Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Enchanted Realm — Privado

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Enchanted Realm — Privado

Mensaje por Vanessa Ende el Lun Dic 18, 2017 12:00 am

Su cuerpo se había puesto rígido, tenso, como si hubiera sido petrificado de un momento a otro. Quizá los nervios le estaban haciendo una mala jugada; o tal vez se trataba de ese mal del que sufren muchos artistas: ese demonio llamado bloqueo artístico. El lienzo vacío parecía una sombra de la misma nada, amenazante como una bestia que quería devorar su paciencia. Los colores en la paleta sólo se mostraban como manchas, arrogantes y demasiado orgullosas en sí mismas, sin prestar atención a ninguna clase de armonía entre ellos. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué todo se había ido abajo? ¡Justamente cuando creía que las cosas marcharían bien para ella! ¿Acaso no era aquello para lo que estaba destinada? Claro que sí lo estaba, pero la duda era voraz, terriblemente nefasta...

Vanessa se obligó a dejar a un lado el pincel, incluso el lienzo en donde se suponía iba a continuar con su práctica. El diario, colmado de bocetos, se hallaba sobre su regazo, animándola a no desistir; sin embargo, su humor se encontraba destrozado, hecho añicos en alguna esquina nebulosa. ¿La razón? La vida real podía ser una carga demasiado pesada para alguien como ella, que se consideraba frágil y cobarde. La relación con sus hermanos mayores era una suerte de cristales rotos, con los que se podía lastimar si no iba con suficiente cuidado. Y no había sido muy cuidadosa últimamente, así que las heridas seguían ahí, muy recientes y dolorosas.

¿Estaba bien dejarse apabullar por ese desanimo terrible? Y no sólo eso, ¿qué pensaría su reciente mentor sobre dicha actitud? No pudo evitar sentirse algo mal por Gustav, ese artista que había decidido acogerla como su alumna gracias a las recomendaciones de Paul, quien tuvo que viajar a Inglaterra debido a problemas familiares. Extrañaba a su antiguo maestro, pero Gustav, de alguna manera, se había acoplado con su carácter. Y justamente por esa razón no podía evitar amargarse por su reciente decaimiento. Desde luego, apenas iniciaba su largo camino dentro del arte, y quizá aquello era una simple pieza más de ese vasto rompecabezas que era la vida de un artista genuino. Además, también sentía la presión y la mirada fría de Joakim cuestionándola.

Sin razón aparente, los nervios la traicionaron en algún momento, y lo único que sintió fue el deseo inminente de huir.

No obstante, cuando se giró para salir del taller, no pudo hacerlo. Se quedó en el taburete sentada, muy quieta, con la mirada fija en la figura de Gustav, que parecía tener mucho rato ahí de pie, observándola en silencio. ¿Acaso se habría percatado de lo que ocurría? No podía ser posible; sería una locura que él también leyera los pensamientos. Tal vez se trataba de simple intuición nada más. Sí, tenía que ser sólo eso, se repitió en su cabeza.

—Lo lamento, no pensé que estuvieras aquí... Creí que estarías en la ciudad, o eso fue lo que me pareció escuchar que decías —se excusó, y fue mala, porque a leguas se notaba que algo no estaba bien con ella—. Llevo rato aquí y no se me ha ocurrido nada. Paul me decía que no siempre se podía forzar a la imaginación, pero me hace sentir incómoda que tenga que ocurrir justo ahora. No lo sé, creo que necesito un descanso, Gustav. Me disculpo si eso te causa un disgusto extra, aparte del que te debió dar la señora Kettering el día de ayer. Supongo que eso es lo que suelen hacer los mecenas, disgustar a los artistas. Paul les huía por eso...

Y no pudo continuar más, ya había dicho suficiente. ¡Era tan estúpida algunas veces!

Vanessa Ende
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