Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La mano de la reina |Privado

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La mano de la reina |Privado

Mensaje por Lena Windsor el Jue Sep 21, 2017 1:03 pm

El arte de un príncipe consiste en hacer el bien
personalmente y el mal por segunda mano.
—Ángel Ganivet   —




En el condado de Berkshire, las ultimas horas parecían haber pasado en apresuradas ráfagas mientras todos y cada uno de los espacios del Castillo que ahora volvía a pertenecer a los Windsor, se arreglaba para el inminente suceso de estado que dejaría tras de si a una nueva reina en el trono Ingles. Habiendo llegado por la mañana al condado, todas sus gentes salieron a vitorear a la nueva reina mientras esta con su comitiva se dirigía al palacio que ahora ocuparía. En esta ocasión, nadie había podido detener a Lena en su afán de llegar al castillo a lomos de su caballo blanco. Era imposible hacer cambiar de opinión a la futura reina cuando se trataba de mostrarse más cercana con su pueblo. Para ella la fuerza de un reino, dependía una gran parte del amor del pueblo a sus reyes; de las lealtades y la devoción que estos profesasen a los monarcas regentes. Y esta forma de pensar sabía que la haría llegar al corazón de sus subditos. Solo hacia falta verla ahora, la corona  todavía no pendía de su cabeza y aún así. la gente la vitoreaba y mientras las más jóvenes recelaban de la juventud de la futura monarca y otras sentían el deseo de ser sus damas, los hombres se asombraban de la belleza regia de la joven y de su templanza. Rodeada de sus guardias con capas rojas, el camino fue fácil de seguir y en contadas ocasiones en que alguna niña intentaba llegar o a entregarle alguna flor a Lena, el camino fue de fácil acceso, sin demasiados imprevistos.

El imponente castillo de Windsor en cuanto dejaron atrás el gentío, se magnificó en sus recuerdos a la vez que enfilaban camino hacia su entrada. La única vez que había visitado el castillo había sido fugaz y siendo muy pequeña, no se había fijado en la arquitectura ni en su gran magnificencia medieval. En esas murallas y torres, se había escrito tanta historia que pareciese sagrado y así, a ella se lo parecía. Entrando finalmente por la puerta Normanda, la principal del castillo y deteniendo la comitiva en el patio de armas, allí Lena conoció a cada uno de los sirvientes, soldados, mayordomos y mozos. Encontró en falta un ama de llaves, la cual había fallecido hacia poco supeditando todos sus trabajos y deberes al mayordomo de mayor rango. En cuanto habló con cada uno de ellos, dedicó mitad de su tarde a explorar las salas y cada una de las grandes habitaciones del castillo. Siempre había pensado que los ducados de Mountbatten su familia paterna eran colosales, no obstante, ahora caía en su error de haber pensado que no hubiese nada más que pudiese rivalizar con el palacio que había sido su hogar. Ese castillo rivalizaba contra cualquier construcción arquitectónica de Inglaterra y tanto en tamaño, como en habitaciones, no había visto nada similar. Era un lugar tan sobrio, con tantas historia que mientras mas lo recorría y más descubría de él, más se hacia a la idea de que jamás llegaría a conocerlo completamente. Justo cuando pensaba que no había más recovecos o secretos por conocer de un pasillo, este le revelaba otro lugar más enigmatico que los anteriores conocidos.

El día pasó demasiado rápido y para Lena, enseguida llegaron las obligaciones y los deberes de una futura monarca. Los asuntos de estado pronto la apartaron de su reconocimiento del espacio que desde ese momento ya debía considerar su hogar y en lo que las cocinas volvían a llenarse de olores y ollas caldeantes, y las velas empezaban a alumbrar con el atardecer todos los pasillos y salas reales; en la imponente sala del trono, Lena yacía sentada esperando a su siguiente visita. Entre muchas decisiones que había tenido que tomar antes de la llegada de Tom, su consejero y mayor protector, se habia hecho cargo del gobierno del castillo y toda su gente, enviando inmediatamente una misiva requiriendo la presencia de quienes extrañaba en la futura corte que iniciaría como nueva reina Inglesa. La mayoría de los que habían sido llamados, respondían a títulos y patrimonios regidos por la corona, los cuales habían acudido prestos a darle sus apoyos y lealtades, antes de su coronación, que no tardaría más que dos días en llevarse a cabo. Otros habían sido personas loables que habían permanecido a su lado en su niñez y ahora los requería en palacio. El medico que siempre la había tratado, el mozo y domador de sus corceles, los más grandes modistas reales y las mejores cocineras del estado. Sin embargo, era la última visita que esperaba la que consideraba de más vital importancia. Lo había hecho llamar a primera hora de la mañana y lo había citado para la noche en ese mismo salón del trono. Maverick debía de ser su mano; su ley. Conocido de su padre y amigo acérrimo de él, lo necesitaba a su lado, tanto como la tierra necesitaba al sol. Hombres de estado, consejeros, diestros guerreros e impecables espías y protectores, es lo que requería a su servicio y siguiendo una de las últimas directrices de su padre, no había podido contenerse en conocerlo y hacerlo llamar. Aquella noche no podría concluir, no sin antes; haber obtenido su juramento como la mano derecha de la próxima reina de Inglaterra. Ese era ahora, el asunto de estado mayor que no podía permitirse perder.


Última edición por Lena Windsor el Miér Ene 17, 2018 11:44 am, editado 1 vez



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Re: La mano de la reina |Privado

Mensaje por Christopher Marlowe el Miér Ene 17, 2018 9:13 am


Nada como un buen trago para celebrar la noche pensó Christopher Marlowe tras terminar de escribir otra de sus terribles historias victorianas, un estilo con el cual nunca había estado cómodo, pero el dinero que éstas le daban sí que le aportaba cierta comodidad. ¿Quién hubiera pensado que en una taberna como aquella hubiera podido desentrañarse una disputa que terminara con Marlowe como vencedor? Nadie, en realidad. Y no, tampoco ha ocurrido nunca, pues el vampiro no ha llegado a ganar en ninguna reyerta desde que inventaran la palabra en sí. Desgraciadamente, ni siquiera suele recordar la mitad de ellas, pues pocas copas más tarde se convierte en un ebrio patán que imagina victorias inexistentes y se despierta con la cabeza en charcos y la primera luz del día amenazando con exterminarle si no se pone a cubierto.

Fue al poco tiempo de llegar por fin a su destartalada buhardilla, la residencia más precaria que poseía y que utilizaba casi exclusivamente para escribir ambientando sus miserias interiores con un aire más realista, que alguien golpeó la puerta. Marlowe, miedoso ante la idea de que la disputa de la noche anterior estuviera a punto de continuar, modificó vergonzosamente su tono de voz y se atrevió a contestar:

- ¿Quién es? El señor no está en casa -tantos eran los nombres y apellidos que utilizaba para ocultar su verdadera identidad que ya no recordaba cual daba a quien-.

Al comprender la magnitud de su visita, Marlowe recuperó la compostura, su auténtica voz y abrió la puerta con la poca dignidad que le quedaba -oliendo a lo peor de la ciudad-. Cuando su mensajero abandonó el edificio, el británico fue consciente de la seriedad de aquel asunto. Sin embargo, debía esperar a la noche si quería hacer cualquier tipo de aparición en público. Sobre todo porque esperaba dejar de ser una rata de cloaca para aparentar ser un caballero de la clase correspondiente a lo que estaba fingiendo ser. Todos sabemos que el hábito no hace al monje y, de la misma manera, el dinero que había amontonado el escritor durante décadas sólo le servía para mantener una mansión algo limitada, el quiero y no puedo de la clase alta, y su buhardilla, aquella que resumía a las mil maravillas lo que el dramaturgo llevaba dentro.

Helios parecía querer dejar paso a su hija Selene en el cielo. Marlowe, sin embargo, volvía a toparse con el suelo. El dramaturgo no podía haber tenido peor suerte aquel día. Una vez aseado, a la puerta del castillo real -tras haber viajado a toda velocidad desde su actual ciudad gala-, el infortunio se chocó con el inglés al bajar del carro y éste volvió a morder el polvo. Dos batallas perdidas el mismo día parecía una nueva victoria entre las derrotas. Y el causante, esta vez, había sido ni más ni menos que un zapato sufriendo a duras penas sus últimos momentos de existencia.

¿Cómo se presentaría entonces el vampiro frente a su querida Reina? ¿Cómo hincar la rodilla y jurar ante ella? Pues con el mayor desparpajo del mundo. Al fin y al cabo, lo que importa en un libro no es su lomo o su tapa, sino lo que hay en su interior.

- Su alteza -anunció el lacayo real de turno que no dejaba de extrañarse por el aspecto de su invitado-, Lord Maverick está aquí.

Y fue una vez que ésta le invitó a entrar y su lacayo hubo cerrado la puerta, que inevitablemente dejaron a un lado sus regios rostros y ambos se echaron a reír.





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Re: La mano de la reina |Privado

Mensaje por Lena Windsor el Miér Ene 17, 2018 11:43 am

Los asuntos de estado en relación a la corte Inglesa, le costó unas horas llevarlas a buen puerto. Las decisiones como las que debían de ser sus damas de honor, las casas de los nobles más distinguidos debían de ser invitados rápidamente a acudir ante ella, sino es que ya lo habían hecho con anterioridad. Hasta los enemigos a su casta, debían de rendirle pleitesía. Antes de la coronación, debía tener toda Inglaterra a sus pies. Y así sería, se prometió en lo que pareció un día condenadamente largo y tedioso. Seguramente el día más tedioso que tendría en su reinado, pues esperaba que este fuese el único día en que debiera de permanecer tanto tiempo sin hacer nada más que escuchar y asentir, agradeciendo la pleitesía de su pueblo y su corte. ¡Había tanto aún por hacer! Se quejó mentalmente, en lo que uno de los duques abandonaba la sala y seguidamente entraba la condesa Winthmorth con sus dos hijas, quien seguramente estaba segura las ofrecería no solo para presentarlas formalmente a la corte en los días venideros a su coronación, sino también; como sus damas. Allí la condesa tenía ciertamente un problema. Ella era la reina y sería ella con su protestad de monarca la que escogería.

La tarde muy lentamente para la futura reina pasó, y con el paso del tiempo, la hora de la verdad se acercaba. Como reina muchas veces podría mandar, exigir y ordenar. En los asuntos del rey, poco podría hacer. Su padre la había adiestrado para ser una mujer de leyes y mandatos, sin embargo, siempre había sabido que con la figura de un rey a su lado, muchos de los problemas que comportaba una corona, pasaban automáticamente a ocupar las horas del varón, liberando a la hembra. Así era la sociedad y así, ella también debía de serlo, aunque para ello debiera tragarse su orgullo o patalear fuera de la vista de los demás. Sin embargo, por ahora y en los días de su coronación ella sería el único monarca y todo el poder de Inglaterra recaería en sus frágiles pero fuertes hombros. Había nacido para ello, y ningún papel que tuviera que desempeñar se le daba mal, no obstante, en este momento se le presentaba un dilema fuera de lo común. Cuando Maverick estuviera ante ella, no deseaba tener que obligarlo a aceptar su puesto en la corte, o mandárselo como su regente. Por lo contrario, deseaba que uno de los amigos más querido de su padre fuera por propia voluntad suya que aceptara su nuevo papel, junto las propiedades que se le concedería con su nuevo título. Y todas las riquezas, que este proporcionaría. Para lo que ella le pedía era consciente de que debería dejar parte de su vida en el pasado, y empezar una nueva, en la que tendría muchas responsabilidades y muchos compromisos. No iba a ser fácil, Lena lo sabía, más por su padre fallecido esperaba que este atendiera a razones. Lo necesitaba y por lo que vio cuando finalmente entró por la gran puerta que llevaba ante el gran salón del trono; él también la necesitaba.

En los relatos de su padre, aquel hombre era uno poderoso, y aunque también humilde, se había hecho querer. La imagen que le dio su padre de aquella amistad suya, en algo se parecía a la versión actual de Maverick que había aparecido ante ella. En él se podía respirar cierta aristocracia y sobre todo, mucho temple. Su forma de andar, aún con las galas que portaba encima, le hacían merecedor del apoyo de la reina. A pesar del cansancio de todo el día con los parlamentos con cada uno de los miembros de la realeza, al verlo ante ella le aportó vitalidad en cierta forma. Llevaba años esperando poder conocerle y ahora, finalmente le tenía ante ella. Lord Maverick se acercó hasta las escaleras que llevaba al trono en silencio y una vez ante ella, como todos y cada uno de su gente, se postró ante ella. La reina enseguida miró a uno de los criados que permanecía en un rincón esperando instrucciones y en cuanto esta asintió, se fue en busca de los documentos necesarios para lo que estaba por acontecer. Lena anticipándose, ya había preparado todo para la firma del título y con ello, había hecho preparar el ala más oscura del castillo para su estadía hasta que pudiese instalarse en su nueva residencia; cerca de palacio. Tendría un armario lleno de ropa limpia de su talla, y la soledad que él quisiera.

Levantaros Lord Maverick. —Dijo finalmente levantándose del trono y bajando lentamente los escalones que los separaban, se detuvo frente a él. — Entre nosotros no hace falta tanta formalidad. Si me permitís la confianza, sois como uno más de mi familia. — sonrío mirándolo con dulzura y suavidad, sin poder creerse que finalmente este estuviese ante ella. — Mi padre en paz descanse no dejó de hablarme de vos y de la amistad que compartíais en mi infancia. Y así fue que crecí, oyendo de vos, sin nunca conoceros hasta este dichoso día.



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Re: La mano de la reina |Privado

Mensaje por Christopher Marlowe el Miér Ene 24, 2018 4:16 pm


- De camino a palacio y tras bajar de mi carromato, sinceramente pensé que me confundiríais con un mendigo y me echaríais a patadas. Pero no, hacéis honor a la imagen que vuestro padre me dejó de vos.

Resultaba extraño hasta para Marlowe el sentir tanta ternura por aquella joven que, de alguna manera, ahora pasaba a ser su protegida -y a la vez protectora, pues era la gloriosa Reina de Inglaterra-. Podía presumir de tantas cosas y todas ellas malas, pero el candor que le producían las mujeres jóvenes, mujeres con ideales y fuerza para impartir la justicia que hiciera falta... también podía presumir del orgullo que llegaba a sentir cuando en su camino se topaba alguna joven así. Y en este caso más todavía, pues la muchacha era la viva imagen de su padre, al que también había servido no poco tiempo.

- No quiero quitaros voz en esta reunión, pero antes de que me digáis nada (recordad que yo ya he tenido que verme en esta tesitura una vez más con vuestro padre), quería agradeceros... todo, en realidad. Pero aclarar ciertas partes que creo deberíais saber sobre mi antes de continuar.

Ni siquiera esperó a que Helena hiciera mención del asunto que les traía a aquella sala. El muy egocéntrico, el muy... ¿telepático -desagradable característica de los vampiros para algunos-? buceó curioso en sus pensamientos buscando el interés de Lena en él y arrancó a hablar, de nuevo, llevado por los nervios.

Cierto era que la nueva Reina debía tener en cuenta ciertas peculiaridades del viejo vampiro antes de confiar en él de forma pública.

- Nunca he sido una persona responsable y no sé si eso cambiará en alguna ocasión. He tenido muchos años para intentar cambiar algo que nunca ha querido irse. Vuestro padre lo sabía. De hecho lo supo la primera vez que se metió en una pesquisa terrible por culpa de esa irresponsabilidad mía. Aún con todo, le caí en gracia y me quiso a su lado. ¡Y menudos años -sonrió para dejar paso a una mueca melancólica que apareció cuando recordó que ya no se encontraba entre ellos-! Pero no le recomendaría a nadie que me adjudicara ningún cargo de responsabilidad. A él mismo le recomendé que si me quería a su lado y al mismo tiempo que todo fuera bien, se hiciera con alguien que tramitara todo aquello que yo debía hacer y le diera a éste cualquier posesión o fortuna a cambio que quisiera darme a mi. Nunca he sido un hombre ambicioso -salvo cuando buscó su propia transformación para ambicionar la eternidad que alcanzaría como escritor y que todavía no logra ver por ningún lado-. Y como hice con él, permanecí a su lado porque vuestro padre me daba más de lo que el dinero podía darme. Si estoy aquí, majestad, es para pediros que me dejéis ser vuestro amigo y como amigo, asesoraros en la propia vida y guiaros por el camino del bien. No querría que la hija de Jorge fuera por otro camino. Y él tampoco, estoy seguro.

Pocas eran las veces que Marlowe tenía que tratar temas serios y ya ni siquiera estaba seguro de como hacerlo. Esperaba que aquella joven que tanto se parecía a su padre tomara la mejor decisión para su reino y si esta era que Marlowe no formara parte de él, estaría dispuesto a aceptarlo.




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Re: La mano de la reina |Privado

Mensaje por Lena Windsor el Vie Ene 26, 2018 4:45 am

No habría esperado menos del acérrimo y leal amigo y protector de su padre. En una ocasión, ya se lo había predicho su padre que convencerlo de ser una figura importante de la realeza, le llevaría muchos dolores de cabeza. No era alguien fácil de convencer y por su estilo de vida, era más bien solitario y taciturno. A una figura de esas características nunca le era fácil cambiar de la noche a la mañana de estilo de vida. Comprendido y aprendido, a la reina solo le faltaba ver como encauzar y hacer llegar a buen puerto aquella acérrima idea que se negaba a soltar. Quería alguien de su completa confianza a su lado, antes de que los Lores intensificasen las presiones para escoger su futuro esposo y el próximo rey inglés. Viendo el estado actual del Lord, debía ser cauta y paciente. Poco le importaría ordenarle y que acatase su palabra. Ahora era la reina y como reina mandaba. No obstante, no deseaba iniciar su reinado con imposiciones, sino por lo contrario, con lealtad y apoyo de aquellos capaces de ir a la guerra por ella.

Los reyes, también deben de trabajar para los pobres y debemos aceptarlos, como también intentar que estos se reintegren en la sociedad. —Dijo la reina —Una nación con mucha podredumbre, habla muy mal de sus monarcas y no es mi intención, todo al contrario. Jamás me veréis negando mi acceso a gente necesitada de consuelo.

Aquellos valores que arraigaban en su corazón, era los que esperaba germinasen e hicieran prontamente brotes verdes, junto con una reino más rico y fértil que el que tomaba. Deseaba y tenía pensado muchas cosas para arreglar aquel poderoso país y llevarlo aún más alto. Tenía al pueblo de su lado y con su forma de ser, mientras jamás les diese la espalda, seguiría siendo adorada por ellos. Aquel, su plan inicial sin embargo, no contaba con el poder de los nobles. En Inglaterra había muchos de ellos, poderosos que podían complicarle el mandato. Una de las formas para aplacarles su subida al trono, había sido invitándolos a ser parte de la cama de los Lores. Quizás se equivocaría y en vez de hacerse un bien, únicamente había puesto en contacto a sus enemigos con otros. Aquella, su primera decisión como reina debería de estudiarse a fondo. Ya hecha, solo le quedaba afrontar las consecuencias, las mismas que se veían venir desde que uno de ellos interpeló a su necesidad como hembra de desposarse con quien fuese el nuevo rey, esa misma mañana.

Padre, mucho antes de morir me dio un consejo y este fue, que vos debíais estar a mi lado. Más cerca todavía, del apoyo que a él le habíais brindado por años. Esto ahora se me convierte en un gran dilema… Si lo requerís, podría buscar otro secretario, alguien que se ocupase del día a día del palacio y de mis reuniones, junto con las del próximo rey. Os podría conceder esta gracia a favor de vuestra honestidad mostrada, aun así, y más que nunca, os deseo a mi servicio. —Incidió nuevamente, siendo testigo de que aquella honestidad lejos de hacerla contrariar, actuaba a expensas de ello, haciéndole ver lo capaz que podía ser para el puesto. Y lo que el puesto se adaptaba a él, como un traje a su medida. — Requiero de hombres en los que pueda confiar. Leales consejeros que no se dejen comprar, cuales mantengan sus ojos y oídos a espaldas de lo que pasa tras de mí y me mantengan informada de todo lo que pase alrededor de la corona Inglesa. Muchas veces solo necesitaré consejo, otras veces que espíes a nuestros enemigos en mi nombre. Requiero a una mano derecha; una mano oscura que proteja los secretos de este gran reino. Mi padre, confiaba en vos hasta su muerte y yo, no quiero ser menos que mi antecesor. —Lo miró entonces, con los ojos que había heredado de su madre, más la fuerza de su mirada era la de su padre. —No os obligaré a aceptar el puesto en contra de vuestra voluntad, como tampoco a aceptar el titulo si no lo queréis. Si espero que entendáis que de aceptar, como consejero de la reina y para la realización de vuestro trabajo, obtendréis un honorable sueldo y este, bajo ninguna circunstancia podrá ser rechazado. —Un papel como el suyo no sería barato. Si no deseaba cambiar de residencia, lo veía bien, más no iba a dejar que su mano derecha y su espía personal se presentase nuevamente con aquellos ropajes en la corte. Más todavía, cuando lo quisiera o no, formaría parte de la misma y muchas serían las veces que debería acudir al castillo para hablarle a ella.

¿Estáis de acuerdo con estas premisas, Lord Maverick? ¿Aceptáis ser la mano oscura de la reina?— Le preguntó finalmente.

Y allí la joven reina esperó, que por designios del destino este se inclinase y aceptase servirla, como el más leal y valeroso de sus vasallos.



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Re: La mano de la reina |Privado

Mensaje por Christopher Marlowe el Sáb Mar 31, 2018 1:15 am



Aquella joven muchacha parecía hecha a imagen y semejanza de su padre, salvaguardando cada principio que éste llevara con honra cuando su corazón todavía se alzaba ferozmente frente a las injusticias sociales.

- Tal vez podamos solventar esta encrucijada de otra forma. Haceos con un secretario que atesore vuestras reuniones y que no tenga reparo alguno en daros consejo. Venid a mi cuando más lo necesitéis. Venid a mi con la más ligera duda. Venid a mi cuando no sepáis en quien confiar o simplemente cuando vuestro humor se torne triste debido al mal tiempo. Venid a mi siempre que queráis, pues seré vuestro amigo fiel y leal como de vuestro padre lo fui tiempo atrás.

Las formas se quedaban escasas. Christopher Marlowe hubiera deseado absurdamente acercarse a su Reina e introducir su mano entre las de él, mostrando la sinceridad con que profesaba aquel cariño hacia alguien a quien no conocía, pero que dos minutos le habían resultado suficiente para cree conocer como si fuera su propia hija.

- Llamadme como queráis: secretario, Lord Maverick, Conde de Canterbury... sólo son nombres. Pero sólo un amigo de verdad en poder de lo que ello requiere, haría cualquiera de las cosas que me pedís, incluso sin pedírmelas. No os negaré que soy un absoluto desastre como persona -hacía mucho que había dejado atrás la característica humana que lo definía como persona-, pero os puedo prometer, jurar y perjurar que haré todo aquello que esté en mi mano para ayudaros, para protegeros. Olvidaos del dinero, no sirve para nada más que para emponzoñar las relaciones. El dinero no va a cambiar quien soy -sonrió, pensando que por mucho dinero que llegara a tener, continuaría revolcándose por los suelos de las tabernas cada madrugada o ensuciando en el último momento sus vestiduras por no prestar atención al suelo e ir siempre con la cabeza en las nubes-. Si queréis pagarme de algún modo, hacedlo con una amistad recíproca. Será la mayor de las recompensas.

Aquella debía haber sido la peor presentación posible, pues temía haber dado la impresión equivocada al presentarse de aquella manera en palacio. En el fondo, Marlowe sabía perfectamente resolver su vestuario para cada ocasión. No estaba falto de sedas copiosas ni de trajes pomposos -tal vez incluso demasiado para la época en ocasiones-, pero su corazón era más humilde que todo eso. Tan humilde como estrafalario era el propio Marlowe, quizás. Dando un día la figura de buscavidas y al siguiente el figurín de noble rimbombante.

- Seré la mano que necesitáis para cumplir con todo propósito por muy desdeñable que resulte -aquello resultaba absurdo. Marlowe se acercó a Lena por fin y sujetó su mano derecha-, y seré la mano en la que podréis apoyaros cuando cualquier pilar flaquee -tomó finalmente su otra mano, la que quedaba libre, y unió ambas en comunión, dando a entender la unión y plenitud de la promesa que acababa de hacer-. No seré ninguna mano oscura. Seré la mano iluminadora que os dará la visibilidad necesaria para que continuéis por vuestro sendero.

La amistad no sólo resultaba la más sincera de las promesas. Sino la más sincera de las rendiciones.




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Re: La mano de la reina |Privado

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