Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Last Sunrise

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The Last Sunrise

Mensaje por Lorick N. Magné el Mar Sep 26, 2017 5:22 pm

Después de recorrer a toda velocidad las calles, y luego la zona boscosa que rodeaba París, comencé a aminorar la marcha una vez terminamos de atravesar el bosque que marcaba el límite de la ciudad con la siguiente. Allí había asegurado que hubiera un lugar seguro, una casa franca, antes de aventurarme en su búsqueda semanas antes. Ese era el protocolo que siempre seguía. A partir de ese momento, no la perdería de vista ni un momento, ni permitiría que pisara el exterior. Habían demasiadas cosas en juego. - Tranquila, ya hemos llegado, a partir de ahora, estarás segura.

A pesar de que, visto desde el exterior, el lugar pareciese una vieja mansión abandonada más, por lo destartalado de su aspecto, me había cerciorado de que su interior estuviera en suficiente buen estado y estuviera provisto de las necesidades básicas para pasar allí un tiempo. Además de eso, me había encargado de reforzar puertas y ventanas, arreglando cierres y colocando otros tablones de madera para tapar huecos e impedir que se viera nada desde afuera. La idea era convertirlo en lo más parecido a un búnker como me fuera posible, pero conservando el aspecto de sitio olvidado, para que así ningún curioso se aventurase a entrar en ella. Aún así, antes de dejar a Irïna en la habitación que había limpiado más concienzudamente, revisé la casa de una punta la otra, buscando imperfecciones o la presencia de algún intruso. Sólo cuando estuve satisfecho y estaba completamente convencido de que no había nada fuera de lugar, la llevé escaleras arriba y la coloqué en la cama, provista de las mantas que yo mismo había comprado antes de ir a su encuentro. El polvo había vuelto a acumularse nuevamente, lo que la hizo estornudar un par de veces, pero no era tan exagerado como para suponer un problema. Además, la conocía lo bastante bien como para saber que no prestaría atención a tales nimiedades.

Lo siguiente que hice, después de instalarla y encerrarla en la habitación, que supuse que cuando estaba habitada era la principal, me dirigí, vestido de incógnito, a la comisaría, donde dejé un aviso anónimo de que algo había sucedido en uno de los hostales de la ciudad. No tenía tiempo para yo mismo dar sepultura a aquellos cuerpos, así que recé una oración en su memoria y regresé de vuelta a la casa donde había dejado a la reina. Las autoridades se encargarían de todo. Por suerte para mi, Irïna siempre había seguido mis indicaciones y no tenía nada que pudiera revelar su identidad consigo, así que era algo más que me ahorraba, porque francamente, no me apetecía volver a visitar el sitio en el que se había desarrollado tal tragedia. Especialmente porque no había sido capaz hacer nada para impedirla.

Una vez de vuelta, volví a revisar el sitio, y tapié las diferentes entradas para impedir que nadie se colara mientras descansaba. Luego, finalmente, regresé junto al lecho donde ella descansaba. Se había removido bajo las colchas, pero seguía profundamente dormida. Eso me hizo dudar un poco. No creía que el golpe hubiera sido tan fuerte como para que estuviera tanto tiempo inconsciente. Preocupado, fruncí el ceño y acerqué una mano a su frente. Todas mis alarmas se dispararon al unísono. Estaba ardiendo, y el hecho de que fuera capaz de notarlo a pesar de mi altísima temperatura corporal no era precisamente buena señal. Además, la casa no contaba con agua corriente, como muchas mansiones antiguas, sino que tenía un pozo en la parte de atrás. Rápidamente, la destapé y quité los tablones que cubrían las ventanas, para permitir el paso del frío aire del exterior. Estaba francamente desesperado, y no muy seguro de lo que debía hacer. ¿Acaso era aquello un efecto secundario de la barrera que había instalado en su memoria? ¿O era precisamente porque ésta había comenzado a resquebrajarse? Recordé el dolor de cabeza que parecía haberla azotado antes, y esa fue la respuesta a mis preguntas. A toda prisa me dirigí al exterior, dispuesto a bombear tanta agua como me fuera posible. Necesitaba bajarle la fiebre o su vida peligraría.



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Re: The Last Sunrise

Mensaje por Irïna K.V. of Hanover el Dom Oct 29, 2017 1:15 am

Podía notar cómo el aire se movía a toda velocidad a su alrededor. Frío, casi dolía al entrar en contacto con su cuerpo. ¿Cuánto estaba corriendo? ¿Tan debilitada estaba que algo tan simple como el viento la hacía estremecerse? Y especialmente, ¿cómo demonios se estaba desplazando, si lo último que recordaba era perder el conocimiento frente a Lorick y Rhaegar? Lo curioso es que, aunque creía que desde entonces habían pasado apenas unos instantes, en su cuerpo se sentían como horas. Aquel dichoso y doloroso martilleo en sus sienes no sólo no se había detenido, sino que su intensidad se había acentuado, impidiéndole moverse, o recuperar la consciencia siquiera. La incapacidad para reaccionar la tenía aterrada. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba Lorick? ¿Y si había vuelto a perderle? La cabeza le daba vueltas, y no era capaz de detenerse en ningún pensamiento concreto. ¡Qué frustrante! Lorick. ¡Lorick! Quería gritar su nombre pero las palabras no le salían, y lo más que escapó de sus labios fue un leve quejido, que ni siquiera sabía si sería oído por alguien.

En un instante de lucidez, pudo sentirlo. El constante y rápido palpitar de un corazón que no era el suyo. Cerca, muy cerca de ella, pegado a su oreja. ¿Alguien la estaba cargando? ¿Quién? Sus sentidos estaban medio dormidos, pero concentrándose lo suficiente, pudo encontrar la respuesta a aquella pregunta. Era él. Su aroma le invadió las fosas nasales, tranquilizándola de inmediato. Conocía la fortaleza de aquellos brazos, la calidez que se sentía al estar rodeada por ellos. Era inconfundible. Una lágrima cayó rodando, solitaria, por sus mejillas. No sabía qué sería de ella si nuevamente volviera a perderle. Se quedaría sola otra vez. Y ahora que lo había tenido cerca, que se lo arrebataran sería más de lo que podría soportar. Se encogió sobre sí misma, como queriendo perderse dentro de aquel abrazo, ansiosa por incrementar la cercanía entre ambos, y sólo así, lo que hasta entonces había sido un sueño agitado, se convirtió en uno pacífico y tranquilo. Al menos, por un rato.

El dolor era excruciante, y eso fue lo que, finalmente, la hizo despertar, entre gritos y cubierta por sudores fríos. No sabía dónde estaba, ni lo que había pasado, pero nada de lo que había a su alrededor le era conocido. - No, ¡no! ¡¿Dónde estoy?! ¡Lorick! ¡Lorick! -Su voz salió quebrada, titubeante, las lágrimas rodaban por sus mejillas, y en el estado febril que se encontraba la línea entre realidad y fantasía se veía difuminada. A ratos veía una habitación llena de polvo, y en otros momentos se creía rodeada por el fuego. Casi podía sentir el calor abrasándole la piel. - ¡Quema! ¡Me quemo! -Seguía gritando, convulsionándose, incapaz de recuperar el control de su cuerpo, de sus emociones, de sus pensamientos. Entonces, aquellos brazos, ¡oh! ¡cura de todos sus males!, volvieron a extenderse y rodearla brindándole su ayuda. Una vez pudo enfocar la vista y la habitación dejó de dar vueltas ante sus ojos, se lanzó contra el guardia real, aquel que era su refugio, su confidente, su amor. - No te vayas... No me dejes... Tengo miedo... Tengo mucho miedo... -No entendía nada de lo que el hombre le estaba diciendo, pero el tono de su voz sonaba preocupado, y sin embargo, logró calmarla.

Débil como estada, no tardó mucho en quedarse dormida, escuchándolo hablar. Creía haber escuchado una historia referente a su infancia, a uno de aquellos momentos felices que ni ella misma recordaba con frecuencia. Típico de él. No le importaba. Mientras permaneciera a su lado, nada más le importaba. 





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Re: The Last Sunrise

Mensaje por Lorick N. Magné el Sáb Dic 02, 2017 12:04 pm

Los trapos empapados por el agua helada venida del pozo, a pesar de ser un remedio tremendamente tosco, parecía ser lo bastante efectivo. Suspiré, aliviado, cuando al cabo de un par de horas su temperatura parecía nuevamente normalizada. Aún tenía fiebre pero dudaba que su vida peligrase por ello. Lo que más me preocupaba era el hecho de que siguiera tan profundamente dormida. Salvo por las intermitentes convulsiones, hecho que me venía a indicar que estaba teniendo alguna clase de pesadilla, Irïna estaba terriblemente quieta. Tanto era así que a cada poco, aterrado como estaba, no podía evitar inclinarme sobre el lecho y buscar, desesperado, su respiración, sólo para suspirar de alivio cuando lo encontraba. Todo aquello era culpa mía. Si había llegado tan lejos como para quitarle los recuerdos de aquel incidente, debí haber sido lo bastante astuto como para protegerla de aquello que ella no podía rememorar. A Rhaegar. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? No llegué a considerar su presencia amenaza suficiente para ella, a pesar de que la culpa de casi todos los males que ahora estábamos sufriendo era suya. ¿Qué tramaría a partir de ese momento? La incertidumbre me hacía sentir terriblemente incómodo a la par que asustado. Si había sido capaz de organizar una matanza de forma tan repentina, no dudaba que su siguiente jugada sería incluso peor. El rencor que guardaba a la casa Hanover era demasiado grande.

Mientras estaba sumido en mis cavilaciones, ella despertó, agitada, nerviosa, probablemente confusa por no saber dónde estaba ella, o mejor dicho, dónde estaba yo. Antes de que su sobresalto hiciera que su fiebre empeorara, la estreché entre mis brazos con fuerza, buscando transmitirle mi calor, que mi presencia la tranquilizara. Me sentía honrado al saber que el efecto fue casi instantáneo. A pesar de todo, no podía evitar mi preocupación, mi pavor. Estaba claro que el dique de sus memorias había cedido. Entre sus quejidos y lágrimas mencionaba el fuego, un fuego que se suponía que no debía recordar. De pronto me sentí tremendamente avergonzado por lo que había hecho. Aunque mi intención había sido simplemente protegerla, debí haber sabido que ella nunca habría querido eso. Olvidar una parte de sí misma, una parte tan importante de su historia simplemente por seguir estando bien, era algo que consideraría inexcusable. A pesar de que esperaba que me perdonase por ello, no la culparía si no lo hiciera. La apreté aún más contra mi pecho, esperando que al menos, ahora que era vulnerable, mi presencia la tranquilizara. ¿Cómo cambiaría todo una vez que fuera consciente de la verdad? Eso sólo el tiempo me lo diría.

- Todo está bien, majestad. Estamos en un lugar seguro, y juro que no volveré a separarme de vos en ningún momento. Ya he desatendido mis funciones durante bastante tiempo. -Saber que casi todo lo acontecido era culpa de mis estúpidos errores me estaba matando. - ¿Recordáis el día en el que vuestro padre os regaló a vuestra yegua? Nunca os vi más feliz que aquel día. Vuestros ojos brillaban de la emoción. Después de años soñando con tener vuestro propio ejemplar, en ese día vuestro deseo se hizo realidad. Lo que más me sorprendió, y honoró también, fue que me pidieseis a mi y no al rey que os enseñase a montar como es debido. Lo pasamos bien, ¿verdad? Recorrimos cientos de millas los primeros meses, y en apenas medio año ya erais incluso más rápida que yo. Hicisteis morder el polvo a casi todos los guardias de palacio. Se os veía tan orgullosa... Os prometo que pronto volveréis a verla, volveréis a acariciar su pelaje y a sentir el viento golpearos en el rostro al cabalgar sobre ella. -Esas palabras fueron las únicas que se me ocurrieron como consuelo. Memorias de una época mejor, de una época que ahora estaba seguro de que nunca volvería.




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