Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Once upon a dream | Privado

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Once upon a dream | Privado

Mensaje por Lorna Mackintosh el Lun Sep 11, 2017 2:44 am

Fergus, Keith y Maisie tenían once, ocho y cinco años, respectivamente. El mayor de los tres era el más inseguro a la propuesta de Lorna, pero la admiraba tanto que decidió aceptar. Lo más pequeños, recibieron con entusiasmo la noticia, y no hubo día que no le preguntaran si faltaba mucho para ir a la escuela. Fergus, íntimamente, estaba feliz, pero era un muchacho serio, que había aprendido a leer a escondidas, porque no quería que su hermana se sintiera inferior. La mayor tenía un amor enorme y desinteresado por ellos, y era capaz de todo con tal de hacerlos felices. Y las sonrisas sinceras de Keith y Maisie, cuando por fin llegó la hora de ir a lo del señor Thierry, se convirtieron en un bálsamo para su corazón triste. Les puso su mejor ropa, y si bien era sencilla, estaban limpios y perfumados. Los peinó y les recordó que debían comportarse correctamente.

Caminaron un larguísimo trecho, ya que su vivienda se encontraba muy alejada de la mansión de su cliente, pero estaban acostumbrados a las grandes distancias, por lo que no les costó demasiado hacerlo. Los del medio iban un poco más adelantados, conversando y pateando alguna que otra piedra, mientras que Lorna llevaba a Maisie de la mano, quien le hablaba sobre todas sus expectativas, que eran leer muchos cuentos así se los contaba a sus hijos cuando fuera grande. La pequeña, desde esa temprana edad, soñaba con formar una familia. A la prostituta se le calentaban los ojos, pues, si llegaba a ser una muchacha instruida, quizá lograría un trabajo, marido y casa decentes. La pureza de la nena era la alegría de todos en la casa, y era a quien más protegían del mundo exterior.

Se pararon ante el enorme portón de ingreso, los cuatro con los ojos abiertos de par en par, imposibilitados de emitir sonido ante la imponencia de aquella mansión. Jamás imaginaron, ni siquiera Lorna, que Thierry viviría en un sitio como aquel. Fue ella la que tuvo que reaccionar y tocó la puerta; luego de hacerlo, notó que había una campanilla. Estuvo a punto de utilizarla, pero un hombre, enfundado en la pulcritud de un traje negro, los recibió. Se presentó como el mayordomo y les dijo que el Señor Debussy estaba esperándolos. Ingresaron, a paso lento, y miraron cada rincón como si se tratase de un parque de diversiones, el lujo se esparcía por doquier. El mayordomo los guió hacia una sala de grandes ventanales, cómodos sillones y hermosa decoración. Los dejó solos.

— ¿A dónde nos has traído? —preguntó Fergus, molesto. —Llega a perderse algo de aquí, y nos meterán en la cárcel —estaba atemorizado.

—No pasará nada —lo animó Lorna, aunque ella también tenía terror. —Si nos comportamos bien, no dudarán jamás de nosotros. Somos pobres, pero honrados.

—No nos conocen, Lorna —parecía un cachorro mojado, y la joven tuvo muchas ganas de abrazarlos. —Estamos a tiempo de irnos —y se puso de pie.

—No quiero irme —se quejó Maisie, que estaba sentaba en la falda de Lorna, bamboleando las piernas.

—Seríamos unos maleducados si nos vamos. Conozcan al señor Thierry. Si no les agrada, no volveremos. Pero no perdamos esta oportunidad —le rogó. El muchacho dudó, se midieron con la mirada y, finalmente, tomó asiento. La mayor logró respirar.

En ese momento, las puertas se abrieron y Thierry entró. Los cuatro se pusieron de pie de un salto e hicieron una torpe reverencia, que demostraba a las claras lo poco acostumbrados que estaban a ese tipo de gestos. Maisie lo contempló como si se tratase de un dios, Keith le sonrió con dulzura, Fergus lo miró con resquemor, y los ojos de Lorna, repletos de lágrimas, se tiñeron de gratitud.

—Estamos muy felices de estar aquí —dijo, en ese torpe francés. Sus hermanos lo hablaban mucho mejor que ella, pero ninguno se atrevía a corregirla.


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Re: Once upon a dream | Privado

Mensaje por Thierry Debussy el Mar Oct 24, 2017 4:53 am


Tenía una habitación en la planta baja de la enorme propiedad Debussy en París, especialmente acondicionada para las lecciones con los niños de los hombres ricos de la ciudad. Usualmente sólo recibía a un chiquillo por tarde, así que en aquella ocasión, hizo que llevaran cuatro nuevos escritorios bajos, donde la silla y la mesa estaban pegados por una base común, parecido a los pupitres en escuelas públicas. Aún no quitaba el dedo del renglón de hacer que Lorna también tomara clases, pero no la obligaría.

En ese lugar, también había un pizarrón, tiza, libros para todos los niveles de educación y un montón de material que sus alumnos pudieran necesitar, sobre todo para que no tuvieran pretexto para no hacer las cosas, porque ya se conocía todas las excusas. Para ser un hombre tan seco y serio, era bastante meticuloso con su trabajo. Y quien lo conociera por fuera, no imaginaría que dedicaba su vida a enseñar a leer, escribir y sumar a niños. Era muy estricto, pero no dejaban de ser pequeños imberbes e impresionables, y por el Dios en el que no creía, jamás le había dejado un trauma a ninguno de sus pupilos. De eso se encargaban sus padres.

Su mayordomo de confianza insistió en ayudarle a preparar el aula, porque esta ocasión era muy especial, pero Thierry, con ese modo cortante y directo que tenía, le dijo que se hiciera a un lado, y se encargó de todo. Colocó cuadernos cosidos nuevos en cada pupitre, lápices recién afilados con navaja (no quería una accidente, así que decidió hacerlo él, y no dejar que Lorna o sus hermanos se atrevieran) y borradores de migajón.

Cuando todo estuvo listo, desapareció. Dio la instrucción que en cuanto llegaran, los hicieran pasar a la antesala, donde él los recibiría. Dicho y hecho, en cuanto escuchó las voces al otro lado de la puerta, en la sala donde había pedido que los llevaran, salió, abriendo apenas la mitad de una puerta doble.

Sí, sí, claro —fue su parca respuesta y estudió a los niños. Mal alimentados, algo pálidos, aunque iban bastante pulcros, y esperó que con ganas de aprender. Terminó aterrizando la vista en Lorna—. Me alegra ver que son puntuales —sentenció con esa voz falta de emoción que intimidaba a cualquiera, que no reflejaba alegría, definitivamente.

Vengan por aquí —continuó y regresó sobre sus pasos. Esta vez abrió ambas mitades de la puerta doble, y dejó a la vista de sus nuevos alumnos aquel lugar. Aparte de los pupitres y el pizarrón, la pared del fondo estaba totalmente cubierta por un librero, repleto de tantos libros que no se alcanzaba a distinguir ninguno. Había también un globo terráqueo en sepia y madera, un caballete vacío, varias sillas y bancos y de costado, tres grandes ventanas dejaban entrar mucha, mucha luz, que hacían lucir dorado el lugar, donde las maderas oscuras eran la constante.

Tomen asiento —señaló los escritorios especialmente puesto para la ocasión—. Tú también, Lorna. —La miró fijamente y avanzó con paso resuelto hasta ella. Volver a estar cerca le recordó el cómo se conocieron, pero no dejó que eso lo distrajera—. Si ven que tú lo haces, lo harán —le dijo más bajo, como una confidencia. Su voz incluso sonó amigable de ese modo.

Una vez que estén en el lugar que eligieron, digan su nombre. —Les dio la espalda y fue hasta el pizarrón, donde de inmediato comenzó a escribir algo con la tiza. Escribía muy rápido, con movimientos cortos que hacían sonar el gis contra esquisto en pequeños golpes. Al voltearse de nuevo, dejó el mensaje al fin a la vista, aunque probablemente no lo sabrían leer. Era simplemente que necesitaba esas directrices para sus lecciones. Era hombre de métodos y muy idiosincrásico.

«Examen de diagnóstico» decía, con una letra muy recta y muy clara. No era como solía escribir él, sino como lo hacía cuando daba clases.


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