado, barba poblado) pero dominado, envuelto en ropas decentes y enteras, limpias incluso. ¿Una metáfora de que el antiguo se mezclaba con el nuevo para dar como resultado a un nuevo él? ¡Tal vez, si Ciro hubiera sido capaz de planteárselo! Pero, por falta de interés, no lo hacía; sus ojos aguamarina se clavaron en el cazador mientras lanzaba su proposición, febriles y atentos a cualquier movimiento, y no hubo más respuesta que la de sus labios curvándose en algo parecido a una sonrisa, todo lo que Ciro fuera capaz de ese gesto, ahora y siempre.

Ya sé que no la maté yo. Si hubiera querido, no habrías tenido oportunidad de salvarla, pero no fui a por ella, fui a por tu bastardo. Esto siempre se trató de ti y de mí, y acepté a una tercera en discordia porque yo los he tenido en el enfrentamiento, pero ¿otro? No. – replicó, absolutamente frío, estirándose la chaqueta que llevaba mientras su mirada, bastante interesada en lo que hacía, se clavaba en la tela, sin interés todavía por Fausto y sin aceptar, por lo pronto, su oferta. – ¿Quieres que te convierta en mi aprendiz y no me das el crédito que me merezco? Sigues siendo el maldito estúpido que eras cuando te tatué ese macho cabrío, germano. – recriminó, y hubo en su voz la autoridad del maestro que Fausto buscaba, aunque Ciro no se hubiera pronunciado todavía al respecto.

Regio, el vampiro lo encaró, con los brazos cruzados sobre el pecho y una autoridad que ni su aspecto medio descuidado lograba eliminar. Para ser justos, el vampiro había tenido un algo especial hasta cuando estaba como una cabra, y aunque ya nunca pudiera volver a estar cuerdo del todo, podía decirse que algo de cordura había recuperado... por el momento. Un poquito, nada más, lo suficiente para ponderar pros y contras a la hora de tomar una decisión que, sin embargo, estaba tomada de antemano, vencedor como se sentía y dispuesto, hasta sin reconocerlo, a llenar el vacío existencial que amenazaría con engullirlo si resultaba que Fausto se iba de su vida del todo. Ugh, no, eso nunca, ¡gracias!

No pienso fiarme de ti, claro. Mi condición es que me obedecerás en todo, en cualquier chorrada que se me ocurra y te ordene, en cada cosa que diga. Lo harás sin pensar, sometiéndote por completo, te tragarás tu ego y honrarás a tu padre, como dicen los cristianos. – enunció, sin parpadear, y sólo lo hizo al final, cuando ladeó la cabeza con un amago de curiosidad. – Levanta el culo. Tengo más enemigos que tú, así que te enfrentarás también a ellos. Lo que yo odie, odias; lo que yo... no, yo no amo. Pero sabes por dónde voy, pobre diablo, ¿no? ¿Te queda algo de cerebro en esa cabeza tuya? ¡Responde! Sométete, y entonces aceptaré. – exigió, cogiéndolo de la cabeza con una de sus manos fuertes y alzándolo para que lo encara de una vez por todas.




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Re: Resurrección |Ciro a.k.a Mefistófeles

Mensaje por Fausto el Mar Nov 14, 2017 8:41 pm

La cabeza de Fausto nunca había estado más despejada y fría para lo mucho que ardían sus pensamientos, ni siquiera aquella vez en la India, donde la confusión y aquella vorágine de primeros sentimientos no pudieron disminuir el ardor de su efecto en aquel semidios o demonio; sus tormentos no se fueron tras la cuchilla de Ciro con el resto de sus cabellos. Ahora, no obstante, al ser él mismo quien había deslizado el filo entre el pelo y la carne, parecía como si todas las emociones se hubieran escurrido de esa parte representativa del cuerpo en Fausto, la cabeza, la mente, y hubiera despejado todo el terreno para sus nuevos pasos. Los que también daría de forma nueva, sin nada que perder pero todo por obtener, exactamente igual que lo que le había dicho al hombre que seguía siendo su Mefistófeles, mas en un estilo muy diferente al de ese primer duelo de egos envuelto por nigromancia y agujas en favor de un teatro que no se separaba de ellos.

Simplemente, no todo sería como había planeado y eso se aplicaba a ambos. El vampiro era perfectamente consciente desde que cayese en las garras de su propio hijo no-deseado. Con la cantidad de personas que había convertido a mordiscos, aquella también era una condición muy específica entre su simbólica descendencia. Ningún némesis se elige, incluso si en su caso el épico Pausanias había ayudado a destruirlo y crearlo a partes iguales. ¿Y quién más que aquel nombre de leyenda germánica había logrado introducir ese tipo de complejidades en las andanzas de tamaña locura espartana? ¿Cómo librarse tan fácilmente de él ahora que la victoria y la derrota antes que cerrar, volvían a abrir un nuevo ciclo?

Una nueva época que ni los inmortales presenciaban muy a menudo. ¿Contentas ya, sus majestades? Porque ni una ni otra habían visto nada todavía.

Prestó suma atención a las dosis de despotismo con las que Ciro respondió finalmente a sus demandas, escuchó con aquel vacío en sus ojos azules, tan fríamente compartidos por el guerrero que ladeaba la vista desde la cima de su montaña de cadáveres, y ante las acusaciones hacia el poco crédito que, según él, le otorgaba, le contestó de un modo que cualquiera que se hiciera llamar su enemigo entendería de sobras: el silencio. Durante largo rato, Fausto no habló, mantuvo su mítico ego retenido en la gruta de lo que había sido su desesperación y que después de todo cuanto había sucedido, se parecía más a una apatía incautada pero firme; poderosa a fin de cuentas, aunque en aquellos instantes estuviera completamente a merced del principal diablo de su historia. Una que a partir de entonces él también escribiría, y en aquella ocasión, por deseo propio.

Obedecerle, acatar sus órdenes, fundirse con su peor pesadilla, y al mismo tiempo, su objetivo más codiciado, la única ambición que le quedaba del pasado y que en el presente había transformado de aquella forma tan aparentemente improvisada y que, aun así, tenía toda la razón del mundo. En su relación, no había nada más inexplorado que la paz, y el retoño rebelde había aceptado su parecido con el último maestro no-oficial de sus días como guerrero. Dos guerreros, una tregua. Incluso si Fausto aceptaba someterse completa y absolutamente a él, ambos eran igual de novatos para el cambio que se podía respirar a través del olor a muerte que los rodeaba en un cementerio. Pero poco le importaba, aceptaba su papel de aprendiz, es más, lo ansiaba y de la última vez que aquel erudito precoz deseó algo parecido hacía más de treinta años en la antigua Alemania que abandonaría por primera vez en llamas.

El Fausto rapado que volvía a recrear la imaginaría de ese relato tan distintamente conocido acató su primera directriz y se levantó frente a él, tal y como le había demandado. Continuó haciendo caso de quien a partir de ese encuentro llamaría 'maestro', con todas las letras, con todo el ácido que voluntariamente se tragaría en su presencia —¡Responde! Sométete, y entonces aceptaré.—, pero a su manera: reverenciándose de nuevo, sólo que impactando, además, sus labios contra los suyos en un avance seco y conciso, similar a sus primeros acercamientos en la India o al beso de la muerte que había recibido con el sabor de todas las sangres que perecieron en la playa para renacer en la boca del nuevo y aceptado pupilo. Nada de suavidad, nada de sentimentalismo, tan simple como un símbolo que les precedía en el tiempo y al que continuaban rindiendo homenaje sin complejos. Una muestra del fuego que Fausto estaba dispuesto a cruzar, de que todo el odio posible hervía incluso en su saliva. Una vía más para la cruenta intimidad dispuesta entre ellos, y que hacía hincapié en ese contexto cristiano que el mismo Ciro había citado. Un contacto habitual mantenido entre Jesús y sus discípulos pero, y más apropiado para la escena, una analogía perfecta al beso de Judas, con su ya acostumbrada ambigüedad en los roles y que añadía la guinda del pastel bíblico a ese fantasma de la probable traición que no se desvanecería hasta nuevo aviso.

Y aunque no se tratara de su primer intercambio de ese tipo, hasta aquel preciso instante siempre había sido el otro quien los iniciaba. Nunca Fausto. Si el reciente maestro exigía una prueba de sometimiento total, no iba a darle miserias. ¿Qué podía decir? El niño aprendía deprisa.

—'El necio desdeña la corrección del padre. El que la acepta, sin embargo, denota prudencia' —citó después de separarse y otorgarle la plena visión de su obra demoníaca ahí en pie; irónicamente hasta parecía más alto de lo normal con el cráneo desnudo y los cuernos en alto—. No te preocupes, tampoco yo amo. —Y no amaba en el presente, no estaba mintiendo, si alguna vez lo hizo —amar, no mentir— la única posibilidad se encontraba quemada y enterrada en aquel suelo que pisaban, por lo que pudo afirmarlo sin un solo rasgo de humanidad en su rostro y en sus gestos, y sin dedicarle siquiera un vistazo a la tumba conmemorativa de la pobre muerta, aun cuando la tenía de frente y el vampiro, de espaldas. A Georgius, por otra parte, ya no veía sentido considerarlo y en cualquier caso, también había corrido el mismo destino que la demente y extinta Rimbaud junto al fruto de su vientre.— ¿Por dónde empezamos? ¿Adónde me vas a llevar?

Si acaso la teta parisina seguía dando leche hasta para la absorbente sed de un par de enfermos.




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Re: Resurrección |Ciro a.k.a Mefistófeles

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