Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

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Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Cornelius Vane el Vie Feb 09, 2018 8:04 pm

"Intentó destruirme
Intenté retenerla
Pero estábamos sentenciados
A quemarnos en la misma hoguera
Con cuánta crudeza nos despreciamos
Con cuánta más nos deseamos."
Cornelius Vane


Se cerraba una jornada redonda en Logroño. Silencio, paz y quietud. El mismo patrón que llevaba algunos años repitiéndose, casi los mismos que llevaba el supuesto Alonso Salazar purgando las calles de adivinas y hechiceras. No más herejes, o si los había, su temor a darse a conocer los estaba condenando a la extinción. Era cosa de tiempo para que no quedara ninguno. Había comenzado como un rumor, esto de que las brujas ya no existían, pero a la fecha la sociedad ya las hacía parte de un pasado poco importante como para recordarlo.

Por el mismo motivo el pueblo se quedaba afuera hasta más tarde y las autoridades, incluso los inquisidores, retornaban de sus labores más temprano. Todos, excepto uno: El usurpador Cornelius Vane. Él se quedaba vigilando atentamente la zona cada noche, haciendo guardia sobre un potro pura raza español, como el más empeñoso de los servidores. La gente lo daba por santo, sin sospechar que tras esa cara angelical un monstruo bramaba de desesperación. El inmortal no recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última sentencia de muerte que había firmado. Encontrar a mujeres inocentes a las cuales culpar era cada vez más difícil. Y aunque se las arreglaba para controlar el síndrome tembloroso que se apoderaba de sus extremidades cada vez que pensaba en hacer pedazos a futuras víctimas, controlar la abstinencia de esa forma lo estaba volviendo loco. Era anti natura que un ser de su especie se reprimiera así.

Estaba a punto de dar la vuelta, resignado a perder otra noche perfectamente vacía, cuando un olor incandescente lo paralizó en un palpitar. Mantuvo los ojos abiertos y fijos. Espero uno, dos segundos, corroborando el mensaje que llegaba a sus narices por si estaba siendo víctima de un espejismo provocado por sus necesidades insatisfechas. No se desvaneció. Ni siquiera se suavizó. Fue entonces cuando Cornelius cerró los ojos y se concentró, inhalando otra vez.

Había algo. ¿Podía ser…? Ah, el patrón de la sangre llegó fuerte y claro a sus sentidos. Eso y un terror contaminándola. Encontró algo más. Creyó escuchar, manando de un griterío retornado, un gemido de éxtasis. Una mezcla imposible de pánico y placer coexistiendo como unidad. Cornelius se pasó las manos lentamente por el rostro, tratando de capturar esa esencia suspendida. Ya era suya.

El galope lo llevó al origen de la esencia, a verla a la distancia. Era para no creer: Una bruja masacrando a cuatro hombres en pleno Logroño. Cornelius quedó tieso, contemplándola ensimismado y con la mirada inflamada, porque la respiración agitada de ella le revolvía el cabello, el pecho y la lava de sus ojos. Estaba exhibiendo con descaro sus prohibidos poderes, la muy insolente. Amenazaba a esos hombres sin descanso, haciéndolos sentir como los insectos que eran.

De una manera horrorosa los manipulaba, conminándolos a practicarse felaciones mutuamente y tragar su propia sangre. Pero Cornelius, cuya adrenalina también se incrementaba convulsivamente, no apartó la vista. Y no tuvo remordimiento alguno. Bajó de su caballo y se fue aproximando a paso lento. Vio con claridad que Alfonso Salazar desaparecería si no se hacía con esa quimera, que lo asesinaría por segunda vez si se interponía entre su perdición y él. Quería grabar su lengua de serpiente sobre aquella hembra indómita, para que su huella estuviera presente en las fechorías que mañana cometería. Le era imperioso desentrañarla, remover sus secretos de la clandestinidad y en lo sucesivo duplicar las sombras de las cuales se alimentaría.

¡Ah, la obscenidad de los gritos de esos humanos lo estaba hartando! Escorias. Ni para morir servían. Y entonces el vampiro, en un parpadeo, los decapitó con desprecio, apretando los dientes en el acto. Porque estaba atrapado en el frenesí de la matanza, porque ella también era una asesina, porque reconocía en aquella oscura mirada a una bestia insaciable. Podía verlo: esa bruja era el demonio reencarnado.

Se miraron. Los dos jadeaban, sibilantes, anhelantes, con los ojos ígneos de anhelo.



A esa mujer que llaman piedad hay que violarla sin parar:


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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Tsetsé Verte el Mar Feb 13, 2018 8:57 am

Podían considerarla ambiciosa o arrogante, pero Ametz Erkoreka no había huido de su restrictiva población para dejarse someter en Logroño. Y menos, por meros mundanos que más se asimilaban a orangutanes que personas. El más alto de los tres, ni si quiera había tenido oportunidad de rozarle la mejilla. Sus degeneradas intenciones se habían vuelto encontrar de ellos. Humillados, se vieron sometidos a actos de degradación por la brujería de la jovencita. Y mientras lo hacía, la titiritera, se sentó sobre una roca con la sonrisa dibujada en los labios. Aquel, hasta la fecha, era el mayor espectáculo que se había dado. Famélica, se preguntó si sería capaz de llevarlo hasta el final, si los terminaría, los extinguiría de la tierra. La detonante afirmación hizo temblar sus huesos con anticipación. No era simplemente que lo deseara, sino que lo necesitaba, necesitaba matarlos como los gusanos que eran. Proyectó sus intenciones sobre aquel que se inclinaba ante la entrepierna del otro y de un movimiento brusco, le hizo cerrar los dientes. Con fuerza.

La encantadora risilla de la bruja se mezcló con el alarido de horror. Pero apenas pasaron dos segundos que Ametz se silenció al instante. La sangre salpicó su mejilla, sangre que ella no provocó. Los hombres, se vieron callados eternamente, por otro hombre… Se levantó al instante, confundida ante la súbita aparición del extraño. Fascinada por la rapidez con la que había terminado con los tres de golpe e iracunda por que le había arrebatado las vidas que ella pretendía tomar, las primeras que se habría cobrado.

Ametz, contempló su porte erguida, elegante y distinguida, la de un noble o un rey, algo que prendió todavía más su curiosidad, algo con lo que se vio reflejada pero que no hizo que su rabia menguara.

Acércate ─siseó.

No solo lo dijo, sino que lo proyecto a modo de dominación, ejerciendo su brujería para obligarlo a caminar hacia ella. Sin embargo, el desconocido no se movió. ¿Por qué no funcionaba con él? Aquel fenómeno le hizo reparar en algo en lo que no se había percatado debido a la confusión del momento; su aura. Era distinta, a todas aquellas que había percibido a lo largo de sus 22 años de edad, no se parecía a la de una bruja, tampoco a la de un humano. Si bien reflejaba emociones, un toque distintivo la diferenciaba del resto, la realzaba, imponente. Ametz ladeo el rostro, tratando de comprender.

¿Quién te dio permiso para terminar con la vida de estos hombres? ¿Es que acaso deseas ocupar su lugar? Todavía es pronto y me quedé con la miel en los labios. Resulta un tanto frustrante, que me hayáis arrebatado de mi pasatiempos.

Precavida, todavía no desdobló su barreara, pero se mantuvo alerta a pesar de no sentirse amenazada de ese modo. Algo le decía que el extraño tenía más que ofrecer y la espeluznante rapidez con la que había decapitado a aquellos mendrugos le advirtió de que podría hacer lo mismo con ella. Ametz se aproximó, limpiando la sangre de su pómulo con los dedos.

Incluso me has manchado, qué escasa tu galantería. Deberías de hacer desaparecer las manchas, para mostrar algo de cortesía, ¿no crees? ─. Le ofreció sus dedos, salpicados en carmesí─. Límpiame.




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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Cornelius Vane el Mar Feb 13, 2018 1:31 pm

"Acércate"

¿Y por qué no lo conminaba a ser su esclavo, como lo había hecho con esos fiambres? Porque no podía compararlo con esos cerdos. El vampiro se sintió halagado por el intento. Era decidida. De haber existido la posibilidad de controlarlo, él hubiera sucumbido. Le encantaban los luchadores que daban batallas perdidas.

Disculpad mi imperdonable falta de modales. No era mi intención dirigiros ni media palabra. — expresó con sarcástico encanto  — Si me permitís reparar el daño.

Fingiendo obediencia, Cornelius se fue acercando con la vista fija en su objetivo, que iba mucho más de tocar esos dedos. De pronto fue lógico que su mano jalara la de ella y que anulara la distancia que sobraba entre los dos. Contra su pecho la sujetó firmemente, porque no la dejaría escapar. Que le diera los cadáveres a los cuervos; él buscaba algo más tentador. Saboreando su éxito, la vio con satisfacción y le hizo saber que sería mejor para ella que no luchara.

Quieta — le susurró, aferrado a su cuerpo.

Estaban ahí, en contacto, gustase o no. Con una sensación eléctrica, tensa y exquisita. Los ojos de Cornelius, dilatados como los de un noctámbulo felino, se sumergían en los de la bruja, del modo en que se descifran los secretos, abriendo puertas y ventanas. En el proceso, presentía que ella quería lastimarlo gravemente. Interesado, Cornelius subió hasta su rostro con una de sus manos, alargando el camino. Llegó a sus pensamientos a través de la telepatía y ahí se deleitó. Los gritos, las maldiciones y el jardín de cadáveres. De no haber olido su aroma mortal, no hubiera creído que se trataba de una humana, aunque de su humanidad quedara la coraza y nada más.

Puedo olerte. Oigo tu canto de réquiem. Siento tu ira. ¿Qué más me guardas? No seas tímida. No sólo quieras matarte y mátame. — desafió a la mujer, buscando incrementar su cólera. Acabó por encontrar su nombre, desvaneciendo la telepatía.

Él quería la sangre hirviendo, al punto perfecto entre la lujuria y el sadismo, con ese sabor a muerte y a lágrimas caídas. El ardor que levantaba su garganta necrótica y que le hacía cobrar vida propia sólo para pedir más. Su aroma se volvía más intenso; podía saborear con la lengua el gusto de su insania. Él deseaba la sangre de esa mujer, esa que corría furiosa en sus arterias turgentes.

¿Qué pasa? ¿Temes que vuelva a mancharte? — dijo mostrando sus colmillos en una sonrisa demencial — No, Ametz. Voy a hacer mucho más que ensuciarte.



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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Tsetsé Verte el Jue Feb 15, 2018 1:09 pm

¿Quién era aquel, que con el rostro de un adolescente la contemplaba y con la boca del diablo le susurraba? El osado, se atrevió a tironear de su mano y enjaularla. La bruja se convulso, indignada, tratando de alejarlo. Sin aliento cuando el ajeno rozó su rostro, llamando el bombeo de su corazón, arrebatando sus instintos, tomando su mundo entero. Ametz frunció el ceño ante la chispa que ígneo las pupilas del extraño.

“Quieta”, le susurró la serpiente del diablo y por un instante, tuvo la perturbadora necesidad de detener su movimiento. Aquello no hizo sino incendiar su furia, que de forma imposible, fue alentada por el desconocido. ¿Se burlaba de ella? “Mátame” Lo haría, su sed de sangre todavía se encontraba avivada y ni si quiera había podido satisfacerla. Con la mano derecha sobre su cintura desenfundó un pequeño cuchillo plateado. Nulos eran sus conocimientos de combate, pero ¿qué mal podría hacer unas cuantas puñaladas ? Hundió el arma en su vientre y la sensación la dejó sin aire. Pero no fue su acción lo que la inquietó, sino las últimas palabras dedicadas hacia ella. La había llamado por su nombre, pero cierto era que no la conocía. Y no solo eso consiguió asustarla incluso, sino sus colmillos, largos y afilados como los de un animal salvaje.

Dejó de respirar un momento.

La curiosidad a pesar de todo, no la venció, la zozobra sin embargo, lo hizo. Retorció el mango con la única intención de terminar con aquel perturbador episodio y trató de separarse, dándolo por finalizado. Pero, ¡ah!, el tipo acolmillado no parecía querer soltarla. Qué curioso que continuara allí de pie, como un caballero cuando lo acababa de apuñalar. Ametz miró su mano manchada de sangre, de la sangre del hombre y alzó el rostro, estudiando su expresión. De algún modo, la resolución acudió en su búsqueda:

El Diablo… ─murmuró, confundiéndolo por el Rey del Averno. ¿Qué otra explicación podía tener que continuase allí? De pie, aferrándola, sin ápice alguno de dolor o sufrimiento mientras la sangre resbalaba por su abdomen ─.¿Habéis venido a llevaros mi alma? Os advertiré de que es ácida, no apta para el paladar de un monarca.

Trastocada, retiró el cuchillo a la espera de crear algún tipo de reacción física en aquel demonio. Tan solo necesitaba alejarse, retirar el contacto con él y desplegar su escudo para que no se volviera a acercar. Aunque si se trataba del Soberano del Infierno, dudaba que su barreara sirviera de algo.

Me halaga que hayáis escogido mi alma entre tantas para llevaros, sin embargo, existe un pequeño problema─. Alzó el cuchillo─. No estoy dispuesta a regalárosla.

Y lo hizo descender.





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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Cornelius Vane Hoy a las 6:32 am

El cuchillo fue a estrellarse contra su vientre. Cornelius bajó la mirada y suspiró con resignación, como un niño taimado.

Es una pena. Era una tela exquisita. — dijo antes de volver la vista a la bruja. La agresión no había inquietado su continua tranquilidad. — Tienes una manera muy interesante de decirme que me quieres sin ropa.

Un capricho se tragaba al otro. Helo ahí, que se relamía por el siguiente golpe. Y fue como si parte de su sangre hubiera estado alimentando, desde su conversión, una entraña que él mismo ignorase guarecer dentro, y que esa entraña hubiera crecido así, a escondidas, al margen y a la par de su no-muerte. Comprendía que, sin haber tenido conciencia, había esperado, había anhelado furiosamente ese momento en que ella lo llamara Diablo, en que estuviese dispuesta a combatirle.

Sentía que las emociones de la bruja entre sus brazos incrementaban su fuerza. No estando dispuesto a perder esa apetitosa energía, se propuso hacerla crecer aún más.

Oh, Ametz, tal vez tú no tengas alma. Deben tener alma los que la sienten dentro de sí bullir y protestar, repercutiendo todo lo que haces y también lo que no haces, pero la humanidad es más diversa de lo que crees. Puede que no todos estemos llamados al remordimiento, a vivir con barreras morales que nos rijan entre el bien y el mal. Y es posible, o incluso puedo jurarte, que después de la muerte seguimos todos caminos distintos. — enfatizó, encarcelando la mirada ajena con la suya — Hagamos la prueba.

En un ágil movimiento, Cornelius llevó a la mujer de estómago al suelo, justo sobre los cuerpos inertes. Él se puso encima de ella, ubicándose detrás de su cuello. Le rozaba las orejas, pero él quería llegar más lejos.

Míralos. A estos cerdos hiciste chillar. Además de afónicos, hubieran muerto impotentes si yo no los hubiera decapitado. Eso me hace más piadoso que tú; no habías terminado ni a la mitad de tu ritual. Querías más. Tanto más. — susurraba a la joven, envolviéndose en su aroma — Pero eres inexperta; la inquisición te hubiera atrapado. Ese ímpetu que tienes se hubiera difuminado. Yo puedo encaminarlo y potenciarlo, si no te opones. Te volvería invencible. Y yo sé que no me lo impedirás, porque tienes tanta alma como yo: ninguna.

La voz de Cornelius salió ronca al final. Lo había visto. Él y ella, los dos juntos pisando cadáveres. Dos engendros al margen del orden, al margen de la misericordia, tendiéndose las manos las manos ensangrentadas y gimiendo, vislumbrando las vidas tomadas. Dos perdidos. Y como los perdidos se consuelan entre ellos, más temprano que tarde, ellos dos… que Dios amparase Logroño.



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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

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