Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



NIGEL QUARTERMANE

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Next time I'll be braver | Privado

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Next time I'll be braver | Privado

Mensaje por Gioacchina Di Savoia el Lun Nov 20, 2017 10:36 pm

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer
Gustavo Cerati



Lo odiaba. Nunca había pensado en eso, podría decirse que su relación con su padre siempre había sido estable, buena, aunque algo distante. Pero ahora, desde que él había descubierto su secreto, todo había cambiado. ¡Ni siquiera la miraba a los ojos cuando le hablaba! Y Gioacchina iba del odio al dolor una y otra vez.

Entendía que para un hombre como Francesco Di Savoia –diplomático italiano trabajando en París- era difícil todo aquello, de pronto la única hija soltera que le quedaba, la menor, su compañera, le traía un problema semejante que podía manchar su carrera, su honorabilidad y responsabilidad como padre, de manera irremediable… Sí, entendía su enojo, pero le dolía tanto la postura que había tomado al respecto, se quería deshacer de ella como si fuese una enfermedad a la que costase hallarle cura.

Ya estaban en las afueras de la ciudad, volviendo de Le Havre, y Gioacchina moría de hambre, sentía un vacío en el estómago como si hiciese días que no ingería alimento. Era de noche, pero su padre no quería parar en una posada –como sí habían hecho las dos noches anteriores- porque estaban cerca ya, en dos horas estarían en su casa. Poco le importaba la condición de su hija, la incomodidad a la que la sometía con un viaje así y muchísimo menos que el pan y la fruta que llevaban en el carruaje se hubiese acabado ya. Él estaba furioso, habían rechazado a Gioacchina en el último convento al que la había llevado, era otro más que agregar a su lista, uno más en el que habían tenido que desnudar la verdad de sus intenciones sólo para recibir negativas de la otra parte. El rumor comenzaría a correr pronto, Francesco ya casi podía verse destituido de su puesto honorable y de vuelta a su Verona.

Gioacchina tenía mucho calor, pero no reunía el valor para pedirle a su padre permiso de abrir la ventanilla. Quería hablarle con cualquier excusa, volver a oírlo dirigiéndose a ella, que la mirase, que fuera otra vez el que solía ser.


-Padre, yo…

Un gesto con la mano, un movimiento seco, con eso Francesco le ordenó callar. Sin mirarla y sin hablarle. Pero ella sí que lo miraba, lo miraba bien, y no reconocía al hombre que viajaba en ese carruaje sentado frente a ella. Ese no era su padre, ¿qué le habían hecho? ¿Qué le había hecho ella? Lucía agotado y mucho más envejecido. Se había pasado las últimas tres semanas intentando solucionar aquel problema sin éxito. Su hija pequeña, la que jamás le había dado problemas, de golpe le traía a la casa al mayor de todos los males.

-Padre, perdóname. Sólo eso quería decir y me alegra que estemos encerrados aquí pues me asegura que estés oyéndome. Sólo eso, perdóname. –Lágrimas ya no tenía, Francesco debería aceptar su ofrenda de paz así, sin ningún adorno.

-¿Quién es, Gioacchina? Dímelo –le exigió, sin mirarla. Prefería observar el camino que dejaban atrás mientras los caballos avanzaban a buen ritmo-. Dímelo y tal vez las cosas cambien entre nosotros.


-No puedo –susurró, porque sabía que si hablaba las cosas sólo podrían empeorar y, de todos modos, ella seguiría con el mismo destino: el primer convento en el que la aceptasen a pesar de lo que eso conllevaba-. Ya te he dicho que no puedo, que no lo sé –le mintió una vez más, como tantas otras veces ya.

-¿Que no lo sabes? ¡Pero qué clase de muchachita he criado! ¡No puedo comprender que…!

Un sacudón interrumpió las palabras de Di Savoia. El carruaje se zarandeó bruscamente y Gioacchina acabó en el suelo. Gritos del cochero y de Mattia –el hombre de seguridad que viajaba siempre junto a él, para cuidar de Francesco-, disparos y una nueva sacudida, como si alguien quisiese trepar al carruaje ya detenido. Gioacchina también gritó, atemorizada.


-¿Qué pasa? ¿Padre, qué…? ¡No, no vayas! –Estiró su mano para intentar impedir que él saliera, quería detenerlo, pero era en vano.

-Te quedas aquí –le ordenó Francesco, al fin dirigiéndole la mirada-. Toma esto, si alguien que no conozcas entra se lo clavas con fuerza –le dijo y le entregó una cuchilla mientras él mismo sacaba su pistola de la funda.

Gioacchina tomó el arma que su padre le daba y la empuñó. Con su mano izquierda hizo algo que se había cuidado especialmente de no hacer jamás –en los últimos cinco meses- delante de él: se tocó el vientre abultado donde vivía su hijo, como si con esa caricia pudiera protegerle.


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Re: Next time I'll be braver | Privado

Mensaje por Havryl Hamilton Ayer a las 12:11 pm

El  bosque se encontraba en una calma tan pura que atemorizaba. El aire pesaba, como si los árboles que cubrían a los integrantes de su manada supieran qué se avecinaba. Aquella vez los había reunido a todos, sin excepción; apostó varios a ambos lados del camino, él entre ellos, y los restantes los dividió en dos grupos: uno vigilaría el paso del carruaje y cerraría cualquier vía de escape por la retaguardia, mientras que el otro, compuesto por tan sólo una persona, sería la trampa que obligaría al cochero a parar el carro. Habían repasado el plan tantas veces que la mente de Havryl no era capaz de imaginar ni siquiera el más mínimo error, pero como buen ladrón reiterante, sabía que no todo salía siempre a pedir de boca.

La experiencia de los años les había enseñado numerosas lecciones que fueron perfeccionando con el paso del tiempo. Los primeros carromatos que asaltó, junto a su fiel amigo Marco, apenas les dieron francos suficientes para compensar los daños que habían sufrido ellos mismos en el ataque. Los siguientes cargamentos fueron dando cada vez más frutos, hasta que, finalmente, consiguieron elaborar un método que les proporcionaba lo que necesitaban, y más. Lamentablemente, los rumores sobre una banda de asaltantes no tardaron en esparcirse como la mala hierba, así que los transportistas dejaron de transitar los caminos más sinuosos (que, casualmente, eran también los más cortos) para buscar otras alternativas más largas, pero también más seguras.

Como líder de la manada, Havryl supo que debía buscar una solución a todo aquello, y, a su vez, era lo que sus hombres esperaban de él. Sabía que ellos obedecerían cualquier cosa que les pidiera, pero, a cambio, tenía que estar muy seguro de lo que quería hacer. No se permitía dudar ni un solo segundo, y si alguien debía dar el primer paso en algo, ese era siempre Hamilton. Todos lo veían como la viva imagen de la fuerza y de la valentía, algo sumamente necesario cuando se quería comandar una tropa de salvajes.

La luz ya había comenzado a bajar a su alrededor. El horizonte rojizo anunciaba que se acercaba la noche, un momento que, si bien los beneficiaba, también llenaba la tierra de seres que no deseaban tener cerca. Por suerte, ya conocían esa zona lo suficiente como para no dejarse sorprender. Además, tampoco esperaban estar allí demasiado tiempo, y todos pudieron confirmarlo cuando, a lo lejos, los oídos de los lobos escucharon el crujir de las ruedas de un carromato. Havryl sonrió.

Había invertido mucho tiempo en buscar una víctima para llevar a cabo su plan. Visitó los barrios ricos durante días, observando a cada familia y seleccionando aquellas que parecieran las más importantes, pero sin serlo demasiado. Si ese primer intento salía bien podían meterse de lleno con la nobleza, pero si, por el contrario, algo se torcía, era mejor que la familia no tuviera demasiados contactos poderosos con los que contraatacar. Robar piezas de coleccionista sólo suponía pasar unos cuantos días escondidos para evitar que los gendarmes los encontraran; secuestrar a una persona, en cambio, podía hacer que los involucrados removieran cielo y tierra para encontrarlos, primero a su ser querido y después a ellos, con las consecuencias que eso acarreara.

Tras mucho buscar, encontró a una joven que encajaba perfectamente con la descripción que se había hecho él en la cabeza: hija de un hombre extranjero afincada en París, aparentemente consentida y con cierta libertad, puesto que la vio salir de la casa con bastante frecuencia para una jovencita de su edad. Estudió sus movimientos durante meses hasta que, finalmente, encontró su punto débil.

Aquel día la había visto salir de nuevo con ese mismo hombre, que, por la edad, el licántropo identificó como el padre de la muchacha. Los siguió un trecho para comprobar que, efectivamente, tomaban el camino que él había elegido —ya que, por un motivo u otro, el resto de salidas de la ciudad estaban, curiosamente, cortadas— y, cuando comprobó que era así, volvió junto a sus hombres, ya apostados entre los árboles, esperando el regreso de la familia.

Cuando los últimos rayos de luz se ocultaron, Havryl hizo una señal para que Joan, el chico que debía parar el carromato, saliera de su escondite. Era un joven menudo y aparentemente débil, pero eso era, precisamente, lo que buscaban sacándole a él: hacer creer a su presa que el joven no representaba una amenaza, que era un simple hombre de familia desorientado, cuando, en realidad, era uno de los lobos más fieros con los que contaba Hamilton.

¡Paren! ¡Paren! —gritó Joan.

Los caballos relincharon y el vehículo bajó la velocidad. El cochero dijo algo que Havryl no entendió, pero lo que sí apreció fue el brillo del arma que portaba Joan en el cinturón. Parecía que los hombres del carruaje también lo vieron, porque azuzaron a los caballos con la intención de salir de allí. De pronto, toda la manada salió al camino, y mientras unos se lanzaron a los mandos para hacerse con el coche, otros se abalanzaron a la cabina. Un hombre armado salió del interior; era el supuesto padre de la chica, lo que significaba que ella iba en el interior. Hicieron falta tres lobos para reducir a Francesco Di Savoia, que se defendió con bravura, pero parecía que no la suficiente.

Havryl entró en el coche sin perder más tiempo, pero lo primero que vio fue el reflejo de una daga de plata que terminó clavada en su antebrazo.

¡Maldita seas! —Arrancó el arma con furia y la tiró fuera del carromato, buscando después a la artífice de semejante avería—. Más vale que te estés quieta, mujer.

“¡El coche es nuestro!”, gritó alguien desde fuera. Eso era bueno. Muy bueno, de hecho. Sujetó a la joven con una mano y la amordazó con la otra, esperando que así no se le ocurrieran más ideas brillantes, y silbó con fuerza. Fue Marco, como siempre, el que se asomó por la puerta hacia el interior.

Me la llevo en el coche, eso evitará que lo encuentren y sospechen. Daremos un rodeo y entraremos por la parte trasera. Las piedras del camino no dejarán huella, y quién sabe si este trasto nos pueda servir para algo —dijo, agarrando con más fuerza a la chica—. Dejad a los tipos aquí, ya se despertarán en algún momento. Cuéntaselo a Joan y dile que dirija el coche. Después, llévate a los chicos a casa y esperadnos allí. Calculo que tardaremos tres o cuatro horas. Si tardamos más ya sabes lo que debéis hacer.

Marco asintió y cerró la portezuela, pero Havryl sólo aflojó a la joven cuando el coche empezó a moverse al paso de los caballos.

¿Vas a hacer alguna otra tontería o puedo soltarte ya? —preguntó, bastante cerca de su oído. No es que quisiera hacer nada con ella, era la postura la que lo obligaba a tenerla pegada a él—. Si sabes estar quietecita, este viaje puede ser muy cómodo para ti —se separó un poco, dejándola respirar y dándole, a la vez, una oportunidad—, pero como se te ocurra hacer algo, aunque sea mínimamente extraño, te aseguro que desearás haberte quedado en casa esta tarde.

Fue una amenaza, clara como el agua en reposo, acompañada de una mirada que no dejaba lugar a dudas. Que la joven se creyera que las amenazas de Havryl nunca eran en vano, era otra cosa muy distinta.


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Havryl Hamilton
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