Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Fletcher J. Maciel el Dom Ene 21, 2018 1:39 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Todas las imágenes se han teñido de negro.
Lo han tatuado todo.






Inquietudes semejantes a la culpa, cadenas que lo ataban a un suelo al cual no pertenecía, se veía tumbado entre alrededores inciertos. Pérfido vampiro totalmente desnudo a la curiosidad, absolutamente cubierto de cuestionamientos que rondaban su cabeza sin perdón ni olvido, penetrando por completo el eje de su cordura ¿Por qué aún la mantenía con vida?

Las remembranzas de hace un par de semanas lo tenían embelesado en como las cosas habían termino. Estaba decidido a acabar con ella. Sus víctimas no tenían segundas oportunidades, existían clausulas en su actuar difíciles de romper, aquella naturaleza inhumada que le obligaba como buen depredador a dar fin a todo quien había osaba con enfrentarle. Hastiado por como la fémina tomaba atribuciones que no eran propias, cansado de la lucha insistente de querer hacer cargo al condenado de desgracias sufridas a lo largo de su pequeño trayecto por la vida. No lo entendía, la tenía en los brazos de la muerte cuando el roce de aquellos pétalos ensangrentados alejaban la furiosa pasión de terminar el trabajo ¿Qué tan idiota debía ser para entender que algo sucedía más allá del roce? Pero al mismo tiempo en que las dudas ahogaban su lógica, parte de su ser exigía tener mayores encuentros de ese tipo, pues la cercanía era insuficiente y casi imposible. Traicionaría sus propios designios para tenerla junto a él, pues por superior que fuesen sus anhelos, mayores eran las contradicciones ¿La destruiría? ¿Acabaría con ella? Aniquilaba una y otra vez las hebras de su  forzado carácter.

Ingresaba por campos desconocidos, cuando uno de sus alarmantes actos lo dejaron atónito y a la mujer, le daba vida. Agravó el acto, pues luego de besar a una condenada a muerte, notó como fluía sangre hacía la humedad de aquella boca, esa que sin intimidación alguna la bebía superando la debilidad que su cuerpo resaltaba. Y cayó, cual floja anatomía se desvanecía en los brazos de un salvador.
Negligente, confuso e indolente, la cargó sobre su hombro, la llevaría a las lejanías, no sabía qué hacer con ella, ni mucho menos que hacer consigo mismo ¿Qué le ocurría? El solo hecho de pensar en su muerte, renegaba toda sensatez, su juicio tomaba otra postura.  

Sabía de la existencia de lugares que nadie conocía, sitios a la deriva que se ocultaban por una razón más allá de su entendimiento, pero bajo la confianza de sus buenas prácticas, se le habían concedido el deber de cuidar aquellas tierras en casos extraordinarios. Allí la llevó.

Todavía tenía tiempo de declararse incompetente al acto y llamar a sus colegas para que terminaran lo que sus manos habían comenzado. Pero la noche se acababa y él se encontraba ya en las inmediaciones oculto de un insistente amanecer.

Decidió olvidar las razones por las cuales se influencio a sí mismo a tener agarrada entre sus brazos, el estado físico y mental de la mujer era deplorable, gracias a ello, tendría semanas para pensar en que diría o que argumentos usarías al verla despierta.
Día a día salía para cumplir con sus labores, ardientes luchas que ayudaban a descargar toda la fatiga, pero jamás regresó a la que era su morada. Se perdía entre los bosques para saber de ella. La hechicera seguía en un estado de descompensación, sin saber siquiera si sobreviviría o tan solo alargaba su muerte. El pulso de sus venas seguía intacto, el color de su rostro poco a poco comenzó a toma coloración, pero aquellos baches no se abrían y su cuerpo no marcaba ni el más mínimo movimiento — Vamos mujer, o vives o mueres… no cargaré con un saco de huesos — Se vio sentenciado las primeras palabras de lo que habían sido unas semanas observándola toda el día.

Aún no sabía que esperar de ella, pero si sabía que esperar de sí mismo. Dependencia, a verla entre cada amanecer. Comenzaba a acostumbrarse a ese rostro, a ese cuerpo, a la melodía que marcaba su sangre haciendo el intento máximo para mantenerla viva. Dependía de estar presente en cada momento al llegar a ese tenebroso lugar, admiraba como el destelló de cada grieta iluminaba sus facciones y comenzaba a odiarse por ser tan nostálgico frente a una efigie tan arrogante como esa.
Como cada nuevo encuentro, humedeció sus labios con un trapo humedecido en agua, limpió su frente, rostro y cuello, la observó, ansioso, hambriento; ávido por la necesidad de degustar una vez su sangre. Parpadeó un par de veces y la dejó allí, en el subterráneo, no sin antes tomar sus manos y atarlas a la firmeza de una de las marquesas de ese desaliñado lugar. No sabía si despertaría, pero no caería nuevamente ante la necedad de creer que la fémina no haría algo para escapar.

Apareció frente a sus superiores, mismos quienes lo halagaron con el trabajo que había deseado ya hace un par de meses además de la caza a la vampiresa de la cual, aún, no había conseguido su paradero. Debía embarcarse a un viaje que lo mantendría ocupado durante días bajo la vigilia de un sobrenatural que causaba el horror en uno de los pueblos del norte. No lo pensó, y fue allí donde se reconoció. Acepto de inmediato sin siquiera pensar en la presa que tenía bajo su cuidado. Se embarcó junto a un compañero.

Nuevamente los días pasaron, mientras el condenado centrado en su trabajo se dio el lujo de olvidarla en ocasiones, no recordar su rostro y olvidar su olor, mantener su cabeza ocupada era un agasajo, el mejor obsequio que podrían haberle hecho. Cumplió como siempre, dando con su paradero, alertando a quienes se encargarían y prestando apoyo en momentos cruciales para terminar con el rio de sangre que se había generado por humanos que no tenían arte ni parte de aquel caserío. Celebración, tiempo de esparcimiento y de regreso a la central. La recordó, como cuando un nudo se atora en la garganta y el vientre se contrae por el dolor, así, sintiendo como su anatomía se tensaba, como si las ilusiones de lava regresases y lo hicieran preso de su presencia. Debía verla, pues el presentimiento de un vampiro nunca era errado.

No fue necesario entrar al sitio, la sentía alerta, su nerviosismo a flor de piel y las cadenas golpeando con insistencia las superficies a las que estaba atada — Ya era hora — Murmuró, ralentizando su encuentro, estaba inquieto, preso de una excitación que lo llevaba nuevamente a desear a la afectada, alertando sus instintos de una presa fácil, pero a la cual, había sido imposible asesinar.

Debía estar frente a ella, para entender la razón de sus actos, o… descubrir que todo se trataba de un masificado error que tenía que acabar.


Última edición por Fletcher J. Maciel el Jue Feb 22, 2018 9:25 pm, editado 1 vez


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Re: It's a hopeless... situation +18 | Privado |

Mensaje por Melissa Landry el Vie Mar 09, 2018 3:34 pm

Él era un infierno agotador,
pero era mío.

Melissa Landry







Melissa quiso apartar su mirada de la pasión en los ojos de él, pero lo cierto era que se hundía en su  ansia cada vez más. Era imparable, un eco profundo el que verberaba todo su cuerpo mientras era poseído sin tregua ni cansancio. Habían enloquecido, de forma magistral la locura se había apoderado de ellos hasta un punto frágil de no retorno. Sus cuerpos resbalaban, se friccionaban de una forma primitiva. Ambos cuerpos unidos en una extraña simbiosis de vida y muerta. Tal era la pasión y el frenesís del momento, que bien pareciera que fuera el último dia de sus vidas. El subir y bajar alrededor de su miembro, se volvía exquisito, casi una tortuosa tortura. El choque de sus carnes cada vez era más oible, se oía perfectamente como sus cuerpos se unían en aquella feroz batalla y sus jadeos y gemidos, solo eran los cánticos posteriores al gran acto final en el que ambos volaban mucho más allá de aquel colchón y aquella cárcel que ahora se volvían cómplices de sus delirios.

La hechicera no podía acordarse si quiera de su nombre, aún menos de su existencia pues viendo al inquisidor bajo ella mirarla con aquellos pozos de tinieblas, era imposible escapar. Largos minutos fueron los que su cuerpo una y otra vez lo acogió en su calidez, en su fuego, hasta que las manos de él incapaces de permanecer por mas tiempo quietas, tomaron su cadera y con fuerza mandaron sobre su cuerpo. Entreabrió los labios y gimió cuando el vampiro aumentó las estocadas y aquel infernal ritmo que llevaba a quemarla.

Sus oscuros ojos encontraron los de ella, una llama abrasadora y antes si quiera de ser consciente de que estaba ocurriendo, él la jalaba del cabello acercándola hacia si tomando, rodeando con su boca su pezón erecto. Al primer contacto de aquellos labios jalándolo, acariciándola con sus filosos colmillos, apenas tocándola; el cuerpo de la joven se estremeció de los pies a la cabeza. Incapaz de negarse a la violenta posesión a la que estaba sometiéndola, rodeó el cuello del inmortal entre sus brazos acunándolo contra su pecho. Gemía contra su oído y él correspondía tomándolo con más fuerza en su boca, perpetuando el delirio que recorría su cuerpo tembloroso. Por inercia, siguió sus roces y por cada lenguetazo de su lengua, su sexo se apretaba en torno al miembro viril que lo penetraba con intensidad. Jadeó en cuanto las manos contrarios se pasearon por su cuerpo hasta torturar sus henchidos pechos y en cuanto pensó que nada más podía ser tan delicioso, tan placentero como aquella sobreestimulación a la que estaba siendo sometida, ante su mirada los colmillos del inquisidor sobresalieron para seguidamente atravesar su pecho diestro en una ardiente necesidad por volver a probarla. Sus dientes la perforaron, provocando el grito de Melisssa por el ardor de todo aquello mezclado con el exquisito dolor inicial, y las lagrimas relucieron como joyas en sus ojos. Él la llenaba, como nunca antes si quiera había imaginado, él estaba allí, en su cuerpo y en su alma; devorándola, amamantándose de ella. Y ante aquella devastadora posesión, se entregó ciegamente a la locura que amenazaba con consumirla.

En el segundo sorbo él impulsó el cuerpo de ella hacia el de él, con una embestida poderosa y abriendo más sus piernas alrededor de él, buscando la mayor intensidad, cerró con fuerza los ojos y gritó su nombre sintiendo como en aquel frenético baile, su mundo nuevamente se derrumbaba. Él tenía todo su cuerpo a su entera disposición. Sus nalgas apresuradas y guiadas por las manos templadas del inmortal eran una tortura para ambos. Era casi demasiado, las fuertes embestidas de sus caderas al penetrarla, el cruel látigo de su lengua sobre su pezón y su boca sedienta alimentándose, bebiéndosela a largos tragos. A cada movimiento de sus cuerpos, sus pechos botaban dolientes, sensibles. Apretó más sus brazos alrededor del cuello masculino y sujetándose a él, lloró de placer, cuando ahondó los colmillos en su pecho, mordiéndolo con más saña. ¿Se podía morir de placer? Se preguntó cuando no solo él parecía perder el poco control que poseía, si es que llegaba a poseer algo todavía, sino que ella lo perdía y junto a la liberación contraria, ella se dejó llevar. Acompañándolo en aquel paraíso, sintió como sus piernas se volvían gelatina y tembloroso su sexo, explotaba ciñéndose alrededor de él. La propia tierra pareció oscilar y solo quedaron ellos dos y sus cuerpos fundidos tan a fondo que habían quedado convertidos en un solo ser.

A pesar del cansancio de la fémina, su corazón latía fuerte y en cúanto los movimientos masculinos empezaron a ceder, adquiriendo un ritmo más lento; frenándose, siseó abriendo los ojos cuando con tal lentitud como la de su cuerpo Fletcher extrajo sus colmillos. Al sentirlos salir, todo su cuerpo tembló. Intentó hablar,  más le fallaban las palabras, no sabía que más decirle. Sus cuerpos seguían unidos y aún moviéndose, parecían negarse rotundamente a que los separasen. No podía detener sus suaves movimientos y él tampoco parecía poder. Lo miró y viéndole sonreír de una forma cruda; lasciva, viéndole los labios y la barbilla roja de su propia sangre, sintió que el corazón le dio un vuelco ante aquella macabra imagen. Jadeó  y encontrándose de pronto nuevamente ella debajo y él sobre de si, le miró con ojos teñidos de fascinación. No tenía palabras para lo que la estaba haciendo sentir, para lo que sentía. Su cuerpo se impulsó un par de veces fuertemente contra ella y tomando otra vez un ritmo más lento pero intenso, llegando a todos los puntos posibles de su anatomía, bajó su rostro hasta sus pechos y posándose sobre estos, con su lengua empezó a lamerle la piel. Arqueó su espalda contra el colchón acercando peligrosamente sus pechos a su boca y todo su cuerpo contra el suyo. Sus manos fueron a su cabello, sujetándose a él levantó la cadera y dejó que este entrase totalmente en su interior. Se sentía tan caliente, que toda su piel hervía.

Cerró los ojos sintiendo las cosquillas que estremecían de mil manera su piel al sentir el cadencioso roce de la lengua recorriendola de arriba a abajo. Él se encontraba allí, en sus pechos  limpiandolos concienzudamente de su sangre. Sonrío, casi incluso se le escapó una ligera risa y antes de que el inquisidor bajara más allá de sus pechos siguiendo el camino de su sangre y aprovechando el impulso de su cuerpo contra el ajeno, le jaló del cabello hasta tomar su rostro entre sus manos y contemplarlo en silencio. Era inalcalculable el poder que tenía sobre ella sin saberlo y cautivada por sus ardientes ojos oscuros, se quedó hipnotizada a un centímetro de su boca. Fletcher era puro pecado y ni su alma ni su cuerpo, querían redimirse.


"¿Acaso creías que podías bailar con el diablo y no pagar un precio por ello?"
—Anne Rice —


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Re: It's a hopeless... situation +18 | Privado |

Mensaje por Fletcher J. Maciel el Vie Mar 09, 2018 3:36 pm

Mójate los labios y sueña.






Experimentar un encuentro como tal sinceramente agotó hasta la última fibra del vampiro, parecía ilógico pensar en que una fémina como ella hiciese fatigar a un ser con deseos tan elevados como él. Pero lo hizo, y vaya como lo logró que siquiera él hallaba razón en sus ansías de probarla, de sentirla, de quererla para sí. Todo eso, en suma, colmó todos sus delirios. Frenesí absoluto que se desbordó entre su tersa piel, oculto entre su cuerpo, inundando todo su interior con la magnificencia de su placer. La hacía suya. Lo hacía suyo. Era impresionando, pues con vehemencia la poseía mientras la hechicera no se quedaba atrás en acciones. Tan solo ella podría darle respuesta a una pregunta innombrable, y lo hacía con tal perfección que la satisfacción experimentada llegaba a término únicamente gracias a su presencia.

Escapó de los pensamientos compactos, no tenía por qué arruinar la escena con objetividades que tendría tiempo luego en razonar. Tenerla allí en completa desnudez fue el mayor de sus consuelos cuando en su cabeza rondaban dudas de que sucedería luego. La sujetó, sus manos presionar aquella delicada piel dejando que los demonios abandonaran su mente y en lugar de ellos, simplemente navegaran escenas vividas un par de minutos atrás, que minutos, tan solo un par de segundos hacía atrás. Aquello, tan solo el fiel recuerdo lo excitaba poco a poco, mientras en cortas estocadas contra el cuerpo femenino soltaba furiosos arrebatos cómplices fieles de su estado.
Así fue por lo que duró, sintiendo como la inundaba de la misma manera en la cual ella se encargaba de mantener la zona húmeda y acogedora. La bañó por dentro de aquel líquido blanquecino acompañado por ese rugido animal que agobiaba su garganta. Su nombre se camufló en la queja mientras aún dentro de la calidez humana, sentía como cada palpitar de su interior jugaba con la poca cordura que lo acompañaba.

La tenía allí y quería creer que le pertenecía. Bajo su cuerpo, con una desnudez que detestaría pudiese ver alguien más que no fuesen sus celosos ojos. Perfecta, diminuta, delicada, enrojecida. Si había algo que pudiese atraerle de los humanos, en especial de las féminas era el color que delataba cada estado. Dolor, ira, placer, contención, todo se delataba en un rubor tanto en sus mejillas como en secciones del cuerpo. Ella por ese lado, complacía por completo los gustos del condenado, que embobado dejaba guiar su mirada por aquella perfecta efigie mientras su lengua se regodeaba con la casta sangre que quedaba en su pecho. Delicioso liquido carmesí que se secaba entre sus senos, sobre su abdomen y se perdía el rastro. No tenía nada más que limpiar allí. Su anatomía no tenía rastro de salpicaduras.
Sintió como su mano lo sujetaba desde los cabellos y no se negó a encontrarse con la mirada sigilosa de su compañera. Sonrió, cálido, abrasador, un poco ardiente y caluroso, pues su mentón se cargaba en la piel de su bajo vientre mientras detallaba cada brillo en aquellos claros baches — ¿Le he dicho que la encuentro deliciosa? — Sinceró, en las primeras palabras que había logrado unir después de un buen rato de solo alaridos de placer, en respuestas a las múltiples sensaciones que ella, una humana, una hechicera, le había provocado. Se sentía un pequeño infante probando por primera vez un caramelo. Adicto, complemente adicto a ese dulce manjar que se perdía en su lengua y se obligaba a seguir saboreando para no perder jamás ese sabor del paladar.

Sus dientes se apoderaron de un poco de piel de aquel plano abdomen. Dónde posterior a eso dejó un sonoro beso que se alargó un par de segundos para así, repetir la misma acción un par de centímetros más abajo. Continuó, deteniendo sus labios en su rebaje. Borde del muslo humedecido ligeramente — Realmente deliciosa… — Confirmó lo antes mencionado. Pues así, luego de la aclaración, sus manos bajaron hasta las rodillas femeninas, iniciando un lento ascenso hasta sus muslos, mismo que separó lentamente para que su rostro quedara perfectamente posicionado en su intimidad.
A regañadientes había salido de ella, pero el deseo de sentir un nuevo sabor lo tenía con la idea determinada. Dejó que la punta de su lengua rodeara aquellos labios menores en el mismo instante en que sus ojos tomaban un color más oscuro. Allí también había restos de sangre, y conocía muy bien la razón del porqué. Más no dijo nada en relación, simplemente sintió como algo dentro de sí la proclamaba suya de muchas formas posibles.

Sus dedos se clavaron en la piel de sus muslos mientras su lengua con más descaro se abría paso esta vez hasta dar roce directo con ese capullo endurecido que se ocultaba entre los pliegues de su piel — Continuaría eternamente… si por mi fuese… — Se interrumpió así mismo cuando sus propios labios entraron en contacto, dejando que una ligera succión de aquel botón lo escondiera en su boca siendo receptor de todos los castigos voluptuosos que tenía preparados para él en el interior de su cavidad bucal — La oiría gemir cada mañana entre mis sabanas — Sentenció, dejando libre aquel montículo. Liberó la presión de sus muslos cambiado la dirección de su intención ahora hacía su cintura, mientras con lentitud sus dientes se clavaban sin intención de marcar daño sobre su monte de venus — Cada tarde y anochecer — Terminó la frase, reiterando el camino de regresó por su vientre.

Lentamente, con paciencia, sin apuro comenzó a detallar una vez más aquella fina capa de piel hasta pasar entre sus senos hasta desembocar en aquel extendido cuello que le daba pase libre a un caluroso beso. Aquel característico sabor era inmejorable, no había probado antes delicia parecida. Su sangre, ella, su piel, lo exponía y ocultaba, poco a poco cada esencia femenil lo embriagada a tal altura que se sentía completamente borracho de ella.
Se dejó caer a su costado, y en un pesado suspiro asumió que allí no habría buen final nunca. Con su diestra la hizo chocar contra su mirada. Ansioso por más cercanía, antes de mencionar palabra alguna nuevamente se apoderó de aquellos rojizos labios, en una caricia que incendió de nueva cuenta su interior. Su lengua se perdía en un roce descontrolado entre tanto incitaba una vez más al roce de sus anatomías desnudas — Tenemos que salir de este lugar mujer… por más que desee hacerte mía una y mil veces más, necesito que descanses, que recuperes fuerzas para salir de acá — A regañadientes, mordió el grosor de aquel delicioso labio, en el instante en que extendió su mano libre para alzar su camisa desde el suelo y cubrir parte de la desnudez femenina.

La mantenía abrazada a su cuerpo, a pesar de querer dejarla descansar, las yemas de sus dedos, de aquel brazo que la rodeaba por la espalda comenzaban a hacer pequeñas figuras dispersas sobre la línea de su espalda, casi para control mental y en recordatorio de que seguiría con él, o al menos, era lo que esperaba el condenado.



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