Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Longest Night — Privado

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The Longest Night — Privado

Mensaje por Desmond M. Baines el Lun Dic 18, 2017 12:12 am

Todo villano que se considerara realmente bueno tenía que contar, sí o sí, con una piedrita en el zapato; con ese pequeño y molesto mosquito que lo sacara de sus casillas, pero que fuera igualmente perverso como él, por supuesto. Digamos que, esas cuestiones tan nimias, hacían la existencia más llevadera, o mucho más interesante. Es como el pequeño decir que versa que no puede existir el bien sin el mal, y viceversa. Es como un todo, un equilibrio que debe mantenerse de ese modo, porque, ¿qué chiste vivir sin algún obstáculo que rete la paciencia de cada quien? Quizá Desmond no comparta teorías tan básicas y reales como esa, pero no puede negar que sí tiene que contar con esa molestia constante. Y para colmo, esa molestia no sólo tiene nombre y aspecto de mujer, sino que se encargó de arrastrarlo a él a la no-vida, complaciendo su más morboso deseo.

Sí, desde luego, no podía negar que Perséfone era quien lo había llevado a acumular semejante poder, luego de su desfallecido maestro Graham Wells. Sin embargo, no dejaba de considerarla demasiado temperamental y caprichosa para la poca paciencia que le tenía al resto. Así que, sí, eso era un manera de quebrar sus aspiraciones con respecto a ella. Justamente por esas cosas habían decidido tomar rumbos diferentes desde hacía varios años atrás, cosa que Desmond continuaba recriminándole de manera constante. ¡Y lo hizo con más razón cuando ella decidió aparecer con descaro! Incluso lo llevó a tomar una decisión molesta, fastidiosa... ¿Cómo demonios la había aceptado en su propia residencia? Aquello no estaba bien. Tenía que hallar alguna manera de sacarla, al menos usando de excusa su mal comportamiento. Aun así, tampoco conservaba muchas evidencias que lo llevaran a tomar esa iniciativa, pues Perséfone se comportaba, tal y como se lo exigió la noche en la que se reencontraron. Por accidente para él; con evidente intención para ella.

Nunca antes había estado tan inquieto y molesto. Intuía que ella no iba a estar demasiado tiempo tranquila, que buscaría alguna manera de molestarlo. La cuestión era ¿cómo lo haría? Quizá se valdría de alguna jugada sucia en su contra, o de algo más. Lo cierto es que Desmond no estaba contento, se le notaba en el semblante, y su sire simplemente desaparecía, para hacer quién sabe qué cosas. ¡Ella le daba más dolores de cabeza que el mismo Baptiste! Así que no parecía muy tolerante las últimas noches. Ni siquiera se quedaba tantas horas fuera, prefería mantenerse ocupado en sus investigaciones desde casa. Aunque nadie lo interrumpiera, no podía tener el pensamiento quieto.

Esa noche particular, mientras se hallaba solo y cómodo en la soledad de su territorio, decidió parar sus investigaciones, que llevaban avances significativos. A pesar de ser un obseso en su trabajo, bien contaba con toda una eternidad para continuarlas, así que cambió de parecer, centrándose a revisar algún manuscrito dejado por su maestro, internándose en las tinieblas de su habitación, en donde apenas y le acompañaban un par de candiles con luces vacilantes.

Fue entonces cuando todo el encanto decidió desvanecerse con una presencia ajena a su propio lugar de supuesto descanso. Hasta se tuvo que serenar al instante en que cerró de mala gana la tapa del libro que leía, exhalando con pesadez y frustración.

—¿Qué haces aquí? Creí haberte dejado muy claro que no iba a permitir esta clase de actitudes, Perséfone. ¿Acaso se te acabaron los humanos patéticos que te la pasaste molestando? —habló, lo hizo con evidente molestia, incluso parecía reprocharle—. No te acerques más...

Exigió, deteniéndola en el instante en que ella había llegado hasta su lecho. No fue necesario tocarla, el ademán que le hizo con la mano fue suficiente para que ella no continuara su camino. ¿O no lo sería?




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Desmond M. Baines
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