Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

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Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Jue Feb 08, 2018 2:04 pm

Nunca creyó que llegaría a echar de menos el frío del interior de la iglesia de Saint-Émilion donde se crió, pero lo cierto es que, después de sufrir las inclemencias de ese tiempo tan cambiante que había fuera, valoró muy seriamente darse media vuelta y volver a los rincones de su pequeña cueva santa. Cuando lucía el sol le abrasaba la piel, y ni el mejor sombrero de paja conseguía que no le dolieran los ojos al irse la luz; cuando llovía, sin embargo, era como si la humedad entrara hasta sus huesos sin manera humana de sacarla de ahí. Por suerte, el camino se le hizo bastante fácil, a pesar de que no era un hombre de grandes recursos. Ataviado tan sólo con su túnica de lana oscura, de un tono algo más deslavado que el de su ropa, el ya mencionado sombrero de paja, su cruz de plata y su rosario, tenía más aspecto de cura que de hombre de campo. Si no lo confundieron con uno fue por la falta del alzacuellos, aunque a Jacques tampoco le hizo falta llevar uno para que lo trataran como el hombre santo que casi era.

Durmió siempre a cubierto en monasterios, puesto que, cuando abandonaba uno, siempre tenía el cuidado de preguntar dónde quedaba el siguiente. Si el trayecto era demasiado largo, no faltaban los mercaderes que se ofrecían a acercarlo durante un trecho, creyendo que así estarían en deuda con Dios. Lo cierto es que al joven de Grailly le traía sin cuidado los motivos que tuvieran para ayudarlo. Viajaba en silencio y rezando para sí mismo, lo que le daba un aspecto mucho más eclesiástico aún para goce y disfrute de sus transportistas.

Llegó a París una lluviosa y fría mañana de invierno, y lo cierto era que la ciudad lo decepcionó bastante. Todo aquel al que había hablado de ella en su presencia contaba maravillas —que no hablara demasiado no implicaba que no supiera escuchar atentamente lo que pasaba a su alrededor—. La ciudad del amor, del arte y de lo hermoso, a Jacques le pareció una urbe sucia, fría y gris. Caminó por sus calles con la capucha calada hasta el fondo y las manos unidas a la altura del estómago, cubiertas completamente por las mangas de la capa, intentando así paliar las bajas temperaturas.

Tenía un objetivo fijo, pero desconocía completamente si allí encontraría a la persona tras la que iba. Lo cierto era que tampoco tenía muchas más opciones; el padre Clément le había dado pocas pistas sobre el paradero de su hermano mellizo, sabiendo, sólo, que formaba parte de la inquisición y que la última residencia conocida estaba en París. Con esa intención había viajado hasta allí, y con la determinación de alguien con las ideas claras entró en la sede francesa de la Orden.

Se quitó la capucha con la ceremoniosidad de una procesión, haciendo que las gotas que se habían quedado sobre ella chocaran contra el suelo de piedra. Miró a su alrededor en busca de alguien que le pudiera orientar allí dentro, pero sólo encontró a dos chicos de su edad caminando deprisa a la vez que estudiaban unos pergaminos. Parecía que ellos no habían reparado en Jacques, así que se encogió de hombros y se adentró por los pasillos. Si esa era toda la vigilancia que tenían, desde luego, era de extrañar que no les hubieran asaltado ya.

Dobló una esquina y siguió vagando por los pasillos completamente desiertos hasta que, de pronto, unos brazos lo sujetaron de las axilas y lo arrastraron hasta una sala cercana. Lo lanzaron dentro sin ningún miramiento y allí se quedó, solo y confundido, mientras la puerta se cerraba tras de sí. ¿A qué había venido eso?

Las bisagras no tardaron en volver a chirriar. Esta vez, en el umbral de la puerta apareció un hombre de mediana edad, pulcramente vestido y con demasiado aceite de lavanda en el pelo.

¿Quién eres y qué haces aquí? —preguntó sin siquiera saludar.
Me llamo Jacques de Grailly —la boca se le llenó al pronunciar en voz alta su recién adquirido apellido. ¡Sonaba tan bien!— y he venido en busca de mi hermano, Lazet de Grailly.

El tipo lo miró de arriba a abajo, escéptico como si estuviera delante de un mago con chistera, y salió sin decir nada, cerrando la puerta tras de sí. El joven se quedó dentro, solo de nuevo y sin saber qué hacer. Con un vistazo rápido inspeccionó el entorno: la habitación sólo contaba con una estantería que ocupaba casi toda una pared y un par de sillas con el asiento y el respaldo de cuero duro y desgastado. El suelo cubierto por una gruesa alfombra y la chimenea encendida eran lo único que le daba algo de calidez al lugar.

Jacques se acercó a la estantería y leyó los títulos de todos los libros. Dos veces. Eligió uno al azar y leyó algunas páginas antes de devolverlo a su sitio. ¿Estarían esperando algo de él o simplemente querían matarlo de aburrimiento allí dentro?

Se acercó a la chimenea y se dedicó a observar las llamas danzar entre las maderas hasta la silueta del fuego se quedó grabada en su retina. Cuando comenzó a hacerle daño, se quitó el rosario y comenzó a pasar cuentas con los dedos mientras que, en silencio y con los ojos cerrados, rezaba sus oraciones, esperando que algo cambiara allí.

Y lo hizo. La puerta volvió a crujir y Jacques giró ligeramente el rostro hacia allí, sólo que, esta vez, la persona que cruzaba el umbral no era el tipo de pelo grasiento, sino una impresionante mujer.


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Dom Feb 11, 2018 3:42 pm

No temblé en su presencia porque nunca lo hacía: no pensaba darle ese privilegio. De espaldas a él, a ese duque que se había convertido en mi marido, lo veía con su mueca de satisfacción a través del espejo en el que los dos nos reflejábamos: yo por encontrarme sentada en el tocador, con un peine en la mano, y él por estar detrás de mí, con los dedos clavados en mi hombros con una fuerza considerable para un humano. Aunque estaba hablando, lo sabía porque le veía mover los labios, no le escuchaba lo más mínimo; mi mente había decidido alejarse, y aunque eso me trajo como consecuencia una bofetada que me llenó la boca de sangre por dentro, no me arrepentí lo más mínimo de haberlo hecho. ¿Y por qué debería? Él no merecía mi tiempo, igual que no merecía mis emociones: le había permitido tocar mi cuerpo y manejarlo como se le antojara, puesto que me hiciera lo que me hiciese terminaría por curarse, pero ¿lo demás? En absoluto. Me negaba, incluso si seguía necesitando la protección de su título para librarme de esos mismos enemigos que me habían empujado hasta las zarpas del duque de Amboise, al que había desposado hacía lo que me parecía una eternidad. Oh, el tema había sido una enorme polémica, lo que probablemente lo había convertido en algo más satisfactorio de lo que era en realidad: con mi fama de libertina, pocos creyeron el rumor de mi incipiente boda, por amor nada menos (porque por su fortuna no iba a casarme, no cuando ya poseía una bien alta yo misma), hasta que no me encontré en el altar de Notre Dame, vestida de novia y siendo desposada ante los ojos de Dios y de la villa de París. Y una vez casada, todo fue muy rápido: me convertí en duquesa consorte, seduje a mi marido, lo tuve dominado... y entonces me busqué un amante, él lo descubrió y me amenazó con arrojarme directa a mis enemigos. Lo normal.

Muchas mujeres a mi alrededor sufrían destinos peores que el mío: eso lo sabía. Sin embargo, también sabía que ninguna de esas mujeres era como yo, ni en fuerza ni en rebeldía, y por mucho que mi marido intentara conseguir que me comportara, los dos sabíamos que iba a encontrar los medios para deshacerme de las cadenas (metafóricas, era sólo cuestión de tiempo que llegaran las reales) que me había impuesto, era sólo cuestión de tiempo que así fuera. Y, haciendo honor a mi fama, ni siquiera demasiado tiempo: su molestia conmigo aquella noche había nacido de una realidad que no podía evitar, y que era que la Iglesia me reclamaba en mis funciones de líder de una facción de la Inquisición, y ni siquiera él, con los largos tentáculos de su control, podía evitarlo. Todo lo que pudo hacer fue golpearme, a sabiendas de que para cuando saliera del palacete las heridas ya estarían desapareciendo, para dejar claras tanto su molestia como también sus intenciones de hacérmelo pagar después, cuando volviera a mi prisión matrimonial unas horas después. Por lo demás, estaba atado de pies y manos, no le quedó más remedio que admitirlo, y me permitió vestirme con el uniforme habitual e incluso marcharme, por supuesto obligándome a tomar el carruaje ducal para que sus esbirros y vasallos (perdón, cocheros) pudieran confirmar que había ido a donde decía que iba, y no a donde me viniera en gana. Francamente, y por una vez, ambos lugares coincidían: desde que me había casado, me moría por acudir cada noche a la sede de la Inquisición en París, donde me sentía todo lo libre que hasta entonces jamás me había sentido allí, y aquella noche no fue una excepción. Es más, cuando llegó el momento y pude entrar me lancé de lleno a mi trabajo, fuera ordenar expedientes o dictar misiones, y no paré hasta que no vino a buscarme uno de mis inferiores, diciéndome que estaban preguntando por un condenado, bibliotecario para más señas. Aun así, como estaba deseosa de sentirme útil, decidí acudir a donde el... ¿monje? se encontraba.

– Otro de Grailly. ¿Cuántos de vosotros hay? Entre los rumores que he oído de uno y tu hermano, empezáis a ser demasiados. ¿A qué has venido, muchacho? A buscar a tu hermano, sí, hasta ahí bien, pero ¿ya está? ¿Qué pretendes conseguir con eso? Lazet de Grailly no es de los compasivos ni de los que aceptan obras de caridad.

Su mirada, al igual que la del inferior que me había llevado hasta él, se encontraba clavada en mi pómulo, donde imaginaba que quedaban restos del golpe que el desgraciado de mi marido me había propinado antes de deshacerme de su presencia durante unas dulces horas. Con un gesto distraído, me despeiné y permití que los cabellos, sueltos a diferencia de lo que dictaban las normas del decoro de nuestro querido reino, me taparan ese lado del rostro; a continuación, me separé de la mesa en la que había estado apoyada y me acerqué a él para estudiarlo mejor. No me pasó desapercibido el detalle de que parecía un monje, pero no había dicho que lo era y la mayoría de ellos solían manifestarlo desde el primer momento, por algún motivo que desconocía, así que lo dejé correr. No ignoré tan rápido, sin embargo, su atractivo: no sabía si me gustaban más sus ojos extraordinariamente claros, su mandíbula marcada o la mueca tímida que se le había puesto en cuanto yo entré en la habitación, y lo cierto era que me importaba poco, porque el resultado era un hombre al que deseaba darle un mordisco, y no había nada que me lo impidiera. Así pues, sin ser invitada, le rodeé con paso lento y las manos en las caderas, hasta que finalmente me coloqué frente a él con los brazos, esta vez, cruzados, motivada por algo tan simple y tan primario como darle una perspectiva mejor del escote, más bajo de lo que debería, de mi uniforme. Y lo mejor de todo fue que, primario o no, el truco funcionó porque a él se le fueron los ojos, tal y como yo lo deseaba, de modo que al respecto sólo pude medio sonreír, darle un toquecito en la barbilla para que subiera los ojos a los míos y morderme el labio inferior. Qué curioso: de pronto la noche iba a resultar mucho más entretenida de lo que había pensado al empezarla, en el palacete en el que no me había quedado más remedio que vivir tras mi enlace.

– ¿De dónde vienes? No sé mucho de tu hermano Lazet, no está dentro de mis dominios, pero he tratado con él alguna vez y sé que es algún pueblo pequeño... ¿En Aquitania? No estoy segura. Pero es un camino largo, tal vez quieras beber algo para relajarte y hablar conmigo. Oh, casi lo olvido: mi nombre es Abigail, y puedo ayudarte si me das motivos para desearlo.



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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Dom Mar 25, 2018 1:53 pm

¿Qué cuántos de Grailly había? ¡Qué sabía él, si acababa de agenciarse ese apellido! Hasta donde Jacques conocía, dos, pero esa mujer —de la que, por alguna razón, el joven no era capaz de apartar los ojos— había hablado de un tercero. No era de extrañar, en realidad; era una familia muy conocida en el pueblo donde residían, y hasta él, que había vivido toda su vida recluido en la iglesia del padre Clément, había oído hablar de ellos en alguna ocasión. Lazet y él no serían los únicos hijos del matrimonio, pero Jacques no se había parado a pensar en eso. ¡Lazet! ¡Lazet era a quién quería encontrar! Y estaba allí, ella lo conocía. Sentir que estaba cerca de su objetivo le produjo una inquietud agradable en la boca del estómago que no pudo evitar transmitir. Era demasiado transparente a ojos ajenos, fruto de los años que había pasado viviendo en soledad junto al padre Clément. Jacques no tenía nociones sobre cómo tratar con la gente, no sabía cuándo debía mostrar sus sentimientos —porque tenerlos, los tenía— ni cuándo ocultarlos, cuándo callar o hablar.

Lo que pretenda o no conseguir es asunto mío —contestó, intentando mostrar una seguridad que lejos estaba de poseer.

¿Cuál era la intención oculta tras la incesante búsqueda del perdido Lazet? Ni siquiera él lo sabía, así que difícilmente podría plasmarlo en palabras. Respuestas, eso era lo que él quería. ¿Por qué tuvo que crecer en la iglesia? ¿Por qué su familia no lo quiso? Saber que era un repudiado de su sangre le dolía, o eso creía Jacques, puesto que poca idea tenía de lo que era el dolor emocional. ¿Era rabia, acaso, lo que lo invadía al pensar en su recién adquirida familia? ¡Imposible saberlo!

Por un momento, llegó a dudar de su presencia en la sede parisina de la Inquisición. Sintió la presencia de la mujer tras él, y no pasó por alto como lo había mirado, aunque para él no supusiera más que eso, una extraña mirada más en su largo viaje. Se podría decir que ya estaba acostumbrado a recibirlas; un joven callado con aspecto de monje casi siempre levantaba murmullos entre los presentes. Ella no murmuraba, pero lo miraba y lo miraba… Y él, irremediablemente, también la miraba a ella.

Sus ojos, vírgenes ante todo lo carnal, se desviaron al escote de su vestido, donde los senos dibujaban una hermosa línea allí donde se unían. Jacques nunca había visto algo como eso, y si los ojos no se salieron de sus cuencas era porque todavía conservaba la capacidad de parpadear para mantenerlos en su sitio. ¡Por todo lo sagrado! «Maldita pecadora» pensó, pero eso no evitó que siguiera mirando sus pechos, perfectamente redondeados y que lo incitaban, entre susurros, a meter la cara entre ellos.

Parecía que Dios, en su infinita bondad, había decidido ayudarlo a expiar sus pecados haciendo que la mujer —de nombre Abigail— levantara su barbilla con una mano. El tacto suave de su piel le erizó el vello de su cuerpo, pero, un poco más relajado ya, la miró a los ojos. Su inquietud, sin embargo, no disminuyó: ahora se mordía el labio, tan perfecto a ojos de Jacques como sus senos. Viendo que su entereza flaqueaba con la simple presencia de la inquisidora, comenzó a recitar en su mente los distintos pasajes de la Biblia que había memorizado de tanto leerla, mientras desviaba la vista a un lugar menos peligroso. Si no la veía, todo iría bien.

De Saint-Émilion —contestó, escueto—. Es un camino largo, sí. Un poco de agua estaría bien —pidió, tan austero como siempre—, no quisiera retrasarme más de lo debido. Tengo cosas que hacer.

Calló un momento en el que volvió a mirarla, aún a riesgo de volver a quedarse embobado con todo lo que ella era. Una parte de él seguía leyendo la Biblia en su cabeza, como si eso fuera defensa suficiente para las armas femeninas que, sin duda, Abigail estaba empleando contra él.

Yo soy Jacques —se presentó, sin reverencias, besos en el dorso de la mano o florituras típicas de la época— y no tengo motivos para darte. Me ayudas o no me ayudas, es así de simple. —Se encogió de hombros—. Conoces a Lazet. Puedes presentármelo o decirme dónde está, y yo me ocuparé del resto.

Unió las manos frente a él, haciendo que las mangas de su túnica las cubrieran por completo y dándole así un aire todavía más monacal de lo acostumbrado. Resultaba irónico que las mismas enseñanzas que le hacían encajar tan bien con todo aquello que lo rodeaba fueran las mismas que le habían negado las habilidades sociales para hacerlo.


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Abr 03, 2018 8:52 am

Yo no era la sirvienta de nadie. Es decir, resultaba evidente que jamás serviría ni siquiera a mi marido, o de lo contrario no luciría los golpes que ya empezaban a borrárseme de la piel, y sin embargo me permití obedecer su petición, movida por la curiosidad, y servirle un vaso de agua en un vaso largo, de cristal de Bohemia. Aquel vaso valía más que todas las ropas que él llevaba puestas, demasiado semejantes a las de un hombre de fe para que me hubiera podido creer por un momento ese intento de arrogancia que había intentado colarme. Aun así, me parecía entrañable, sobre todo por esa inocencia no exenta de ingenuidad que intentaba disimular ante unos ojos demasiado curtidos por el pecado, como los míos. ¡Qué curioso, apenas un momento con él y ya empezaba a pensar en esos términos...! Al final terminaría convirtiéndose en una buena influencia, o quizá no porque yo terminaría corrompiéndolo antes; desde luego, esa era mi intención desde que había visto sus límpidos ojos azules, casi transparentes, desviándose hacia donde yo los había guiado, tan obedientes como, sin duda, lo sería él. El pensamiento me daba hasta ganas de relamerme, no mentiría al respecto, pero me contuve y me limité a acercarle el vaso y permitir que sus dedos rozaran los míos al recogerlo durante más tiempo del debido por el simple gesto, tanto que se puso nervioso y, de haber sido por él, el valioso cristal se habría hecho añicos al caer al suelo. Fui, no obstante, tan rápida de reflejos como mi condición me lo permitía, y lo sostuve para evitar la caída y un estrépito que me provocaría más dolor de cabeza aún que las palabras ofensivas, constantes, de mi estúpido marido, todavía demasiado recientes y presentes en mis pensamientos.

– Jacques de Grailly. Tiene musicalidad, me gusta. Me pregunto qué opinará Lazet de ti, pero con lo desdeñoso que es, imagino que no te tendrá en demasiada estima. No te engañes pensando que vas a encontrar a un hombre agradable, estimado Jacques: Lazet es un tipo retorcido, metido en las faldas de una reina extranjera y muy ocupado para asuntos de otros inquisidores, como yo, así que ni me imagino cómo estará para otros asuntos familiares. Así que me temo que no, no es tan sencillo como indicarte dónde está, porque no es de los míos y no es asunto mío dónde se encuentra. Lo sería si me dieras un motivo, y dado que estás atrapado con la única persona que puede ayudarte ahora mismo, te recomendaría que te esfuerces.

Aunque mis palabras pudieran indicar lo contrario, me esforcé para modularlas lo máximo posible y que mi tono fuera suave, en absoluto la dura crítica que le había hecho en realidad y que yacía bajo la cualidad expresiva de lo que le había dicho. Él, aquel medio monje que se apellidaba de Grailly, igual que el maldito Lazet, no era lo suficientemente avispado en las sutilezas de las clases altas como para entender que las personas querían decir una cosa diferente a la que realmente salía por sus labios, ni de broma iba a entender que le estaba proponiendo que me diera algo con lo que entretenerme o, de lo contrario, le haría la labor de buscar a su hermano mucho más difícil. Yo lo sabía, a la perfección, y pese a ello lo había dicho porque quería que él creyera que la situación era más difícil de lo que yo había dado a entender en un principio, sin más; así, tal vez, sería más fácil aún manejarlo, pero por si no era suficiente siempre podría seguir recurriendo a las armas de mujer que él tanto temía porque, hacía un momento, tanto le habían afectado. Así, me aproximé a él despacio, con una parsimonia que escondía los muchos pensamientos que se me agolpaban en la cabeza, y separé sus manos con cuidado para sostener una de las suyas, grande y pálida, sobre las mías, pequeñas y besadas por el sol, un mundo de diferencia. Con atención, examiné sus dedos, la piel del dorso y de la palma, e incluso la movilidad de sus articulaciones, atenta a los más insignificantes detalles que a él, seguramente, le habrían pasado desapercibidos. No todo el mundo se caracterizaba por ser tan observador como yo, por circunstancias ajenas a mi voluntad, había tenido que volverme; él, con casi toda probabilidad, apenas conocía su propio cuerpo más allá de las funciones más básicas, y era una auténtica lástima, en mi opinión.

– Entre tu túnica y tus manos, apuesto a que no has trabajado en el campo en tu vida. Es más, probablemente no hayas trabajado con tus manos nunca, y eso te convierte en alguien vulnerable si estás buscando a un inquisidor. Te encuentras, Jacques, ante la líder de la facción de los soldados, y tu hermano Lazet es un bibliotecario. Mundos diferentes, pero comunicados; ni él es débil con las armas ni yo soy una completa ignorante que no conoce tu apellido y a qué se dedica tu familia. Podrías ir a buscarlo por tu cuenta, pero ¿qué vas a hacer? ¿Balbucear ante él? Y, si te lo presento, verá que lo estoy haciendo yo, y no somos los más grandes amigos. Así que te ofrezco una alternativa: déjame ayudarte. Déjame darte armas para que te puedas defender de una víbora como tu hermano y entonces te facilitaré el encuentro. Hasta con Gaspard de Grailly, si quieres, que imagino que será de los medianos. Sois tantos que me pierdo.



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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Mar Abr 17, 2018 3:33 pm

Jacques nunca había tocado a una mujer. Ni a una mujer ni a un hombre, a decir verdad, puesto que el contacto que había tenido con otro ser humano se limitaba al que el padre Clément le había dado desde su niñez. A éste, sin embargo, sí lo había tocado, pero sólo en su lecho de muerte y para secarle la frente, perlada del sudor producido por la fiebre que terminó con él. Por eso, cuando Abigail le acercó el vaso de agua —hecho del cristal más fino que el joven había visto nunca— y sus dedos rozaron los de ella, su corazón se aceleró tanto que no atinó a cerrar los dedos en torno al recipiente, haciendo que este cayera al vacío. No se percató de los reflejos de ella, porque tenía la mente ocupada en recitar la Biblia y los ojos clavados en esa piel suave como la de un melocotón.

Cuando se lo volvió a tender, agarró el vaso con fuerza —que, por suerte, no era mucha— y bebió despacio, pero sin pausa, mientras ella hablaba, pidiéndole, de nuevo, motivos para que lo ayudara. ¿Qué razonces se suponía que debía darle? No tenía ninguna, ni para que ella lo ayudara ni para encontrarse con Lazet, en realidad. Se llevó la mano que no sujetaba el vaso a la frente y se la rascó ligeramente antes de peinar el pelo hacia atrás. Pensó y pensó, pero su pobre e inocente mente no era capaz de elaborar una razón de peso que darle a la inquisidora. Nunca había necesitado pedir ayuda porque esa era la primera vez que lidiaba con el mundo que había fuera de su querida iglesia de Saint-Émilion, y eso se notaba.

Miraba el vaso con verdadera pasión, como si el agua que quedaba en el fondo fuera a darle las respuestas que buscaba, cuando, de pronto, sintió un roce en la piel de su mano libre. Fue el mismo contacto cálido de hacía un momento, pero mucho más intenso y duradero. Para cuando miró, Abigail examinaba sus dedos sin pedir permiso y con una suavidad que lo dejó sin aliento. ¿De dónde había salido esa endiablada mujer? Las yemas de sus dedos le produjeron un cosquilleo que comenzó en la palma y ascendió a lo largo del brazo hasta su nuca, erizándole el vello de todo el cuerpo. Cuerpo que, por cierto, estaba experimentando unas sensaciones nuevas y terriblemente placenteras para el pobre Jacques, que estaba totalmente descolocado y sin saber qué hacer.

Escuchar, al menos, la escuchaba, así que cuando volvió a tener consciencia de su cuerpo, quitó la mano con brusquedad, dejó el vaso sobre una mesita y se separó un par de pasos de ella.

Sí he trabajado con ellas —dijo, ofendido—. He transcrito muchos textos que estaban a punto de desaparecer. Si no he trabajado en el campo no es porque no haya querido, sino porque no he tenido opción de hacerlo. —Llevó una mano a la altura de la cruz de plata que colgaba de su cuello, bajo la túnica, y agarró la joya por encima de la tela—. No sé quién es ese Gaspard, y parece que tú sabes más de mí que yo mismo. —Soltó todo el aire que tenía retenido, resignado—. No tengo motivos para darte. Lo único que sé es que, nada más llegar y preguntar por él, te han mandado a ti. ¿Por qué? No lo sé.

Alzó los brazos más arriba de su cabeza, y los dejó caer, exasperado. Giró el cuerpo hasta quedar de frente a la chimenea. El fuego lo hipnotizó durante unos segundos, los suficientes para que las retinas se quedaran impresas con la silueta de las llamas. Suspiró y volvió la mirada a una Abigail de color verde, producto de la quemadura del fuego sobre sus ojos. Parpadeó un par de veces antes de hablar:

Si me vas a ayudar, ayúdame. Si no, deja que me vaya.

Sus palabras estuvieron teñidas de súplica, no arrogancia. Necesitaba ayuda, eso estaba claro, pero, ¿habría hablado en serio Abigail? ¿Estaría dispuesta a echarle una mano? ¿Y a qué precio?


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Vie Abr 27, 2018 3:45 am

La timidez de Jacques resultaba tan dulce como el chocolate traído de las Américas, como los pasteles que se decía que la reina María Antonieta había consumido mientras el pueblo se moría de hambre, en una época en la que mi único interés había sido sobrevivir y no había tenido el menor deseo de enterarme de qué pasaba en mi reino, y mucho menos en Versalles. Como tal, se depositaba en la lengua y la hacía, me hacía, desear saborear más, puesto que el contacto escaso que él había roto con brusquedad no me había parecido suficiente y solamente deseaba reducir la distancia que nos separaba y besarlo para que aprendiera cómo era una mujer de verdad. Imaginaba, sin embargo, que eso lo espantaría, de modo que decidí hacer acopio de mi racionalidad y controlarme un poco, no lo suficiente para dejar de juguetear con él (porque a eso jamás podría renunciar, me pertenecía tanto y tan profundamente como la maldición que me llevaba cada noche a aullarle canciones de amor a la luna) pero sí lo bastante para no espantarlo. Así pues, escuché, sí, me tomé el tiempo de pensar en todo lo que él había dicho durante incluso varios minutos después de que él hubiera terminado de hablar, y acompañé a mis pensamientos de una copa de licor que contrastaba vivamente con la suya, llena de agua. Lo mío era whisky, recién traído de la católica Escocia como pago por un favor personal que había hecho a un conocido de allí durante mis intentos fútiles de expandir mi poder para que la sombra de mi padre no me aplastara. Dado que había cambiado a un hombre explotándome, Gregory, por otro, mi marido, no dejaba de preguntarme, de forma tan recurrente que ya empezaba a oler a podrido, si no estaría destinada siempre a repetir el pasado y cometer siempre los mismos errores. Tal vez por eso me atraía tanto Jacques de Grailly: él era lo contrario a los hombres en los que solía fijarme, y tal vez eso me garantizaba que no me controlarían, sino al contrario... Como tanto deseaba.

– Gaspard de Grailly es un rumor que aparece con demasiada frecuencia en mis documentos, pero no lo suficiente para que tenga ninguna certeza de que sea más que eso. Por el apellido, resulta evidente que es de los tuyos, igual que Lazet, y está en nuestro punto de mira porque se dedica a la para nada noble tarea de robar cadáveres de fosas comunes. O eso se dice, claro, porque hay un lío documental importante que siempre precede a la desaparición de papeles con respecto a él y que creo que tiene el sello de tu hermano Lazet, así que no puedo estar segura. Pero, si esto es cierto, resulta que tienes otro hermano, ¿no sientes curiosidad también por él?

La pregunta me resbaló de los labios con suavidad, como las lágrimas de licor se deslizaban por el interior del vaso para marcar el camino de donde había chocado al ser servido hasta el lugar donde, aún en calma, reposaba. No le permití demasiado espacio de margen para que yaciera laxo, cual balsa de aceite, puesto que enseguida le di un trago que, si bien no vació el vaso, sí lo dejó bien mediado. Al hacer el movimiento, noté cómo el cabello que con tanta atención había colocado para taparme la mitad herida del rostro se iba a su aire a hacer lo que le viniera en gana, y con ello los golpes quedaron totalmente a la vista de Jacques, que no pudo evitar quedarse mirando la amalgama de distintos tonos de rojo y morado que exhibía en la cara. Ignorando cualquier pensamiento que pudiera hacerse al respecto, sonreí con la mitad de la cara que permanecía intacta, en una mueca de medio lado, e incluso aparté lo que me quedaba de melena para que tuviera muy claro el tipo de vida al que se estaba acercando demasiado, uno que dejaría su precioso rostro aún peor que el mío, porque al ser mortal no se curaría tan bien como yo, loba, lo hacía. Él no tenía por qué saber que había sido mi marido ante los ojos de Dios y de los hombres quien había descargado su furia contra mí, y tampoco que lo había hecho porque me había pillado compartiendo el lecho con otros que ni eran él ni se le parecían: el golpe de efecto sería máximo si no le daba explicaciones y sólo le permitía ver las lesiones, así que eso hice. Para entonces, mi sonrisa se había borrado un poco, pero amenazaba con volver a dibujarse, en ambos lados de mi rostro incluso, ante el pensamiento de que resultaba que algunos clichés sobre mí eran ciertos y era capaz de aprovecharme hasta de las peores circunstancias posibles a mi favor. De todas maneras, me resultaba lógico hacerlo: si el daño ya había sido hecho y otros lo iban a usar en mi contra, ¿por qué no adelantarme yo y quitarles toda la munición...? Era estrategia básica, y si había llegado hasta donde estaba era, precisamente, por dominar esa materia, nada más y nada menos.

– ¿Sabes por qué te han mandado antes a mí que a Lazet? Porque él está tan ocupado con su reina que no tiene tiempo para dedicarle a alguien que, no te ofendas, no significa absolutamente nada para él. Y también hay otra cosa: él y yo no somos los mejores amigos, eso es vox populi entre estas paredes, así que cualquier cosa que sirva para fastidiarme la van a aprovechar. Así que sí, te ayudaré. Porque antes debes entrenar, debes ser capaz de tenerte en pie aunque él te vapulee y de quitarte esa adorable inocencia antes de que él te la corrompa, porque te puedo asegurar que lo hará si no te andas con cuidado. Me necesitas para convertirte en un hombre y dejar de ser un crío, Jacques, así que acepto la labor y te ayudaré.



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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Jue Mayo 17, 2018 1:52 pm

El olor del whisky le llegó hasta las fosas nasales de una forma tan intensa que estuvo a punto de marearse. Ese era otro de los placeres que Jacques no había tenido el placer de probar: el alcohol. Sabía el efecto que tenía en los hombres, puesto que había visto, en numerosas ocasiones, hombres y mujeres dormitando en las puertas de la iglesia, completamente ebrios. Él no solía acercarse a ellos —porque de eso se encargaba el padre Clément— pero sí había tenido que lidiar con aquellos que el cura consideraba que estaban a punto de dejar ese mundo y decidía que debía meter en la iglesia. Jacques sabía, por tanto, preparar unas infusiones que podrían devolver a la vida hasta al mismísimo Jesucristo, aunque se temía que de poco iban a servirle allí dentro.

Aunque el nombre de Gaspard de Grailly le traía sin cuidado, Abigail pareció no darse cuenta de ese pequeño detalle y comenzó a relatarle lo que en sus dichosos archivos había sobre él. El pequeño de los de Grailly se escandalizó y no lo ocultó; abrió los ojos tanto que parecía que se le iban a salir de sus cuencas, se santiguó un par de veces y rezó en voz baja mientras ella seguía hablando.

No puedo sentir curiosidad por nadie que tenga el valor de interrumpir el descanso eterno de un ser humano —dijo, horrorizado, como si desenterrar los huesos de un muerto fuera el mayor de los horrores sobre la faz de la tierra—. Qué espanto.

Se volvió a santiguar y se descolgó el rosario para comenzar a pasar cuentas ayudándose de los dedos. En ese momento empezó a dudar de si, en realidad, quería tener algo que ver con el hermano que sabía que tenía. ¿Abigail había dicho, o al menos insinuado, que Lazet estaba ocultando las atrocidades de ese tal Gaspard? Jacques quiso dejar de escuchar y volver a su querida iglesia excavada en la piedra. Allí no había asaltadores de tumbas ni dementes que los encubrieran, como tampoco había mujeres de senos generosos y piel de porcelana que se atrevieran a tocarlo como esa que tenía delante. En Saint-Émilion era Jacques, Jacques a secas, sin apellidos rimbombantes que terminaran de decorar su nombre, y esa era una identidad que conocía bien y con la que se sentía a gusto.

¿Por qué, entonces, había dejado la tierra que ya conocía para lanzarse a esa aventura? Cuando más se acercaba a su objetivo, más diluida estaba la respuesta a esa pregunta, y todo lo que el día de la muerte del padre Clément tuvo claro ahora se le antojaba una sobrenada estupidez.

Verla beber ese trago tan largo le hizo fruncir el ceño, principalmente, porque había vuelto a dejar a la vista los golpes que tenía en una mitad del rostro. Jacques no quería saber a qué se debían esos cardenales, y lo cierto era que, afortunadamente, no tenía capacidad para imaginarse los motivos tras ellos. El rosario seguía dando vueltas en sus manos, casi como si fuera un vicio del que no se podía desprender. Por un momento, quiso echar mano del saquito con incienso que siempre llevaba consigo, pero prefirió dejarlo para un momento en el que se encontrara solo por si la mujer se lo arrebataba.

Me ayudarás —dijo mientras asentía, asimilando lo que acababa de escuchar.

Soltó el aire que tenía en los pulmones, algo más relajado ya. Volvió a colgarse el rosario del cuello, unió ambas manos a la altura del vientre y la miró, haciendo un gran esfuerzo por centrarse en su rostro y no en su escote. Resultó que los golpes que tenía en la cara estaba resultando una distracción muy útil para él, tan poco acostumbrado a los pecados carnales de los que Abigail parecía saber demasiado.

Está bien —dijo, llevando las manos a la espalda—. ¿Qué se supone que vamos a hacer, entonces?


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Miér Mayo 23, 2018 1:24 pm

¡Quién me había mandado a mí recoger al primer cachorro perdido que aparecía en mi puerta para educarlo bajo mi seno, esperaba que de la forma más literal posible...! Odiaba siquiera pensar en la posibilidad de que mi esposo, el desagradable duque que se creía con derecho a demasiadas cosas tanto por ser hombre como por ser noble, pudiera tener razón en las acusaciones que me lanzaba cuando me levantaba la mano, pero cada vez que me había pillado con algún otro hombre me había recriminado que no podía pensar con claridad cuando se trataba de rostros hermosos, y el de Jacques lo era. Desde luego, en mi para nada modesta opinión, era mucho más agradable de mirar que el de su hermano Lazet, y no sabía si también el de Gaspard porque no tenía el dudoso placer de conocerlo, así que tal vez ese había sido un motivo de peso en mi decisión, pero desde luego no había sido el único. En parte, lo sabía tan bien como que si no respiraba terminaría muriéndome, loba o no, quería utilizarlo para enfrentarme a un inquisidor que no me gustaba lo más mínimo, precisamente Lazet de Grailly, y en parte también quería bañarme en su inocencia y ver cómo se iba corrompiendo poco a poco... Otra acusación de mi amado esposo que también parecía ser cierta: era una mujer cruel. Aunque, en mi defensa, debía decir que Jacques era quien me había pedido ayuda, siendo consciente de mis métodos además desde el momento en que había cruzado la puerta y me había visto comportarme con él como lo había hecho; había tomado su propia decisión sin que yo le presionara nada más que lo que estaba en mi derecho natural como individuo, ¿o no defendían acaso algunos librepensadores esa necesidad que teníamos todos de protegernos a nosotros mismos? Los antiguos por supuesto, no quedaba la menor duda, pero seguro que algún contemporáneo también, y si no lo defendería yo misma, como la rompedora que era.

– En primer lugar, estimado Jacques, deberías borrar tu espanto y tu indignación por lo que te he contado antes. Una dura lección que quizá no has aprendido todavía es que la vida está llena de cosas horribles, de personas que no dudarán en hacer lo que a ti te parece imposible, inmoral o directamente inconcebible, porque ellos quizá tengan sus motivos. ¿No eres consciente de dónde estás, joven de Grailly? ¿No te das cuenta de que estás en el Santo Oficio? Aquí quemamos brujas. Aquí condenamos herejes. Aquí asesinamos vampiros, detenemos licántropos, investigamos los caminos de la Biblia y de la religión, hemos visto prácticamente cada pecado que existe, así que deberías acostumbrarte a la posibilidad de que, quizá, mucho de lo que vas a descubrir no te guste. ¿Y sabes qué? A nadie le importa que así sea.

No tenía intenciones de ser particularmente cruel con él aunque mis palabras lo hubieran sido, y por eso suavicé el tono, no lo suficiente para que dejara de tomarme en serio pero sí lo bastante para que no se lo tomara como un ataque. ¿Lo haría? No tenía ni idea: con lo que ambos acabábamos de aceptar, esa ayuda que le había ofrecido y sobre todo esa disposición suya a obedecerme, iba a quitarle muchos elementos de los que lo hacían tan él, y tan encantador, pero ¿acaso nos quedaba más remedio? Él había ido a buscar la manera de lidiar con un hechicero poderoso, como era Lazet, que además tenía relaciones muy cercanas con el Papa y con las altas sedes eclesiásticas, además de con artes oscuras de las que yo no tenía ni la más remota idea (porque no tenía interés, eso también había que decirlo): no bromeaba cuando decía que había que endurecerlo. El problema era que él no sabía hasta qué punto era necesario hacerlo, y por eso la tarea que tenía por delante era aún más dura de lo que yo misma había creído; consciente de ello, ahogué en la copa de licor un suspiro, que no salió ni siquiera cuando me la terminé, y me aparté el pelo por completo del rostro para permitirle que viera bien los golpes en los que llevaba un rato centrado. No eran algo, suponía, que hubiera visto a menudo, sobre todo en una mujer, porque se suponía que nuestros maridos, padres, hermanos o demás varones de la familia estaban ahí para protegernos... Una estupidez como otra cualquiera, porque muchas llevaban las heridas bajo la ropa, pero la inocencia masculina muchas veces rozaba la ingenuidad, y en el caso de Lazet así era; le permití, pues, que observara cuanto quisiera, porque si nuestros planes seguían adelante, él iba a acabar mucho peor que así.

– Deberías fortalecer tu cuerpo al mismo tiempo que tu mente. Contamos con varios lugares para que aprendas a pelear y defenderte, pero creo que deberías tener a alguien cerca que sepa lo que haga, así que yo misma podría ocuparme. Dicho eso... A lo mejor es bueno que conozcas a Lazet antes. Así, tal vez, podrás ver que no exagero cuando digo que necesitas fortalecerte antes de poder enfrentarte a él, ganarte su respeto o lo que sea que busques de él.



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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Jacques de Grailly el Dom Jun 24, 2018 12:56 pm

¡Que borrara su espanto y su indignación, decía! ¡Por el amor de Dios! ¿En qué clase de organización había ido a meterse? ¿Es que allí no respetaban nada ni a nadie? Cada vez veía más claro que salir de Saint-Émilion no había sido buena idea, de la misma manera que perdía el foco de lo que le había llevado hasta allí. Tras escuchar a la mujer, conocer a Lazet parecía no ser su mayor deseo si eso conllevaba pasar allí más tiempo del que iba a ser capaz de soportar. Ella hablaba de brujas, licántropos y vampiros, seres de los que Jacques había oído hablar pero que tenía como meras leyendas, nunca seres reales. ¿Acaso estaba el mundo lleno de bestias inhumanas?

La escuchó, claro que lo hizo, con detenimiento y sin rechistar. La miró, por primera vez, con interés, preguntándose qué hacía ella en ese nido de desequilibrados mentales. Salvo por los golpes que tenía en la cara —y que estaba convencido de que habían disminuído la tonalidad en el tiempo que llevaba hablando con ella—, parecía una mujer de lo más normal. Intensa, sí, con una personalidad arrolladora que Jacques no sabía cómo manejar y un escote que dejaba a la vista sus encantos —a los que el joven de Grailly seguía mirando de vez en cuando—, pero normal. De habérsela cruzado por la calle no habría reparado en ella, de la misma manera que no lo hacía con ninguna mujer, fuera hermosa o no. Se había criado con el celibato como bandera, así que, para él, los placeres carnales eran un pecado que no estaba dispuesto a cometer.

Fortalecer mi cuerpo y mi mente —repitió mientras los nervios hacían que guiñara con el ojo izquierdo.

No podía negar que estaba asustado por sus palabras y, aunque no quisiera demostrarlo frente a ella, su cuerpo y su actitud eran tan transparentes que, aunque fuera una simple humana, enseguida se daría cuenta de lo que pasaba por su mente. Siendo una loba como era, lo más probable sería que se diera cuenta antes incluso que el propio Jacques.

Se sentía agobiado, así que no aguantó más y sacó el saquito de incienso. Se lo llevó hasta la nariz y aspiró profundamente. El olor no era tan intenso como el humo que salía al quemarlo, pero era el mismo que desprendía la túnica del padre Clément cuando finalizaba el sahumerio. Si cerraba los ojos —algo que hizo—, casi podía sentir que estaba de vuelta en la iglesia donde creció. Sintió el las yemas de los dedos el tacto rugoso de los libros que leía una y otra vez, el frío que desprendían las paredes húmedas y escuchó el silencio que los envolvía allí abajo. Pero, como siempre que olía su saquito le pasaba, algo de su entorno real lo sacó de su ilusión.

Lo primero que escuchó fue el chisporroteo de la chimenea, después sintió la presencia de Abigail a su lado y por último una sed horrible. Agarró el incienso con fuerza y buscó el vaso de agua con desesperación, dando un trago largo cuando lo halló.

¿Y qué se supone que voy a tener que hacer? —preguntó—. ¿Eso te lo has hecho así?

Señaló los golpes de su cara y se quedó mirándolos. De pronto, los cardenales habían acaparado toda su atención, más incluso que su perfecto escote.


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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Sáb Jul 14, 2018 1:20 pm

Jacques lo ignoraba, porque ¿cómo podía saber un secreto así un simple muchacho de pueblo que no había abandonado Aquitania en su vida?, pero el lobo era mucho más perspicaz de lo que yo misma era a veces, y olió su miedo antes incluso de que él se diera cuenta de que lo sentía. Por supuesto, mi mente racional podía haber deducido sin ningún asomo de duda que Jacques de Grailly estaba completamente aterrorizado ante una situación que no tenía nada que ver con las fantasías que habían llenado su mente mientras crecía y viajaba hasta París, pero ¿para qué pensar cuando mi lado animal me proporcionaba ese conocimiento sin tener que esforzarme? Para muchos, mi maldición era exactamente eso, una condena a la que había sido sometida por mis pecados y crímenes pasados, pero para mí era algo que disfrutaba y me llenaba tanto como un buen amante en el lecho, y no pude evitar sentir absoluta satisfacción al verlo, no por él y su debilidad sino por mí y mi práctica percepción de lo que tenía lugar ante mis ojos. No podía negarlo: el joven aquitano era un espectáculo fascinante que no dejaba nunca de darme ganas de mirar, y aunque el acto con el saquito de incienso fue hasta abrumador para mi olfato demasiado desarrollado (no todo iban a ser ventajas en lo relativo a mi naturaleza, ¿no?), ni siquiera entonces aparté la mirada, y mucho menos lo hice después, con su pregunta. El miedo no se encontraba en mi vocabulario, cobarde no sería jamás una palabra que alguien pudiera utilizar para describirme ante los que no me conocían, y no pensaba avergonzarme de los golpes que me había propinado un impresentable al que, tarde o temprano, eliminaría por completo. Testaruda, me aparté el pelo que pudiera seguir quedándome sobre la cara y me acerqué a él para que viera los golpes que me mancillaban la piel y deformaban los rasgos, no por mucho tiempo pero sí el suficiente para que se me notara.

– Esa es una pregunta estupenda, Jacques. ¿Qué vas a tener que hacer? Entrenar. Primero, por supuesto, leer, que me parece que es lo que mejor se te da de todas las fases que seguimos los inquisidores para ser lo que somos, pero después tendrás que asegurarte de no ser débil y de que nadie te pueda derrotar con facilidad. Esto que ves que tengo en la cara es lo mínimo que pasa cuando te atreves a plantar cara a tu mundo.

La explicación que le di fue una mentira, sí, pero ¿acaso alguien estaba obligándome a decirle la verdad al chico que había terminado acudiendo ante mí con tal desesperación que sería un crimen no utilizarla a mi favor...? No, y mucho menos había nadie prohibiéndome que me valiera de todos los recursos a mi disposición para hacer llegar mi mensaje alto y claro: me necesitaba para poder defenderse de algo mucho más duro que lo que conocía, y aunque el proceso no iba a ser fácil y dolería, terminaría por merecer la pena. Él aún no lo sabía, puesto que las heridas de mi rostro no se estaban curando tan rápido para que pudiera fijarse en que ya estaban mejor que cuando había entrado a verme, pero si permanecía el suficiente tiempo bajo mi control aprendería que los golpes se pasaban, el dolor se esfumaba, y sin embargo las lecciones se asimilaban y permitían madurar todo lo que él no había podido hacerlo hasta entonces. Por mucho que su comportamiento inicial hubiera sido de seriedad casi monacal, hasta el punto de que seguía pudiendo confundírsele con un sacerdote que se había perdido y había terminado acudiendo al brazo armado de la Iglesia en vez de al brazo al que él pertenecía, seguía siendo un crío que nunca había sido expuesto a la dureza del mundo, salvo por mí. ¿Qué clase de opinión, entonces, le merecía yo...? Estuve tentada, por un instante, de desear la capacidad que tenían las sanguijuelas de adentrarse en los pensamientos ajenos, pero me provocó tal repulsa la idea de anhelar algo que pertenecía a esos seres y que los demás no poseíamos que se me pasó el impulso enseguida. El que no se me pasó fue el de querer ayudarlo, a mi manera, y por eso me acerqué de nuevo hasta el joven de Grailly y le acaricié la mejilla, en el mismo lado donde se encontraban las heridas de mi propio rostro, casi con dulzura, o al menos eso creí yo, que la suavidad no la solía practicar a menudo.

– Tú has preguntado, y yo te debo una respuesta sincera. Esto no me lo ha hecho ninguna criatura de las que cazamos ni tampoco me ha sucedido entrenando, aunque otras veces he terminado peor. No, esto me lo ha hecho mi esposo por la gracia de Dios, porque a veces los monstruos son simples mortales y no necesitan ninguna maldición para que tú requieras aprender a defenderte de ellos. El mundo es mucho peor de lo que imaginas, Jacques... Y yo sólo quiero ayudarte a que puedas defenderte de él, nada más.



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Re: Girl, you and I will die unbelievers {Abigail S. Zarkozi}

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