Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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El prisionero del bosque | Privado

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El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Amancay el Miér Ene 24, 2018 7:58 pm

¡Qué noche tan hermosa! Le encantaba cuando el viento nocturno le despeinaba el cabello, cualquier mujer de la edad aparente de Amancay se horrorizaría al quedar despeinada por culpa del clima, pero no ella. Amancay lo disfrutaba porque amaba el aire libre, amaba la naturaleza y creía que solo de esa forma –dejándose impactar por ella- se la podía apreciar en plenitud.

Había aprendido a disfrutar de la noche, tanto que no extrañaba en lo absoluto la luz del sol. No tenía por qué, con la luna y las estrellas le era más que suficiente. Amancay, al amparo de la noche, vivía la vida que le hubiera gustado tener antes, cuándo su corazón latía. Era libre, sin importarle nada más que eso, hacía lo que quería con sus noches y lo que era más importante aún: no hacía lo que no quería hacer. No tenía obligaciones, solo se preocupaba por disfrutar porque en su condición de humana había sufrido demasiado, pocos eran los recuerdos bonitos que de aquella época tenía porque lo más hermoso le había ocurrido luego de su muerte.

Cabalgaba por un camino secundario, ya estaba cerca de la casucha desabitada que ocupaba junto a Boudica los fines de semana, siempre que conseguían un inquisidor que matar. Oh, con solo pensar que estaba cerca de Boudica Amancay se emocionaba, ¡cuánto más al saber que su sed sería apagada pronto pues les quedaba un espía moribundo al que podían acabarse juntas! Instó a su caballo a andar más rápido, casi al galope, pues necesitaba llegar ya mismo, la sed la estaba torturando ya. ¡Si pudiera cerrar los ojos y estar junto a Boudica al volver abrirlos! Pero no le era posible, no existía nadie con un poder así.

En ella pensaba, en su eterna compañera y en lo hermosa que era cuando bebía del cuello de algún hombre, cuando una sombra se cruzó por delante del camino obligando al caballo a dar un brinco que casi la tumba. Por un instante Amancay se sintió confundida, pero cuando volvió a pensar con claridad entendió qué era lo que se había cruzado en su camino.


-¿Te has hecho daño? –preguntó mientras desmontaba. Las ropas desperdigadas le mostraban que en lo cierto estaba: se había cruzado con un cambiante-. Oye, no te haré daño, puedes confiar en mí y… ¡Oh, eres un perrito!

La imagen del pequeño animal la conmovió y, rápida como era, se lanzó a atraparlo. Lo pegó con fuerza a su pecho y pudo sentir su miedo a través de la piel peluda del animal.

-¿Qué te ocurre? –le acarició la cabecita y rascó detrás de sus orejas. Otra percepción de pronto: había gente demasiado cerca. ¿Cazadores? Tenía lógica que él se encontrase huyendo entonces. ¿Él? Amancay miró entre las piernas del perrito, sí era macho-. Alguien viene, así que el mejor plan que tenemos es alejarnos, no tengo deseos de pelear con nadie… Ya me estaba imaginando en casa y cenando.

No necesitaba meditarlo mucho, ella siempre había querido volver a tener una mascota, un perrito o un gatito, algo bien convencional, pero los verdaderos se morían demasiado rápido y ella sufría siempre las pérdidas. ¡Pero un cambiante tenía que vivir michísimo tiempo más! ¿Cómo no lo había pensado nunca? Le costó volver a montar con una sola mano, pero lo hizo. Pegaba contra su pecho al aparente cachorrito y con la mano derecha sostenía las riendas de su caballo.

-Ya estamos cerca de mi refugio –le dijo mientras andaban-, estarás a salvo. Espero que Boudica te quiera, ¡eres una preciosura! –le besó el hocico repetidas veces y apretó al animal de cuerpo caliente en un abrazo cargado de ternura.




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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Boudica el Dom Mar 11, 2018 1:41 pm

Dio una vuelta más alrededor de la silla donde tenía amarrada a su nueva presa. Se llamaba Alphonse, ¿o quizá le había dicho Benjamin? No se acordaba y no hizo ningún intento de hacerlo. Recordar los nombres de sus presas se le daba mejor a Amancay, puesto que para Boudica esos hombres sólo eran cachos de carne con los que jugar antes de alimentarse. Si por ella fuera, ni siquiera se dedicaría a seducirlos antes de matarlos; les clavaría los dientes y bebería de ellos en cuanto cayeran en sus redes. Si lo hacía era sólo por su Amancay, su diosa, su amor eterno. A ella le gustaba divertirse antes de cada banquete, y Boudica disfrutaba viéndola a ella feliz.

Alphonse, Benjamin o como diablos se llamara el pobre infeliz seguía medio inconsciente. Boudica le había propinado un buen golpe en la nuca, de manera que transportarlo hasta allí no había sido demasiado complicado. Ella era bastante menos delicada para esas cosas; mientras Amancay los seducía y conseguía que fueran ellos los que acudieran a su terreno, Boudica tenía mucha menos paciencia para hacer eso. Lo intentaba, claro, pero, si con un par de movimientos el hombre en cuestión seguía obcecado en quedarse donde estaba —después de haberla mirado de arriba a abajo, eso sí—, la vampira empleaba la fuerza bruta para que hicieran lo que ella deseaba. En este caso, ir a la casa abandonada de las afueras. Lo sentó en una silla destartalada y lo ató con varias cuerdas para no sufrir ninguna sorpresa cuando despertara. Debía esperar a Amancay para dar comienzo el banquete, pero estaba tardando demasiado.

Se acercó a la ventana para ver si aparecía entre los árboles, como si se tratara de una ninfa, cuando escuchó una tos cansada en su espalda. Se giró un tanto confundida, como si no supiera de qué se trataba, y vio al espía que intentaba levantar el rostro. Se acercó sin decir nada y se colocó frente a él, a una distancia más que prudente, con las manos cruzadas a la altura del pecho, mirándolo fijamente pero sin decir nada. Él levantó la mirada, neutra —incluso desafiante—, y la dirigió a la de ella. ¡Oh, pero qué valiente se mostraba!

Sé quién eres —dijo con la voz ronca—, tú y tu amiga. ¿Dónde está ella?
Cállate —contestó Boudica con desgana.
Oh, ¿por qué? Me gustaría verla. Tengo entendido que es una mujer impresionante.
He dicho que te calles. —Se acercó hasta quedar a su lado mientras el inquisidor seguía soltando basura por su boca—. ¡Cállate!

Lo agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Ella escuchó cómo los huesos del cuello crujieron, pero él parecía no darse cuenta de qué pasaba. Su risa hacía que a Boudica le dolieran los oídos, y lo único que quería era seguir tirando de su pelo hasta que el cuello se partiera del todo. Finalmente lo soltó y se alejó, pero parecía que el muy idiota no había aprendido la lección. Cuando sus estupideces fueron demasiado para ella, se lanzó sobre su cuerpo y bebió de él hasta que su corazón estuvo a punto de detenerse.

Había perdido la consciencia y al fin se había callado, pero apenas quedaba sangre en su cuerpo para Amancay. Boudica le dio una patada tan fuerte que lo tiró al suelo y, una vez ahí, siguió pateándolo hasta que su rabia se disipó un poco. ¡Se suponía que debían haberlo hecho las dos juntas, pero el estúpido de él no se había callado!

Mientras pensaba en cómo explicarle a su vida entera qué había pasado, escuchó el sonido de unos cascos en la puerta de la casa y el de dos corazones latiendo deprisa. Uno debía ser el del caballo que traía Amancay, pero, ¿y el segundo?



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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Amancay el Sáb Mar 24, 2018 6:42 pm

La sed le estaba quemando la garganta y le hacía sentir un hueco en el estómago. Era tanta que Amancay se vio tentada a querer beber del cambiante -sí, era capaz de detener la marcha junto al siguiente árbol para hacerlo-, a ordenarle que se volviera a su forma humana para alimentarla. La sangre de los cambiantes era mucho más dulce que la de los humanos normales, ella la había probado en contadas oportunidades. Ah, pero no podía hacer eso… el perrito la miraba y ella, gracias a sus dones, podía discernir que lo hacía con una extraña mezcla de agradecimiento y temor. Sus ojitos brillaban y a Amancay no le cabía tanta alegría en el cuerpo.

-No, amorcito, no debes temerme –le explicó aflautando su voz, en el típico tono utilizando para hablarle a las mascotas o los niños-. Quiero cuidarte, ¿tienes piojos? –No podía revisarle pues eso significaría soltar la rienda con la que dirigía al caballo que los trasportaba-. Ah, pero si tú ya eres un piojo, un pou… ¡Pou! Es un nombre perfecto, eres el piojo más bonito. ¿Quién es precioso? ¡Tú eres precioso! ¡Mi Pou es bellísimo! –Lo abrazó, se sentía feliz. Antes de hablar depositó en el hocico del animal una seguidilla de besitos-: No sabes cuánto he querido tener un perrito ¡y ahora tú has aparecido de la nada! Es el destino, Pou.

Amancay decidió que irían al trote lo que les quedaba de trayecto, las ganas de ver a Boudica y la sed que sentía crecían en ella a partes iguales y no quería perder el tiempo, seguramente estaban lejos ya de los cazadores que habían molestado a Pou. ¡Que se atrevieran a acercársele ahora que él tenía una familia! No podrían hacerle daño, Amancay no lo permitiría. No tardaron más de veinte minutos en llegar a la vieja casa en la que ellas dos se refugiaban. Amancay bajó de un salto y dejó al caballo atado a un árbol. Antes de ingresar le habló en voz muy baja a Pou:

-Portate bien, Boudica es especial para mí… pero ten cuidado, a ella no le gustan los intrusos, Pou.

Ingresó -le gustaría decir que el calor del hogar la reconfortó, pero no hacía calor y ese tampoco era su hogar. Amancay solo necesitaba a Boudica- y lo primero que hizo fue acercarse a la vampiresa. La abrazó con la mano que tenía libre y el hermoso perrito quedó en medio de ambas, como si fuese el hijito que no podrían jamás tener. Amancay disfrutó del abrazo, de sentir que todo estaba siendo como ella siempre había querido: Boudica y una mascota, los tres solos y a salvo en el bosque. Se apartó un momento de ella, quería contarle todo sobre cómo había encontrado a Pou, pero vio en el rostro de Boudica un gesto que rara vez adoptaba. Acto seguido reparó en que el cuerpo del inquisidor estaba en el suelo algo alejado de donde se encontraban ellas, el hombre había muerto.

-Oh, Boudica. ¿Qué sucedió? –dijo mientras se acuclillaba para dejar a su perrito en el piso-. ¿Qué…? –No podía ser cierto, ella jamás le haría eso, no bebería de alguien sin esperarla, Boudica nunca se dejaba llevar por aquellas debilidades. Era fuerte, la vampiresa más fuerte que Amancay conocía-. Boudica, tengo sed. –Remarcó, porque no quería creer que estaba frente a una traición.




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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Fabrice Savile el Mar Mar 27, 2018 8:30 pm

Se había salvado por muy poco, realmente muy poco, los inquisidores eran rápidos y estaban armados, pero Fabrice lo era aún más y aunque iba en su forma humana podía usar la noche a su favor. El cansancio de huir durante días, la incertidumbre de saber qué le había ocurrido a su hermana y a su prometida, temer por ellas… todo había ayudado a que Fabrice tardase en notar que esos hombres no eran simple viajeros deteniéndose para hacer noche en un claro del bosque. Pero finalmente lo había notado –poniendo atención en las insistentes y complejas preguntas que de pronto le habían hecho- y en cuanto lo hizo sin decir nada se dio a la fuga.

No quería hacerlo, transformarse en animal cerca de ellos era peligroso pues si lo veían y luego lo atrapaban él ya no tendría argumentos para convencerlos de que estaban en un error, pero de improviso le salió al cruce un caballo con una inmortal como jinete y la noche de Fabrice Savile cambió. Decidió, en media fracción de segundo, que le era más conveniente trasformarse en perro pequeño y no en lobo –que era su cambio frecuente-, pues así tendría más chances de ocultarse. No tuvo tiempo de hacerlo y sin que pudiera siquiera echar un vistazo a la ropa que había dejado atrás, Fabrice se encontró pegado al helado pecho de la vampiresa y sobre su montura.

Ella le hablaba con amor, susurrando cosas que él no podía creerse -¡y hasta había mirado entre sus patas!-, pero se repetía dos ideas una y otra vez: que cualquier cosa era mejor que estar cerca de inquisidores –el recuerdo de cómo había perdido a sus padres y a su hermano en mano de esos hombres aún era demasiado doloroso y vivo- y que nunca debía confiar en los vampiros. Pero estaba atrapado, irse con esa mujer no había sido objetable.

Pou. ¿Con todos lo nombres que había justo iban a llamarlo piojo? No importaba, no tenía pensado quedarse mucho tiempo con ella. Al menos eso esperaba… pero lo único que en verdad importaba era que cada vez ponían más distancia entre los dos inquisidores que iban tras él, esa era la principal preocupación que tenía.

Llegaron a la casa vieja y Fabrice ardía en deseos de volver a su forma humana, de explicarle a la mujer lo que había ocurrido. ¡Que ya dejase de darle tantos besos, era un hombre y no podía no sentir nada si una mujer como ella lo apoyaba contra su pecho durante toda una cabalgata y luego lo besaba en el hocico! Había una nueva mujer allí –llamada Boudica, según le había dicho-, inmortal como la otra, y al parecer acababa de matar a un hombre… Definitivamente Fabrice entendía que no podía confiar en ellas y que debía salir de allí cuanto antes por lo que, inmediatamente después de que la primera mujer lo dejase en el piso, Fabrice corrió a un rincón y allí volvió a su forma humana, robándose la atención de ambas que por un momento dejaron de hablar entre ellas y le clavaron la vista.


-No me llamo Pou –dijo, con fastidio, y al ver la cara de asco y odio de Boudica, acabó tapando sus genitales con ambas manos-. Mi nombre es Fabrice.


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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Boudica el Jue Mar 29, 2018 4:46 am

Por primera vez en su vida, no estaba segura de querer que Amancay entrara por esa puerta. Todavía no sabía cómo iba a explicarle lo que había pasado, pero los pasos, inmisericordes, se acercaban a un ritmo frenético, como si esa fuera la cantinela que anunciara el fin de Boudica. ¡Ella sólo quería dejar de escuchar, pero es que el muy idiota no dejaba de hablar sobre todo lo que las haría! Tenía que haberlo drogado como al imbécil de John; prefería un tipo inútil y embobado que otro incapaz de contener esa lengua bífida que la sacaba tanto de quicio.

Amancay —dijo, intentando sonar ansiosa por verla, como si nada pasara.

Dejó que la abrazara y fue entonces cuando se percató de que traía un animalito en brazos. Lo miró de reojo cuando se separaron, pero no le prestó más atención que esa; la voz de su vampira, traicionada, le dolía más que cualquier estaca de madera clavada hondo en su piel.

No se callaba—se excusó, pero sabía que eso no sería suficiente—. Estaba diciendo cosas horrendas sobre ti, mi amor, sobre todo lo que te haría cuando llegaras. Sabes que no soporto que nadie hable así de ti, porque eres mía y de nadie más. —Se acercó a ella y le tomó el rostro entre las manos con una dulzura que sólo empleaba cuando estaba con ella—. Por favor, mi vida, perdóname. Quería esperarte, quería hacerlo, pero él no se callaba. Buscaré a otros para ti, sólo para ti. Saldré ahora, seguro que el bosque está lleno de…

No consiguió terminar la frase. Había mirado hacia la puerta con la intención de enfatizar su discurso, pero un movimiento en el rincón llamó su atención. El perro que Amancay había traído empezó a hacerse grande y a cambiar de forma. Se irguió sobre las patas traseras y estiró el tronco; también comenzó a perder el pelo sedoso del que hacía gala y el hocico se encogió hasta convertirse en la boca de un hombre hecho y derecho.

Boudica estaba tan asombrada como espantada, así que pasaron unos segundos —que él aprovechó para hablar— durante los que ella no articuló palabra. ¿Por qué había un hombre suelto en aquella casa? Cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando —en realidad, lo único que a ella le importaba era la presencia de un hombre no contrado cerca de ambas— gritó con furia e impotencia. No sabía qué hacer.

¡Tú también te callas! —Señaló al cambiante con los ojos desorbitados—. ¡Amancay! —Estaba completamente fuera de sí—. ¿Por qué hay un hombre en la esquina? ¡Quiero que se vaya! ¡Llévatelo de aquí! ¡Llévatelo!

Quería acercarse a él para sacarlo ella misma, pero era tanto el asco que sentía al verlo ahí, completamente desnudo y tapándose los genitales, que en vez de acercarse daba pasos en la dirección contraria, alejándose cada vez más de Fabrice.



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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Amancay el Jue Abr 05, 2018 11:30 pm

¡Pou lo estaba arruinando todo! ¿Pero cómo podía hacerle una cosa así luego de que ella lo hubiese salvado? ¡Lo había encontrado solo y atemorizado en el camino y lo había consolado con palabras de amor! ¿Cómo le hacía algo así? Amancay no podía entender tamaño descaro, solo era sensible a la incomodidad de Boudica y con Boudica nadie iba a jugar de esa forma tan grosera.

Se acercó a Pou-hombre y le dio un sonoro bofetón. Hacerlo le dolió, porque no dejaba de verlo como su pequeño cachorrito, pero era necesario corregir a las mascotas cuando se equivocaban, un apaleo a tiempo hacía que no repitiesen los errores. Con ese convencimiento, Amancay vio a los ojos de ese hombre que le hacía frente y lo tomó del cuello levantándolo unos centímetros del piso. Era fuerte y luchaba, pero ella lo era más y ambos sabían que acabaría ganando. ¡Cuánto le dolía hacerle eso! ¡Era su bebé! Pero él la había obligado, había roto con el pacto tácito que tenían y casi de esa forma pedía a gritos ser educado.


-¡Eres Pou! ¡Ya mismo vuelves a ser el perrito que conocí si no quieres terminar siendo mi cena! –lo dijo con tanta autoridad, que el muchacho volvió en el acto a su forma de cachorro. Amancay miró a Boudica, complacida y aliviada al ver que todo estaba bajo control, y le dijo-: No lo odies, mira lo que es… ¡adorable! –Se inclinó y lo tomó en brazos para acercarse con él a su amada para presentarlos formalmente-. Mira, Boudica, ráscale las orejas que a él le gusta… Yo lo amo. Me lo quiero quedar, siempre quise un perrito. ¡Nos puede calentar los pies! –le dijo con entusiasmo y apretó al animal contra su pecho-. Anda, perdónalo… él no sabía que a ti te daría asco verlo. Los perritos no entienden esas cosas. –Le dio un golpe en la pata para mostrarle a Boudica que seguía castigándolo por lo que había pasado, pero sus ojitos brillosos le dieron pena… Acabó besando a Pou, porque le parecía simplemente irresistible, antes de hablarle-: ¿O no que ya no lo harás? ¿Quién se portará siempre bien? ¡Pou se portará muy bien! No nos gustan los hombres, si eres un hombre es porque quieres morir como aquel –se movió para que el perrito pudiera ver el cadáver-, si eres perrito eres aceptado. Oh, perdona que te castigara así… pero hay que enseñar de comportamiento a los que amamos, la vida no siempre educa lo suficiente.

Como Boudica no parecía estar nada convencida, Amancay le tendió a Pou directamente a su pecho queriendo que se hicieran amigos. Él parecía haber entendido todo –y qué bueno porque ya no lo quería castigar-, muestra era que sacó su lengüita para besar la piel del cuello de Boudica. Amancay, que la conocía más que a sí misma, alejó al cachorro de la otra vampiresa en el acto, sabiendo que así le salvaba la vida.

-Si no lo amas todo estará bien, le diré que no se te acerque. Pou solo se quedará conmigo, pero no le hagas daño. Es mi bebé, Boudica. –La sabía capaz de ensañarse con el inocente perrito, casi podía verla. –Hablemos del inquisidor y del hambre que me está matando –le pidió y se movió hacia el sillón donde se sentó con Pou en su regazo, lo acarició y se dispuso a buscarle pulgas, pero fue en vano, su perrito era muy limpio.




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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Boudica el Vie Mayo 18, 2018 4:56 pm

El castigo que Amancay le estaba dando al hombre-chucho le pareció correcto, pero no suficiente. Aún no podía entender cómo su amada había permitido la entrada a ese sujeto. Quizá su pelo sedoso y sus ojillos de cachorro la habían cegado por completo, eso podía llegar a entenderlo e, incluso, perdonarlo. Sabía la debilidad que tenía Amancay por las crías de animal y no sería la primera vez que manifestaba su deseo de tener una mascota. Boudica, sin embargo, y a pesar de que era consciente de que con eso la haría muy feliz, se negaba constantemente a tener un ser vivo a su costa; a la de las dos en general, pero a la de ella en particular. No quería responsabilizarse de algo que no le importaba en absoluto, como ese chucho que Amancay parecía adorar. ¿¡Pero es que no se daba cuenta de que aquello no era un simple perrito, de que su Pou era una farsa!? Sí, podía perdonar que lo hubiera metido en la casa presa del aura encantadora de ese cambiante, pero lo que no pensaba tolerar es que lo siguiera manteniendo con ellas después de la desfachatez con la que se había presentado.

Ver el cuerpo desnudo del joven le dio mucho asco, tanto que, por un momento, cerró los ojos. Cuando los abrió, pocos segundos después, Amancay se acercaba a ella con el animal en las manos, pidiéndole que no lo odiara. ¡Claro que lo odiaba!

No pienso tocarlo, Amancay —dijo, rotunda—. ¿No ves que no es un perro normal? ¿Cómo sabes que no se volverá a transformar?

Por suerte, el chico parecía lo suficientemente listo como para complacer a la única vampira que realmente lo quería, puesto que, cuando Amancay se lo acercó, intentó lamerle la piel del cuello. Boudica enseguida puso la mano para frenarlo y se apartó, pero no intentó hacer daño al cambiante; dañarlo a él sería dañar a su amada, y eso no se lo perdonaría nunca.

No le haré daño —prometió, pasando la vista del cachorro a la vampira—, pero si lo vuelvo a ver desnudo, lo mato.

Esta vez, sus ojos hicieron el recorrido inverso, yendo de los de Amancay a los de Pou, que la miraba con una mezcla de miedo y rabia. Bien, si se mantenía así, consciente del peligro que corría si no hacía caso, no había nada de lo que se tuviera que preocupar. Boudica cumpliría su palabra si él hacía lo propio, pero tampoco quería que el bicho se confiara; si creía que a la mínima iría a por él, mejor para todos.

Perdóname por eso, Amancay —suplicó mientras se acercaba hasta ella. Se arrodilló a los pies del sillón y envolvió una de sus manos entre las suyas—. Mi amor, ese puerco de ahí quería hacerte cosas horribles, cosas que ni siquiera yo te he hecho. Sabes que no soporto que te miren con deseo, aunque eres tan hermosa que sé que es inevitable. —El perro la miraba, pero ella a él no. Ya se había olvidado de su existencia—. No es el primero que dice ese tipo de cosas en mi presencia, y sabes que siempre espero a que estemos las dos para matarlos, pero este era distinto; me daba más asco que cualquier otro hombre. Era repugnante.

Sabía que Amancay estaba decepcionada, y ese sentimiento de culpa que había inundado a Boudica la estaba matando. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para resarcirse, incluso besar al perro baboso que tenía en el regazo. Conseguir su perdón era primordial.

Mi vida, perdóname. Dime qué quieres que haga y lo haré. —Se llevó la mano que tenía agarrada a los labios y le besó los dedos una, dos y hasta tres veces—. ¿Quieres que salga ahí fuera y te traiga a otro inquisidor? Dime cómo quieres que sea y no dejaré de recorrer la tierra hasta encontrarlo. Por favor, Amancay, dime qué quieres que haga, lo que sea.

Volvió a besarle la mano, solo que, esta vez, la dejó sobre sus labios mientras esperaba la respuesta de la vampira. Sus ojos la miraban sin pestañear, brillosos a causa de la angustia que le producía el hecho de que las cosas no estuvieran bien entre las dos.



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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Amancay el Miér Jun 06, 2018 10:34 am

Lo tenía todo, no podía pedirle nada más a la eternidad –bueno, le gustaría que Pou fuese inmortal como ellas-, con su mano izquierda sostenía a su perrito y le rascaba la barriga mientras que su derecha estaba a salvo entre las palmas de Boudica. ¡Todo era tan perfecto! Los amaba, eran amores diferentes, pero los amaba. Boudica lo era todo, su sangre y su sed; pero ese cachorro… lo conocía hacía casi dos horas pero ya sabía que mataría por él, por cuidarlo y conservarlo junto a ella. Eran la familia perfecta y Amancay estaba conmovida ante el regalo que la eternidad le estaba dando, la noche había sido buena con ella. ¿Lo merecía? Eligió creer que sí, que una niña triste como la que ella había sido mientras vivía se merecía la felicidad que experimentaba ahora como mujer.

-Todos nos dicen cosas feas, son malvados pero mucho más cuando estás excitados –se lo concedió, en eso Boudica llevaba la razón y Amancay lo sabía, pero también moría de hambre-, son repugnantes y dicen cosas tan vulgares... Has hecho bien, hermosa mía. Fue lo correcto –se inclinó para darle un beso cariñoso.

¿No se trataba de eso el amor? ¿No era ceder pese a no estar de acuerdo siempre con las decisiones del otro? Amancay no quería hacerla sentir mal, no quería que se sintiese culpable pese a que ambas sabían que lo era. Boudica pensaba demasiado a veces, se torturaría durante días cuando lo más probable era que en unas horas Amancay hubiese olvidado el asunto. No quería verla triste, por eso eligió restarle importancia al hecho que era vital en verdad.


-Yo solo quiero que me quieras siempre, que estemos juntas todo el tiempo –fue lo primero que le salió de los labios pues era el único deseo del que estaba segura. Amancay era cambiante en su ánimo, una noche podía querer comprar una casa en la playa y a la siguiente afirmar que odiaba el mar, sus deseos cambiaban de continuo igual que sus pensamientos, solo estaba segura cuando de Boudica se trataba-. No quiero que salgas, pero sí que tengo hambre. Ve, pero no importa que sea inquisidor, solo trae al primer hombre que te cruces.

Amancay se movió para recostar su cuerpo todo a lo largo del sillón. Le vendría bien tener un almohadón donde apoyar la cabeza, pero allí no tenían tantas cosas como en su casa de la zona residencial y ahora lo lamentaba, esperaba poder recordar cargar algunos la próxima vez. Apoyó a Pou en su pecho y lo acarició con demasiada fuerza para acomodarlo y así mostrarle que quería que se durmiera sobre ella.

-Ya no estoy enojada, Boudica –le dijo, con la vista fija en el techo-. No pienses en cosas horribles. No me iré, no dejaré de amarte y no estaré con ningún hombre.

Enumeró las tres cosas a las que sabía que Boudica le temía, las dos primeras eran promesas que nunca había roto mientras que la tercera… sobre la tercera tenían algunos recuerdos que las torturaban por igual, solo que Amancay elegía ignorar mientras que Boudica los había transformado en temores asiduos.




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Re: El prisionero del bosque | Privado

Mensaje por Boudica el Dom Jun 24, 2018 12:43 pm

Siempre te querré y siempre estaremos juntas —prometió, besando su mano de nuevo—. Tú eres mi todo, Amancay. No soy nada sin ti.

Boudica volvió a respirar —de manera figurada, claro está— al escuchar que Amancay no estaba enfadada, que las cosas entre ellas no se habían malogrado por su culpa. Aquel no era el primer error que cometía, pero, de todos ellos, sí que había sido el más grave. Se juró a sí misma que no volvería a caer en las trampas de ninguno de los inquisidores que llevaban allí, que no se dejaría manipular por sus sucias palabras. En ese momento le pareció una tarea fácil y no entendió cómo había podido equivocarse tanto con ese último.

Te traeré un hombre. —Se incorporó y besó sus labios con pasión, aplastando a Pou al inclinarse sobre ella—. Será el más delicioso que haya en París, y será sólo para ti. Confía en mí.

Le acarició el rostro y la miró con toda la ternura que Boudica era capaz de acumular antes de salir de la casa. A pesar de que Amancay le había prometido que no se iría, que no dejaría de amarla y que no estaría con ningún hombre —en ese orden exacto—, a la vampira se le había quedado una sensación incómoda en la boca del estómago. Confiaba en ella como si fuera una extensión de sí misma, pero, por algún motivo, no deseaba separarse de ella por temor a que cuando volviera con su cena ella no estuviera allí.

La incertidumbre le hizo avanzar más rápido, dejando atrás la casa abandonada e internándose en el bosque. Decidió que lo cruzaría para llegar antes a las zonas habitadas de las afueras, puesto que no creía que encontraría a nadie en las inmediaciones. Los hombres que vivían en las aldeas no eran los más deliciosos; trabajaban demasiado y eran muy fibrosos, duros a su parecer, y el sabor de su sangre era mucho más fuerte que el de los inquisidores, bien alimentados y cuidados. Intentaría buscar uno de esos, pero decidió que no se demoraría demasiado. La noche no era eterna y su amada tenía que comer antes del amanecer.

Aunque parecía que el bosque estaba en completo silencio, el oído de Boudica era extremadamente afinado como para detectar sonidos que provinieran de la lejanía. Escuchó innumerables alimañas que reptaban por el suelo del bosque, algún ave que echaba a volar, a los animales nocturnos cazando algo que comer o las voces de dos hombres que cabalgaban por el bosque. Un momento, ¿hombres a caballo en aquella zona?

La vampira aguzó el oído y siguió el sonido de los cascos contra la tierra hasta que los encontró. Por las armas que llevaban a la vista, parecían el tipo de hombre que ella andaba buscando, y lo mejor de todo: eran dos, no sólo uno. Si a Boudica le gustaran los hombres, los habría encontrado apuestos, puesto que eran jóvenes y fuertes. Pero a Boudica no le gustaban los hombres, así que para ella eran meros sacos de sangre y la ofrenda de paz que le llevaría a Amancay.

Avanzó hasta quedar por delante de ellos y les salió al paso, haciendo que los caballos de ambos se frenaran.

Buenas noches, caballeros —saludó usando su voz más dulce.

Boudica podía ser muy angelical si se lo proponía.



FIN DEL TEMA

Continúa aquí: The night brought the savior



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Re: El prisionero del bosque | Privado

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