Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Leif Paine el 20/01/18, 06:09 pm

Olía extraño. No era la humedad de la lluvia inminente, ni el hedor de los animales muertos secándose al sol. Conocía esos olores como el de cada uno de los miembros de aquella creciente manada. El tiempo y la experiencia le habían enseñado que los hedores no eran un mal augurio, de hecho a veces indicaban todo lo contrario. Aunque muchos lo relacionaran con la muerte, incluso él cuando no era más que un pirata aferrado a la batalla, su vida como lobo le había enseñado que el tufo normalmente significaba paz. Que sus hombres sudaban para mantener el lugar a salvo y que había comida suficiente para todos. Un buen aroma, por contra, estaba más unido a problemas, pues su mayor enemigo era la alta sociedad, quienes descargaban litros de perfume sobre sus falsas esperanzas de mantenerse siempre jóvenes y bellos. Aquel olor que llevaba todo el día persiguiéndole, no obstante, no podía lograr catalogarlo en ninguno de ambos bandos, de modo que con el paso de las horas terminó acostumbrándose y apartándolo al olvido. Seguramente se trataba de alguna pócima de Aletheia o algún nuevo producto para el bebé que estaba en camino, se dijo, ya que ambas cosas eran aún toda una novedad para él.

Aprovechando que la bruja se había dormido pronto, agotada tras estar todo el día danzando con un peso extra en su vientre, salió de la cama para tomar tranquilamente un trago bajo las estrellas y echar mano a uno de sus puros, cada vez más olvidados sabiendo que suponían una molestia para su mujer. Unos pocos días antes Klaus, el médico especializado en hombres lobo que se había unido a la manada hacía ya algunos meses -y en quien depositaba gran confianza por la sabiduría que le otorgaba la edad-, les había regalado una humilde cesta con conservas que hacía su mujer, la loba de la relación, y una botella de vino. Decidió que aquel era tan buen momento como cualquier otro para abrirla, a solas con el puro y sus pensamientos.

Un hombre normal habría descrito aquella noche como una de las más silenciosas. Para Leif, en cambio, era tan ruidosa como las demás, aunque estaba ya acostumbrado. La fina lluvia tamborileaba sobre las hojas, acompañando el ulular de los búhos en las ramas más altas. Un par de topos intentaban adueñarse nuevamente de su pequeño huerto, algo de lo que debería encargarse a la mañana siguiente si quería mantener sus tomates a salvo. No muy lejos podía oír a Esthia con Uryan, algo de lo que desconectó de inmediato para ahorrarse detalles que prefería no saber. Incluso le llegaba sutilmente el agradable sonido de la tranquila respiración de Aletheia. El despliegue de sonidos a su alrededor eran tan habituales que con el tiempo se habían vuelto agradables. Significaba que estaba en casa y que todo estaba bien.

-Podría acostumbrarme a esta paz... - se dijo en un susurro, echando la vista atrás recordando si alguna vez tuvo momentos de tranquilidad como aquel.

La Fortuna, sin embargo, parecía darle siempre una de cal y otra de arena, sin saber cuál de ambas era la buena. No sería esa misma noche cuando se diera cuenta, pero algo malo estaba por llegar cuando descorchó la botella de vino sin sospecha alguna. El olor que llevaba persiguiéndole todo el día había vuelto, pero enmascarado por la lluvia y carente de importancia ante el deseo de echar un trago pasó totalmente inadvertido. Y ahí estuvo el gran error. El vino, aunque algo dulce, fue aceptado con agrado y, cerca de la medianoche, se había terminado ya tanto la botella como el puro, alcanzando la satisfacción. Mientras se acomodaba de vuelta a la cama le asaltó un pensamiento que no había tenido antes durante los escasos meses que llevaba con la bruja: ¿era aquello lo que realmente quería?

La mañana siguiente llegó con el canto del gallo del vecino. Ajeno a lo que le estaba ocurriendo a su cuerpo y a su mente, salió a encargarse de los topos olvidando por primera vez darle el beso de buenos días a su mujer. Ni siquiera pensó en ello. Tampoco desayunó con ella y, cuando decidió ir a dar una vuelta, no la invitó a ir con él ni la avisó de su marcha. No es que siempre le dijera dónde andaba, pero sí sus intenciones por si llegara a necesitar algo urgentemente. A la vuelta, cerca de la hora de comer, estaba de un extraño mal humor que ni él mismo comprendía. Estuvo irascible con otros miembros de la manada cuando le preguntaron por Aletheia y, en casa, estuvo callado durante la comida, con la mirada perdida en el fondo de su plato.




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Re: God doesn’t have the balls to keep us out from Heaven | Privado

Mensaje por Aletheia Brutus el 27/01/18, 06:52 pm

Una noche más. Una de tantas en las que las sábanas compartidas la recibían frías y solitarias, porque se perdía entre ellas mucho antes de que lo hiciera el lobo. Estaba cansada y notaba que las horas le pesaban más que el regalo que escondía en las entrañas.

Viktor reclamaba mucho tiempo a lo largo del día, porque ya se acercaba a los dos años y era un niño inquieto y curioso, que recorria la casa tras cualquier cosa que le llamara la atención. Y la dejaba agotada, sobre todo ahora que la familia iba a crecer un poquito más. Todavía no era especialmente notable, pero estaba ahí, su segundo retoño, el que todavía no tenia nombre, porque no habían hablado de ello.

La llegada de Leif al lecho la despertó lo justo para darse la vuelta y buscar el calor de su cuerpo, acurrucada en su costado, volviéndose a dormir al instante. No se podía ser más feliz.

Cuando despertó, Leif ya se había ido, así que no le dio la mayor importancia, porque el mini-Paine que correteaba por la casa haciendo trastadas no dejaba de llamarla para cualquier cosa. Intentaba hacerse la dura, pero tenía que reconocer que le salía la sonrisa cada vez que escuchaba esa vocecita diciendo "mamá".

-¡¡Papitán!! -chilló la voz infantil, dejando lo que estaba haciendo y echando a correr hacia la puerta, para recibir a Leif con una gran sonrisa y un brillo de emoción en esos enormes ojos verdes que había sacado de su padre.
Sin darle opciones a mucho más, le tiró del pantalón para que le acompañase a ver lo que había descubierto aquella mañana, que no era más que un puñado de trozos de madera que Esthia y Uryan le habian preparado para que jugase y que habían acabado esparcidos por el salón porque había encontrado divertido el ruido que hacían al chocar contra las cosas.

No fue hasta la comida, cuando Aletheia consideró que Leif parecía distante, hasta con Viktor, quien a diferencia de otras veces, no estaba sentado en su pierna e intentando alcanzar cualquier cosa que hubiera en la mesa y que atrajera su curiosidad.

-¿Ha pasado algo, Leif? -cuestionó-. Pareces preocupado.






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Re: God doesn’t have the balls to keep us out from Heaven | Privado

Mensaje por Leif Paine el 04/02/18, 07:15 pm

Volvió en sí con un gruñido brusco clavando una asalvajada mirada a la bruja, reaccionando enseguida con un confuso parpadeo al darse cuenta de lo que había hecho. Aquel rebote era más propio que fuera dirigido a otros miembros de la manada que a su familia más cercana, mucho menos a Aletheia. ¿Qué le estaba pasando? - No es nada... - musitó, con el ceño aún fruncido y metido en sus propios pensamientos. - Tal vez se esté acercando un temporal - se excusó, usando los efectos que el clima a veces tenía sobre él. Apuró el plato y se puso en pie - voy a asegurarme que estén todos preparados por si acaso. Hay mucho que hacer. Sí - salió de casa más distraído de lo que jamás estuvo, si es que alguna vez se permitía el lujo de bajar la guardia y quedar encerrado en su propia cabeza.

Los días venideros no fueron distintos. Su actitud de rechazo y aislamiento fue creciendo, volviéndose más frío de lo normal. No tenía ni idea de lo que le estaba ocurriendo y aquella incertidumbre le mataba, a la par que le ponía de peor humor. Pero no fue hasta pasadas dos semanas que encontró algo de satisfacción.

Había ido a la ciudad para despejarse un poco y tal vez visitar a Elora, no obstante nunca llegó a su casa. A medio camino se detuvo en una taberna y no dudó en entrar, emborrachándose por primera vez a solas después de muchos años. No era bueno lidiando con la frustración, pues normalmente tenía la mente lo suficientemente fría para encontrar solución a todo, fuera lo que fuera, el problema erradicaba en que no entendía qué le estaba ocurriendo. Pero aquel mismo día lo descubrió.

Sentado aún en el taburete de aquel antro, se le acercó una mujer con pronunciado escote y mirada sibilina con el descaro suficiente para ponerle la mano en el hombro, prácticamente pegándose a él. La habitual reacción del lobo habría sido sacársela de encima de malas maneras, pues desde que su corazón pertenecía a la bruja no había permitido que ninguna otra lo tocara, no obstante, su interior se vio sacudido por el perfume, el calor y el aura que desprendía aquella hembra. Fue como si todo a su alrededor desapareciera para centrarse solo en ella. De larga melena rubia, recordándole la mejor cerveza; ojos oscuros enmarcados en negro tizón, y carnosos labios que iniciaron un mantra susurrado que mantuvo al hombre hipnótico durante horas.

Horas que más tarde, al despertar de madrugada en una maltrecha pensión, no recordaba en absoluto. Sentía dolor de cabeza y tenía algunos ligeros arañazos bajando por sus hombros desnudos. La boca pastosa, señal de una mala resaca, y la cabeza tan embotada que prefería no pensar. Al volver a casa no recordaba a la mujer, pero sí tenía la sensación de que no quería regresar con Aletheia, que su lugar estaba ahora en la ciudad. Y aquel deseo era más fuerte que cualquier control que pudiera tener sobre sí mismo.




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Re: God doesn’t have the balls to keep us out from Heaven | Privado

Mensaje por Aletheia Brutus el 13/02/18, 05:55 pm

Aletheia frunció levemente el ceño por su reacción, pero lo dejó correr al ver la forma en la que se marchó. Estaba raro, pero la explicación del temporal no le sonó descabellada en principio, asi que siguió con su rutina como siempre.

No fue hasta varios días después que la mosca que tenía tras la oreja comenzó a zumbar más de la cuenta. Leif estaba raro y, a diferencia de lo que ocurría normalmente, no compartía con ella sus preocupaciones. Les había costado llegar a ese punto de confianza y apoyo mutuo, en que el rudo pirata le dejaba saber hasta el menor de sus miedos, que buscaba en ella el apoyo incondicional de una igual, su mujer, su compañera.

Algo que de repente parecía haberse esfumado. Imaginó que no quería preocuparla tontamente hasta no estar seguro de lo que fuera, por su embarazo. Pero con esa actitud sólo conseguía preocuparla más.

Estaba decidida a hacérselo saber aquella noche, en la soledad de su cuarto, acurrucada a su lado, bajo las mantas, en esa burbuja de calma previa al sueño, donde ambos estaban relajados en brazos del otro y podian hablarse sin tapujos. Pero no pudo hacerlo, porque Leif no llegó a dormir. Esperó despierta hasta que el sueño pudo con ella, pero sabía que el pirata no la había acompañado esa noche, porque el lecho estaba frío en su mitad, porque las almohadas no estaban movidas, porque no la había envuelto en ese protector abrazo como todas las noches.

La idea de que le ocultaba algo importante se afianzó en su mente y se retorció de las peores formas. Estaba demasiado sensible y el aparente pasotismo de Leif hacia ella levantaba sus sospechas. Con Viktor seguía como siempre, así que acabó por deducir que el problema tenía que ver con ella...

Y lo constató de la peor manera, cuando descubrió marcas en la ropa de Leif que ella no había hecho. El puñal de la traición se hundió en su pecho y quiso gritarle al lobo mil barbaridades, pero todas acabaron diluidas entre las lágrimas del amargo llanto que la acompañó aquella noche, cuando Leif volvió a faltar al lecho.

Nada tenia sentido.

Hacía poco más de una semana, durante la luna llena, habían hecho el amor como si fuera la primera vez. O la última. Insaciable de ella, Leif no le había dado tregua hasta que ambos cayeron rendidos en el lecho, ella acurrucada a su costado, él con el brazo alrededor de su cuerpo, como si temiera que se alejara.

Y en apenas unos días la engañaba con otra. Aunque ya venía notándolo raro de antes... no podía precisarlo, pero tampoco le importaba, el caso era que algo se había roto y no sabía cuándo ni cómo.

Necesitaba tiempo, necesitaba pensar. Mas no podiá hacerlo con Leif allí, con todo oliendo a él, recordandole a él, durmiendo en el mismo lecho o sabiendo a ciencia cierta que no dormía en casa. Así que vistió a Viktor y guardó en un hatillo unas mudas para él, ella tenía aún ropa en la casa de París, y, cuando Leif llegó, le puso en claro sus intenciones.

-Voy a irme, Leif. Está claro que tú no me quieres aquí, que te estorbo para la nueva vida que quieres forjarte -una parte de ella deseaba que la detuviera, que la agarrara con fuerza y le enseñase a besos lo equivocada que estaba-. Te deseo lo mejor.

Se tomó la libertad de tentar a la suerte, dándole un último beso en la mejilla, cerca de los labios. Agarró la manita del niño y se dirigió a la salida. Sin entender muy bien que pasaba, Viktor se dejó arrastrar por su madre, mirando hacia atrás a su padre, con esos enormes ojos verdes, y diciéndole adiós con la manita.







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Re: God doesn’t have the balls to keep us out from Heaven | Privado

Mensaje por Leif Paine el 25/02/18, 01:01 pm

¿Era aquello lo que realmente deseaba? ¿Que la bruja se marchara, dejándole la libertad para hacer lo que se le antojaba? Estaba seguro que no, pero una fuerza mayor insistía en que sí. No era Aletheia a quien quería, aquella noche pudo comprobarlo, sin embargo sentía cierto amargor ante la idea de que se fuera sin más. La poción estaba haciendo bien el trabajo por el que había sido elaborada y, con nadie al tanto de ello, era solo cuestión de tiempo que las mentes que idearon tal plan se salieran con la suya.

-No mientas - soltó con un deje de mofa -, lo único que deseas es que te quite de la cabeza la idea de marcharte, pero no voy a hacerlo. Tienes razón, quiero mi libertad de vuelta. Esto - movió la mano refiriéndose a la vida que habían construido juntos - no va en absoluto conmigo - se puso en pie y la encaró con una sutil sonrisa de desprecio. - Este perro no tiene dueño.

Le revolvió el cabello a su hijo como despedida y se dio la vuelta dándoles la espalda, escondiendo su rostro desencajado por la incomprensión. Sentía una extraña presión en el pecho, unas inconfesables ganas de gritar, pero era como si su cabeza estuviera embotada y se hubiera desconectado de su cuerpo. En cuanto se quedó a solas, y tras unos minutos inmóvil y en absoluto silencio, la ira estalló al tirar todo cuanto había encima de la mesa. La silla, la misma mesa, incluso las cortinas, volaron por el salón ante aquel arranque colérico que seguía sin entender de dónde salía. No tardó en echar mano a la botella de ron y emborracharse a solas en su sillón favorito. Odiando y anhelando a la vez en silencio, incapaz de lidiar con aquella confrontación de sentimientos que atormentaban su mente.


Un par de días a solas sin la presencia de la bruja por la casa hicieron que la cólera menguara para dejar paso a una melancólica serenidad. El amor que había sentido por Aletheia y el que aparentemente estaba sintiendo ahora por otra a la que no podía ponerle rostro aún estaba seguro que eran de naturalezas muy distantes. Mientras el primero le llenaba de energía y le dio las renovadas ganas de vivir la vida, el segundo le hacía sentirse cual bestia enjaulada.

Escuchó a lo lejos acercarse alguien y puso atención, pues aunque estuviera bajo los efectos de una poción traicionera, no había dejado de liderar las funciones y protección de aquella manada. Cierto que se había creado cierta distancia con los lobos, pues no parecían muy de acuerdo con la marcha de la bruja, no obstante seguía siendo el alfa. Cuando la presencia estuvo a escasos dos kilómetros de la cabaña supo que se trataba de su esposa, quien aparentemente venía sola. Notó una fuerte presión en el pecho que le tuvo dando vueltas por la casa sin saber qué hacer, hasta que la poción actuó de nuevo y se sentó en su sillón escribiendo -o intentándolo, pues seguía sin saber escribir- sonetos a su amada anónima.

La casa había sido reordenada tras el destrozo, pero ni cortinas ni muebles se habían salvado, simplemente reemplazados por otros hechos a mano por él.




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Re: God doesn’t have the balls to keep us out from Heaven | Privado

Mensaje por Aletheia Brutus el 25/02/18, 07:58 pm

Después de llorar a mares durante unos días, de discutir con su hermano dos veces y de obligarle a quedarse esa mañana cuidando de su sobrino, había decidido que no se iba a rendir tan fácilmente y que nadie iba a pisarle lo fregado. Así que se puso un bonito vestido rosa palo, con el escote abierto, dejando a la vista los hombros, y regresó a la que los dos ultimos años había sido su casa.

-¿Qué? -gruñó Leif de mal humor por estar siendo interrumpido en medio de una rima. Se levantó y se acercó hasta ella, intentando ser amenazante.

La hechicera lo miró de arriba a abajo, arqueando la ceja ante su reacción. ¿Es que ni siquiera iba a fingir delante de ella? Se le encogió el corazón, seguramente estuviera con la otra. O esperando que llegara. Se mordió el labio inferior; tenía que hacer de tripas corazón. Lo dejó escapar entre sus dientes, quedando rojo y mojado de saliva. Puso la mano en el pecho del pirata, sintiendo el calor de su piel a través de la tela.
-He venido a buscar algo, Capitán.
Lo empujó para que se apartase y poder entrar en la biblioteca, pero como no podía con él, acabó pasando de lado, rozándose contra su pecho. Una vez dentro, caminó hacia el escritorio al tiempo que se apartaba toda la melena sobre un hombro.

La poción le tenía totalmente controlado por el poder de la otra bruja, cuyas intenciones no eran otras que romper la unión familiar que daba fuerza a aquella manada. Leif no podía hacer nada al respecto. El lobo era otro cantar. En cuanto la mano de la bruja se posó en su pecho, la bestia rugió en su cabeza.
-¿Qué confianzas son éstas de entrar en mi casa a la ligera?
-la agarró del brazo, encarándola con firmeza.

-Ésta también es mi casa. Aunque veo que te has tomado la libertad de hacer cambios.

Nuevamente rugió el lobo ante el contacto y no pudo más que soltarla, confundido.
-Vete.

Ale hizo una mueca de dolor por la forma en la que la cogió, pero fue un instante, pues al punto estuvo libre de su toque. Ella no tenía ni idea de los motivos por los que el lobo se comportaba así, sólo sabía que había otra mujer en la ecuación.
-No te preocupes, no entorpeceré tus encuentros con tu amante. Sólo vengo a recoger unos libros.
Se apartó de él y trató de centrar la atención en los libros, ignorándole, aunque le era casi imposible. Acarició los lomos de los tomos. Todos eran suyos, algunos los había traído de su casa de París, otros se los había regalado Leif en el tiempo que habían pasado juntos. Se puso de puntillas para intentar alcanzar uno que estaba muy arriba para ella.

-La próxima vez avisa antes de venir, no quiero que nadie más que yo la vea desnuda
-era la poción quien hablaba, por supuesto, pues aunque de normal era posesivo y celoso, el vial había aumentado los efectos. Sin tener muy claro por qué lo hacía, se acercó pegado a la espalda de la bruja y alargó el brazo alcanzando el libro sin problemas. El aroma que desprendía su cabello le llenó las fosas nasales, poniendo más nervioso al lobo que se agitaba frenético en su interior. En un impulso incontrolado, pegó las caderas contra su trasero notando el fuego encenderse en su interior. Se apartó de inmediato, dándole el libro de malas maneras para darse la vuelta totalmente confundido. Se pasó una mano por el rostro y se sentó en su butaca, mirándola de reojo.

Con la brusquedad del gesto, el libro se cayó. Con un bufido exasperado, Ale se inclinó para cogerlo, ofreciéndole al pirata una visión directa de cómo las telas de su vestido acariciaban la curva de su trasero. Se irguió de nuevo, apartándose el pelo hacia un lado, dejando el libro en la mesa y recolocándose el escote, sin mirarle.
-Imagino. Pero no te alteres, no tengo el menor interés en ver a tu amante desnuda, igual que tampoco te dejaré ver a los míos. -Que no tenía, pero sintió la necesidad de intentar fingir que no le importaba. Se acercó, de nuevo libro en mano, hasta la butaca. Apoyó una mano en el respaldo, inclinandose hacia adelante hasta que su rostro quedó a la altura del del lobo -con el consiguiente ángulo hacia su pecho-. No pienso andar supeditando mi vida a tus caprichos, Leif. Vendré cuando quiera. Y si te molesta -le acarició la linea de la mandíbula con el lomo del libro- te vas con tu amante a otro sitio que no sea nuestra casa. Al menos podrías mostrar un poco de respeto al techo bajo el que se cría tu hijo.

Bajo los efectos de la poción, no se habría cansado de jurar y perjurar que aquella repentina erección no sabía de dónde había salido, pero ahí estaba. Empujando el pantalón, demostrando que el escote no le había sido en absoluto indiferente. También juraría que el resorte de su mano, lanzándose directa al trasero de la bruja para atraerla, no fue algo que hubiera cruzado previamente por su mente. Simplemente lo hizo, soltando un gruñido ronco. El lobo era el culpable de aquellos reflejos incontrolables, excitado por tener ante sí el cuerpo del deseo y no poder devorarlo por culpa de la magia que estaba controlándole. La soltó en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo y apretó los pies en el suelo, encogiéndose cuanto pudo en la butaca sin atreverse a apartarla, pues eso conllevaría tocarla nuevamente.
-¿Qué estás haciendo? ¡Usas magia contra mí, bruja!


-No me toques -murmuró en voz baja. Porque realmente deseaba que la abrazara y que no la dejara irse. Pero se había cansado de ella y ahora tenía a otra... Se quedó enganchada en esos ojos verdes que la habían mirado con tanto deseo que había sentido vibrar el mundo a su alrededor. Y deseó ver una pizca de ese deseo de nuevo, una esperanza de que podía recuperar su cariño. Creyó verlo, como un fugaz destello. Quizás lo imaginó, pero fue suficiente para convencerse a sí misma de que tenía que ponerle al límite. -Nunca he necesitado magia contigo, Leif. -se separó y, poniéndose el libro bajo el brazo jugueteó con el cordón que cerraba su escote, abriéndolo, como si estuviera mal puesto y quisiera acomodarlo.

Las uñas del pirata se aferraron con tal fuerza en los reposabrazos de la butaca que esta crujió bajo su fuerza, astillando la madera cuando el cordón desatado dejó ver mucho más allá. Mientras el lobo rugía en su interior para saltarle encima a la mujer, el hombre seguía agarrado a la butaca luchando contra él. La angustia empezaba a notarse en su rostro, que pasaba de la confusión al deseo como las olas contra un barco.
-No mientas, las estás usando ahora...


-Claro que sí, lo que tú digas. Siempre es lo que tú digas. -Acabó de atarse bien el escote y volvió a coger el libro con la mano. -Es posible que mañana o pasado venga a recoger el resto de mis cosas. No quiero que te estorben en tu nidito de amor -dijo con tanto sarcasmo que dolía. Le dolía a ella, porque aquel era su nido, su amor, su casa... y lo estaba perdiendo por otra mujer-. Me apena comprobar que al final las malas lenguas tenían razón, Paine. -Se tomó la libertad de meterle los dedos en el pelo, peinándolo como hacia siempre, dejando al final la mano en su mejilla-. Ojalá nunca tengas que arrepentirte de lo que estás perdiendo.

Las palabras no parecieron afectarle, de hecho incluso se relajó aparentemente al ver que decidía al fin marcharse. No dijo nada, estaba mordiéndose con fuerza la lengua porque el lobo intentaba empujar unas palabras que no quería pronunciar. Tanto así que se hizo sangre a sí mismo en el pequeño y húmedo órgano que no le importaría usar en ese momento para recorrerle todo el cuerpo a la bruja... Hasta ahí llegó. En cuanto la bruja se dio la vuelta para irse, se plantó tras ella estampando las manos con furia contra la puerta, dejándola acorralada entre esta y su cuerpo. Su respiración estaba agitada, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano. Sobrenatural, en ese caso.
-Li... libérame... -su voz, que de por sí ya era grave, sonó como el gruñido fiero de un perro desatado. Un ruego totalmente desesperado.

La inesperada reacción del lobo la asustó. Se giró para encararle, apoyando la espalda contra la puerta que había cerrado de golpe. Quería que le liberara... y lo único de lo que ella tenía constancia que pudiera ser una prisión era la forma en la que se habían unido en el bosque. Le miró a los ojos, desgarrándose por dentro.
-Lo siento, Leif. Pero no puedo liberarte de eso. -Una lágrima rodó por su mejilla- Ojalá pudiera. Pero esa unión es para siempre.
Tenerlo tan cerca era tan doloroso. Estaban tan pegados que sentía sus alientos mezclarse mientras hablaban. No pudo soportarlo más y le besó. Debería haber dejado ganar a su orgullo, pero... Acababa de pedirle que lo liberara, que acabara con su unión, con lo más sagrado que tenían... se merecía al menos un último beso.

-¡NO! -rugió, impotente al darse cuenta que no le entendía. Pero cada palabra que el verdadero Leif quería pronunciar suponía una lucha interna difícil de llevar a cabo. -Bru...ja... -la miró nuevamente a los ojos tras el beso. Bruja. El apodo que, aunque a ojos de todos pudiera parecer un insulto, era el mote cariñoso con el que Leif siempre la llamaba. Mote que no había usado desde que cayó bajo los efectos de la magia. -No... ssssoy... - gruñó el "yo", impronunciable, apartándose de ella cuando fue incapaz de seguir peleando. Volvió al estado enamorado de la otra, frunciendo el ceño mientras la miraba con cierto desprecio, tan diferente a como segundos antes. -¿Qué haces aún aquí? Lárgate.

A pesar de que se había apartado, no se separó de la puerta. La madera a su espalda era lo único que le impedía caer de rodillas, llorando desconsolada. Ni siquiera un beso le otorgaba. Sólo quería perderla de vista y correr a los brazos de su amante. Y ni se molestaba en disimular como hacían otros hombres. Tragó con dificultad, intentando serenarse.
-No te reconozco, Leif. ¿Dónde está el hombre del que me enamoré?
-Abrió la puerta y salió apresuradamente, sin cerrarla, sin recoger el libro, que había quedado en el suelo, abierto por una página aleatoria, con el beso todavía quemándole los labios.

La partida de la bruja creó un gran malestar al lobo, que se retiró al fondo de la mente del hombre, olvidándose de inmediato de lo ocurrido para seguir con su soneto.

-oOo-

Varios días más tarde, en la siguiente luna llena...

La luna llegó y con ella el caos. El lobo finalmente se alzó dueño y señor del cuerpo que habitaba, y nada más se culminó la transformación, salió corriendo en dirección a la ciudad que nunca antes se le había permitido pisar. Buscó el olor de su hembra y los latidos de su hijo hasta dar con ellos, asomando por la ventana tras la cual se encontraban.

La casa de París donde había vivido durante diez años le parecía ahora fría, sin esa luz ni esa sensación de hogar que tenía la casa del bosque. Aletheia estaba en la cama, con su hijo contra su pecho, intentando explicarle, aguantándose el llanto, que su padre no podía estar con él esa noche porque tenía algo muy importante que hacer. El pequeño también sentía el influjo de la luna, pues la sangre del lobo corría por sus venas. Le había preguntado a su madre dónde estaba papá. La presencia de un lobo adulto, su padre, su alfa, tranquilizaba siempre al pequeño, más en noches como aquellas. Pero esa noche estaban solos. Una manita pequeña y regordeta se posó en su mejilla.
-Sana, nanita, culito de nana. Si no nana hoy, lalará miana.

Un beso que le dejó los labios llenos babas infantiles y una sonrisa cargada de amor que competía con la tristeza de sus ojos.
-Anda, cariño, vamos a dormir, es tarde.
-¿Papá?
-Papá volverá pronto.
-¡Papá! -El niño intentó salir de la cama, pero su madre no se lo permitió-. ¡¡Papá!!

Los enormes ojos de Leif se clavaron de inmediato en aquella imagen que removió por dentro sus entrañas. Maldita la bruja que le había hechizado alejándole de su familia. Mientras el niño le gritaba, Leif el lobo arañó los cristales con insistencia, hasta que su propio peso los rompió, entrando de un salto en la estancia cuan grande era.

Los cristales cedieron casi al primer contacto, por lo que Ale no tuvo ocasión de reaccionar antes de que el lobo estuviese sobre los restos de los cristales, dentro de la habitación, a los pies de la cama. En un acto instintivo, apretó al niño contra su cuerpo, dispuesta a protegerlo. El pequeño parecía encantado.
-¡¡Papá!! -gritó, intentado echarle los bracitos para que lo cogiera.
La hechicera lo soltó al reconocer a Leif. Nada malo le pasaría al niño, de eso estaba segura. Pero no entendía qué hacía allí. Casi sin pensarlo, con sorpresa, su nombre escapó entre sus labios:
-Leif... -No podía dejar de mirarle, mientras Viktor saltaba en la cama, feliz de que su padre estuviera allí.

El lobo acercó la cabeza a su hijo, lamiéndole en señal de saludo y aprovechando para comprobar que se encontrara bien. Notó el sabor de las lágrimas de Aletheia en las mejillas de su hijo y miró a la bruja. Si hubiera alguna de forma de hacerse entender... Salió de la habitación apresurado, tirando por el camino aquello que su tamaño encontraba a su paso y la ansiedad no le permitía esquivar. Encontró uno de los libros que sabía que la bruja usaba para sus experimentos y, sin saber si ahí dentro encontraría lo que le estaba pasando, regresó para dejárselo en el regazo y esperar con esperanza que entendiera el mensaje.

-¡Viktor! -Ale enganchó al niño, que pretendía salir corriendo detrás de su padre, con el suelo lleno de cristales. Puso los ojos en blanco. Paines... No entendió lo que el lobo quería decirle con un libro. Qué se suponía que tenía que hacer.
-¡Cuento! ¡Mamá cuenta un cuento! Papá aquí. -Le hizo un gesto a Leif para que se subiera a la cama. La bruja no se opuso, porque no entendía nada de lo que estaba pasando.
-¿En serio quieres que me ponga a leer en mitad de esta situación?-
preguntó con incredulidad al lobo. Después de todo, que le leyera algo antes de dormir era algo habitual entre ellos, desde antes de que Viktor naciera.

De haber podido, habría puesto los ojos en blanco. Se subió a la cama de un salto, hundiendo ésta con su peso, y con una de sus patazas abrió el libro por cualquier página, señalando con el morro. Pero se detuvo y miró a su hijo con seriedad. Tal vez... Se concentró tanto como pudo en su pequeño, mirándole fijamente a los ojos y gruñó "di papitán por mí". No perdía nada con intentar aquella locura, pero si su hijo llevaba consigo el gen del lobo, tal vez aún cabía la posibilidad de que pudiera escucharle.

Viktor se encaramó sobre el lomo de Leif, hundiendo la nariz entre sus orejas.
-¡Papitán!
La bruja miró la página que le marcaba. Pero no le decía nada. Además, Leif no sabía leer, no podía saber qué página le estaba indicando.
-Esto son pociones para dormir. ¿Qué quieres que haga con esto, Leif?
-resopló y se apartó el pelo de la cara-. Maldito seas, me desconciertas. No te entiendo como humano, ¿como esperas que lo haga así?

Un gemido de alivio se le escapó al lobo cuando escuchó a su hijo pronunciar lo pedido. Bajó la cabeza para que se resbalara de su lomo y pudiera volver a fijarse en sus ojos. "Dile a mamá que el papitán ha sido engañado" repitió aquel pensamiento en incluso tres ocasiones para que se le marcara bien a Viktor y lo transmitiera tal y como era. Habría usado la palabra embrujado, pero sabía que no iba a pronunciarla bien y necesitaba solucionar aquello antes de que el pequeño se durmiera o su madre se cansara de aquellos juegos.

Viktor miró a su madre y luego a su padre. Varias veces, como si intentara entender lo que estaba ocurriendo.
-Mami. Papitán dice aquí -Se tocó la cabeza. La hechicera los miró alternativamente, acabando en el lobo.
-¿Intentas decirme algo a través de tu hijo? -Asentir o negar podría con la cabeza. -¡¡Tiene dos años, Leif, apenas habla!! Viktor, cariño, ¿qué te ha dicho papá?
-Nenañao.
-¿Y eso que demonios significa?

De no haber estado jugándose la felicidad de su familia, se habría permitido reír por lo disparatada que era la situación. Asintió ante la pregunta de la bruja. Vale, engañado tampoco servía. "Poción. Papá ha tomado poción" eso sí sabría pronunciarlo, en muchas ocasiones se lo había escuchado decir cuando balbuceaba sobre lo que estaba haciendo su madre. "Bruja mala"

-Bien. Veamos. Viktor, esto es un juego, tienes que decirme lo que te diga papá, ¿vale? Ganas tú si consigues que lo adivine, ¿vale?
-¡Sí, juego! ¡Potion!
-¿Poción?
-¡¡Síiiii! Yo gano. ¡Otra vez! ... ... ¡Buja mala!
-¿Bruja mala?

-¡¡¡Siiii!!
Ale desvió la vista hacia Leif.
-¿Intentas decirme que estás bajo el efecto de una poción?


Gracias a los dioses que al fin lograban entenderse. Asintió desesperado, abriendo mucho los ojos y moviendo el rabo por acto reflejo. "Dile que papá quiere a mamá, pero bruja mala da poción a papá" demasiadas palabras, demasiado largo, pero Aletheia ya tenía que estar atando cabos, con algo de suerte esa misma noche podría desprenderse de la maldita poción que le tenía subyugado al poder de la otra bruja.

El niño miró a su padre con cara de pánico. Ni siquiera entendía todo lo que le estaba diciendo, como para decírselo a su madre. Ale sonrió.
-Lo has hecho muy bien, cariño. Ahora, si papá es un poco listo, podrá contestar sí o no. ¿Sabes qué poción es?

Tenía huevos que el listo tuviera que ser él, cuando le había estado mandando señales en varias ocasiones. Aquella pregunta podía parecer muy simple, pero para quien supiera un mínimo de magia era evidente que resultaba todo lo contrario. ¿Sabía qué poción era? Asintió, aunque no lo tenía muy claro. Lo único que intuía es que se trataba de una poción de amor, poco más. Miró alrededor, buscando de nuevo, y con el morro señaló uno de los tapices que adornaban el dormitorio. Había en él una pareja dándose un beso, supuso que eso era suficiente para indicar "amor".

Ale arqueó la ceja.
-¿En serio? ¿Intentas decirme que me estás engañando porque te has tomado un filtro de amor? -en su tono se notaba que fuese cual fuese la respuesta, iba a estallar. Pero necesitaba sacar la rabia y la frustración, estaba sufriendo mucho pensando que Leif ya no la quería.

Leif asintió sabiendo lo que vendría a continuación. Entendía que necesitara soltarlo, pero la única culpa que cargaba él era haber dejado que el enemigo se acercara sin siquiera darse cuenta. Necesitaba volver cuanto antes a ser él mismo para descubrir qué motivo había tras ello.

-¿Y ahora por qué no te afec...? La luna... Te liberas con la luna... -agarró al lobo de ambos lados de la cabeza, acercando la suya, hasta que su nariz casi rozaba el morro del animal, mirándole a los ojos. -¿Me quieres?

Leif le lamió la cara como toda respuesta, soltándose de sus manos para acercarse a su cuello en un intento de abrazo. ¿Cómo podía dudar que la amara? Él era un hombre de palabra, los votos que pronunció en ambas bodas iban totalmente en serio.

Aletheia se echó a reír y abrazó al lobo con fuerza, dándole besos.
-Te quiero, Leif. Eres un idiota que me hace sufrir, pero te quiero.
-Esa noche iban a dormir los tres juntos y le daba igual la forma que tuviera Leif, iba a estar abrazada a él hasta que la luna se marchase.

Leif Paine se tumbó en la cama intentando no ocuparla por completo, lo cual era muy difícil teniendo en cuenta su tamaño. En la pose de media luna, dejó que Viktor se acostase tumbado en el hueco de su estómago, mientras su morro permaneció bien cerca del cuello dela bruja, cuyo aroma había echado mucho de menos.






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Aletheia Brutus
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