Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Izsák Kodály el Lun Nov 20, 2017 11:46 pm


“Whoever you are, I have always depended on the kindness of strangers.”
— Tennessee Williams, A Streetcar Named Desire


Tener un día libre se antojaba imposible para alguien como él, sin embargo, resultaba que Vinsonneau era un patrón comprensible. A veces les daba días libres e Izsák lo agradecía. No quería que su jefe se enterara, por nada del mundo, de su afección o le quitaría su trabajo. Y no por maldad, lo comprendía, sino porque era peligroso para todos. A veces, en sus horas más oscuras, deseaba que todo se terminara ya, de una buena vez. Luego recordaba a sus hermanos y al viejo Zola y volvía a inyectarse de ganas de continuar. Aunque no siempre éstas duraban.

Ese día quiso dedicarlo a escribir versos torpes en húngaro y francés. Tomó papel, un frasquito de tinta y una pluma, pero a medio camino en busca de un lugar para hacerlo, su estómago comenzó a gruñir, pues cuando no iba a la finca, no tenía alimento asegurado. Era vergonzoso. Mientras vagó por las calles recién arribó, unos mendigos le hablaron de un lugar donde a veces la gente iba a hacer caridad: la Corte de los Milagros. Se dijo que ojalá nunca tuviera que recurrir a ese lugar, sin embargo, esta vez, no tuvo más remedio, para un hombre como él, el orgullo era un lujo vedado.

Estando en aquellas calles mugrientas, un ataque de tos lo invadió, al grado que el frasco de tinta cayó, rodó un poco y se rompió, manchando la calle de un negro profundo, como la sangre en la oscuridad. No tardó en él mismo hacer lo mismo y caerse, primero trató de recargarse en un muro, pero luego se arrodilló y terminó por acaecer sobre la tintura que había derramado, manchando su ropa de por sí sucia.

Creyó que ya estaba muerto cuando escuchó una voz, se dijo que eran los querubines que venían por él, por fin para llevarlo al descanso eterno, quizás así, dejaría de sentir ese sopor. Porque si los ángeles hablaban un idioma, ese debía ser el francés, que era suave y delicado, todavía tuvo tiempo de pensar. Se llevó una mano al pecho y logró abrir los ojos, no eran querubines, era una persona, seguía vivo, y no supo si sentirse contento o decepcionado.

Jól vagyok* —alcanzó a decir en su lengua natal, incapaz de pronunciar algo en francés. Con la chaqueta desgastada, se tapó la boca mientras intentaba ponerse en pie, con las manos llenas ahora de negro. Se sostuvo del muro, y logró incorporarse un poco, aunque doblegado y con una mano en el pecho. Le dolía, le dolía mucho y el hambre había pasado a segundo plano. Aunque era obvio que la pésima alimentación no ayudaba en nada a su condición.

Estoy bien —fue capaz de agregar unos segundos más tarde, aunque la tos aún arremetía, echando por tierra su aseveración. Trató de enfocar a la persona que ahora estaba cerca, a la que le había hablado, aunque no había entendido qué, todavía muy aturdido como para distinguir el francés.


*Jól vagyok (húngaro): Estoy bien.


Última edición por Izsák Kodály el Lun Feb 05, 2018 7:03 pm, editado 1 vez


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Re: Hopeless → Privado

Mensaje por Ladislav Pekkus el Jue Dic 14, 2017 11:14 pm

Tus actos son tus monumentos.
Wonder – RJ Palacio.



La corte de los milagros, ese lugar donde la pobreza y la solidaridad se abrazaban. Dónde se podía aprender de la vida y volver a confiar en la humanidad al ver como los que menos tenían le tendían la mano a otros. Ladislav solía colaborar en lo que pudiese, tal vez podría parecer que no era mucho lo que podía aportar, no era una persona especialmente pudiente en lo tocante a su economía. Solía llevar harina, aceite o leche, pues esos eran obsequios que recibía generalmente de la gente a la que ayudaba, a su vez él lo usaba para ayudar a otros. Esa mañana, por ejemplo, había terminado de colocar las asas en unas fuentes de hierro que servirían en la corte para las mujeres que se dedicaban a cocinar. Eran dos y muy pesadas, por lo que Ladislav tuvo que dirigirse al lugar en su caballo, la única posesión valiosa que tenía.

Iba a ritmo tranquilo, metiéndose por las calles más angostas y menos transitadas. No tenía apuro, la hora del almuerzo había pasado ya por lo que nadie estaba esperando que llegase él con los nuevos objetos, esos que colgaban a los costados de su montura. El presentimiento lo golpeó antes de que hiciese contacto visual con el hombre. Ladislav primero supo que debía detenerse a ayudar a alguien y luego, tras unos segundos, reparó en la persona que al costado de la calle buscaba aire con desespero, doblado sobre sus rodillas.


-¿Puedo ayudarle? –le preguntó, aunque sin importarle la respuesta Ladislav se apuró a bajar de su caballo.

El hombre habló, pero él no entendió su lengua. Se acuclilló junto a él para ayudarle a descansar la espalda contra la pared. La tos era horrible, evidencia del mal que anegaba su pecho y no le permitía respirar con normalidad.


-Permítame –le pidió y con disimulo miró a un lado y otro de la calle, podía meterse en problemas por hacer aquello de manera tan expuesta-, puedo ayudarle. En un momento esto pasará –le prometió y apoyó la mano abierta de lleno en el pecho de él.

Lo miraba fijamente y no estaba seguro de que él le entendiese, pero Ladislav podía hacer que respirase mejor y esa certeza le parecía motivo suficiente para arriesgarse allí mismo. Era peligrosísimo, pero él siempre se manejaba así y hasta el momento no había vuelto a toparse con la Inquisición, solía pensar que sí Dios le había dado sus poderes entonces también Él se encargaría de cuidarle de quien quisiese dañarlo por ayudar a otros como lo hacía. Sus dedos se tensaron sobre el pecho del desconocido, la palma comenzó a cosquillearle y él no tardó en comprender que el hombre estaba verdaderamente enfermo. No bastaría con aquello para que sanase, pero al menos debería serle un alivio momentáneo.


-Respire –le pidió y él mismo lo hizo, respiró profundamente llenando de aire su cuerpo-, ¿se siente mejor? Debería comer algo, está muy débil.



La memoria… esa cruel enemiga del consuelo.


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Re: Hopeless → Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Lun Feb 05, 2018 7:30 pm


Por largo rato todo continuó siendo confusión, aunque comenzaba a ubicarse mejor, por ejemplo, tuvo la certeza de que quien lo ayudaba ahora, era un hombre, un hombre de complexión robusta, de rostro barbado, como el suyo, aunque no alcanzó a distinguir sus rasgos, y por eso mismo, le fue imposible precisar una edad.

Se dio cuenta después del porqué conseguía tranquilizarse. Algo estaba haciendo el otro, algo que Izsák no supo explicar, algo que lo hizo sentir calor en el pecho, calor y frescura, como si sus pulmones enfermos se le dieran tregua por una vez en la vida. Hizo caso, y comenzó a respirar de nuevo. Dio una gran bocanada primero, y luego, de a poco, el aire comenzó a entrar y salir de su cuerpo con normalidad. Tragó saliva, y alzó el rostro para ver a su salvador. En efecto, era un hombre corpulento y con barba, aunque no mucho mayor que él. No parecía del tipo que tendiera una mano, pero quién era él para juzgar, ahí estaba ahora, ¿no? A salvo, gracias al desconocido.

Yo…, quiero decir, gracias —dijo, quedo, aún débil por el ataque que casi lo mata ahí mismo, en las calles de una ciudad desconocida. Esa era una amenaza latente en su vida, la de morir así nada más, fulminado en cualquier lugar.

Asintió y se incorporó, dejando rastros de tinta ahí donde ponía las manos. Ésta ya se estaba secando en sus dedos, resecando su piel, más de lo que ya estaba.

Sí, sí… lo sé. A eso vine antes de que… —Pareció reflexionar en algo—. ¿Cómo lo consiguió? ¿Cómo hizo que mi tos se detuviera, y no sólo eso, sino darme alivio? Sentí un alivio que jamás había experimentado. —Su francés era torpe, pero entendible. Abusaba de la formalidad, pues así lo había aprendido, y el acento urálico permeaba su voz a cada momento, ese tono húngaro que hacía que a veces juntara dos o más palabras.

Nunca había sentido algo parecido —continuó, aún sorprendido por la experiencia y con los ojos azules clavados en el sujeto, intrigado, y un poco necesitado de respuestas, no porque la deseara para un propósito en específico, sino porque sólo en ellas iba a encontrar paz. Quizá… quizá su problema tenía solución y él no lo sabía. Nunca gozó de los recursos para saberlo. Se mordió el labio inferior que, causa de sus pésimas condiciones de vida, comenzó a sangrar en ese instante.

¿Usted sabe dónde puedo conseguir comida? Me dijeron que viniera aquí, pero no sé a dónde dirigirme exactamente —explicó y se movió, aunque lo hizo sólo por la mera necesidad, dio un paso en una dirección y luego otro en la opuesta—. Me llamo Iszák, no soy de aquí, como habrá notado. ¿Usted lo es? He descubierto que París está lleno de extranjeros, algo en esta ciudad nos llama, supongo. —Intentó sonreír, lo consiguió con cierta torpeza, taimado y torpe.


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Re: Hopeless → Privado

Mensaje por Ladislav Pekkus el Lun Feb 19, 2018 7:01 pm

Siempre le daba pudor recibir palabras de agradecimiento por la ayuda que él daba. Era como si se llevase los halagos que en verdad eran para otro, como si lo premiasen por algo que él no merecía. Ladislav siempre, desde que sus dones despertaron, tuvo muy en claro que aquello que podía hacer era por obra y gracia de Dios y que ayudaba a los demás para poder mostrar que el amor del Creador estaba más cerca de lo que las personas imaginaban. Se ponía nervioso y, pese a ser un hombre experimentado, un hábil y fuerte herrero, enrojecía cual quinceañera tras el primer beso de su amado.

-No me agradezca, se lo ruego –le dijo, con vergüenza-. Déle mejor las gracias a Dios, él permitió que yo tomase este camino hoy.

Intentó colaborar para que el hombre se pusiese en pie, pero no quería presionarlo. Que se tomase el tiempo que necesitara, Ladislav no tenía apuro alguno. Sí controló nuevamente su respiración colocando dos de sus dedos sobre el nacimiento de su pecho.

No podía decirle cómo lo había hecho, por supuesto. Además tampoco lo sabía, él no hacía más que usar sus manos, a veces sus palabras, y era Dios quien se encargaba del resto. Pese a eso, al desconocimiento del origen de todo, Ladislav era muy consciente de lo peligroso que sería hablar de aquello en plena calle. Las farolas de París hablaban un idioma que los inquisidores entendían bien.


-En París hay todo menos franceses –se rió-. Sí, también soy extranjero. Me llamo Ladislav Pekkus, ha sido un placer ayudarle –tendió su mano para apretar la de él-. Iszák… ¿Iszák? ¿Lo estoy pronunciando bien? No lo creo, lo siento. Iszák –intentó una vez más y le pareció que había mejorado-, sí sé dónde puede alimentarse. Allí también podremos hablar mejor acerca de lo que le sucede a su respiración, sé como puede hacer para que eso mejore… Venga, vamos.

Lo ayudó a incorporarse y con un gesto lo invitó a subir a su caballo. Iría más cómodo y llegarían más rápido, aunque Ladislav prefería caminar para guiar al animal. No estaban lejos.

-Está sangrando –notó y rebuscó en el bolsillo de su camisa hasta dar con su pañuelo. Se lo tendió-. Estamos muy cerca de La Corte de los Milagros, hacia allí me dirigía cuando lo he visto. Verá, soy herrero –acompañó sus palabras con algunos gestos, el martilleo el más gráfico, porque no sabía si él llegaba a entender lo que le contaba-. Tengo que entregar allí algunas cosas. Y hay comida, la preparan allí y cualquiera es bienvenido a comer de sus ollas. Con usted en la montura llegaremos en menos de cinco minutos.



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Re: Hopeless → Privado

Mensaje por Izsák Kodály el Mar Abr 10, 2018 9:58 pm


Decidió, después de haber dudado, que el sujeto le agradaba, aunque hablara de Dios con ese fervor, cosa que el húngaro no compartía. Suponía que en algún punto entre la miseria y la enfermedad había perdido la fe, pero tampoco lo contradijo. Si el hombre le decía que él era Dios en persona, iba a creerle desupués del milagro que había obrado en él. No era un chisme de lavanderas en el río, nadie iba a contárselo, él lo había sentido en su pecho.

Lo has pronunciado bien, Ladislav —repuso y esta vez le fue más sencillo sonreír. Fue a decir algo más pero la promesa, no sólo de comida, sino de una cura lo hizo moverse con celeridad. No sabía montar, pero con un poco de ayuda de Ladislav pudo treparse al caballo y sólo asintió.

Gracias —dijo y comenzaron a avanzar. Encontró terriblemente incómodo eso de andar a caballo, pero suponía que las personas como el otro, o como sus patrones en finca ya estarían acostumbrados.

Como le prometió Ladislav, estuvieron el lugar en cinco minutos, tal vez menos. Desde ahí ya podía oler la comida y su estómago gruñó, quejándose obviamente, pero ya no quería hacer más el ridículo y se contuvo. Era tonto, creía, que en su estado y en sus circunstancias, conservara todavía un poco de dignidad.

Se bajó por sí solo del corcel, aunque debió esperar a que Ladislav le echara una mano, pues casi se cae y el dolor de haber aterrizado con toda la planta de los pies, estuvo seguro, le iba a durar hasta Navidad, aún así, no se quejó y sólo miró a su acompañante, como esperado a que lo guiara, aunque los guisados calientes que lo aguardaban dentro ya eran suficiente Norte para avanzar.

Herrero —repitió—, sé lo que es un herrero, sí. Jamás podría hacer algo similar, soy propenso a los accidentes, seguramente quedaría marcado por los hierros calientes —dijo y se quitó un mechón de cabello castaño de la cara, lo acomodó detrás de una oreja. Sí, por supuesto, era propenso a los accidentes y demasiado sensible, a veces le decían, y aún así era un peón que hacía las labores que el capataz le exigía, sin poder chistar. A veces era alimentar ganado, pero a veces era herrar a los caballos, recoger la cosecha o arar la tierra.

¿Necesitas ayuda? —preguntó, pues si iba a dejar algunos encargos, seguro éstos pesaban. Era lo menos que podía hacer después de que Ladislav le había salvado la vida y no exageraba—. ¿Vamos? —Señaló con la cabeza la entrada al lugar, donde más gente como él, en harapos y hambrienta, entraba y salía.

Quería probar bocado, desde luego, pero con todavía más hambre, quería conocer qué cosa extraña había hecho su salvador para haberlo hecho dejar de toser.


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Re: Hopeless → Privado

Mensaje por Ladislav Pekkus el Vie Mayo 18, 2018 9:12 pm

En cuanto se acercaron al lugar, fueron recibidos por el aroma del guiso que allí cocinaban. Era bueno, Ladislav daba fe de ello, si habían juntado suficiente dinero incluso le ponían pollo. Ladislav se giró para ayudar a su inesperado acompañante a desmontar, pero descubrió que él ya lo había hecho por sí solo y le sonrió.

-Gracias, estas cosas son algo pesadas… Pero mira, del otro lado del caballo tengo dos atados de mantas que quiero darles a las personas de aquí. ¿Puedes tomarlos? –Ladislav se ocupó de las dos ollas y el caballo relinchó al ser libre de aquel peso, el herrero lo tomó como un agradecimiento y le acarició el pelaje-: Gracias a ti, amigo fiel.

Dejó al animal atado a la rama de un arbolillo que parecía poder quebrarse ante cualquier movimiento del caballo, pero no había ningún otro sitio mejor. Se adentró en el lugar, donde sonaban algunas gaitas, y saludó con una inclinación de cabeza a quienes lo miraban; mayormente eran gitanos y esclavos, y Ladislav era buen amigo de ambos grupos que parecían convivir en alegría allí.

-Vamos a la cocina, Izsák –le dijo, para que continuase siguiéndolo-. Puedo presentarte a las cocineras, ellas seguro nos darán de comer. Huele, huele –cerró los ojos y se dejó reconfortar por el aroma-, me recuerda a mi madre y a sus comidas.

La cocina era simplemente un rincón en la parte trasera de esa edificación –en partes derrumbada- donde una olla de enormes dimensiones pendía sobre un fuego, allí una negra liberta –a la que su dueña le había dejado al morir, y certificado en su testamento, la libertad- mandaba y prueba de ello era la seguridad con la que revolvía el guiso mientras con la otra mano agregaba algunas verduras.

-¡Constantine, querida mía! –exclamó Ladislav al acercarse a ella que dejó lo que hacía para abrazarlo-. No, no. No lo levantes, es muy pesado –le dijo cuando la anciana quiso desembarazarlo del peso de las ollas-. Lo dejaré aquí, ya está arreglada ésta y esta otra es un regalo de mi parte. Mira, he venido con un amigo hoy –dijo y se movió para presentar a Izsák-, hemos traído abrigo para los niños. ¿Podremos repartirlo luego? Le comentaba a mi amigo Izsák que tus guisos son los mejores de París y le ha dado curiosidad así que decidí invitarlo a comer.

La mujer rió por el cumplido y luego se mostró agradecida con ambos por las ollas y mantas, incluso abrazó a Izsák. Les dijo que para la comida faltaban unos minutos, por lo que Ladislav resolvió que podían repartir el abrigo entre los niños antes de sentarse a comer.

-Izsák, ¿me ayudas con eso? –le pidió con confianza, como si fuesen grandes amigos. En verdad él, que era muy sociable, no había hecho amigos cercanos en la ciudad. Quizás por miedo.

Cortó con una cuchilla –con la que Constantine había cortado las verduras- las soguitas que mantenían ambos atados unidos y sacó las mantas que le habían donado. Eran su paga, a veces tenía oportunidad de ayudar a gente de buena posición que se ofrecía a pagar por sus servicios y él les pedía cosas así: abrigo, alimento, sillas… cosas que le pudieran servir a esas personas con los que a él sí le gustaba pasar el tiempo: los gitanos y los esclavos.


-¿Cómo te sientes? Has recuperado el color, amigo –le dijo mientras se inclinaba sobre dos niñitos que dormían muy juntos para tender sobre ellos la primera de las mantas-. Ya verás que poco a poco estarás mejor. Pero en cuanto podamos estar a solas, y luego de comer, te daré algunas recomendaciones.



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