Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Samuele Liccari el Mar Feb 20, 2018 12:36 am

Samuele Liccari no se enojaba con facilidad, esa podía ser una virtud o un defecto, todo dependía de cómo se viera y de quién lo juzgara. Aún así, con la furia como motor cruzó la arena de entrenamiento hasta llegar a la zona privada. Sabía que la líder de su facción estaba allí, la voz se había corrido ya -y él no entendía por qué el secretismo al respecto, pero ya nada lo sorprendía de sus compañeros de facción-, y aunque hacía algunos meses que no se veían, Samuele creía que ella tenía un buen recuerdo de él, que le tenía estima. Necesitaba de su ayuda, iba a enloquecer si no hacía algo ya.

Que había una merma considerable en el número de soldados disponibles era un hecho y estaba a la vista de todos. Últimamente las cosas no estaban saliendo bien y había muchos frentes abiertos, en todos se necesitaban soldados y éstos escaseaban. Había dos opciones entonces, poner a los novatos a combatir antes de tiempo o sacar a los tecnólogos y bibliotecarios de entre sus laboratorios y libros para que sirvieran de apoyo a los soldados. De eso último se quejaba Samuele. Lo habían enviado a la caza de una manada de cambiantes junto a dos bibliotecarios y una soldado novata, para colmo habían puesto como líder del grupo a un pedante y egocéntrico tragalibros que creía saberlo todo solo por haber leído demasiados expedientes a lo largo de su servicio, que iba por la treintena de años ya (y eso explicaba por qué estaba al mando). Harto ya de seguir sus órdenes absurdas, Samuele se había vuelto y ellos no habían tenido más remedio que seguirlo. Al saber que Abigail estaba allí, Samuele veía una única solución posible: rogarle que lo pusiese al mando o que lo cambiara de misión. No podía estar como seguidor de un incompetente con ganas de nuevas aventuras.

El primer obstáculo no tardó en aparecer, pero sorteó a la guardia sin destinarles siquiera una mirada. Los dos hombres quisieron cortarle el camino, pero él pasó junto a ellos desoyendo sus gritos. Cuando llegó a la habitación que Abigail solía ocupar, encontró a uno de sus colegas apostado delante de la puerta. ¿Qué ocurría? ¿Desde cuando ella usaba custodios?


-Déjame pasar, Giulio –le pidió con confianza-. Vamos, sabes que ella me conoce bien y que no le importará concederme unos minutos de su tiempo, será corto.

El hombre se negó, pero Samuele insistió. Al final terminó golpeando la puerta con el puño cerrado porque sabía que solo ella podía ayudarle con aquello. Necesitaba que le diera poder o que lo cambiara de misión, pero no podría seguir como estaba sin ser tentado a matar a sus estúpidos compañeros.

-¡Líder! –Golpeó con firmeza y siendo testigo de la mala cara del otro soldado. Lo entendía, si la líder estaba de malas el pobre Giulio pasaría una muy penosa noche. Sentía tener que joderlo así, pero eso era importante y él siguió hablando con su potente tono de voz-: ¡Soy su romano favorito, necesito hablarle! ¡Serán solo unos minutos!

Él no lo provocó, pero pensaba aprovecharlo… La puerta se había abierto sin que él hiciese nada particularmente especial, por lo que Samuele se apuró a ingresar y cerrar antes de que Giulio decidiese discutir más. Nada lo había preparado para una visión semejante, por primera vez en mucho tiempo Samuele Liccari se quedó sin habla al ver el tamaño de las heridas que Abigail en esos momentos se limpiaba. Quiso preguntar, pero no podía acomodar las palabras de forma adecuada:

-Líder…




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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Mar 06, 2018 5:45 pm

Empezaba a estar muy harta de mi marido, la verdad, y teniendo en cuenta que apenas llevábamos tiempo casados y que no había empezado a disfrutar de los privilegios del ducado, no era una perspectiva de lo más halagüeña para mí y para mi futuro. Ah, casi podía oír las risas satisfechas de todos los que habían previsto que la boda iba a ser un fracaso porque evidentemente tenían razón, y me llenaba de rabia darme cuenta de que mucho había sido culpa mía, pero, por suerte, sabía que lo de no tener muchas más opciones que esa me quitaba parte de la responsabilidad, y eso me tranquilizaba. Sí que tenía que estar mal la cosa para que una tontería así me quitara un peso de la espalda, pero así era la cruda, maldita y triste realidad a la que me había visto arrojada en parte por otros y en parte por mí misma. De todas maneras, tampoco era mi estilo ser así de negativa: a todo era capaz de encontrarle cosas prácticas y que me beneficiaran, pues seguía siendo francesa y muy dada a arrimarme al árbol que más sombra diera, y esa situación no era una excepción, pues había servido para reconciliarme tanto con mi naturaleza de licántropa como con mi puesto de líder de una facción de la Inquisición. Que alguien avise al Vaticano, por todos los santos: al final resultaba que los milagros existían y que yo era la viva prueba de ello porque, después de años lamentándome por formar parte del Santo Oficio, había empezado por fin a cogerle el gusto a mis labores e incluso a encontrarme en la maldita sede de la Inquisición. Me pondría a cantar el Aleluya, pero tenía las costillas tan destrozadas que no me salía apenas la voz del cuerpo, ni siquiera para pedir a los soldados que vigilaban mi puerta que no dejaran entrar a nadie: ahí era donde entraba el recientemente descubierto amor por mi condición, puesto que algo que, de ser humana, me habría costado curarlo meses, a mí como loba sólo me costaría un breve, pero doloroso, ratito.

El principal problema con mi lógica residía en que mi marido había aprendido también de mis talentos curativos, y se estaba empezando a aficionar a herirme con armas de plata, bien puras o bien en aleación, para que así sus golpes me duraran más. Como siempre, me había mostrado tan altiva y tan indiferente a su violencia en cuanto le había anunciado que me requería mi oficio (el santo, no el pecaminoso, que bien podría ser otra opción de peso) que eso sólo había servido para que se entregara con más furia a la tarea de pegarme y, después, utilizarme como mujer, pero no era nada que no me esperara, así que ni siquiera me pilló por sorpresa. Simplemente hice como tantas otras debían en sus matrimonios: tumbarme boca arriba, pensar en otra cosa (en mi caso, en mis futuras tareas en el cargo, que cada vez me ansiaba más realizar) y esperar a que terminara; en cuanto lo hizo, me levanté como pude, bajé hasta mi carruaje para que me llevaran hasta la sede de la Inquisición, lo más parecido a un hogar que me quedaba en ese momento. Una vez allí, me encerré en la habitación que solía ocupar y me deshice de toda la ropa que me cubría, salvo la más interior, para curar mis heridas, y justamente así fue como me encontró Samuele, a quien dejé pasar más por pesadez que por ganas de hablar o de explicarle nada, bien fuera el porqué de encontrarme de aquella guisa o bien de las heridas que me recorrían el cuerpo. Ante su muda mirada, me aproximé como si no fuera nada del otro mundo, le puse en las manos el alcohol y el paño limpio que había estado utilizando y le di la espalda para que viera el corte que me la recorría, en diagonal desde el hombro izquierdo a la cadera derecha. Quizá para ayudarlo, me aparté el pelo y me hice una trenza lateral rápida, de modo que ese obstáculo quedó también fuera de su camino, pero aun así no se movía, y decidí girar la cara para mirarlo, arriesgándome a que se fijara también en los golpes que tenía ahí. E importándome poco que lo hiciera, debía añadir.

– A esa no llego, ¿me vas a hacer darte la orden de ayudarme o puedes hacerlo por tu cuenta, Samuele? Si no colaboras, te echo a patadas de aquí, estoy magullada pero no lo suficiente para no poder encargarme de ti. Ah, y ten cuidado, creo que hay un poco de plata, por cómo escuece.



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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Samuele Liccari el Sáb Mar 24, 2018 4:28 am

Claro que se había quedado paralizado. No había creído tener vida para ver a Abigail recibiendo una paliza de ese nivel. Ella era astuta, sabía cómo moverse en todo sentido, además era diestra en armas y muy fuerte dada su condición… ¿quién, entonces, había podido herirla así? La mente de Samuele no lo comprendía y así lo expresó cuando pudo al fin hablar:

-¿Pero qué carajos…? ¿Qué le ha ocurrido? –dijo, mientras se acercaba un poco más para buscar entre los cortes restos de plata- . A ver, estése quieta que creo que veo algo… ¿Quién el hizo esto? Un demonio mucho más fuerte que usted, supongo.

Por supuesto que no daría la orden de que lo sacasen de allí, porque aunque lo hiciera Samuele se quedaría junto a ella. Esperaba que la bestia que le había hecho aquello, esa salvajada, estuviera viva, porque él mismo deseaba matarle.

-Esto le dolerá, ya sabe que no soy muy delicado, tengo dedos gruesos, jefa. A ver vamos más cerca de la ventana, creo ver algo… -Allí corrió parcialmente las cortinas, gracias a lo que entró un poco más de luz-. Esto es… ¿plata líquida? ¿Cómo puede ser posible? Sí, veo como unas pequeñas gotas.

Mojó el trapo con el alcohol y comenzó a limpiar la zona a conciencia, en detalle. Sabía que aquello debía estar doliendo demasiado pero por su condición de licántropo Abigaíl no podría cerrar esas heridas si la plata no era retirada, de nada le valdría la sanación rápida de los sobrenaturales. Para quitarla, Samuele debía raspar con el trapo pues la plata se había adherido a la carne y era difícil que saliese toda... pero él lo conseguiría.

-¿Va a decirme qué ha sucedido? ¿Quién le hizo esto? Apuesto que algún tecnólogo porque eso de la plata líquida yo jamás lo había visto –le dijo, preocupado. Tenía buenos amigos en esa facción, ya se encargaría de averiguar un poco más al respecto-. Esta Orden de mierda está cada vez peor –aseguró, sin temor de blasfemar delante de su líder, creía que tenían algo de confianza ya-, los novatos se creen líderes, los bibliotecarios salen armados como si fuesen soldados y ahora la líder de la facción tiene plata líquida en la espalda. ¡Que Cristo me lleve! Sí, que por suerte me confesé hace dos días y no he tenido tiempo de pecar.

Ya no veía nada más, creía que había limpiado bien la zona, pero claro que lo que importaba era lo que ella sentía. Necesitaría vendarle la espalda con una tela limpia y humedecida en agua caliente. Salió un momento por la puerta y le habló al guardia:

-Necesito un jarro con agua hirviendo, ya mismo. –Sin más explicaciones cerró y se acercó otra vez a Abigaíl-. ¿Qué siente? ¿Todavía dolor? Yo no veo más, pero tal vez usted la sienta todavía entre los pliegues de la herida… Ahora traerán agua bien caliente, es para que le quede la herida vendada, en los humanos funciona y al cabo de unos días las heridas están cicatrizando sin infecciones, así que supongo que mañana mismo usted ya notará la diferencia. Oh, mire ese rostro… -Tomó la parte del paño que no había usado y lo humedeció en alcohol antes de limpiarle con él el rostro a la mujer.




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Re: It’s all about to happen | Privado

Mensaje por Abigail S. Zarkozi el Mar Abr 03, 2018 10:53 am

Lo lógico habría sido pensar que me sentía rabiosa por la paliza, el escozor de la plata que sentía correrme por las venas y la humillación de que alguien se creyera con derecho a ponerme la mano encima, pero ¿desde cuándo era yo una persona lógica...? En lugar de ese sentimiento tan razonable que me parecía hasta casi loable, me sentía saturada, especialmente por la inactividad que se había apoderado de Samuele nada más verme, como si fuera la primera vez que me contemplaba herida de gravedad. ¿Tan corta era su memoria que ni recordaba nuestra primera aventura con vampiros, donde me había metido hasta el fondo de las fauces de esas bestias y había salido viva, pero no indemne? Quizá. O quizá sólo se trataba de que no se esperaba verme así, y la verdad era que en eso no podía culparlo porque ni siquiera yo había creído que el pan sin sal del duque de Amboise fuera capaz de semejante violencia contra alguien, pero la vida estaba llena de sorpresas, y era un consuelo ver que no solamente me estaban reservadas a mí. Con toda la paciencia que fui capaz de acumular, aunque para ello tuve que concentrarme en contar hasta tres mil doscientos cincuenta para que no se me escapara algún comentario hiriente o un golpe que hiciera que los propios me dolieran más, aguardé a que decidiera empezar a curarme la herida de la espalda... y, la verdad, casi mejor no haber esperado. De no haberlo hecho, habría estado amparada por esa rabia que había llegado a sentir al principio, antes de verse sustituida por la saturación, y eso habría mitigado el dolor, pero no, tuvimos que esperar y tuve que estar ahí plantada, con los ojos cerrados y subiendo la cuenta mental hasta un millón para no gruñir por culpa de aquel maldito metal que me mataría por dentro si le daba la oportunidad.

– No, no ha sido un tecnólogo. No ha sido nadie de esta maldita Inquisición, ¿te lo puedes creer? Supongo que indirectamente sí, porque no estaría en esta situación de no ser por la de enemigos que me he ganado aquí dentro, pero quien ha hecho todo esto no es un inquisidor, sólo alguien con más francos que cabeza y que tiene acceso a información privilegiada sobre los que son como yo.

No estaba de humor para explicarle nada más, no mientras siguiera raspándome la espalda y siguiera también hablando, así que dejé que él continuara mientras yo aguantaba como podía el dolor que él no podía ni imaginarse. Lo más cercano que recordaba al escozor de la plata, antes de ser transformada, era rociar vinagre o sal en una herida abierta: era ese mismo tipo de dolor agudo pero mucho más intenso, con una duración mucho más larga y que, además, sabías que te estaba matando. En realidad, ahora que lo pensaba mejor, no había nada que se le comparara exactamente, y ese pensamiento me vino al sentir la paz que vino cuando él paró. Se me escapó, sin poder evitarlo, un suspiro bajo de alivio, que no duró demasiado porque todas las cosas buenas tenían un final y la falta de dolor también: demasiado pronto, él volvió a tratar mis heridas, esta vez las del rostro, y yo le dejé aunque puse los ojos en blanco, porque esas eran las que menos me importaban de todas. Era curioso que yo, siendo una mujer que siempre me había considerado bastante coqueta pese a mi profesión, ya apenas tuviera en cuenta los golpes que me estropeaban el rostro. No sabía si ese cambio de parecer se debía a que sabía que eran los menos graves de todos o a que, sencillamente, me importaba poco lucir las marcas de una batalla que terminaría por ganar; fuera cual fuese el motivo, empezaba a darme cuenta de hasta qué punto mi matrimonio por la fuerza me había cambiado, de más maneras de las que me habría gustado, y el pensamiento me supo tan amargo que casi se me atragantó. Como única respuesta posible, alcé el rostro hasta enfrentarme al de él, hermoso y completamente sano en comparación con el mío, destrozado, y me encogí de hombros, medio desnuda como me encontraba ante él y sin que me importara lo más mínimo mi estado. Algunas cosas, por suerte, nunca cambiaban.

– Duele, pero menos que la espalda. Creo que te queda algún trozo de plata solidificada por ahí, y luego seguramente te pida que te encargues, pero ahora prefiero que te centres en la cara. En cuanto a lo demás... No sé qué quieres que te diga, Samuele. ¿Quién ha sido? Es inútil, volverá a hacerlo. A los maridos no les gusta que se les lleve la contraria.



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