Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Tsetsé Verte el Lun Sep 11, 2017 10:43 pm

"Los gatos no tenemos nombre [...]. Vosotras, las personas,
tenéis nombre porque no sabéis quiénes sois.
Nosotros sabemos quiénes somos,
por eso no necesitamos nombres"

Neil Gaiman "Coraline"



Podía decirse que Tsetsé acababa de asesinar todo retazo de dignidad que le quedaba nada más robar del comedor comunitario. Lo gracioso, sin embargo, si podía decirse que era divertido, es que ni si quiera se había percatado de que podía haber obtenido la comida gratis. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Cruzaba el norte de París con intención se hallar un lavadero en el que poder desinfectar la escasa ropa que tenía cuando el aroma del guiso explotó placentera y urgente en su nariz. La necesidad hizo rugir su estómago y salivar su boca. Cuando se quiso dar cuenta, estaba colándose por la ventana, oculta tras una de sus ilusiones para robar uno de aquellos deliciosos platos. Se escabulló por lo que creo ser la parte trasera del edificio, sin embargo, al dar de bruces con una inmensa cola de gente esperando se cercioró de su despiste. Hubiese sido doblemente humillante de no haber estado oculta por su brujería. Sin embargo, ahí estaba, parada, observando como personas de su misma condición esperaban para ser alimentadas. Tsetsé gruñó por lo bajo y se retiró a una callejuela oculta por árboles y arbustos. En silencio, devoró su pollo. ¡Delicioso! Hacía…Ni si quiera sabía cuándo había sido la última vez que había comido algo así. No era como si lo recordara. Le propinó otro mordisco y su estómago respondió con un gruñido. Gruñidos extraños como poco. Tan extraños que parecían maullidos. Tsetsé alzó las pestañas y ahí estaba. Un felino, negro como el carbón y tan desamparado como ella. Sus ojos ambarinos se clavaron en los propios y volvió a maullar, hambriento. La bruja separó el pollo de sus labios y se lo tendió. La soledad venció al hambre.

Durante los siguientes días, regresó al comedor social. Esta vez, sin la necesidad de robar algo que ofrecían. Sin embargo, siempre llevaba consigo algo de comida para ofrecérsela a su nuevo amigo.

¿Tú también estas solo? ―le preguntó.

El gato respondió entre maullidos mientras devoraba los últimos trozos de pescado.
El domingo, el minino no regresó.

Y el lunes, lo hizo cuando Tsetsé estaba a punto de marcharse. Pero no lo hizo como siempre. Su caminar era torpe y esta vez sus escandalosos maullidos iban acompañados con un deje triste. Estaba cojo. Tsetsé le ofreció las migajas de pan untado que había traído consigo y el gato se acercó a duras penas. Sintió lastima, tanta que hundió la mano en su pequeño bolso para extraer el botiquín que siempre llevaba consigo desde que se topó con Herman. Extrajo manzanilla seca y un minimalista bote de cristal que calentó con unas efímeras palabras. Humedeció el paño envuelto alrededor de la manzanilla y lo aplicó a la pata del animal. El gato bufó y ella tuvo que sujetarlo, obteniendo un arañazo como recompensa. La manzanilla era cicatrizante y ayudaba que la herida se cerrase y desinfectara con mayor velocidad, sin embargo, no podía explicar eso a un animal, que el único idioma que entendía era el del dolor. Cerró los ojos, evocando las palabras, lejanas y familiares, de modo que aceleró el proceso. Pronto, el animal dejó de pelear para comenzar a ronronear entre sus brazos. Complacida, Tsetsé lo acarició bajo la barbilla. Ni si quiera se percató de la presencia de otra persona hasta que escuchó el chasquido de las ramas tras de sí. Alarmada, levantó la vista, preguntándose si dicho visitante habría encontrado sospechoso la facilidad con la que había curado al felino.

Con suerte, simplemente le echarían la bronca por sacar la comida del comedor a la calle. Esperaba no meterse en problemas.
Otra vez.





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Re: Chamaemelum nobile

Mensaje por Naitiri Zahir el Sáb Sep 16, 2017 7:18 pm

"A veces la única forma de superar la adversidad,
es imaginarse como sería el mundo
si nuestros sueños se hicieran realidad"

Arthur Golden "Memorias de una Geisha"











Hacía ya tiempo que apenas tenía un poco de respiro desde que había vuelto a empezar a trabajar en el museo, miré los papeles que había sobre la mesa y mis dientes mordieron con suavidad la pluma que sostenía entre mis dedos mientras repasaba todos y cada uno de los artefactos y reliquias que se enumeraban en aquella lista, una que debía de repasar en la semana que entraba. Anoté algo al final de la hoja para que no se me olvidara, dejé la hoja sobre el escritorio y la pluma en el tintero solo para lanzar un suspiro y mirar al techo un par de segundos. Estaba cansada, después de mi regreso de Egipto en aquel viaje para el museo donde tuve que catalogar ciertas reliquias que se habían encontrado y que el museo quería verificar que eran ciertos antes de exponerlos, apenas había parado. Era la única que el museo tenía que trabajaba en el departamento de antigüedades egipcias, la gente le gustaba más las que procedían de su cultura y de la romana y griega, la mía había que decir que era más complicada por los jeroglíficos, pero no por ello menos interesante o hermosa. Si a eso le sumabas que entre el trabajo que tenía que hacer, que me llevaba casi todo el día salvo cuando inusualmente salía una tarde muy temprano, estaba organizando mi boda. Si echaba la vista atrás a tan sólo un par de años cuando mi vida era completamente diferente, y alguien me hubiera dicho que me iba a casar... me habría reído en su cara.

Básicamente porque antes, cuando quedé relegada a ser una cortesana por infortunios de la vida, jamás habría pensado que llegaría a casarme y mucho menos a obtener la libertad para hacer lo que realmente quería: seguir los pasos de mi padre y convertirme en egiptóloga. Bien, dos años más tarde y tras muchos baches que cambiaron mi vida por completo y en los que casi la había perdido ahí me encontraba; en mi propio despacho y a falta de tres semanas para casarme. Cerré los ojos dejando mi espalda apoyada contra la silla y suspiré, organizar una boda con tan poco tiempo para dedicarme a la misma me estaba agotando aunque por suerte contaba con ayuda. Unos golpes en la puerta llamaron mi atención relegando mis pensamientos para dar un “adelante” viendo a uno de mis compañeros de trabajo en el museo asomar su rostro para mirarme de forma fija. Él se encargaba de otro departamento pero su oficina quedaba justo enfrente de la mía y me pregunté qué querría exactamente, a veces le mandaban por error alguna que otra caja que era para mí y temí, por unos breves segundos, que se tratara de eso.



-Oh, dime que no se trata de otra caja extraviada otra vez –hubo un poco de pesar en mi voz, no me quejaba de mi trabajo, pero tenía faena acumulada y no veía el momento de ponerme al día para salir antes y dedicar algo más de tiempo a mí boda, mi compañero simplemente sonrió y negó con la cabeza. No lo pude evitar, suspiré de alivio cuando negó mis palabras.
-Sólo venía a decirte que es tarde y que están a punto de cerrar -¿ya era la hora del cierre? Cuando me enfrascaba perdía la noción del tiempo totalmente- deberías de ir a casa y descansar, se te nota cansada –sonreí de forma vaga y recogí los papales del escritorio para levantarme y coger el bolso.
-Últimamente apenas tengo tiempo entre el trabajo y la boda –me acerqué a la puerta y pude ver una sonrisa algo pícara en sus labios, algo que me hizo sonreír levemente- ¿qué, en qué andas pensando?
-En que creo que hay algo más que te tiene entretenida... –dejó caer el comentario con gracia y, ciertamente, me reí porque también tenía razón, ¿para qué negar que mi prometido influía en eso? Negué con la cabeza divertida.
-Quizás la próxima vez que lo veas se lo puedes preguntar tú mismo... –entre risas salimos del museo despidiéndonos en la puerta y me encaminé hacia casa, no me di mucha prisa por llegar dejando que la leve brisa de la noche me despejara un poco de estar casi todo el día encerrada, sino el museo mi casa. Respiré con fuerza bajo esa noche estrellada con la luna de testigo pensando en el estrés que se me venía encima, sumado al nerviosismo conforme se fuera acercando la fecha. Estaba totalmente distraída en mis pensamientos dejando que mis pies que ya conocían el camino a casa me guiaran, esa noche tomé un atajo que me permitiría llegar antes a casa y fue entonces cuando sin quererlo me encontré con la escena que tenía frente a mí. Casi siempre pasaba cerca de aquel comedor social al que por fortuna no había tenido que acudir nunca a él pero esa vez me desvié por el callejón contiguo para contemplar a una joven arrodillada en el suelo con un pequeño bolso al lado, su piel era algo morena y su cabello castaño que brillaba bajo los haces plata de la luna que iluminaban el callejón. Mis ojos observaron como la joven con delicadeza y cuidado, a pesar de que el gato se revolvía entre sus brazos, parecía curarle una herida que tenía mientras la oía murmurar unas palabras que no entendí pero supe lo que estaba haciendo: magia. Conocía la magia aunque yo no pudiera practicarla nunca, me habían enseñado a curar algunas heridas pero ni de lejos mis conocimientos eran amplios en esa gama, de hecho, teniendo en cuenta que mi prometido era propenso a sufrir heridas... ya había pensado en volver a que me enseñaran de nuevo, nada de magia por supuesto, pero si remedios y hierbas que pudiera utilizar en su lugar. Me delaté cuando pisé una de las ramas que había en el lugar, centrada en ver lo que la joven hacía con el gato negro y cuando sus ojos se centraron en los míos me pregunté, por un momento, si pensaría que iba a hacerle algo... así que sonreí, de forma sincera, y me paré a unos pasos contemplándolos a ambos, viendo el botecito que había en el suelo, el paño alrededor de la pata del minino y como este parecía dejarse hacer por la joven, me agaché despacio quedando a la altura de ambos y le sonreí a la joven acariciando levemente al gato, me recordaba al que tuve hacía unos años y que falleció por la edad, era igual de negro con aquellos ojos ambarinos que me miraban de forma fija. Adoraba ese tipo de actos, tan nobles, tan desinteresados... decían demasiado de una persona- me parece muy noble lo que has hecho por el gato, tuviera lo que tuviera –mis ojos entonces se centraron en los de la joven sin quitar mi sonrisa- me llamo Naitiri –en ese momento me fijé en sus ropas, algo que denotaba que quizás no estaba en ese callejón cerca del comedor por casualidad y me mordí el labio, a veces la vida nos ponía en situaciones adversas que debíamos de convivir y superar.  


 

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Re: Chamaemelum nobile

Mensaje por Tsetsé Verte el Vie Sep 29, 2017 8:06 pm

“Me parece muy noble lo que has hecho por el gato, tuviera lo que tuviera. Me llamo Natiri”

La muchacha se había levantado veloz, como un animal salvaje recién descubierto en su hábitat natural. Sin embargo, las palabras de la desconocida consiguieron calmarla. Su tenue voz la sobrecogió por un instante, desarmándola y, Tsetsé se detuvo. Sin duda había visto cosas extrañas, hechos insólitos y criaturas turbulentas, sin embargo, hasta el momento no había dado con nadie con una belleza tan única como la de la muchacha que tenía frente a ella. Era...exótica, por decirlo de algún modo. La bruja ladeó el rostro con curiosidad. Después, sus ojos descendieron por las galas de la muchacha, pulcras y elegantes. Fue entonces cuando comenzó a mirar tras de sí, nadie con aquel tipo de porte se acercaba a ella si no era con intenciones maquiavélicas, por eso probablemente no se estuviera dirigiendo a ella. Sin embargo, detrás no había nadie. Miró a la muchacha de nuevo, sus ojos clavados en su rostro. No podía comprender, porqué le hablaba a ella. Probablemente estaría loca, Tsetsé lo decidió así. Había pasado suficiente tiempo en París como para aprender que nadie quería mezclarse con los de su calaña. Esa mujer debía de ser una demente.

La bruja se encogió de hombros ligeramente y dio un paso atrás. Puede que fuera una asesina en serie. O puede que estuviera exagerando y realmente se tratara de una buena persona de clase alta. De cualquier modo, mientras rondaba todas aquellas posibilidades, había pasado el tiempo suficiente como para que la situación comenzara a tornarse incomoda. Perfecto. Ahora parecía ella la loca. Se apresuró a responder. A pesar de que su francés no era perfecto, comenzaba a comprender más de lo que se hubiese creído capaz. Hablarlo, le costaba más que comprenderlo. Sin embargo, sabía dar las gracias y presentarse.

Gracias─ musitó con un marcado acento─. Tsetsé.

Esbozó una sonrisa trémula, tan oxidada que le recordó su gran ausencia de interacción social. Ni si quiera sabía cómo se saludan cortésmente en París. Aunque para ser sinceros, tampoco recordaba como lo hacían en España.

El felino maulló junto a ella y lamió su pierna. Después se limpió las uñas giró sobre sus zarpas para alejarse. Quizás ella también debería marcharse. Aquella situación comenzaba a tornarse todavía más incómoda si era posible. La desconocida la miraba de una forma extraña, algo que la descolocaba. No tenía intenciones hostiles, lo habría percibido. Quiso explicar que se marchaba, pero no conocía suficiente vocabulario como para dar explicaciones así que simplemente dijo:

Adiós.

Y se dio la vuelta para marcharse de forma apresurada. Al parecer estaba tan poco acostumbrada a ser abordada por personas que no fueran hombres lascivos o borrachos, que no sabía lidiar con una persona normal y corriente.

Definitivamente, la loca era ella.





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Re: Chamaemelum nobile

Mensaje por Naitiri Zahir el Sáb Oct 14, 2017 1:36 pm

Podía ver cierta sorpresa en el rostro de la joven quien no se había percatado de mi presencia, había estado tan sumida ayudando al gato que había en aquel callejón que ni se había dado cuenta de que había alguien más en el lugar y que vi lo que hizo con el gato para curarlo. Pocas personas se paraban a ayudar a un animal callejero como eran los gatos y los perros, pocas personas les importaba lo que les sucediera y les pasara y lo cierto es que había sido un gesto muy noble aun cuando quizás ella también necesitara cierta ayuda, se podía ver por los ropajes que llevaba y por el lugar donde se encontraba, sin embargo había curado al gato que ahora quedaba junto a su pierna como si no le hubiera pasado nada, lamía sus uñas despreocupado y ajeno totalmente a lo que estaba pasando a su alrededor. Mis ojos se centraron en la joven que tenía frente a mí notando que esta me recorría con la mirada, quizás podría pensar que me había acercado por algún motivo en concreto o porque quería molestarla de alguna manera, era consciente del lugar donde estábamos y sobre todo de la gente que acudía a ese comedor que quedaba en la calle de atrás, no hacía falta ser demasiado elocuente para comprender que ella acudía a ese comedor, pero sin embargo lo que me había fascinado era lo que hizo por el felino. Pude ver cómo miraba tras mi espalda quizás esperándose encontrar a alguien pero no era esa la situación, estaba yo sola y aunque había sido algo arriesgado el acercarme de esa forma porque no sabía cómo podía reaccionar ella le sonreí de forma tranquila intentando, en parte, tranquilizarla a ella también para que viera que no tenía nada que temer conmigo, sabiendo que era hechicera poco podía hacer contra ella, por lo que tenía entendido los hechiceros podían ver las auras de las demás personas, quizás mirando la mía se diera cuenta de que no podía hacer ningún mal.

Mis palabras fueron básicamente a la acción que había hecho con el gato, me fijé algo más en ella dándome cuenta de que su tez también era algo morena aunque no tanto como la mía, sus ojos castaños me recorrieron por entera y no hice amago alguno cuando dio un paso hacia atrás, me quedé donde estaba de forma tranquila mientras esperaba que de alguna forma ella se presentara. Ante mis palabras se encogió de hombros como si lo que hubiera hecho por el gato no tuviera valor o importancia alguna, pero para mí que era una amante de los animales sí que le daba valor y le daba importancia, tenía una pastora belga negra llamada Isis que había recogido de la calle cuando tan solo tenía apenas tres meses, y antes de tenerla a ella había tenido un gato muy parecido al que había ahora en el callejón y que tras limpiar sus uñas se había ido dejándonos a las dos a solas con aquel silencio que se había instalado en aquel momento. Me dio las gracias y pude darme cuenta de que no era francesa por el marcado acento que tenía, lo que me dio a entender que quizás podría no conocer demasiado el idioma porque solo dijo un “gracias” y luego su nombré, francamente un nombre un tanto extraño pero que sonreí tras la presentación. Unos segundos más tarde un “adiós” fue todo lo que dijo antes de darse la vuelta para comenzar a caminar alejándose de allí.



-¡Espera! –Dije parándola al tomarla del brazo para que no se fuera, mi agarre no fue fuerte sino más bien suave, como un sutil toque para que no se marchara y en cuanto se giró para mirarme aparté mi mano para que no pensara que quería hacerle algo a ella pero no retrocedí tampoco- encantada, Tsetsé –dije tras su presentación y la miré- veo que no eres francesa –aunque tampoco sabía muy bien de dónde podría ser, pero entendía lo que era estar en una tierra desconocida con un idioma que no entendías demasiado bien, la sensación de sentirte perdida... la conocía, había aprendido el francés a base de palos y golpes cuando tan solo era una niña pequeña, sabía perfectamente por lo que estaba pasando. Por un momento me vi en la tesitura de que no sabía exactamente por qué la había parado, quizás porque en algún punto me recordó a cuando yo era pequeña, quizás porque al haberla visto curando a ese gato se me pasó la idea de que quizás ella podría enseñarme algo que yo desconocía, yo no sabía nada sobre magia pero sí sabía sobre curar, quizás ella pudiera enseñarme algo más sobre eso. Era una idea un tanto loca porque no nos conocíamos de nada pero ese gesto decía mucho más de ella sin duda alguna- yo.... me gustaría, bueno... –me mordí el labio porque ¿cómo le explicaba la idea loca que se me había ocurrido en aquel momento?- es una idea loca pero podemos ayudarnos –hice una pausa para ver si me seguía y me entendía- yo te ayudo con el idioma –hice por gestos o como pude por gestos- y tú me enseñas a curar –señalé su bolso y al gato que se había ido por el callejón corriendo- podemos ayudarnos –acabé esperando que me hubiera entendido algo de lo que le había dicho.


 

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