Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Hay muertos que la tierra rechaza | Privado

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Hay muertos que la tierra rechaza | Privado

Mensaje por Alix Poulenc el Sáb Oct 07, 2017 12:12 pm

No solía ocuparse de sus muertos a no ser que sus partes desmembradas y pútridas le sirviesen para algo, como en esos momentos. A Yves le había sido revelado que la tierra rechazaría el cuerpo de ese muchachito que habían sacrificado en el ritual más hermoso y apasionado que Alix recordaba –quitando la muerte de su padre, claro, esa no podía ni podría jamás compararse con nada-, por eso se hallaba allí. Si la tierra rechazaría esa fuente que tanto poder les había dado, el agua debería de aceptarlo.

Faltaban pocos minutos para las tres de la mañana, la hora deseada, la hora poderosa, la hora perfecta. Alix desató la caja pesada del costado de la montura y la arrastró por la arena, luego de asegurar al caballo en la rama baja del árbol más cercano. En ella llevaba solo los miembros del muchacho, el torso y la cabeza se los había quedado Yves y no le había dicho qué haría con eso. Mayormente, los espíritus les hablaban a los dos cuando estaban juntos. Alix estaba acostumbrada a oír la voz de su dios oscuro que le daba directivas –o la halagaba- justo en el momento que abrazaba el orgasmo fundida con el cuerpo de su amor, de su hermano, el mejor hombre que vivía sobre la tierra, el más poderoso y el más malvado. El único perfecto. En otras oportunidades, en cambio, los demonios les susurraban a ambos por separado… y esa era una de las ocasiones, por eso llevaba a cabo aquello en solitario.

Mientras continuaba arrastrando su parte del cuerpo por la arena helada, Alix meditaba en que si le hubiera comentado a Yves su plan él habría querido ir con ella esa noche y eso no sería correcto. Últimamente estaba más celoso que nunca –y siempre lo había sido a extremos considerables-, más sobreprotector. Pero había cosas que debían crecer en ellos por separado para que cuando se unieran los hicieran doblemente fuertes, doblemente sabios, doblemente implacables.

Llegó a la orilla y comenzó a quitarse la ropa. Precavida, se había vestido de forma fácil para no tener que perder demasiado tiempo en aquella tarea. Dejó las prendas a un lado y las sujetó con la tapa de madera que le quitó a la caja para que el viento no se las robase.
El agua estaba helada, pero a ella no le molestaba. Cosas peores había enfrentando y el fuego de su espíritu podía contra todo. Avanzó tirando de la caja pestilente, solo cubierta con sus enaguas, hasta que el agua le llegó a la cintura.


-Oh, Arioch, mi dios poderoso, mi adorado y venerado supremo demonio –dijo, mientras tomaba de la caja el brazo y lo arrojaba lejos, al centro mismo de la laguna-. Acepta esta ofrenda de muerte, aliméntate de ella y trasmútala en poder. Por ti, Arioch, por ti es que nos volvemos inmisericordes. Venos con orgullo, dios mío –le rogó mientras arrojaba el otro brazo.

No tardaron en resplandecer rayos en el horizonte, eran una respuesta de su dios. Y, como si aquella señal no fuese suficiente, de improviso Alix dejó de sentir su cuerpo. Sabía que era suyo, pero no se sentía dentro de él. Con los brazos extendidos comenzó a girar en el agua, una mano poderosa la movía y ella se aflojó, se dejó llevar como si fuese una hoja al viento. Arioch le hablaba, ella le entendía pero no le respondía porque no podía pensar, sus pensamientos estaban sujetos a su dios en esos momentos.

¿Una hora? ¿Dos? No lo supo, el tiempo se había escapado sin que lo notase. Alix volvió a tener control de su cuerpo y se halló tirada sobre la arena, una fina capa de ella la cubría como si el viento hubiese cambiado de dirección. La caja con los miembros que le faltaban ofrendar ya no estaba, su dios se la había llevado. Se incorporó algo mareada y descubrió que todo estaba en su lugar, unos pasos más allá estaba su ropa y junto al árbol su caballo. ¡Su dios estaba siempre en los detalles! Caminó tambaleante, dispuesta a vestirse, con una sonrisa en los labios.


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Re: Hay muertos que la tierra rechaza | Privado

Mensaje por Boudica el Dom Dic 17, 2017 1:31 pm

«El tiempo todo lo cura, menos la vejez y la locura.»


¿Enterrarlo? —preguntó Boudica con una clara expresión de confusión en el rostro—. ¿Para qué quieres enterrarlo, Amancay? ¿Por qué no lo tiramos en alguna zanja en medio del bosque y dejamos que las alimañas se hagan cargo de él?

De nada sirvió que insistiera una y otra vez para deshacerse del cadáver de manera rápida. Amancay, su amada Amancay, quería enterrar al susodicho. Era un hombre santo, y como tal, debía recibir sepultura. Así pues, interesada en terminar con aquello de forma rápida para poder dedicarse al cuerpo de su única diosa, Boudica salió de la casa abandonada que usaban últimamente para llevar a cabo sus pequeños ritos en busca de algo que sirviera de ataúd. ¡Ella, la mayor de las herejes, buscando una maldita caja de madera!

Con un rostro entre taciturno y gruñón, salió de los terrenos de la casa —que parecían una pocilga llena de barro y trastos rotos— para dirigirse camino a la ciudad. No tenía del todo claro que fuera a ser capaz de hallar un ataúd adecuado para el hombre, pero lo cierto es que tampoco sabía dónde podía buscar, así que los negocios funerarios de París se le antojaron la mejor opción. Cómo lo llevaría hasta la casa, ese era otro tema muy distinto del que ya se preocuparía cuando llegara el momento.

Había empezado a rodear la laguna cuando, de pronto, una luz proveniente del borde más lejano llamó su atención. Al principio creyó que había sido un rayo, pero al no escuchar el trueno correspondiente sus sentidos aumentaron de manera automática. Desde su transformación, Boudica se dio cuenta de que era capaz de ver y escuchar en su cabeza cosas que ocurrían a su alrededor, fuera donde fuera. La de aquella noche fue la primera vez que no hacía uso de ello por algo relacionado con Amancay, y eso la confundió: pudo escuchar la voz de una mujer que, metida en el agua hasta la cintura, lanzaba miembros de un cuerpo humano mientras le hablaba a un tal Arioch. Se olvidó del ataúd que se suponía que estaba buscando y se acercó hacia la curiosa escena, pero, para cuando llegó a la pequeña playa donde la mujer había hecho su rito, ésta se encontraba tirada en el suelo, semidesnuda —en realidad, sólo portaba las enaguas, y estaban tan empapadas que dibujan la forma de sus piernas a la perfección— y aparentemente inconsciente.

Salió de entre los setos que delimitaban la zona y se acercó con cautela a la joven. Se quedó de pie junto a ella, con las manos en la espalda y la cabeza inclinada, mirando su cuerpo con detenimiento. Sí, Boudica estaba mirando un cuerpo que no era el de Amancay, y no, no se había vuelto más loca de lo que ya estaba. Inclinó el torso notablemente y olfateó el aire alrededor del cuerpo inerte. Olía a agua de río, a musgo, a ranas y a peces, pero también olía a vida. Golpeó la espalda desnuda suavemente con la punta del pie y, cuando comprobó que no reaccionaba, se agachó para hacer lo propio con la mano. Sintió la piel caliente, pero la falta de respuesta a los estímulos le indicó que la mujer estaba completamente ida.

La vampira se encogió de hombros, se levantó y, cuando miró al frente, vio la caja. De pronto recordó que, si había salido esa noche, era para buscar eso, algo donde poder enterrar al pobre inquisidor que se acababan de comer. Se acercó y miró en el interior: todavía quedaban dos piernas y un hedor que hasta a ella, acostumbrada al olor a muerto, le resultó nauseabundo. Arrastró la caja hasta la orilla y agarró los miembros de los tobillos para lanzarlos a la laguna, pero la vampira dudaba de que ahí dentro pudiera caber un cuerpo entero. ¡Era demasiado pequeña! ¿Y si lo desmembraban como había hecho la legítima dueña de la caja? Introdujo un brazo para medir las dimensiones, después una pierna. También se metió y simuló que se tumbaba dentro, incluso intentó ceder las paredes de la caja, todo ello sin darse cuenta de que la bruja se había levantado, tambaleante, y se dirigía a por sus cosas. ¡La caja! ¡La caja era lo importante en ese momento!



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Re: Hay muertos que la tierra rechaza | Privado

Mensaje por Alix Poulenc el Jue Ene 11, 2018 4:39 pm

Una vez, hacía unos tres años, Alix había bebido de un vampiro para uno de sus ritos. Una sangre espesa y caliente, agridulce y muy poderosa que la había hecho sentir que su cuerpo tenía el doble de fuerzas… es que para eso necesitaba la sangre, para tener fuerzas y así poder soportar el rito que había durado dos días con sus noches y en el que había participado, además del vampiro, su hermano mellizo. Esa era la única experiencia que tenía con uno de esos seres nocturnos y eternos, pero había bastado para que en su mente los vampiros fuesen sinónimo de poder, de amistad y de ritual.

Alix no era una mujer temerosa, de hecho le tenía miedo a contadas cosas de la vida, por eso se acercó al lugar donde finalmente se encontraba la caja –lo hizo con algo de desilusión, pues creía que su dios se la había llevado y ahora veía que no era así- y no retrocedió cuando vio a una mujer queriendo salir del interior, tampoco cuando percibió en su aura que se trataba de una vampiresa. Se plantó junto a ella y la observó, la luz de la luna era brillante pero insuficiente para hacerle justicia a tanta belleza. Rasgos finos, tez que parecía ser porcelana. Sí que Alix envidiaba la belleza eterna de esos seres, siempre era elogiada entre sobrenaturales y ahora entendía ella por qué.


-¿Qué ha sucedido con las piernas que estaban dentro? –le preguntó muy seria-. Eran para mi dios, dime que se las has ofrendado –le rogó mientras se acomodaba el cabello, pesado por la humedad, que el viento le alborotaba-, dime que las has arrojado a la laguna.

Se separó de la mujer y le dio la espalda para poder enfrentar el agua. Caminó con la frente en alto y la espalda erguida, orgullosa de ser quien y lo qué era. Cuando sus pies sintieron el agua fresca, Alix se acuclilló y tomó un poco del agua entre sus manos y así se la llevó a la boca. Repitió aquello unas tres o cuatro veces, bebiendo supo que la ofrenda había sido realizada. Se incorporó y llevando los ojos al cielo extendió los brazos todo lo que pudo, estirando sus músculos hasta que le dolieron. Susurró algo en un idioma que hasta ella desconocía y antes de volverse se llenó el cuerpo con el aroma del poder. Cuando se giró la vampiresa seguía allí y la observaba.

-¿No deberías volver a tu escondite? –le preguntó, acercándose-. No es que quiera echarte, la laguna es de todos nosotros, los ciudadanos de París, pero creo que casi no falta nada para el amanecer.

Se acercó hacia sus cosas y comenzó a vestirse apresurada. En verdad no tenía ningún apuro, pero quería llegar y dormir al menos dos horas en la cama de su hermano, abrazarlo y transmitirle así todo lo que con el dios de ambos había vivido esa noche.

-Gracias por completar mi ofrenda –le dijo con sinceridad-, mi dios está muy complacido. ¿Cómo has venido? ¿Necesitas que te lleve a algún lado? Mi caballo está por allí.

¿Estaba siendo amable con una desconocida? Ah, eso sí que era nuevo… A Alix nunca le había gustado hacer amistades, pero podría decirse que sentía mucha curiosidad por los vampiros así que no iba a desaprovechar esa oportunidad.


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Re: Hay muertos que la tierra rechaza | Privado

Mensaje por Boudica el Dom Ene 21, 2018 12:22 pm

Estaba tan absorta midiendo la caja que no escuchó a la humana levantarse y acercarse hasta ella. Para cuando la vio, la hechicera estaba ya a su lado, mirándola con una curiosidad que Boudica no había visto jamás cuando se trataba de ella. Había visto deseo y miedo en los ojos que la miraban, pero jamás el interés que percibía en la joven. Sin decir palabra, se levantó despacio con los mirada clavada en ella y salió, sintiendo la arena crujir bajo sus zapatos.

Sí, las he lanzado al agua —contestó, no muy segura de que eso fuera del todo cierto.

Observó cómo se acercaba al lago y fue ella la que, esta vez, destilaba curiosidad al mirarla. Boudica no se caracterizaba por ser un ser que se relacionara demasiado con otros; en realidad, sólo tenía contacto con Amancay, puesto que lo que hacía con los inquisidores que capturaban no se podía considerar una relación al uso. Los cazaban para terminar alimentándose de ellos, sólo que, hasta que el momento llegara, los usaban para diversión propia. Por lo demás, Boudica no sabía cómo proceder, y menos todavía cuando se trataba de una mujer. Esa, en concreto, estaba vestida sólo con sus enaguas, y estas estaban tan empapadas que la fina tela de algodón se pegaba perfectamente a las curvas de su cuerpo, delineando el contorno de sus senos bajo la tenue luz de la luna.

La vampira la miró como si nunca antes hubiera visto un cuerpo femenino, pero se arrepintió en el mismo instante en el que se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Amancay era su musa, su diosa, y sólo a ella debía mirar, pero le resultaba tan curiosa la mujer del lago, y tenía un aura tan distinta a lo que ella estaba acostumbrada, que, por primera vez, su amor quedó relegado a un segundo plano.

No, aún tengo tiempo hasta el amanecer —dijo, inclinando la cabeza hacia un lado—. Yo tampoco es que quiera echarte, pero la noche no es un momento muy seguro para caminar sola, y menos por las afueras de la ciudad. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? —Volvió a fijarse en su aura—. Sí, sí lo sabes.

Se acercó hacia ella para observar cómo se vestía.

No hay de qué, me alegro de haber servido a tu dios —contestó—. He venido andando. Yo también quiero hacer una ofrenda a mi dios, y estaba buscando algo que me sirviera. —Miró primero a la caja y después a la hechicera—. ¿Serías tan amable de darme tu caja? Si tu dios está complacido, intuyo que ya no te será necesaria, y a mí me ayudaría mucho.

Dio un par de pasos más y se colocó muy cerca de ella. Acercó el rostro al ajeno un instante, olió el aroma que desprendía y se alejó de nuevo, dejando un espacio cómodo entre ellas.

Mi dios me espera —dijo—. ¿Podrías ayudarme a llevar la caja? Le diré que lo has hecho, estoy segura de que te compensará. Es muy generoso con los que se portan bien con él.

En realidad, su dios no era otro que la propia Amancay, y a ella era a la que quería complacer. Daba lo mismo dónde o con quién estuviera, la vampira era siempre la tracción motora de Boudica.



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Re: Hay muertos que la tierra rechaza | Privado

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