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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Samuele Liccari el Lun Feb 19, 2018 9:36 pm

Samuele Liccari no se enojaba con facilidad, esa podía ser una virtud o un defecto, todo dependía de cómo se viera y de quién lo juzgara. Aún así, con la furia como motor cruzó la arena de entrenamiento hasta llegar a la zona privada. Sabía que la líder de su facción estaba allí, la voz se había corrido ya -y él no entendía por qué el secretismo al respecto, pero ya nada lo sorprendía de sus compañeros de facción-, y aunque hacía algunos meses que no se veían, Samuele creía que ella tenía un buen recuerdo de él, que le tenía estima. Necesitaba de su ayuda, iba a enloquecer si no hacía algo ya.

Que había una merma considerable en el número de soldados disponibles era un hecho y estaba a la vista de todos. Últimamente las cosas no estaban saliendo bien y había muchos frentes abiertos, en todos se necesitaban soldados y éstos escaseaban. Había dos opciones entonces, poner a los novatos a combatir antes de tiempo o sacar a los tecnólogos y bibliotecarios de entre sus laboratorios y libros para que sirvieran de apoyo a los soldados. De eso último se quejaba Samuele. Lo habían enviado a la caza de una manada de cambiantes junto a dos bibliotecarios y una soldado novata, para colmo habían puesto como líder del grupo a un pedante y egocéntrico tragalibros que creía saberlo todo solo por haber leído demasiados expedientes a lo largo de su servicio, que iba por la treintena de años ya (y eso explicaba por qué estaba al mando). Harto ya de seguir sus órdenes absurdas, Samuele se había vuelto y ellos no habían tenido más remedio que seguirlo. Al saber que Abigail estaba allí, Samuele veía una única solución posible: rogarle que lo pusiese al mando o que lo cambiara de misión. No podía estar como seguidor de un incompetente con ganas de nuevas aventuras.

El primer obstáculo no tardó en aparecer, pero sorteó a la guardia sin destinarles siquiera una mirada. Los dos hombres quisieron cortarle el camino, pero él pasó junto a ellos desoyendo sus gritos. Cuando llegó a la habitación que Abigail solía ocupar, encontró a uno de sus colegas apostado delante de la puerta. ¿Qué ocurría? ¿Desde cuando ella usaba custodios?


-Déjame pasar, Giulio –le pidió con confianza-. Vamos, sabes que ella me conoce bien y que no le importará concederme unos minutos de su tiempo, será corto.

El hombre se negó, pero Samuele insistió. Al final terminó golpeando la puerta con el puño cerrado porque sabía que solo ella podía ayudarle con aquello. Necesitaba que le diera poder o que lo cambiara de misión, pero no podría seguir como estaba sin ser tentado a matar a sus estúpidos compañeros.

-¡Líder! –Golpeó con firmeza y siendo testigo de la mala cara del otro soldado. Lo entendía, si la líder estaba de malas el pobre Giulio pasaría una muy penosa noche. Sentía tener que joderlo así, pero eso era importante y él siguió hablando con su potente tono de voz-: ¡Soy su romano favorito, necesito hablarle! ¡Serán solo unos minutos!

Él no lo provocó, pero pensaba aprovecharlo… La puerta se había abierto sin que él hiciese nada particularmente especial, por lo que Samuele se apuró a ingresar y cerrar antes de que Giulio decidiese discutir más. Nada lo había preparado para una visión semejante, por primera vez en mucho tiempo Samuele Liccari se quedó sin habla al ver el tamaño de las heridas que Abigail en esos momentos se limpiaba. Quiso preguntar, pero no podía acomodar las palabras de forma adecuada:

-Líder…




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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Mar 06, 2018 2:45 pm

Empezaba a estar muy harta de mi marido, la verdad, y teniendo en cuenta que apenas llevábamos tiempo casados y que no había empezado a disfrutar de los privilegios del ducado, no era una perspectiva de lo más halagüeña para mí y para mi futuro. Ah, casi podía oír las risas satisfechas de todos los que habían previsto que la boda iba a ser un fracaso porque evidentemente tenían razón, y me llenaba de rabia darme cuenta de que mucho había sido culpa mía, pero, por suerte, sabía que lo de no tener muchas más opciones que esa me quitaba parte de la responsabilidad, y eso me tranquilizaba. Sí que tenía que estar mal la cosa para que una tontería así me quitara un peso de la espalda, pero así era la cruda, maldita y triste realidad a la que me había visto arrojada en parte por otros y en parte por mí misma. De todas maneras, tampoco era mi estilo ser así de negativa: a todo era capaz de encontrarle cosas prácticas y que me beneficiaran, pues seguía siendo francesa y muy dada a arrimarme al árbol que más sombra diera, y esa situación no era una excepción, pues había servido para reconciliarme tanto con mi naturaleza de licántropa como con mi puesto de líder de una facción de la Inquisición. Que alguien avise al Vaticano, por todos los santos: al final resultaba que los milagros existían y que yo era la viva prueba de ello porque, después de años lamentándome por formar parte del Santo Oficio, había empezado por fin a cogerle el gusto a mis labores e incluso a encontrarme en la maldita sede de la Inquisición. Me pondría a cantar el Aleluya, pero tenía las costillas tan destrozadas que no me salía apenas la voz del cuerpo, ni siquiera para pedir a los soldados que vigilaban mi puerta que no dejaran entrar a nadie: ahí era donde entraba el recientemente descubierto amor por mi condición, puesto que algo que, de ser humana, me habría costado curarlo meses, a mí como loba sólo me costaría un breve, pero doloroso, ratito.

El principal problema con mi lógica residía en que mi marido había aprendido también de mis talentos curativos, y se estaba empezando a aficionar a herirme con armas de plata, bien puras o bien en aleación, para que así sus golpes me duraran más. Como siempre, me había mostrado tan altiva y tan indiferente a su violencia en cuanto le había anunciado que me requería mi oficio (el santo, no el pecaminoso, que bien podría ser otra opción de peso) que eso sólo había servido para que se entregara con más furia a la tarea de pegarme y, después, utilizarme como mujer, pero no era nada que no me esperara, así que ni siquiera me pilló por sorpresa. Simplemente hice como tantas otras debían en sus matrimonios: tumbarme boca arriba, pensar en otra cosa (en mi caso, en mis futuras tareas en el cargo, que cada vez me ansiaba más realizar) y esperar a que terminara; en cuanto lo hizo, me levanté como pude, bajé hasta mi carruaje para que me llevaran hasta la sede de la Inquisición, lo más parecido a un hogar que me quedaba en ese momento. Una vez allí, me encerré en la habitación que solía ocupar y me deshice de toda la ropa que me cubría, salvo la más interior, para curar mis heridas, y justamente así fue como me encontró Samuele, a quien dejé pasar más por pesadez que por ganas de hablar o de explicarle nada, bien fuera el porqué de encontrarme de aquella guisa o bien de las heridas que me recorrían el cuerpo. Ante su muda mirada, me aproximé como si no fuera nada del otro mundo, le puse en las manos el alcohol y el paño limpio que había estado utilizando y le di la espalda para que viera el corte que me la recorría, en diagonal desde el hombro izquierdo a la cadera derecha. Quizá para ayudarlo, me aparté el pelo y me hice una trenza lateral rápida, de modo que ese obstáculo quedó también fuera de su camino, pero aun así no se movía, y decidí girar la cara para mirarlo, arriesgándome a que se fijara también en los golpes que tenía ahí. E importándome poco que lo hiciera, debía añadir.

– A esa no llego, ¿me vas a hacer darte la orden de ayudarme o puedes hacerlo por tu cuenta, Samuele? Si no colaboras, te echo a patadas de aquí, estoy magullada pero no lo suficiente para no poder encargarme de ti. Ah, y ten cuidado, creo que hay un poco de plata, por cómo escuece.



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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Samuele Liccari el Sáb Mar 24, 2018 1:28 am

Claro que se había quedado paralizado. No había creído tener vida para ver a Abigail recibiendo una paliza de ese nivel. Ella era astuta, sabía cómo moverse en todo sentido, además era diestra en armas y muy fuerte dada su condición… ¿quién, entonces, había podido herirla así? La mente de Samuele no lo comprendía y así lo expresó cuando pudo al fin hablar:

-¿Pero qué carajos…? ¿Qué le ha ocurrido? –dijo, mientras se acercaba un poco más para buscar entre los cortes restos de plata- . A ver, estése quieta que creo que veo algo… ¿Quién el hizo esto? Un demonio mucho más fuerte que usted, supongo.

Por supuesto que no daría la orden de que lo sacasen de allí, porque aunque lo hiciera Samuele se quedaría junto a ella. Esperaba que la bestia que le había hecho aquello, esa salvajada, estuviera viva, porque él mismo deseaba matarle.

-Esto le dolerá, ya sabe que no soy muy delicado, tengo dedos gruesos, jefa. A ver vamos más cerca de la ventana, creo ver algo… -Allí corrió parcialmente las cortinas, gracias a lo que entró un poco más de luz-. Esto es… ¿plata líquida? ¿Cómo puede ser posible? Sí, veo como unas pequeñas gotas.

Mojó el trapo con el alcohol y comenzó a limpiar la zona a conciencia, en detalle. Sabía que aquello debía estar doliendo demasiado pero por su condición de licántropo Abigaíl no podría cerrar esas heridas si la plata no era retirada, de nada le valdría la sanación rápida de los sobrenaturales. Para quitarla, Samuele debía raspar con el trapo pues la plata se había adherido a la carne y era difícil que saliese toda... pero él lo conseguiría.

-¿Va a decirme qué ha sucedido? ¿Quién le hizo esto? Apuesto que algún tecnólogo porque eso de la plata líquida yo jamás lo había visto –le dijo, preocupado. Tenía buenos amigos en esa facción, ya se encargaría de averiguar un poco más al respecto-. Esta Orden de mierda está cada vez peor –aseguró, sin temor de blasfemar delante de su líder, creía que tenían algo de confianza ya-, los novatos se creen líderes, los bibliotecarios salen armados como si fuesen soldados y ahora la líder de la facción tiene plata líquida en la espalda. ¡Que Cristo me lleve! Sí, que por suerte me confesé hace dos días y no he tenido tiempo de pecar.

Ya no veía nada más, creía que había limpiado bien la zona, pero claro que lo que importaba era lo que ella sentía. Necesitaría vendarle la espalda con una tela limpia y humedecida en agua caliente. Salió un momento por la puerta y le habló al guardia:

-Necesito un jarro con agua hirviendo, ya mismo. –Sin más explicaciones cerró y se acercó otra vez a Abigaíl-. ¿Qué siente? ¿Todavía dolor? Yo no veo más, pero tal vez usted la sienta todavía entre los pliegues de la herida… Ahora traerán agua bien caliente, es para que le quede la herida vendada, en los humanos funciona y al cabo de unos días las heridas están cicatrizando sin infecciones, así que supongo que mañana mismo usted ya notará la diferencia. Oh, mire ese rostro… -Tomó la parte del paño que no había usado y lo humedeció en alcohol antes de limpiarle con él el rostro a la mujer.




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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Abr 03, 2018 8:53 am

Lo lógico habría sido pensar que me sentía rabiosa por la paliza, el escozor de la plata que sentía correrme por las venas y la humillación de que alguien se creyera con derecho a ponerme la mano encima, pero ¿desde cuándo era yo una persona lógica...? En lugar de ese sentimiento tan razonable que me parecía hasta casi loable, me sentía saturada, especialmente por la inactividad que se había apoderado de Samuele nada más verme, como si fuera la primera vez que me contemplaba herida de gravedad. ¿Tan corta era su memoria que ni recordaba nuestra primera aventura con vampiros, donde me había metido hasta el fondo de las fauces de esas bestias y había salido viva, pero no indemne? Quizá. O quizá sólo se trataba de que no se esperaba verme así, y la verdad era que en eso no podía culparlo porque ni siquiera yo había creído que el pan sin sal del duque de Amboise fuera capaz de semejante violencia contra alguien, pero la vida estaba llena de sorpresas, y era un consuelo ver que no solamente me estaban reservadas a mí. Con toda la paciencia que fui capaz de acumular, aunque para ello tuve que concentrarme en contar hasta tres mil doscientos cincuenta para que no se me escapara algún comentario hiriente o un golpe que hiciera que los propios me dolieran más, aguardé a que decidiera empezar a curarme la herida de la espalda... y, la verdad, casi mejor no haber esperado. De no haberlo hecho, habría estado amparada por esa rabia que había llegado a sentir al principio, antes de verse sustituida por la saturación, y eso habría mitigado el dolor, pero no, tuvimos que esperar y tuve que estar ahí plantada, con los ojos cerrados y subiendo la cuenta mental hasta un millón para no gruñir por culpa de aquel maldito metal que me mataría por dentro si le daba la oportunidad.

– No, no ha sido un tecnólogo. No ha sido nadie de esta maldita Inquisición, ¿te lo puedes creer? Supongo que indirectamente sí, porque no estaría en esta situación de no ser por la de enemigos que me he ganado aquí dentro, pero quien ha hecho todo esto no es un inquisidor, sólo alguien con más francos que cabeza y que tiene acceso a información privilegiada sobre los que son como yo.

No estaba de humor para explicarle nada más, no mientras siguiera raspándome la espalda y siguiera también hablando, así que dejé que él continuara mientras yo aguantaba como podía el dolor que él no podía ni imaginarse. Lo más cercano que recordaba al escozor de la plata, antes de ser transformada, era rociar vinagre o sal en una herida abierta: era ese mismo tipo de dolor agudo pero mucho más intenso, con una duración mucho más larga y que, además, sabías que te estaba matando. En realidad, ahora que lo pensaba mejor, no había nada que se le comparara exactamente, y ese pensamiento me vino al sentir la paz que vino cuando él paró. Se me escapó, sin poder evitarlo, un suspiro bajo de alivio, que no duró demasiado porque todas las cosas buenas tenían un final y la falta de dolor también: demasiado pronto, él volvió a tratar mis heridas, esta vez las del rostro, y yo le dejé aunque puse los ojos en blanco, porque esas eran las que menos me importaban de todas. Era curioso que yo, siendo una mujer que siempre me había considerado bastante coqueta pese a mi profesión, ya apenas tuviera en cuenta los golpes que me estropeaban el rostro. No sabía si ese cambio de parecer se debía a que sabía que eran los menos graves de todos o a que, sencillamente, me importaba poco lucir las marcas de una batalla que terminaría por ganar; fuera cual fuese el motivo, empezaba a darme cuenta de hasta qué punto mi matrimonio por la fuerza me había cambiado, de más maneras de las que me habría gustado, y el pensamiento me supo tan amargo que casi se me atragantó. Como única respuesta posible, alcé el rostro hasta enfrentarme al de él, hermoso y completamente sano en comparación con el mío, destrozado, y me encogí de hombros, medio desnuda como me encontraba ante él y sin que me importara lo más mínimo mi estado. Algunas cosas, por suerte, nunca cambiaban.

– Duele, pero menos que la espalda. Creo que te queda algún trozo de plata solidificada por ahí, y luego seguramente te pida que te encargues, pero ahora prefiero que te centres en la cara. En cuanto a lo demás... No sé qué quieres que te diga, Samuele. ¿Quién ha sido? Es inútil, volverá a hacerlo. A los maridos no les gusta que se les lleve la contraria.



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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Samuele Liccari el Vie Mayo 04, 2018 11:17 pm

Y se concentró en su rostro entonces, desinfectando y limpiando la sangre… las heridas estaban bien feas -le recordaron a las de un compañero de facción al que todos llamaban Rudo, él había acabado con toda la cara cortada luego de una feroz pelea con un cambiante felino y las cicatrices perduraban en él a través de los años-, pero al tratarse de una mujer sobrenatural, Samuele no podía adivinar hacía cuanto tiempo había recibido Abigail la golpiza. El corte sobre su ceja necesitaba ser cosido, pero teniendo ella a favor la sanación rápida tal vez eligiera pasar de aquella tortura.

-¿Cree que es buena idea coser esto? No le toco, pero ya sabe a qué corte me refiero... No le mentiré, su cara ha tenido mejores días –volvió a pasar el trapo sobre el contorno de su rostro, porque podía verse golpeada pero no sucia. Con la tela absorbió el sudor de Abigail, apostaba a que era más producto del enojo que del calor del ambiente-, pero quiero creer que se ha defendido al menos, que el otro ha muerto.

Sí que le sorprendió saber que Abigail se había casado, no se lo esperaba. ¿Tan atareadas habían sido para él las últimas semanas que no se había enterado de algo así de importante? Bueno, no todo era cotilleo, alguien debía trabajar allí en la facción y siempre las misiones le eran dadas a él. Samuele nunca había conocido a una mujer tan independiente como ella y le costaba entender por qué accedería a unirse en matrimonio con alguien más una mujer que parecía tenerlo todo. ¿Amor? Lo descartaba completamente, no la imaginaba dada a esos sentimientos, ¿Abigail amando a alguien al punto de unirse a él en matrimonio? No tenía sentido. La idea de que una mujer como ella se hubiera casado lo asombró más que saber que era el propio esposo quien la había lastimado tanto y Samuele reparó muy tarde en la lentitud de sus pensamientos.

-¿Usted se ha casado, líder? ¿Y eso por qué? –Y, cuando notó que en verdad el dato importante era otro, Samuele agregó-: ¿Quiere que le haga una visita a su esposo? Puedo enseñarle, con mucho gusto, cómo se debe tratar a una dama.

Siempre le habían fastidiado los tipos que violentaban mujeres; Samuele sabía que si Abigail había quedado malherida era probable que él siguiese ese camino si buscaba al tipo, el esposo en cuestión de seguro era un hombre fuerte y hábil, pero igualmente sentía deseos de hacer justicia. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un golpeteo en la puerta, allí se acercó para recibir el agua caliente en un fuentón de metal con manija recubierta en madera.

-Gracias, amigo –dijo a su compañero y cerró-. Tenemos el agua caliente, líder. Para serle sincero deseo más tirársela en la cara a su encantador esposo que usarla para vendar su espalda… pero, hay que hacer lo que hay que hacer –Samuele se encogió de hombros y dejó junto a ella el agua, en el suelo-. Al menos su esposo no es inquisidor, supongo que sería desagradable para usted encontrarlo por aquí… Nuestra querida, y para nada corrompida, base sigue siendo un refugio. ¿Quién lo diría?




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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Miér Mayo 23, 2018 1:23 pm

Qué apropiada era la pregunta de Samuele, aunque doliera casi tanto como la maldita herida de la que se estaba ocupando; qué difícil era darle la respuesta más apropiada sin admitir una serie de crímenes que prefería que siguieran siendo rumores acerca de mí y nada más, ¡muchísimas gracias! No podía ser completamente sincera con él, hasta si era uno de mis subordinados más próximos y de los pocos a los que realmente toleraba, y aunque para mí nunca había sido un problema mentir (demonios, era francesa para lo mejor posible del cliché, y moldear la verdad para arrimarme al árbol que más sombra daba estaba en mi naturaleza casi tanto como aullarle a la luna llena cada vez que ésta salía), empezaba a ser inconveniente si realmente quería su ayuda. La pregunta, entonces, era si realmente la quería, y aunque en condiciones normales la negativa sería inmediata, convencida como solía estarlo de que no necesitaba a nadie salvo yo misma para salir de los problemas que me había buscado o que me habían encontrado, no todo iba a ser responsabilidad mía, el tiempo me estaba obligando a cambiar de opinión. Eso era totalmente contra mi voluntad, por supuesto, pues seguía sin confiar en casi nadie y convencida de que depender de otros era una horrible muestra de voluntad; sin embargo, mi comportamiento de hacía no tanto tiempo estaba resultando tener unas implicaciones demasiado profundas para mí sola, y a momentos desesperados, medidas desesperadas. Cuando la vida se empeñaba en ponerlo todo en contra de una para obligar a esa una, inquisidora condenada y líder de una facción, a madurar, ¿cómo podía decirle que no sin perder algo más que mi valiosísimo tiempo...? Cómo odiaba estar entre la espada y la pared cuando la que sostenía la espada no era yo misma, de verdad.

– Vamos, no me dirás ahora que estás ofendido porque no recibiste invitación, ¿no? Sí, me casé. No te cuento todo lo que pasa en mi vida más allá de estas cuatro paredes que forman nuestro inusual refugio inquisitorial, y ni siquiera te cuento mi pasado más allá de lo que necesitas saber, pero la versión resumida es que tengo enemigos, siempre los he tenido. He sido capaz de mantenerlos a raya durante un tiempo, pero han terminado por volverse más listos y tuve que terminar arrimándome al duque de Amboise porque era el único que podía defenderme de esos enemigos. ¿El problema? Me libré de unos pero me he ganado a otro.

Fue el mejor resumen que podía haberle hecho, con total honestidad, y casi me sentí orgullosa de mí misma, excepto porque la herida seguía doliendo tanto que me dificultaba enormemente pensar en otra cosa que no fuera el dolor. Además, no discriminaba y parecía que cualquier tipo de dolor estaba sobre la mesa, incluido el de los sentimientos, como el maldito orgullo herido del que hacía yo gala desde que me había casado y me había dado cuenta de que mi desesperación me había llevado a cometer un error de cálculo peor que hasta entonces. De no haber sabido que mis enemigos antiguos eran demasiado estúpidos para haberlo previsto, sobre todo porque yo me enorgullecía de ser bastante imprevisible, casi habría querido que era obra y gracia suya que yo hubiera terminado sometida a un marido que no iba a permitirme ni un resbalón en mis comportamientos maritales... Como si los castigos fueran a detenerme. Nos habíamos juntado, me temía, el hambre con las ganas de comer; su orgullo era semejante al mío, y aunque en cualquier otro momento habría admirado la tenacidad del duque de quien me había convertido en esposa, en aquel sólo podía detestarlo porque lo convertía en un enemigo temible, y además de mi propia creación, lo cual era aún peor. Siempre podría quedarme el consuelo de que nadie me buscaba tantos problemas como yo misma, y que lo de hasta entonces habían sido entrenamientos para esa situación en la que había terminado encontrándome entonces, con Samuele como testigo de algo que no tendría que haber visto siquiera, otro error que apuntar en mi maldita y ya demasiado larga lista de fallos cometidos durante los últimos tiempos.

– No te ofendas, Samuele, pero sabe cómo tratar a las damas. El problema es que no lo soy, nunca lo he sido, y no puede pretender que me limite a la vida marital con él cuando ni siquiera ha hecho el más débil intento de seducirme. Esta es su forma de castigarme, y lo acepto porque es mi culpa y porque sé que me vengaré, pero tú no te vas a meter: te lo prohíbo. Podrías acabar mucho peor que yo, y eso no te lo permitiré.



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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Samuele Liccari el Dom Jul 08, 2018 12:12 am

No, claro que no esperaba ser convidado a la boda de la líder de su facción. Muchas eran las cosas que se decían de ella –porque si algo amaban los inquisidores era murmurar y cuestionar a sus superiores-, Samuele suponía que algunas eran ciertas pero él se había llevado bien con Abigail desde que se conocieron. Aún así, pese al tiempo compartido, Samuele sabía bien que ella tendría a sus soldados favoritos y que él no estaba en ese selecto grupo. Se llevaban bien, él la respetaba y hasta le tenía cierto cariño, pero nada más que eso. Por supuesto que no esperaba invitación al matrimonio, pero sí estaba sorprendido con la noticia… se le hacía extraño no haberse enterado nada al respecto, raro era que los soldados no anduvieran comentando la noticia. Ah, pero ¿cómo iba a enterarse si lo habían mandado a una misión con un grupo de inútiles? Obviamente no era el mejor momento para pedirle intervención al respecto a Abigail, pero Samuele estaba tan molesto con eso que sabía que acabaría sacando el tema.

-Muy bien, no me meteré en un asunto que no me incumbe –le aseguró, aunque las ganas no le faltasen-, pero me alegra saber que tiene en mente la idea de la venganza. ¿Tan poderoso es su esposo?

El término esposo le sonaba raro unido a Abigail, una de las mujeres más independientes que había él conocido. Sus motivos tendría para unirse a alguien como esa bestia salvaje… Samuele callaría, era su mejor opción. Se dedicó entonces a terminar de limpiar las heridas y vendarlas con la tela humedecida en agua caliente, una técnica que había aprendido hacía unos años y que siempre daba buen resultado.

-Lo siento, lo siento –se disculpó, porque eso debía ser tortuoso-. Le aseguro que funciona, pronto sentirá el alivio.

Cuando acabó con eso, Samuele se enjuagó las manos con lo que quedaba del agua –que se había ido entibiando- y fue a sentarse en una de las sillas que allí había. Dedicó un par de segundos a observarla: moretones, vendas, la cara de agobio y de seguro pésimo humor… pero, a pesar de la totalidad del aspecto de la líder, Samuele decidió hablar:

-Supongo que no se está preguntando por qué he venido a buscarla… tiene cosas más importantes en las que ocupar su mente, lo entiendo, pero permítame distraerla de sus males por un momento para contarle los míos –le sonrió, sabiendo que no se iba a creer lo que iba a contarle a continuación-: En su ausencia la facción ha sido un barco timoneado por dementes –se permitió la sinceridad porque él no le debía lealtad a nadie, no tenía amigos allí, tampoco era del grupo selecto de soldados provenientes de buenas familias, era un soldado común que tenía poco que perder-. Así como me ve, estoy en medio de una misión… aunque no parezca. Como hay demasiadas misiones para la cantidad de soldados, han puesto a los bibliotecarios a trabajar con nosotros. Qué idea tan brillante... ¿Cuál es mi problema? Seré breve y puntual por primera vez en mi vida: me han puesto a trabajar con dos bibliotecarios que creen que cazarán a los cambiantes leyendo sus libros de registros, ¿puede creer eso? Mire, lo cuento y me dan ganas de reír porque no me parece real, suena a chiste malo… pero es cierto. ¿Quiere oír algo peor? No estoy yo a cargo de la misión sino uno de ellos y por eso tengo que sentar el culo y ponerme a leer… Me volveré loco, le pido que me ponga al mando o me saque de la misión, porque no puedo soportarlo, sé que si seguimos en estas condiciones no seré un soldado útil. Prefiero quedarme como su sirviente y lavar su cabello y sus pies antes que volver con el inservible de Giovanni Lucconne a seguir sus estúpidas órdenes.

Ah, se había desahogado al menos. Se sentía como un chiquillo de cinco años encaprichado, pero no se avergonzaba de eso. Peor era seguir en una misión que no tenía otro destino que no fuera el fracaso.




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Samuele Liccari
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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Sáb Jul 14, 2018 1:22 pm

No creía que fuera a reconocerlo en voz alta nunca, pero Samuele había tenido toda la razón en una cosa: sus problemas me sirvieron para olvidarme de los míos durante un momento, lo que le costó hablar y desahogarse como si los problemas que tenían los soldados fueran una prioridad para mí. Sonaba cruel, y lo cierto es que me importaba bien poco que así fuera, pero hacía mucho que me había dado cuenta de que cumplir mi función como líder de la facción suponía unos dolores de cabeza que podía aguantar si no tenía demasiados inconvenientes fuera de mi vida inquisitorial, y ¡oh, sorpresa!, esos problemas que no había tenido al principio habían vuelto con todas sus ganas. Por mucho que supiera que mi actitud resultaba egoísta, había que ser estúpido para no verlo y yo era muchas cosas pero estúpida desde luego que no, tampoco me quitaba demasiado el sueño que la panda de víboras a las que dirigía sufriera; es más, que lo hicieran... Así probaban un poquito de su propia medicina, que no les vendría mal catarla de vez en cuando. Sin embargo, Samuele continuó hablando pese a que había dicho que iba a ser breve por una vez, y todos los malos pensamientos terminaron yéndoseme a otra parte para enfrentarme al problema que él me estaba presentando y que tenía una solución tan fácil como que yo tomara una decisión que le beneficiara. Maldito fuera él con esa facilidad que había tenido desde el primer momento para ganarse mi atención y que me importara aunque fuera un poco lo que le pasara; maldito otra vez por aprovecharse de algo que ni siquiera sabía si entendía por completo, como era la dificultad que tenía yo normalmente para confiar en los demás, y sobre todo maldito fuera por haber dejado de hablar de sus problemas y dejar que me volvieran a la mente los míos. Mordiéndome el labio inferior, volví a vestirme y a cubrir las heridas que él había dejado de tratar por considerarlas ya todo lo limpias que podían estarlo, y terminé poniendo los ojos en blanco y encarándolo.

– ¿Es que soy la única persona de todo el maldito Santo Oficio, y sé perfectamente que maldecirlo es algo por lo que casi todo el mundo menos tú me echará la bronca, que tiene dos dedos de frente y sabe pensar con la cabeza? ¿A quién demonios se le ocurre mandar a un bibliotecario a hacer el trabajo de un soldado...? Como si encima fueran a poner buena cara si tú te metieras entre sus libros, ¡ja! Tienes mi permiso para ponerte por encima de ellos, y si no se lo creen porque lo he dicho de viva voz, no te preocupes porque me voy a ocupar de hacerlo oficial.

No sabía en qué momento había empezado a estar tan metida en su situación, con total honestidad. Probablemente había sido en cuanto la alternativa a pensar en él, que era pensar en mi estúpido marido, se había vuelto tan pesada que las heridas habían empezado a dolerme otra vez pese a que creía que ya había superado ese punto, y como no tenía la menor gana de permitirme sentir debilidad por lo que el duque me hiciera, opté por volcar mis atenciones en Samuele y sus problemas. Llegué, incluso, al punto de dirigirme al escritorio y redactar una nota manuscrita en la que declaraba que yo, Abigail Solange Zarkozi, líder de la facción de los soldados, decretaba que el soldado Samuele Liccari debía ser la persona encargada de la misión en la que se encontraba. No añadí que lo contrario significaría una absoluta vergüenza para la Inquisición porque, entonces, empezarían a lloverme las críticas de todos aquellos que creían erróneamente que lo único vergonzoso en el Santo Oficio era yo y mi comportamiento fuera de los muros inquisitoriales, igual que tampoco añadí que más valía que dejaran de ser unos inútiles porque así sólo me perjudicaban a mí. Hacía un tiempo, cuando mi familia aún tenía esperanzas en mí, me habían enseñado modales y sabía que iba en contra de todo lo que me inculcaron entonces atreverme a decir la verdad, aunque fuera algo tan evidente que cualquiera con dos dedos de frente, Samuele y yo incluidos y protagonistas en ese selecto grupo, pudiera verlo. Así pues, me tuve que recordar que era mejor hacer la misiva sencilla, y por eso la terminé con un punto final con el que casi agujereé el pergamino y con un sello, mi sello, que exhibía casi con osadía el escudo ducal que me había tocado asimilar gracias al matrimonio con mi horrible esposo. Ese sello lacado tuvo la culpa de que todo lo que había apartado de mis pensamientos al ayudar a Samuele volviera casi con violencia, y al entregarle la disposición por la cual se convertía en el líder de su misión, no pude contenerme y volví a hablar.

– Me casé con él porque era el único lo suficientemente poderoso para encargarse de que mis enemigos, todos los que me he ido granjeando con los años, no pudieran alcanzarme. El arma de doble filo ha sido que, con cómo es él, he terminado cambiando a un enemigo por otro, y ese poder que me atrajo lo suficiente para casarme con él es lo que ahora se ha terminado volviendo contra mí, así que puedes imaginarte que sí, es muy poderoso. Pero no le voy a permitir que pueda conmigo, eso te lo garantizo.



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Abigail S. Zarkozi
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