Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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And I Darken → Privado

Mensaje por Norbert Rákóczi el Miér Feb 07, 2018 3:15 pm


“Souls and thrones are irreconcilable.”
―Kiersten White, And I Darken


El gran problema de Norbert era la facilidad con la que se obsesionaba. Así como él era capaz de consumirlo todo si se le antojaba, las manías lograban hacerse de él en cuerpo y alma, si es que aún tenía una, en todo caso. Por eso estaba en París, por eso estaba haciendo todo lo que hacía, porque debía cumplir su cometido o morir en el intento. Y no podía morir, así que…

Al anochecer abrió las ventanas de su consultorio en el centro, donde atendía durante la tarde, después de cenit del sol, gracias a mantener tapiado cada rendija de la oficina que pudiera representar una amenaza. A sus pacientes parecía no importarles la penumbra, y si preguntaban, él alegaba intimidad; lo decía de tal modo que la pregunta no volvía a ser formulada. A pesar de su aparente juventud y de llevar poco tiempo en París, la reputación que lo precedía desde Londres lo hizo ganar varios pacientes en poco tiempo, lista que seguía creciendo.

Pero ese día en especial había arreglado todo para terminar “temprano”, y una vez que abrió la ventana que daba a la calle y comprobar el reinado de la noche, se puso manos a la obra, aunque como era siempre, no se trataba simplemente de ejecutar un plan, había toda una preparación previa, un ritual. Ahí mismo, en su consultorio, se arregló, se cambió de camisa, se puso corbata color bordó, y se mojó el rostro muerto con loción. Tomó una capa negra de lana, se enfundó en ella, y salió.

Sabía que por más erráticas que fueran algunas personas, siempre tenían patrones, y por largas, largas semanas, se dedicó a estudiar los de ella. Y si sus cálculos no le fallaban, esa noche, a esa hora, la iba a encontrar la lugar donde se dirigía. No sabía a dónde iba, o de dónde venía, sólo sabía que pasaba por esa intersección de calles. Y ahí aguardó a la luz de una farola. Se veía su oscura y estilizada figura delineada por la luz ámbar y la oscuridad y sólo se escuchaban carruajes y caballos contra las empedradas calles.

Oh, ahí venía.

Se preparó para caminar directo contra ella, distraído en apariencia, y casi no lo logra, sólo alcanzó que su hombro chocara con el ajeno, él buscaba algo más de lleno, pero esto le serviría. La sencillez de su plan le daba risa, pero sabía que en esa simplicidad había elegancia.

Lo siento, señorita —dijo y la tomó de un brazo. Debía evitar que se fuera. Su toque fue firme, pero muy educado también, no se notaba entrometido—. ¿Se encuentra bien? —preguntó con voz suave y adornó todo con una sonrisa encantadora, de esas que sabía que tenía y le abrían muchas puertas. Entonces frunció el ceño, sin soltarla.

¿Nos hemos visto antes? Su rostro… —Al fin soltó el brazo ajeno e hizo como si estuviera pensando. Le hubiera encantado decirle que tenía los rasgos de Ana, su madre, y la mujer que él amó. O con la que se obsesionó, que en el mundo de Norbert eran casi sinónimos—. Debo estar confundido. —Plagó de desolación a sus palabras, como para despertar un poco de empatía en ella, por desgracia, sabía muy poco de la personalidad de su sobrina.


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Re: And I Darken → Privado

Mensaje por Erzsébet Rákóczi el Jue Abr 05, 2018 12:26 am

Leía por tercera vez la carta que le había enviado Mihai, su primo, quien acompañaba, como un fiel soldado, a Jozséf en las gestiones de la familia. Le hacía saber, sobre todo, lo acontencido durante su ausencia, además de pedirle encarecidamente que se cuidara y evitara meterse en problemas, en especial, por los inquisidores y cazadores que pululaban en París. Mihai siempre había sido más cuidadoso que ella en ese aspecto, y se preocupaba por la seguridad de sus seres queridos con mucho recelo, y hasta con un poco de obstinación. Él había sido el único en quien pudo depositar su confianza mientras vivía en Transilvania; ambos lograron forjar un fuerte vínculo, pero ella ahora se encargaba de romperlo con la distancia.

Sin embargo, aquel último pensamiento lo desechó de inmediato, porque ya no sólo estaba Mihai, ahora también podía decir que tenía a otro miembro de la familia en el que se podía confiar, muy a pesar de las circunstancias que lo mantuvieron aislado del linaje desde su nacimiento. Quizá era la presencia de Ana la que le enviaba ángeles para que no perdiera nunca su norte. Erzsébet no era muy dada a las creencias religiosas, pero cuando se trataba de su madre, esa postura cambiaba un poco.

Tal vez no hubiera conocido a Miklós en las circunstancias más agradables. Ambos habían chocado desde el primer momento en el que coincidieron, y era justamente por ese orgullo Rákóczi que se convertía en algo agotador, hasta para ellos mismos, sin embargo, lograron apartar sus diferencias, y él, sin importarle en lo más mínimo, se ofreció en ayudarla; ella, por su parte, también le reiteró su apoyo. Era lo menos que podían hacer en sus posiciones, y dado el pequeño lazo que habían forjado, ¿para qué negarse? Miklós podría convertirse en parte de esa lista de escasas personas a las que Erzsébet apreciaba, y si Jozséf lo llegara a conocer, le tomaría estima, porque así era su padre.

En efecto, la ayuda que le había ofrecido su primo se centraba en mantenerla oculta, incluso en hacerla pasar por muerta, y con gran habilidad, ella logró adaptarse. No obstante, como a esas alturas era difícil no preocuparse por él, solía verlo por las noches, para saber si necesitaba alguna cosa o si se encontraba bien. Miklós era del tipo de individuos a quienes no les faltaban los problemas, y hasta Erzsébet se sentía una anciana a su lado, intentando convencerlo de que se cuidara, cuando la que tenía que cuidarse era ella.

Recordar su testarudez hizo que pusiera los ojos en blanco. Guardó la carta en un cajón debajo de su cama, y luego de vestir una capa verde oliva, se dirigió a las frías calles parisinas, apenas concurridas a esas horas. Y, a pesar de estar abstraída por sus pensamientos, también prestaba atención a cualquier movimiento extraño, al menos lo más que se podía en su distracción. Aunque, para ser sincera, esa noche parecía estar más distraída que de costumbre, y fue entonces cuando alguien se cruzó en su camino, situación que casi hizo gruñir a Erzsébet, como lo haría un felino al que no le gustaba que lo molestaran, o tocaran siquiera un poco.

—¿Cómo? Disculpe. No —masculló, apartando el brazo con brusquedad. Su aura lo delataba. Se trataba de un vampiro—. ¿Qué ocurre? Mire, quizá se le perdió alguien parecida a mí, o le estaba fallando la vista, pero yo en mi vida lo he... visto.

Se quedó un tanto extrañada ante la imagen que se le mostraba, incluso frunció el entrecejo producto del esfuerzo que hizo su mente para encontrar algo. ¿Pero qué cosa? Jo, se estaba volviendo un poquito loca, o quizá no.


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Erzsébet Rákóczi
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