Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The beauty or the beast {Slavik Smarag}

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The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Etel Bognár el Sáb Nov 18, 2017 6:27 am

«She may be the beauty or the beast
May be the famine or the feast
May turn each day into a Heaven or a Hell»
She — Elvis Costello


Su madre siempre le había contado lo buena que fue, lo grandiosa que pudo llegar a ser hasta que su desgraciado padre la tocó. Se lo repitió hasta la saciedad, y Etel creció con el convencimiento de que ella también sería una gran bailarina. Sus progenitores lo fueron, ¿qué se lo impedía a ella también? Lo cierto es que la pregunta no debía qué, sino quién, y la respuesta tenía nombre y apellido: Patrik Rózsa. Su maldito padre le había negado tantas oportunidades de brillar en el escenario que el odio que sentía Éva empezaba a hacer mella en también en Etel. La única diferencia entre madre e hija residía en que la mayor se dio por vencida y se limitó a odiar al hombre que la había hecho caer, mientras que la otra no pensaba dejar que Rózsa se saliera con la suya. Se había jurado a sí misma que bailaría junto él, pero primero tenía que demostrarle lo que realmente era capaz de hacer. Ese era el único motivo que tenía para viajar a París: entrar a formar parte del ballet de la ciudad, muy famoso en ese mundo por la calidad de sus artistas. Si su padre la veía ahí, sabría que había dejado escapar una oportunidad de oro con ella, y el simple hecho de imaginárselo suplicándole que bailara con él le producía un cosquilleo en el estómago que muy pocas cosas conseguían reproducir.

Su llegada a la capital, sin embargo, no fue lo que la húngara se había imaginado. Pensó que con su experiencia y el don natural que creía tener sería suficiente para que la ópera se pelease por tenerla en el cartel, pero nada más lejos de la realidad. Ni siquiera la invitaron a que hiciera una demostración, cerrándole así todas las vías que podía tener a su alcance. Estaba claro que necesitaba de alguien que hiciera de aval y que la ayudara a entrar a formar parte del cuerpo de ballet, pero aquí se juntaba su segundo problema: no tenía suficiente dinero como para pagarse la estancia y la academia de baile al mismo tiempo. Con su trabajo en el cabaret podía seguir viviendo de una forma más o menos cómoda, pero eso no era suficiente. Etel Bognár necesitaba brillar.

Ella supo desde antes de marcharse que volver a Budapest no era una opción; cuando pisara su tierra de nuevo lo haría como la estrella que planeaba ser, y no antes. Entonces, ¿qué podía hacer? Aunque no fuera una mujer que se diera fácilmente por vencida, la joven bailarina estaba empezando a dudar de que aquel viaje a París hubiera sido buena idea. Creyó que las cosas sucederían de manera natural porque ella era la descendiente de Patrik Rózsa y Éva Bognár, dos de las mejores estrellas que había dado el ballet. ¿Acaso hacía falta algo más? ¡Lo llevaba en la sangre!

Su suerte, sin embargo, cambió el día en el que, al pasar frente al edificio de la ópera —siempre modificaba sus recorridos para pasar por esa calle—, vio que mucha gente entraba vistiendo el luto. En esa ocasión, la curiosidad ganó, así que se ajustó la capa oscura al cuerpo para ocultar el vestido colorido que llevaba debajo y se mezcló entre la multitud. Vio caras conocidas, demasiadas para tratarse de una coincidencia, y enseguida se dio cuenta de qué era aquello; acababa de acudir al homenaje por el fallecimiento de Alice Deville, una bailarina extremadamente conocida y ganadora de múltiples premios, según rezaba un hombre que había empezdo a hablar sobre la vida de Alice. Etel se dio la vuelta para salir de allí cuando, de pronto, escuchó un nombre que le resultó familiar. Slavik Smarag. Se paró en seco y siguió escuchando. Había visto ese nombre en algún sitio, ¿en algún cartel, quizá? Hizo memoria hasta que al fin resolvió su misterio. Había una pequeña academia en el centro de París regentada por alguien que se llamaba igual. Como caída del cielo, una idea cruzó la mente de Etel, que salió de allí tan rápido que parecía que nunca había estado presente.

Al día siguiente acudió temprano a la mencionada academia de baile con una carta en el bolsillo firmada por la mismísima Alice Deville. Sí, sí, una carta de la difunta. ¿Cómo lo había conseguido? Etel no había tenido el placer de conocer a Deville, pero, según su carta, era casi como una hija para ella. Pedía, a quien fuera, que ayudara a la joven portadora de esa misiva, de nombre Etel Bognár, porque ella, Alice, creía firmemente en sus habilidades y sabía que sería una bailarina grandiosa, si se le daba una oportunidad.

Caradura como nunca, dibujó su expresión más desolada y pidió hablar en privado con Slavik Smarag, alegando que tenía algo urgente que contarle. Una pequeña mentirijilla no haría daño a nadie, ¿no?


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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Slavik Smarag el Lun Dic 11, 2017 11:31 pm

-Más lento, más lento, ¿a dónde pretenden llegar? Vamos, cuiden las terminaciones de sus manos –pidió con su usual voz calma mientras observaba a sus cuatro alumnos-. Chassé, demi-plié, bien… ¡Otra vez desde el inicio! Esta vez ven tú adelante, Nadine.

La música que el maestro –un anciano de unos setenta años ya- tocaba con su piano envolvía todo en la clase de baile de Smarag. No podía negarlo, ese grupo era su favorito, tranquilos, deseosos de perfeccionarse… Algo lentos en el aprendizaje a decir verdad, pero tenían lo que se necesitaba tener para poder llegar lejos. Los veía y se veía a sí mismo muchísimos años atrás, en sus comienzos.

-No se apuren, respiren –les pidió y se acercó al centro de la sala para él mismo hacer los ejercicios junto a ellos-, sientan la música, conecten su cabeza con la melodía que el maestro Hayes está interpretando y... ahora.

La primera parte de la clase estaba llegando a su fin. Le seguiría una sesión de cuarenta minutos de improvisación. Pese a que improvisar no estaba bien visto en el ballet –en lo absoluto, pues todo debía estar perfectamente estructurado y debía seguir los parámetros clásicos de aquel arte-, a Slavik le gustaba que sus alumnos pudiesen ejercitar la conexión que el cuerpo necesitaba tener con la melodía. A todos les hacía bien ese momento especial de cada clase, de distintas formas, claro. Al maestro Hayes, que podía interpretar al piano lo que desease, a sus alumnos que podían sentirse libres en medio de lo que tanto amaban, y a él que como profesor tenía la oportunidad perfecta de observarlos, de identificar sus fortalezas y debilidades.

Helen Hayes, la esposa del maestro Hayes, le ayudaba a mantener en pie su academia de baile. Si no fuese por esa anciana, a la que sentía su segunda madre, todo aquello se hubiera desarmado hacía mucho tiempo. Slavik se sentía unido a ellos y ellos encontraban en la academia de él un motor para su vida que antes era gris y monótona, más ahora tenía utilidad. Fue la misma Helen quien interrumpió su clase ese día, avisándole que había alguien en la recepción que pedía hablar con él de manera urgente. A Slavik no le gustó nada ser interrumpido, pero se fiaba de la mujer y si ella decía que era algo importante él atendería el asunto.


-Terminen con esta rutina, volveré en un minuto y comenzaremos con la libre interpretación, sé que la están esperando –les explicó y, antes de salir por la puerta rumbo a la pequeña recepción improvisada, palmeó al maestro amistosamente en el hombro mientras el hombre no dejaba de tocar.

Él, que solía admirar la belleza de las mujeres mayores, esas que tenían edad parecida a la suya real, quedó subyugado por la hermosura de la joven visitante en el acto, tanto que le costó hablar desde el principio.


-Soy el maestro Smarag –se presentó, tras el momento de incomodidad, y le tendió su mano-, ¿me buscaba? Me temo que tengo poco tiempo, estoy a la mitad de una clase, señorita.


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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Etel Bognár el Dom Dic 17, 2017 12:41 pm

La espera se le hizo eterna, tanto que empezó a dudar de que aquella mujer que la había recibido hubiera ido realmente a darle el recado al maestro Smarag. Aún así, aguantó estoicamente a que el hombre que esperaba saliera a la recepción. Desde el fondo del pasillo le llegaba la suave melodía de un piano, y los ojos de Etel se desviaron instintivamente en aquella dirección, pero desde donde se encontraba no podía ver la puerta de la sala. Se mordisqueó el labio inferior con fuerza hasta casi hacerse sangrar, y repasó todo lo que ella misma había escrito en la carta. Debía sonar creíble y, sobre todo, lastimera.

Sacó la carta del bolsillo y la desdobló. ¿Habría conseguido falsificar bien la letra? De pronto tuvo tantas dudas que se giró para salir, pero unos pasos delicados en su espalda la obligaron a volverse. Frente a sí vio a un hombre, mayor que ella, pero, definitivamente, muy joven para tratarse del mismo Slavik Smarag que había ganado tantos premios junto a la difunta Alice. No faltó la expresión de sorpresa en el rostro de Etel, acompañada de un silencio bastante más largo de lo normal por parte de él.

Sí, señor —contestó, soltando la mano que le había tendido él—. Lamento mucho haberle molestado, no tardaré, se lo prometo. Es que… —Hizo una pausa muy dramática y subió las manos hasta su pecho, con la carta todavía asida entre los dedos—. Me llamo Etel Bognár, provengo de Budapest y he llegado hace poco tiempo a París —se presentó—. Llevo días buscando una academia de ballet en la ciudad, pero todavía no he conseguido que ninguna me haga ni siquiera una prueba. He traído una carta de mi antigua profesora en la que asegura que tengo talento para la danza. Léala, por favor; verá como no miento. —Parpadeó varias veces fingiendo que estaba a punto de llorar y estiró la mano para entregarle la carta—. Señor Smarag… mi sueño siempre ha sido bailar en los grandes teatros, al igual que lo hizo mi madre. Ella tuvo que abandonarlo cuando me tuvo a mí, y sólo quiero honrarla y que se sienta orgullosa de su hija.

Dejó que leyera la carta, o, al menos, que comenzara a hacerlo, y permaneció en silencio durante unos segundos. Consiguió incluso derramar alguna lágrima que se secó rápidamente con el dorso de la mano, pero siendo muy consciente de que Slavik veía todos los movimientos que realizaba.

Señor Smarag —comenzó de nuevo—, mi profesora, Alic… no, disculpe, es la costumbre. La señora Deville —¡ay, Etel! Deberías dejar la danza y dedicarte a la interpretación— me enseñó mucho, mucho, sobre el ballet. Decía que, con su ayuda, yo llegaría lejos, pero enfermó y… —Se cubrió la boca con una mano y fingió una congoja que lejos estaba de sentir. Si ni siquiera había conocido a la pobre Alice—. Yo la apreciaba mucho, para mí era casi como una segunda madre. Creía mucho en mí y se esforzó tanto… Sé que si consigo mi sueño también la honraré a ella. Siento que se lo debo, por todo lo que hizo por mí, pero parece que nadie me quiere dar una oportunidad, y yo ya no sé qué más puedo hacer… ¿Podrá usted ayudarme, por favor? —Se atrevió a dar un paso hacia él, pero sin quedarse demasiado cerca—. El dinero no será problema, señor. Le prometo que pagaré mis clases rigurosamente, trabajaré lo que haga falta para conseguirlo. Tengo algo ahorrado, mire. —Sacó de su bolsillo un saquito lleno de francos que sujetó con ambas manos—. Sé que no es mucho, pero de verdad que no le supondrá un problema.

Volvió a mirarle con los ojos anegados en lágrimas —todas falsas, por supuesto— y estudió su rostro. Seguía convencida de que aquel apuesto hombre no podía ser el mismo que su supuesta maestra conoció antaño, así que, si tenía relación con él, debía ser un hijo. ¿Sería así? ¿Estaría hablando con el hijo del famoso Slavik Smarag? Tragó saliva y esperó, puesto que era lo único que podía hacer para ver si su mentira había germinado ya.


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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Slavik Smarag el Vie Ene 19, 2018 11:22 pm

Nada lo había preparado para una emoción así. Alice. Su Alice, la mejor amiga que había tenido, su gran confidente… la única a la que le había contado su secreto mejor guardado. Miró a la muchacha antes de tomar la carta entre sus manos, si fuese otra la situación él se limitaría a decirle que no había lugar para ella en la clase, él era maestro de grupos reducidos, era así como le gustaba enseñar y era por eso también que tan bien le iba: se concentraba en unos pocos y prefería calidad antes que cantidad. Leyó la carta, pero algo de lo que la muchacha decía llamó su atención y se volvió hacia ella. ¿Hablaba en pasado de Alice?

-¿Alice ha muerto? ¡Oh, Dios mío! –exclamó y necesitó apoyarse en la pared más cercana, el golpe fue demasiado fuerte para él. No merecía enterarse de esa forma-. ¿Qué le pasó? ¿Sus hijos están bien? ¿Cuándo? Yo… tengo tiempo sin verla, demasiado a decir verdad.

Se había alejado de ella para no ponerla en peligro, para que el secreto que tan bien le guardaba no acabase por comprometerla. Intentó volver a leer la carta pero no pudo hacerlo, estaba realmente conmocionado, y tampoco podía seguir con claridad el hilo de lo que la muchacha decía... le hablaba de su madre, bailarina también, Slavik quería oír aquello en detalle pero no podía concentrarse, la noticia lo había destruido por dentro.

-Me temo que no entenderé nada de lo que me digas en estos momentos –le dijo, con un gesto para que no le contase nada todavía-. Ven, claro que eres bienvenida en mi escuela. Si Alice vio algo especial en ti es que sin dudas lo tienes, confío plenamente en ella y en sus conceptos. Yo… Alice –susurró ese nombre con culpa por no haber sido un amigo más presente. Intentaría remediarlo, acogiendo a la discípula de su amiga podría de alguna manera sentirse cerca de ella-. Ven, empecemos. ¿Traes ropa más apropiada? Sígueme.

Ella también lloraba, lucía afectada y Slavik entendía lo difícil que era perder a una maestra. Quería decirle que todo estaría bien, que él acogería a todos los alumnos que fuesen de Alice, estaba seguro que su antigua compañera haría lo mismo si las circunstancias fuesen al revés. Pero no podía hablar, simplemente la tomó de la mano para acompañarla, para demostrarle que no estaba sola en ese dolor, ahora eran dos y por eso, por Alice, estaban unidos. Luego inspiró y se encaminó de nuevo hacia el salón donde estaban sus alumnos. Se acercaba el momento de improvisación y quería verla, conocer las debilidades y fortalezas de… ¿Etel? A penas había retenido su nombre. No era que fuese un insensible, en lo absoluto, sino que su refugio siempre había sido la danza y a ella recurría cuando el dolor lo traspasaba.

-Puedes cambiarte por allá, si no traes ropa apropiada hay algunas prendas en el segundo cajón, están limpias y deberían irte. Ya hablaremos mejor de todo, te lo prometo, principalmente de esto –levantó la carta- luego, que ahora no tendré cabeza para nada, me has dejado de piedra. Te prometo que luego de la clase nos tomaremos un café y podremos hablar más tranquilos.

Solo la danza podría mitigar su dolor en esos momentos, por lo que Slavik Smarag se dispuso a bailar en una entrega total a la melodía en tanto esperaba a que la muchacha regresase. Giró y giró, como si fuese un alumno más, y se permitió honrar así a su adorada Alice. Las lágrimas no faltaron en sus ojos, era dolor por no haber estado presente en sus últimos momentos y también porque con ella se perdía la otra mitad de sus recuerdos, de esos momentos que de a dos habían transitado. Solo le quedaba la danza.


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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Etel Bognár el Dom Ene 21, 2018 11:49 am

No volvió a hablar, simplemente se limitó a esperar a que leyera la carta y le dijera si podía entrar en su escuela de baile. Etel creía que su actuación había sido creíble, pero eso sólo podría confirmarse con la respuesta del hombre. Sin embargo, ésta no fue para nada la esperada por la húngara. Cuando Slavik se dio cuenta de lo que le había ocurrido a la famosa Alice Deville, se derrumbó, y hasta Etel fue capaz de verlo con su simple mirada de humana. Parecía que sí la había conocido en vida, y la relación con ella debía haber sido bastante fuerte. La joven no terminaba de entender cómo un hombre tan joven llegó a conocer a una mujer ya mayor como lo era Alice, pero no le dio más importancia de la que tenía para ella, porque parecía que su plan había funcionado.

¿Conocía usted a... ? —dijo, llevándose las manos a la boca—. ¡Oh, Dios Santo! Discúlpeme, no creí que… oh… —Sonó afectada, y para darle más dramatismo a la situación, se agarró las manos y las llevó al pecho—. Esta no es manera de conocer una noticia de este calibre. Perdóneme, por favor, de haber sabido que la conocía habría sido mucho más sensible —mintió.

Agradeció el hecho de que Slavik no le hiciera más preguntas por el momento, puesto que todavía no sabía qué historia le contaría sobre Alice. No tenía ni la más remota idea de qué le había pasado, cómo habían sido su vida y su muerte, pero, contara lo que contase, debía sonar creíble para que él no descubriera la farsa. Algo sencillo sería lo ideal; unas fiebres, por ejemplo. Hasta los hombres más fuertes fallecían a causa de las fuertes toses que causaban las enfermedades respiratorias, y eso era mucho más digno que morir deshidratado debido a una diarrea. No conoció a la vieja bailarina, pero no era tan desalmada como para desearle un final tan maloliente. Al fin y al cabo, parecía que le estaba abriendo las puertas de su futuro.

Bajó la cabeza y dejó que las manos reposaran unidas frente a ella a la altura de sus caderas. No le hizo falta esperar mucho más tiempo, puesto que le tomó la mano y la guió por el pasillo de la academia. Escuchó el piano del salón de baile y, cuando llegaron a su altura, vio a través de la puerta semiabierta a los alumnos haciendo distintos movimientos de ballet. El corazón de Etel iba a salírsele por la boca. ¡De verdad lo estaba consiguiendo, al fin!

Gracias. —Sonrió. Por primera vez, sus palabras fueron sinceras—. No he traído nada más apropiado, pero iré a buscar algo. Qué despistada soy —dijo, se mordió el labio inferior y se secó las últimas lágrimas que cayeron por su rostro—. No tardaré. Gracias, gracias de verdad.

Vio como el cambiante desaparecía en el salón y ella desapareció por el pasillo, entrando en la salita que Slavik le había indicado. Buscó en el segundo cajón algo que le pudiese valer, y no tardó en dar con unas prendas que se ajustaban perfectamente a su composición. Su cuerpo era menudo y fibroso, como el de todas las bailarinas. El tiempo sin practicar la había vuelto algo menos flexible, pero sus movimientos seguían siendo tan gráciles y etéreos como los de un pañuelo de seda movido por el viento. Eso se vio rápidamente en cuanto se puso las zapatillas de ballet y fue corriendo hasta el salón, con la falda larga ondeando tras ella. Parecía como si flotara sobre el suelo.

Antes de llegar a la puerta se paró en seco y se recogió el cabello en lo alto de la cabeza. Lo sujetó con unas cuantas horquillas que llevaba en la boca y se asomó casi antes de terminar. Observó bailar a los que pronto serían sus compañeros y, entre ellos, al propio Slavik. Por un momento no pudo apartar los ojos de él; su forma de moverse era mágica, hipnótica y sumamente atractiva. Etel tragó saliva y entró en el salón. ¿Debía bailar ella también?

Caminó hasta situarse cerca de los demás y se agarró a la barandilla que había en la pared. Decidió que empezaría por unos movimientos de calentamiento, algo que no le vendría mal fuera lo que fuera lo que tendría que hacer a continuación.


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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Slavik Smarag el Lun Feb 19, 2018 7:14 pm

Por algunos minutos, el maestro Smarag perdió noción del tiempo y el lugar. La música lo trasladaba, lo llevaba a revivir sus recuerdos más preciados. Estaba nuevamente en Rusia, bailando con Alice que se dejaba elevar, confiada, por la fuerza de sus brazos. Viajaba en barco junto a su amiga y compañera rumbo a Inglaterra para una presentación. La consolaba en una oscura noche sin luna mientras ella se enteraba, por carta, de que su madre había fallecido mientras ellos se hallaban girando por el mundo con la compañía de baile. Alice, su hermana del corazón… Mi mejor recuerdo es nuestro secreto, le había dicho él una vez y era cierto. Mas ahora solo quedaba Slavik para cuidar todo eso que habían compartido.

Volteó y la vio calentando en la barra. Observó su reflejo en la pared espejada, su rostro lucía concentrado. ¿Quién era? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué lo habría buscado a él? Tal vez la muchacha ya le hubiera respondido todo aquello, pero poca era la atención que Slavik le había prestado. Se acercó por detrás, con intención de llevarla al centro del salón, donde el resto de sus alumnos bailaban solos o en duplas. Era el momento más ansiado de la clase: libre interpretación. Cada uno se movía con libertad, inspirados por la melodía del piano. Slavik podía percibir sus auras, y generalmente sacaba provecho de eso para saber quienes se concentraban de verdad y quienes solo buscaban agradarle, pero no ese día. Ese día pensaba en Alice y en la discípula de ella de la que tendría que hacerse cargo.


-Quedan unos veinte minutos de danza libre –le dijo y apoyó sus manos en la cintura de ella, la miró a los ojos a través del espejo y no reparó en lo enrojecidos que los propios estaban a causa del llanto-. Lamento que tengamos que empezar así, ¿pero cómo sino?

Profundizó el agarre, como pidiéndole permiso, y sin esfuerzo la levantó para llevarla al centro. Con ella elevada sobre su cabeza, Slavik se movió en développé hasta el centro del salón donde la bajó con suma elegancia, para permitirle que se moviera entre los demás muchachos. No reparó en las miradas de ellos que no dejaban de preguntarse quién era ella y por qué nada más llegar estaba bailando a la par de ellos, los alumnos más selectos de Smarag.

Slavik la dejó hacer y con movimientos lentos retrocedió hasta el piano donde se quedó quieto y de pie junto al maestro Hayes, observando a su nueva alumna. Sí, algo en sus movimientos le recordaba a Alice, pero no podía saber qué y tampoco si lo estaba imaginando producto del dolor. Las posiciones del cuello y de los brazos debían pulirse, pero las piernas se movían con maestría, lo mismo el dominio del tronco. No podía apartar la vista de los pies de la muchacha, era buena y en ellos no necesitaría trabajar de momento. Salió del salón y el aire fresco lo golpeó.


-Helen, hermosa –le dijo a la recepcionista-. En quince minutos da por finalizada la clase en mi nombre, no tengo fuerzas para nada. He recibido una pésima noticia –las lágrimas otra vez. La mujer lo notó y en silencio, sin preguntar nada, lo abrazó. Slavik besó la frente de ella y volvió a hablarle-: Dile a la muchachita nueva que suba, quiero hablar a solas con ella. Etel… creo que su nombre es Etel.

-¿A tu casa, Slavik? –le preguntó asombrada, pues nunca un alumno había traspasado al área personal donde vivía el maestro.

-Sí, a mi casa. Dile que la espero –le dijo y se deshizo amorosamente de su abrazo para luego comenzar a subir los peldaños.


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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Etel Bognár el Lun Mar 19, 2018 2:15 pm

Cuando Etel entró en el salón no tenía ni idea de qué esperar del maestro Smarag. ¿Le pediría que, simplemente, mirara? ¿La haría bailar delante del resto de alumnos? Por un momento sintió pánico ante esa idea. Había bailado en el cabaret, sí, pero aquello era tan sólo un mero trabajo que le estaba sirviendo para seguir adelante en aquella ciudad. Algo le decía que esa representación que ahora iba a hacer era vital para su futuro, así que pensar en bailar ella sola, delante de unos aprendices que tenían muchísimo más nivel que ella, le produjo un ataque de nervios. Etel había nacido con el don de la danza, ella realmente lo pensaba, pero era consciente de que había otros mejor entrenados. Respiró hondo y calentó los tobillos, las rodillas y las puntas de los pies. Hacía mucho tiempo que no se elevaba sobre los dedos, y estos chillaron en silencio obligándola a hacer una mueca de dolor casi imperceptible. Ahora no podía fallar.

Tan concentrada estaba en sus movimientos que no sintió cómo Slavik se acercaba hasta que no lo tuvo detrás de ella. Etel dio un respingo en el sitio y clavó sus ojos en el reflejo de los rojizos del cambiante. Asintió a modo de respuesta y dejó que la elevara en el aire sin ningún esfuerzo.

En ese momento, la húngara se sintió como un pajarillo al que acababan de liberar. Se posó en el suelo con la elegancia de un felino y danzó al son de la música. Cuando se dejaba llevar era el momento en el que era verdaderamente ella, sin mentiras, sin segundas intenciones. La melodía del piano del señor Hayes la sedujo hasta el punto de no escuchar nada más, ni el sonido de los pies aterrizando en la tarima, ni los murmullos de los compañeros que cesaron sus movimientos para mirarla. Tampoco sabía con certeza qué movimientos estaba haciendo; simplemente se dejaba llevar por lo que su cuerpo le pedía. Sólo paró cuando lo hizo la música, dejando caer los brazos de manera lenta hasta cruzarlos frente a sí, todo en movimientos delicados, como los de una pluma elevada por el viento.

Se irguió y buscó con la mirada al maestro Smarag, pero no había ni rastro de él en el salón; al contrario, fue la mujer que la había recibido quien dio por finalizada la clase. Etel se quedó un momento rezagada, esperando a que todos salieran, para poder ir a cambiarse de ropa, pero la señora Hayes la interceptó a medio camino.

Etel —la llamó, tomándola del brazo con suavidad—, acompáñame, el maestro Smarag te está esperando.

La joven no dijo nada, pero siguió a la mujer por el pasillo que había recorrido momentos antes hasta llegar a unas escaleras que subían al piso inferior. Helena Hayes se quedó abajo y le indicó que subiera. Etel dudó un momento. Miró atrás, al pasillo vacío que terminaba en el salón donde acababa de estar y que luego giraba hacia la derecha, desde donde salían unas voces alegres y animadas. El señor Hayes salió del cuarto con el paso de un hombre que había hecho bien su trabajo y se fue acercando hasta su esposa. Lo más probable es que ambos se marcharan ya para su hogar, dejando al cambiante allí hasta el día siguiente.

En ese momento, la húngara decidió subir los peldaños que conectaban la escuela de baile con la residencia del maestro Slavik Smarag. Se paró frente a la puerta entreabierta y respiró hondo un par de veces antes de decidirse a abrirla del todo. La casa estaba en silencio, un silencio que el crujir de la tarmia rompió cuando Etel dio los primeros pasos que la llevaron dentro.

¿Maestro Smarag? —llamó—. ¿Quería verme?


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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

Mensaje por Slavik Smarag el Miér Abr 18, 2018 3:18 pm

-Sí, pasa por favor –dijo en cuanto oyó que la muchacha llamaba a su puerta, aún así él mismo se incorporó y le abrió-. Ponte cómoda –le pidió mientras le señalaba el sofá de tapizado colorado.

Su departamento era amplio, pero no dejaba de ser eso: un departamento. Lejos estaba de los lujosos y enormes espacios de las grandes mansiones que había en la zona residencial de aquella ciudad. Aún así a él no le importaba, nunca prestaba atención a aquellas cosas. Era un hombre práctico.

Se sentó frente a ella, sabiendo que debería ofrecerle algo de beber. Ya lo haría luego, primero deseaba hablar, conocerla porque sinceramente no sabía nada de la mujer que tenía delante, solo lo que le había oído decir y lo que había visto en ella cuando bailaba en la clase.


-No sé qué ha visto Alice en ti, pero que hayas sido su discípula es motivo suficiente para mí. Bienvenida a mi academia de baile, muchacha –le dijo, con talante serio porque darle la bienvenida a ese lugar era darle la bienvenida a su vida-. He visto poco de ti, comprenderás que mi concentración no sea la mejor tras la noticia que he recibido. Hay mucho para trabajar, pero tienes buenas bases –no se refería solo a sus piernas-, creo que podrás hacer carrera aquí, siempre que creas que te sirve, por supuesto. ¿A qué aspiras, Etel? ¿Cuáles son tus sueños?

Era importante saberlo desde el principio, porque le ayudaría a comprender los movimientos de su alumna y las decisiones que en cuanto al baile tomara también. Era un momento particular y él no se hallaba como siempre, pero aún así sentaría las bases de la relación como siempre hacía.

-Si deseas ser mi alumna debes saber que la confianza es esencial, no debes mentirme. Necesito poder confiar en ti y que hagas lo mismo conmigo y con tus compañeros. Aunque parezca extraño, son un grupo unido en el que no han entrado las competencias ni los celos. Me he encargado yo mismo de limpiar el alumnado, no entreno a cualquiera Etel. Quiero que quede claro para que sepas dónde estarás de aquí en más.

Le había parecido que no era francesa, de seguro estaría sola en la ciudad y si sola, con tiempo libre. Esperaba no estar equivocándose al incluirla a la par de los demás, ellos se habían ganado su lugar y ella, simplemente había llegado y ya, sin hacer mucho, tenía su plaza disponible. Slavik dudaba, pero se decía también que Alice hubiera hecho lo mismo que él estaba haciendo por cualquiera de sus alumnos, los acogería como una madre y se empeñaría en cuidarlos.

-¿Tienes dónde hospedarte? –preguntó de pronto-. No eres de aquí, se nota en tu acento. ¿Dónde estás viviendo?

Deseaba que le dijera que vivía en casa de familiares o de amigos, que le dijese que no había viajado sola. Cuidar de ella, la muchachita que ahora veía como frágil y bella, le parecía casi un mandato divino. Slavik se creía capaz de invitarla a vivir a la mismísima academia si ella le decía que no tenía dónde dormir.


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Slavik Smarag
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Re: The beauty or the beast {Slavik Smarag}

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