Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Jamile S. Czinege el Sáb Sep 23, 2017 3:36 pm

- Una... dos... tres... cuatro... cinco... -Las gráciles manos de la joven Jamile viajaban alegremente de flor en flor. La naturaleza siempre la hacía sentir extrañamente feliz, dichosa, como si disfrutar del Sol, las plantas y animales fuera suficiente para hacerla sentir afortunada. Y así era. Las pocas veces que la dejaban marchar fuera de la mansión, aprovechaba para recorrer los mismos lugares que frecuentaba antes de convertirse en en una doncella. Uno de ellos eran los jardines de un bonito palacio del que jamás había visto salir a nadie, pero al que un amable jardinero siempre le dejaba entrar, para después ofrecerle que recogiera todas las florecillas que necesitaba para poner a la venta. Después de todo, esa seguía siendo su mayor fuente de ingresos.

- Oh, dulce Jamile, aquí estás. Sigues tan bajita como siempre, ¿eh? Apenas se te ve entre estos arbustos tan altos. -Murmuró el hombre, que luego soltó una carcajada al ver el rostro enfurruñado de la niña. Ella solía decir que aún tenía que dar el estirón, pero el anciano en el fondo sabía que las jóvenes de la clase que era ella, tampoco es que crecieran demasiado. La falta de sustento desde su nacimiento había retrasado su crecimiento, y no había forma de solucionarlo. Ya no. Pero no era algo que debiera preocuparle en exceso. Todo lo que le faltaba de altura y peso, le sobraba de ingenio y vitalidad. Jamás había conocido a una chica tan motivada por aprender cosas nuevas. Desde que la conocía, había logrado aprenderse los nombres de todas las plantas que habían en aquel jardín, que él llevaba cuidando desde su adolescencia. 

- ¡Qué cruel! Sabes que no soy bajita, es sólo que aún me falta por crecer. La cocinera de la casa donde trabajo me dice que si como más de lo que corro llegaré a ser tan alta como ella... Lo que pasa es que Bigotes me hace correr mucho. -Echarle las culpas a su rechoncho gato se había convertido en uno de sus hobbies favoritos. ¡Es que él sabía poner cara adorable cuando quería dar pena! Y ella aún no había aprendido, así que se ahorraba muchos castigos. Aunque en el fondo sabía que si no la reñían era porque todos le acababan cogiendo cariño. Lo que no tenía muy claro era por qué. - Oye, espero que no te importe que coja estas pocas. Hoy llevo bordados de sobra, pero a la gente le gustan más las flores que cualquier cosa hecha por alguien como yo. 

- Puedes coger las que quieras -Dijo el hombre con una sonrisa un tanto triste, ante las palabras de la joven que desde el inicio se consideraba a sí misma como alguien que no merecía el buen trato por parte de otros. La niña, sin embargo, le devolvió una sonrisa cálida y alegre, para luego darle un espontáneo abrazo. Lo había echado de menos. - ¡Por cierto! Tenía que decirte una cosa. Al parecer han abierto una especie de exposición dentro del jardín botánico... ¿Y a que no sabes lo que han traído? Tatatacháaaaaan... ¡Mariposas!

- ¡¿Quéeeeeeeeeee?! -El brillo en los ojos de la joven le hizo recordar por qué la había dejado entrar, años antes, al interior de aquel jardín. Tras despedirse de ella con un beso en la frente, la vio correr a toda velocidad al exterior. - ¡¡JAMILE A LA BÚSQUEDA DE LAS MARIPOSAS PERDIDAAAAAAS!! -Sus gritos y cánticos se pudieron escuchar por calles, plazas y parques, aunque lo único que todo el mundo pudo ver fue una cabellera pelirroja que iba a toda prisa en dirección al jardín botánico. Tan deprisa, que no miraba por donde iba, y cuando quiso darse cuenta, estaba perdida en medio de las calles pobladas de gente. Intentó parar a algunas personas a pedir indicaciones, pero en cuanto veían su aspecto, la apartaban con desdén, algo que la entristeció. Comenzó a caminar con la cabeza cada vez más gacha, y por culpa de eso, no vio a la persona que tenía en frente. Chocó con fuerza y cayó al suelo, con todas las flores desparramadas a su alrededor. - L-Lo siento... -Dijo en un hilo de voz, temiéndose ser reprendida.



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Mensaje por Dorothea Rilke el Dom Oct 22, 2017 10:48 pm

Con desgano observo las cajas que una de sus doncellas insistía en cargar y un suspiró salió de sus labios, pues si existía algo que le parecía a Dorothea una perdida de tiempo, eso era el tener que salir a comprar vestidos. La Rilke prefería emplear su dinero y su tiempo, en cosas mucho más productivas como sus negocios, obras de caridad y por supuesto, novedades literarias ya que para ella, no existía nada más valioso que los libros, ni siquiera el hermoso collar que su doncella la obligo a mirar en uno de los escaparates por los que pasaban.
Señorita, ¿No luciría hermoso con el nuevo vestido verde olivo que lleva? – preguntó entusiasmada la joven doncella que respondía al nombre de Muriel y que llevaba sirviendo en la residencia Rilke desde hacía ya varios años.
Tengo muchos collares en casa Muriel y la gran mayoría no los he usado ni una sola ocasión – miró el collar – Comprar este sería un desperdicio – de reojo observo la expresión triste de su compañera – sabes bien que digo la verdad – soltó de golpe Dorothea antes de continuar con su camino y obligar de esa forma a su doncella a seguirla.
Sé que no le gusta usar tanta joyería y vestidos tan extravagantes como los de otras damas, como también sé que prefiere otra clase de actividades recreativas que a la mayoría les son indiferentes, pero sea consciente de su situación. Usted no es una dama común, es sobre quien descansa toda la responsabilidad del apellido Rilke – escuchar aquello era para Dorothea, como ser bañada en agua helada. La rubia no necesitaba que le recordaran que poseía una responsabilidad grande pues desde el fallecimiento de su padre, se había encargado de aumentar la fortuna Rilke y engrandecer el apellido, aun así, ella seguía siendo considerada como una dama muy soñadora. Para los que la conocían de tiempo atrás, su personalidad era una bendición pero para los nuevos conocidos resultaba ser solamente una mujer extraña.
Lo sé… lo sé….– respondió canturreando para detenerse, girar sobre sus talones y quedar de frente a Muriel – Acepte comprar más vestidos para las fiestas y eventos venideros, pero por favor, no insistas en joyería – dicho eso, mostró una de sus encantadoras sonrisas a su doncella, quien rendida se encogió de hombros.

Tanto Muriel como Dorothea, no se movieron de sus sitios y fue cuando Muriel pensaba indicar que lo mejor era que continuaran el trayecto hasta el carruaje que las aguardaba un par de calles más adelante que se tambaleo bruscamente frente a los ojos de la Rilke. Sorprendida y sin poder bien que era lo que ocurría, Dorothea fue testigo de la estrepitosa caída de Muriel y las cajas de las compras; así como de una chiquilla de cabellos pelirrojos y un montón de flores.
¿Se encuentran bien?, ¿Se hicieron daño? – aquellas preguntas fueron lo primero que salió de la boca de Dorothea, que preocupada tanto por su doncella como por la chiquilla, se arrodillo en el suelo al lado de ambas.
No me ha ocurrido nada a mi – señaló Muriel para acto seguido observar las cajas – pero no sé si les ocurrió algo a los vestidos  – la mano de la Rilke se posó sobre el hombro de su doncella para tranquilizarla.
Estoy feliz de que no te hicieras daño, lo demás no importa – hizo una pausa, antes de mirar a la muchachita pelirroja – ¿Estás bien?.



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Mensaje por Jamile S. Czinege el Sáb Oct 28, 2017 9:00 pm

La primera reacción de Jamile fue apretar los ojos y encogerse sobre sí misma, como si intentara desaparecer. Aquel tipo de reacción la llevaba acompañando desde muy pequeña, aunque antes tenía mucho más sentido, cuando apenas alcanzaba el metro de altura, ya que de ese modo sentía que si se encogía lo suficiente, acabaría desapareciendo de la vista de aquellos que le resultaban amenazadores. Ahora ya, por más que el gesto resultara gracioso a la vista de otros, carecía de utilidad. Sí, era bajita para su edad, pero por mucho que lo intentara no iba a ser invisible. Después de eso, esperó, y esperó, y esperó... Pero no ocurrió nada, lo que la hizo abrir un ojo, y luego el otro, para mirar a la persona que se había caído por su culpa, y sobre todo, a la hermosa dama que se había agachado frente a ella. La diferencia de clases entre ambas saltaba a la vista. Pero ninguna de las dos alzó la voz, y a eso sí que no estaba acostumbrada. Lo normal era que le gritaran, que la insultaran, o incluso que la agredieran, especialmente cuando su torpeza era el motivo principal de sucesos como ese. La niña se mordisqueó el labio inferior, para luego alzar la vista y clavarla en la mirada de la de mayor rango, buscando algún atisbo de molestia que por supuesto no encontró. Tuvo que reprimirse las ganas de sonreír.

- Ha sido mi culpa. Estaba tan emocionada que no miraba por donde iba. Así que no sólo me he perdido, sino que además he causado un problema. ¡De verdad que lo siento! -Se apresuró a disculparse. Siempre le habían dicho que reconocer las fallas propias era señal de buena educación, y que las niñas como ella siempre debían disculparse cuando hacían algo mal. Era lo bastante lista como para poner en práctica lo que le enseñaban, y aunque sus modales aún dejaban bastante que desear (algo que se notaba por la forma directa de mirar a alguien de rango superior), su naturaleza bondadosa cubría sus carencias con creces. Ayudó a recoger las cajas que se habían desperdigado por el suelo, para luego centrarse en sus pobres flores. Muchas eran inservibles, y eso la hizo poner un puchero. - Pobrecitas, tendré que disculparme con el jardinero... ¡Yo estoy bien! ¡No se preocupe! -Dijo dibujando una amplia sonrisa, para luego tender la mano a la doncella para que se levantara. Parecía estar bien, por suerte, y es que no sabía qué habría hecho en caso de que se hubiera herido por su culpa. 

Sin embargo, cuando quiso dar un paso, sintió un fuerte dolor punzante en su rodilla derecha, que la hizo estremecerse. - ¡Auch! -Exclamó, para luego observar con una mueca adolorida la sangre que brotaba de la herida abierta. El líquido escarlata había manchado sus ropajes, y el suelo, pero por lo menos no parecía haber salpicado a nadie.

No obstante, que ella hubiera salido mal parada en aquel choque no fue lo que llamó más la atención a su alrededor. Otras damas, al haber presenciado la escena, se habían acercado, y éstas sí comenzaron a observarla de forma claramente hostil. - ¡Maldita gitana! Mira que ser tan torpe como para mancillar los bienes de una Rilke, ¡espero que reciba un castigo ejemplar! -Sus voces resonaron claramente, evidenciando que hablaban así de alto a propósito. ¿Había agraviado a alguien tan importante? ¿Qué iba a hacer ahora? ¡Quizá incluso llamarían a las autoridades! De pronto, la chica se sintió asustada, sus manos temblorosas se agarraron los bordes del gastado vestido, y su vista se centró en el suelo. No había sido su intención...




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Mensaje por Dorothea Rilke el Miér Nov 22, 2017 10:12 pm

Arrodillada en el suelo, Dorothea observaba con curiosidad a la chica pelirroja, quien con los ojos cerrados y el cuerpo encogido, parecía desear desaparecer. Muriel observó con extrañeza la reacción de la chiquilla antes de dirigir su mirada hasta su señora y sin emitir palabra alguna hacerle notar a la Rilke que la niña parecía tenerle miedo. Dorothea podía comprender el temor que experimentaban las clases más bajas al enfrentarse a personas pertenecientes a familias ricas. La mayoría de los adinerados eran groseros, engreídos y buscaban la mínima oportunidad de reprender a otros por errores que hasta ellos llegaban a cometer, afortunadamente para la muchachita pelirroja, la rubia no era así. Dorothea quería a sus empleados como su familia, nunca solía reprenderlos y en raras ocasiones, y siempre por negocios, levantaba la voz; tampoco era una de esas damas que en las calles buscaba humillar a otros, para Dorothea, todas las personas, independientemente de su estrato social merecían respeto.

Cuando uno de los ojos de la pelirroja se abrió, la Rilke sonrió.
Hola… – saludó ladeando levemente su rostro, gesto que la llevaba a lucir mucho más joven de lo que era. A su lado, la doncella también observaba a la chiquilla, quien pronto comenzó a disculparse, asegurando que todo lo sucedido era su culpa. Muriel no pudo evitar soltar una risita.
No ha sido solo tú culpa, yo tampoco he puesto atención al camino. Fue nada más que un accidente, ¿Verdad señorita? – preguntó dirigiendo entonces la vista a Dorothea, quien asintió antes de dar una respuesta.
Así es, fue un accidente y ellos suelen pasar más seguido de lo que se piensa por lo que no ha sido culpa de nadie – tras asegurar eso, se levanto y sin prestar atención a los ojos curiosos que se posaban sobre ellas, la Rilke recogió un par de cajas que Muriel, tras ser ayudada por la joven pelirroja para levantarse, le retiro de las manos. La mirada en los ojos de su doncella, fue suficiente para Dorothea, quien se mantuvo al margen, observando como entre la chiquilla y Muriel, terminaban de levantar las cajas del suelo – Me alegra que estés bien pero lamento mucho lo ocurrido con tus flores, ¿Existe alguna manera de compensar lo que has perdido? – si dinero pedía la pelirroja, dinero sería lo que tendría dado que para personas necesitadas ella siempre tendría que ofrecer.

Poco después y cuando todo parecía estar bien, la jovencita se quejó de una herida en su rodilla, misma de la que fluía algo de sangre; pero antes de que la Rilke, o su doncella fueran capaces de decir algo, quienes habían estado de espectadores del accidente decidieron hacer aparición, acosando a la chiquilla y exigiendo justicia por parte de Dorothea. ¿Qué se creían? Pidiendo castigos cuando no existía culpable alguno de lo ocurrido. Era probable que Dorothea hubiera ignorado las habladurías, de no ser por la reacción de la joven gitana, que fue lo que provoco que diera un paso al frente y sujetara una de las manos de la pelirroja.
Lo ocurrido ha sido culpa mía, no hay nadie más a quien castigar y si el problema son los bienes… – giró entonces el rostro y observó a Muriel, quien se acercó hasta ella sin comprender que era lo que planeaba. Con una sonrisa en los labios, Dorothea soltó la mano de la gitana y se apresuro a abrir la caja de arriba, solo para sacar parte de la falda de un vestido azul cielo, mismo que rasgo hasta conseguir arrancar un trozo de tela, que fue usado por ella para vendar la rodilla de la pelirroja – ¿Mejor? – preguntó segundos antes de tomar una vez más su mano – ¿Puedes andar?, que debemos irnos – a sus espaldas escuchaba a la gente, pero no le importaba. Ella nunca había sido como los demás y nunca lo sería.



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Re: · La plus belle Fleur · Privé

Mensaje por Jamile S. Czinege el Lun Nov 27, 2017 4:52 pm

Por su condición de extranjera, y especialmente, por pertenecer a las clases más bajas de la sociedad, Jamile estaba más que acostumbrada a toparse con críticas y malas intenciones, y aunque sabía sobrevivir con ello, no iba a mentir y decir que no le importaba, porque mentir estaba mal: lo odiaba. Ella, que siempre veía a las personas con buenos ojos, fueran como fueran, vinieran de donde viniesen, no entendía por qué proceder de un país diferente al de ellos era un motivo lícito para tratarla como un desecho. Pero a pesar de que esas actitudes la hicieran sentir triste y humillada, las aceptaba porque no le quedaba más remedio, y especialmente, porque aunque quisiera gritar a los cuatro vientos que no tenían razón, sabía perfectamente que eso sólo le traería más problemas. Alzar la voz no estaba permitido. Tampoco es como si nada de lo que dijera le fuese a importar a nadie. Temblando ligeramente al principio, y luego de forma más evidente, la niña acató la retahíla de críticas e insultos sin dejar de mirar al suelo y preguntarse cuándo acabaría todo. Había sido culpa suya. Todo siempre era a causa de su torpeza. ¡Pero mira que ir a agraviar a alguien tan sumamente reconocido! Desde luego, su mala suerte no conocía límites. - Yo... de verdad que lo siento... Si tan sólo hubiera mirado por donde iba esto no habría pasado... Cómo puedo compensar mi torpeza... -Dijo en un hilillo de voz, sin saber muy bien a quién se estaba dirigiendo al hablar.

Pero las palabras de la señorita Rilke, lejos de intranquilizarla, la hicieron alzar la cabeza entre maravillada y sorprendida. ¿La estaba protegiendo? ¿Estaba defendiendo a una gitana sin importancia como ella? ¡No se lo creía! De la sorpresa se le saltaron hasta las lágrimas, así que se frotó los ojos con el dorso de la mano para luego sonreír tímidamente. - No sabe cómo se lo agradezco. Aunque tienen razón son pocas las veces que me encuentro con alguien tan gentil. Aún así, si pudiera hacer algo para compensarle me sentiría mucho mejor. Porque estas sólo son flores que me han regalado, pero en esas cajas seguramente lleve cosas mucho más importantes. -Los comentarios a su alrededor siguieron caldeándose, especialmente ahora que se había atrevido a hablar de vuelta a alguien de clase superior. Pero ya no le importaba. Sabía que la señorita Rilke era diferente, se lo había demostrado en poco tiempo: era mejor que todas aquellas que le recriminaban a la cara por entrometerse con alguien que era mucho mejor que ella.

Lo que no se hubiera esperado ni en un millón de años fue lo que pasó a continuación. Como para querer acallar a todas aquellas voces que criticaban lo ocurrido, no sólo había llegado tan lejos como para responderles sin mostrar ningún atisbo de nerviosismo, sino que sacrificó uno de aquellos caros vestidos para cubrirle la pierna. ¡Increíble! ¡Mancillar una tela de tan alta calidad con la sangre de una chiquilla de clase baja! Pronto, lo que antes eran críticas hacia la gitana se convirtieron en rumores para la joven noble, algo que hizo que Jamile se enfadara enormemente. - ¿Cómo se atreve? ¿Proteger a una esclava enfrentándose a otros como ella? ¿Acaso piensa que es mejor que nosotros? - Sus voces eran altas a propósito, y esa fue la gota que colmó el vaso.

¡Brujas malhabladas! ¡El mundo sería un lugar mucho mejor si todos los nobles fueran tan amables y justos como ella! -Chilló la niña sacándoles la lengua, algo que las hizo enrojecer de la ira, pero que despertó la risa en algunos otros viandantes. Pronto, el gentío comenzó a dispersarse, y fue entonces cuando, roja hasta las orejas, se giró para mirar a la señorita. - Yo... Lo siento. No debí decir eso. -Se disculpó pero hizo lo que la otra le había dicho, siguiéndola. - Le juro que pagaré por el vestido. Era tan bonito que estoy segura de que le sentará bien. -No sabía muy bien cuándo ganaría el dinero para pagarle, pero lo haría. ¡Era una promesa! Y hablando de promesas... - ¡¡Las mariposas!! -Exclamó de golpe, acordándose de lo que había olvidado: se estaba dirigiendo a ver el espectáculo que el jardinero le había dicho. Pero tenía que ayudar a la señorita. ¡Era lo menos que podía hacer!


Última edición por Jamile S. Czinege el Miér Abr 04, 2018 9:42 pm, editado 1 vez



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Re: · La plus belle Fleur · Privé

Mensaje por Dorothea Rilke el Miér Feb 14, 2018 11:19 pm

La forma tan indefensa en la que se mostraba Jamile levaba a Dorothea a recordar a todos los chiquillos que se quedaban en su albergue, chiquillos para los que ella y el humilde lugar que les ofrecía, eran el único hogar que conocía. En más de una ocasión, la joven Rilke se vio en la necesidad de enfrentar a ricos como los que ahora exigían justicia, todo por sus niños, así que defender a Jamile era verdaderamente algo que e daba placer y fuerza, en especial al pensar en lo orgulloso que estaría su padre de ver que ser la heredera de toda la fortuna familiar no la cambiaba ni un ápice.
No tienes que compensar nada, ni a mi, ni a nadie – susurró la Rilke antes de hacerle una seña a Muriel para que se acercara más a la pelirroja. Su doncella, que siempre estaba diciéndole que debía comportarse como una dama, solía acatar sus ordenes sin chistar cuando se trataba de defender a los menos favorecidos, pues tanto para ella como para el resto de la servidumbre de la familia Rilke, ser tan queridos y protegidos era simplemente maravilloso – Y aquí no hay nada que ver, lo que ha sucedido fue entre mi protegida y yo – sentenció antes de mirar con la barbilla en alto a todos los que atónitos se mantenían observándola en silencio.

No tengo nada importante en las cajas, al menos nada que no pueda adquirirse nuevamente – se acercó un poco más a Jamile y sonriendo le susurró – además que ni siquiera quería comprar nada, Muriel me obligo y tú me has salvado de seguir comprando cosas que no necesito – porque desde la perspectiva de Dorothea ya tenía todo lo que podía necesitar y mucho más.

Consciente de que romper un vestido significaba llegar a casa y ser reprendida por Muriel, sobre todo considerando que el que rompía para curar a la gitana era el favorito de la doncella, Dorothea no titubeo y decidió demostrar con sus actos, que para ella, Jamile era tan valiosa como ella misma. Mientras vendaba la pierna de la pelirroja, escuchaba a sus espaldas las criticas de los de su misma clase, criticas que la tenían sin cuidado pues la Rilke siempre fue juzgada por su manera tan diferente y humana de actuar.
Señorita, vámonos – escuchó Dorothea, quien sonrió a Muriel antes de tomar la mano de Jamile, pero antes de que pudieran irse, la chiquilla se giro a enfrentarse a los ricos que las juzgaban y entre gritos, logro hacerlos sentirse tan incomodos que debieron dispersarse.

En silencio permanecieron tanto Dorothea como Muriel, quienes no pudieron más que reír al escuchar la disculpa de la gitana.
Pero no has dicho nada inapropiado ya que ellos no se merecen el respeto de aquellos a quienes no respetan – las palabras de Dorothea fueron acompañadas por el movimiento afirmativo de la cabeza de Muriel. Después de dejar su punto en claro, la Rilke se dispuso a andar, siendo interrumpida por las palabras de la jovencita – ¿Qué mariposas? – preguntó curiosa, observando fijamente a Jamile.



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Re: · La plus belle Fleur · Privé

Mensaje por Jamile S. Czinege el Miér Abr 04, 2018 9:55 pm

Ahora que el gentío se había marchado, y que la chica se había tranquilizado visiblemente, comenzó a notar con más claridad el dolor en la pierna que se había lastimado. Eso hizo que su caminar se hiciera más lento, pero trató por todos los medios de no separarse demasiado de Dorothea y compañía. A pesar del dolor y de que estaba cansada, no solamente deseaba ver las mariposas, sino que además estaba completamente dispuesta a compensar de algún modo a la joven que había dado la cara por ella a pesar de recibir críticas a causa de ello por otros de su misma clase. Esperaba que las repercusiones de aquel acto no fueran elevadas. No le gustaba que las buenas personas lo pasaran mal, y mucho menos si ella era la causa de sus agravios. No podía negar que su torpeza la metía en muchos problemas, pero pocas eran las veces en que alguien la protegía del modo en que la noble lo había hecho. Su deber era devolverle el favor. ¡Sólo eso sería justo! La cuestión era cómo lo haría. Si se trataba de dinero o bienes realmente no tenía nada que ofrecer. Pero trabajaría duro por conseguirlo, ¡ya lo verían! Las promesas de Jamile siempre serían cumplidas.

Ese pensamiento la llevó de nuevo a las mariposas, y a la pregunta que la muchacha le había formulado. No fue hasta entonces que fue consciente de que lo había dicho en voz alta, algo que la hizo enrojecer hasta las orejas. ¿Pensaría que era demasiado infantil por emocionarse tanto por aquellos insectos coloridos? - A decir verdad, mi amigo el jardinero me ha dicho que hay una especie de festival con mariposas en el jardín botánico. Allí es a dónde me dirigía cuando choqué con usted. Sé que es tonto, pero me gustan mucho. Son coloridas y vuelan libres de flor en flor. ¿A usted le gustan? -Preguntó, un poco para cambiar de tema ya que se sentía un tanto avergonzada. Después de todo, no podía evitar que sus gustos fueran infantiles, ya que seguía siendo una niña. Aunque su Amo la tratara como una adulta y le diera tareas debido a este hecho, su corazón seguía siendo tan puro y delicado como siempre. Esa era la mejor virtud de la gitana: su capacidad para mantenerse tan brillante e inocente a pesar de lo cruel o duro de sus circunstancias. 




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