Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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L'enfance, la vitalité et la joie · Ischirione ·

Mensaje por Viktóriya P. von Habsburg el Miér Sep 20, 2017 10:45 am

A veces la mejor forma de olvidar tus propios problemas, independientemente de la gravedad de los mismos, es centrar tu tiempo en tratar de ayudar a otros con los suyos, sólo entonces te das cuenta de lo estúpido que eras por comerte la cabeza con tonterías. Porque al final, los problemas son algo más subjetivo de lo que parece. Nos rodean, nos invaden, hasta el punto en que nos sumergimos en ellos y somos capaces de ver más allá, de mirar las cosas desde otra perspectiva. Ella era del tipo de persona que siempre se daba cuenta por la vía complicada. No podía evitarlo, formar parte del gremio de artistas la convertía en alguien eminentemente dramático, hasta el punto de reaccionar emocionalmente ante el más mínimo o absurdo de los agravios. Por eso para ver las cosas desde otro prisma, para tomar consciencia de que nada es tan malo como ella cree, ni tan terrible como parece, debía salir de sí misma y de su círculo de conexiones, y aventurarse hacia otros lugares donde las problemáticas saltaban a la vista y eran evidentemente peores que lo mucho que a ella le estuviera pasando. 

Bajó del coche de caballos cuando las campanas de la Iglesia apenas si marcaban el mediodía. El Sol relucía en lo alto, y aunque el clima era fresco, no hacía excesivo frío, ni tampoco calor. Era una mañana de lo más agradable, a decir verdad. Y quizá nunca se hubiera dado cuenta de ese hecho de haber permanecido encerrada entre las cuatro paredes que conformaban su hogar. Un hogar que se caía a pedazos, pero que ni de lejos estaba en tan mal estado como el orfanato local al que acababa de llegar. Cuando no estaba trabajando, u ocupada discutiendo con su esposo, Viktóriya solía tratar de encontrar un hueco cada mes, o como mucho cada dos meses, para acudir allí y pasar el rato con los chicos y los voluntarios que se encargaban del cuidado de los mismos. Y para su tristeza, siempre le sorprendía lo mucho que seguían necesitando de ayuda externa a pesar de ser un lugar imprescindible para el buen funcionamiento de la ciudad, así como para el cuidado de los niños que, por desgracia, estaban solos en el mundo y se las veían y deseaban para poder sobrevivir día a día. En esos momentos tomaba consciencia de que sus donativos eran insuficientes, y como en un ciclo vicioso, siempre aumentaba la cantidad que donaba. Pero evidentemente con la suya no bastaba. ¿Qué hacían el resto de nobles de aquella dichosa ciudad? Por eso a veces aborrecía París con todas sus fuerzas.

Una vez dentro del recinto, la encargada de los chicos más jóvenes se apresuró a saludarla. Le resultaba sumamente agradable el hecho de ser siempre recibida con brazos abiertos y palabras amables, en las ocasiones en que decidía visitar. De hecho, a ella le encantaría poder acudir más a menudo, pero la temporada de recitales y obras recién estaba comenzando y estaba mucho más ocupada que de costumbre. - Bonjour, bonjour... Siempre es un placer estar aquí. ¿Cómo están hoy los angelitos? Traigo algunos regalos para ellos. -Dijo la joven con una gran sonrisa. Poco o nada quedaba del ceño fruncido que últimamente la caracterizaba. Era salir de su rutina diaria, y su rostro volvía a iluminarse. La otra mujer la acompañó escaleras arriba hacia la habitación comunitaria que los chicos más jóvenes compartían. La mayoría de ellos estaban sentados haciendo un círculo, jugando a cantar canciones. Casi se sintió mal al interrumpirles, pero en cuanto la vieron, salieron corriendo a abrazarla. - ¡Os extrañé! Y de nuevo, traigo algunos regalos. Sois muchos, así que me disculpo si me equivoqué con el nombre de alguno. -Tras soltar las bolsas en el suelo, la actriz se sentó sobre una de las camas y se dedicó a observar a los niños. Sus rostros desprendían vitalidad, energía, y momentánea alegría. Aquello era justo lo que necesitaba. 


Última edición por Viktóriya P. von Habsburg el Sáb Oct 28, 2017 9:40 pm, editado 1 vez


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Re: L'enfance, la vitalité et la joie · Ischirione ·

Mensaje por Ischirione Della Bordella el Sáb Sep 30, 2017 9:07 pm

El Rey de Italia era un hombre cuyas decisiones no eran fáciles de explicar para la masa común de la gente. Por eso prefería guardar silencio. Por eso sus ojos se habían oscurecido con el pasar de los años; se oscurecerían cada día más. Todavía le dolía que sus enemigos lo llamaran bastardo, más por un trauma de la infancia que por un actual recelo del pasado. Sin embargo, al mismo tiempo, luchaba incansablemente para sacar lo mejor de aquella época en que vivió entre decenas de niños no deseados o abandonados. Quizás era el método de defensa que tenía su estructurada mente, u otra de las manifestaciones que tenían sus rasgos intrínsecamente filosóficos.  

Fuera como fuese, desde hacía algunos años era benefactor de múltiples orfanatos. No como el Rey de Italia, sino como un particular llamado Pantaleone Marsicano, nombre ficticio que utilizaba para que los metiches de la Corona no intervinieran. Visitaba un par de veces por año los establecimientos, vestido tan rudimentario como en sus primeros años de vida. Sólo porque los encargados sabían que daba dinero a la institución era que lo dejaban pasar. Parecía casi un pordiosero; evitaba mostrar la cara bajo capas de abrigos innecesarios y se quedaba de pie en alguna esquina de las habitaciones más como un guardián que como amigo. Un Rey no tenía amigos. Ni siquiera se acercaba a hablar con los niños. No confiaba en ellos. Justamente porque había sido uno de ellos, nada les tragaba. Sabía de los días sin comer, de las riñas por una cama, y que los mismos niños que golpeaban a otros eran los más zalameros con los visitantes, convirtiéndose en favoritos a punta de mentiras y violencia.

Se encontraba en su primera visita del año cuando, vigilando a un grupo de huérfanos que cantaba, vio ingresar a una de esas muñecas de porcelana que adornaba cualquier Corte con su dulzura y candidez. Nada extraño. Eran las únicas que podían acercarse con tanta soltura a los bastardos. ¿Qué sabía ella de lo que se ocultaba tras esas mejillas sonrojadas y dientes expuestos?

No le dijo nada, pero no dejó de observarla, como culpándola con su turbia mirada. Se estaba conteniendo para no gritarle que importaba un comino los nombres marcados en los obsequios; todos se los llevaría el tirano más grande entre los rufianes.


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Re: L'enfance, la vitalité et la joie · Ischirione ·

Mensaje por Viktóriya P. von Habsburg el Sáb Oct 28, 2017 9:38 pm

Sin duda había sido una buena idea acudir en busca de claridad mental precisamente allí. Rodeada de criaturas infantiles, con sus sonrisas adorables y sus palabras amables, sentía que la maldad en el mundo, un mundo al que ella por desgracia pertenecía, no era tan terrible. Si aún podían haber cosas tan hermosas quedaba esperanza para alguien como ella. Para un ser tan perdido, tan desesperado por deshacerse de la amargura que la asfixiaba agónicamente, rodearse de aquellos ángeles era como un bálsamo sanador. La inspiraba. Claro que esta satisfacción que obtenía también la hacía sentirse terriblemente culpable. Aunque negara que hacía todas esas cosas por los niños simplemente por la bondad de su persona, no podía negar que la ayuda que obtenía de ellos era mucho más importante de lo que quería admitir. Al final iba a ser cierto, que no se da nada sin querer algo a cambio. ¿Podía afirmar sin ninguna duda que seguiría acudiendo a aquel sitio si al salir de él se sintiera peor que cuando entraba? Claramente no. Probablemente sí hubiese continuado donando parte de su dinero, pero si sus visitas la hicieran infeliz éstas no serían tan frecuentes. Al final era tan hipócrita como otros ricos, aunque en su defensa había que decir que la preocupación que sentía por aquellas criaturas sí que era real. Ella, por suerte, nunca había pasado demasiadas penurias, económicamente hablando. Aunque su vida había estado plagada de problemas de todo tipo, y de trágicas pérdidas, siempre había gozado de cierta estabilidad. Así que realmente deseaba poder compartir algo de aquella fortuna con los más necesitados.

Una vez los juguetes terminaron por repartirse, los niños se fueron dividiendo en diferentes grupos y se pusieron a jugar, dispersos en la habitación. La mayoría de las niñas tenían muñecas, ya que era lo que siempre solían pedirle, pero también había unos cuantos niños que le habían hecho saber que también les gustaban. Uno de ellos, un jovencito bastante delgado aunque alto para su edad, llamado Cédric, se había sentado junto a ella, y había comenzado a peinar la larga cabellera rubia del juguete. Sonriendo tímidamente, se la tendió a la joven, que lo miró con curiosidad. - Se parece a usted, señorita Viktóriya. -Dijo el chico enseñándole la muñeca. Llevaba un vestido de color verdoso y, en efecto, tal vez guardase ciertas similitudes con la intérprete. Sus grandes ojos azules, por ejemplo, o sus cabellos dorados. - ¿Hoy no va a cantarnos nada? Anna está enferma, así que no está en el cuarto, pero creo que la dejarán ir a verla. Sé que le alegraría oírla cantar. -Una mueca triste se dibujó en el rostro del infante, y fue entonces cuando la mujer se percató de la hermana menor del chico.

- Ya veo... debes echarla de menos. ¿Quieres que pregunte para ver si nos dejan ir a unos cuantos? Seguro que ver a su hermano la alegra, pero también a sus amigas. Cuantos más seamos, más contenta se pondrá. -Dijo Viktóriya con una afable sonrisa, para luego acariciar la cabeza del niño con ternura. Era con quien más trabajo le había costado amistarse, por su carácter reservado, pero desde hacía un tiempo era con quien más hablaba. Las inquietudes de aquella personita eran increíbles a pesar de su corta edad. En cierta forma, le recordaba a ella misma. Sus sueños, sus deseos, siempre habían estado muy claros desde el principio. El chico, tras un rato pensando, asintió con la cabeza y se levantó, tirándole del brazo para que ella hiciera lo mismo. Fue entonces cuando, al caminar hacia la puerta, se percató de la presencia de otro hombre, quien observaba la escena sin decir nada. La joven se ruborizó levemente, para luego hacer una leve reverencia en forma de saludo. - Buenas tardes, monsieur. Si me disculpáis... -El chico siguió tirando de la mujer en dirección al piso de abajo, mientras el resto de niños se reunieron una vez desaparecieron por el pasillo.

- Siempre pasa lo mismo, Cédric se pega a ella cada vez que viene, y ahora quiere llevarla con Anna. Yo no pienso ir. Oí hablar a las monjas que era contagioso.

- Sí, sí, por eso se la han llevado de aquí. Aunque bueno, no es que fuera muy amigable, y la tenían más consentida sólo por ser débil... 

- ¿Crees que podré quedarme con sus regalos?

Probablemente de haber escuchado semejantes comentarios, el ingenuo corazón de la joven se habría roto en mil pedazos. Lo que creía y lo que realmente era, se diferenciaban más de lo que pensaba.


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