Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Nunca te diré adiós | Privado

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Nunca te diré adiós | Privado

Mensaje por Ladislav Pekkus el Miér Sep 13, 2017 12:49 am

Sólo ahí respiró de verdad, como si hasta entonces, y sin darse cuenta,
hubiera estado conteniendo la respiración; sólo ahí tuvo verdaderamente miedo y alivio al mismo tiempo.

Julio Cortázar


Sentía que le habían quitado parte del peso que llevaba sobre su pecho, aunque pronto se lo habían devuelto. Por primera vez en años, Ladislav Pekkus había vuelto a respirar con normalidad. Claro que solo habían sido cortas bocanadas, el alivio no era eterno sino que duró lo que dura un abrazo cargado de añoranza, se extendió tanto como los minutos que transcurrieron en aquella visita inesperada, pero salvadora. Sin embargo, ya habían pasado dos días -transcurría la segunda noche- y Ladislav confirmaba que el abrazo de Karishma lo había cambiado irremediablemente; él ya no era el mismo.

La tormenta azotaba con fuerza aquella zona de la ciudad. Los truenos hacían vibrar las paredes de la casa de Ladislav, el herrero, en las inmediaciones del puerto. Si se volteaba hacia la derecha, en su cama, pensaba en su hermana que, terca como era, había ido a trabajar a lomos del caballo de Lad. ¿Habría llegado con bien a la taberna que limpiaba por las madrugadas? En cambio, si se volteaba hacia la izquierda, si se ponía de cara al techo o boca abajo (y creía que incluso si se metía debajo de la cama), Ladislav pensaba en Karishma. Su recuerdo lo enloquecía, lo enardecía. Su mujer no había cambiado en lo absoluto, seguía siendo la misma, con la misma dulzura, con idéntico brillo en los ojos. Y su cuerpo… ¡la había encontrado más hermosa de lo que recordaba! ¡Qué bien le había sentado la maternidad! De solo recordar la tibieza de su cuerpo contra el suyo… Algunas veces, en el transcurso de aquellos dos días, Ladislav había tenido que recurrir a la autosatisfacción para aliviarse. El mero pensamiento de correr al encuentro de las prostitutas del puerto, para personificar a Karishma en alguna de ellas, le parecía una falta de respeto, un insulto. ¡Oh, su adorada gitana! ¿Por qué había aparecido así de repente? ¿Por qué se había ido?


“Porque tiene una vida, una feliz y lejos de mí”, se decía y la justificaba. Ella era valiente, mucho más de lo que él podría llegar a ser.

La lluvia no contribuía en lo absoluto a que los pensamientos dejasen de torturarle, pues siempre la asociaría con Karish. Tenían decenas de recuerdos juntos en días, noches y madrugadas de lluvia.
Ladislav acabó por ponerse en pie, repentinamente sentía frío por lo que buscaría una manta más de lana que poner sobre la cama. Su madre era muy buena tejedora y al mudarse a París él había cargado con algunos de los trabajos de Daria Pekkus porque nadie mejor que una madre para abrigar y, como ya no la tenía, necesitaba sentir sus manos al menos de esa forma.
Dormía con ropa ligera, a penas unos pantaloncillos largos, su torso siempre desnudo. Por eso era que se helaba, si tan solo tuviera el calor de Karishma…


“No sigas por ahí”, se dijo, ya cansado de necesitarla.

No tardó en dar con la manta tejida, la guardaba en uno de los muebles altos del pasillo. Su casa no era grande, ni por asomo, pero todo estaba bien sectorizado, Ladislav era un hombre tan ordenado que podría haber encontrado lo que se propusiese aún con los ojos cerrados.
Extendía el nuevo abrigo sobre la cama cuando un golpeteo frenético lo asaltó. Alguien sacudía su puerta a esas horas de la noche y, a juzgar por la insistencia, se trataba de una urgencia. Sin calzarse siquiera, Ladislav corrió hasta la entrada de la casa, que era también la entrada de la herrería –pues ésta se hallaba en la parte delantera de su hogar- y abrió sin preguntar nada.
Empapada, con su cabello hermoso pegado al rostro. Así la vio, así se reencontraron.


-Karishma –susurró, incrédulo aunque estuviese viéndola, y de manera inmediata abrió los brazos para invitarla a refugiarse en ellos.




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Re: Nunca te diré adiós | Privado

Mensaje por Karishma el Dom Nov 05, 2017 11:28 pm

Besó en la frente a sus hijos, y no pudo evitar que una lágrima mojara la mejilla de Baldev. Acomodó el cobertor sobre Maya. Se limpió los ojos y depositó un beso en los labios de su esposo, que dormía profundamente gracias a las hierbas que había colocado en su comida. Había tomado la decisión mucho antes de esa noche. La había tomado desde el momento en que había cruzado el umbral de la puerta de Ladislav. Volvería a él, porque no soportaba un minuto más lejos de su cuerpo, lejos de su alma. Había resistido todos aquellos años, intentando convencerse de que ya no lo quería y de que lo había dejado en el pasado. Pero el destino había tirado los dados y, nuevamente, sus caminos se habían cruzado. Karishma ya no era aquella niña enamorada, era una mujer que sabía lo que quería, o era lo que le gustaba creer. A Ladislav lo quería, lo adoraba, lo amaba, lo deseaba. El recuerdo de sus brazos cubriéndola se le había vuelto doloroso, y ya no lo soportaba más.

Se envolvió en una capa marrón, salió de la tienda que cobijaba a su familia y no miró atrás. Se alejó en el caballo a paso lento, hasta que las primeras gotas comenzaron a caer. Lo suficientemente lejos del campamento, espueleó al animal y se lanzó a la carrera. La tormenta y ella eran una sola, y se sintió como aquel cielo cargado de rayos, centellas, truenos y agua. La gitana también era tempestad. No había culpa, a pesar de que debía sentirla. Y tampoco vaciló un instante al bajarse del caballo, dejarlo a resguardo y atado, caminar hacia la puerta de Ladislav y tocarla con firmeza.

Cuando el brujo apareció y pronunció su nombre, Karishma entendió que estaba donde debía estar. Él era la armonía perfecta, y le sonrió emocionada. Tardó un instante en ir a él, no porque dudara, sino porque quiso guardar en su retina esa imagen, esa invitación. Las lágrimas que le bañaban el rostro serían imperceptibles gracias a la lluvia, pero sí que había diluvio en los ojos de la gitana. El tiempo se hizo demasiado largo, ella le sonrió como en antaño y en pequeños y frenéticos pasos estuvo cerca de él, dio un saltito, el abrigo cayó al suelo, y ella lo envolvió con sus piernas y sus brazos. Lo miró de cerca y una de sus manos le acarició la mejilla, con aquella barba tan hermosa…

Te amo, Ladislav Pekkus —susurró. —Y que tu Dios me perdone, pero no le permitiré que vuelva a alejarte de mí —y ya sin más nada que decir, lo besó. Sus labios se reencontraron, y no hubo dulzura en el gesto. Karishma no quería ternura, estaba demasiado enfadada y enamorada como para aceptar la suavidad de Ladislav. No quería que él tuviera tiempo de pensar en nada, porque si lo hacía, la rechazaría, y ella estaba segura de que no podría soportar algo semejante. Su lengua se abrió paso hasta tocar la del hechicero, y las terminaciones nerviosas de ambos órganos juntos, la hicieron estremecer. Volví a sentirse viva, volvía a tener esperanza.

Ya no quería nada más. Ya no había pasado hiriente, hasta su familia dejó de existir. Con el Sol vería qué le deparaba el camino. Solo ansiaba a Ladislav, y era lo único que importaba.



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Re: Nunca te diré adiós | Privado

Mensaje por Ladislav Pekkus el Miér Nov 15, 2017 8:13 pm

No estaba preparado para lo que aquella imagen desataría en él, tampoco para el impacto emocional que le produjo el volver a sentir el peso del cuerpo de Karishma sobre el propio. Aquello era hermoso y doloroso a la vez, porque había antecedentes y eran tristes. No, no estaba preparado para recibir sus caricias, para oír sus palabras, y por eso Ladislav Pekkus –el herrero fuerte y determinado, el hechicero poderoso- se largó a llorar como un niño. ¿Era felicidad? ¿Era dolor? No lo sabía, sólo le importaba que era Karishma la que se abrazaba a su cuerpo con desesperación, como si el encuentro de dos días atrás le hubiese provocado lo mismo que a él.

Quería decirle que él también la amaba, más que a todas las personas que había en su vida, más que a sí mismo. Quería contarle acerca de todas las noches en las que su mente se la recordaba en sueños, sueños ilusorios en los que ellos eran felices, en los que tenían un hijo hermoso al que le enseñaban con amor cómo era el mundo al que lo habían traído. Quería decirle todas las palabras que ya le había dicho pero que ella no había oído, pues las había pronunciado a solas, mirando el cielo y esperando que llegasen alguna vez a Karishma en forma de caricias. Quería preguntarle tantas cosas…

Correspondió a sus besos sin dejar que su mente dominase al cuerpo. Sin darle lugar a los reproches, sin permitirse pensar en que ella tenía una familia, un esposo al que amaba. Simplemente disfrutó de las caricias de su gitana amada, del contacto de sus bocas que se reencontraban anhelantes, como el sediento que al fin vuelve a sentir que el agua fresca entra en él.

Ladislav cerró la puerta –aún sosteniéndola- y se apoyó contra la fuerte y gruesa madera. Sintió las ropas húmedas de ella pegarse a su cuerpo desnudo, sintió sus manos recorrerlo y necesitó cortar el beso para poder mirarla a los ojos, aún en la penumbra de su herrería.


-Jamás, jamás en mi vida había visto algo más hermoso –le confesó y cerró los ojos para recrear la escena-. No quiero olvidarme nunca de lo bella que estabas hace un momento, bajo la lluvia y buscándome. Es lo mejor que me ha pasado en todos estos años, pensé que reencontrarte hace unos días sería lo mejor, pero no. Tenerte aquí conmigo ahora, así, es lo más bonito que me ocurre en mucho tiempo.

La gente siempre lo buscaba, pero era para que él le resolviese problemas, para que los ayudase. Karishma lo buscaba para decirle que lo necesitaba, para decirle que lo amaba, y esa era una diferencia hermosa tan hermosa como ella.

-Te he necesitado tanto, amor mío –le dijo-. Me gustaría creer que tú también a mí, que entiendes por lo que he pasado al estar sin ti –la recargó sobre sus brazos para que no resbalase de su agarre-. Gracias, gracias por ser valiente y volver a mí.

Volvió a besarla con desespero, acababa de redescubrir –porque no lo había olvidado, pero ahora volvía a sentirlo- que cuando se trataba de sus labios el hambre nunca se apagaba, siempre necesitaba más sin encontrar la sensación de saciedad.




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Re: Nunca te diré adiós | Privado

Mensaje por Karishma el Mar Dic 05, 2017 10:29 pm

Cuando era pequeña, muy pequeña, había soñado con un amor diferente, así como el de sus padres. Su madre, que ya yacía entre los suyos, entre los católicos, había terminado enamorada de un hombre opuesto a todo lo que le habían enseñado. No le importaron los prejuicios, y cuando tuvo la libertad para irse y volver a sus padres, eligió quedarse y vivir ese amor. No había sido fácil, pero habían construido una bella familia. Karishma nunca quiso un matrimonio arreglado, no deseaba que alguien le dijera a quién debía amar y a quién darle hijos. Su espíritu indómito, libre, voraz, había anhelado un príncipe, que se transfiguró en Ladislav Pekkus. Jamás olvidaría la sensación que tuvo al verlo por primera vez. El mundo se paralizó, los planetas chocaron y tardó varios segundos en poder respirar. Se apegó a él, porque lo había soñado siempre, lo había estado esperando. Lo había amado aún sin conocerlo. Había logrado que él la viera como una mujer, y lo había visto irse sin mirar hacia atrás.

Ahora había vuelto a él, y aunque deseaba profundamente saber que no volvería a perderlo, algo muy profundo le dijo que sus caminos volverían a separarse. ¡Tuvo tanto miedo! Mientras Ladislav la besaba tras aquella confesión, no pudo contener las lágrimas y separó su boca de la de él. Escondió el rostro en el cuello ancho del hechicero, y comenzó a llorar amargamente. El cuerpo le vibraba en espasmos dolorosos. Se había jurado no llenar de melancolía aquel reencuentro, pero le fue inevitable. Ya no había rastros de la alegría momentánea, del valor que había acumulado a lo largo de esos días para tocar la puerta que la contenía y lanzar su suerte al vacío. Porque, como fuera, ella era la que salía perjudicada. Ella había abandonado su hogar, durmiendo a su marido con hierbas y arropando a sus hijos en un acto hipócrita. Pensó en que, si alguien se enteraba, la expulsarían y nunca más los vería. Y pensó, también, en que Ladislav tenía derecho a saber que Baldev era su hijo.

—Espera, espera… —susurró, con la voz acongojada. Había ido allí con otro objetivo, pero no podía callar. Karishma tenía un corazón sincero, y no podría construir nada en base a una mentira, al menos, no con él. Ya tenía suficiente con cargar el peso de aquello con su esposo, que se hacía el que ignoraba una obviedad, más por conveniencia que por afecto. Se querían, por supuesto, pero no había entre ellos amor. De hecho, su marido tenía muchas amantes, y ella también hacía la vista a un lado, porque no tenía derecho a reclamar, y tampoco interés en hacerlo. Karishma se separó unos centímetros y lo miró a los ojos, que la contemplaban con devoción. Le acarició la boca, ardiente e hinchada por el beso compartido. Debía ser fuerte.

—Debemos hablar, Ladislav. Quiero que sepas algo antes de que cometamos cualquier locura —con el dorso de la mano, le delineó la barba. —Aunque ya es suficiente locura esto que estoy haciendo —y sonrió con tristeza. —Debes bajarme y escucharme. Por favor —se le anudó el estómago. Esa verdad les pertenecía a ambos, y no podía negarle a Ladislav el saber que, de ese amor tan hermoso que compartían, había brotado una preciosa flor.



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