Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Ghost in the Mist {Gaspard de Grailly}

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Ghost in the Mist {Gaspard de Grailly}

Mensaje por Gaspard de Grailly el Dom Dic 10, 2017 1:49 pm

L'ÉGLISE MONOLITHE
Algún momento de 1773

Era incapaz de concentrarse. Tenía siete años, era un crío que no llevaba demasiado tiempo bajo la tutela del padre Clément, y sólo quería saltar, correr, escalar el campanario, bajar las cuestas corriendo, ¡qué más daba! Quería moverse y no aprender a leer, aunque ya sabía; o a escribir, materia que dominaba por encima casi de la lectura, pero que le estaban obligando a practicar en ese día horrible y lluvioso dentro del claustro de la Iglesia Colegial, demasiado cercana a su casa. Una vocecita dentro de su cabeza le decía que aprovechara, que todo el tiempo que pasara allí no tendría que estar en el viñedo, pero esa parte estaba acallada por su necesidad de moverse y hacer algo, lo que fuera.

El padre Clément lo notaba, claro que sí, pero fingía no hacerlo. Tenía la remota esperanza de que Gaspard se terminara concentrando en la lectura del Evangelio que los dos tenían entre manos en vez de tenerlo concentrado en los frescos del claustro, ese segundo, en los relieves al siguiente, en el suelo al otro, y así durante la totalidad de la lección. Sin embargo, ambos sabían que el esfuerzo de concentración iba a ser inútil, de modo que el viejo Clément, que no lo era tanto pero Gaspard pensaba en él como si lo fuera, le dio permiso para descansar. Primer error: permitirle a aquel niño que hiciera lo que quisiera; segundo error, no perseguirlo inmediatamente.

Toda la energía que el chaval había acumulado en sus miembros, llenos de temblores por la quietud, se materializó en una velocidad sorprendente para salir del claustro hacia la calle, y de ahí enfilar la cuesta empinadísima que bajaría incontables veces en los años venideros, sin caerse ni una sola vez. Así, ante las atónitas miradas de los comerciantes y mercaderes del pueblo, porque por supuesto había ido a elegir hacer sus travesuras un día de mercado, Gaspard voló cuesta abajo en dirección a la iglesia monolítica, que solía permanecer cerrada pero no aquel día y no para él, para nada y en absoluto. ¡Ni una sola puerta lo haría aquel día!

Así pues, Gaspard se lanzó a las profundidades de la tierra y sólo se detuvo en medio de la nave central porque el relieve a medio terminar de lo que antiguamente había sido la zona del altar, mal orientada (no supo por qué era consciente de que aquel era el oeste, simplemente tuvo esa certeza y ya estaba), atrajo su atención. Tal vez fue por lo rústico, por las figuras abiertas a mil interpretaciones por su mente febril, o tal vez porque la humedad casi total del edificio se le estaba echando encima y empezaba a notar la transpiración en los brazos, no lo sabía ni lo sabría nunca, pero se quedó quieto lo suficiente para que el padre Clément lo alcanzara y lo golpeara incontables veces por su actitud y su desobediencia.

Gaspard no se movió de su sitio. Terminó boca arriba en el suelo, sangrando de unos golpes que no se planteaba si eran merecidos o no, y con los ojos verdes clavados en los dos ángeles que tenía encima, grabados en la roca. La iglesia permanecía en la semipenumbra, vacía salvo por ellos dos; el aire, cargado de una humedad increíble, se veía alterado por la respiración pesada de Clément tras el esfuerzo físico de la carrera y el castigo, mientras que Gaspard estaba casi tranquilo, dolorido pero concentrado. Así lo revelaba su ceño fruncido, sus dedos doblados en una posición casi imposible y tan dolorosa como los golpes que le sangraban visiblemente en la cara y en las ropas, su mirada centrada en los ángeles que tenía encima, como si las reliquias del santo fueran sus propios huesos en vez de los desaparecidos.

– Tomad esto y repartidlo entre vosotros. Os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios. Evangelio de... – comenzó, pero se vio obligado a parar cuando el padre Clément, sorprendido, terminó la frase por él: Evangelio según San Lucas. Y, aún más: ¡estabas escuchando! Ante ello, Gaspard se encogió de hombros y simplemente replicó necesito hacer cosas, moverme, lo que sea, o no puedo leer mucho, y no hizo falta más para que el padre Clément aprendiera dos cosas del joven, impredecible e hiperactivo Gaspard: el dolor le ayudaba a concentrarse mucho más que la quietud, y la imponente iglesia monolítica era mucho más productiva para aprender, pese a la oscuridad, que la Colegial.

A partir de aquel momento, pues, trasladaron sus lecciones. En vez de realizarlas en la luminosidad del claustro de la iglesia a la que la mayor parte del pueblo acudía a misa y que, para colmo, estaba al lado de su casa (¡qué casualidad!), Gaspard obligó al padre Clément a bajar la bendita cuesta cada día y adentrarse en las Catacumbas, la gruta del Santo, la pequeña capilla y la iglesia monolítica a cambio de un tesoro extraño: una mejora en su concentración. Una mejora gracias a la cual Gaspard aprendió mucho, el padre Clément supo exactamente a qué clase de inteligencia se estaba enfrentando, y no menos importante: Gaspard de Grailly descubrió que bajo tierra se sentía extrañamente cómodo...

Quién le iba a decir al chaval de entonces que su relación con las Catacumbas iba a ser tan importante en un futuro, ¿eh?


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Gaspard de Grailly
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