Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Atarashī hajimari // Privado - Hastur

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Atarashī hajimari // Privado - Hastur

Mensaje por Hotaru Ueda el Jue Ene 11, 2018 4:53 pm

Al atracar en Narbonne, el muchacho de origen chino que le había estado proporcionando agua potable y alimento durante todo el viaje, la ayudó a salir del pequeño hueco que le había servido como estancia a lo largo de aquellos meses, un cubículo en la bodega de no más de un metro cúbico, y la llevó a tierra firme. Una vez allí, ella se arrodilló e hizo una de las reverencias más marcadas de toda su existencia, pues el hecho de estar ahora en Europa, esperaba fuera un giro de ciento ochenta grados en su vida como sacerdotisa.
 
Una vez a solas, usó el único objeto de valor que había podido traer consigo para pagar un pasaje que la adentrara y acercara a la capital francesa, París. Le entregó su pequeño peine de plata con grabados al cochero y se subió en un carruaje para ocho personas. La mayor parte del trayecto el vehículo fue lleno, de hecho, incluso hubo una tarde en la que fueron nueve ocupantes. Se hacían paradas por la noche, pero se dormía sentado y cubiertos con finas mantas, algo escaso y ni la excesiva cercanía con el resto de pasajeros hacía más llevadero el frío y, encima, incomodaba a la nipona. Fue otro viaje largo, mas nada comparado con la travesía por mar, pero el estado físico de la joven dejaba mucho que desear y antes de alcanzar su destino, bajo la influencia de una alta fiebre, quedó inconsciente.
 

El cochero, viéndose apurado por la situación, detuvo el transporte y, ayudado por uno de los viajeros, un hombre de mediana edad con ciertos achaques de cadera, tomaron a la muchacha y la acercaron al lugar más próximo donde pudiera haber alguien que les prestara cierta ayuda. Había una posada con taberna a unos metros y una vez dentro, llamaron al propietario para saber si les podía indicar algún lugar donde dejar descansar a la chica. No podían pagar a un médico, pero tampoco encargarse de ella. La joven era una responsabilidad que ninguno quería asumir y que, de hecho, tampoco tenían ninguna obligación de hacerlo. El posadero les dijo que allí no le dejaran aquel problema y les invitó a marcharse, no muy amablemente a decir verdad y con ello se inició una discusión que, habiendo empezado todo en una charla en tono bajo, acabó siendo a gritos y con el viajero sujetando a solas el cuerpo de Hotaru, casi tambaleándose por la carga y el dolor que le dio en allí donde la pierna cambiaba de nombre. Los presentes, aquellos que aún no se habían percatado de la escena, ahora lo hicieron y todas las miradas del local, se centraron en aquellos tres hombres y la japonesa con ropas sucias y raídas por el trote recibido en los meses pasados. Ella se veía claramente desnutrida y, aunque su piel de por sí ya era pálida, ahora se veía casi mortecina, con bolsas oscuras bajo los ojos y un tono azulado en sus finos labios.



Smile~:

Watashi wa anata no yō ni naritai:
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Re: Atarashī hajimari // Privado - Hastur

Mensaje por Hastur Ayer a las 7:55 am

La lluvia había barrido días atrás todo el brillo que solía iluminar sus ojos. No podía quitarse de la cabeza el rostro de Hector la última vez que se vieron: una mirada cargada de desprecio y rencor dirigida solamente hacia él. Y ni siquiera fue por algún acto por el cual poder pedir perdón o buscar redención. No. Su único pecado era ser un lobo blanco, uno de aquellos que, según contaba la antigua mitología, fueron los protectores de la diosa Selene. Los responsables, al parecer de Hector, de que esta cayera en desgracia. El titán no quería volver a verle ni saber de él, seguía pagando sus estudios tal como había prometido, pero cada vez estaba más seguro de que solo lo hacía por esa promesa. Después de todo, se enorgullecía de ser un hombre de palabra. La medicina seguía siendo su pasión, no iba a dejarlo por nada, no obstante su ilusión se había ido en aquella despedida y el futuro se había vuelto incierto. ¿Seguiría en pie la propuesta de trabajar para él en el orfanato? ¿O, por el contrario, debería hacer uso de los pocos contactos que logró reunir gracias a su ayuda? Aunque, qué importaba... el dolor por haber perdido su amistad iba mucho más allá que todo aquello.

Hastur había aprendido muchas cosas durante su larga temporada estudiando medicina. Era capaz de curar un gran catálogo de heridas y enfermedades. Conocía las medicinas, los procedimientos, incluso gran parte del funcionamiento del cuerpo humano. No obstante, había algo de lo que solo los más viejos parecían darse cuenta. La llamada de la sangre. No importaba si no habías conocido a tus progenitores, como ocurría con la mayoría de chicos en aquella época, si tu padre tenía el gen del alcohol, amigo, estabas jodido. Tarde o temprano ibas a encontrarte con una botella que, de no tener cuidado, iba a quedarse para siempre en tu mano. Y Hastur, después de todo, era un Paine. Aunque solo hiciera unos pocos meses que conocía a su verdadero padre, Leif, el gen parecía haber aparecido con mucha fuerza tras la trágica despedida con Hector.

Una pequeña y oscura taberna, impregnada con el hedor de los orines que ya nada haría desaparecer más que el fuego, se había convertido en cuestión de días en su sitio más transitado. Noche tras noche, sin más compañía que sus propios pensamientos, iba vaciando vasos como si esperara encontrar la salvación en el fondo de alguno de ellos. Y aquella noche no era distinta. O tal vez llegara a serlo.

Sentado en un taburete en una esquina de la barra, con la larga melena enmarañada y una barba abandonada cubriendo su rostro enjuto, alzó por primera vez la cabeza ante el revuelo que estaba sucediendo a sus espaldas. El griterío había roto su viaje por los recuerdos y el alcohol encima era suficiente para no importarle meterse en una pelea con tal de reclamar su preciado silencio. Sin embargo, una vez fue consciente de lo que estaba ocurriendo, renació en él la bondad que siempre le había caracterizado y se puso en pie acercándose de inmediato al hombre que cargaba en brazos a la única mujer en esos momentos del local.

-Sé de medicina, puedo ayudar - anunció centrándose de inmediato en la joven oriental, cuyo aspecto demacrado y las ropas sucias le encogieron el corazón. - Por favor venga conmigo, no vivo lejos de aquí. En casa tengo lo necesario para atenderla.

Logró convencer al hombre de acompañarle hasta su humilde piso, la segunda planta de un viejo edificio donde se hospedaba en busca de soledad. Le hizo tender a la joven su camastro, que no era más que un viejo colchón en el suelo, y creyendo que el hombre iba con ella le instó a quedarse. Cogiendo el maletín que Hector le había regalado, sacó lo necesario para hacerle un rápido chequeo, usando un rudimentario artilugio que más adelante se daría a conocer como estetoscopio. - Está claramente desnutrida y una fuerte gripe la está consumiendo. Tome - le dio unas monedas - traiga algo de sopa de la taberna. Que esté bien caliente.

-Pero yo no...

-¡Apúrese!

La joven necesitaba comer, pero sus intenciones iban más allá. Creyendo que el hombre estaba a cargo de ella, sospechó que el estado de la joven se debía a alguna clase de maltrato y quería estar a solas con ella para salir de dudas. Llenando un cubo de agua fría, mojó un trapo que fue pasando con delicadeza por su rostro, dejándolo al final en su frente para mitigar el malestar de la fiebre.

-Hey, señorita... ¿puede oírme? Voy a intentar ayudarla, ¿de acuerdo? No dejaré que le pase nada malo... - su bondad le hacía prometer aquello, pero su convicción no era tan fuerte. El estado de la joven era crítico y, en una época donde un simple catarro podía acabar con la vida del más duro, prometer algo así era arriesgado. - ¿Ese hombre que la ha traído... le ha hecho daño? ¿Es el responsable de su estado? De ser así, le pido que confíe en mí, me encargaré de que no vuelva a hacerlo...


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Hastur
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