Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Astártē el Dom Oct 29, 2017 12:01 pm

Las voces comenzaron a resonar por el recinto apenas veinte minutos después de que la puerta de aquella habitación se hubiese cerrado. - ¡Exijo unas disculpas! ¡¿Qué se ha creído esa zorra?! ¡Soy un cliente! ¡Qué menos que ser tratado con el respeto que merezco! ¡Sólo es una puta! ¡No tiene derecho a negarse! -Un hombre de aspecto corpulento, que llevaba más pieles puestas encima de lo que nadie se habría puesto, combinadas sin ningún tipo de delicadeza, era arrastrado al exterior por un par de fornidos guardias. Los mismos que siempre se colocaban a ambos lados de la puerta que daba a la habitación de Astártē, quien se había asomado al umbral con cara de pocos amigos, con un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos índice y corazón. Se notaba que estaba furiosa simplemente con mirarla, y a pesar de que todo aquel jaleo atrajo la atención del resto de prostitutas y clientes, que la miraban con curiosidad, la mayoría de las cortesanas sabían por experiencia que cosas como aquella eran bastante más frecuentes de lo que muchos se esperaban. 

- ¿Qué ha sido esta vez? -Preguntó la encargada de turno, al percatarse en la presencia de Astártē, quien parecía abstraída en sus propios pensamientos. Sabía que no era buena idea molestarla cuando estaba tan enfadada, pero luego sería a ella a quien pedirían explicaciones en caso de que hubiera algún tipo de queja. Por suerte para todos, muchos de los clientes que iban allí lo que menos querían eran provocar un escándalo, así que eso no ocurría demasiado a menudo. No obstante, era su obligación preguntar, a pesar de que ya se imaginaba la respuesta que obtendría por parte de la rubia. - No sé lo que habrá pasado, pero ese era un buen cliente, a pesar de que fuera la primera vez que requería de tus servicios. ¿Estás segura de que era necesario hacer que lo echaran? -Su tono, más que autoritario, parecía preocupado. El temperamento de aquella joven no era algo para tomarse a la ligera.

La mujer se la quedó mirando sin decir nada, dando rápidas caladas a lo que le quedaba de su cigarro. No parecía con muchas ganas de hablar, y la cara de disgusto que puso le dejó ver a la otra que fuera lo que fuera lo que había sucedido, no había sido demasiado agradable. - Quería que bebiera su orina, y yo simplemente le he dicho que no existe oro suficiente en el mundo para hacer que yo me beba nada que salga de su cuerpo. -Se encogió de hombros, dando por terminada su explicación. La mujer se quedó boquiabierta, no podía creerse que nadie hubiera tratado a alguien tan altivo como aquella muchacha de semejante forma. Suspiró y asintió.

- Un poco más de tacto hubiera estado bien... -Aventuró a decir, pero la gélida mirada que le dedicó su compañera de profesión la hizo callar inmediatamente. Probablemente eso no fuera todo lo que había pasado, pero ni ella tenía ganas de seguir preguntando, ni la otra iba a querer responder, así que volvió a asentir, dando por zanjada su reprimenda.

- Es mi cuerpo lo que está en venta, no mi dignidad. Si cree que sólo por haber pagado por mis servicios voy a aguantar sus malos modales, se equivoca. Si lo que quiere es eso, debería buscarse una esposa. - Era bien sabido que Astártē sentía un gran rechazo por la institución del matrimonio. Los rumores decían que era porque un antiguo amor suyo la había abandonado por otra justo antes de su enlace. Las habladurías comentaban que el motivo que le había dado aquel malnacido era que la otra le ofrecía un título y era más fácil de manejar. Todo aquello no eran más que falacias, sin embargo, lo cierto es que casi nadie sabia nada sobre su vida una vez salía del burdel. Su estatus era un misterio, así como su verdadero nombre o su auténtica procedencia. Así es como ella quería que fuera. No necesitaba que nadie se interpusiera en sus asuntos. Ella conoció el amor una sola vez en su vida, y no quería ni necesitaba volver a experimentarlo. Su rechazo al casamiento no era más que una muestra más de su desprecio a los convencionalismos sociales y restrictivos de la época. Astártē tenía un espíritu demasiado libre como para atarse a nadie en concreto.

Dando por zanjada la conversación, la prostituta regresó al interior de la habitación, cerrando la puerta con un fuerte golpe que hizo que algunas de las otras putas se sobresaltaran. Una de ellas, de las más novicias, frunció el ceño, girándose para hablarle a otra, su mentora. - ¿Eso es todo? ¿No piensan reñirla? Sé que ese hombre es un cerdo, pero siempre se deja una fortuna en este sitio. -Sonaba más frustrada que confusa. Si ella hubiera hecho algo semejante, la azotaina a recibir sería más que terrible. 

La otra mujer, en cuyos cabellos ya se apreciaban algunas canas, negó con la cabeza, dibujando una leve sonrisa. - ¿Por qué? Todos aquí conocen su carácter, y de hecho muchos vienen a verla por eso mismo. Entre sus habituales hay muchos miembros de la realeza, que se gastan sus fortunas en ella. Es muy selectiva, así que sólo deja que regresen a verla aquellos que ella misma escoge, pero éstos lo hacen con asiduidad, a veces únicamente para entablar conversación. Ese hombre venía mucho por aquí, en efecto, pero era la primera vez que la escogía a ella... Y el pobre diablo la ha tratado como nos trata a las demás. -Si algo quedaba claro era que, en el prostíbulo, como en la vida, también se le concedía más importancia al estatus que a otra cosa. A pesar de que todas, al final, se dedicaran a abrir las piernas, el precio a pagar por ésto distaba mucho de ser igualitario.


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Re: · The Mask we Live in ·

Mensaje por Abaddon V. Tsakalidis el Sáb Dic 02, 2017 11:43 pm

Decir que todos los hombres necesitan aliviar sus necesidades... fisiológicas... de vez en cuando no es exactamente una mentira, pero sabía perfectamente que tampoco era completamente verdad. Se supone que estar casado implica cierto grado de compromiso, de confianza. Pero también de obligación. Y en las últimas décadas la cantidad de veces en que mi esposa se había ofrecido sin rechistar a hacer caso de dichas necesidades habían escaseado notablemente. No voy a negar que eso puede ser culpa mía, por mis continuos deseos, pero ¿acaso no comprende que éstos se verían tremendamente reducidos si en lugar de estar tan abstraída en lo que le faltaba, prestara más atención a lo que ya tenía? Aquella noche había empezado como una más entre tantas otras. Sin misiones en las que trabajar, la monotonía de una eternidad juntos nos reconcomía a ambos y se convertía en una especie de silencio pesado y molesto que ninguno de los dos parecía tener intención de romper. Yo, por no saber que decir. Y ella, porque probablemente lo que fuese a decir no iba a ser precisamente agradable. La oferta llegó de forma igualmente insulsa, y como era de esperarse, la respuesta que ella me ofreció fue negativa.

Así que, una vez más, decidí tomar cartas en el asunto. Y por la mirada de desprecio que Hēra me dedicó al salir por las puertas, supe instantáneamente que ella ya sabía hacia dónde me dirigirían mis pasos. Lo reconozco, la punzada de arrepentimiento me golpeó de lleno, pero ni siquiera eso fue capaz de detenerme. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? Cuando tienes tanto tiempo entre tus manos, pararte sin hacer nada es tan molesto como peligroso. Eso mismo había sido el cáncer de nuestro matrimonio, y lo seguía siendo en aquel momento. El cochero me miró con una leve sonrisa. Él también comprendía a dónde quería que me dirigiese. En las noches en que salía a solas sólo habían un par de lugares en los que me apeteciera perderme. Por mi semblante, algo airado y mi ceño fruncido, estaba claro que el burdel era el destino elegido para aquella noche. Olvidar mis frustraciones con el calor de otros cuerpos siempre había sido mi mejor medicina. Y no es que tener a Hēra no me satisficiera -de hecho, si ella hiciera lo mismo la habría encadenado-, pero hacía mucho desde que nuestros encuentros fueran cálidos.

Al entrar al establecimiento, ricamente decorado y lleno de actividad a esas horas del día, me sorprendió ver a la gente tan alterada. Normalmente aquel sitio, a pesar de ser un lugar dedicado a lo obsceno, tenía un aire de intimidad que siempre me había agradado. Era el más "distinguido" de la ciudad, después de todo. Al preguntar a un par de individuos, me enteré de que la "número uno" había tenido alguna clase de problema con un cliente, al que se habían tenido que llevar a rastras. Movido quizá por la curiosidad, más que por otra cosa, cambié mi rutina de escoger a una novicia para pedir una cita con la susodicha. Los rostros de la encargada, al igual que el de las otras cortesanas me miraron con duda, pero la suma ofrecida era cuantiosa, así como lo era el prestigio que se me concedía como cliente asiduo. Me hicieron esperar durante una media hora en una sala aislada del resto, donde me dijeron que la joven aparecería al rato para explicarme el funcionamiento. Todo aquello me resultó francamente curioso, y es que no entendía qué secretos podría tener una profesional en ese campo que tuviera que explicarme a mi, precisamente. Pero esperé, paciente, a que ella apareciera.

Y a la hora estipulada, ni un minuto más tarde, lo hizo. Su cabellera rubia y sus ojos penetrantes no eran para nada como los había imaginado. En mi experiencia, la mayoría de prostitutas tenían alrededor de sí un aire que las hacía ver como si fueran fáciles de complacer, pero en el caso de aquella mujer, parecía todo lo contrario. Era altiva, saltaba a la vista. Y eso me hizo comprender al instante por qué era la más solicitada.




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Abaddon V. Tsakalidis
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