Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Broken Crown Halo {Privado}

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Broken Crown Halo {Privado}

Mensaje por Ciro el Jue Dic 07, 2017 8:59 am

Caos y estabilidad, conflicto y tregua, movimiento y quietud; sangre y oro. Oro líquido derramándose por su cráneo, sus mejillas, con cada uno de los reflejos de la caprichosa vela, movida por la brisa de la habitación. Sangre coagulada clavada en sus comisuras, enredada a los mechones salvajes y descuidados de su barba. Suciedad y limpieza la del espartano, quien, cuchilla en mano, se valió del filo para rasgar las hebras áureas que enmarcaban su rostro, tan sereno en apariencia como tormentosos eran sus ojos, casi transparentes. Mechón a mechón, la barba se fue cayendo al suelo sin interés alguno, limpiando los restos del crimen cometido hacía un rato antes. Cuánto tiempo antes, ya, era un misterio hasta para él.

Ni siquiera con la cordura que aparentaba se podía evitar atisbar, por el rabillo del ojo, un amago de locura, como si fuera un monstruo que esperaba al momento adecuado para decir “¡bu!” y asustar al más pintado. Bueno, no bu, Ciro no necesitaba esas tonterías tan grandes para aterrorizar al más pintado, ¡o que se lo dijeran a su víctima! El pobre desgraciado (una expresión cualquiera para referirse a alguien que no le había importado ni durante tres segundos al egocéntrico espartano) yacía, destrozado, en una esquina de la habitación que le había pertenecido y que el espartano había tomado prestada sin permiso, como si lo necesitara. ¡Eso ni en sueños!

Algunas cosas nunca cambiaban; su ego, pese a los cambios recientes de su vida, seguía intacto, muchas gracias por preguntar. Lo demás, sin embargo, sí estaba evolucionando, y se movía a un ritmo que a otro menos seguro de sí mismo lo abrumaría, pero no a Ciro. Haber mantenido a raya la locura durante un rato breve, más o menos desde que el corazón de su víctima había dejado de latir hasta aquel momento en el que se planteaba cosas, era una victoria considerable en sí misma, una que se añadía a la de haber sometido a su némesis, ¡por fin!, a su voluntad. Aún y todo, evitó ese tema, pues traía consigo cosas a las que no quería enfrentarse, no entonces, no estando de ese humor tan... bueno, tan confuso, ¡como siempre lo era él!

Eligió centrarse en lo práctico, en su lugar: su aspecto. Para variar, porque hacía bastante que no se preocupaba en demasía por algo tan trivial, pero ¿a quién le importaba! Apenas cortó sus cabellos, que parecían portarse con una rebeldía que escapaba a su control laxo, casi inexistente. Esos simplemente los echó hacia atrás en un gesto despreocupado, a juego con las ropas casuales que portaba, un abismo de diferencia en comparación con los harapos que había portado hasta hacía no demasiado, mas ¿acaso no había también una brutal diferencia entre quien había sido y quien estaba siendo en aquel momento? Ah, y sin rastro alguno de sangre: había tenido la deferencia (¿para quién?) de limpiarse.

Tal vez no se lo parecería así a un observador casual, ¡qué sabían ellos de él! (ya se echaba de menos el ego del espartano, ¿eh?), pero sí a cualquiera que hubiera prestado una mínima atención, y, bueno, era inevitable hacer eso con él, ¿eh? Lo que no parecía era que había cambiado, pero lo había hecho, y mucho. Incluso en su paso se notó mientras se largaba de aquella casa (que hizo arder, una muestra más de que se empezaba a preocupar de las consecuencias de sus acciones. ¡Quién lo había visto y quién lo veía...!), pareciendo más un salvaje domesticado pero al borde del abismo que una fiera difícilmente fingiendo ser un humano, o lo que fuera Ciro. Un cambio mínimo, puede discutirse, pero no lo fue tanto en su camino al Louvre, donde las miradas lo siguieron con el crujir de cuellos girando en su dirección, para su desgracia sin romperse.

Tentado estuvo de chasquear la lengua, pero no lo hizo. Más tentado estuvo aún de asesinar a los vigilantes que su creación había colocado allí y que le impidieron el paso hasta que la expelirroja, intrigada, le permitió pasar. Ciro le dedicó una sonrisa ladina con los ojos muy abiertos, señal innata de locura, pero ella lo conocía y sabía que con tenerlo vigilado bastaría, de modo que aceptó el cambio en la demencia del vampiro a una más contenida y le permitió pasar, ¡como si necesitara su permiso! Tal cual lo hacía Pedro por su casa, o Ciro por un mundo que sabía que una vez le había pertenecido, caminó con pasos largos hacia la habitación a la que no supo que iba a ir hasta que no llegó a ella y vio a su ocupante. Ah, tenía sentido, pensó; cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella.

Cassandra. – ronroneó. El oro líquido de sus cabellos, intenso al estar rodeado del pan de oro de la pintura del Trecento porque parecía pegársele el resplandor de las obras, se mezcló con su tono de voz, agradable y casi pacífico. – Terminamos nuestra última conversación de forma demasiado abrupta. – añadió, y no hizo falta que añadiera más porque la orden quedaba implícita en su voz: y por mis santas narices la vamos a terminar, ¡demonios! No contaba con que ella estuviera allí, ni siquiera contaba con ir allí, pero siempre habían tenido una conexión extraña ellos dos, ¿no?, así que se trataría de eso, a saber. Desde luego, de pensarlo, Ciro lo sabría, pero no iba a malgastar su tiempo hasta tal punto; algunas cosas, definitivamente, nunca cambiaban, ¡qué déjà vu pensar eso otra vez! En fin. Volviendo.

Me labré un enemigo gracias a quitarme de en medio a un error que cometí transformando a un inútil, ¿a que te suena familiar? – consiguió que el insulto hacia ella pasara casi desapercibido al admitir el error, al demostrar que su ego había quedado abollado como consecuencia de todas las decisiones que había tomado con el tiempo. Además, ¿lo había sido? Quién sabía. Había transformado a muchos, ella no tenía por qué ser el peor de los fallos del espartano. – Le revolví la mente y los pensamientos para ponerlo en contra de su casi creador, mi creación. Después lo abandoné y convertí en mi enemigo, mucho más que otros porque le di munición, y cuando la caza terminó el cazado fui yo. Me torturó hasta volverme loco, liberarme, no lo sé; casi me mató del todo, pero no lo hizo, y cuando te vi me estaba reconstruyendo para poder vengarme. Ya lo he hecho. Eso es lo que sucedió, ¿estás satisfecha? – concluyó, con algo de curiosidad. La justa, eso sí.




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Re: Broken Crown Halo {Privado}

Mensaje por Cassandra el Vie Dic 29, 2017 11:03 pm

Quería pretender que, con cerrar los ojos, todo cuánto fue se desvaneciera así nada más; que su pasado se convirtiera en cenizas y que éstas se echaran a volar al viento hasta extinguirse en la infinidad del mundo. Era una idea infantil, llegó a repetirse muchas veces, pero aquello que la atormentaba por dentro, la obligaba a tener pensamientos tan poco sustanciales. Se sentía extraña, incluso molesta, por tener que verse implícita en una situación así, sobre todo por considerarse alguien de ideales firmes, que no se dejaba doblegar por nada, ni por nadie mucho menos. Sin embargo, no siempre fue tan resistente al pasado, y éste decidió demostrárselo con creces, especialmente por fraguar un encuentro que, más que molesto, resultaba decepcionante.

Pero, ¿acaso ella se esperaba algo así? El otro personaje implicado, menos lo tenía en cuenta. Ambos habían decidido acabar su historia de antaño como dos malditos desconocidos, y así debieron serlo durante todos los siglos en los que se dedicaron a obrar a su manera, complaciendo los intereses particulares de cada quien sin impedimento alguno. ¡Y claro que fue de ese modo! No obstante, y pesar de empeñarse en aferrarse a lo contrario, tarde o temprano, algo así tenía que suceder, sin importar los resultados, porque, conociendo a los dos participantes, la respuesta aún parecía demasiado voluble.

Cassandra no dejaba de sentirse un tanto contrariada en ese momento. La cita inesperaba de la noche anterior fue la gota que derramó el vaso. Había una ligera culpabilidad en ella, porque sentía que se había traicionado a sí misma con respecto a sus sentimientos. No quería hundirse en un montón de explicaciones sin sentido sobre lo que llegó a sentir (y sentía) hacia el osbtinado de Pausanias. Verlo, de nuevo, no le hizo bien. Escucharlo no fue agradable. Quiso saber más de él, pero inmediatamente fue rechazada, ¡como si tuviera la maldita culpa de todo lo malo que le había ocurrido! Si aún seguía cometiendo errores, eso era, y seguiría siendo, su problema, ella no tenía que pagar por nada, porque ya bastante daño le había hecho como para continuar en esa misma actitud.

¡Y ya estaba! Tenía que superarlo, y por muy recientes que hayan resultado los incidentes, no podía seguir sumándole una importancia que, se aseguraba, no merecía. Quizá ya Pausanias se encontraba alejado de ese recuerdo, y hasta habría pasado de que, alguna vez, ambos coincidieron. Era lo mejor, ella misma se lo aseguró, incluso hasta sonó muy creíble. Sin embargo, hubo un punto y aparte, y el silencio no colaboraba demasiado. ¿De verdad a ella le daba igual? Cassandra no se percató siquiera que alguien le hablaba, simplemente parecía seguir un recorrido por inercia.

Quizá, ir al Louvre a ver a su descendiente (sí, a esa muchacha que había heredado sus genes, los mismos de su hijo) no había sido una idea brillante esa noche, porque apenas se estaba acomodando mentalmente de lo ocurrido hacía pocos días. Así que, luego de intercambiar alguna conversación amena con ella, Cassandra prefirió aislarse en una habitación discreta, ignorando el arte que se exhibía como mercancía para fanáticos y coleccionistas. Habían cosas que, ni con el pasar de los siglos, cambiaban. Otras sí tendrían que hacerlo, y aunque algunas decisiones no fueran tan atractivas, sabía que considerarlas y aceptarlas podrían darle un nimio instante de tranquilidad. ¿No era eso lo que realmente quería? Llevar más de dos mil años de existencia empezaba a pesarle, como le pesaban a muchos otros de su naturaleza.

Como tal vez le pesaría estar ahí presente, justo cuando lo vio demasiado cerca, y, aun así, se quedó rígida en su lugar, con ambos brazos extendidos a los lados y la mirada perdida en alguna parte, menos en él. No, ya no quería escuchar excusas, ni explicaciones, ni nada que saliera de su sibilina boca. Cassandra estaba cansada de tener que volver al mismo punto de antes. Pausanias no cambiaría nunca, ni por muy cuerdo que se mostrara en ese instante en el que... ¿Qué diablos hacía ahí?

—Creí haber dejado bastante claro que ya había dado por terminada esa plática de antes y que además no me apetecía tener que verte de nuevo, ¿o ahora te ha atacado la mala memoria? —replicó, indiferente, ausente inclusive, como si no habría tenido que escuchar nada. No, no debía, no era necesario—. Y no lo sé, has cometido tantos errores, que he perdido la cuenta a estas alturas. ¿Importa ahora? No lo sé, ni me interesa. Tienes el talento para arruinarlo todo, me parece.

Quizá le estaba recriminando, quizá no. Se encontraba tan ofuscada en ese momento por la presencia de él, que no sabía acertar con exactitud qué pensar. Exhaló, prefiriendo dirigir su mirada hacia cualquier otra cosa, sin prestar siquiera atención en nada que decorara la estancia. Ya, sí, lo había escuchado, y la sensación fue amarga, pero no podía demostrarle ninguna clase de empatía. Simplemente asintió, en silencio.

—¿Qué te hace pensar que estoy satisfecha? Mejor dicho, ¿de qué debería estarlo precisamente? No te entiendo, Pausanias. Tampoco sé si quiero hacerlo, después de todo lo que ha ocurrido, ya no guardo ningún tipo de falsas esperanzas —dijo, finalmente. ¿Debía continuar? Nada perdía con intentar una plática medianamente decente con él—. ¿Por qué regresaste? ¿Acaso sigues con la idea de querer vengarte de mí? Ya lo hiciste, y con éxito. Y no, nada tiene que ver con haberme convertido en esto...


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Re: Broken Crown Halo {Privado}

Mensaje por Ciro el Dom Ene 14, 2018 10:14 am

Ciro no tenía mala memoria porque eso era implicar que había algo menos que bueno en él, y tal vez su ego había renunciado a la idea de que era perfecto (a veces), pero seguía adorándose más de lo que adoraba o adoraría nunca a nadie, así que no, no se le ocurriría decir semejante cosa de sí mismo. Podía, sin embargo, claudicar un poco, un poquito nada más, y llegar al extremo de afirmar que tenía memoria selectiva; eso era cierto, tampoco se iba a esforzar lo más mínimo en negarlo porque no merecía la pena, sería sólo perder su tiempo, no compensaba el esfuerzo y demás sinónimos de la misma idea que explicaba que Ciro, en el borde de la locura y la ¿cordura?, no pensaba hacerlo.

Tampoco iba a perder valiosos segundos de su eternidad hablando de algo que ella no iba a escuchar, aunque hubo una parte de él que enseguida lamentó la decisión de no llenar el aire con el sonido de su propia voz. Había algo en la situación que la hacía particularmente deliciosa y... ¡Ya estaba! Era el hecho de que con ella solía hablar su dialecto de griego, el espartano que sólo aquellos dos fósiles (lo eran, que se conservaran muy bien no eliminaba esa dura realidad) eran capaces de hablar y de comprender. Y lo mejor era que había pasado a esa lengua sin darse cuenta después de utilizar una larga temporada, la de libertad, utilizando el francés, nada más.

¿Significaba eso que se había retrotraído a su tortura, donde sólo había usado esos sonidos incomprensibles para su captor con el mero hecho de enfadarlo? No. Significaba que ella le recordaba a su vida humana, tan llena de aristas como él mismo; significaba, también, que ella era tan pasado como presente, en contra de su maldita voluntad, y que la asociaba a demasiadas cosas contradictorias como para poder hacerse una idea clara de qué demonios le pasaba al verle la jeta a su antiquísima amante. Así pues, querida Cassandra, ¿cómo demonios esperas que se comporte el espartano, eh! ¿Esperas que algo de lo que hace tenga sentido...!

¿Desde cuándo me ha importado lo más mínimo lo que opines? Cállate y escucha. – ordenó, regio como él solo, y en sus labios se dibujó una sonrisa que, más que déspota, emanaba locura en oleadas, una clara señal de que la cordura era temporal y no definitiva, como casi nada en él. ¿Qué gracia tenía ser siempre igual...? Si se hubiera mantenido toda la eternidad sin variar nada, ni siquiera un poquito, se habría terminado abrazando a una estaca por pura desesperación y necesidad de evolucionar frustrada. En ese sentido, la tortura de Fausto había supuesto algo que él había necesitado, aunque jamás se hubiera parado a pensar en ello porque, a fin de cuentas, ¿cómo se iba a modificar la perfección...? ¡Era imposible, impensable, inconcebible!

Deberías estar satisfecha porque te estoy haciendo caso por una vez, pero luego el voluble y que cambia de idea rápido soy yo, porque por un momento parece que no me quieres escuchar y después, de repente, ¡eres toda oídos! – recriminó, y se las apañó para que sonara como una crítica constructiva, no como el ataque que fue. Por una vez, eso sí, no fue un ataque gratuito sino uno merecido, basado en acontecimientos recientes (¡já, chúpate eso, Cassandra, y aprende de la buenísima memoria del espartano! Así jamás volverás a criticarla) y en las palabras que ella había dicho. Teniendo en cuenta que ella siempre había sido una reina en comportamiento hasta sin haber sido coronada nunca (bueno, casi nunca), no le sorprendía mucho que fuera tan voluble. La horma de su zapato, habían llegado a decir en su tiempo...

Te queda un consuelo, hay días que no me entiendo ni yo. – afirmó, sin despeinarse ni parpadear, señales inequívocas de que hablaba totalmente en serio. Lo raro no era eso, aunque se caracterizara por mentir más que hablar, sino que hubiera elegido a Cassandra, precisamente, para decirle la verdad. – Mejor, las esperanzas son veneno, te lo digo yo. No quiero vengarme de ti, creo, qué pérdida de tiempo sería esa cuando has estado hasta hace nada muchísimo mejor que yo mismo. Qué sentido tiene quitarte algo que después me quitarías tú a mí y así eternamente, ¿no? Aunque tal vez sería divertido. Ahora que ya no tengo sentido ni objetivo, podría planteármelo. – afirmó.

¿Bromeaba, lo decía en serio? Quién sabía, de verdad. Si ya era difícil leer al espartano, antiguo diarca en sus ratos libres y demente la mayor parte del tiempo, en condiciones normales, mientras paseaba por el limbo entre la apatía y la locura todavía lo era más. Qué podía decir, no era del todo culpa suya encontrarse en esa situación en la que estaban metidos, aunque sí lo era haberse dirigido al Louvre, ni siquiera él sabía por qué. Quizá era cuestión de intuición, o quizá que hasta él sabía que tenía asuntos pendientes con Cassandra, y ¿qué peor momento para tratarlos que aquel...?

No he regresado a buscarte, ni siquiera sabía que estabas aquí. – explicó, con brutal honestidad, aunque no toda la posible. Al pensar en ello, sacudió la cabeza, sus cabellos cayéndole en un mechón sobre los ojos, y los apartó con un soplido, casi adorable. Pero sólo casi. – Pero algo, algo que no sé explicar, me ha hecho venir, y cuando te he visto no me ha extrañado. Ya te lo he dicho, nos vimos en un mal momento y dejamos cosas sin resolver; la experiencia me ha enseñado que, a veces, es mejor intentar arreglarlas antes de que la herida se gangrene y te crees a un enemigo que te vuelve loco de atar. Nosotros ya hemos sido enemigos, ¿por qué no probar algo distinto? – propuso, encogiéndose de hombros. Lo dicho: loco de atar.




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