Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Ton absence est mon seul hiver | Flashback {Fabrice Savile}

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Ton absence est mon seul hiver | Flashback {Fabrice Savile}

Mensaje por Charlotte Sarì el Jue Feb 01, 2018 2:32 pm

Los rayos de sol de la mañana molestaron a Charlotte en los ojos, a pesar de que mantenía los párpados cerrados tras su no tan larga noche de sueño reparador. Dominique había vuelto a soñar con el día en la que el señor Sarí murió, y la muchacha pasó un par de horas intentando calmar el llanto desconsolado y sonámbulo de su madre. Cuando consiguió que volviera a conciliar el sueño, pudo volver a su camastro, pero apenas había comenzado a quedarse dormida —algo que le costó bastante después del primero susto— la pobre mujer comenzó a soñar con la marcha de Solange. Charlotte tuvo que volver a levantarse, y esta vez se tumbó junto a Dominique hasta que ésta se quedó dormida, después de otra larga hora.

Ahí se despertó, junto al cuerpo caliente de su madre, en cuanto los primeros rayos cruzaron los cristales de la ventana. Se desperezó sobre el mismo colchón y tardó varios minutos en levantarse. Los días desde que Solange se marchó habían sido tan monótonos, cansados y largos que parecía como si parte de la alegría que siempre mostraba la pequeña Sarì se hubiera marchado con la mayor. No hacía más que preguntarse dónde y cómo estaría, si tendría suficiente comida para ella después de enviar esos francos que llegaban de vez en cuando a casa. A Charlotte le hubiera gustado escribirle, contarle cómo les iba a su madre y a ella, pero no lo hacía por dos motivos: el primero era que no sabía escribir, y el segundo que no tenía nada bueno que contar. Su madre no mejoraba con el tiempo, era como un cascarón vacío, sin un alma que le diera vida. A veces incluso se sorprendía de que llorara en sueños, tanto por Maurice como por Solange, puesto que, en el caso de la última, Charlotte siempre creyó que no se había dado cuenta de su partida.

Salió despacio de entre las sábanas y volvió a cubrir el cuerpo dormido de su madre. Se sentó en el borde de la cama y se frotó los ojos, arenosos, antes de abrirlos por completo y mirar a través de la ventana. El cielo rojizo anunciaba el nuevo día y, si no cerraba las cortinas, la luz despertaría a Dominique. Se apresuró a cubrir los cristales, porque prefería una mujer dormida antes que una despierta y moribunda rondando por la casa. Se lamentó nada más pensar eso. ¡Por el amor de Dios, era su madre! Rodeó la cama y depositó un beso en la mejilla de la mujer.

Perdóname por haber pensado eso —susurró en su oído, sabiendo que no se enteraría de nada—. Debo irme ya. Te quiero, madre.

La besó de nuevo, la arropó un poco más y salió del cuartito a enfrentar un nuevo día. Sobre la mesa donde comían había unas pocas monedas, las últimas que Solange había enviado, y, por primera vez, se sintió aliviada de no poder escribirle una carta. Definitivamente, no había nada bueno que pudiera contarle. ¿O sí? Un reflejo a la altura de su mano llamó su atención. Bajó la mirada y vio brillar el anillo con el que Fabrice le había pedido matrimonio, uno simple, pero tan hermoso que a Charlotte se le saltaron las lágrimas al recordar el momento. Se lo llevó a los labios y lo besó. Después de todo, sí había algo bueno que contarle a Solange.

El frío de la mañana le azotó el rostro, pero no le importó; se cubrió el cuello con la capa y se dirigió a los campos, donde los más madrugadores ya habían empezado a trabajar. Sabía que el sol calentaría entrada la mañana, así que el vestido que había elegido ese día era bastante ligero en comparación con otros. Además, era uno de los favoritos de Fabrice. Pensar en él le sacó una sonrisa tan inmensa que no hacía falta más para alumbrar el mundo entero.

Trabajó en todo lo que fue necesario, tanto si era arando la tierra con la azada, como cargando cestos de un lado para otro. Charlotte siempre había sido una niña bastante endeble en cuanto a fuerza física, por eso solían dejar que hiciera trabajos que requerían más habilidad que esfuerzo. A ella no le importaba, y el resto se aseguraba que esas tareas estarían bien hechas, porque sí, Charlotte tenía unas manos que algunos catalogaban de mágicas. Aunque la cocina era su especialidad, era increíblemente rápida trenzando las cebollas en ristras, limpiando ajetes o desgranando las cosechas de trigo y avena. En esa ocasión le tocó quitar la tierra de los puerros, y con esa tarea estaba cuando escuchó la tierra crujir en su espalda. Miró y ahí estaba él.

¡Fabrice! —Soltó las verduras y corrió hasta él—. Esta mañana he pensado en ti. Bueno, pienso en ti siempre —se corrigió—, pero antes de salir el anillo ha brillado, como si quisiera recordarme que te vería. ¡Y nos hemos visto antes de lo que yo pensaba! ¿No es maravilloso?

Pasó sus brazos en torno al cuello de él y lo abrazó con fuerza. En ese momento se sentía la mujer más feliz de la tierra.


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Charlotte Sarì
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