Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

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Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Jue Feb 08, 2018 2:04 pm

Nunca creyó que llegaría a echar de menos el frío del interior de la iglesia de Saint-Émilion donde se crió, pero lo cierto es que, después de sufrir las inclemencias de ese tiempo tan cambiante que había fuera, valoró muy seriamente darse media vuelta y volver a los rincones de su pequeña cueva santa. Cuando lucía el sol le abrasaba la piel, y ni el mejor sombrero de paja conseguía que no le dolieran los ojos al irse la luz; cuando llovía, sin embargo, era como si la humedad entrara hasta sus huesos sin manera humana de sacarla de ahí. Por suerte, el camino se le hizo bastante fácil, a pesar de que no era un hombre de grandes recursos. Ataviado tan sólo con su túnica de lana oscura, de un tono algo más deslavado que el de su ropa, el ya mencionado sombrero de paja, su cruz de plata y su rosario, tenía más aspecto de cura que de hombre de campo. Si no lo confundieron con uno fue por la falta del alzacuellos, aunque a Jacques tampoco le hizo falta llevar uno para que lo trataran como el hombre santo que casi era.

Durmió siempre a cubierto en monasterios, puesto que, cuando abandonaba uno, siempre tenía el cuidado de preguntar dónde quedaba el siguiente. Si el trayecto era demasiado largo, no faltaban los mercaderes que se ofrecían a acercarlo durante un trecho, creyendo que así estarían en deuda con Dios. Lo cierto es que al joven de Grailly le traía sin cuidado los motivos que tuvieran para ayudarlo. Viajaba en silencio y rezando para sí mismo, lo que le daba un aspecto mucho más eclesiástico aún para goce y disfrute de sus transportistas.

Llegó a París una lluviosa y fría mañana de invierno, y lo cierto era que la ciudad lo decepcionó bastante. Todo aquel al que había hablado de ella en su presencia contaba maravillas —que no hablara demasiado no implicaba que no supiera escuchar atentamente lo que pasaba a su alrededor—. La ciudad del amor, del arte y de lo hermoso, a Jacques le pareció una urbe sucia, fría y gris. Caminó por sus calles con la capucha calada hasta el fondo y las manos unidas a la altura del estómago, cubiertas completamente por las mangas de la capa, intentando así paliar las bajas temperaturas.

Tenía un objetivo fijo, pero desconocía completamente si allí encontraría a la persona tras la que iba. Lo cierto era que tampoco tenía muchas más opciones; el padre Clément le había dado pocas pistas sobre el paradero de su hermano mellizo, sabiendo, sólo, que formaba parte de la inquisición y que la última residencia conocida estaba en París. Con esa intención había viajado hasta allí, y con la determinación de alguien con las ideas claras entró en la sede francesa de la Orden.

Se quitó la capucha con la ceremoniosidad de una procesión, haciendo que las gotas que se habían quedado sobre ella chocaran contra el suelo de piedra. Miró a su alrededor en busca de alguien que le pudiera orientar allí dentro, pero sólo encontró a dos chicos de su edad caminando deprisa a la vez que estudiaban unos pergaminos. Parecía que ellos no habían reparado en Jacques, así que se encogió de hombros y se adentró por los pasillos. Si esa era toda la vigilancia que tenían, desde luego, era de extrañar que no les hubieran asaltado ya.

Dobló una esquina y siguió vagando por los pasillos completamente desiertos hasta que, de pronto, unos brazos lo sujetaron de las axilas y lo arrastraron hasta una sala cercana. Lo lanzaron dentro sin ningún miramiento y allí se quedó, solo y confundido, mientras la puerta se cerraba tras de sí. ¿A qué había venido eso?

Las bisagras no tardaron en volver a chirriar. Esta vez, en el umbral de la puerta apareció un hombre de mediana edad, pulcramente vestido y con demasiado aceite de lavanda en el pelo.

¿Quién eres y qué haces aquí? —preguntó sin siquiera saludar.
Me llamo Jacques de Grailly —la boca se le llenó al pronunciar en voz alta su recién adquirido apellido. ¡Sonaba tan bien!— y he venido en busca de mi hermano, Lazet de Grailly.

El tipo lo miró de arriba a abajo, escéptico como si estuviera delante de un mago con chistera, y salió sin decir nada, cerrando la puerta tras de sí. El joven se quedó dentro, solo de nuevo y sin saber qué hacer. Con un vistazo rápido inspeccionó el entorno: la habitación sólo contaba con una estantería que ocupaba casi toda una pared y un par de sillas con el asiento y el respaldo de cuero duro y desgastado. El suelo cubierto por una gruesa alfombra y la chimenea encendida eran lo único que le daba algo de calidez al lugar.

Jacques se acercó a la estantería y leyó los títulos de todos los libros. Dos veces. Eligió uno al azar y leyó algunas páginas antes de devolverlo a su sitio. ¿Estarían esperando algo de él o simplemente querían matarlo de aburrimiento allí dentro?

Se acercó a la chimenea y se dedicó a observar las llamas danzar entre las maderas hasta la silueta del fuego se quedó grabada en su retina. Cuando comenzó a hacerle daño, se quitó el rosario y comenzó a pasar cuentas con los dedos mientras que, en silencio y con los ojos cerrados, rezaba sus oraciones, esperando que algo cambiara allí.

Y lo hizo. La puerta volvió a crujir y Jacques giró ligeramente el rostro hacia allí, sólo que, esta vez, la persona que cruzaba el umbral no era el tipo de pelo grasiento, sino una impresionante mujer.


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Dom Feb 11, 2018 3:42 pm

No temblé en su presencia porque nunca lo hacía: no pensaba darle ese privilegio. De espaldas a él, a ese duque que se había convertido en mi marido, lo veía con su mueca de satisfacción a través del espejo en el que los dos nos reflejábamos: yo por encontrarme sentada en el tocador, con un peine en la mano, y él por estar detrás de mí, con los dedos clavados en mi hombros con una fuerza considerable para un humano. Aunque estaba hablando, lo sabía porque le veía mover los labios, no le escuchaba lo más mínimo; mi mente había decidido alejarse, y aunque eso me trajo como consecuencia una bofetada que me llenó la boca de sangre por dentro, no me arrepentí lo más mínimo de haberlo hecho. ¿Y por qué debería? Él no merecía mi tiempo, igual que no merecía mis emociones: le había permitido tocar mi cuerpo y manejarlo como se le antojara, puesto que me hiciera lo que me hiciese terminaría por curarse, pero ¿lo demás? En absoluto. Me negaba, incluso si seguía necesitando la protección de su título para librarme de esos mismos enemigos que me habían empujado hasta las zarpas del duque de Amboise, al que había desposado hacía lo que me parecía una eternidad. Oh, el tema había sido una enorme polémica, lo que probablemente lo había convertido en algo más satisfactorio de lo que era en realidad: con mi fama de libertina, pocos creyeron el rumor de mi incipiente boda, por amor nada menos (porque por su fortuna no iba a casarme, no cuando ya poseía una bien alta yo misma), hasta que no me encontré en el altar de Notre Dame, vestida de novia y siendo desposada ante los ojos de Dios y de la villa de París. Y una vez casada, todo fue muy rápido: me convertí en duquesa consorte, seduje a mi marido, lo tuve dominado... y entonces me busqué un amante, él lo descubrió y me amenazó con arrojarme directa a mis enemigos. Lo normal.

Muchas mujeres a mi alrededor sufrían destinos peores que el mío: eso lo sabía. Sin embargo, también sabía que ninguna de esas mujeres era como yo, ni en fuerza ni en rebeldía, y por mucho que mi marido intentara conseguir que me comportara, los dos sabíamos que iba a encontrar los medios para deshacerme de las cadenas (metafóricas, era sólo cuestión de tiempo que llegaran las reales) que me había impuesto, era sólo cuestión de tiempo que así fuera. Y, haciendo honor a mi fama, ni siquiera demasiado tiempo: su molestia conmigo aquella noche había nacido de una realidad que no podía evitar, y que era que la Iglesia me reclamaba en mis funciones de líder de una facción de la Inquisición, y ni siquiera él, con los largos tentáculos de su control, podía evitarlo. Todo lo que pudo hacer fue golpearme, a sabiendas de que para cuando saliera del palacete las heridas ya estarían desapareciendo, para dejar claras tanto su molestia como también sus intenciones de hacérmelo pagar después, cuando volviera a mi prisión matrimonial unas horas después. Por lo demás, estaba atado de pies y manos, no le quedó más remedio que admitirlo, y me permitió vestirme con el uniforme habitual e incluso marcharme, por supuesto obligándome a tomar el carruaje ducal para que sus esbirros y vasallos (perdón, cocheros) pudieran confirmar que había ido a donde decía que iba, y no a donde me viniera en gana. Francamente, y por una vez, ambos lugares coincidían: desde que me había casado, me moría por acudir cada noche a la sede de la Inquisición en París, donde me sentía todo lo libre que hasta entonces jamás me había sentido allí, y aquella noche no fue una excepción. Es más, cuando llegó el momento y pude entrar me lancé de lleno a mi trabajo, fuera ordenar expedientes o dictar misiones, y no paré hasta que no vino a buscarme uno de mis inferiores, diciéndome que estaban preguntando por un condenado, bibliotecario para más señas. Aun así, como estaba deseosa de sentirme útil, decidí acudir a donde el... ¿monje? se encontraba.

– Otro de Grailly. ¿Cuántos de vosotros hay? Entre los rumores que he oído de uno y tu hermano, empezáis a ser demasiados. ¿A qué has venido, muchacho? A buscar a tu hermano, sí, hasta ahí bien, pero ¿ya está? ¿Qué pretendes conseguir con eso? Lazet de Grailly no es de los compasivos ni de los que aceptan obras de caridad.

Su mirada, al igual que la del inferior que me había llevado hasta él, se encontraba clavada en mi pómulo, donde imaginaba que quedaban restos del golpe que el desgraciado de mi marido me había propinado antes de deshacerme de su presencia durante unas dulces horas. Con un gesto distraído, me despeiné y permití que los cabellos, sueltos a diferencia de lo que dictaban las normas del decoro de nuestro querido reino, me taparan ese lado del rostro; a continuación, me separé de la mesa en la que había estado apoyada y me acerqué a él para estudiarlo mejor. No me pasó desapercibido el detalle de que parecía un monje, pero no había dicho que lo era y la mayoría de ellos solían manifestarlo desde el primer momento, por algún motivo que desconocía, así que lo dejé correr. No ignoré tan rápido, sin embargo, su atractivo: no sabía si me gustaban más sus ojos extraordinariamente claros, su mandíbula marcada o la mueca tímida que se le había puesto en cuanto yo entré en la habitación, y lo cierto era que me importaba poco, porque el resultado era un hombre al que deseaba darle un mordisco, y no había nada que me lo impidiera. Así pues, sin ser invitada, le rodeé con paso lento y las manos en las caderas, hasta que finalmente me coloqué frente a él con los brazos, esta vez, cruzados, motivada por algo tan simple y tan primario como darle una perspectiva mejor del escote, más bajo de lo que debería, de mi uniforme. Y lo mejor de todo fue que, primario o no, el truco funcionó porque a él se le fueron los ojos, tal y como yo lo deseaba, de modo que al respecto sólo pude medio sonreír, darle un toquecito en la barbilla para que subiera los ojos a los míos y morderme el labio inferior. Qué curioso: de pronto la noche iba a resultar mucho más entretenida de lo que había pensado al empezarla, en el palacete en el que no me había quedado más remedio que vivir tras mi enlace.

– ¿De dónde vienes? No sé mucho de tu hermano Lazet, no está dentro de mis dominios, pero he tratado con él alguna vez y sé que es algún pueblo pequeño... ¿En Aquitania? No estoy segura. Pero es un camino largo, tal vez quieras beber algo para relajarte y hablar conmigo. Oh, casi lo olvido: mi nombre es Abigail, y puedo ayudarte si me das motivos para desearlo.



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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Dom Mar 25, 2018 1:53 pm

¿Qué cuántos de Grailly había? ¡Qué sabía él, si acababa de agenciarse ese apellido! Hasta donde Jacques conocía, dos, pero esa mujer —de la que, por alguna razón, el joven no era capaz de apartar los ojos— había hablado de un tercero. No era de extrañar, en realidad; era una familia muy conocida en el pueblo donde residían, y hasta él, que había vivido toda su vida recluido en la iglesia del padre Clément, había oído hablar de ellos en alguna ocasión. Lazet y él no serían los únicos hijos del matrimonio, pero Jacques no se había parado a pensar en eso. ¡Lazet! ¡Lazet era a quién quería encontrar! Y estaba allí, ella lo conocía. Sentir que estaba cerca de su objetivo le produjo una inquietud agradable en la boca del estómago que no pudo evitar transmitir. Era demasiado transparente a ojos ajenos, fruto de los años que había pasado viviendo en soledad junto al padre Clément. Jacques no tenía nociones sobre cómo tratar con la gente, no sabía cuándo debía mostrar sus sentimientos —porque tenerlos, los tenía— ni cuándo ocultarlos, cuándo callar o hablar.

Lo que pretenda o no conseguir es asunto mío —contestó, intentando mostrar una seguridad que lejos estaba de poseer.

¿Cuál era la intención oculta tras la incesante búsqueda del perdido Lazet? Ni siquiera él lo sabía, así que difícilmente podría plasmarlo en palabras. Respuestas, eso era lo que él quería. ¿Por qué tuvo que crecer en la iglesia? ¿Por qué su familia no lo quiso? Saber que era un repudiado de su sangre le dolía, o eso creía Jacques, puesto que poca idea tenía de lo que era el dolor emocional. ¿Era rabia, acaso, lo que lo invadía al pensar en su recién adquirida familia? ¡Imposible saberlo!

Por un momento, llegó a dudar de su presencia en la sede parisina de la Inquisición. Sintió la presencia de la mujer tras él, y no pasó por alto como lo había mirado, aunque para él no supusiera más que eso, una extraña mirada más en su largo viaje. Se podría decir que ya estaba acostumbrado a recibirlas; un joven callado con aspecto de monje casi siempre levantaba murmullos entre los presentes. Ella no murmuraba, pero lo miraba y lo miraba… Y él, irremediablemente, también la miraba a ella.

Sus ojos, vírgenes ante todo lo carnal, se desviaron al escote de su vestido, donde los senos dibujaban una hermosa línea allí donde se unían. Jacques nunca había visto algo como eso, y si los ojos no se salieron de sus cuencas era porque todavía conservaba la capacidad de parpadear para mantenerlos en su sitio. ¡Por todo lo sagrado! «Maldita pecadora» pensó, pero eso no evitó que siguiera mirando sus pechos, perfectamente redondeados y que lo incitaban, entre susurros, a meter la cara entre ellos.

Parecía que Dios, en su infinita bondad, había decidido ayudarlo a expiar sus pecados haciendo que la mujer —de nombre Abigail— levantara su barbilla con una mano. El tacto suave de su piel le erizó el vello de su cuerpo, pero, un poco más relajado ya, la miró a los ojos. Su inquietud, sin embargo, no disminuyó: ahora se mordía el labio, tan perfecto a ojos de Jacques como sus senos. Viendo que su entereza flaqueaba con la simple presencia de la inquisidora, comenzó a recitar en su mente los distintos pasajes de la Biblia que había memorizado de tanto leerla, mientras desviaba la vista a un lugar menos peligroso. Si no la veía, todo iría bien.

De Saint-Émilion —contestó, escueto—. Es un camino largo, sí. Un poco de agua estaría bien —pidió, tan austero como siempre—, no quisiera retrasarme más de lo debido. Tengo cosas que hacer.

Calló un momento en el que volvió a mirarla, aún a riesgo de volver a quedarse embobado con todo lo que ella era. Una parte de él seguía leyendo la Biblia en su cabeza, como si eso fuera defensa suficiente para las armas femeninas que, sin duda, Abigail estaba empleando contra él.

Yo soy Jacques —se presentó, sin reverencias, besos en el dorso de la mano o florituras típicas de la época— y no tengo motivos para darte. Me ayudas o no me ayudas, es así de simple. —Se encogió de hombros—. Conoces a Lazet. Puedes presentármelo o decirme dónde está, y yo me ocuparé del resto.

Unió las manos frente a él, haciendo que las mangas de su túnica las cubrieran por completo y dándole así un aire todavía más monacal de lo acostumbrado. Resultaba irónico que las mismas enseñanzas que le hacían encajar tan bien con todo aquello que lo rodeaba fueran las mismas que le habían negado las habilidades sociales para hacerlo.


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Abr 03, 2018 8:52 am

Yo no era la sirvienta de nadie. Es decir, resultaba evidente que jamás serviría ni siquiera a mi marido, o de lo contrario no luciría los golpes que ya empezaban a borrárseme de la piel, y sin embargo me permití obedecer su petición, movida por la curiosidad, y servirle un vaso de agua en un vaso largo, de cristal de Bohemia. Aquel vaso valía más que todas las ropas que él llevaba puestas, demasiado semejantes a las de un hombre de fe para que me hubiera podido creer por un momento ese intento de arrogancia que había intentado colarme. Aun así, me parecía entrañable, sobre todo por esa inocencia no exenta de ingenuidad que intentaba disimular ante unos ojos demasiado curtidos por el pecado, como los míos. ¡Qué curioso, apenas un momento con él y ya empezaba a pensar en esos términos...! Al final terminaría convirtiéndose en una buena influencia, o quizá no porque yo terminaría corrompiéndolo antes; desde luego, esa era mi intención desde que había visto sus límpidos ojos azules, casi transparentes, desviándose hacia donde yo los había guiado, tan obedientes como, sin duda, lo sería él. El pensamiento me daba hasta ganas de relamerme, no mentiría al respecto, pero me contuve y me limité a acercarle el vaso y permitir que sus dedos rozaran los míos al recogerlo durante más tiempo del debido por el simple gesto, tanto que se puso nervioso y, de haber sido por él, el valioso cristal se habría hecho añicos al caer al suelo. Fui, no obstante, tan rápida de reflejos como mi condición me lo permitía, y lo sostuve para evitar la caída y un estrépito que me provocaría más dolor de cabeza aún que las palabras ofensivas, constantes, de mi estúpido marido, todavía demasiado recientes y presentes en mis pensamientos.

– Jacques de Grailly. Tiene musicalidad, me gusta. Me pregunto qué opinará Lazet de ti, pero con lo desdeñoso que es, imagino que no te tendrá en demasiada estima. No te engañes pensando que vas a encontrar a un hombre agradable, estimado Jacques: Lazet es un tipo retorcido, metido en las faldas de una reina extranjera y muy ocupado para asuntos de otros inquisidores, como yo, así que ni me imagino cómo estará para otros asuntos familiares. Así que me temo que no, no es tan sencillo como indicarte dónde está, porque no es de los míos y no es asunto mío dónde se encuentra. Lo sería si me dieras un motivo, y dado que estás atrapado con la única persona que puede ayudarte ahora mismo, te recomendaría que te esfuerces.

Aunque mis palabras pudieran indicar lo contrario, me esforcé para modularlas lo máximo posible y que mi tono fuera suave, en absoluto la dura crítica que le había hecho en realidad y que yacía bajo la cualidad expresiva de lo que le había dicho. Él, aquel medio monje que se apellidaba de Grailly, igual que el maldito Lazet, no era lo suficientemente avispado en las sutilezas de las clases altas como para entender que las personas querían decir una cosa diferente a la que realmente salía por sus labios, ni de broma iba a entender que le estaba proponiendo que me diera algo con lo que entretenerme o, de lo contrario, le haría la labor de buscar a su hermano mucho más difícil. Yo lo sabía, a la perfección, y pese a ello lo había dicho porque quería que él creyera que la situación era más difícil de lo que yo había dado a entender en un principio, sin más; así, tal vez, sería más fácil aún manejarlo, pero por si no era suficiente siempre podría seguir recurriendo a las armas de mujer que él tanto temía porque, hacía un momento, tanto le habían afectado. Así, me aproximé a él despacio, con una parsimonia que escondía los muchos pensamientos que se me agolpaban en la cabeza, y separé sus manos con cuidado para sostener una de las suyas, grande y pálida, sobre las mías, pequeñas y besadas por el sol, un mundo de diferencia. Con atención, examiné sus dedos, la piel del dorso y de la palma, e incluso la movilidad de sus articulaciones, atenta a los más insignificantes detalles que a él, seguramente, le habrían pasado desapercibidos. No todo el mundo se caracterizaba por ser tan observador como yo, por circunstancias ajenas a mi voluntad, había tenido que volverme; él, con casi toda probabilidad, apenas conocía su propio cuerpo más allá de las funciones más básicas, y era una auténtica lástima, en mi opinión.

– Entre tu túnica y tus manos, apuesto a que no has trabajado en el campo en tu vida. Es más, probablemente no hayas trabajado con tus manos nunca, y eso te convierte en alguien vulnerable si estás buscando a un inquisidor. Te encuentras, Jacques, ante la líder de la facción de los soldados, y tu hermano Lazet es un bibliotecario. Mundos diferentes, pero comunicados; ni él es débil con las armas ni yo soy una completa ignorante que no conoce tu apellido y a qué se dedica tu familia. Podrías ir a buscarlo por tu cuenta, pero ¿qué vas a hacer? ¿Balbucear ante él? Y, si te lo presento, verá que lo estoy haciendo yo, y no somos los más grandes amigos. Así que te ofrezco una alternativa: déjame ayudarte. Déjame darte armas para que te puedas defender de una víbora como tu hermano y entonces te facilitaré el encuentro. Hasta con Gaspard de Grailly, si quieres, que imagino que será de los medianos. Sois tantos que me pierdo.



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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Mar Abr 17, 2018 3:33 pm

Jacques nunca había tocado a una mujer. Ni a una mujer ni a un hombre, a decir verdad, puesto que el contacto que había tenido con otro ser humano se limitaba al que el padre Clément le había dado desde su niñez. A éste, sin embargo, sí lo había tocado, pero sólo en su lecho de muerte y para secarle la frente, perlada del sudor producido por la fiebre que terminó con él. Por eso, cuando Abigail le acercó el vaso de agua —hecho del cristal más fino que el joven había visto nunca— y sus dedos rozaron los de ella, su corazón se aceleró tanto que no atinó a cerrar los dedos en torno al recipiente, haciendo que este cayera al vacío. No se percató de los reflejos de ella, porque tenía la mente ocupada en recitar la Biblia y los ojos clavados en esa piel suave como la de un melocotón.

Cuando se lo volvió a tender, agarró el vaso con fuerza —que, por suerte, no era mucha— y bebió despacio, pero sin pausa, mientras ella hablaba, pidiéndole, de nuevo, motivos para que lo ayudara. ¿Qué razonces se suponía que debía darle? No tenía ninguna, ni para que ella lo ayudara ni para encontrarse con Lazet, en realidad. Se llevó la mano que no sujetaba el vaso a la frente y se la rascó ligeramente antes de peinar el pelo hacia atrás. Pensó y pensó, pero su pobre e inocente mente no era capaz de elaborar una razón de peso que darle a la inquisidora. Nunca había necesitado pedir ayuda porque esa era la primera vez que lidiaba con el mundo que había fuera de su querida iglesia de Saint-Émilion, y eso se notaba.

Miraba el vaso con verdadera pasión, como si el agua que quedaba en el fondo fuera a darle las respuestas que buscaba, cuando, de pronto, sintió un roce en la piel de su mano libre. Fue el mismo contacto cálido de hacía un momento, pero mucho más intenso y duradero. Para cuando miró, Abigail examinaba sus dedos sin pedir permiso y con una suavidad que lo dejó sin aliento. ¿De dónde había salido esa endiablada mujer? Las yemas de sus dedos le produjeron un cosquilleo que comenzó en la palma y ascendió a lo largo del brazo hasta su nuca, erizándole el vello de todo el cuerpo. Cuerpo que, por cierto, estaba experimentando unas sensaciones nuevas y terriblemente placenteras para el pobre Jacques, que estaba totalmente descolocado y sin saber qué hacer.

Escuchar, al menos, la escuchaba, así que cuando volvió a tener consciencia de su cuerpo, quitó la mano con brusquedad, dejó el vaso sobre una mesita y se separó un par de pasos de ella.

Sí he trabajado con ellas —dijo, ofendido—. He transcrito muchos textos que estaban a punto de desaparecer. Si no he trabajado en el campo no es porque no haya querido, sino porque no he tenido opción de hacerlo. —Llevó una mano a la altura de la cruz de plata que colgaba de su cuello, bajo la túnica, y agarró la joya por encima de la tela—. No sé quién es ese Gaspard, y parece que tú sabes más de mí que yo mismo. —Soltó todo el aire que tenía retenido, resignado—. No tengo motivos para darte. Lo único que sé es que, nada más llegar y preguntar por él, te han mandado a ti. ¿Por qué? No lo sé.

Alzó los brazos más arriba de su cabeza, y los dejó caer, exasperado. Giró el cuerpo hasta quedar de frente a la chimenea. El fuego lo hipnotizó durante unos segundos, los suficientes para que las retinas se quedaran impresas con la silueta de las llamas. Suspiró y volvió la mirada a una Abigail de color verde, producto de la quemadura del fuego sobre sus ojos. Parpadeó un par de veces antes de hablar:

Si me vas a ayudar, ayúdame. Si no, deja que me vaya.

Sus palabras estuvieron teñidas de súplica, no arrogancia. Necesitaba ayuda, eso estaba claro, pero, ¿habría hablado en serio Abigail? ¿Estaría dispuesta a echarle una mano? ¿Y a qué precio?


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

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