Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Marion Buchanan el Vie Feb 09, 2018 12:09 am

El apellido. Era el único lazo entre ella y su hermano a quien hoy en día esperaba estuviese muerto. Las consecuencias de cada error que cometió en el pasado le cobraría con creces algún día y estaba más que consciente de ello. No obstante, había utilizado una careta para poder continuar en el sendero y de ese modo expiar el fallo cometido en muchas ocasiones. Estar sola en la capital era algo novedoso ya que por lo regular su forma de vida dependía de cierto modo de su hermano mayor, sin embargo, después de haber tomado las riendas de su destino, eligió ser la única de ahora en adelante que decidiera lo que más le convenía. Y en ese instante lo que necesitaba era un poco de paz. Aún en ese Santuario una joven como Marion no estaba segura de sentirse segura, pues cada mirada cada palabra parecían estar juzgando sus actos. Y no era para menos, sus manos, las que en ese momento se hallaban cínicamente entrelazadas estaban mancilladas con la sangre de muchas víctimas que se doblegaron ante su ira.

Y sin embargo podía moverse a través de ella, por ese sendero de oscuridad que estaba apenas alumbrado por pequeñas velas instaladas en recipientes color marrón. Ardían con luz mortecina ahogando las penumbras. Los sonidos huecos que producían sus pasos, herían la tranquilidad que reinaba en el lugar, como si ella quisiera robar la atención de todas aquellas almas que buscaban un consuelo en sus oraciones. Su mirada no estaba posada en ningún sitio en particular y aun así se atrevió a penetrar en sus mentes, en ese misterio que todo ser humano oculta en sus pensamientos. Eran como libros abiertos ahora. Observó cómo sujetaban sus ramos de rosas, sus ofrendas al altar principal, algunos de ellos no poseían mucho color ya. Los murmullos que los salmos pronunciados en los labios de aquellos extraños infestaban la catedral, aquí y allá las escenas se repetían. Esos sentimientos de redención y confidencia entre almas mortales y la divinidad que pendía de una cruz eran reales.

Se podía palpar la autenticidad en sus plegarias. Cada ápice al interior era auténtico: Los cuadros remarcados en oro con imágenes profetizadas en los salmos, imágenes y estatuillas a quienes se les rendía tributo, pero ella era solo un artificio, una extraña que estaba intentando comulgar y depositar sus penas. Y es que el Señor es capaz de perdonar hasta al asesino más despiadado. ¿Por qué a ella no? Las enormes velas de cera resplandecían, titilando. Como si el aura de la asesina produjera una ventisca. Se llevó la mano a la frente, para sanar sus pensamientos de lujuria, después al pecho para sanar los anhelos carnales que hubiera tenido, hacia el lado izquierdo y derecho haciendo honor a los brazos de la cruz. Y finalmente a los labios, porque no hay ofensa más terrible que las palabras que se dicen sin pensarlas. No podría haber un cinismo más grande que el suyo, eso era un hecho innegable.

La paz que confortaba a los presentes fue interrumpida cuando los pasos secos de un extraño se aproximaron hasta la parte contraria de la hilera de bancas. Marion susurró una oración en francés y al girar ligeramente su cuerpo, observó el rostro de aquel hombre. Desde que ella arribó no había mostrado una muestra de arrepentimiento, pero al verle ahí algunos recuerdos removieron algo en su frío corazón.

–Mikolaj– susurró.


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Re: Expiación | Privado

Mensaje por Mikolaj Lennox el Mar Mar 20, 2018 9:21 pm

Problemas no tenía, sí complicaciones, pero afortunadamente para él, Mikolaj Lennox había sabido siempre cómo rodearse. Desde niño tenía un don para hacer buenas amistades –estratégicas, como le gustaba denominarlas-, era un experto en leer a las personas y por eso podía tener complicaciones, pero jamás problemas; sus amigos lo cuidaban de eso y él los cuidaba a ellos también.

Elegante como era, Mikolaj se alistó con tiempo para ir al encuentro de una de sus socias en la ciudad capital. Ella lo había citado –suponía que para hablar de negocios-, pero era él quien debía pedirle un favor para que la complicación que tenía no acabase en problema. Se ajustó la camisa satinada, hecha a medida, y se cubrió con el abrigo de piel, el invierno estaba siendo crudo en París.

El trayecto hasta Notre Dame –donde solían encontrarse, pues creían no llamar la atención allí- fue relativamente corto. En el viaje Mikolaj repasó los sucesos recientes y hasta se permitió reír al recordar algunos detalles… ¿Acaso había perdido la cordura? Tal vez. No se arrepentía de lo que había hecho, creía que volvería a matar a su ex socio si ese se le presentaba allí mismo en esos momentos, Martin bien muerto estaba, la complicación sería esconder el cadáver.

Ingresó a Notre Dame sin hacer ninguna reverencia. Había viajado mucho, conocido muchas culturas y diversas formas de adorar a dioses o divinidades. Bajar la vista al entrar en una iglesia no lo hacía ni más ni menos fiel, arrodillarse no lo hacía más devoto pero sí le arrugaba la ropa. A él le daba igual aquello.


-Marion, querida mía –le dijo cuando se le hubo acercado lo suficiente como para no ser oídos por el resto. Ya la llegada tan irreverente del inglés había desatado miradas-. Ven aquí –le pidió, abriendo sus brazos para recibirla con la familiaridad que los unía.

Si que estaba mal, que a la vista de todos una señorita y un hombre se abrazasen. ¿Acaso eso le importaba al descarado Mikolaj? Claro que no. Le acercó su brazo, queriendo que se tomara de él para poder conducirla a uno de los rincones de esa nave de imponente arquitectura. Allí, en el espacio más escondido –casi íntimo- de la iglesia, frente al altar de San José, Mikolaj volvió a hablarle en un tono bajo.


-Marion, no tengo dudas de que me has citado para hablar de cosas de importancia, estimo que tendrá que ver con nuestros aliados en las Américas, pero antes que nada he de confiarte algo, pedirte ayuda en verdad –suspiró y se giró para verla, le sonrió como si acabase de conocerla y quisiera causarle una buena impresión-: He matado a un hombre, a nuestro para nada estimado Martin para ser preciso –hablaba del capitán de uno de los barcos que transportaba para ambos las armas que compraban en Asia-. No sé qué hacer con el cuerpo, estimo que tendrás gente de confianza que pueda hacerlo desaparecer, esa escoria ya nos ha robado lo suficiente, Marion, tampoco es que merezca un funeral. ¿Tienes quién pueda encargarse de esto por algunas monedas de oro?




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