Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Hēra L. Tsakalidis el Dom Oct 08, 2017 4:26 pm

"Uno, dos, tres. A cada paso que das sientes cómo retumba tu cuerpo. Te sientes cansada; los ojos te pesan y tus manos están magulladas desde la punta de los dedos hasta el inicio de tu muñeca. Pero no te importa. Estás anestesiada. Flotas, como en una nube, por encima del suelo. Ella te ha ordenado que no sientas. Que no pienses. Que no digas. Que no veas. Que no entiendas. A tu alrededor todo es confuso. La ilusión te atrapó desde que la miraste a los ojos. Pero eso no lo sabes. Sólo sabes lo que ella quiere que sepas. Te hace sentir segura, caminar con despreocupación, aunque tengas el abismo bajo tus pies. No te darás cuenta. Has caído en sus redes. No puedes escapar. Su voz te provoca anhelo. Sus labios, deseo. No puedes evitar acercarte a ella. Más. Y más. Y más. Una siniestra sonrisa y una carcajada posterior. No le importas, y lo sabes, pero te da lo mismo. Necesitas acercarte. Te atrae como un imán. Te hace sentir plena, llena, como nunca antes te habías sentido. Y aunque sabes que beberá de ti, que te rasgará la vida y te destrozará, no puedes huir. No quieres huir. 

Te precipitas. Estás tan cerca del abismo que aunque no puedes verlo por su hechizo, notas esa sensación de cosquilleo en el estómago. Vértigo. Miedo. Pero te tiene bien atrapada. No dejará que mueras... Sería un desperdicio de sangre. Ahora la ilusión se vuelve oscura. Tétrica. Tenebrosa. Tienes miedo y quieres gritar. Quieres salir corriendo pero los pies no te responden. Añoras tu hogar, tu vida, que aunque patética, tiene más sentido. Te das cuenta de lo que has hecho. Tu familia yace muerta a tus pies. Degollados. Estás cubierta de sangre. Y eso te gusta. Y el hecho de que te guste te provoca pavor. Terror. Gritas en silencio. Nadie te oye. A nadie le interesas. No importas. Le perteneces, y no puedes hacer nada para remediarlo. Tu hora se acerca y eres incapaz de aceptarlo. Morirás. Morirás y sabes que te dolerá. Ahora el monstruo disfruta mostrándote lo que te pasará. A tu alrededor se dibuja un siniestro escenario del que no puedes escapar. Y de repente... Dolor. Un dolor intenso que se inicia en tu cuello y recorre tu espalda. Sientes que las piernas te flaquean. Tiemblas. Tiemblas y caes. Y los brazos fríos y firmes de la mismísima muerte te recogen antes de que toques el suelo. Ella. Tu tortura. Tu obsesión. Tu captora... Y tú eres simplemente un aperitivo.
"


Se limpió la comisura de los labios con la manga de aquel vestido que hacía apenas unas horas hubo sido de gala, manchándolo del escarlata de la sangre ajena. Los cadáveres a su espalda se amontonaban en una pequeña pira que en escasos minutos comenzaría a arder... Y aún así, todo cuanto reflejaba su mirada era una profunda indiferencia. Aquellas muertes habían sido un encargo. Una petición de la Iglesia. Vale que nunca le dijeron que podría beber de una de los sentenciados a muerte, ¿pero cómo resistirse? Los cabellos rubios y figura esbelta de la muchacha eran peligrosos, especialmente para aquel que sabía que llegaría a su lado dentro de muy poco. Lo conocía demasiado bien. Le hubiera perdonado la vida a aquella nigromante de haberla visto, y sus motivos no serían puros precisamente. Abaddon era así, no podía resistir a la tentación. Ya no le contentaba el frío cuerpo de su esposa. O al menos eso era lo que parecía.

Prendió fuego a los cadáveres y se sentó en el césped a contemplar cómo ardían, sin mostrar ninguna emoción. Ni por dentro ni por fuera. Ahora que su misión había terminado, se sentía tan vacía y hastiada como antes. Y no, no era agradable. Hēra era un ente destructivo cuando se la desataba. Por suerte para los ciudadanos de París que aún paseaban por las calles pese a las horas, se hallaba lo suficientemente lejos del centro como para que no corriesen ningún peligro. De momento. El caserón abandonado a su espalda había resultado un buen escondite, aquel aquelarre se lo había puesto difícil, y aunque su tarea era simplemente "vigilar", no iba a permitir que la sección de los soldados se encargase de ello. Y mucho menos su marido. El humo atrajo a animales de toda clase, e incluso a algún que otro lobo que nada más verla retrocedían sin pensárselo dos veces. Quedaba claro quién era la bestia en aquella situación... Un crujido a su espalda la hizo envararse de inmediato. ¿Quién narices osaba interrumpir su momento de relajación? Sus colmillos volvieron a abrirse paso entre sus labios, mas se limitó a esperar a que quien fuera que fuese, se acercara lo suficiente para olerle e identificarle. Nunca es bueno adelantar acontecimientos. Y matar por matar había dejado de ser divertid después de su segundo siglo de existencia.



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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Abaddon V. Tsakalidis el Dom Oct 08, 2017 10:53 pm

Los pecados de unos pocos al final suelen acabar mancillando al resto de personas que los rodean. Los motivos no solían estar claros, pero entonces se hacía efectivo ese dicho que dictaban que todos pagaban justos por pecadores. En mi caso, esto se hacía más que evidente. Hēra era probablemente el mayor error que jamás hubiera cometido. No sólo le robé su ansiado y "normal" futuro, sino que la hice cargar con el peso de una eternidad llena de luchas injustificadas. Dejó de ser aquella muchacha vivaz, alegre y amante de la vida, para convertirse en una vorágine descontrolada de emociones desagradables. Y lo peor de todo es que, pese a eso, pese a ese cambio tan drástico, no podía dejar de amarla. Quizá realmente fuese masoquista, o quizá estuviese demasiado anclado en la costumbre o en las creencias. No lo sé. Pero aún hoy, sigo amándola como al principio. Aunque su forma de ser lo haga todo más complejo. Y sé que ella, muy en el fondo de su helado corazón, también siente lo mismo. Aunque me culpa de su desdicha, de no haber sido capaz de completar su "misión" en este mundo. Me culpa de no haber permitido que tuviera un hijo propio. Tal vez erré al convertirla antes de dejar que quedara encinta, pero me obsesioné tanto con ella que no pensé en la posibilidad de que ningún otro se acercara a ella. Era mía. La quería para mi. Era y es lo más valioso que haya tenido nunca. Y después de convertirla... No me parecía una buena idea darle un bebé a alguien como ella. El paso del tiempo sólo había logrado hacerla más inestable, así que eso seguía siendo un no rotundo.

Seguí su aroma y el de la sangre que manchaba sus ropajes hasta el bosque, y desde allí hasta el aquelarre. Nuestra misión era desarticularlo, pero como siempre, ella había actuado por su cuenta. Probablemente para evitar que lo hiciera yo mismo. La columna de fuego y humo no logró enmascarar aquel terrible aroma a destrucción que siempre la rodeaba. Que nos rodeaba. Yo estaba acostumbrado, es mi misión como soldado, pero ella no era capaz de soportarlo. Alimentarse, matar, era trágicamente evidente que le resultaba divertido... Pero también la hacía sentir vacía. Y sabía que yo lo sabía. Quizá ese fuera el motivo por el que trataba de alejarme de ella a toda costa. Yo desenmascaraba ese terrible vacío que gobernaba todo su interior. Y ella no sabía cómo compartir esas sensaciones, no sabía cómo lograr que disminuyeran. No sabía cómo seguir siendo ella misma estando con otra persona. - Debí haber imaginado que estarías aquí... Sobre todo al ver el humo desde casa. ¿Quién si no iba a preparar una hoguera a estas horas de la noche? -Deposité mi diestra sobre su hombro y sonreí levemente. La expresión ida de su rostro me dejó claro que estaba pensando justamente en lo mismo que yo. - Hēra... Deberíamos marcharnos. Sabes bien que éstas no eran nuestras órdenes. Los espías no pueden verse involucrados. Ese es mi trabajo. No creo que tarden mucho en verse atraídos por todo este caos... Has llamado suficiente la atención por hoy. Vuelve conmigo a casa... -Me senté frente a ella y la miré a los ojos. Estaban tan llenos de rencor como los recordaba. Pero seguían siendo exactamente igual de hermosos.

Sólo un cuerpo se encontraba alejado de la pira, descansando destartaladamente a su costado. Al ver la expresión angustiada de la hechicera que yacía, desangrada, me imaginé qué era lo que la había empujado a actuar de forma tan irresponsable. Nuevamente había sido culpa mía. Suspiré y la estreché entre mis brazos, la frialdad de nuestros cuerpos entremezclándose. - Sabes que no habría hecho lo que piensas, ¿no? Me conoces... Nunca perdonaría la vida a alguien simplemente basándome en el aspecto. Sólo los inocentes merecen la clemencia... -Me excusé, aunque en el fondo sabía, que ella no creería mis palabras, igual que yo tampoco estaba tan seguro de que éstas fueran ciertas. ¿Ser blando?Probablemente no fuera la expresión más acertada, pero desde luego era la que más se asemejaba a la verdad. Los humanos siempre me han parecido frágiles, y eso hacía que me resultara complicado no sentir remordimientos. Ella era diferente. Era capaz de apagar sus emociones sin pensárselo dos veces, algo que la hacía ser en extremo peligrosa. Rasguñé la carne del cuello de la joven muerta, para así borrar las trazas que los colmillos habían dejado. No podía alimentarse de aquellos a los que vigilaba, y mucho menos intervenir como lo haría un soldado. Al ver su expresión desencajada comprendí que había perdido el control. Así que volví a abrazarla, esperando a que volviera en sí.



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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Hēra L. Tsakalidis el Dom Oct 29, 2017 4:52 pm

Hay veces en la vida, en que el vacío que te recorre es tal que sientes como si flotaras por el tiempo, en lugar de mecerte a su compás. Y en aquellos momentos era precisamente así como se sentía. Después de haber desatado toda aquella furia, todo aquel caos sobre aquellos objetivos, se sentía tan horriblemente vacía que incluso parpadear se le hacía pesado. Y no era la primera vez que le pasaba. Llevaba sintiéndose así tanto tiempo que ya apenas recordaba cómo era su vida sin esa desagradable emoción. Sin ese hastío. Observó el humo ascender hacia el cielo en grandes volutas, impregnando todo el aire circundante de aquel gas irrespirable. Pero ella no lo notaba. No notaba ninguna diferencia entre el oxígeno y la carencia del mismo, puesto que ya no necesitaba respirar. No necesitaba comer. No necesitaba dormir. No era humana. Su cuerpo, su espíritu, todo su ser, parecía estar en pausa. Y aquella carencia de motivación la estaba volviendo loca, lo cual la convertía en un auténtico peligro para todo aquel que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino. El monstruo de la indiferencia, de la inhumanidad, había vencido hacía mucho, y no había nada que pudiera hacerla cambiar.

Ni siquiera él. Se dio cuenta de su presencia justo antes de que su mano ejerciera aquella leve presión en su hombro. ¿Cuánto tiempo había pasado ocultándose de él, evitando toparse con aquella mirada reprobadora que no hacía sino recordarle que ya no era la mujer de antaño? Demasiado, quizá. Ninguno de los dos era como antes, pero no había duda de que sus cambios habían sido mucho mayores. En el mal sentido. Mientras que él se había vuelto más taciturno, más silencioso, y menos dado a compartir sus pensamientos; Hēra
 se esforzaba a diario por hacerse notar, y si la rabia era la única emoción que aún era capaz de sentir, abusaría de ella hasta la saciedad, sin importarle el dolor que pudiera causar al resto. ¿Acaso a ellos les importaba lo más mínimo aquel hondo silencio que poco a poco iba apoderándose de su alma? Si es que aún tenía algo parecido a eso. No. El mundo entero ignoraba que estar sumido en aquella oscuridad eterna por tanto tiempo puede ser más doloroso que la peor de las torturas. ¡Ah! Y ella sabía mucho acerca de torturas, disfrutaba reinventando nuevas y terribles formas de provocar sufrimiento en aquellos que la Inquisición marcaba como peligrosos. Se desquitaba con ellos. Y a veces, no sólo se limitaba a eso, sino que también se vengaba de aquellas que osaban dirigir sus miradas hacia su esposo. No soportaba que nadie se acercara a él sin ella estar de acuerdo. Él le pertenecía, y no debía ser de otra forma.

Oh, Abaddon... ¿dónde sino podría estar? Si tú no haces tu trabajo seré yo quien se encargue... Por más que digas que te conozco, hace mucho que ya no sé en lo que piensas... -Murmuró, colocando una de sus manos sobre la ajena, que aún reposaba sobre su hombro. Observó sus ojos sin verlos realmente. Entre ellos hacía mucho que se había abierto un abismo insalvable, y nada que pudieran hacer lograría remediarlo. - Y no, no quiero marcharme. ¿Para qué? Lo sucedido aquí quedará relegado a una misión cumplida más. Por muchas normas que se impongan, al final lo único que les importa a ellos es que los infieles sean castigados. Me gusta ver el crepitar del fuego, e imaginar que toda esta burda y desagradable ciudad se ve destruida bajo su poder. ¿Acaso no lo sientes tú también?... No, claro que no. -Sus emociones distaban mucho de estar en sintonía. Daba igual lo que dijera, las mil excusas que pusiera, conocía el significado de la palabra piedad para el que era su compañero. Los merecedores de la misma solían coincidir con aquellos que le resultaban hermosos. No podía evitarlo, y aunque quisiera, ella sabía que ni en un millón de años podría conseguir odiarlo por ello. Era, simplemente, imposible. Quería creer que era porque la costumbre podía más que el aburrimiento, pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que aún lo amaba. Aunque tuviera más razones para aborrecerlo que para tolerarlo. Y también sabía que era su carácter, tan difícil, tan complejo, lo que lo empujaba a engañarla una y otra vez. 



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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Abaddon V. Tsakalidis el Dom Dic 03, 2017 6:19 am

Observarla así, tan diminuta, tan perdida frente al crepitar del fuego que ella misma ha provocado, me hace sentir inmensamente impotente. Soy el culpable de la mayoría de los males que nos están desintegrando, no puedo negarlo, ni voy a hacerlo. A pesar de que ella tiene parte de responsabilidad en nuestros conflictos, siempre ha sido mi egoísmo lo que nos ha hecho frágiles y propensos a la autodestrucción. ¿Cómo terminaremos? ¿Cómo será nuestra eternidad a partir de este momento, si ya ni siquiera somos capaces de mirarnos a los ojos y comprendernos? Quería preguntárselo, pero probablemente ella tampoco tuviese una respuesta a semejantes preguntas. O quizá me las devolviera, cuestionándome que si tal vez no debiera ser yo quien las respondiese. Pero yo tampoco las tenía. Suspiré hundiendo la cabeza sobre los hombros. En efecto, no me creía, y no es que pudiera culparla, pero su desconfianza me dolía, me lastimaba en lo más hondo de mi ser. Quizá si hubiera hecho las cosas de un modo diferente jamás hubiésemos llegado a ese punto. Pero ya era muy tarde para arrepentirse. Muy tarde para dar marcha atrás y corregir mis fallos. Volví a abrazarla, aunque en esa ocasión fue más para intentar calmarme yo que para tranquilizarla a ella.

- Cuando no estés segura de lo que pienso, todo cuanto tienes que hacer es preguntarme. Sabes que intentaré explicártelo lo mejor que pueda, siempre lo he intentado, al menos. Es sólo que hace mucho que dejaste de preguntar. -¿O en realidad hacía mucho que yo había comenzado a decir verdades a medias? Mentir a veces me resultaba más sencillo que ser sincero. Y eso, indudablemente, había provocado que ella ya ni siquiera se molestase en comprender lo que le estaba escondiendo. De nuevo, algo más en lo que era culpable. Era francamente detestable, y me odiaba por comportarme de ese modo. Pero, ¿cómo evitarlo? ¿Cómo deshacerte de una costumbre que has tenido contigo durante cientos de años? - Hēra... sabes que no me gusta escucharte decir esas cosas. Jugar con fuego puede dañarte a ti también, ya lo sabes, ¿no? Y no sabría qué hacer si te perdiera... -Mis palabras eran sinceras, pero también escondían el temor que verdaderamente sentía: y es que mi esposa enloqueciera y prendiera en llamas todo aquello que como inquisidores se suponía que debíamos proteger.

Una vez nos hubimos tranquilizado, pude notar el frescor de las lágrimas que rodaban por sus mejillas gotearme en el cuello. La apreté aún más contra mi pecho, como si tratara de fusionar nuestros cuerpos hasta que se tornasen uno. En realidad, eso era lo que siempre había querido. Poseerla, su cuerpo, su mente y su alma, en todos los sentidos posibles. Y al no ser capaz de conseguirlo todo se había ido a pique. Mi obsesión, mi egoísmo, mis deseos de tener más, me habían llevado a alejarme de aquello que siempre había soñado con tener cerca. Era terriblemente irónico, y también estúpido. Pero era una rutina tan integrada en nosotros que ya no podíamos deshacernos de ella. Busqué sus labios y los rocé levemente con los dedos. Tan rosados como siempre. Tan perfectos como antaño. Pero tan fríos... Los atrapé con los míos, en un beso que cargaba más emoción que ninguno que le hubiera dado en décadas. - Ven conmigo, Hēra. Perdámonos juntos... -Volví a buscar su boca, y ella, esta vez, sí me respondió.



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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Hēra L. Tsakalidis el Vie Ene 19, 2018 9:24 pm

Ahora se daba cuenta de lo evidente, del hecho de que ella y su eterno esposo jamás lograran estar más de diez minutos en la misma sala sin recriminarse lo mucho que ella había hecho mal, o lo poco que él estaba haciendo bien. Ahora se daba cuenta de una realidad que se le había estado escapando durante todo el tiempo, una dolorosa realidad, que hizo que todo su ser se tambalease durante un breve instante, para dejar paso nuevamente al más oscuro de los vacíos. No había entendido nada. Pese a todos los milenios que llevaban estando juntos, pese a todas las dificultades que habían atravesado y todos los obstáculos que habían logrado saltar, Abaddon no había entendido absolutamente nada acerca de ella, de su esposa, ni de sus sentimientos. ¿De verdad pensaba que simplemente preguntando encontraría respuesta a aquellas cuestiones que los rodeaban de incertidumbre? ¡La tomaba por estúpida! O peor, todavía a aquellas alturas pensaba que podía manipularla con sus efímeras palabras cargadas de falsedad. Y aquella certeza, la súbita conclusión de que la desconocía completamente, despertó más ira en ella de la que había sentido jamás. Había ignorado por completo su vacío, su necesidad de sentir algo, la necesidad de recuperar sus sentimientos humanos, convirtiéndola en el monstruo que todos pensaban que era.

Pero ya no tenía fuerzas ni siquiera para responder con rabia ante semejante provocación. Mentir tan descaradamente, en otra ocasión, habría despertado al monstruo que llevaba dentro. En aquella ocasión, sin embargo, los brazos de la vampiresa cayeron a ambos lados de su cuerpo, sin fuerzas para resistir el abrazo, ni para impedir la caída de las lágrimas por sus mejillas. ¿Cómo era posible que a pesar de todo aquel tiempo aún le quedara capacidad para llorar? Como una niña indefensa, como una chiquilla que necesita y busca desesperadamente que la protejan. Casi pudo sentir cómo el aroma de su esposo la calmaba casi tanto como lo hacía al principio de su existencia juntos. Casi, porque ahora el rencor que sentía por él era demasiado grande y lo opacaba todo, dando a cada emoción un aspecto de lo más desagradable. ¡El era el culpable de los males que los rodeaban! ¡Él y sólo él! Porque le arrebató la posibilidad de vivir todas las facetas como mujer humana, y luego la abandonó a su suerte buscando en otras el calor que ella ya no podía darle porque él se lo había arrebatado. 

- ¿Por qué no puedo odiarte con la misma intensidad con la que te necesito? ¿Por qué a pesar de todo lo que me has hecho no soy capaz de considerar tu existencia como inexistente? Me convertiste no sólo en tu esposa, sino también en tu esclava, y me tratas como tal al negarme el lugar más especial a tu lado, otorgándoselo a otras que de nada te conocen. -Recibió el primer beso con disgusto. Era amargo, depositado con la única intención de hacer que se calmase. Odiaba ese tipo de besos porque la hacían sentir incluso más enfadada. El segundo, sin embargo, logró fundir levemente sus barreras, y correspondió. - Eres cruel, e injusto, y hoy puedo firmemente decir que en caso de haberlo sabido antes jamás te hubiese aceptado. Aunque tal vez mi oposición tampoco hubiera salvado mi existencia humana, al menos estaría avisada de lo que me esperaría al estar contigo. ¿Qué me has hecho? ¿Qué quieres hacer conmigo? ¿Dónde esperas que nos lleve esta relación sin sentido? Déjame ir. O algún día acabaré por destruirte. - No era una amenaza, era una conclusión. Tras todo el sufrimiento vividos, tras lo mucho que la había dañado, no dudaba que su locura algún día la llevara a hacer algo como eso. 



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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Abaddon V. Tsakalidis el Mar Feb 27, 2018 10:08 pm

El dolor que sentía mi alma al verla de aquella forma, al saber finalmente y por sus propios labios lo mucho que sufría, era inconmensurable. Y además, me hacía sentirme como un estúpido, al saber que el culpable de toda aquella penuria no era otro más que yo mismo. ¿De qué me servía ahora arrepentirme de lo que había hecho, si no era capaz de remediarlo? No existía forma alguna de reparar aquello que se había roto en el interior de la mujer que sollozaba entre mis brazos. Aquella que una vez se convirtió en el timón de mi existencia y a la que, en efecto, había dejado de lado, una vez su carácter dejó de parecerse al que una vez tuvo antaño. No lo había previsto, ni siquiera había pensado en ello la primera vez que mi vista se quedó prendada en ella. Todo cuanto anhelaba era tenerla, y hubiera hecho cualquier cosa para conseguirlo. Desde manipular los recuerdos ajenos hasta mentir descaradamente a los mismísimos dioses. Todo era poco si el premio a obtener era la capacidad de poseer a Hēra. Y ahora que la tenía, ¿qué estaba haciendo con mi derecho y potestad sobre ella? Ignorarlo. Centrarme en otras cosas, en otros placeres carnales más efímeros, pero también más cálidos. Compañías que, en efecto, nada sabían de mi y que no suponían más que una forma de distracción superficial. No me hacían olvidarla, ni mucho menos, ni ese era el objetivo por el que las buscaba. Pero claro, ¿cómo explicárselo sin sonar como un completo capullo? Después de todo, como ya he dicho, si ella hiciera lo mismo y se arrojara a los brazos de otro, yo ya la habría encadenado a fin de que nunca se marchara.

- Sabes que por mucho que me ruegues, que me supliques, no puedo dejarte marchar. Para mi eres tan necesaria e imprescindible como lo es el agua y el aire para los seres vivos. Como lo es el Sol para que la naturaleza siga su curso. Como lo es la sangre para nosotros, que nos ayuda a seguir adelante por milenios... No eres la única que se siente así. Yo también te necesito. Probablemente más de lo que piensas y de lo que soy capaz de explicar con palabras. -Acaricié sus mejillas limpiando las lágrimas que las habían humedecido. Vista desde esa perspectiva, aferrada a mi pecho, a mi cuerpo como estaba, nadie podría decir que ella había sido la culpable del desastre que se desarrollaba a un lado de nosotros. La pira de cuerpos seguía ardiendo, caldeando el ambiente, atrayendo a los animales nocturnos que poco a poco habían ido saliendo de sus escondites. Su piel pálida se veía parcialmente enrojecida a causa de los reflejos. Era tan hermosa, tan preciada para mi, pero aún así, no era suficiente. Porque nuestros pensamientos no estaban en sincronía. Porque todo cuanto yo deseaba era a ella, mientras que Hēra soñaba con algo que yo jamás podría darle. La sombra de la ausencia de hijos era larga, y se clavaba en nuestros corazones hondamente, pudriéndolo todo. Convirtiéndolo en rencor en su caso, y en indiferencia en el mío. No, no era la mejor de las combinaciones.

- Hēra... Hēra, mírame. -Dije suavemente, tomándola por el mentón para así hacer que me mirara. Sus ojos, nublados a causa de las lágrimas que seguían fluyendo libres, se clavaron en los míos como si buscaran atravesarme con tal intensidad. Robé otro beso de sus labios antes de sonreírle, y volver a acariciar su hermoso rostro. - Cuando mis acciones te hagan pensar que estamos lejos, por favor, mira la alianza que reposa en tus dedos, o la marca en tu hombro derecho que nos une ante los dioses más antiguos. Tú y yo somos uno, y siempre lo seremos. Por favor, te suplico, te imploro que no lo olvides. Porque yo jamás te dejaré ir, tal y como tú jamás podrás plantearte siquiera marcharte. Eres mía, y yo soy tuyo. Y todo lo que ocurra que te haga pensar de un modo diferente no es más que causa de mi egoísmo, y es reprobable, y no significa que ya no seas lo más importante para mi. Cúlpame. Ódiame. Repróchame mis errores, pero jamás me pidas que te deje marchar porque eso es en lo único en lo que no podré ceder jamás... -Sabía que era injusto al decirle todo aquello, porque no tenía dudas de que volvería a caer en la tentación. Ambos éramos conscientes de ello. Aún así, a pesar de todo, nuestro vínculo no podía romperse. No dejaría que se rompiese. Porque Hēra siempre ha sido, y siempre será, el único ser con el que compartiría la eternidad.



Última edición por Abaddon V. Tsakalidis el Vie Abr 27, 2018 7:58 pm, editado 1 vez



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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Hēra L. Tsakalidis el Jue Abr 05, 2018 1:19 am

No pudo evitarlo. No pudo impedir que sus brazos rodearan la amplia y fornida espalda de su esposo, buscando ahondar el abrazo que ahora los unía. Se odiaba por ello, despreciaba enormemente su debilidad, la forma en que las palabras ajenas la hacían perder todo el rastro del rencor que sentía por él, aunque fuera momentáneamente. Lo odiaba porque eso demostraba el poder que el vampiro, que su sire, seguía teniendo en ella a pesar del paso de los milenios. El poder que aún ejercía, a pesar de las idas y venidas, y del daño que se habían hecho el uno al otro. A veces sin querer, pero otras veces a propósito. A pesar de todo, sabía que lo que Abaddon le había dicho era la verdad. Su verdad. Algo que creía firmemente, algo que, a pesar de todos los cambios acontecidos en su relación, no había variado en absoluto. Conocía perfectamente los deseos de monopolizarla que recorrían la mente ajena. No es que no los comprendiera: ella misma despreciaba a todas las criaturas vivientes que se acercaban a su esposo, pero en el caso del vampiro mayor, era diferente. Ella jamás le había dado motivos para dudar de su relación. Siempre había puesto el vínculo que ambos tenían por delante de casi todo. Entonces, ¿por qué?

Le parecía injusto que Abaddon exigiera que sus pensamientos siempre estuvieran cargados de su persona, mientras él no dudaba en buscar consuelo en los brazos de otras que no eran ella. Y eso era algo que no sabía cómo perdonar. Algo que la cegaba de rabia, y que la hacía actuar de forma cruenta y destructiva, a pesar de que normalmente la indiferencia fuera el estado natural de su ser. Nada solía hacerla reaccionar en absoluto, a excepción de las indiscreciones de aquel que le exigía fidelidad sin prometer lo mismo a cambio. Pero a pesar de todo ello, a pesar de que fuera injusto, ahora que sus fuertes brazos la envolvían no podía negar el sentimiento de plenitud que la invadía. Que barría todas sus inseguridades de un plumazo. Era terrible lo fácil que lo tenía el vampiro para hacerla cambiar de opinión, de estado de ánimo. ¿Tan débil era? ¿Tan volátil se encontraba después de tantos golpes, de tanto sufrimiento? No podía evitar culparlo, pero aún así lo deseaba. A pesar de que sabía que no podría cambiarlo a aquellas alturas, los deseos de poseer cada fibra de su cuerpo seguían existiendo, y ardían con la misma intensidad con la que lo hacían los deseos de Abaddon por gobernar cada acción llevada a cabo por ella. 

- Es curioso que seas precisamente tú, el mismo que no duda en faltar a la institución sagrada que nos une buscando placer carnal en otras, quien me diga que esta alianza debe hacerme recordar que seguimos unidos. No te engañes por mis acciones, o por lo mucho que me conmueven tus palabras. No puedo creerte, no a estas alturas. A pesar de que me derrita cuando me susurras esas falsedades al oído, sé que en cuanto me tranquilice volverás a las andadas. Hemos perdido el fuego, eso es un hecho, Y ni yo sé cómo hacerlo regresar, ni tú pareces tener interés en que vuelva. Nos hemos acomodado en esta insalubre situación en la que yo me fuerzo por odiarte, y tú te contentas con poseer a otras esperando que por arte de magia la mujer con la que te casaste regrese del pasado. ¿A quién queremos engañar? Dejarme ir sería lo mejor que podrías hacer por mi, pero eres demasiado egoísta. Y yo, en efecto, soy incapaz de hacer nada al respecto. Es patético. -La vampiresa suspiró largamente, amargamente, sobre el pecho ajeno. Ningún sonido salía de aquel cuerpo yerto, y por enésima vez se preguntó si tal vez ese era precisamente el problema. Los dos estaban vacíos, y eso hacía que sus sentimientos se vieran irremediablemente congelados.




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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Abaddon V. Tsakalidis el Vie Abr 27, 2018 8:30 pm

A pesar de que me molestaba y hería que hablara de esa forma, que pensara de ese modo, no podía quitarle razón a las crudas palabras que mi esposa me estaba dedicando. Aunque su cuerpo cedía ante mis intentos por mantenernos cerca, nuestros corazones seguían estando a varios abismos de distancia. Podía verlo en sus ojos, en la melancolía que reflejaban los mismos y en el modo en que su voz se quebraba a medida que iba hablando. Por un momento me quedé callado, simplemente aferrando su cuerpo con todas mis fuerzas. Casi podía imaginarme el calor que emitiría, que irradiaría, de ser todavía un ser humano. Esa había sido otra de las razones del desastre en que nos habíamos hundido. Mi egoísmo era lo que me había llevado a convertirla, a someterla a mi voluntad, y aún así me atrevía a echar de menos aquello que yo mismo le había arrebatado. Era tan estúpido, tan absurdo. ¿Qué era lo que pretendía? Tenerla y afianzar el recuerdo de las noches en que aún era humana valiéndome del calor que me aportaban otras piernas, otros labios, otros cuerpos que no eran el suyo, y que jamás se compararían a su belleza. Lo viera por donde lo viese, la culpabilidad recaía en gran parte sobre mi persona, pero ni podía disculparme ni pensaba asegurar que no volvería hacerlo. Era demasiado débil, demasiado inconstante. Pero ella estaba obligada a soportarlo, a aceptarlo, porque nuestros destinos estarían entrelazados por siempre.

- ¿De verdad crees que este es el mejor momento para recordarme todas mis faltas, o para discutir mis muchos errores? -Suspiré, un tanto molesto y exasperado, aunque al notar como su cuerpo se tensaba, fruto del sobresalto, me arrepentí inmediatamente de lo que había dicho. A veces no me daba cuenta de que el único ser capaz de inspirar temor todavía en la vampiresa era yo mismo. - Quiero decir, se me ocurren cosas mejores para aprovechar esta hoguera... -Mi intento de broma la hizo sonreír muy levemente, pero me di por satisfecho. - ...También para celebrar que nos hemos vuelto a hablar, a intentar comprender, después de mucho tiempo. -Esta vez mi tono venía innegablemente cargado de excitación, de deseo, de lujuria, y eso lo captó bastante rápido, ya que no opuso resistencia alguna cuando la tomé de los hombros para que me encarase, y así buscar de nuevo sus labios, esta vez con más insistencia, casi con impaciencia. Los había extrañado tanto... ¿Por qué no podía entender que ni un millar de otras mujeres podría sustituirla, ni siquiera un ápice? Ella era la única para mi, en mis ojos, a pesar de que buscara en otras lo que ella no podía darme, ninguna jamás me haría sentir pleno. Mi plenitud venía marcada por la cercanía de nuestros cuerpos. Éramos uno sólo, por y para siempre.

La subí a mi regazo, sujetándola firmemente con un brazo en torno a su cintura, y la otra mano en sus nalgas. Su cuerpo encajaba en el mío de forma tan perfecta como de costumbre. Pronto, el calor no era simplemente un recuerdo, o una ilusión. El aliento que se entremezclaba entre nuestros labios entrelazados estaba, literalmente, ardiendo. Mi lengua invadía su boca con insistencia, rozando sus dientes, rodando en torno al cielo de la misma, recorriendola en su plenitud. La suya jugaba con la mía, me tentaba, me incitaba a seguir con mis atenciones, mientras sus manos, que se habían instalado sobre mis hombros, se aferraban a mis cabellos cuando la excitación comenzó a ser más de lo que podía soportar. Adoraba provocar aquella reacción en alguien que normalmente era tan impasible, porque eso significaba que todavía seguía siendo mía. Sí, aunque sabía de aquel hecho de forma lógica, no podía negar la satisfacción que sentía cuando también lo confirmaba con nuestros cuerpos. - Hēra, eres tan hermosa... Siempre lo has sido, pero nunca lo eres más que cuando me deseas tanto como yo te deseo a ti. Cuando me demuestras que eres mía... -Acogí el quejido que salió de su garganta al romper el beso con una sonrisa. Una vez la pasión gobernaba sus sentidos, no había nada que pudiera detenerla. Ni siquiera yo.




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Re: Don't pretend you don't know

Mensaje por Hēra L. Tsakalidis el Vie Mayo 04, 2018 6:34 am

¿Qué importan las palabras cuando el fuego comienza a devorarlo todo? Al principio se siente como una pequeña descarga. Minúscula, que comienza en el vientre, y poco a poco, va incendiándolo todo. Desde dentro hacia afuera. Desde el alma, hasta los sentidos, y nunca al revés. Porque el deseo siempre se inicia en el interior, y las caricias actúan como el oxígeno: avivándolo. Haciendo que crezca y crezca, que se vuelva cada vez más grande, más intenso. Más incontrolable. Piel contra piel. Labios empujando a otros labios. Intimidad e intimidad. Esa era la única cercanía posible entre dos seres tan opuestos como el Sol y la Luna. La más intensa. La más perfecta. Porque lo consumía todo. Consumía el rencor. Consumía las lágrimas. Consumía la obsesiva necesidad de analizar todo. Y sólo quedaban las almas y los cuerpos, desnudos. Sintiendo. Dejándose llevar, dejándose envolver por las llamas. El deseo mordía la piel, la rasgaba; como el fuego que no deja nada más que el páramo desnudo, desolado. Dos corazones rotos, fundiéndose, confundiéndose. Otra vez. Por un breve momento, por un instante antes de que la realidad volviera a golpearles de lleno. 

Con un gruñido silenció de golpe las palabras que brotaban de los labios de su amante, de su creador, de su enemigo. Con un gruñido le devolvió a la desnudez con la que ambos volvían a sentirse unidos, como hacía mucho que habían dejado de estarlo. La desnudez era la clave. La clave para olvidar todo momentáneamente. Para detener el tiempo. Para que el fluir de los segundos dejara de importarles. Era la clave para aplacar a la bestia, y devolverle parte de su humanidad perdida. La parte más importante. La que la hacía ser vulnerable, y a la vez, poderosa. La que la hacía amar con intensidad, sin ningún atisbo de duda. La que él le había arrebatado con el paso de los milenios, y que ahora le devolvía. No quería que hablase. No necesitaba que hablase. Porque ambos sabían que aquel momento sería demasiado fugaz como para perder el tiempo con pensar acerca de ello. Tras desabrochar la camisa de su esposo, dejó que sus manos tantearan la marmórea piel de su torso. ¿Cómo un ser tan cruel podía ser a la vez tan hermoso, por qué la hacía enloquecer de aquel modo? Y sobre todo, ¿por qué no era ella la única que conocía el tacto de aquella piel que antaño creía ser solo suya?

Cállate y no dejes de besarme. Demuéstrame lo mucho que has aprendido, que has mejorado, tras practicar con todas esas furcias... Demuéstrame de qué han valido todas esas escapadas nocturnas en las que traicionabas sin descanso el vínculo que nos une. El vínculo que tú mismo creaste. Pero no esperes que mi rencor se apacigüe simplemente con esta cercanía. Esto es una tregua: no una muestra de perdón. -Ni siquiera se molestó en procurar que lo hubiera entendido. Estaba ocupada reencontrándose con el ser que la había convertido en lo que era, que la había hecho sentir mujer y monstruo al mismo tiempo. Arañó su espalda musculada, movida por el deseo de que ambos volvieran a convertirse, de nuevo, en uno solo. En un único ser, indivisible, imposible de diferenciar. El uno para el otro. Parte de un todo que incluía únicamente sus cuerpos, sus almas, y el bosque que aún ardía a causa de los acontecimientos de hacía un rato. ¿Porque qué importa perder unos minutos, unas horas, sumidos en una vorágine de sentimientos, ajenos al tiempo y al espacio, si luego tendrían toda una eternidad por delante para seguir odiándose? Para seguir amándose. Para seguir buscando formas diferentes de hacerse daño el uno al otro... Y arrepentirse después.

Los labios ajenos no volvieron a despegarse de los suyos, si el motivo era porque sus palabras habían vuelto a ofender al hombre o simplemente porque estaba siendo él también fundido por el deseo, realmente no lo sabía. Pero tampoco es que importase demasiado. Al notar los brazos de su amante, rodeándola, buscando acentuar aún más su cercanía, sus manos decidieron por su cuenta envolverlo a él también. Tiró de sus cabellos, forzándolo así a echar la cabeza hacia atrás, profundizando el interminable beso que la hacía estremecer de arriba abajo. No tardó mucho en notar la dureza del miembro ajeno rozarle los muslos, algo que la hizo sonreírse con satisfacción. Aún era capaz de provocar ese tipo de reacciones en Abaddon, así que quizá el fuego aún podía existir entre ambos. Lo que faltaba era la chispa, la capacidad de reactivar aquel tipo de sensaciones. Pero una vez la mecha se prendía, ya no había forma de detener el transcurso del incendio que ahora los envolvía. Liberó su erección con manos hábiles, pero también temblorosas, aunque no sabía si ese temblor era fruto de la excitación o de la frustración. ¿Por qué? ¿Por qué de semejante acto no podía nacer ningún fruto? Eso era lo que les faltaba, lo que siempre les había faltado. El detonante de gran parte de sus problemas. Pero a aquellas alturas eso ya no importaba. Ansiaba volver a recordar las sensaciones que aquella parte de su fisionomía podían despertar en ella. Recorrió toda la extensión del miembro con ambas manos, presionando, rozando, incitando. La notaba vibrar bajo sus atenciones, y no pudo evitar gemir de satisfacción. En aquel momento, Abaddon era solamente suyo.



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