Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Benjamín Revueltas el Dom Dic 03, 2017 5:09 am


“Abre su umbral el tiempo,
y en él se imantan
los objetos.
Se ahondan en él,
y él los sostiene así:
claros, rotundos,
generosos. Frescos llenos de su alegre volumen,
de su esplendor festivo
de su hondura estelar.”
— Coral Bracho, Desde esta luz


Respiró hondo. La promesa que le había hecho a su abuela se iba a concretar en unos cuantos minutos y en unos cuantos pasos, la de reencontrarse con su padre. Benjamín tampoco tenía muchos lugares a los cuáles ir, pues una sentencia de muerte pendía en él allá en Oaxaca, en el Virreinato. Pero, se dijo, era autosuficiente, podía sobrevivir, lo había hecho ¿no? Llegando a ese lugar desconocido, haciéndose de un empleo contactando a Zarkozi que finalmente fue quien le dio la última pista para poder llegar hasta ese lugar. Algo mucho más grande e importante lo obligaba a estar ahí, su abuela Herlinda. Eso fue lo último que le dijo antes de emprender su viaje al Mictlán, que fuera en busca de Felipe, que no era un mal hombre. Benjamín no tenía muchas expectativas, sólo cumplir con el designio. No esperaba que lo fuera a heredar, que lo fuera a reconocer (aún cuando llevaba su apellido) o que lo fuera a acoger siquiera en su casa, aunque si era sincero, eso sí que lo esperaba, mientras todo se calmaba en la Nueva España.

Volvió a respirar y tocó a la puerta de aquella enorme casona, como ninguna que hubiera visto jamás. Las haciendas en su pueblo eran minúsculas comparadas con esto. No obtuvo respuesta y volvió a azotar la aldaba, con más ímpetu y por más tiempo. Al fin atendieron, un hombre demacrado por la vida. No era Felipe, este sujeto era más joven y vestía con la formalidad de un sirviente. Lo miró de arriba abajo con desdén. Benjamín no tenía los recursos, pero no iba con harapos, sino con algunas prendas que robó camino ahí de un tendedero sin vigilancia. Aún así, al parecer, era algo demasiado humilde.

El mayordomo hizo una mueca de asco cuando terminó de estudiarlo y Benjamín, orgulloso y guerrero, odió eso. Tomó aquello como señal para hablar.

Vengo a ver a Felipe Revueltas, me llamo Benjamín, él sabrá quien soy si le dice mi nombre —dijo en un perfecto castellano, aunque marcado por su acento siseante de su zapoteco natal. No titubeó, no después del modo en que fue observado. Así, parecía heredero de Cocijopij II, el último rey de Zaachila.

Miró con intensidad al sujeto, y se contuvo de usar sus habilidades, que seguían débiles y poco controladas, estando tan lejos de su tierra, desde donde nacía su magia, misma que era mucho más antigua de lo que ese hombre frente a él podía imaginar. Dentro de Benjamin corría la sangre del águila y el jaguar, del dios murciélago y la serpiente emplumada, que no viniera un gachupín a querer menospreciarlo.

Permítame —dijo el mozo, como no sabiendo qué más decir y le cerró la puerta en la cara.

Benjamín entonces se dedicó a observar al rededor suyo, el páramo que era diferente a la selva donde había crecido. Miró también la monumental casa. Se sintió más lejos de lo que en realidad estaba de Oaxaca, como si estuviera en otro mundo, diferente y ajeno a él. Sólo se giró y levantó el rostro cuando la puerta se abrió de nuevo. Esperó ver al mozo, o a Felipe, aunque no lo conocía, no obstante, frente a él estuvo un fragmento del pretérito, una visión que debía ser producto de su imaginación. Abrió bien los ojos oscuros, y por un segundo, no supo qué decir.

Trinidad —musitó muy quedo, para comprobar que no era un sueño—. No puede ser —dijo, pero tan podía ser, que ahí estaba, frente a ella, mientras había estado buscando a su padre.


Última edición por Benjamín Revueltas el Jue Abr 12, 2018 1:58 pm, editado 2 veces


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Re: Desde esta luz → Privado

Mensaje por Trinidad Alcalá el Lun Ene 29, 2018 2:28 am

<<¿Sabe lo mejor de los corazones rotos? Que solo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños.>>
Carlos Ruiz Zafón

Se suponía que debía mejorar, que aquel tratamiento nuevo haría que los pulmones de María Clara respondiesen satisfactoriamente. Pero no. Trinidad le controló el pulso, este estaba muy débil y, además, tenía algo de fiebre. Inmediatamente hizo llamar al médico y fue un día muy largo. La sangraron y, finalmente, la temperatura bajó con el caer de la tarde. Felipe estaba triste de ver a su mujer así, y su hijastra fue la que tuvo que contenerlo, como siempre. Trinidad se hizo cargo de todos los cuidados y pasó la noche en vela, una más de tantas. Se secó alguna que otra lágrima entre rezo y rezo, pidiéndole a Dios que le de fuerza a su madre, no estaba lista para perderla. Y, por intervención divina o por pericia médica, María Clara amaneció mejor, más repuesta, con mejor ánimo y con apetito. Trini hizo preparar un buen desayuno para la mujer, y ella misma la ayudó a ingerirlo. Su propio estómago rugió, hacía casi veinticuatro horas que no probaba bocado.

Ve a comer algo, hija —dijo la mujer con voz ronca. —Una doncella se quedará conmigo. Debes descansar. Estoy mucho mejor.

Madre, estoy bien. Termina tu desayuno —le pidió, con una suave sonrisa, mientras le untaba dulce a una tostada y se la daba en la boca.

Lo terminaré si me prometes que luego irás a tomar el tuyo y a dormir —respondió, una vez que tragó.

Te lo prometo —concedió, insegura de dejarla sola.

Cuando María Clara dio por finalizada la comida, Trinidad se retiró hacia el comedor. Una de las empleadas le había preparado la mesa y se sorprendió de que hubiera un solo lugar. Le extrañó que Felipe no se encontrara allí, pero le informaron que salió apurado hacia el centro de la ciudad luego de leer la misiva de su abogado. Con un gesto de incertidumbre, se abocó a comer y beber como si fuera su último día con vida. Trinidad siempre había gustado de la buena comida y, agradecía que su cuerpo no se correspondiese con la cantidad de alimentos que ingería. Escuchó, a lo lejos, que alguien tocaba la puerta, pero no le dio importancia. Continuó con su actividad hasta que, unos segundos más tarde, apareció el mayordomo, que parecía contrariado.

Buscan a Don Felipe, señorita Trinidad —anunció.

Se ha retirado. Desconozco su horario de regreso —comentó, intentando dar por zanjado el tema. Pero el empleado no se movió. — ¿Sucede algo, Eusebio?

Lo busca un muchacho que dice que Don Felipe sabrá quién es cuando le diga su nombre.

Entiendo… Quieres que me haga cargo de despacharlo —suspiró, impaciente. Se ajustó la bata color azul y se encaminó hacia la entrada. —Eusebio, no puedo tener las riendas de todo en esta casa, mucho menos de los asuntos privados de mi padrastro —más que al mayordomo, se hablaba a sí misma. —Quédate ahí —abrió la puerta y se quedó de una pieza.

Trinidad tuvo que sostenerse para no caer. La invadió una profunda sensación de vértigo, que la surcó de pies a cabeza. Las agujas del reloj fueron en reversa, muchos años atrás, hacia aquella época donde era joven y estaba llena de sueños, donde no era esa soltera condenada a la soledad y al cuidado de enfermos. Vio a esa muchachita entusiasta, alegre, en aquellas calles coloridas del Virreinato y no pudo contener las lágrimas porque, también, lo vio a él: Benjamín.

Benjamín… —tradujo su voz entrecortada. Y nombrarlo fue como sacarse una estaca clavada en el medio del pecho. Había anulado su recuerdo porque era muy doloroso, se sentía incapaz, incluso, de reproducir su nombre en su mente, solo cuando escribía aquellas cartas que a nadie llegarían. —Por Dios, Benjamín… —se adelantó un paso y estiró la mano para apoyar el dorso de sus dedos en la mejilla barbuda de su primer amor. —Eres tú… —sí, era él, no era otra de las jugarretas de su mente. Rompió el contacto, como si de pronto le quemase. —¿Qué haces aquí? —preguntó, un poco más centrada en la realidad.


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Re: Desde esta luz → Privado

Mensaje por Benjamín Revueltas el Jue Abr 12, 2018 2:36 pm


Por largos, largos segundos, sólo se escucharon las cigarras cantando su canción de abandono. Benjamín no podía ni siquiera parpadear, como si temiera que con ese acto, Trinidad se volviera a desvanecer como la primera vez. Al sentir el tacto ajeno, en cambio, le quedó claro que todo esto era verdad y quedó peor, pues no supo qué más hacer. ¿Lidiar con un recuerdo? Era fácil, ¿lidiar con la realidad? Se le antojó imposible en ese momento, tan lejos de su tierra, tan solo en este mundo y aunque antes encontró refugio en la mujer que tenía frente a él, en ese instante no supo si era lo que sentía exactamente, pues pronto la amargura de su despedida sin adiós vino a él rampante. Tragó saliva.

Vine a buscar a… —comenzó, pero no pudo terminar—. ¿Qué haces aquí? —reviró en cambio. ¿Qué estaba pasando? Fue a buscar al hombre que le dio la vida, y en cambio había encontrado a la mujer de la que se enamoró, quizá ingenuamente, pero amor al fin y al cabo. Y era ese amor el más puro y más sincero, el que no mide consecuencias. Casi agradecía que no le diera la oportunidad de decirle nada, porque quizá no habría podido soportar el rechazo, aunque a la larga, ¿cómo se suponía que debía tomar su huida sin siquiera una palabra de por medio?

Todo ese tiempo había creído que Trinidad se trataba sólo de un recuerdo que ya no le hacía daño, había días completos que no pensaba en ella, y cuando lo hacía, solía enfocarse en lo bueno, en las largas charlas debajo de un tamarindo en el parque del marquesado, vigilados siempre por sus damas de compañía. En los secretos dichos con las miradas y el juego inocente de manos, pero ahora que estaba frente a ella una vez más fue como si regresara a esa misma tarde cuando forjó una corona de flores para decirle lo que sentía por ella. Sí, estaba de nuevo debajo del tamarindo, tirado en el mismo sitio donde ella se desmayó la primera vez que hablaron (mas no la primera vez que se vieron) en un charco de su propia sangre, herido de muerte. Tal vez, sólo tal vez, ese despecho sordo fue lo que finalmente lo hizo unirse a la causa de Ramón de Alba, porque ya lo habían matado, los hombres del Virrey no iban a poder hacerle nada.

Vine a buscar a mi padre, Felipe —al fin dijo, recobrando cierta cordura y volviéndose a reconstruir de los recuerdos que había estado desmenuzando todo ese rato—. Vine a cumplir una última promesa a mi abuela —continuó y alzó el mentón, clavando los ojos de ónice en ella, como si se trataran de un par de cuchillos ceremoniales, utilizados por los sacerdotes de Tezcatlipoca para abrir el pecho de una doncella virgen y sacar su corazón aún palpitante.

No entiendo qué haces tú aquí —habló con dureza, quizá más de la que había querido emplear. Si bien guardaba cierto recelo, Trinidad no dejaba de ser Trinidad, su primer amor, y el primer amor es el más hondo, el que nunca se olvida. El primer amor se siente como el único, y para alguien como Benjamín, demasiado sumergido en otros problemas que iban desde liberar a la Nueva España hasta lidiar con su magia, quizá de hecho lo fuera. Quizá Trinidad en verdad era su único amor—. Nada de esto tiene sentido —dijo, más para sí mismo, una reflexión.

Tal vez había viajado tanto para encontrarla a ella, y no a Felipe. La Tierra, mujer de jade, de donde nacía su poder como hechicero, tenía formas muy raras para obrar y él no era nadie para cuestionarlas. Aún así, tenía un deber para con Herlinda que debía cumplir.

Trinidad —repitió el nombre marcando el acento indígena—, acaso vine por el adiós que no me diste. Puede ser eso, puede que por eso tú, de entre todas las personas de este reino, y todos los reinos, me abrieras la puerta, tan lejos del lugar donde nos conocimos —habló quedo y sonó melancólico, como si esa necesidad de cerrar el ciclo volviera a abrirse como una flor que sólo se abre al anochecer.


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