Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Poema de salvación | Privado

Mensaje por Niek O'Neil el Miér Feb 21, 2018 11:22 pm

Cristo moriste en una cruz, resucitaste con poder.
Perdona mis pecados hoy, sé mi Señor y Salvador.
Cámbiame y hazme otra vez, ayúdame a serte fiel.

Extracto del Poema de Salvación; Canción religiosa.



Niek O’Neil inspiró y el aire frío de París le pinchó por dentro. No le importaba, estaba acostumbrado a noches más frías. No era ningún improvisado, todo en su vida no había sido más que preparación, ¿para qué? Pues para eso que vivía ahora, para tener las herramientas suficientes a la hora de embarcarse en su misión.

Noche cerrada. Las personas caminaban y reían, los carros avanzaban y se detenían. El teatro de vampiros se iba llenando y él tenía la entrada prohibida al lugar luego de haberse colado una noche e interrumpido la función para dar un mensaje de salvación espiritual a todos los espectadores. Sí que se había librado por poco aquella vez, solo porque uno de los actores le había tenido lástima y lo había ayudado a escapar. Un ángel enviado por Dios sin dudas... Cualquiera en su lugar se hubiera dado por vencido, pero no él. El padre Niek, como lo llamaban sus antiguos feligreses, no se detenía. Primero porque era irlandés, tozudo como nadie, y luego porque sabía que no estaba de paso en esa vida sino que tenía un plan divino que cumplir: reconciliar a los vampiros con Cristo.

Tenía prohibida la entrada y más, porque tampoco podía hablar con las personas a la entrada del espectáculo… Se lo había ordenado un para nada amable hombre de seguridad hacía dos semanas y desde ese entonces su estrategia había cambiado. Durante el día, Niek escribía en papel de carta. A algunos les ponía alguna porción de los evangelios, a otros un salmo, Dios se encargaría de que Su Palabra llegase a los corazones necesitados en el momento preciso y a Niek le gustaba imaginar que alguno de los vampiros se conmovía al leer los salmos que él copiaba para entregarles en la esquina, antes de que entrasen a ver el espectáculo. Al final de cada improvisada tarjeta, él dejaba una invitación.


SI DESEAS REENCONTRARTE CON DIOS, BÚSCAME A LA SALIDA DE LA FUNCIÓN FRENTE AL TEATRO.
PADRE NIEK.


Contra todo pronóstico –menos el propio pues él nunca había perdido la fe-, Niek se encontraba aconsejando y hasta abrazando con genuino amor a uno o dos vampiros por noche que nostálgicos buscaban volver a sentirse cercanos a Cristo como lo habían estado en sus épocas de vida. Ya por eso, por ese pequeño número de personas semanal, para él valía la pena vivir para Dios.

¿Qué hacía mientras esperaba? Daba vueltas por las calles cercanas, buscando a quien bendecir, rezaba pidiéndole a Dios que esa noche le permitiese conocer a un vampiro con necesidades espirituales al que pudiese serle de ayuda, y fuerzas también para afrontar cualquier agravio o intento de violencia… porque de eso también había tenido y mucho.

Había estado contando cuantas cartas le habían quedado en el bolsillo de su abrigo: cinco, más otras dos que había recogido del suelo en su caminata de oraciones. Alguien las había abollado y aunque a Niek eso le daba pena –pues pensaba en el tiempo diario que le dedicaba a escribir aquello-, se había dicho que esos salmos podían bendecir a dos vampiros entonces, al primero que leyó la Palabra Santa y ésta le caló tan hondo que no pudo resistirla y la arrojó al suelo, y a otro más, un segundo vampiro que la recibiría la próxima vez.
La salida del público lo encontró bien plantado en el lugar convenido, justo frente a las puertas del lugar. Cuando la mujer se acercó a él, Niek se irguió sin saber qué debía esperar del encuentro. Con los vampiros nunca podía saberse…


-Bendiciones, hija –saludó y reprimió el impulso de hacer la señal de la cruz delante de ella, porque algunos lo consideraban ofensivo, poniendo sus manos en los bolsillos-. Soy el padre Niek, ¿me buscabas? –Le sonrió, deseando poder trasmitirle paz.


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Re: Poema de salvación | Privado

Mensaje por Gyda el Sáb Mar 10, 2018 1:54 pm

Gyda estaba aburrida. Quizá aburrida no fuera la palabra correcta para describir el desazón que sentía desde que supo que su sire había muerto, pero era lo que más se le parecía. Habían pasado varias semanas desde su primer encuentro con Ciro, y su estado de ánimo había mutado desde la rabia más pura hasta la pena más amarga, pasando por un millar de estados intermedios a cada cual más extraño que el anterior. Ahora que ya lo había asumido —o, al menos, eso parecía—, se había dado cuenta de que no sabía qué hacer con su vida. Salir a cazar humanos la satisfacía en el momento; el sabor de la sangre caliente deslizándose por su garganta, fría como el mismísimo hielo, le proporcionaba un placer indescriptible para cualquier mortal. El problema venía luego, cuando el éxtasis inicial se disipaba hasta desaparecer. En ese momento, Gyda entraba en un círculo vicioso en el que cada vez buscaba más sangre para sentirse bien, sin obtener resultados satisfactorios a largo plazo.

Se despertó de su letargo y rodó en la cama donde había dormido —si es que se le podía llamar así a lo que hacía—, pensando en qué haría esa noche. ¿Salir a cazar? ¿Para qué, si, cuando volviera, se sentiría igual de desgraciada que en ese momento? Podía haber enloquecido, pero no era tonta. Ya se había dado cuenta de que necesitaba algo con lo que divertirse, un nuevo objetivo en la vida. Era eso, o la muerte.

Se levantó y eligió uno de sus vestidos favoritos, de suave terciopelo color burdeos —que resaltaba sus ojos azules— con un escote bastante prominente. Por primera vez en mucho tiempo se recogió el pelo, dejando el fino cuello a la vista, que decoró con una gargantilla de pequeñas cuentas de obsidiana, regalo de alguien del que no recordaba ni el rostro. Poco importaba ya, también estaría muerto.

La Gyda que salió de su casa esa noche parecía una completamente distinta a la que salió el día anterior, tan andrajosa y desaliñada que parecía una muerta de hambre. Muchas miradas se clavaron en ella, y la vampira se dio cuenta. No obstante, fingió ignorarlas y buscar un coche que la llevara al Théâtre des Vampires, uno de sus lugares favoritos en París. El camino no duró demasiado, así que no tardó en tener frente a ella el majestuoso edificio donde se juntaban los moradores nocturnos de la ciudad. Gyda siempre se había encontrado allí con gente interesante, y esperaba que esa vez no fuera una excepción. Estaba segura de que, al menos, conocería alguna compañía que llevarse a casa. Que durara más de una noche era algo que estaría en manos del humano en cuestión.

El cochero se marchó y ella se adentró en teatro. Cruzó el recibidor sin dirigir la mirada a nadie en concreto, tan sólo entreteniéndose lo suficiente en saludar a viejos conocidos con los que no deseaba tener conversación. Poco le importaba parecer maleducada, así que subió enseguida a su palco y allí se quedó. Alternaba su atención entre la función y el público que había en la platea, donde estaban los humanos más valientes e inconscientes de París. ¿Es que no se daban cuenta de que ir allí era como meterse en una jaula llena de leones? Gyda sondeaba los pensamientos de aquellos que tenían las auras más débiles, pero todo lo que escuchó fue basura inservible. No obstante, alguno debería valer, al menos para esa noche.

Cuando la función terminó, salió del palco y, mientras se encaminaba hacia el piso inferior, vio un papel arrugado en el suelo. Una vez lo tuvo en sus manos, lo leyó.

Padre Niek —susurró.

Alguien la empujó al pasar a su lado y la sacó del ensimismamiento que le había producido el panfleto. Gyda bufó al susodicho, que la miró con mala cara y se largó sin siquiera pedir perdón. ¡¿Pero qué se había creído ese humanucho de tres al cuarto?! Lo siguió hasta la puerta, pero, cuando estuvo a punto de darle alcance, vio, frente al teatro, a un hombre esperando. Su mente se olvidó del indeseable que la había empujado y se fijó única y exclusivamente en él. Su aura, su olor —que hasta ahí le llegaba—, el vigor que mostraba, su porte. Todo en él llamaba su atención.

Cruzó la calzada y se aproximó al hombre.

Hola, padre —saludó, suponiendo que era así como debía referirse a él; Gyda nunca había aprendido nada sobre la religión que ahora gobernaba en la ciudad—. Imagino que todos estos panfletos son de su puño y letra. —Le entregó el que ella había encontrado—. Ha debido ser un duro trabajo, ¿me equivoco? ¿Y todo para qué? Para que unos desagradecidos lo tiren al suelo a la primera de cambio. —Se acercó y se colocó frente a él, bastante cerca para tratarse de un hombre santo—. Dígame, padre, ¿cómo espera que alguien como yo se reencuentre con Dios? Tengo bastante curiosidad.

Ladeó la cabeza y sonrió, de manera que sus colmillos no quedaron ocultos tras sus labios. Bien podía clavarle una estaca allí mismo, pero algo le decía a Gyda que no lo haría.


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Re: Poema de salvación | Privado

Mensaje por Niek O'Neil el Vie Mar 23, 2018 9:36 pm

¡Alabado sea Dios! La primera vampiresa de la noche había llegado y Niek confiaba en que alguno de los panfletos que había escrito le hubiesen calado hondo, tanto como para hacerla reflexionar y decidir volverse hacia la cruz donde un Cristo misericordioso la aguardaba para hacerle ver que Él había muerto injustamente para perdón de los pecados de la humanidad, humanidad en la que ella también estaba incluida.

-Sí, los he escrito yo. Espero que haya sido de bendición para ti leer algún pasaje de las Sagradas Escrituras.

Ya estaba habituado a eso, no era la primera vez que alguien rompía con lo que él había hecho. Niek no sabía dónde más hallar vampiros, solo había dado con el dato de ese teatro y por eso era allí a donde iba en las noches desde que había llegado a la pecaminosa ciudad de París, era por eso –por no conocer otro sitio- que soportaba estoico los atropellos y las humillaciones que estaban presentes cada noche sin falta. Insultos, a veces escupitajos e incluso una vez una señorita se había desnudado los senos para molestarlo, para provocarlo a que se alejase de las inmediaciones del teatro. Ah, pero ahí seguía firme Niek y no se iría porque a cambio se sabía útil para los que sí se acercaban con genuino interés a él; había aguantado cosas mucho más penosas y podía seguir adelante tras la rotura de algunos de sus panfletos. Eran papel, papel y amor de Dios, ambas cosas él tenía como para seguir produciendo sus invitaciones por largo tiempo más.

-Oh, no te preocupes, hija querida. Puedo hacer más, como decía San Pablo: nada apagará el fuego del don de Dios que arde en mí. No me molesta ni me hiere que ellos desprecien así lo que con amor he hecho, más bien creo que tarde o temprano necesitarán ayuda, consejo o contención… y entonces recordarán que en las noches hay un sacerdote en las puertas de este teatro dispuesto a ayudar –se encogió de hombros y le sonrió.

Un grupo de unas seis personas –parecían adolescentes pero a Niek ya no lo engañaban, sabía bien que los vampiros podían tener trecientos, cuatrocientos o mil años pero aparentar solo dieciséis- pasaron junto a ellos, algunos se rieron del sacerdote y otros halagaron a la señorita:

-¡Si hubiera sabido que haciendo de idiota chupa cruces acabaría cerca de una hembra así ya me hubiera hecho cura! –Confesó uno y Niek sintió sus mejillas encenderse por la vergüenza que aquella descarada frase le daba. ¿Cómo podían ser así de descarados?

-¡Parece que al fin alguien alegrará al padre Niek! –dijo otro y le arrojó una bola de papel directa a la cara del sacerdote que no tuvo que inclinarse a levantarla pues sabía lo que era.


-Dios los bendiga, muchachos. Espero que estés mejor, Oliver –le dijo Niek al último pues lo conocía, de hecho lo había confesado en dos oportunidades. Aparentaba quince años pero tenía casi doscientos-. Perdónalos, no son malos –le dijo a la mujer-, solo están perdidos en una falsa eternidad que en verdad no les pertenece. Yo creo que lo primero que debes hacer para encontrarte con Dios es reconocer que necesitas de Dios.


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Re: Poema de salvación | Privado

Mensaje por Gyda el Dom Mayo 06, 2018 11:48 am

Gyda no podía contestar si había sido, o no, una bendición para ella leer los pasajes de la biblia que el padre Niek había escrito con tanta dedicación. Era capaz de leerlos, por supuesto, pero el efecto que producían en ella era le mismo que si leyera el poema más popular de la época, o la novela más aclamada: nada. Antaño, cuando todavía estaba descubriendo los secretos de la inmortalidad —hacía ya más de dos mil años—, todo lo que pudiera descubrir mediante la lectura se le antojaba apasionante. Le gustaba ojear manuscritos de viejos filósofos que hablaban de seres como ella, vampiros que todavía no tenían nombre pero que ya causaban miedo y estupor entre la gente. Pero Gyda leía, sobre todo, porque a su creador le gustaba leer. Fue él quien le enseñó, con paciencia, todo lo que debía saber. Ahora que ya no estaba, a la vampira ya no le suponía ningún placer, al contrario: lo sentía una pérdida de tiempo cuando podía hacer otras cosas, a su juicio, mucho más interesantes.

Por eso, porque no podía contestar a las palabras del cura, fue que lo ignoró y se acercó a él un poco más. Lo examinaba de arriba a abajo como si fuera una obra de arte labrada en piedra mientras pensaba en qué clase de loco era que esperaba en la puerta de un lugar congregado de depredadores como ella.

¿De verdad no le molesta? —preguntó, fingiendo sorpresa—. A mí sí me molestaría, llevándome tiempo y esfuerzo cómo creo que le ha llevado a usted.

Unos chicos de aspecto joven —aunque, nada más verlos, Gyda supo que no eran tal— la interrumpieron de pronto con sus estúpidos comentarios. ¿Pero qué se habían creído? Haciendo un gran trabajo de autocontención, dejó que el grupo se marchara; al parecer, conocían al humano por el que tanto interés estaba mostrando, y él a ellos, así que prefirió callarse lo que tuviera que decirles para no espantar al hombre que tenía delante. Cuando se hubieron ido, no obstante, no dudó en dar su opinión al respecto:

No debería dejar que le hablaran así. Ya tienen edad suficiente para saber comportarse. —Se rió de forma ligera—. Yo lo respeto, padre, lo respeto mucho. Nunca saldrá de mi boca algo como lo que ellos han dicho.

Estiró una mano y rozó el alzacuellos con las yemas de los dedos, dejando que la punta del dedo rozara la piel del cuello de Niek. Estaba tan cerca de él que podía escuchar perfectamente su pulso, brioso como el de cualquier humano joven. El olor de su cuerpo le inundó las fosas nasales, produciéndole quemazón en la garganta. Deseaba beber su sangre, pero no ahí; lo quería sólo para ella, de una manera nunca antes vista. Sus pupilas se dilataron al máximo, transformando sus ojos azules en unos casi negros.

Deslizó los dedos por las clavículas hasta llevarlos a uno de sus hombros y caminó en torno a él sin romper el contacto físico que los unía, dejando que su mano dibujara un sendero por la espalda del hombre.

Me encuentro en un dilema, padre —confesó cuando estuvo de nuevo frente a él—. No sé cómo puedo reconocer que necesito a Dios si fue ese mismo Dios quien me abandonó a mi suerte hace tanto tiempo. He vagado sola desde entonces, sin nada ni nadie que me indicara el camino, pero yo sé usted que me ayudará a encontrar motivos de nuevo. Confío en ello.

Su voz sonaba compungida, como si realmente sufriera por la pérdida de atención de ese ser superior. Lo cierto era que la historia que le estaba contando no estaba muy alejada de la realidad; había estado a punto de morir junto aquel río en el que ese desgraciado la dejó y, si no llega a ser por el vampiro que la encontró, la Gyda que hoy se paseaba por las calles de París no existiría. ¿Había rastro de algún dios en ese periplo que la muchacha sufrió? Estaba convencida de que no, pero qué sabía ella.

Se colocó a su lado y tomó su brazo, pasando el suyo por debajo del masculino. Aprovechó también para palpar los músculos bajo esa sotana que tan poco le favorecía. Con la mano que quedaba libre agarró su barbilla y le obligó a mirarla a los ojos.

Dígame —susurró—, ¿por qué se planta frente al teatro? ¿Acaso quiere conocerlo? Podría enseñárselo a cambio de su ayuda —se ofreció, soltando la barbilla y uniendo sus manos sobre el brazo de Niek—. ¡Oh! No me diga que hace esto por amor a Dios y que no necesita nada a cambio. Vamos, quiero ser generosa con usted. Una visita de cortesía. ¿Qué me dice?


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Re: Poema de salvación | Privado

Mensaje por Niek O'Neil el Miér Mayo 30, 2018 8:16 pm

-Lo que ellos me digan no me hiere, son palabras que nacen de corazones dolidos, corazones cansados o simplemente desorientados –le explicó aquello que le había llevado tiempo entender y aceptar, porque hubo un tiempo en el que se desanimaba con facilidad, mas Dios había trabajado en él modelando su carácter, dándole seguridad-. Gracias, querida. Yo también la respeto a usted y a todos los que como usted son. Todos somos creación de Dios, ¿acaso hay una creación mejor que otra? No nos corresponde ser jueces de eso, lo verdadero es que todos fuimos creados por las mismas manos.

Acostumbrarse no estaba en los planes del padre Niek, pero sí podía decir que no era la primera vez que se encontraba en una situación como aquella y que esa no era la primera vampiresa que lo miraba de manera sensual, tampoco que jugaba a ver qué podía provocar en el cuerpo de ese sacerdote, tan lleno de pecado como el de cualquier hombre. La vampiresa con voz melodiosa, cargada misterio, giraba alrededor de él pero Niek no temía, se repetía las palabras de San Pablo: Si Dios es conmigo, ¿quién contra mí estará?; y de ellas sacaba la paz para enfrentar una vez más su misión con entereza.

-Cuando no tenemos a quien culpar, todos acabamos culpando a Dios. Pero para culpar a alguien primero hay que aceptar su existencia, ¿no lo cree? Eso la convierte en una creyente, usted cree en Dios aunque lo culpe de todo eso para lo que no halla otro culpable mejor. –Hablaba con seguridad, una certeza que nacía de la férrea convicción de que hacía y decía lo correcto-. Claro que sí, es para eso que estoy aquí, para hacer que usted pueda creer en que hay alguien que la ama, alguien que quiere que usted tenga una vida buena y pacífica.

No, no iba a acostumbrarse nunca a la sensualidad de las vampiresas, pero no era la primera vez que una lo tocaba y él ya sabía como debía reaccionar. Alejar el brazo de su cuerpo, para que ella siguiese prendida a él pero a cierta distancia. Maldición, ¿cuándo iba a ser libre de ese cuerpo lleno de pecado? Otra vez pensó en las palabras de San Pablo, que en su carta a los Romanos clamaba por lo mismo, asegurando que su espíritu estaba encendido de deseo por agradar a Dios, pero su cuerpo estaba lleno de pecado y reaccionaba a los estímulos; era una artimaña del demonio para distraerlo de su misión, pero el padre Niek no caería.

-He entrado una vez, hace algún tiempo pero la dueña me ha expulsado sin siquiera permitirme darle la mano a modo de saludo –le comentó mientras caminaban juntos y con sus brazos entrelazados, aunque cuando notó que podría haber sonado disgustado al respecto sintió la necesidad de aclarar-: Aunque la comprendo, ella quería cuidar su lugar y la verdad es que yo puedo esperar aquí afuera sin molestar a los asistentes, no hay necesidad de que nadie se sienta incómodo. Oí que el lugar ha cambiado de dueños, pero temo que pase lo mismo que con la anterior. Le agradezco la invitación y desearía poder aceptar, pero no quiero molestar a nadie con mi presencia.


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Re: Poema de salvación | Privado

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