Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Camellia —Priv. Ferenc

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Camellia —Priv. Ferenc

Mensaje por Rhett O'Shaughnessy el Mar Ene 23, 2018 8:44 pm

Camellia
Donde brotan las camelias, descansan las ilusiones, pasiones promiscuas de los corazones alborotados.
El carruaje le dejó en los límites de la ciudad, allí donde las calles aún conservaban sus adoquines y el polvo de las hectáreas verdes se acumulaba entre sus vetas. Rhett pagó al cochero el costo de su viaje y adicionó una suma considerable por regresar a recogerle en las siguientes dos horas.
Resuelto aquel detalle, el joven se aventuró hacia la caballeriza de alquiler más cercana y desembolsó otros cuantos francos por un animal de su agrado, el dinero no suponía para ningún O’Shaughnessy el más mínimo inconveniente, así que no tuvo reparos en seleccionar al más ágil, puesto que pretendía realizar el intrincado recorrido que le aguardaba en adelante con la menor cantidad de preocupaciones ocupándole la mente.
Cargó su maletín de cuero en la silla y montó en el joven frisón de pelo corto con destino en el circundante bosque. A paso constante surcó los senderos empedrados y rodeó los campos sembrados menos extensos, la arboleda privaba el ingreso lineal del sol y, aunque la temperatura pudiera considerarse templada, la ventisca gélida resultaba incómoda al cobijo de la sombra.

Rhett puso los pies en la tierra cuando las raíces enmarañadas supusieron un impedimento para que el caballo avanzara sin trastabillar. Lo tomó por las riendas y le guio hasta un reducido claro donde la hierba crecía en abundancia; amarró el animal a un árbol delgado mediante una cuerda prolongada y retiró sus pertenencias del asiento.
Olfateó el aire con los ánimos renovados y comenzó a avanzar hacia la espesura. Se detuvo, finalmente, al reconocer la vegetación que crecía en determinado sector, a partir de allí conocía el trayecto de memoria, puesto que él mismo lo había despejado el día en que realizó su gran descubrimiento.
El crujir del follaje seco hizo que volteara alarmado, le sorprendió vislumbrar la silueta de un rocín que no era el suyo, a juzgar por la montura que llevaba sobre el lomo, debía pertenecer a algún otro aventurero. Ligeramente preocupado, cerró los párpados y se concentró en los sonidos que arribaban desde el bosque, aves, insectos, el viento removiendo las hojas y el irregular sonido de una caminata bípeda. Olfateó la brisa para comprobar la juventud de los pinos, el vigor de los abetos, la proximidad de algún cadáver en descomposición y un sutil pero dulce perfume floral. Su intuición le advirtió sobre una catástrofe inminente y se encontró surcando la distancia que le separaba de su tesoro a toda velocidad.

Se detuvo al divisar la figura de un hombre en medio de un claro, su claro.
¡Espere! —Exclamó sin aliento, recargándose en el tronco más próximo. Dedicó unos segundos a recuperar el aliento y, tan pronto se encontró en condiciones de componerse, irguió la espalda y se acomodó el cabello.
Agradecería, suponiendo que así se lo propusiera, que se privara de tocar las flores; no es habitual que crezca una Camellia japónica Dona Herzilia de forma natural en esta región. Sería una desgracia que se perdiera este fantástico espécimen. —Informó con su característica elocuencia, sin reparar en la identidad de la persona que tenía delante.
De pie en su sitio imponía la imagen de un joven en su elemento, ataviado con una chaqueta de franela grisácea, superpuesta a un chaleco de pana gruesa del que sacudió una pizca de polvo acumulado, su camisa de seda blanca permanecía impoluta, aunque el pañuelo que le bordeaba el cuello se percibía ligeramente desarreglado; las botas de cuero le cubrían hasta las rodillas, de no haber sido por la cerrera, seguramente hubiesen conservado su radiante lustre.
El único hijo de la familia O’Shaughnessy se aclaró la garganta, en un intento por clamar la atención del intruso, quería escuchar una explicación que justificara su presencia allí y, como de costumbre, no se contentaría de ningún otro modo.





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Re: Camellia —Priv. Ferenc

Mensaje por Ferenc Blâmont el Mar Mayo 01, 2018 11:57 pm


Ferenc había gozado de muchas facilidades a lo largo de su vida, y una de ellas era la de haber aprendido a montar desde muy pequeño, como casi todos los varones de la época. Si bien no era un pasatiempo que él prefiriera, que además descuidó durante sus años en Dinamarca, ahora le resultaba sumamente útil. La noche anterior avisó a su padre que saldría ese día al amanecer, e hizo preparar uno de los mejores caballos del Valcourt, una bestia robusta pero ágil que, según el encargado del establos de la casa, era portugués. Ferenc no sabía mucho de esas cosas, así que por toda respuesta sólo sonrió incómodo.

El sol no había salido todavía cuando Ferenc ya estaba listo para partir. Las mujeres de la cocina le prepararon un desayuno ligero y llevó consigo una mochila de cuero para recoger lo que iba a buscar: plantas. Pero no plantas cualquiera, plantas para sus perfumes, porque en Copenhague, el viejo Eckersberg le proporcionaba todo lo necesario. Aquí apenas si tenía mortero, mechero y unas cuantas cosas más que había comprado de segunda mano en un bazar, ni qué decir de los ingredientes. Algunos lo podía adquirir en boticas y hasta verdulerías, pero la mayoría, los mejores, no, y ese era el motivo de toda su travesía. Debía hacerse con lo suficiente para no tener que estar yendo al bosque a cada rato, se recordó.

Estuvo horas en el bosque, recogiendo hojas, flores y raíces. Con una minucia extrema, depositaba los especímenes en tubos de ensaye o frascos esmerilados, para luego rubricarlos con caligrafía pulcra. No tenía prisa, le gustaba estar solo y aunque no era alguien que disfrutara especialmente de la actividad física, el aire fresco le aclaraba la mente. Así, pasó el tiempo sin que él no notara, ni siquiera le dio hambre por largo, largo rato. Cuando podía, montaba el caballo portugués, cuando no, lo tomaba de las riendas y caminaba delante de él, y en otras ocasiones, lo amarraba para ir solo cuando las cosas se ponían inaccesibles, como era el caso. Un tronco tirado y lleno de musgo le sirvió para amarrar al animal.

Avanzó, guiado por el brillante y peculiar color de una flor que destacaba entre el intenso verde que parecía reinar. Pudo identificar la planta como una camelia cuando la tuvo más cerca. Jamás había tenido una en sus manos, sólo la conocía de los libros que su maestro perfumista tenía. Era una flor rara, más aún ahí, en Francia. Aguantó un suspiro como si se tratara de un animal al que podía asustar con un movimiento en falso. Apenas iba a rozarla con los dedos, cuando casi le da un infarto al escuchar una voz. Al girar el rostro, vio a este joven, como de su edad, recargado en un árbol. Fue a decir algo, pero supo el qué, además, el desconocido lo dejó un poco aturdido al demostrar tanto conocimiento. Frunció el ceño.

Sé lo rara que es —dijo a la defensiva—, por eso la quiero. Bien destilada su esencia, podría darme para hacer muchos perfumes que serían muy apreciados por su singularidad. Esta flor no es de nadie, ya lo has dicho, creció de manera natural. —Alzó el mentón, aunque eso de imponerse jamás se le había dado bien, pero se dijo que no podía titubear, así que aunque sentía las manos temblarle, se mantuvo en su lugar.

¿Cuál es tu interés en ella? —preguntó entonces—, pareces saber mucho, entonces entiendes lo que digo, respecto al aroma que puede desprender. —Se lo imaginó y casi le da por cerrar los ojos en éxtasis, esa flor, tan sólo unas gotas de esa flor combinada con maderas, o cítricos, o cuero… había tantas posibilidades. ¡Era su hallazgo! Ese desconocido no iba a arrebatárselo.


I am in the mood to dissolve in the sky.
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Re: Camellia —Priv. Ferenc

Mensaje por Rhett O'Shaughnessy el Mar Mayo 15, 2018 10:39 pm

Camellia
Y si mi nombre danzara en los confines de un papel que nos ata al mismo destino, ¿me prestarías tus estrofas para citarlas con pasión?
Fue vasta su sorpresa al vislumbrar con mayor detenimiento el rostro de aquel muchacho. Para comenzar, resultaba sorprendente que alguien de distinguido porte merodeara en la espesura del bosque sin motivo aparente; más tomando en consideración su juventud y, por qué no, el hecho de que no llevara consigo arma alguna, ni siquiera un uniforme propicio para la caza. Rhett se atrevió a avanzar hacia la luz, con la barbilla en alto y aires de obstinación que colaboraban, como había podido apreciar en más de una ocasión, a imponer su templanza y dominio de las circunstancias.
El inusual intruso, debía admitir, era toda una deidad renacentista traída a la dimensión de los cuerpos animados. Si bien la irregular disposición de las sombras sobre su rostro desfavorecía los resultados de una detenida observación —como la del exacto color de sus ojos, por ejemplo— por todo cuanto restaba, podía juzgarle sumamente atractivo, y a Rhett le fascinaban las cautivantes compañías. Desafortunadamente, el joven tuvo que abrir la boca y arruinar su primera impresión, hablar de desmenuzar inusitados vegetales en presencia del cambiante era como citar los evangelios apócrifos delante del obispo.
El inglés comprendía mejor que nadie el deseo de poseer un ejemplar floral tan maravilloso como el de la camellia japónica aludida en esta ocasión, sin embargo, había aprendido a respetar la supervivencia silvestre de las plantas tras varias decepciones acontecidas en su infancia. Si hacerse con la dulce damisela reducía a la mitad la prolongación de su belleza, prefería visitar esporádicamente su lecho en la tierra a juntar, acongojado, sus pétalos marchitos consumidos por el cautiverio.

Es rara, claro que lo es —reiteró, sin alcanzar a comprender cómo era posible que el jovencito no hallara en ese evidente factor los motivos necesarios para dejarla en paz—. Si comprendes su independencia, entonces, ¿por qué la reclamas y pretendes beneficiarte con sus atributos? —Le increpó, con firmeza, dejando su maletín sobre el suelo para poder cruzarse de brazos.
Qué curioso interés manifestaba el muchacho por la planta, lo último que se hubiese imaginado era que alguien de su aparente edad expusiera cierta atracción hacia las flores, pero más aún que las buscara por su aroma. Perfumes. Oh, tan blasfema invención del hombre; como si con la esencia más pura de la naturaleza lograra ocultar sus malformaciones. Convivir en armonía con la colonia enfrascada pululando en el aire contenido en las salas de reunión era una de las hazañas que más esfuerzo le suponían a la hora de defender su faceta de primogénito perfecto.
A pesar de ello, la fragancia que destilaba el joven y se amalgamaba con el de la brisa en el bosque era tolerable y hasta agradable.

Mi interés en la camelia no es de tu incumbencia —increpó, haciendo uso evidente del discurso informal, puesto que él lo había empleado en una primera instancia—. Sin embargo, notarás que lo último que busco es aprovecharme de ella.
»Veamos, tú quieres arrancar las flores y llevártelas contigo para hacer quién sabe qué cachivache en base a sus cualidades; empero (y lo destaco por una cuestión de mutuo beneficio) el estado en el que se halla el ejemplar no te servirá de mucho. Aún le falta bastante por crecer y los capullos no están siendo especialmente vigorosos en esta floración. Si dejaras que la planta adquiriera más volumen, es posible que el año entrante nacieran pimpollos más robustos.
»Para ello, no obstante, deberíamos cortar esas ramas de allí
—anunció, señalando con la mano a lo que se refería—, de modo en que le dé mayor cantidad de luz. Oh, claro que luego tendrás que esperar hasta la próxima primavera —agregó, con gozosa ironía.

Se inclinó para revisar en el interior del maletín, estaba seguro de que antes de salir de la casona había introducido en él unas tijeras. Procuró ocultar a la vista la silueta de su diario, algo le decía que cuanto menor interés manifestara él hacia la planta, en menor medida se vería tentado el extraño a reclamar su botín.
Puedo ofrecerte un cuajo pequeño para que lleves a casa y hagas crecer, si dispones el ejemplar en una maceta, entonces estarás en condiciones decir que es tuyo y de nadie más, pudiendo, así, aprovechar las flores a gusto. —Se incorporó con la tijera en la mano diestra y salvó cierta distancia interpuesta entre el joven y él.
El bosque era un escenario sumamente amplio, extensivo en todas las direcciones, mas las cualidades del claro en que se hallaban apostados aquel muchacho y él, debiérase a la espesura de la vegetación o al contraste entre las sombras, daba la impresión de componer una reducida habitación de carácter exclusivo para el encuentro de dos completos desconocidos.





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Re: Camellia —Priv. Ferenc

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