Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Redemption — Privado

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Redemption — Privado

Mensaje por Átropos el Sáb Ene 06, 2018 1:40 am

Hacía varias noches atrás no había terminado en buenos términos con Gaspard. Aunque aquella vez las cosas llegaron a un punto que resultaba sorprendente para ambos, especialmente por ser como eran, Eloise se había fijado una misión de suma importancia para ella: deshacerse del homúnculo de porquería. ¿Lo logró? Sí, pero a costa de sacrificios, porque las cosas no siempre pueden ser color rosa (¡qué aburridas serían, además!), y así habían terminado: Gaspard enfadado con ella, con el orgullo herido, a punto de mandar todo al demonio; Leto mostrándose como una especie de mediadora entre ambos; la aparición de un vampiro que le recordaba más cosas de las que, creía, guardaba en su cabeza, y finalmente, empezar a encontrar un verdadero sentido a su existencia, a pesar de la caótica confusión que parecía no tener fin.

Para Eloise, que apenas se recuperaba de su anterior estado de demencia absoluta, aún resultaba complejo el hecho de estabilizar su mente. Había estado dos siglos, ¡dos malditos siglos!, subyugada al dominio de la podredumbre de las Catacumbas y de esa locura que la alejaba más de quién era en realidad. Todos sus recuerdos se esfumaron de la noche a la mañana, y ahora que pretendía recuperarlos, las cosas no podían mostrarse menos desastrosas. Aunque haber conocido a Gaspard de Grailly podría convertirse en algo sustancial para su existencia, sentía que habían cosas de su pasado que no estaba segura si deseaba recordar, o incluso, saber.

Era extraño reconocer que le asustaba, justamente por todo ese vasto historial que llevaba a cuestas. Se hizo una fama significativa luego del abrazo vampírico, que no hizo más que empeorar su situación con el gusano. ¡Ese maldito! Él era el único culpable de todo, y aunque ahora ya no tenían que compartir el mismo cuerpo, parecía que no quería dejarla en paz. No, no sólo no quería dejarla en paz, no estaba contento con que ella se acercara a otros, que recordara con aprecio a Helga, y mucho menos, que sacara conclusiones acerca de la familiaridad que sentía en torno al vampiro que, sospechaba, iba a desenmarañar tarde o temprano. ¿Le iba a gustar?

La respuesta prefirió dejarla para otra ocasión, porque esa vez estaba centrada en otras cosas que debía priorizar sí o sí. La decisión la había tomado con una lucidez asombrosa, como lo haría una persona con sus neuronas funcionales. Era como si todo rastro de Átropos se hubiera esfumado desde el momento en que golpeó con brusquedad al homúnculo, dejándolo abandonado en el barrio de bodegas en donde se encontró, accidentalmente, con Gaspard, con quien se encontraba ahora en quién sabe dónde...

Él aún seguía molesto, podía intuirlo; no había dicho una sola palabra desde que dejaron todo el mal rato atrás. No, el mal rato no se había alejado, seguía ahí, latente, fastidiando demasiado. Sólo dejaron al gusano, que no hacía más nada que estorbar entre ambos. Leto había tomado su forma animal y estaba dormida dentro del bolsillo del abrigo de Gaspard, y ni siquiera se dieron cuenta cuándo terminó ahí. ¡Ni siquiera cómo terminaron en esa casa! Que parecía haber sido abandonada hacía no demasiado tiempo. A Eloise le recordó un poco a donde vivía, pero pensó luego que a las personas de esa época les gustaba más lo céntrico, que estar ocupando propiedades tan apartadas como esa.

Pero eso aún no respondía por qué estaban ahí. ¡Claro! Se refugiaron en ese lugar porque faltaba relativamente poco para el amanecer, y el trecho que conducía a la ciudad era largo. Aunque Eloise insistió en que Gaspard continuara, él no le hizo caso. ¿Se lo esperaba? El humano de Grailly jamás cambiaría su particular modo de tomar decisiones, y así estaba: hiriéndose la palma de la mano con la uña, sin parar de mover el pie y observando a través de la ventana que quedó descubierta. La única luz que los iluminaba era la de un candil que luchaba por no desvanecerse entre las penumbras.

Eloise no se atrevía a decirle nada a él, porque ya había causado suficientes problemas, pero no se trataba tanto por eso. Su estado de lucidez le permitía darse cuenta de algunas cosas, y le costaba muchísimo dejarlas salir. Quizá a Gaspard también, porque no se acostumbraba; él odiaba la compañía de otros, y mucho más si traicionaban su confianza. Aun así, optó por permanecer a su lado, a pesar de las circunstancias. Pero ella no se acercó, no tuvo el valor de hacerlo, quiso quedarse en el rincón oscuro en donde había permanecido todo el rato que llevaban ahí.

—Gaspard —murmuró, cuando ya no soportó más el silencio—. ¿Sigues todavía molesto? ¡Ya está! Me disculpé, ¿qué más quieres?

No obtuvo respuesta, él seguía recostado cerca de la ventana, sentado en una butaca ya vieja. Se encontraban en el segundo piso de la propiedad. Aún quedaban algunos muebles que apenas tenían una sutil capa de polvo. Pero eso era lo que menos le importaba a Eloise, porque se planteaba más bien si acercarse o no, ¡y al diablo! Se puso de pie para plantársele en frente, sujetándole el mentón, y así obligarlo a mirarla.

—¿Vas a seguir ignorándome o tengo que arrancarte las palabras de la boca? —inquirió, y aunque aquel gesto pudo confundirse con algo que haría Átropos, no fue así, aquella era Eloise en todas sus piezas completas—. Si quieres seguir metido en mis asuntos, al menos hazlo bien, ¿no? No pretendas que vamos a desperdiciar el único momento en el que podemos aclarar todo de una buena vez, y hacerlo como dos personas adultas.

Lo soltó y fue a sentarse a su lado, con las piernas flexionadas, observando al frente. Ella misma estaba sorprendida de su propia actuación.

—Sé que es difícil volver a confiar en alguien que traiciona tu confianza, pero, ¿qué fue lo que hice exactamente? Cometí errores, lo sé. Estaba desesperada, lo entiendes. No eres ningún estúpido, eres mucho más brillante de lo que haces ver a los demás, ya no es algo que puedas ocultarme por más tiempo, no ahora...


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Re: Redemption — Privado

Mensaje por Gaspard de Grailly el Dom Ene 14, 2018 9:52 am

Gaspard de Grailly era un hombre voluble, puro caos emocional que solía traducirse en caos físico por esa maldición suya de ser incapaz de parar quieto, fueran cuales fuesen las circunstancias. Los estudiosos lo llamarían hiperactividad, desarrollarían drogas para que tipos como el aquitano pudieran concentrarse y llevar una vida normal, ¡como si al no-tan-vulgar resurreccionista le interesara lo más mínimo llevar la etiqueta de la normalidad a cuestas!, pero aún no lo habían hecho, ni tenían intención tampoco de hacerlo, así que no había más solución a sus asuntillos que las que él se llevaba buscando desde que tenía consciencia de sí mismo.

Así pues, Gaspard de Grailly se encerró en su propia mente, tan estimulante que no requería de estímulos externos para poder entretenerse, y se permitió relajarse (en la medida en que un tipo como él era capaz de hacer eso) y abstraerse, no del todo pero sí lo suficiente para ser casi manso. Si bien era cierto que él había sido quien había sugerido lo de largarse, ella era quien estaba decidiendo el lugar al que los tres se estaban dirigiendo, como una maldita familia desestructurada con dos cabezas que ni siquiera en sus peores pesadillas serían algo parecidos a buenos padres de una ratita tan silenciosa como, a veces, él mismo. ¡Enhorabuena, papá figurado, tu niña se te parece...!

Era, no obstante, por motivos distintos: Gaspard callaba porque odiaba hablar por hablar, igual que odiaba tener que lidiar con otras personas e incluso con sus atractivos vampiros en la mayor parte de las ocasiones; Leto, por su parte, callaba por pura timidez. En aquel momento lo hacía porque se había quedado dormida, en su forma de rata, en uno de los bolsillos del abrigo del aquitano, aún con un breve aroma a vino (¿véis? ¡Estar concentrado permite saber esas cosas aunque se tengan unos sentidos normales! Bueno, eso y haber mamado casi más vino que leche materna, como era una constante en la familia de Grailly), sin que él se hubiera quejado. ¿Para qué?

Algunos podrían creer que no estaba molestándose y lamentándose del lugar que la ratita nada presumida había elegido para echarse la siesta porque la despertaría, pero eso le daba igual. Para preocuparse por algo así hacía falta un mínimo de empatía, y si bien Gaspard algo de eso tenía, no era el momento ni el lugar para apelar a algo que no le abundaba precisamente. No, Gaspard no se había quejado porque tenía cosas mejores en las que pensar, nada más y nada menos, como por ejemplo la traición que aún sentía demasiado reciente por parte de la vampiresa o su propio mal humor, el cual, al no estar concentrado en disimular su lenguaje corporal, se le tenía que notar casi hasta de vuelta en su Saint-Émilion natal.

Francamente, le importaba un bledo. Lo hizo cuando se fueron, lo hizo mientras caminaban, lo hizo hasta cuando llegaron a la casa y él se sentó, a solas, huraño y aún sumergido en el huracán de pensamientos que era su mente hasta cuando se suponía que estaba en reposo. Oh, reposo, qué bonita palabra, sonaba hasta melodiosa, ¿qué demonios significaba...? ¿Se le podría alguna vez aplicar a alguien como él, que no podía parar quieto ni aunque lo intentara? Y por una vez lo estaba haciendo, con sus mecanismos habituales: provocarse dolor en la palma de la mano, el más efectivo de todos los que alguna vez había tenido que utilizar para controlarse a sí mismo.

No olvidaba, su memoria era demasiado buena para hacerlo. De poder olvidar, olvidaría la traición de Eloise, igual que la existencia de un parásito que le había dado una migraña con la que aún estaba lidiando. Para su desgracia, eso parecía imposible que le sucediera, y mucho menos pronto, en parte por sí mismo y en parte porque seguía acompañado de una de las malditas protagonistas de su molestia y eso no ayudaba nunca a nada. Gaspard alzó la mirada vagamente al oírla, de fondo, y no prestó demasiada atención hasta que ella no lo obligó; furioso al respecto, siseó y apartó la mirada, consciente de que algo de razón tenía, por poca gracia que le hiciera.

– Te ha costado tu maldito tiempo llegar a darte cuenta de lo que soy, ¿no? Cualquiera diría que no prestabas atención a nada que no fueran tus asuntos. – espetó, y su acento musical se mezcló con su tono de voz molesto para convertir esa exclamación molesta en algo más rabioso de lo que el propio Gaspard había pretendido. No es que le hiciera falta que gritara, ella estaba tan cerca que su cuerpo casi había reaccionado a la falta de espacio que los separaba, pero aun así lo hizo, como si fuera a sentirse mejor a sabiendas de que estaba siendo injusto. ¡Maldita empatía, demonios, estaba muchísimo mejor sin ella!

– ¿Qué quieres que te diga? No me gusta que me utilicen, y tú lo has hecho. No me gusta que intenten manejarme, y tú lo has hecho. No me gusta confiar en nadie, tú me obligaste y has quebrado esa confianza. Lo dices todo como si solucionarlo fuera tan fácil que una conversación lo puede conseguir. – respondió, por fin, siendo sincero, aunque a veces era preferible que no lo fuera, porque su manera de exponer las realidades sin filtros ni medias tintas podía llegar a ser dolorosa, sobre todo para ella. Él ya estaba molesto, así que por añadir algo más a ese cóctel que tenía en la cabeza y en sus rarísimos sentimientos tampoco iba a pasar nada.

– Me hablas tú de hacer las cosas bien. Estupendo, dame una lección, tú que no has podido evitar que tu homúnculo salga y te encadene a él. El día que te lo cargues de una vez será cuando acepte tus consejos. – refunfuñó, volviendo a ese tema que tanto le molestaba (sin más, lo había hecho desde el principio, no veía por qué iba a cambiar algo así cuando no había habido alicientes para que lo hiciera), que era el homúnculo. – Esto de confiar en alguien no me gusta. Estaba muchísimo mejor yo solo, era todo mucho menos problemático. – afirmó, tajante.



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