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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Las hadas existen {Jasmine Palafox}

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Las hadas existen {Jasmine Palafox}

Mensaje por Dominic Kraemer el Lun Feb 19, 2018 7:59 pm

«Porque las hadas existen, aunque muchos no sepan verlas.
De hecho, pueden pasar por tu lado y que no te des ni cuenta»
Rozalén


Hacía muy poco tiempo que había llegado a París. ¿Había pasado una semana completa desde que aparcó la caravana? Dominic dudaba de que así fuera. Todavía no se había mezclado del todo entre el pueblo gitano, a pesar de que su hermana ya parecía que formaba parte de él, pero sí había conocido a un par de mujeres interesantes con las que ya había compartido las sábanas. No a la vez, por supuesto, aunque a él no le hubiera importado del todo. «Tiempo al tiempo», se dijo a sí mismo, porque raro era el deseo de Dominic que no consiguiera cumplir.

Esa mañana salió de su caravana con el pelo despeinado y los ojos hinchados de sueño. Vestido tan sólo con un pantalón fino lino, se asomó por la puerta a observar el panorama: el cielo estaba cubierto de unas nubes densas y oscuras que anunciaban lluvia, pero desconocía si llegaría a caer alguna gota; la tierra estaba cubierta por una fina neblina que mojaba la piel e incitaba a volver entre las mantas de la cama; el campamento entero, no obstante, llevaba horas en pie y trabajando. Se frotó los ojos y se pasó los dedos entre el cabello antes de volver al interior. No tenía grandes cosas que hacer en París, pero sí contaba con unos pocos contactos a los que podía vender los hermosos caballos que se había traído en el viaje. Eran animales rápidos, eso lo sabía bien, como también sabía que comprándolos de forma legal costarían una fortuna, y en eso él llevaba ventaja.

Se visitó rápidamente y llevó comida a los caballos antes de ir a la ciudad. Callejeó hasta dar con un tugurio donde se venía tabaco —mucho de él de contrabando— y entró como si fuera un cliente más. El dueño lo saludó sin demasiada efusividad, despachó al cliente al que estaba atendiendo y se acercó a la puerta para colgar un cartel que decía “Cerrado”.

Dominic, qué sorpresa —saludó—. No sabía que fueras a venir a París. ¿Qué negocio te traes ahora entre manos?

Fuera a donde fuera, el gitano ya era conocido entre los más rufianes del lugar.

Estoy aquí por asuntos familiares —contestó, escueto. No quería que esa parte de la historia se aireara demasiado, sobre todo aquella en la que él tenía que pagar una cantidad ingente de dinero—. Sigo con lo mío, ya sabes. Tengo un par de ejemplares recién traídos de las tierras del sur, rápidos como saetas. —Caminó hasta el mostrador de la tienda y apoyó el trasero en el borde, con los brazos cruzados a la altura del pecho—. Un macho y una hembra, perfectos para la cría: él, castaño puro, sin marcas blancas; ella, rubia con crines canela, una belleza rara de encontrar.

Vio cómo las pupilas del tabaquero se dilataban, pero ya sabía que la extrañeza de la yegua sería demasiado cara para sus intereses. El instinto de Dominic, a veces, abarcaba hasta a los humanos más transparentes.

Me interesa el macho, necesito un semental. Iré a verlo en un par de días —dijo—. A propósito, ¿sabes dónde está Palafox?

Y fue ahí, en mitad de la venta de su hermoso caballo, donde se enteró de todo. Rómulo Palafox fue un antiguo socio de Dominic con el que había hecho jugosos y fructíferos negocios, pero que hacía unos años no veía. Al parecer, la policía francesa había apresado a Rómulo recientemente por supuestos fraudes que había cometido en el pasado. Sin dar demasiados detalles, el gitano intentó sonsacar información al tabaquero, interesado, obviamente, en saber si su nombre había aparecido durante los interrogatorios. El hombre no supo contestarle, o no quiso, así que, nada más cerrar el trato del semental, Dominic salió directo a la prisión. Debía saber qué había contado el estúpido de Palafox, porque de eso dependía la largura de su estancia en París.

Tardó más de lo deseado en llegar, principalmente porque no se sabía el camino, pero las puertas cerradas y vigiladas de la prisión se mostraron frente a él, finalmente. Entró dando un nombre falso que olvidó nada más decirlo, y un trabajador lo guió, entre pasillos, hasta el mismo centro de la prisión. Por la profundidad en la que estaba, debían de tratar a Palafox como un hombre peligroso. Dominic se hubiera reído de no encontrarse allí metido y rodeado de policías.

Lo mandaron parar en una sala con un par de sillas, y el hombre que lo había acompañado cruzó una puerta de seguridad. El gitano esperó sentado unos minutos hasta que la puerta volvió a abrirse, sólo que, esta vez, frente al hombre caminaba una hermosa joven de cabellos como el fuego que Dominic reconoció al instante: Jasmine.


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Re: Las hadas existen {Jasmine Palafox}

Mensaje por Jasmine Palafox el Mar Feb 27, 2018 9:43 pm

Todas las historias de amor son iguales.
Paulo Coelho.




Estuvo nerviosa todo el día. Se provocó el vómito dos veces en la mañana creyendo que aquello la ayudaría a tranquilizarse y efectivamente así fue, pero esa tranquilidad era pasajera, no le duró más de dos horas. Intentaba mantenerse ocupada, adelantar sus trabajos de costura para poder entregarlos antes del sábado y así tener el fin de semana para descansar aunque… ¿por qué se engañaba así? Sabía bien que no podría dormir en paz, que las pesadillas la despertarían como cada noche hacían, a ellas no les importaba si era la madrugada de un sábado o de un jueves, lo mismo les daba.

Desde que habían apresado a su padre, Jasmine también se sentía arrestada. Encerrada en su casa, sola todo el día sin más compañía que sus trabajos, temiendo por las noches que alguien entrase a robarle lo poco que tenía, durmiendo con una pistola que no sabía usar debajo de la cama. Solo James O’Brien, el abogado de su padre, la visitaba y le daba ánimos prometiendo que lo arreglaría todo… pero Jasmine no veía avances en la causa y con el correr de los meses desconfiaba más y más de ese parlanchín.

No le gustaba ir a visitarlo, el lugar le daba miedo y los carceleros le parecían todos unos asquerosos que se aprovechaban de tener que revisarla –en enaguas- para constatar que no entraba armada al lugar; claro que podría simplemente pasar de eso y verlo en la sala común de visitas, donde no se necesitaba de tantos controles porque no se permitía hablar a solas o tocar a los presos, pero ella prefería ir hasta su celda porque allí sí podía abrazarlo y hablar sin que nadie más estuviese presente. Pasaba minutos de humillación cada vez que iba pero, ¿cómo no iba a padecer aquello por su padre? ¿Cómo podía no visitarlo? Le llevaba ropa limpia y comida, algún queso que pudiese permitirse comprar –con el dinero que ganaba como costurera- y una cesta con frutas que ella misma arrancaba de los árboles cargados del jardín trasero de su casa. Por desgracia no tenía nada más, ella no sabía cocinar y se alimentaba ocasionalmente dando mordiscos a algunas manzanas o ciruelas.

Caminar hasta la prisión no era una opción, quedaba muy lejos y en una zona peligrosa… por lo que debía contar obligadamente con la ayuda de James, el abogado, para el traslado. Durante lo que duraba el trayecto, Jasmine se limitaba a oír todos los planes que le hombre tenía, no solo para sacar a su padre de la prisión, sino también para lograr que le devolviesen todas sus posesiones, el dinero que con trabajo se había ganado y que era también de ella, su única hija. En ese mismo estado, de inercia absoluta, Jasmine –cargada con la ropa limpia y la cesta de comida- bajaba del carruaje de James y se dirigía a la prisión. Sin hablar con nadie se dirigía hacia donde le indicaban y se desvestía a medias para demostrar que no ingresaba con nada que no estuviese permitido, tomaba lo que había llevado para dirigirse rumbo a la celda de su padre.

-Gracias por venir, hijita –le dijo Rómulo y la abrazó. ¡Estaba tan delgado! Asustaba.

Jasmine hizo lo único que podía hacer, llorar en el pecho de su padre mientras recordaba a su difunta madre. Cuando estaba con él volvía a sentirse una chiquilla despreocupada, sin el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.


-Te he traído frutas, queso y algo de pan –dijo y se secó las lágrimas-. Así puedes ponerte fuerte –lo hacía porque sabía que la comida de la prisión no era suficiente para él, acostumbrado a comer hasta la saciedad-. ¿Todavía tienes jabón? –él asintió-. Te traeré más la próxima vez que venga. Y te he hecho una camisa nueva, mira –la sacó de entre las otras que le llevaba limpias y se la mostró.

Él tomó la prenda como si fuese una camisa digna del mismísimo rey, la tocó con adoración y luego besó a su hija, orgulloso.

-Ojalá algún día puedas perdonarme, Jasmine –le dijo, encerrándola en su abrazo-. Tú no mereces estar pasando por todo esto, vidita mía.


-No tengo que perdonarte nada, tú eres inocente –le recordó, tomando el rostro amado de su padre entre sus manos, de piel agrietada-. Me ha dicho James que está pronto a poder probarlo todo, puede probar que tú no has estafado a nadie, que el dinero era tuyo, ganado con trabajo honrado. Quiero que vuelvas a casa –le dijo, ya sin poder aguantar ese deseo en el pecho-, quiero que estemos juntos y que hagamos viajes…

Pasaron algunos minutos así, poniéndose al día de las distintas actividades que cada uno hacía. Jasmine hablándole de los vecinos diciéndole que la ayudaban mucho –lo cual era mentira, pues ellos no hacían más que ignorarla cuando la veían pasar, todos le habían retirado el saludo-, Rómulo de sus compañeros… Hasta que un guardia llegó para interrumpirlos, anunciando que Palafox tenía visitas en la sala.

-No, pero estás conmigo ahora –se quejó Jasmine, calculado que todavía le quedaba al menos media hora junto a él; los minutos habían pasado y ella casi había olvidado en qué lugar estaban-. No vayas, te ruego…

-Puede ser algo importante. Tal vez sea James –caviló Rómulo-, ven conmigo.

De mala gana, Jasmine lo siguió a la sala de visitantes, allí atestiguó el cambio en el gesto de su padre al ver quién había llegado con intención de verlo. Ella también lo reconoció, era Dominic, el socio y amigo de su padre.

-Jasmine, mi vida… Necesito hablar a solas con Dominic, mejor vuelve a casa –le pidió Palafox y, por el gesto en el rostro de su padre, su primera reacción fue obedecer.

Se despidió de él con un fuerte abrazo y más lágrimas, separarse siempre les costaba demasiado. Lo dejó a solas con el otro hombre… pero finalmente se rebeló, Jasmine no obedeció. No se volvió a su casa, sino que se dispuso a aguardar en la salida del edificio, lista para enfrentar a Dominic en cuanto saliera para averiguar si podía o no ayudar a su padre de alguna forma.

-Niña, debo volver a mis negocios –se quejó James al ver que no tenía intenciones de subirse al carruaje.


-Ve, James. Te agradezco que me hayas acompañado, pero volveré a casa escoltada por el comisario él me lo ha prometido –le mintió, porque no pensaba volverse sin enfrentar a Dominic, no le importaba tener que caminar luego.


Última edición por Jasmine Palafox el Jue Mar 29, 2018 4:11 am, editado 1 vez


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Re: Las hadas existen {Jasmine Palafox}

Mensaje por Dominic Kraemer el Dom Mar 25, 2018 11:17 pm

Cuando decidió ir a la prisión a ver a su exsocio, nunca imaginó que se encontraría con Jasmine. Hacía mucho tiempo que no la veía, puesto que las veces que lo había hecho había sido momentos esporádicos y prácticamente extraordinarios. A Palafox no le gustaba mezclar a su familia con los negocios que se traía entre manos con Dominic, y el gitano lo comprendía bien. Él, en lo personal, prefería no tener que soportar a las familias —hijas, en concreto— de la gente con la que hacía negocios. Las esposas era algo distinto, puesto que con alguna había tenido incluso un enredo casual, pero también prefería tenerlas lejos.

Se cruzó con la joven y la miró, pero ni siquiera la saludó; le interesaba su padre, no ella, y sería mejor para todos que los guardias la sacaran de allí. No le convenía escuchar lo que tenía que decirle a Rómulo, ni quería que lo hiciera. Cuantos menos oídos estuvieran presentes mejor para todos, sobre todo para Dominic, que ya se sentaba en la silla frente al preso.

¿Qué haces aquí, Dominic?
He venido a verte, Rómulo —contestó con una sonrisa—. Qué poco agradecido eres. Me apuesto lo que quieras a que tu hija es la única que se interesa por ti.
No la nombres. No te acerques a ella —dijo el hombre con voz temblorosa, fruto de la rabia—. Tú también deberías estar aquí, conmigo, y no disfrutando de una libertad que no te pertenece.

Dominic se revolvió en la silla y se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia que los separaba.

Baja la voz si no quieres que te restrinjan las visitas. Sabes que puedo hacerlo —lo amenazó sin ningún tipo de escrúpulos; Dominic Kraemer no sabía qué era eso—. Quiero saber qué has dicho, en concreto, qué has dicho de mí. Como comprenderás, no me interesa hacerte compañía aquí dentro.
No he dicho nada. Estoy aquí porque tienen pruebas contra mí, pero en cuanto consigan anularlas saldré y serás tú el que pase una temporada entre rejas. No pienses que te vas a librar.

Dominic se rió. Menudo idiota era Palafox.

No vas a decir nada, ni ahora ni nunca. ¿Sabes por qué? —La confianza que mostró fue suficiente para que al hombre se le cambiara el rictus y pasara a uno aterrorizado. Que Dominic mostrara esa seguridad en sí mismo no era buena señal—. Porque como se te ocurra abrir la boca, le contaré a tu querida hijita que su padre quizá no sea su verdadero padre. ¡Oh, vamos! No pongas esa cara —dijo, casi ofendido—. ¿No recuerdas que me lo contaste aquella noche en la taberna, mientras tomábamos unos tragos de whisky? No, claro que no lo recuerdas. Estabas demasiado borracho para eso.

El rostro de Palafox se demudó. Negó con la cabeza mientras un sudor frío le recorría las sienes y la espina dorsal.

Por favor, Dominic, ella no…
Está en tus manos que ella lo sepa, Rómulo. —Elevó las manos en el aire, como si el derrotado fuera él y no el otro—. Si tú no dices nada, yo tampoco lo haré.

Y así, sin más, se levantó y le pidió al guardia que lo acompañara fuera, dejando al pobre Palafox con el corazón en un puño y el estómago encogido por la angustia. No miró atrás para recordarle al padre desolado el trato —si es que se podía llamar así— al que habían llegado. Rómulo lo conocía bien, y sabía que no se debía jugar con Dominic si no quería que tomara represalias muy serias contra uno. El gitano estaba tranquilo, puesto que la información que poseía era suficiente para tenerlo callado de por vida. Sabía lo mucho que amaba a su hija, así que perderla no era algo que Palafox fuera a permitir, y a Kraemer no le interesaba gastar ese cartucho a la ligera; si tenía que usarlo lo haría, pero todo a su debido tiempo.

Salió contento y tranquilo de la prisión, sin ver el momento de llegar a casa para descansar, cuando alguien se cruzó en su camino, estropeándole sus planes por segunda vez.

Jasmine. —Carraspeó—. Lamento lo de tu padre. Me ha dicho que tienen pruebas para apresarlo, pero no me ha querido dar detalles allí dentro. Nunca se sabe qué oídos están escuchando —comentó, sonando lo más compungido que podía—. ¿Qué tienen en su contra? ¿Lo sabes?


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Re: Las hadas existen {Jasmine Palafox}

Mensaje por Jasmine Palafox el Miér Mar 28, 2018 6:13 am

Jasmine se había preparado para afrontar una larga espera allí. Nerviosa, iba y venía de un lado al otro. Incluso llegó a cruzar la calle para analizar si le era conveniente aguardar desde allí la salida del hombre o no, pero finalmente decidió regresar a la puerta misma de la prisión.

De pequeña había amado en silencio a Dominic, recordaba las veces en las que el hombre -siempre misterioso- había visitado su casa, las cenas que ella había compartido la mesa con ese amigo y socio de su padre que le robaba el aliento y al que observaba sin poder evitarlo mientras los adultos hablaban de sus temas sumamente importantes. Dominic era hipnótico. En cambio hoy que el tiempo había transcurrido, Jasmine no podía recordar siquiera el apellido del hombre al que había jurado amar durante toda la vida… ¿Kalemer? Algo parecido debía ser, no podría decirlo.

No sabía qué le diría y tampoco tenía los nervios controlados como para respirar y armar alguna estrategia mental. Lo único que sabía, por como estaba su padre cuando lo dejó, era que aquella charla iba a ser larga… pero se equivocaba. El hombre no tardó más de diez minutos, quince como mucho, en salir de la prisión y la sorpresa hizo que Jasmine se plantase frente a él sin saber bien qué decirle o cómo comenzar la conversación, estaba en blanco. Afortunadamente, él le habló sin necesidad de que ella hiciera preguntas. ¿Podía confiar en él? Si su padre había querido pasar tiempo a solas con Dominic era porque de seguro tenían cosas importantes de qué hablar y las personas no hablaban de cosas importantes con quienes no fuesen confiables. A esa conclusión rápida llegó Jasmine Palafox, quizás apurada por la voz de él que se volvía gruesa y hermosa al pronunciar su nombre.


-¿De qué cosas ha hablado con mi padre, señor Dominic? –Seguía sin recordar su apellido, esperaba que él no tomase como una falta de respeto que lo llamase por su nombre de pila-. Por favor, cuénteme lo que sepa. No sabe lo mal que estoy pasando estos días lejos de él.

Su impronta la hacía sentir demasiado pequeña y esa situación de vulnerabilidad no le gustaba nada, en esos meses ella había tenido que dejar de ser una niña para situarse en su rol de mujer, una mujer fuerte y emprendedora que si quería vivir debía dejar las lágrimas a un lado para trabajar esforzadamente. Por eso, Jasmine retrocedió unos pasos hasta que su espalda tocó la fría pared de la fachada de la prisión.

-Yo… no sé muy bien qué pruebas son las que tienen, pero en nuestro hogar han encontrado algunas cosas y se han llevado todo. Casi no han dejado muebles –le dijo y con vergüenza desvió la mirada-. Necesito que me ayude, señor Dominic. Si usted sabe de la inocencia de mi padre debería presentarse como testigo, se lo ruego. Él es prisionero injustamente… El abogado de mi padre es James O’Brien, ¿lo conoce? Él me trajo hasta aquí, pero se ha marchado ya, lo que es una real pena porque hubiera sido bueno que usted pudiese hablar con él.


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Re: Las hadas existen {Jasmine Palafox}

Mensaje por Dominic Kraemer el Dom Abr 15, 2018 9:24 pm

¡Oh, la dulce e inocente Jasmine! Desde la última vez que la había visto, su cuerpo había pasado de ser el de una niña al de una mujer. Joven, sí, pero mujer: la cintura se le marcaba bajo el vestido, al igual que el pecho que, aunque no era excesivamente grande, parecía terso y de piel suave. Dominic miró su cabello, uno de los rasgos que siempre le habían gustado de ella y que tanto la diferenciaba del resto de su familia, rojo y brillante como el mismísimo fuego.

No hemos podido hablar mucho. Había hombres dentro, y tu padre no ha querido darme demasiados detalles al respecto —contestó—. He creído que tú sabrías algo más, pero veo que no te han mantenido informada de lo que está pasando.

Tampoco le extrañó. Siendo tan joven y, encima, mujer, lo más seguro era que la hubieran subestimado, suponiendo que no iba a ser capaz de entender lo que estaba pasando, así que, ¿para qué malgastar tiempo y esfuerzos en intentar explicárselo? Si quería enterarse, lo mejor sería que hablara con ese tal James O’Brien. Si quería enterarse, porque lo cierto era que a Dominic le traían sin cuidado los detalles que habían llevado a Palafox a prisión. Conocía bien los negocios que había tenido con él: compraventas ilegales, estafas e incluso pequeños hurtos que luego terminaron siendo vendidos en el mercado negro. Era demasiado fácil engañar a Rómulo para que ejerciera de intermediario y, por tanto, de cara visible; mientras tanto, Dominic se encargaba de la parte más tediosa, la de conseguir los bienes y trazar los planes. Esa era, sin embargo, la parte segura del trato; nadie conocía su rostro, sino el de su compañero, así que si él no abría la boca, el gitano sabía que estaría a salvo.

No, no conozco a ese abogado, pero me temo, Jasmine, que poco podía haber hablado con él. Dudo mucho que tenga permitido compartir información con alguien que no sea de la familia —comentó—. Además, lo que yo pudiera contarle tampoco sería de gran interés. Hace ya algún tiempo que tu padre y yo dejamos de tener negocios juntos, ya lo sabes.

Sonó demasiado paternal, algo que el gitano no era, en absoluto. No le importaba el futuro de la chiquilla siempre y cuando no estuviera relacionado con el suyo, así de simple, pero tampoco podría desentenderse por completo. Palafox podía ponerse en contacto con ella y contarle que Dominic era tan culpable, o más, que él, y ella no dudaría en usar esa información para sacar a su querido padre de la cárcel. Quizá debía tenerla vigilada, por su bien y, por supuesto, sin dejar entrever sus intenciones.

Caminó un par de pasos en su dirección con las manos en los bolsillos y la miró.

No sé en qué habrá estado metido en este tiempo, así que lo lamento, pero no voy a poder ayudarte. —En realidad, no lamentaba nada—. ¿No hay nadie que pueda darte alguna pista sobre los motivos que tienen para acusarlo? De todos modos, ese tal O’Brien debería habértelo dicho. ¿Le has preguntado a él? Puedo acompañarte a su despacho, si quieres.


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Re: Las hadas existen {Jasmine Palafox}

Mensaje por Jasmine Palafox el Miér Jun 06, 2018 4:08 am

Era tan propio de su padre eso de desconfiar de todo y de todos, eso de no hablar de temas delicados frente a desconocidos, suponer siempre que había alguien escuchando para usar en su contra lo que dijese… Sí, reconocía a su padre en las palabras del gitano y eso la apenaba. Si Rómulo hubiese confiado en ella tal vez juntos habrían podido pensar en algo que ayudase a evitar lo que ahora vivían -y se incluía, porque de la desgracia de su padre había nacido la propia-, eso nunca podrían saberlo con certeza.

¿Tan obvio era que la habían hecho a un lado? ¿Tanto se notaba que Jasmine no sabía realmente qué estaba ocurriendo allí? Le dolió eso, que alguien como él se diese cuenta de lo ajena que su padre la había mantenido. Ah, pero Jasmine se había acostumbrado a vivir dolida. A ella todo le dolía, la hería, las palabras, los olvidos… el futuro. El futuro que no tendría le dolía más que ninguna otra cosa. ¿Qué joven respetable querría desposar a la hija de un preso? ¿Qué hombre la aceptaría si no tenía quien le buscase esposo? Su padre era su única familia y en esos momentos tenía otras preocupaciones más urgentes, de más peso. Jasmine estaba condenada a la soltería, a no saber lo que se sentía ser amada por un hombre.


-Sí, entiendo. Aunque con la familia, que soy yo, O’Brien tampoco comparte nada de sus investigaciones, me cuenta algunas cosas… pero creo que no puedo confiar en él.

¿Por qué no confiaba en O’Brien pero sí en Dominic? Él era amigo de su padre –aunque ahora decía que solo habían llevado algunos negocios juntos-, pero al parecer Rómulo no le había contado mucho… Jasmine se dijo que era hora de dejar de hablar, de ser cautelosa, de desconfiar porque estaba sola y si no se cuidaba nadie más lo haría.

Como respuesta al acercamiento del hombre, Jasmine retrocedió la misma cantidad de pasos que él había dado. No quería que la viese de cerca, no quería que se fijase en su rostro demasiado redondo y en esas pecas que la afeaban. No quería ser juzgada por nadie, mucho menos por Dominic Kraemer.


-¡Kraemer! Al fin me he acordado de su apellido –dijo, con una sonrisa genuina-. No se preocupe, fue un abuso de mi parte esperarlo aquí para pedirle ayuda y lo siento tanto… no quise ser impertinente. Usted no tiene por qué tomar parte de esto y lo comprendo perfectamente.

Debía volver a la casa pronto, antes de que la noche cayese pues era peligroso andar sola por las calles y ella lo sabía, había oído de asaltos y violencia ahora que tenía trato con más personas gracias a su incipiente trabajo como costurera. Las mujeres con las que se relacionaba siempre estaban dispuestas a hablar y así Jasmine, sin pedirlo ni quererlo, se enteraba de la realidad que corría por las calles de la ciudad.

-No, por favor. Prefiero no hablar con él, nada cambiará, se lo aseguro. Lo siento, he de volver a mi casa antes de que se haga muy tarde. ¿Qué camino tomará, señor Kraemer? Tal vez pueda acompañarme algunas calles… aunque sea hasta la plaza, desde allí ya sé bien qué camino debo tomar.


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Re: Las hadas existen {Jasmine Palafox}

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