Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La malédiction

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La malédiction

Mensaje por Baal Crimson el Sáb Feb 10, 2018 9:08 pm

Al fin, pensó, aun el dolor más profundo se aplaca, la desesperación más intensa se desvanece. La maldición del verdugo: la víctima se acostumbra al látigo.

Se empezó a escuchar por las calles parisinas acerca de los asesinatos cometidos con alta violencia, el nombre de las víctimas eran gritadas por el informante de las calles. Y la mayoría por miedo, quizás por sus familias o por ellos mismos accedían a la compra del periódico para mantenerse al pendiente del asesino suelto. Llegando al grado de no solo ser nombres los pronunciados, sino suplantaron estos por números, hasta la fecha se cuentan 23 personas muertas, entre estos desde la vejez hasta a temprana edad. ¡Tan bárbaro! Pero lo que no se conoce es que es una mujer; una inmortal que está arrasando por la sed de sangre. ¡Enloquecida, y sin control! Ocultan a los parisinos de esto, no quieren enterar a la comunidad de lo sobrenatural, de esa bestialidad engendrada, más es el peor error cometido, la mayoría ya sospecha, hasta podría ser que supiera el 80% de ese país sobre ellos, sobre vampiros; monstruos sedientos…

Tan así, que evitan pasar por los lugares en los que se hallaron los restos, más no es suficiente, ella conoce bien París, y anda de allá para acá. Sin tener su culpa de ello, porque ella sufre de una ambigua maldición, y no está hablando del vampirismo, sino algo que le heredaron como castigo, y este es torturarla mentalmente, y hasta físicamente cuando ella ingiere sangre, todos esos muertos que han pasado por ella, se suman en su mente, como espíritus se presentan ante ella para dañarla. Así es como funciona, y eso es lo que está sin control alguno. Y que es lo que dirá su lector, ¿por qué no deja de beber sangre? Porque ya lo ha intentado y es peor el daño, como si la que quisiese que le dañaran, lo hubiese sabido desde un principio. Pues al no ingerir sangre, tan solo en una noche, ella se devora, se muerde y succiona. Por lo que no hay salida a ello.

Pero esto no se detiene, Baal caminando una vez más está, entre la oscuridad que ya no desean alumbrar en el callejón, emitieron un aviso de la prohibición a este sendero. Y ella está ahí, en busca de sangre, olfateando mientras avanza. No es suficiente que clausuren las áreas, hay demasiados humanos, a todos ubica y en esta ocasión fue un pobre niño. Pobrecito huérfano, no hay nadie quien le cuide, que le alimente, se ve desnutrido, muriéndose esta. Pero el hambre no selecciona a su víctima, esta arrasa con todo lo que este a su paso, sin importar si están sanos, o no. El hambre es voraz, como el maldito silencio, parece que evitan salir los humanos de sus casas, la calle parece solitaria, casi el eco es aterrador que percibe un gato, maullando a que le den asilo pero después ratas en la alcantarilla, y luego nada…

Es por eso, que ese niño fue lo único que captó, se giró, dirigiéndose a él, corriendo y en un solo segundo lo sostuvo de su costado y ladeo su cabeza al tirar los cabellos de este a un lado, abriendo la boca e incrusto los colmillos en él. ¡Ah, tan ardiente! Le encanta la sangre pero comenzó con los golpes en la cabeza, ¡Maldita sean espectros! Pero no le impiden ingerir, sufre pero no se detiene, se queja pero continúa mordiendo con desespero. Mientras ella gruñe, él gime, acelerando su cuerpo mientras él se va desvaneciendo en su agarre, no pudo defenderse, y cuando tuvo acceso Baal en su propia mente, noto lo que había hecho, pero no fue motivo por el que decidiera soltarlo, ya no podía, tenía que consumirlo, fue un impacto porque comenzó a llorar por él, (viejas remembranzas y estúpidas sensaciones que explotaron). No podía, ya no hubo tiempo que en la siguiente mordida emprendida porque se estaba secando aquel, lo mato, dio en su vena directamente y fue que ahí quedo, cayendo todo el peso y le soltó. Gruñendo, llegando al grado de lamerse las manos, esos dedos, los propios labios. ¡Quería más y no podía detenerse! Iba ir detrás de otra víctima, tenía que apaciguar esa sed, el dolor, y mientras busca, se aprieta con ambas manos la cabeza, esta que le estalla, y ahí, alguien, un humano, no, es diferente ese olor, muy agradable, hasta dulce que en un par de segundos se situó frente a él, y no pudo más, abrió la boca y como si el tiempo se detuviera, no se podía mover, solo escuchaba, pero grito porque parecían pegarle con palos sobre el cráneo.


Última edición por Baal Crimson el Jue Feb 22, 2018 10:38 am, editado 2 veces



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Re: La malédiction

Mensaje por Donato G. Pecora Lippi el Jue Feb 15, 2018 9:50 pm





La malédiction
Ángeles y demonios conviven en sosiego mientras los mortales pagan el precio de su santa predilección.

Medianoche. La capital francesa callaba sus suspiros y la ventisca barría los vestigios de su despertar. Nadie recorría las calles, ni siquiera los mendigos revolvían los desperdicios, así que los adoquines se lucían impolutos. Las ratas transitaban las alcantarillas, recelosas de la luz lunar, astro que, sonriente, se burlaba desde los cielos.
La noticia parecía haber arribado a oídos de todos, los vendedores de periódicos se habían encargado de vociferar los titulares a todo pulmón en tiendas, avenidas y recovecos habitables. La muerte susurrante, dama de medianoche, el aliento purgatorio, demonio en exilio y un sinfín de poéticas denominaciones publicitarias para el mismo asesino en fuga. Cada uno más patético que su predecesor. No era imperante, sin embargo, juzgar la falta de creatividad de sus colegas, puesto que su papel en aquella velada era un protagónico que ningún otro en su campo de labor se habría atrevido a interpretar.
Los escritores podrían jactarse de intrépidos y entrometidos, audaces, incautos, cultos y tantas otras adjetivaciones comprendidas en un etcétera. Sin embargo, Donato les juzgaba en exceso idealistas. Había acudido infinidad de ocasiones en los últimos meses a la central editorial con objeto de retirar y presentar trabajos de traductorado, topándose en cada una y sin excepción, con la asamblea mediocre de variantes puñados de periodistas para elaborar hipótesis y conjeturas sobre la identidad, los motivos y la próxima localización del asesino en serie que encabezaba las primeras planas desde hacía semanas. Se había detenido a prestar atención en más de una oportunidad, retractándose de inmediato, luego de presenciar el alcance de las tonterías que allí se debatían.

Aunque el sector de policiales no era su área asignada ni de preferencia, al final de cuentas, la responsabilidad de investigar el caso había recaído sobre él. El editor en jefe buscaba una primicia y había prometido pagar una suma considerable a aquel que lograra presentarse con una. Donato era todo menos un cazarrecompensas y, aunque el tópico sí se había convertido en uno de su interés recientemente, decidió que entrometerse en la disputa por la portada de la próxima edición era un completo desperdicio de energía.
Así de aprisa como se sembró el interés en los periodistas, acabó por esfumarse, luego de que un colega asociado a una editorial rival fuese adosado al listado de víctimas fatales. Hacía tiempo que el italiano había sacado sus propias conclusiones y estaba enteramente convencido de que el asesino no podía ser un mortal convencional; las particularidades del estado en que eran hallados los cuerpos, la ausencia de asociaciones entre un caso y el siguiente, los sitios, las condiciones, el horario y carencia de indicios le delataban. Ningún periodista ni detective humano sería capaz de dar con el asesino y, aún dispuesto a mantenerse ajeno al caso, era consciente de que la única institución capaz de detener los estragos era la Santa Inquisición, si no algún cazador con ánimos de reclamar su trofeo. Él sí encontraba cierto atractivo en todo el asunto, pero no iría a interferir en algo que no le incumbía. Y así fue hasta que, finalmente, se vio afectado por los acontecimientos.

La hija de la mujer a la que alquilaba su habitación había sido hallada sin vida en un callejón durante la mañana, las características del cadáver eran las mismas que las presentadas por todos los afectados por el enigmático atacante y el desconsuelo de tan atenta casera le impulsó a involucrarse en el asunto. Su avasallante confianza le inducía a creer que acabaría deprisa con el contratiempo y debió admitir el sentirse ligeramente culpable por no haberlo hecho con anterioridad, quizá y hubiese podido preservar unas cuantas vidas ya perdidas.
Avisó al editor en jefe que no le estorbara durante la siguiente semana, puesto que se abocaría a dar con el criminal suelto. Fue llamado demente e irresponsable, pero a él poco le influía la opinión de los ineptos. Dedicó una noche entera a repartir conjuros por la extensión de la ciudad, grabó en puertas, paredes y postigos una cita bíblica embebida en su energía, una que le alertaría de la presencia de hostiles en sus respectivas inmediaciones.
Dos noches deambuló por las calles de la ciudad en espera de toparse con el sospechoso, pero no fue hasta la tercera que una de sus marcas le alertó de una presencia, como si la ironía no sobrase ya.
Con la silueta ataviada de sobretodo oscuro, las manos enfundadas en guantes de cuero y los zapatos lustrados bien ceñidos a los pies, se escurrió como una sombra entre los húmedos callejones, pautando el rumbo ininterrumpido de su caminata con destino en la región violada. La noche parecía contener el aliento, pues el silencio reinante, apenas alterado por el ritmo de sus pasos, se cernía, como un velo, sobre los desgastados edificios.

Arribó al sitio en donde había plantado su conjuro, lo repasó con los dedos, devolviéndole vigor, un hechizo sencillo aunque duradero, que, tan pronto recuperó estabilidad, envió una descarga certera, delatando al individuo que, detrás de él, se le abalanzó. Donato era un joven habituado a la vida ermitaña, fanático recluso de su habitación y las bibliotecas, pero no por ello menos hábil en términos de complexión; bastó que se volteara y elevara la mano diestra, interponiendo entre su atacante y él una barrera firme de energía, que le detuvo en su avance y le rodeó tan pronto él recuperó la compostura. Se irguió con entereza, quitándose el polvo de las vestiduras, sereno, mas concentrado en prolongar la estabilidad del encantamiento.
«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» recitó, Donato, en su mente, invocando su energía para elaborar un globo luminiscente, suficientemente intenso como para revelar la identidad del atacante, pero prudentemente tenue, como para no llamar innecesariamente ninguna atención.
El agresor era una mujer, una criatura de la noche, para ser más precisos, de singular belleza. Se mostraba turbada, como si un enjambre de abejas buscara darle caza. Tras echarle un vistazo más detallado, reparó en que no eran insectos los que le hostigaban, sino una aglomeración de ánimas en purga. Qué curioso espectáculo, si bien su campo de especialidad no era el de la nigromancia, conocía en detalle sus características y posibilidades, aquella a quien mantenía reclusa en su barrera aparentaba padecer las represalias de algún conjuro, ¿por qué, sino, le perseguirían tantos espíritus? Sabía suficiente sobre vampiros como para aseverar que aquello no era un fenómeno natural.
Las prendas del espécimen se exhibían colmadas de sangre, Donato realizó un escrutinio de los alrededores hasta dar con el cuerpo inerte de un niño. Se aproximó con prisa, incluso a sabiendas de que ya era demasiado tarde, y estrechó la delgada complexión entre brazos para verificar que, efectivamente, ya había expirado. El joven cerró los ojos del chiquillo, esbozó una cruz con el pulgar sobre su frente y le besó, a continuación, en el mismo lugar.
Que Dios te reciba en su Santa Gloria —murmuró, dejándole allí, para dormir por la eternidad.

Regresó al sitio en donde permanecía cautiva la mujer; hizo un ademán con las manos, espantando con ímpetu las almas de los muertos, someterlos a su energía vital les obligaba a retroceder y su esencia divina —aquella de la que era poco consciente— les obligaba a obedecer. Propagó, a continuación, su poder hasta la dama, situando un tablero bajo sus pies, donde plantearía su jugada. Así le agradaba manifestar sus ilusiones, como parte de una partida de ajedrez, procurándose el control del espacio y la mente.
Retiró la barrera inicial que había empleado para retener al vampiro inmóvil y desplegó un conjunto de cadenas que la subyugaron por muñecas y tobillos, resultado, claro está, de su voluntad mental; una mera ilusión de la conciencia que, a sus víctimas, se presentaba como verosímil. Un poco de lucidez y convicción le habrían puesto difícil el alcanzar la convicción, mas, en la mayoría de los casos, el brujo se valía del pánico y desasosiego para que sus encantamientos surtieran el efecto deseado. Lograrlo sobre un vampiro con la mente inquieta era, para el italiano, un juego de niños.
Déjeme adivinar —se aventuró—, madame mensajera de la muerte, ¿verdad? No es la más popular de todas sus denominaciones, pero apuesto a que ninguna encajaría como la que realmente le define.
Entrelazó sus manos detrás de la espalda, exhibiendo su desinterés habitual por todo aquello que sobrepasara los límites de los libros.
Exigirle una explicación del motivo por el que cometió los asesinatos sería una necedad considerando su naturaleza; sin embargo, me interesaría conocer la razón por la cuál los ha llevado a cabo sin discreción. —Prosiguió, con modestia—, ¿puedo suponer que se debe a ellos? —Inquirió, finalmente, señalando con su índice los espíritus que merodeaban en los límites de su barrera.





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Re: La malédiction

Mensaje por Baal Crimson el Dom Mar 04, 2018 11:57 am

¡Todos gritan! Le declaran la guerra a la inmortal, vociferando maldiciones, palabras dañinas para ella, culpándola de sus muertes, de sus desgracias, y maldiciéndola una y otra vez, hasta produciendo un daño colateral, una aguda y profunda lesión en su cráneo, sangrando de los ojos, castigándola de la peor manera. Hacen que arroje la linfa que apenas inquirió, ardiendo sus pupilas, como si un fuego se propagara sobre estos, recayendo a la piel en que se va deslizando, enfatizando un llanto en ese rostro, pero no es tristeza, sino dolor, es una efímera tortura, y agónica en todo el sentido de la palabra, un cúmulo de sensaciones despedazantes, sometidas a un alcance mágico; una barrera con una inmovilidad que le aterro más, creyó que los mismos espíritus habían logrado exteriorizarse para impedirle que se moviera, pero no, fue aquella sombra, era borrosa para ella, la estaban tratando de cegar con el propio carmín, logrando dar un tenue rojizo a todo lo que ve, desquiciándola, trata de gritar, pero parece como si le hubiesen cocidos los labios, así es cómo se sentían ellos, querían devolver el daño con creces, con una mayor magnitud, que sentía golpear con las manos, dando patadas desesperadamente, pero era interno, no se movía, era una maldita estatua, una que sintió la eternidad devorarse, como las momias. Quizás era peor que eso, tan cruel que aquella presencia fue el detonante de su demencia.

¡Malditos sean todos! Habían bloqueado sus instintos, sus habilidades son nada cuando la torturan, es por ello que no pudo percibir aquella presencia, ni las energías esparcidas a sus alrededores, todo había ido en su contra, pero ella no es sumisa, lucha, está dispuesta a arrancarse la piel con tal de hallar salida, como un animal embravecido, furioso al hallarse encarcelado, se altiva más, provocando que su ira se convierta en combate, mirándolo directamente, unas irises aterradoras, pero amenazantes en su mirada, reconocía que era poderoso, quizás era igual que Morrigan (esa maldita bruja quien le hizo de esa forma), tenían el mismo brillo, la fuerza para lograr detenerla. Entonces supo que estaba luchando frente a un hechicero, y no un cualquiera, uno especial, pero mientras pensaba, trataban de confundirla los demás, le querían arrebatar la idea de que podría ser él su salvación, pues ellos alarmados no quieren que aquél siga presente, tratan de mover a Baal, pero es inútil, la magia superó a los espíritus. Ellos comenzaron a ser la locura en la mente de la pobre inmortal, sufriendo las consecuencias, mueve de un lado la cabeza, ya podía moverse, pero solo esa parte, y un golpe intensifico el pánico, se le descubrió el rostro y la sangre manchada en este y los restos la delataron, todo quedó al descubierto, y gritó su nombre, ¡Amelie! Era ella, el nombre verdadero después de tantos años, y mientras ella está en trance, el otro consuela al pobre difunto, muerto yace sin esperanzas, sin haber conocido el calor, murió como debió de ser desde nacimiento, dejó de sufrir y eso debían de agradecerle a ella, ¡ese despreciable hechicero tenía que aceptarlo! Pero lo curioso es que pudo escuchar sus palabras, la oración que encomendó al niño, y ahí un golpe más le hizo echar la cabeza hacia atrás, como si fuese crucificada, se expone la remembranza de su hijo muerto, él como dio a luz a un ser que murió desde su vientre, golpeándole los recuerdos en espiral, el cómo fue violada por más de una ocasión, y el cómo por culpa de los hombres es que perdió todo.  

¡No podía haber sido más cruel ese castigo! En ese espacio, le estaban haciendo recordar, como si incrustaran los episodios que olvido desde su nacimiento, y todos los espíritus podían presenciarlo, hasta quizás aquel que mantenía en brazos al pequeño, como ella una noche sostuvo y tuvo que decirle adiós a alguien que no pudo decirle cuanto lo amo y quiso que naciera. Y de pronto, un silencio ensordece a la inmortal, todos se habían callado, como si fuese su funeral de ella, como si quisieran darle un minuto de silencio para que descansara en paz, estuvo así por un instante y tuvo miedo, sentía tirar de su cuerpo, como si alguien lo estuviera controlando, sujetada por cadenas en sus muñecas y tobillos, tomada como un monstruo; presa para comenzar su penitencia y pudo moverse, escuchando el ruido de la pesadez del acero, sintiéndose débil, desconocida, pero lo peor es que estaba consciente de todos los actos que cometió y acaba de cometer, todo estaba ya planteado en ella, convirtiéndose en su propia cárcel. Cayendo de rodillas, porque el mundo se le vino encima. De la misma forma en la que no tenía nada que perder, hoy se presenta de nuevo.

— No, el demonio carmín soy.— pronunció, con una desgracia interna, un desdén por la explotación de evocaciones, alzándose furiosa, despreciando el mundo como un nocturno animal en el que termino convirtiéndose. — Lo has visto, lo has presenciado, puedes verlos porque quizás provienen del mismo linaje que ella, o eres tan poderoso al grado de poder detenerlos. Ellos son, ¿puedes reconocer ese espíritu? Acaso, ¿no es igual al de ese pequeño en brazos? Son los que han pasado por mi maldición, esa hambre insaciable e incontrolable hace que pierda razón, me guía la negrura para hacerlo, aún en contra de mi voluntad, pero llegó al grado de que por más que quiera detenerme, ellos dañan, tratan de que me sumerja a la demencia… ¿Habías visto este tipo de maldiciones? Son muy ambiguas, y muy castigadoras, pero como te habrás dado cuenta o quizás sospeches, esta se pasa solo con la muerte de alguien que la llevó, pues así fue, fui creada para hacerlo, ahora entiendo el porque me hizo inmortal, y me incentivó a matarla, fue demasiado la carga que quiso liberarse, ¿por qué pueden castigar a una persona de esta manera? ¿Por qué?

Todos estaban escuchando, unos inconformes querían matarla, otros simplemente se quedaron callados pero la mayoría estaban alterados para acabarla, y aquel hechicero, le debía al menos la explicación, porque él le brindó tan solo un instante de poder ser ella misma sin llevar una identidad desconocida, era ella, la pequeña que se aprovecharon de su enfermedad, eso es lo que expresó, desdeñándose y repudiando en lo que se convirtió, pero, se sabe que no durará para siempre, solo serán días, pocos días en que llegue la necesidad y cambie de identidad, pobre pequeña, jamás tendrá paz sin poder ser ella para siempre.



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Re: La malédiction

Mensaje por Donato G. Pecora Lippi el Mar Mar 20, 2018 11:24 am





La malédiction
Sobre tratos y artimañas, esta vez, pregunta a los ángeles.

La brisa se había tornado espesa y particularmente gélida; los espíritus pululaban en silencio, inquietos, como espectadores en un funeral. Donato no podía evitar sentirse de modo similar, acababa de encomendar el alma de un chiquillo inocente, cuyo asesino portaba, ahora, entre manos; no se sentía en posición de juzgar a la criatura, mucho menos cuando se retorcía confusa en una profunda miseria.
Dejó que se expresara, parecía ser que, librada del acoso espiritual, estaba desenvolviéndose con autenticidad, siendo ella misma, como quien diría. El joven escuchó su discurso, atento, viendo la curiosidad incrementarse con cada cabo que se dejaba suelto.
Echó un último vistazo a las ánimas, no podía estimar las causas de sus muertes, mucho menos el tiempo que llevaban fallecidas, puesto que ese no era su ámbito de investigación ni su preferido en materia de hechicería. Sin embargo, suponiendo que lo narrado por la mujer fuese cierto, resultaba alarmante la cantidad allí reunida, en caso de ser, en su totalidad, víctimas del vampiro, éste debía haber vivido mucho tiempo o haber asesinado, al menos, siete personas por día, hecho que consideraba poco verosímil.

Efectivamente, aquella señorita era víctima de una maldición, no cabía otra explicación al asunto. Vampiros había cuantiosos, pero anfiteatros de espíritus iracundos alterándoles el juicio era el primero que presenciaba. Donato comenzó inmediatamente a elaborar un listado de factores y posibilidades; le interesaba detener la oleada de asesinatos y conservar oculta del público general la naturaleza de su autor, sin embargo, mantener a raya al vampiro no sería justificación suficiente a ojos de los más informados y un artículo ficticio que diera por concluido el episodio despertaría sospechas poco favorables en aquellos con quienes menos deseaba involucrarse.
Todo aquello, tomando en consideración el que pudiera detener a la mujer. Le echó un nuevo vistazo a la cautiva, aunque alterada, parecía dispuesta a colaborar ahora que los fantasmas mantenían su distancia.
Donato comenzó a caminar con parsimonia, inmerso en sus pensamientos. El vampiro había hecho mención de una fémina como responsable de su condición, aquella le habría brindado la inmortalidad y exigido que le asesinara después. Muy bien, no era nada extremadamente improbable, le recordaba a los breves dramas redactados por autores novatos que solían repartirse en las reuniones informales con público académico. La interrogante era, pues, quién había sido aquel personaje y cómo había conjurado aquella maldición. Habría apostado su mano derecha a que los términos del encantamiento estaban lejos de ser sagrados, posiblemente asociados al Caído y sus lacayos o bien a los hombres malditos que merodearan en el purgatorio.
Había leído sobre magia de este tipo en infinidad de textos, mas poco se podía confiar en las polémicas narraciones de clérigos apabullados o adictos obsesionados con el ocultismo. De vez en cuando se topaba con algún volumen suficientemente creíble que aportara a sus investigaciones, en este caso, pues, se encargaría de dar con la fuente indicada.

Retornó a su posición inicial, salvando la distancia que le separaba de la mujer y, haciendo alarde de una plausible serenidad, se dispuso a dirigirle la palabra.
Demonio carmín, ¿es correcto? Me apena contemplarla en este estado —mintió—, pero permítame hacerle algunas preguntas, quizá me encuentre en posición de ayudarla.
»Hizo mención de una maldición y su perpetuador, ¿tiene, usted, conocimientos de su naturaleza? Me interesaría saber un poco más sobre la fuente del poder y sus condiciones
—acotó con fingida simpatía.
¡Oh!, espero que no me malinterprete, no represento a ninguna organización interesada en hacerle daño, soy un mero residente preocupado por el bienestar de la ciudad. Comprenderá que su comportamiento ha estado generando disturbios y, rescatando la posibilidad de encontrar una solución en buenos términos, estoy dispuesto a establecer un trato con usted; siempre y cuando se encuentre con ánimos de colaborar pacíficamente.
Algunos espíritus comenzaron a chillar, Donato se preguntaba cuántos de ellos comprenderían lo que estaba sucediendo, si acaso la mayoría recordaría cómo hablar y en qué idioma se expresarían. Ciertamente la nigromancia no era su área de aplicación, ni siquiera se sentía atraído por la idea de aprender sus artimañas, a él le bastaba con ser un prodigio en las artes más nobles y ahondar hasta los extremos en sus posibilidades. Sin embargo, cualquier fuente de saber clamaba su atención y la oportunidad inminente de aprender a bloquear un conjuro impuro le infundía una emoción casi infantil.




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Re: La malédiction

Mensaje por Baal Crimson el Sáb Abr 07, 2018 12:11 am

¿Qué era aquello? ¿Silencio? ¿Quizás y se tornó la demencia más crónica y es su final?... Miedo, le invadió la sensación de terror, como si peligrara el conocerse así misma después de tanto tiempo, después de refugiarse con los gritos agónicos, y las maldiciones arrebatadas con daño psicológico, había sentido liberación, pero en cuanto giro a ver a los espíritus, todo el mal que representaban (porque solo percibía de ellos emociones catastróficas, le afecto el ver a los niños, criaturas inocentes que fueron atentadas por esa maldición, y que ella haya sido la causante, le destruía el sentimiento, le profanaron el pecho volviéndose a repetir la remembranza de su pequeño, muerto en brazos, clavándole esa muerte, obligándola a que recordara todo ahora que está consciente, ahora que es una y puede aceptar los hechos). Guardando la culpa, cada víctima reconoció, y podría decirse que hasta veía aquel demonio carmín devorarlos, porque murieron drenados, con violencia o sin esta pero al fin y acabo desangrados fueron. ¡Y que cruel y piadoso a su vez fue aquel! Llegar a brindarle un estado fuera de interdicción, y el atreverse a ir merodeando el lugar, estudiar la zona homicida, y que cada indicio que apuntaba a la vampiro, él parecía querer averiguar la verdad oculta de esto. Más, ella habló de su demencia, porque de una u otra forma, aún cree que es un acto psicótico el que presencia, siendo difícil aceptar el hecho de que era libre, tan afectada quedo que ya no conoce la realidad de los actos y la magnitud que representan, así como el pago de estos. ¿A base de que se dejaba guiar aquel? ¿Qué es lo que exactamente le pedirá a cambio de ese momento? Ya sin importarle si era real o ficticio, ahí estaba, y no todos brindan su bondad con facilidad, son movidos por algo y sabe que él pide algo a cambio, la pregunta era, ¿qué? …..

— Sí, demonio carmín la conocen, (me conocen), pero deberías estar apenado por ellos, no por ella, (no por mi). Pero por este momento, por lo que es o quizás no es, te diré todo…

No lo hacía por él (el intruso), sino por ellos (los espíritus), sentía que les debía una explicación a pesar de lo sucedido, y aunque fuese enfocado solo para él, su razón fue esa, sin esperar a que callaran los espíritus de que ya no chillaran, ni ejercieran quejas de sus sentencias injustas. — Pero para eso debo contarte la historia de ella, (la nuestra). — Hizo una pausa, y prosiguió a su tragedia. — De pequeña sufría de una enfermedad hereditaria, mi padre padeció de ello, pero el murió a la cuarta identidad, su cerebro sufrió un colapso y sin oxígeno se quedó, entonces, es una enfermedad muy desconocida, sin cura porque ni han sabido catalogarla, y como tal tardaron en decirme que padecía de ello, deduciendo que era la hegemonía del demonio y a los 4 años, alguien llegó, una mujer extraña que presenció mi cambio al instante. Ahora comprendo por qué se acercó, el porque me comenzó a enseñar el mundo en el que vivía, ella era Morrigan, diosa de la posesión, una bruja de antaño con una magia oscura, hizo cosas malvadas, y le hicieron pagar con creces el mal que hizo, quizás has oído hablar de ella, creí que era una especie de diosa que alababa a la muerte, pero era algo mucho peor. En aquel entonces, yo en otra identidad creí que era ella mi salvadora, pero fue todo lo contrario. Púes ella me enseñó a como suplantarla, creí que solo compartía sus conocimientos y no, ella cargaba esta misma maldición, en un libro es que se van apareciendo los nombres de quienes mataba, ese libro es destinado para que el mal exista en la mente, conjuro el cuerpo con este e hizo una puerta al otro lado para que no descansen y sean las que torturen con el mismo mal ocasionado. Eso mismo que prudenciaste. ¿Qué conjuro? No lo sé, había muerto mientras era conjurado, y bien tonta, ella me hizo creer que era un vampiro, creí que ella me había convertido, pero no. Cuando me convertí en esto, supe lo que había sido ella, y lo que había hecho, jugo con un vampiro y ese fue quien me convirtió, pero ella jamás creyó que sería traicionada por él, que ese misma noche la dreno, ella creyó que matándome iba a encerrar la maldición en mí, liberando al fin ella de todo este calvario, pero no fue así, la jugada se le cambio y todo fue un caos. Preferí haber muerto, desee morir y lo hacía pero ellos, ellos me lo hacían alucinar para que no lo hiciera en realidad. ¡Tan bestiales y crueles!, tan inhumana fui que quieren regresarlo. ¡Háganlo, ya no hay manera de sufrir más!, fui violada y a base de ello perdí a mi bebe, y luego fui convertida en esto… ¿qué más esperan?

Gritó con todo el dolor acumulado de años, y siglos a los espectros, cansada de la existencia, y de los arranques que el mismo mundo le sigue otorgando, confesando su real historia, esa verídica secesión que no le deja, que con la mirada podía jurarse que apenas era una niña comprendiendo el cómo vivir. Siendo todo lo que tenía en sus manos, siendo imposible que apareciera aquella identidad y le dijera todos esos secretos que ella misma presenció al ser invocada la maldición, la preparación y el cómo ejecuto esta oscuridad en ella, porque, la que estaba ahí de pie, frente a su caos, era la que nació desde un principio, sin usurpar un nombre, ni un rostro al que nombrar, era ella completamente, la primera y la única, siendo imposible que ella lo supiera, ya que quien lo sabe, murió, y ¡que se haga la voluntad! Era lo preciso que debía saber de ella, ahora, ¿será capaz de descubrir el cómo romperla? Ojala que sí, porque haga lo que ella haga, no desaparece el mal.



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Re: La malédiction

Mensaje por Donato G. Pecora Lippi el Dom Mayo 20, 2018 10:30 pm





La malédiction
«Por el poder del que estás revestido hagas posible que se realice un milagro en mi vida y se alejen mis sufrimientos y penalidades» (Oración al Arcángel Gabriel, fragmento).

Donato escuchó el relato atentamente, presa de un curioso ensimismamiento, como si la voz de la mujer fuese bruma somnolienta y se filtrara por sus poros para inducirle sopor.
Durante el tiempo en que se prolongó la narración, el joven detectó y aisló conceptos específicos, los considerados fundamentales para componer el entramado de los hechos.
Primeramente, su cautiva hizo mención en más de una ocasión sobre el término personalidades, aparentemente asociado con esa enfermedad congénita que había alegado poseer. Había leído sobre éstas y presenciado, en alguna que otra misión cristiana, víctimas irrevertibles de disfunciones mentales; que la mujer padeciera una no parecía improbable, aunque ahondaría sobre ello en el futuro.
Seguidamente, la aparición del personaje de Morrigan en el relato le dejó perplejo. Claro que la conocía, siempre le había atraído el folklore regional y la cultura celta había sido una de las más relevantes en cuanto a deidades y presagios. La diosa de la muerte, de la devastación. A su criterio, sin embargo, no podían ser otra cosa que un producto de los mitos y creencias atrasadas en otra cultura atada al politeísmo. Mas una corazonada le impedía tachar de disparate absoluto la posibilidad de su existencia. Morrigan, un nombre que le sabía extrañamente familiar, casi nostálgico.

En resumidas cuentas y según había logrado reconstruir, la mujer que tenía delante —exponente de un severo caso mental de múltiples personalidades— había sido engañada por la bruja mitológica para portar con una maldición que encadenaba las almas de sus víctimas a conformar un coro recriminatorio que le atosigara diariamente, hecho que acabaría por empeorar su condición psicológica.
Lejos de haberse involucrado en una tarea sencilla, Donato vio acrecentarse el interés que le infundía un caso tan intrincado. Si la maldición hallaba su origen en épocas ancestrales y no en los afanes de un mago inexperto con aires de grandeza, cuánto más fascinante se volvería dar con la solución.

El italiano rompió su postura estoica y avanzó con avasallante firmeza hasta donde se encontraba el vampiro; se agachó frente a ella y, con dulzura, sostuvo su mentón. Paseó la yema de su pulgar por su barbilla y buscó en su mirada el destello que le confirmara su autenticidad.
Qué desdichada, dulce Cremisi, nadie se apiadó de ti desde el instante en el que vinieras al mundo. Pero, independientemente de las circunstancias, la vida te ha concedido el don de la inmortalidad, tiempo suficiente para que enmiendes todos tus pecados, ¿no es así? —inquirió, torciéndole el rostro.
Si Dios me ha traído hasta aquí, quiere decir que está a mi alcance revertir tu sufrimiento. Tanto por tu bien como por el de tus víctimas, estas almas que merecen descansar en paz, hallaré la manera de suprimir el hechizo y erradicar tan oscuro vestigio de las artes arcanas en estos tiempos y el porvenir.

El joven se apartó de la cautiva y absorbió la ilusión que la mantenía atada al suelo, manteniendo, sin embargo, aún erguida la barrera que exiliaba a los espíritus.
De lo primero que debía cerciorarse era la legitimidad de la palabra de su amparada, aparentemente, en aquel momento, estaba atravesando por una instancia de inusitada estabilidad y prefería que se mantuviera así, al menos en su presencia. Con agilidad y rapidez, esbozó con las yemas sobre la palma de su mano un complejo sello energético que menguaría su habilidad y mantendría su encantamiento vigente e inmodificable.
«Que refrene su lengua de hablar el mal
y sus labios de proferir engaños.»
(Salmos 34:13).
«Aleja de tu boca la perversidad;
aparta de tus labios las palabras corruptas.»
(Proverbios 4:24).
«Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.» (Juan 8: 32).
Citó, para sus adentros, las Sagradas Escrituras y, con ello, brindó poder al esbozo en su mano. Se quitó un colgante de plata que llevaba al cuello y sobre la medalla que ostentaba el rostro de Cristo, depositó el sello y su hechizo. Seguidamente, se lo entregó a la mujer, con un gesto reconfortante.

El primer conjuro bíblico aludía a una barrera, una que le impediría pronunciar mentiras en presencia del hechicero. El segundo, extendía una ilusión, por la cual en cada ocasión que buscara ocultar la verdad, una culpa desgarradora le induciría a hacer lo contrario. Finalmente, el tercero se arraigaba a sus memorias, trayéndolas a la luz cuando se le hiciera una pregunta y nublando cualquier otra invención espontánea que quisiera formular su razón.
De esta manera, Donato se aseguraba de que la mujer colaborara afablemente con su investigación e, incluso, le aliviaría, en cierta medida, de su inestabilidad mental.
Ponte esto sin falta cada vez que vayamos a encontrarnos, si quieres que te ayude a librarte de esta maldición, es esa mi única condición, por lo demás, puedes gozar de libre albedrío. Sólo te advertiré, por si acaso, que sería prudente controlar la cantidad y evidencia de los asesinatos que cometas, no querrás que la Inquisición te dé caza antes de lograr nuestro objetivo.
El joven se limpió el polvo de los pantalones y echó un último vistazo a la horda de espíritus que deambulaba en los alrededores.
La medalla te ayudará a controlar tu mente en cierta medida, pero tu remordimiento y los gritos de la consciencia son algo con lo que deberás lidiar por tu cuenta, ¿te crees capaz de hacerlo?





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Donato G. Pecora Lippi
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