Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Roland F. Zarkozi el Dom Dic 10, 2017 2:35 pm

"No todo el tiempo puedes controlar lo que te sucede;
siempre pasa algo en la vida que no es tu culpa o que no está en tus manos evitar.
Pero tienes la opción de darte por vencido o de seguir luchando por una mejor vida."

.- Nick Vujicic



Dos años transcurrieron desde la muerte de Gregory Zarkozi, justamente ese día se cumplía el aniversario, Roland estaba seguro que en el Vaticano harían una misa especial, en París ya estaban montando todo el desagradable show. No estaba de humor para fingir extrañar a su padre, tampoco le sentaba bien que hicieran esa clase de conmemoraciones; los dos hijos volverían a faltar a tan importante evento. Sin duda ya podía escuchar las voces que no dejaban de criticarlos y decir lo malagradecidos que eran. Nadie había conocido verdaderamente a Gregory, solo sus dos hijos, quienes sufrieron gran parte de su crueldad. Había mucho resentimiento en él aire, probablemente si resultaba que se encontraba con vida, Roland lo terminaría de matar, aunque dudaba realmente que Abigail lo hubiera dejado con vida. Su hermana era superior a él en demasiados aspectos.

A pesar de todo lo malo, Roland tenía que agradecer un par de cosas. Con la muerte de Baptiste, todo pasó a ser suyo, así que por francos jamás tendría por qué preocuparse, encima de todo le había dejado una prestigiosa academia de Soldados/Inquisidores, aunque no es que fuera totalmente ajeno a ella, sin duda, aunque Gregory siguiera vivo, el mayor de los hermanos Zarkozi, terminaría adquiriendo ese inmueble con todo aquello que conllevaba tener su responsabilidad; desde pequeño se había entrenado ahí, incluso fue profesor en el campo de batalla y con el uso de armas, ahora que era director y supervisor de vez en cuando volvía a sentir la adrenalina de tales entrenamientos.

Todo estaba por cambiar.

Las rutinas cambiarían y dado a que no parecía los Zarkozi iban a tener descendencia, más valía que encontrara a quienes podrían seguir con su legado. Roland estaba recibiendo a un grupo considerable de Condenados esa mañana. Pasó lista y escuchó con atención las habilidades de cada uno, también realizó ciertas pruebas físicas y mentales, antes de elegir una facción, tenían que ingresar a esa academia para recibir resultados que permitieran tomar mejores elecciones. Era parte de las reglas, sin duda alguna.

La primera misión resultaba sencilla, no se podía arriesgar a los novatos en el primer momento, debían pensar a futuro con ellos. Para El Silencioso, no sólo representaban armas humanas, todos tenían una historia y debían ser inspirados para ser parte de la que se iba a contar a quienes les precedieran. ¿Por qué en ese tipo de instituciones la crueldad resultaba el mejor entrenamiento?

Llevaban dos horas en busca de un grupo de hechiceras y hechiceros, parecían malos rastreadores; sin embargo no iban mal. Así que prosiguió con la caza dejando que se adelantaran, en el camino se encontró a un par de soldados expertos y se entretuvo conversando. Poco tiempo bastó de la pequeña y breve charla (haciendo honor a su nombre), para que siguiera adelante; encontrar a sus nuevos reclutas no fue difícil pero si molesto. Una nueva jovencita había dejado pasar a una posible sospechosa. Negó un par de veces y paró la misión. Con un movimiento de manos, les exigió formarse.

- Una de las reglas básicas de esta profesión y de no salir sin vida, es que, al iniciar una misión y en camino a ejecutarla, toda criatura que se interponga en su camino es un posible sospechoso – Los miraba a cada uno mientras avanzaba de izquierda a derecha. – Su compañera… - Hizo referencia con una mirada – Acaba de dejar ir a una sospechosa, con clara aura de hechicería – Negó – Dejar escapar a alguien cerca del punto por atacar, puede ser su perdición, quizá está pidiendo ayuda – Sus instintos estaban alerta a todo lo que pudiera pasar. – No matamos por matar, mucho menos encerramos por placer, se haga para salvaguardar vidas inocentes sin importar la especie – Su voz iba subiendo de volumen tanto como su molestia – Quiero a todos de regreso a  paso veloz y a ti, te veo en el comedor cuando el sol comience a caer – Sin más, dio la vuelta y se perdió entre el bosque para regresar a su hogar.


"Si le prestas atención a su mirada en vez de su sonrisa.
verás la tristeza en sus ojos."
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Re: The self-destruct button → Nina Pelkova

Mensaje por Nina Pelkova el Vie Ene 12, 2018 11:27 pm

Todo en la vida de Nina Pelkova estaba mal. Intentaba aclarar su mente, pero no lo lograba porque los fundamentos sobre los que había basado su vida se caían de golpe, todo era una mentira horrible. Su padre la había entregado justo a aquello que le había enseñado a odiar.

Los Pelkov, un clan de poderosos hechiceros rusos. Acérrimos odiadores de la inquisición y de todas las mentiras religiosas en las que se escudaba aquella Orden para poder asesinar sin tapujos. Nina era una de ellos, su padre le había enseñado desde pequeña cómo se manejaba el mundo… ah, pero desde la muerte de su madre su padre no había vuelto a ser igual. Nina creyó que simplemente extrañaba a su gran amor, de hecho ella misma la extrañaba, pero lo cierto era que Pelkov había enloquecido de pronto. Una tarde le anunció, como quién anuncia que se ha comprado zapatos nuevos, que se había reconciliado con la idea de la fe y que ambos debían hacer un pacto con la inquisición, entregarse a la Orden para servir a Cristo como condenados… Al principio había creído que estaba frente a un loco, y casi lo había confirmado, pero otra teoría daba vueltas por su cabeza ahora y era por eso que le costaba concentrarse en las lecciones tediosas que allí le daban: el otro clan de hechiceros poderosos de Rusia quería destruirlos, y dado que ninguno de sus dos hermanos había heredado los poderes de su padre –sino que habían salido a su madre, sin sobrenaturalidad sobre ellos-, quedaban solo dos hechiceros vivos en la familia Pelkov. Dos contra más de diez. Nina entendió que su padre se había entregado a la Orden, arrastrándola a ella también, para salvarlos. Los Kratorov jamás se acercarían a la inquisición.

En esas cosas pensaba, en su vida y en la de su padre, no estaba para nada interesada en atrapar sobrenaturales. Mucho menos si eran como ella, hechiceros. Sí había oído todo lo que les habían dicho al momento de entregarse, había firmado un documento en el que juraba lealtad a sus superiores y a Cristo, aún bajo pena de muerte. Pero todo eso no había cambiado su esencia, seguía siendo la que siempre sería… aunque nunca fuese a perdonarle a su padre tamaña cobardía.

No, definitivamente no estaba para tolerar los sermones de los superiores. Mucho menos el de Roland porque, aunque todavía no lo conocía bien, ya lo juzgaba como presumido, arrogante. Le parecía ser la clase de hombre que sabe que es bello y se abusa de eso, de los que juegan con todas las armas que poseen, hasta con la belleza. ¡Y para colmo debía soportar que la señalase como mal ejemplo delante de todos sus compañeros!

Durante el trayecto, todos hablaban animados pues ya se estaban haciendo amigos unos de otros, pero nada podía importarle menos a ella. Tardaron bastante en llegar a la base, y ya Nina no tenía ganas de nada, ni siquiera de comer, pero se sentó en un rincón del comedor a observar a todos los que iban y venían y a esperar a que apareciese otra vez su superior. Ya sabía lo que le diría, todos allí se la pasaban remarcando sus errores. Era buena en los entrenamientos, con las armas o en combate, pero de nada servía pues nadie la felicitaba, todos esperaban el momento en el que se equivocase para marcarle sus errores pues estaba segura de que eso les hacía sentir poderosos… la rebajaban a ella para sentirse superiores, ¡los odiaba! Odiaba que hablasen de un Dios amoroso cuando en verdad nadie mostraba amor para con ella, muchos la habían visto llorar en alguno de los patios –porque aunque se afanase en ocultarse, lo cierto era que no había intimidad posible en un lugar en el que había siempre cientos de soldados dando vueltas-, pero nunca se había acercado ninguno a darle al menos una palabra de aliento.


-No voy a negar que hice lo que hice, señor –dijo, poniéndose rápidamente en pie al verlo llegar mostrando respeto ante su superior y una falsa docilidad-. Dígame rápido cuál es mi castigo, señor, me urge hacer cosas más importantes, como por ejemplo ir al baño –le mintió, con gesto desafiante. Solo quería irse a la cama y allí planear una venganza contra su padre, por culpa de él vivía todo eso y era algo que jamás olvidaría.


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Re: The self-destruct button → Nina Pelkova

Mensaje por Roland F. Zarkozi el Vie Feb 09, 2018 12:06 am

Nina era una nueva jovencita que llamaba mucho la atención de Roland, su belleza era indiscutible, sin embargo no era lo que resaltaba en ella, le recordaba muchísimo a Abigail, su hermana; ambas poseían un espíritu inquieto que añoraba ser respetados por sus ideales y sus deseos de libertad. Ambas mostraban dolor en la mirada por encontrarse en lugares y espacios que no eran los suyos, aunque hubieran nacido en ellos. Podía comprenderla a cierta escala, quizá por eso intentaría que su tutoría no le resultaba inquietante y al mismo tiempo insignificante. A veces la presión podía lograr que sacaran su verdadero yo. 



Notar la reacción inquieta de la joven lo hizo sonreír. Era hábil y contaba con el perfecto control de sus movimientos. ¿Acaso no se daba cuenta? Necesitaba hacerle ver que sus compañeros no la aceptaban porque no podían concebir que alguien tan irreverente fuera tan talentosa, fuerte y especial. Quizá una de sus tareas sería enseñarle ese largo y doloroso camino interno hacia el éxito. 



Guarda silencio — Ordenó, aunque su tono de voz era armoniosa y amigable. Echó una mirada a los compañeros que estaban sin hacer el menor ruido; demasiado expectantes. — Cometiste un error, ese detalle te hará ser mejor que cualquier otro, te dejas guiar por tus deseos, creencias e impulsos, eso te permitirá ser mejor cada día, quien solo sigue reglas por quedar bien, resulta ser del montón. — Casi de manera imperceptible le guiñó un ojo con complicidad. Roland volvió a echar un vistazo a los jóvenes, su comentario no le había caído bien a más de uno, incluso uno que otro había dejado de comer. 



Estiró la mano realizando una seña para que la joven lo acompañara. Inexpresivo echó una última ojeada al comedor y terminó por salir de aquel lugar. Todos se habían quedado reflexionando, aunque los demás profesores se divertían con el nuevo estado de ánimo de los novatos. Los académicos y visitantes en tránsito respetaban a Roland por su apellido, su desempeño, el gran poder que cargaba sobre sus hombros y la gran sabiduría que había adquirido en poco tiempo debido a los fuertes entrenamientos y experimentos que habían hecho con él. Eso lo sabían los grandes veteranos, incluso el mismísimo papa, y aunque algunos novatos habían escuchado de él, conforme pasaran los días y semanas lo conocerían verdaderamente. Era un gran hombre escondido debajo del silencio y sus demonios.


— Aquí no enseñamos a matar, jovencita — Intentó romper el silencio por unos instantes. — Debes aprender a hacerlo, sí, por protección propia, sin embargo eso no es lo que buscamos hacer aquí, si esa percepción tienes, entonces estamos dando una malísima imagen — Roland no era un joven que se relacionara demasiado con los alumnos, pero sabía cuando era el momento — Esas ideas de mi padre se murieron cuando él lo hizo, y créeme, aunque no lo digan, muchos lo agradecen — Se encogió de hombros sin dejar de caminar, avanzaban a una zona retirada de la academia. Casi nadie tenía autorización de entrar a esa zona, solo los inquisidores soldados lo tenían permitidos, algunos miembros que entraban y salían de las zonas administrativas de las iglesias y él.

Dejar ir a una bruja no es bueno, no al menos si estás en un combate, puede ser el enemigo y puede matarte. ¿Quieres que tu corta vida termine en cualquier instante? Activa un poco más el instinto de supervivencia y protección a las especies que viven en armonía — Aquello era una invitación y sugerencia, no una orden. — Hay muchos lobos escondidos en el disfraz de un cordero. Lo sabes bien — Aquella zona olía mal, parecía que la muerte salía de entre aquellas paredes casi completamente oscurecidas. — Ven a conocer otra cara de la moneda. — Entre las celdas se encontraban miles de criaturas que deseaban poder encontrar un error para escapar y aniquilar. 



Con Roland ahí, ella estaba completamente segura. 



Todos ellos mataron a una gran cantidad de pequeñas como tú. ¿Por qué? No lo sabemos, pero intentamos averiguar el porqué existe tanto deseo de destrucción, no podemos poner de pretexto una condición natural. Solamente debemos aprender sus conductas para evitar el caos en nuestro mundo. — La miró de medio lado — Dios… ¿Existe? ¿Crees en él? — Roland dudaba de su fe, pero no estaba para hablar de ello. — 56 nuevos jóvenes estaban por entrar y solo pudieron formar parte de nosotros 50, porque seis de ellos fueron asesinados. Jóvenes inocentes que solo querían proteger a otras criaturas como tú. Vale la pena luchar y entender lo que pasa a nuestro alrededor por ellos — La invitó a seguir avanzando entre los pasillos de las celdas. — ¿Qué legado deseas dejar? ¿Qué deseas de tu existencia? Cuenta conmigo para poder hacerlo realidad — Finalizó entre miradas asesinas y futuros inciertos.


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Re: The self-destruct button → Nina Pelkova

Mensaje por Nina Pelkova el Miér Feb 28, 2018 11:07 pm

Oh, pero qué fastidio ser sermoneada en público y de esa forma. El entrenador parecía querer sonar amigable, como si ella fuese a confiar en él solo por eso, y superado, como si ya supiese todo con respecto a lo que ser un novato significaba. Bueno, Nina suponía que todos –incluso Roland- habían sido novatos alguna vez y al parecer él había sobrevivido a eso, lo que lo hacía suponer que era mejor que todos ellos… pero se equivocaba si creía que podría humillar a Nina delante de todos esos estúpidos de manera gratuita, ella ya tomaba nota mental de aquello para vengarse en el futuro.

Lo siguió, solo porque quedarse en el comedor siendo objeto de las risas de los envidiosos –que la querían ver destruida porque no le perdonaban que una muchachita como ella, de pequeña complexión física y bella como era, fuese buena en combate- no era una opción viable para ella. No sabía a dónde se dirigían, tampoco imaginaba cuál sería el castigo que él como superior querría darle. Si era limpiar, como le había tocado hacer a uno de los muchachos del grupo cuando rompió una de las últimas creaciones de los tecnólogos, ya podían ir todos haciéndose a la idea de vivir en la mugre durante lo que durase el castigo, Nina no sabía limpiar y tampoco tenía en sus planes aprender.


-No sé quien fue su padre ni qué ideas tenía –le respondió, sin pésames o lamentaciones porque no diría nada que no sintiera en verdad-. ¿Debería saber?

Otra vez el tema de la bruja… ya había intentado explicarle como habían sucedido las cosas. La muchacha no formaba parte del aquelarre al que habían desmantelado esa tarde, era una joven transeúnte que se vio en medio de la corredera sin saber qué ocurría. ¿Qué culpa tenía? Solo su aura la delataba –y por eso los condenados del grupo se habían dado cuenta de lo que Nina había hecho por ella y no perdieron tiempo para correr a acusarla con Roland-, la joven ni siquiera sabía controlar sus poderes, a penas estaban despertando en ella… No iba a condenarla como estaba condenada, no le haría lo que a ella le habían hecho y se sentía muy orgullosa de haberla ayudado, no había arrepentimiento alguno en Nina esa noche.

-Hasta el momento los que me han querido lastimar están de este lado, señor. Mis propios compañeros han atentado contra mí en varias oportunidades, desconfío más de ellos que de cualquier pobre hechicera que me cruce en las calles.

¿A dónde estaban yendo, por amor de Cristo? El olor era nauseabundo… Nina, orgullosa como era, no se permitió hacer gestos ni demostrar el asco que sentía, pero le estaba costando avanzar. Ingresaron a un pabellón enorme y oscuro, había vida allí adentro pero era… terrorífico.

-¿Qué es este lugar? –preguntó y, asustada, se tomó de su brazo. Supo que muchos de los que estaban allí querían lastimarlos, pero no el motivo, podía oír sus pensamientos. Por instinto usó su poder de barrera, nadie los tocaría-. Quédese junto a mí –le dijo y, aunque pudiese ser interpretado como que lo decía buscando la protección de él, en verdad era todo lo contrario: con la barrera cuidaría también de su superior si él se quedaba cerca suyo.

Le había hecho demasiadas preguntas y ella, con su corta edad, no tenía respuestas para la mayoría.


-En verdad no sé qué quiero. Solo venganza, nada más me mueve –le confesó, porque estaba decepcionada de la vida en general, le faltaban sueños y objetivos, nada le hacía ilusión-. Creo que entendí lo que me ha querido decir, que por el hecho de ser diferentes todos somos malvados como estos demonios de aquí adentro... a mí las generalizaciones no me gustan, pero he entendido su punto. ¿Podemos irnos de aquí? ¿Por qué, simplemente, no prenden fuego este lugar? –le preguntó, porque a su mente seguían llegando las intenciones no dichas de muchas de las criaturas que los rodeaban.


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