Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

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Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Cornelius Vane el Vie Feb 09, 2018 8:04 pm

"Intentó destruirme
Intenté retenerla
Pero estábamos sentenciados
A quemarnos en la misma hoguera
Con cuánta crudeza nos despreciamos
Con cuánta más nos deseamos."
Cornelius Vane


Se cerraba una jornada redonda en Logroño. Silencio, paz y quietud. El mismo patrón que llevaba algunos años repitiéndose, casi los mismos que llevaba el supuesto Alonso Salazar purgando las calles de adivinas y hechiceras. No más herejes, o si los había, su temor a darse a conocer los estaba condenando a la extinción. Era cosa de tiempo para que no quedara ninguno. Había comenzado como un rumor, esto de que las brujas ya no existían, pero a la fecha la sociedad ya las hacía parte de un pasado poco importante como para recordarlo.

Por el mismo motivo el pueblo se quedaba afuera hasta más tarde y las autoridades, incluso los inquisidores, retornaban de sus labores más temprano. Todos, excepto uno: El usurpador Cornelius Vane. Él se quedaba vigilando atentamente la zona cada noche, haciendo guardia sobre un potro pura raza español, como el más empeñoso de los servidores. La gente lo daba por santo, sin sospechar que tras esa cara angelical un monstruo bramaba de desesperación. El inmortal no recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última sentencia de muerte que había firmado. Encontrar a mujeres inocentes a las cuales culpar era cada vez más difícil. Y aunque se las arreglaba para controlar el síndrome tembloroso que se apoderaba de sus extremidades cada vez que pensaba en hacer pedazos a futuras víctimas, controlar la abstinencia de esa forma lo estaba volviendo loco. Era anti natura que un ser de su especie se reprimiera así.

Estaba a punto de dar la vuelta, resignado a perder otra noche perfectamente vacía, cuando un olor incandescente lo paralizó en un palpitar. Mantuvo los ojos abiertos y fijos. Espero uno, dos segundos, corroborando el mensaje que llegaba a sus narices por si estaba siendo víctima de un espejismo provocado por sus necesidades insatisfechas. No se desvaneció. Ni siquiera se suavizó. Fue entonces cuando Cornelius cerró los ojos y se concentró, inhalando otra vez.

Había algo. ¿Podía ser…? Ah, el patrón de la sangre llegó fuerte y claro a sus sentidos. Eso y un terror contaminándola. Encontró algo más. Creyó escuchar, manando de un griterío retornado, un gemido de éxtasis. Una mezcla imposible de pánico y placer coexistiendo como unidad. Cornelius se pasó las manos lentamente por el rostro, tratando de capturar esa esencia suspendida. Ya era suya.

El galope lo llevó al origen de la esencia, a verla a la distancia. Era para no creer: Una bruja masacrando a cuatro hombres en pleno Logroño. Cornelius quedó tieso, contemplándola ensimismado y con la mirada inflamada, porque la respiración agitada de ella le revolvía el cabello, el pecho y la lava de sus ojos. Estaba exhibiendo con descaro sus prohibidos poderes, la muy insolente. Amenazaba a esos hombres sin descanso, haciéndolos sentir como los insectos que eran.

De una manera horrorosa los manipulaba, conminándolos a practicarse felaciones mutuamente y tragar su propia sangre. Pero Cornelius, cuya adrenalina también se incrementaba convulsivamente, no apartó la vista. Y no tuvo remordimiento alguno. Bajó de su caballo y se fue aproximando a paso lento. Vio con claridad que Alfonso Salazar desaparecería si no se hacía con esa quimera, que lo asesinaría por segunda vez si se interponía entre su perdición y él. Quería grabar su lengua de serpiente sobre aquella hembra indómita, para que su huella estuviera presente en las fechorías que mañana cometería. Le era imperioso desentrañarla, remover sus secretos de la clandestinidad y en lo sucesivo duplicar las sombras de las cuales se alimentaría.

¡Ah, la obscenidad de los gritos de esos humanos lo estaba hartando! Escorias. Ni para morir servían. Y entonces el vampiro, en un parpadeo, los decapitó con desprecio, apretando los dientes en el acto. Porque estaba atrapado en el frenesí de la matanza, porque ella también era una asesina, porque reconocía en aquella oscura mirada a una bestia insaciable. Podía verlo: esa bruja era el demonio reencarnado.

Se miraron. Los dos jadeaban, sibilantes, anhelantes, con los ojos ígneos de anhelo.



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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Tsetsé Verte el Mar Feb 13, 2018 8:57 am

Podían considerarla ambiciosa o arrogante, pero Ametz Erkoreka no había huido de su restrictiva población para dejarse someter en Logroño. Y menos, por meros mundanos que más se asimilaban a orangutanes que personas. El más alto de los tres, ni si quiera había tenido oportunidad de rozarle la mejilla. Sus degeneradas intenciones se habían vuelto encontrar de ellos. Humillados, se vieron sometidos a actos de degradación por la brujería de la jovencita. Y mientras lo hacía, la titiritera, se sentó sobre una roca con la sonrisa dibujada en los labios. Aquel, hasta la fecha, era el mayor espectáculo que se había dado. Famélica, se preguntó si sería capaz de llevarlo hasta el final, si los terminaría, los extinguiría de la tierra. La detonante afirmación hizo temblar sus huesos con anticipación. No era simplemente que lo deseara, sino que lo necesitaba, necesitaba matarlos como los gusanos que eran. Proyectó sus intenciones sobre aquel que se inclinaba ante la entrepierna del otro y de un movimiento brusco, le hizo cerrar los dientes. Con fuerza.

La encantadora risilla de la bruja se mezcló con el alarido de horror. Pero apenas pasaron dos segundos que Ametz se silenció al instante. La sangre salpicó su mejilla, sangre que ella no provocó. Los hombres, se vieron callados eternamente, por otro hombre… Se levantó al instante, confundida ante la súbita aparición del extraño. Fascinada por la rapidez con la que había terminado con los tres de golpe e iracunda por que le había arrebatado las vidas que ella pretendía tomar, las primeras que se habría cobrado.

Ametz, contempló su porte erguida, elegante y distinguida, la de un noble o un rey, algo que prendió todavía más su curiosidad, algo con lo que se vio reflejada pero que no hizo que su rabia menguara.

Acércate ─siseó.

No solo lo dijo, sino que lo proyecto a modo de dominación, ejerciendo su brujería para obligarlo a caminar hacia ella. Sin embargo, el desconocido no se movió. ¿Por qué no funcionaba con él? Aquel fenómeno le hizo reparar en algo en lo que no se había percatado debido a la confusión del momento; su aura. Era distinta, a todas aquellas que había percibido a lo largo de sus 22 años de edad, no se parecía a la de una bruja, tampoco a la de un humano. Si bien reflejaba emociones, un toque distintivo la diferenciaba del resto, la realzaba, imponente. Ametz ladeo el rostro, tratando de comprender.

¿Quién te dio permiso para terminar con la vida de estos hombres? ¿Es que acaso deseas ocupar su lugar? Todavía es pronto y me quedé con la miel en los labios. Resulta un tanto frustrante, que me hayáis arrebatado de mi pasatiempos.

Precavida, todavía no desdobló su barreara, pero se mantuvo alerta a pesar de no sentirse amenazada de ese modo. Algo le decía que el extraño tenía más que ofrecer y la espeluznante rapidez con la que había decapitado a aquellos mendrugos le advirtió de que podría hacer lo mismo con ella. Ametz se aproximó, limpiando la sangre de su pómulo con los dedos.

Incluso me has manchado, qué escasa tu galantería. Deberías de hacer desaparecer las manchas, para mostrar algo de cortesía, ¿no crees? ─. Le ofreció sus dedos, salpicados en carmesí─. Límpiame.




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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Cornelius Vane el Mar Feb 13, 2018 1:31 pm

"Acércate"

¿Y por qué no lo conminaba a ser su esclavo, como lo había hecho con esos fiambres? Porque no podía compararlo con esos cerdos. El vampiro se sintió halagado por el intento. Era decidida. De haber existido la posibilidad de controlarlo, él hubiera sucumbido. Le encantaban los luchadores que daban batallas perdidas.

Disculpad mi imperdonable falta de modales. No era mi intención dirigiros ni media palabra. — expresó con sarcástico encanto  — Si me permitís reparar el daño.

Fingiendo obediencia, Cornelius se fue acercando con la vista fija en su objetivo, que iba mucho más de tocar esos dedos. De pronto fue lógico que su mano jalara la de ella y que anulara la distancia que sobraba entre los dos. Contra su pecho la sujetó firmemente, porque no la dejaría escapar. Que le diera los cadáveres a los cuervos; él buscaba algo más tentador. Saboreando su éxito, la vio con satisfacción y le hizo saber que sería mejor para ella que no luchara.

Quieta — le susurró, aferrado a su cuerpo.

Estaban ahí, en contacto, gustase o no. Con una sensación eléctrica, tensa y exquisita. Los ojos de Cornelius, dilatados como los de un noctámbulo felino, se sumergían en los de la bruja, del modo en que se descifran los secretos, abriendo puertas y ventanas. En el proceso, presentía que ella quería lastimarlo gravemente. Interesado, Cornelius subió hasta su rostro con una de sus manos, alargando el camino. Llegó a sus pensamientos a través de la telepatía y ahí se deleitó. Los gritos, las maldiciones y el jardín de cadáveres. De no haber olido su aroma mortal, no hubiera creído que se trataba de una humana, aunque de su humanidad quedara la coraza y nada más.

Puedo olerte. Oigo tu canto de réquiem. Siento tu ira. ¿Qué más me guardas? No seas tímida. No sólo quieras matarte y mátame. — desafió a la mujer, buscando incrementar su cólera. Acabó por encontrar su nombre, desvaneciendo la telepatía.

Él quería la sangre hirviendo, al punto perfecto entre la lujuria y el sadismo, con ese sabor a muerte y a lágrimas caídas. El ardor que levantaba su garganta necrótica y que le hacía cobrar vida propia sólo para pedir más. Su aroma se volvía más intenso; podía saborear con la lengua el gusto de su insania. Él deseaba la sangre de esa mujer, esa que corría furiosa en sus arterias turgentes.

¿Qué pasa? ¿Temes que vuelva a mancharte? — dijo mostrando sus colmillos en una sonrisa demencial — No, Ametz. Voy a hacer mucho más que ensuciarte.



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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Tsetsé Verte el Jue Feb 15, 2018 1:09 pm

¿Quién era aquel, que con el rostro de un adolescente la contemplaba y con la boca del diablo le susurraba? El osado, se atrevió a tironear de su mano y enjaularla. La bruja se convulso, indignada, tratando de alejarlo. Sin aliento cuando el ajeno rozó su rostro, llamando el bombeo de su corazón, arrebatando sus instintos, tomando su mundo entero. Ametz frunció el ceño ante la chispa que ígneo las pupilas del extraño.

“Quieta”, le susurró la serpiente del diablo y por un instante, tuvo la perturbadora necesidad de detener su movimiento. Aquello no hizo sino incendiar su furia, que de forma imposible, fue alentada por el desconocido. ¿Se burlaba de ella? “Mátame” Lo haría, su sed de sangre todavía se encontraba avivada y ni si quiera había podido satisfacerla. Con la mano derecha sobre su cintura desenfundó un pequeño cuchillo plateado. Nulos eran sus conocimientos de combate, pero ¿qué mal podría hacer unas cuantas puñaladas ? Hundió el arma en su vientre y la sensación la dejó sin aire. Pero no fue su acción lo que la inquietó, sino las últimas palabras dedicadas hacia ella. La había llamado por su nombre, pero cierto era que no la conocía. Y no solo eso consiguió asustarla incluso, sino sus colmillos, largos y afilados como los de un animal salvaje.

Dejó de respirar un momento.

La curiosidad a pesar de todo, no la venció, la zozobra sin embargo, lo hizo. Retorció el mango con la única intención de terminar con aquel perturbador episodio y trató de separarse, dándolo por finalizado. Pero, ¡ah!, el tipo acolmillado no parecía querer soltarla. Qué curioso que continuara allí de pie, como un caballero cuando lo acababa de apuñalar. Ametz miró su mano manchada de sangre, de la sangre del hombre y alzó el rostro, estudiando su expresión. De algún modo, la resolución acudió en su búsqueda:

El Diablo… ─murmuró, confundiéndolo por el Rey del Averno. ¿Qué otra explicación podía tener que continuase allí? De pie, aferrándola, sin ápice alguno de dolor o sufrimiento mientras la sangre resbalaba por su abdomen ─.¿Habéis venido a llevaros mi alma? Os advertiré de que es ácida, no apta para el paladar de un monarca.

Trastocada, retiró el cuchillo a la espera de crear algún tipo de reacción física en aquel demonio. Tan solo necesitaba alejarse, retirar el contacto con él y desplegar su escudo para que no se volviera a acercar. Aunque si se trataba del Soberano del Infierno, dudaba que su barreara sirviera de algo.

Me halaga que hayáis escogido mi alma entre tantas para llevaros, sin embargo, existe un pequeño problema─. Alzó el cuchillo─. No estoy dispuesta a regalárosla.

Y lo hizo descender.





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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Cornelius Vane el Dom Feb 18, 2018 6:32 am

El cuchillo fue a estrellarse contra su vientre. Cornelius bajó la mirada y suspiró con resignación, como un niño taimado.

Es una pena. Era una tela exquisita. — dijo antes de volver la vista a la bruja. La agresión no había inquietado su continua tranquilidad. — Tienes una manera muy interesante de decirme que me quieres sin ropa.

Un capricho se tragaba al otro. Helo ahí, que se relamía por el siguiente golpe. Y fue como si parte de su sangre hubiera estado alimentando, desde su conversión, una entraña que él mismo ignorase guarecer dentro, y que esa entraña hubiera crecido así, a escondidas, al margen y a la par de su no-muerte. Comprendía que, sin haber tenido conciencia, había esperado, había anhelado furiosamente ese momento en que ella lo llamara Diablo, en que estuviese dispuesta a combatirle.

Sentía que las emociones de la bruja entre sus brazos incrementaban su fuerza. No estando dispuesto a perder esa apetitosa energía, se propuso hacerla crecer aún más.

Oh, Ametz, tal vez tú no tengas alma. Deben tener alma los que la sienten dentro de sí bullir y protestar, repercutiendo todo lo que haces y también lo que no haces, pero la humanidad es más diversa de lo que crees. Puede que no todos estemos llamados al remordimiento, a vivir con barreras morales que nos rijan entre el bien y el mal. Y es posible, o incluso puedo jurarte, que después de la muerte seguimos todos caminos distintos. — enfatizó, encarcelando la mirada ajena con la suya — Hagamos la prueba.

En un ágil movimiento, Cornelius llevó a la mujer de estómago al suelo, justo sobre los cuerpos inertes. Él se puso encima de ella, ubicándose detrás de su cuello. Le rozaba las orejas, pero él quería llegar más lejos.

Míralos. A estos cerdos hiciste chillar. Además de afónicos, hubieran muerto impotentes si yo no los hubiera decapitado. Eso me hace más piadoso que tú; no habías terminado ni a la mitad de tu ritual. Querías más. Tanto más. — susurraba a la joven, envolviéndose en su aroma — Pero eres inexperta; la inquisición te hubiera atrapado. Ese ímpetu que tienes se hubiera difuminado. Yo puedo encaminarlo y potenciarlo, si no te opones. Te volvería invencible. Y yo sé que no me lo impedirás, porque tienes tanta alma como yo: ninguna.

La voz de Cornelius salió ronca al final. Lo había visto. Él y ella, los dos juntos pisando cadáveres. Dos engendros al margen del orden, al margen de la misericordia, tendiéndose las manos las manos ensangrentadas y gimiendo, vislumbrando las vidas tomadas. Dos perdidos. Y como los perdidos se consuelan entre ellos, más temprano que tarde, ellos dos… que Dios amparase Logroño.



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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Tsetsé Verte el Jue Feb 22, 2018 4:05 pm

Si incluso se atrevió a hacer un chiste. La bruja paseó la mirada del filo de su daga a los ropajes empapados del extraño. Sin duda, le había atravesado y aun así, se mantuvo impasible, como si tan solo lo hubiese abofeteado con suavidad. Ametz, tragó saliva, aquello se encontraba lejos de su entendimiento. Ahí estaba, repitiendo su nombre de nuevo, como si la conociera, como si supiera quién era; quién era de verdad.

La bruja bajo el arma y retrocedió un paso, intentando comprender por todos los medios que demonios estaba sucediendo. Pero por vez consecutiva, ninguna respuesta la acechó, salvo estar hablando con el Rey del Averno. El Rey del Averno, que no se equivocaba al insinuar que tal vez no tuviera alma que poder recolectar. Era cierto, Ametz no recordaba la última vez que sintió remordimiento por sus acciones. Hasta donde llegaban sus recuerdos, siempre había deseado más, y sí, quería más. Se apoderó de ella, osando someterla contra la tierra, donde la suciedad reinaba y se unificaba con la propia. Sus dedos toparon con el plasma carmesí que humedecía las briznas de hierba. A la bruja le gustaba mancharse, pero bajo sus propios términos. Qué la obligaran a hacerlo, sin embargo, no era uno de sus pasatiempos favoritos. Muy a su pesar, había algo en la voz del Diablo que se le antojó intoxicante, embriagador hasta el punto de cerrar los ojos tan solo para atender a tan mórbidas palabras, consiguiendo erizar los cabellos de su nuca. Sonrió torcida, macabra, relamiéndose en expectativas.

Instruirme, ya veo…Comprendo incluso, pequé de impulsiva, de escasa premeditación…Qué vengan, hubiese deseado decirte, qué vengan todos ellos, la Inquisición al completa, me gustaría desmbrembarlos uno a uno, lentamente, con ternura…Pero en lo cierto estás, estoy siendo incauta ─sus ojos vidriosos, rezumbando en deseo, se posaron sobre el rostro de aquellos que se habían visto aniquilados. La expresión grotesca del difunto, no le proporcionó más que satisfacción─. Un pacto con el Diablo, se me antoja apetitoso, pero dime, algo querrás a cambio, ¿no es así? O simplemente eres un buen samaritano que al moribundo ayuda. Clarifica que deseas y quizás, tendremos un trato.

De haber sido otro que osaba sujetarla contra el suelo, habría mordido arañado y condenado con tan solo el roce, pero el mínimo de resistencia que ofreció consiguió indignarla a si misma. La hechizaba, estaba embaucándola con sus palabras semejantes, reflejadas en sus más oscuros anhelos.

Aceptaré tan pronto como me digas tu condición y algo más…─giró el rostro, clavando las pupilas en las ajenas─. Puedo observar, que tu ímpetu por el sometimiento es tan puro como el mío, sin embargo…Te lo ruego, no te confundas, si mi mentor pretendes ser, aprende más pronto que tarde, que a un nivel inferior que el tuyo no me encontraré. Seremos iguales o por el contrario, tan solo tu rostro se presentará bajo la suela de mi zapato. Pero no se te vuelva a ocurrir tratar de encadenarme.

Expuestas las palabras, desplegó la barrera, su segunda capa de piel que alejó el agarre del hombre al menos por un tiempo, protegiéndola de toda amenaza. Ametz se puso en pie, aproximándose hasta que apenas la fina capa de defensa los separó.

¿He sido clara?





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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Cornelius Vane el Lun Feb 26, 2018 9:47 am

¿Alguna vez alguien había visto las olas del mar y pensado que se verían mejor contenidas? Por supuesto que no. Tremendo desatino. Cornelius estaba muy lejos de pretender encadenar a Ametz; muy por el contrario, él la quería completamente desatada. Así como era y un poco más. Bastante más. Podía tener el rostro a ras de suelo, la vida en duda, el cuerpo apresado, pero ahí estaba, altiva, como si ella lo tuviera prisionero a él. No; a Logroño entero.

Por eso no le costó dejarla ir, que se irguiera como una soberana. Hasta lo hacía sonreír a medio filo. Cornelius no era orgulloso; sabía apreciar cuando se topaba con algo valioso, sin sentirse menos por ello. De haber sido al menos un siglo más joven, hubiera cometido el error de forzarla a hacer su voluntad, como si fuera una esclava. Qué fácil y rápido se hubiera difuminado su interés. Prefería alimentar ese fuego y que se consumieran los dos en sus ambiciones. Lambucero, pero no incauto. No podía confiarse en el fuego.

¿Por qué tendría que condicionarte, si quieres lo mismo que yo? Nos estaría fastidiando a ambos. La ruina y el tormento te producen un insano placer animal, una especie de plenitud indescriptible. Cada vez que te vuelvo a mirar, lo veo más nítido. Quizás todavía no lo dimensionas, pero quiero que lo hagas, que compartas conmigo la lluvia de sangre. Que nos empapemos y deleitemos en el exterminio de esta pocilga, porque sí, podemos hacerlo. No es imposible. — dijo con la convicción de un conquistador, tomando de pronto las manos de Ametz entre las suyas — Con esto puedes cosechar una región entera. Por eso no puedo dejarte fallar. Serías una bruja más en la horca, cuya carne alimentaría a los perros. No quedaría nada de ti. Es preciso que te instruyas. No conseguirás eso de nadie más que de mí: Gaspar de Molino.

Dio un nombre falso, ocultando así la manera en que era conocido por esos lugares. Alfonso Salazar era un inquisidor temido y respetado, una figura pública. Gaspar de Molino, en cambio, era un misterio. Así era mejor. Lo iría construyendo a medida que la situación lo requiriera.

Dejó ir las manos de la mujer tomándose su tiempo. Su rostro, ahora, era extremadamente bondadoso.

Tienes razón. Mi motivación es más bien vaga, pero no disfrazaré un deseo puro como el mío con explicaciones ridículas tratando de parecer racional. Algo de lo que no nos podemos jactar. ¿Crees que no entiendo lo que está detrás de esa manía por ordenarlo todo? Una tregua para que la humanidad no se autoaniquile. Como si fuese la gran cosa. Piénsalo, Ametz. Tú no lo necesitas. A ninguno de nosotros interesa salvar este asqueroso lugar.

Sintiendo que estaba todo dicho, el vampiro dio un par de pasos hacia atrás antes de voltearse y empezar a caminar lejos de la mujer. Ya estaba a unos dos o tres metros cuando la volteó a ver y le habló como advirtiéndole:

Ya conoces mis términos. Puedes venir, si quieres. No detrás de mí, sino a mi lado. Si quisiera una mascota, me conformaría con un canario.



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Re: Los Verdugos de Logroño [Privado] Flashback

Mensaje por Tsetsé Verte el Jue Mar 01, 2018 2:59 pm

Gaspar de Molino, tan persuasivo, tan embaucador que consiguió seducirla hasta el punto en que Ametz retiró la barrera que la protegía, tan solo para sentir su proximidad más íntima. Las palabras del desconocido acrecentaron su interés, algo que hasta el momento nadie había conseguido; hacerla escuchar. La tomó de las manos y su tacto se le antojó tan gélido que no supo diferenciar el frío del calor. No hablaba como los bárbaros de Zugarramurdi, como los catetos y almendrucos de su aldea. Gaspar era distinto, tenía el don del habla y lo estaba demostrando, puesto que la estaba convenciendo. Con la daga de vuelta en su cinturón y las manos manchadas de su sangre, Ametz se permitió ladear una sinuosa sonrisa.

Así que…ves tu reflejo en mí… ¿Es eso lo que estás tratando de decir? Resulta chistoso, porque hasta el momento no encontré persona alguna que se asemejase a mis intereses. Soy un monstruo y monstruo moriré, qué desgracia para este planeta que haya dos como yo y, qué deleite para ambos.

La bruja había venido en busca de algo que jamás admitiría en alto, comprensión y complicidad; brujas de su calaña que no ocultaran su naturaleza, sus instintos, su poder, aquello que evidenciaba su superioridad en cuanto al resto de la raza humana. Sin embargo, puede que lo hubiese hallado en Gaspar de una forma distinta. Vio en él el entendimiento que tanto anhelaba y es que, por mucho que le hubiese apasionado no tener aquella necesidad, Ametz siempre había deseado un cómplice.

Alzó una mano, tintada de rojo y posó el pulgar sobre la frente del hombre. Trazó una línea, de lado a lado de su frente, dejando un rastro tras de sí. Después, con la sangre restante, dibujó otra línea, recta esta vez, siguiendo un camino que bajaba perezoso por su nariz, pasando la mitad de sus labios y culminando su barbilla. Lo bautizó así, con su propio plasma carmesí.

Así nos veremos, sucios los dos, arruinando a todo aquel que ose provocarnos. Te acompañaré entonces, dejaré que me instruyas, escucharé y aprenderé…

Y puede que en ocasiones la bruja resultara orgullosa, pero no era necia y sabía, que mucho tenía que educarse si quería prevalecer entre las llamas del infierno. De tal modo, se acopló al paso de Gaspar de Molina, caminó a su vera. Aun parecía una niña asalvajada, recién salida de su aldea, embadurnada en sangre y odio, junto a un hombre cuya figura misteriosa hacía recular a la niebla. Tras ambos, sus sombras se solaparon sobre los cadáveres que habían dejado a sus espaldas.

Los primeros.

Pero no los últimos.



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