Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Gioacchina Di Savoia el Lun Nov 20, 2017 10:36 pm

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer
Gustavo Cerati



Lo odiaba. Nunca había pensado en eso, podría decirse que su relación con su padre siempre había sido estable, buena, aunque algo distante. Pero ahora, desde que él había descubierto su secreto, todo había cambiado. ¡Ni siquiera la miraba a los ojos cuando le hablaba! Y Gioacchina iba del odio al dolor una y otra vez.

Entendía que para un hombre como Francesco Di Savoia –diplomático italiano trabajando en París- era difícil todo aquello, de pronto la única hija soltera que le quedaba, la menor, su compañera, le traía un problema semejante que podía manchar su carrera, su honorabilidad y responsabilidad como padre, de manera irremediable… Sí, entendía su enojo, pero le dolía tanto la postura que había tomado al respecto, se quería deshacer de ella como si fuese una enfermedad a la que costase hallarle cura.

Ya estaban en las afueras de la ciudad, volviendo de Le Havre, y Gioacchina moría de hambre, sentía un vacío en el estómago como si hiciese días que no ingería alimento. Era de noche, pero su padre no quería parar en una posada –como sí habían hecho las dos noches anteriores- porque estaban cerca ya, en dos horas estarían en su casa. Poco le importaba la condición de su hija, la incomodidad a la que la sometía con un viaje así y muchísimo menos que el pan y la fruta que llevaban en el carruaje se hubiese acabado ya. Él estaba furioso, habían rechazado a Gioacchina en el último convento al que la había llevado, era otro más que agregar a su lista, uno más en el que habían tenido que desnudar la verdad de sus intenciones sólo para recibir negativas de la otra parte. El rumor comenzaría a correr pronto, Francesco ya casi podía verse destituido de su puesto honorable y de vuelta a su Verona.

Gioacchina tenía mucho calor, pero no reunía el valor para pedirle a su padre permiso de abrir la ventanilla. Quería hablarle con cualquier excusa, volver a oírlo dirigiéndose a ella, que la mirase, que fuera otra vez el que solía ser.


-Padre, yo…

Un gesto con la mano, un movimiento seco, con eso Francesco le ordenó callar. Sin mirarla y sin hablarle. Pero ella sí que lo miraba, lo miraba bien, y no reconocía al hombre que viajaba en ese carruaje sentado frente a ella. Ese no era su padre, ¿qué le habían hecho? ¿Qué le había hecho ella? Lucía agotado y mucho más envejecido. Se había pasado las últimas tres semanas intentando solucionar aquel problema sin éxito. Su hija pequeña, la que jamás le había dado problemas, de golpe le traía a la casa al mayor de todos los males.

-Padre, perdóname. Sólo eso quería decir y me alegra que estemos encerrados aquí pues me asegura que estés oyéndome. Sólo eso, perdóname. –Lágrimas ya no tenía, Francesco debería aceptar su ofrenda de paz así, sin ningún adorno.

-¿Quién es, Gioacchina? Dímelo –le exigió, sin mirarla. Prefería observar el camino que dejaban atrás mientras los caballos avanzaban a buen ritmo-. Dímelo y tal vez las cosas cambien entre nosotros.


-No puedo –susurró, porque sabía que si hablaba las cosas sólo podrían empeorar y, de todos modos, ella seguiría con el mismo destino: el primer convento en el que la aceptasen a pesar de lo que eso conllevaba-. Ya te he dicho que no puedo, que no lo sé –le mintió una vez más, como tantas otras veces ya.

-¿Que no lo sabes? ¡Pero qué clase de muchachita he criado! ¡No puedo comprender que…!

Un sacudón interrumpió las palabras de Di Savoia. El carruaje se zarandeó bruscamente y Gioacchina acabó en el suelo. Gritos del cochero y de Mattia –el hombre de seguridad que viajaba siempre junto a él, para cuidar de Francesco-, disparos y una nueva sacudida, como si alguien quisiese trepar al carruaje ya detenido. Gioacchina también gritó, atemorizada.


-¿Qué pasa? ¿Padre, qué…? ¡No, no vayas! –Estiró su mano para intentar impedir que él saliera, quería detenerlo, pero era en vano.

-Te quedas aquí –le ordenó Francesco, al fin dirigiéndole la mirada-. Toma esto, si alguien que no conozcas entra se lo clavas con fuerza –le dijo y le entregó una cuchilla mientras él mismo sacaba su pistola de la funda.

Gioacchina tomó el arma que su padre le daba y la empuñó. Con su mano izquierda hizo algo que se había cuidado especialmente de no hacer jamás –en los últimos cinco meses- delante de él: se tocó el vientre abultado donde vivía su hijo, como si con esa caricia pudiera protegerle.


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Re: Next time I'll be braver | Privado

Mensaje por Havryl Hamilton el Mar Dic 12, 2017 12:11 pm

El  bosque se encontraba en una calma tan pura que atemorizaba. El aire pesaba, como si los árboles que cubrían a los integrantes de su manada supieran qué se avecinaba. Aquella vez los había reunido a todos, sin excepción; apostó varios a ambos lados del camino, él entre ellos, y los restantes los dividió en dos grupos: uno vigilaría el paso del carruaje y cerraría cualquier vía de escape por la retaguardia, mientras que el otro, compuesto por tan sólo una persona, sería la trampa que obligaría al cochero a parar el carro. Habían repasado el plan tantas veces que la mente de Havryl no era capaz de imaginar ni siquiera el más mínimo error, pero como buen ladrón reiterante, sabía que no todo salía siempre a pedir de boca.

La experiencia de los años les había enseñado numerosas lecciones que fueron perfeccionando con el paso del tiempo. Los primeros carromatos que asaltó, junto a su fiel amigo Marco, apenas les dieron francos suficientes para compensar los daños que habían sufrido ellos mismos en el ataque. Los siguientes cargamentos fueron dando cada vez más frutos, hasta que, finalmente, consiguieron elaborar un método que les proporcionaba lo que necesitaban, y más. Lamentablemente, los rumores sobre una banda de asaltantes no tardaron en esparcirse como la mala hierba, así que los transportistas dejaron de transitar los caminos más sinuosos (que, casualmente, eran también los más cortos) para buscar otras alternativas más largas, pero también más seguras.

Como líder de la manada, Havryl supo que debía buscar una solución a todo aquello, y, a su vez, era lo que sus hombres esperaban de él. Sabía que ellos obedecerían cualquier cosa que les pidiera, pero, a cambio, tenía que estar muy seguro de lo que quería hacer. No se permitía dudar ni un solo segundo, y si alguien debía dar el primer paso en algo, ese era siempre Hamilton. Todos lo veían como la viva imagen de la fuerza y de la valentía, algo sumamente necesario cuando se quería comandar una tropa de salvajes.

La luz ya había comenzado a bajar a su alrededor. El horizonte rojizo anunciaba que se acercaba la noche, un momento que, si bien los beneficiaba, también llenaba la tierra de seres que no deseaban tener cerca. Por suerte, ya conocían esa zona lo suficiente como para no dejarse sorprender. Además, tampoco esperaban estar allí demasiado tiempo, y todos pudieron confirmarlo cuando, a lo lejos, los oídos de los lobos escucharon el crujir de las ruedas de un carromato. Havryl sonrió.

Había invertido mucho tiempo en buscar una víctima para llevar a cabo su plan. Visitó los barrios ricos durante días, observando a cada familia y seleccionando aquellas que parecieran las más importantes, pero sin serlo demasiado. Si ese primer intento salía bien podían meterse de lleno con la nobleza, pero si, por el contrario, algo se torcía, era mejor que la familia no tuviera demasiados contactos poderosos con los que contraatacar. Robar piezas de coleccionista sólo suponía pasar unos cuantos días escondidos para evitar que los gendarmes los encontraran; secuestrar a una persona, en cambio, podía hacer que los involucrados removieran cielo y tierra para encontrarlos, primero a su ser querido y después a ellos, con las consecuencias que eso acarreara.

Tras mucho buscar, encontró a una joven que encajaba perfectamente con la descripción que se había hecho él en la cabeza: hija de un hombre extranjero afincada en París, aparentemente consentida y con cierta libertad, puesto que la vio salir de la casa con bastante frecuencia para una jovencita de su edad. Estudió sus movimientos durante meses hasta que, finalmente, encontró su punto débil.

Aquel día la había visto salir de nuevo con ese mismo hombre, que, por la edad, el licántropo identificó como el padre de la muchacha. Los siguió un trecho para comprobar que, efectivamente, tomaban el camino que él había elegido —ya que, por un motivo u otro, el resto de salidas de la ciudad estaban, curiosamente, cortadas— y, cuando comprobó que era así, volvió junto a sus hombres, ya apostados entre los árboles, esperando el regreso de la familia.

Cuando los últimos rayos de luz se ocultaron, Havryl hizo una señal para que Joan, el chico que debía parar el carromato, saliera de su escondite. Era un joven menudo y aparentemente débil, pero eso era, precisamente, lo que buscaban sacándole a él: hacer creer a su presa que el joven no representaba una amenaza, que era un simple hombre de familia desorientado, cuando, en realidad, era uno de los lobos más fieros con los que contaba Hamilton.

¡Paren! ¡Paren! —gritó Joan.

Los caballos relincharon y el vehículo bajó la velocidad. El cochero dijo algo que Havryl no entendió, pero lo que sí apreció fue el brillo del arma que portaba Joan en el cinturón. Parecía que los hombres del carruaje también lo vieron, porque azuzaron a los caballos con la intención de salir de allí. De pronto, toda la manada salió al camino, y mientras unos se lanzaron a los mandos para hacerse con el coche, otros se abalanzaron a la cabina. Un hombre armado salió del interior; era el supuesto padre de la chica, lo que significaba que ella iba en el interior. Hicieron falta tres lobos para reducir a Francesco Di Savoia, que se defendió con bravura, pero parecía que no la suficiente.

Havryl entró en el coche sin perder más tiempo, pero lo primero que vio fue el reflejo de una daga de plata que terminó clavada en su antebrazo.

¡Maldita seas! —Arrancó el arma con furia y la tiró fuera del carromato, buscando después a la artífice de semejante avería—. Más vale que te estés quieta, mujer.

“¡El coche es nuestro!”, gritó alguien desde fuera. Eso era bueno. Muy bueno, de hecho. Sujetó a la joven con una mano y la amordazó con la otra, esperando que así no se le ocurrieran más ideas brillantes, y silbó con fuerza. Fue Marco, como siempre, el que se asomó por la puerta hacia el interior.

Me la llevo en el coche, eso evitará que lo encuentren y sospechen. Daremos un rodeo y entraremos por la parte trasera. Las piedras del camino no dejarán huella, y quién sabe si este trasto nos pueda servir para algo —dijo, agarrando con más fuerza a la chica—. Dejad a los tipos aquí, ya se despertarán en algún momento. Cuéntaselo a Joan y dile que dirija el coche. Después, llévate a los chicos a casa y esperadnos allí. Calculo que tardaremos tres o cuatro horas. Si tardamos más ya sabes lo que debéis hacer.

Marco asintió y cerró la portezuela, pero Havryl sólo aflojó a la joven cuando el coche empezó a moverse al paso de los caballos.

¿Vas a hacer alguna otra tontería o puedo soltarte ya? —preguntó, bastante cerca de su oído. No es que quisiera hacer nada con ella, era la postura la que lo obligaba a tenerla pegada a él—. Si sabes estar quietecita, este viaje puede ser muy cómodo para ti —se separó un poco, dejándola respirar y dándole, a la vez, una oportunidad—, pero como se te ocurra hacer algo, aunque sea mínimamente extraño, te aseguro que desearás haberte quedado en casa esta tarde.

Fue una amenaza, clara como el agua en reposo, acompañada de una mirada que no dejaba lugar a dudas. Que la joven se creyera que las amenazas de Havryl nunca eran en vano, era otra cosa muy distinta.


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Re: Next time I'll be braver | Privado

Mensaje por Gioacchina Di Savoia el Mar Ene 02, 2018 2:52 pm

Como si su pequeño le diese la señal de ataque, Gioacchina lo sintió moverse en su interior. No era algo nuevo, hacía varios días que había comenzado a sentirlo fuerte y sano en su vientre, moviéndose y pateando como si no quisiera ser parte de lo que ella hacía para ocultarlo de la vista de todos, como si no estuviese de acuerdo con los corsé ajustados y la ropa holgada que Gioacchina elegía. Pero esa vez el bebé se movió de una forma diferente, y ella supo que por él debía atacar a quien entrase. Y lo hizo.
Ciega de miedo, empuñó el arma que su padre le había dado. Clavó la punta con todas sus fuerzas sin saber a quién atacaba ni en qué parte del cuerpo había impactado, pero sin dudar en su accionar segura de que lo hacía por cuidarse. Con una fuerza que no podía ser humana, el hombre le arrebató el arma y ella acabó dando tumbos hacia atrás, sabiendo que estaba siendo invadida.


-¡Padre! ¡Padre! ¡Oh, Dios mío! –gritó a la nada, pero asustada de los sonidos que desde el exterior se colaban.

¿Cómo que el coche era de ellos? ¿Qué significaba? ¿Dónde estaba su padre? ¿Qué había sucedido fuera? Sin pensar, Gioacchina Di Savoia se arrojó sobre el cuerpo de su atacante, de ese intruso invasor, creyendo que la fuerza que le daba la desesperación le ayudaría a sobrepasar con facilidad a cualquiera que se interpusiese entre ella y la salida, pero supo que estaba equivocada en cuanto chocó contra un cuerpo macizo y cálido. Se removió para intentar sortearlo y volvió a llamar a gritos a su padre -gritaba tan fuerte que la garganta le dolía- hasta que el hombre la tomó con fuerza y con una mano le tapó la boca.

Sintió miedo al oírlo, miedo al saber que todo estaba trazado ya, delineado, y al parecer la perfección estaba del lado de aquellos bandidos. ¿Había dicho cuatro horas? ¿Qué iba a ser de ella en esas cuatro horas? No era una mujer sensible, al menos no antes del embarazo, pero en esos momentos no pudo evitar que las lágrimas comenzasen a brotar de sus ojos. Un mareo la acometió y la cabeza comenzó a latirle con fuerza. Asintió, asegurando que estaría tranquila, es que debía de estarlo porque ya le había sucedido antes aquello –el malestar generalizado producto de los nervios que acababa por ponerle el vientre rígido- y el médico de la familia había tenido que sangrarla, haciéndole pequeños cortes en las piernas, para asegurar así que su corazón volviera a su ritmo normal.

Él aflojó el agarré y ella retrocedió hasta volver a quedar sentada en el lugar que antes ocupaba, la luz era escasa pero aún así pudo advertir que tenía sangre en su ropa, sangre de él que había brotado de la herida que ella le había hecho. Quería sentir orgullo al saber que lo había lastimado, pero no se lo permitió el temor. Le fue inevitable alzar el rostro para poder observarlo detenidamente por primera vez, para estudiarlo; descubrió que era dueño de una belleza poco común, salvaje, y que su mirada parecía no ser humana. Tembló porque al miedo que sentía -al sentir que el abdomen se le endurecía- se le sumó el frío, pero respiró antes de asegurar:


-Estaré tranquila, no tengo ya fuerzas para intentar nada. ¿Qué sucede? –tuvo la valentía, al fin, de preguntar y aunque las lágrimas seguían cayendo no afectaban su voz clara-. ¿Qué quieren? ¿Qué van a hacerme? ¿Y mi padre?

Eran demasiadas preguntas y de seguro él no fuese a responder ninguna, pero Gioacchina necesitaba saber porque no podía entender que la vida de dos personas –su padre y ella- pudiese cambiar así, en cuestión de dos minutos.


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Re: Next time I'll be braver | Privado

Mensaje por Havryl Hamilton el Dom Ene 21, 2018 11:36 am

Havryl sólo quería que se callara, puesto que los gritos de la joven llamando a su padre estaban empezando a hacerle daño en los oídos. Por suerte, la muchacha era lo suficientemente lista como para haber captado el mensaje, y cuando la soltó volvió a su sitio, quedándose quieta tal y como él le había pedido. La herida del brazo escocía, y el lobo sentía el pulso acelerado ahí donde la sangre intentaba parar la hemorragia. Se sentó junto a la chica y la miró sin disimulo; era hermosa, más de lo que a él le había parecido tras los largos días observándola, y las lágrimas que ahora corrían por sus mejillas no hacían más que realzar la belleza de su rostro. También supo, por su aspecto y su aura, que todo aquello la estaba alterando, así que adoptó una posición más relajada mientras el coche avanzaba con su traqueteo.

Eso son muchas preguntas —dijo con voz tranquila mientras examinaba la herida—, pero creo que tienes derecho a saber qué está pasando, aunque, francamente, creía que lo adivinarías por ti misma. Supongo que han sido demasiado sobresaltos de golpe y no tienes las ideas del todo claras. —La miró un momento—. Con permiso.

Se agachó a los pies de ella y hurgó entre las capas de tela de su vestido. Buscó una de las interiores, de las que eran de fino algodón blanco, y rasgó un trozo lo bastante grande como para envolverse el antebrazo, cosa que hizo sin volver a mirar a la joven a su lado.

Tu padre estará bien, sólo tiene un golpe en la cabeza —contestó mientras enrollaba la tela sobre la herida—. Cuando despierte tendrá un fuerte dolor y un chichón, que imagino que le durará un par de días si no se pone algo frío para bajar la inflamación. A ti tampoco te haremos nada, no nos interesa que salgas mal parada. —Ató el extremo de la improvisada venda y levantó la mirada hacia ella, al fin—. Salvo que hagas alguna tontería, en cuyo caso deberemos tomar medidas para salvar nuestro propio pellejo, pero supongo que eso sí eres capaz de entenderlo, ¿no?

Concluyó, y no pensó en hablar más hasta que vio el mal aspecto que traía la chica. La observó detenidamente, clavando sus ojos oscuros en su cuerpo. Había algo raro en ella, algo familiar que ya había visto antes pero no era capaz de recordar dónde. ¿Se estaría mareando, acaso? Havryl estiró el cuerpo sobre ella —pero sin rozarla— y abrió el ventanuco de la puerta. El aire fresco entró de inmediato, y él esperó que eso fuera suficiente. Volvió a su sitio, pero, de camino, tocó el vientre de ella. Lo sintió duro y abultado, lo que significaba una sola cosa: estaba embarazada. ¡De modo que eso era lo que él había visto! De inmediato recordó a su amada Maria, la silueta de su cuerpo desnudo con su vientre redondeado, tan hermoso que le quitaba hasta el aire, y, por un momento, la vio reflejada en esa joven que ahora había secuestrado.

¿Estas…? —comenzó a decir, pero se quedó sin palabras—. Joder —murmuró, y se lanzó hacia la parte delantera del coche para abrir el ventanuco que comunicaba con el chófer—. Joan, ha habido un pequeño cambio en los planes. Haz la vuelta lo más corta que puedas sin ponernos en peligro, y no aceleres demasiado, aquí detrás el traqueteo es bastante fuerte.

El otro asintió, frenó un poco a los caballos y Havryl cerró la ventanita. Volvió a su sitio y respiró hondo. A ver qué hacía ahora con ella.

No voy a hacerte nada —avisó, y colocó una mano en el vientre—. Deberías tranquilizarte, aunque imagino que eso ya lo sabes. —Acarició la barriga con suavidad, pero apartó la mano al darse cuenta de lo que estaba haciendo—. Tardaremos menos de lo esperado, así que procura no ponerte de parto o algo parecido. —Se pasó una mano por la frente—. Te lo repito, no queremos hacerte nada. Iremos a un lugar seguro, pediremos un rescate por ti y todo se terminará. ¿De acuerdo?


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Re: Next time I'll be braver | Privado

Mensaje por Gioacchina Di Savoia el Jue Ene 25, 2018 12:37 pm

No estaba soñando. No es que lo hubiera creído pero bien podría haber sido una opción, aunque ahora veía que no. Por si acaso, el tirón que él le dio a la tela de sus enaguas para rasgarla se lo confirmó: eso era real, demasiado. Gioacchina ahogó un grito aterrado ante ese asalto a la intimidad y se llevó la mano al pecho para ordenarle a su corazón que fuera más lento, que no tomara ese ritmo frenético porque no había –ni habría, al parecer- ningún médico cerca que le ayudase o sangrase, tampoco un baño con agua fresca que era lo que siempre le recomendaban cuando su presión sanguínea se aceleraba de esa forma. En contraste a lo que ella padecía, él se tomaba su tiempo para cubrirse la herida que le había hecho y esa deliberada lentitud la espantaba pues evidenciaba lo seguro que estaba de todo aquello, lo resuelto que se hallaba dominando todo cuanto los rodeaba.

-No haré ninguna tontería –le prometió de inmediato y su voz sonó algo ronca. Ya había intentado escapar de su casa hacía poco más de un mes y eso no había funcionado. Ahora estaba más lenta y gorda pues su vientre se había hinchado de forma evidente en las últimas dos semanas. No había llegado a ningún lado antes, menos lo haría ahora y lo sabía-, pero ¿cómo puedo creerle? Ha golpeado a mi padre, ¿por qué no me lastimaría a mí?

Y de pronto, de manera inesperada, todo cambió con un simple movimiento, ¡Lo había notado! Saberse descubierta con algo tan íntimo hizo que el bebé se moviese en su interior, podía sentirlo en la parte alta del vientre. ¿Cómo podía saberlo? Gioacchina se había ocupado de que le apretasen el corsé –incluso hasta llegar a dolerle- y de llevar suficientes capas de ropa, pero el maleante con un solo roce lo había notado. Giró su rostro por un momento hacia la ventanilla, intentando respirar profundamente el aire fresco que ahora entraba, deseando que así la vergüenza se esfumase. ¿Qué más daba que él, y todos los malvivientes que lo escoltaban, lo supiesen? Lo sabía su padre y nada podría ser peor que eso, sin embargo Gioacchina sentía vergüenza con ese hombre también.

Cuando él apoyó la mano en su abdomen, Gioacchina apoyó a su vez la suya sobre la de él en un acto rápido e instintivo, carente por completo de lógica porque ella no tenía deseos de ese contacto, pero su cuerpo la llevó a supervisar lo que esa mano enorme y surcada por las venas hiciese en ella. No lo sintió amenazante, sino preocupado y, extrañamente, protector. ¿En verdad querría cuidarla alguien como él? Eso parecía decir su mirada y también las ordenes que le dio al tal Joan.


-Estoy bien –le dijo cuando él dejó de tocarla e intentó llevar su mano a la espalda para aflojar un poco la tiras traseras del vestido, creía que así podría respirar mejor, pero no logró alcanzarlas pues su mano estaba temblorosa-. Mi corazón late muy fuerte, demasiado, pero es porque tengo miedo, necesito tranquilizarme y respirar profundo. Pero estoy bien, falta para el parto –necesitó decirlo para darse tranquilidad a sí misma porque eso, la idea del final que el parto representaba, siempre la había asustado incluso sabiendo que tendría al niño en la comodidad de su casa y rodeada de las mujeres que eran de su confianza-. ¿Me darán algo de comer? Necesito comer algo dulce para que mi corazón se calme.


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Re: Next time I'll be braver | Privado

Mensaje por Havryl Hamilton el Mar Feb 06, 2018 3:04 pm

¿Qué iban a hacer ahora? ¿Podría seguir funcionando su plan a pesar de que estuviera embarazada? Havryl se maldijo una y mil veces por no haberse dado cuenta de ese pequeño, pero importante detalle. Repasó en su mente cada imagen que guardaba de ella, recopiladas durante las largas jornadas vigilando sus idas y venidas, pero en ninguna observó un vientre abultado. ¡Demonios! Si lo hubiera hecho, la habría descartado de inmediato. Era un ladrón, no un maldito animal, y Havryl tenía especial sensibilidad con las mujeres embarazadas. Nunca lo dejaba entrever, puesto que guardaba con celo esa parte de su historia que sólo Marco conocía, pero nunca se atrevería a dañar a una ni a la criatura que portaba en su vientre. Jamás.

Si enterarse de su estado lo había desconcertado lo suficiente, el hecho de que ella posara su mano sobre la de él terminó bloqueándolo por completo. Fue apenas un segundo, casi imperceptible, pero fue un tiempo en el que Havryl, que siempre tenía todo bajo control, no supo bien qué hacer. Retirar la mano como si no nada hubiera pasado fue lo mejor que se le ocurrió para, después, fingir absoluta normalidad dentro del coche que los transportaba. Ahora sólo quedaba conseguir que la muchacha se tranquilizara lo suficiente como para que su pulso se normalizara.

Serías una insensata si no tuvieras miedo —comentó, mientras perdía la mirada a través de la ventanilla de su lado—, así que supongo que poco más puedo hacer para que te tranquilices, además de repetirte que no te haremos daño.

La miró justo en el instante en el que ella intentaba alcanzar la espalda de su vestido, sin éxito. «Pobre chiquilla», pensó durante un instante, el mismo que tardó en tomarla de su brazo con suavidad y obligarla a inclinar el cuerpo hacia delante. Su espalda quedó accesible para él, así que buscó los lazos del vestido y tiró de uno de ellos. El nudo se deshizo con tanta facilidad como se casca el tallo de una flor recién salida.

Te daremos de comer. Dulce, si es lo que necesitas —contestó, aflojando los cierres del vestido—, pero tendrás que esperar a que lleguemos. ¿Podrás hacerlo? —Se inclinó hacia delante para mirarla a los ojos, tan hermosos que le hicieron sonreír, aunque fuera un breve instante, porque enseguida se volvió a erguir—. Voy a aflojar esto un poco más —le avisó antes de, con ambas manos, forzar el vestido hasta que la tela crujió suavemente—. ¿Mejor?

Anudó el lazo sin esperar su respuesta. Había visto cómo su pecho se liberaba de la presión de la prenda y cómo el vientre crecía levemente, ahora que no tenía ningún impedimento para ello. El ucraniano nunca llegaría a comprender por qué había mujeres, como ella, que ocultaban su estado a ojos ajenos. Para él no había nada más hermoso que la figura de una mujer encinta. Havryl solía rememorar la de su difunta esposa con frecuencia, siempre que el dolor y la culpa que le producían no fueran demasiado insoportables. Esos momentos eran en los que más irascible se volvía, y muchas veces solía paliarlo con un vaso —o varios— de algún licor. Dentro de ese coche no tenía, así que lo que hizo para evitar su futuro mal humor fue volver a mirar por la ventana.

Parece que Joan avanza rápido. Estamos a medio camino —dijo, soltando la cortinilla que había apartado con una mano.

Se miró el vendaje sólo para darse cuenta de que la sangre lo había empapado en su gran mayoría. Debería cambiarlo, pero arrancar otro trozo de vestido sería asustarla más, así que se limitó a dejar el brazo reposado y tranquilo a la espera de que sanase solo. Por lo que estaba tardando en cicatrizar, supo que la daga con la que la joven lo había dañado era de plata, y eso le hizo preguntarse si no sabría lo que él era. La miró de reojo e intentó adivinar algo sobre ella, pero así, con la poca luz que entraba por los ventanucos y el aura tan alterada de la joven, era difícil descifrar nada. Apoyó la cabeza contra el respaldo de manera relajada y respiró hondo. No era un hombre de grandes palabras, pero el silencio en el que estaban sumidos lo estaba poniendo nervioso.

Me llamo Havryl —dijo—. ¿Cómo te llamas tú?

El coche se agitó con violencia al pasar por encima de unos agujeros que había en el camino. Él salió disparado hacia delante, pero sus reflejos impidieron que se golpeara con la pared de enfrente. Maldijo en voz alta y atizó la puertecilla que comunicaba con Joan para hacerle saber que andara con más cuidado.

¿Estás bien? —le preguntó a la joven una vez que los movimientos del coche se tranquilizaron—. Ya casi llegamos.

No pasó mucho tiempo hasta que empezó a escuchar el crujir de las piedrecitas que daban al patio trasero de la casa. El viaje había terminado. Ahora sólo faltaba anunciar la noticia a sus hombres y rezar para que no se opusieran a ese pequeño cambio de planes.


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Re: Next time I'll be braver | Privado

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