Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Save my day {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Nora Salazar el Dom Feb 25, 2018 1:01 pm

Nora Salazar de Bergara
Fallecida el 23 de septiembre de 1.777
D. E. P.

Era una lápida simple, sin adornos ni estatuas que vigilaran el sepulcro. Nora solía llevarle un pequeño ramo de flores que recogía ella misma en las campas que había junto al cementerio. Las especies variaban dependiendo de la época del año, pero siempre elegía aquellas que eran de color blanco. Le parecían las más apropiadas para dejar en una cementerio, sobre todo si se depositaban sobre la tumba de alguien al que nunca llegaste a conocer. Acudía allí una vez cada dos meses, más por obligación, como hija huérfana que era, que porque realmente sintiera que debía ir. Se arrodillaba frente a la tumba y dejaba el ramillete de flores en el suelo. Después, miraba la lápida fijamente; ver su mismo nombre y una fecha de defunción en ella le resultaba perturbador. Era como si visitara su propia tumba.

Hola, madre —dijo pasados unos minutos, sin ningún ápice de lástima en la voz.

Tras el saludo, simplemente, se calló. Ella veía que las personas que acudían al cementerio hablaban con sus muertos, pero Nora nunca sabía qué contarle. Aquella tarde había acudido al cementerio acompañada de una de sus compañeras del burdel. Édith, así se llamaba la mujer, había perdido a su esposo hacía tres años. Tuvo que dejar a su hijo de un año al cuidado de unos conocidos y vender su cuerpo para poder pagar la manutención del pequeño. Al niño no le había vuelto a ver, ni siquiera creía que supiera de la existencia de su verdadera madre. De su antigua vida sólo le quedaba la tumba de su difunto marido, que visitaba tan asiduamente como podía. La miró sin moverse del sitio: estaba colocada en la misma posición que Nora, pero se balanceaba de delante hacia atrás, mientras que se enjugaba las lágrimas con un pañuelo. Hablaba y hablaba sin cesar, pero tan sólo podía oír el murmullo de su voz. Un poco más allá, un sacerdote dedicaba unas oraciones junto a una tumba recién excavada. Un grupo de personas acompañaban a otra viuda llorosa, cuya actitud era parecida a la de Édith. Pañuelo en mano, se dejaba consolar mientras su garganta cantaba esas arias llenas de tristeza melancolía. Nora volvió la vista a la lápida de su madre y suspiró.

Tú no tuviste un funeral así, ¿verdad? —Sonrió de medio lado—. Tiene gracia, intimaste con tanta gente que cualquiera hubiera imaginado que llenarías este lugar el día de tu muerte. En lugar de eso, sólo te acompañaron un par de putas que ni siquiera te lloraron.

Estiró la mano y arrancó algunas hierbas que desentonaban en el lugar. Una vez le preguntó a madame Moreau como había sido el funeral de su madre, pero le pareció tan patético que prefirió no terminar de escuchar la historia. Quizá era esa la verdadera razón por la cual la visitaba, sentía lástima por la mujer que le dio la vida.

Vio que Édith se levantaba, parecía que había llegado la hora de marchar. Ella la imitó y realizó el símbolo de la cruz sobre el pecho a modo de despedida, pero, cuando fue a encontrarse con su compañera, vio que un hombre la acompañaba. Había vuelto a encontrar otro cliente clandestino cuyos francos no llegarían a la contabilidad del burdel. No era la primera vez que lo hacía, ni sería la última; Édith no desperdiciaba ninguna posibilidad de ganar un dinero extra para darle a su retoño. Nora, en cambio, no se atrevía a hacerlo. Sabía que si esas actividades llegaban a oídos de Moreau no dudaría en dejarlas en la calle con lo puesto, algo que ninguna se podía permitir. Volvió a suspirar.

El grupo de personas que habían acudido al funeral había comenzado a disiparse, junto con la luz del día, que se iba apagando poco a poco. La joven echó un último vistazo a la lápida de su madre y se encaminó hacia la salida, camuflada entre la gente de luto. Había aprovechado la salida al cementerio para verse con una persona que la propia Édith había contactado, una hechicera que decía tener hierbas anticonceptivas tan buenas —incluso mejores— que las del estúpido de Jerôme. Ese tipo se aprovechaba de ellas a la mínima ocasión, y si no fuera por la necesidad que tenía Nora de sus remedios lo habría mandado a paseo hacia tiempo.

Se apostó en una esquina y esperó a que la mujer apareciera. Se llamaba Ilanka, según le había dicho Édith. El apellido no era capaz de pronunciarlo sin atragantarse. Cuando el grupo que estaba celebrando el funeral salió, una mujer poco mayor que ella se acercó al cementerio. Por su pelo rubio brillante y sus ojos como el cielo debía ser la rusa que ella esperaba. Se adelantó y le salió al camino.

¿Ilanka? —preguntó cuando llegó a su lado—. Soy Nora, una amiga de Édith.



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Re: Save my day {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Ilanka Kratorova el Dom Feb 25, 2018 11:07 pm

No conocía aquella zona de la ciudad, ¿cómo podía ser posible ver a alguien como ella dirigiéndose al cementerio? ¡Las cosas que hacía por información de la buena! Que sacrificada estaba siendo su vida en París, llevaba unas semanas y ya se arrepentía de haber aceptado trasladarse.

Información. Ilanka debía enfocarse en eso, en que se llegaba hasta allí buscando información de varios hechiceros rusos que estaban ya en París en busca de lo mismo que ella, hacerse con el poder sobre la selecta academia de hechiceros. Todos eran hombres, y si hombres… torpes cuando se entregaban a los vicios. Inteligente como era, se entrevistaría ya por tercera vez con Édith, una prostituta que sabía mucho y que a cambio de un jarabe de hierbas, que impedía la concepción, le contaba detalles de sus rivales. La prostituta en verdad le era útil, sino jamás habría aceptado verla en un lugar como ese.

La esperó durante al menos veinte minutos y no la vio salir. ¿Habría entendido mal? Creía que no, ella le había dicho con claridad que podían encontrarse allí sin temor a ser descubiertas, recordaba bien que le había dicho que se vieran en el cementerio… Le convenía no engañarla porque Ilanka enojada –sintiéndose estafada- podía ser letal. Bajó del carruaje y entró en el lugar sin hacerse señas religiosas ni besar ninguna cruz. Ingresó como si estuviera entrando en cualquier parque común de la ciudad, y la buscó con la mirada. No tardó en acercársele una muchacha, que pronunció su nombre.


-¿Y dónde está tu amiga? –le preguntó y su marcado acento le añadía a sus palabras una dosis de insensibilidad-. Pero que horrible lugar, ¿quién dejaría a alguien amado aquí? Alguien pobre, o que odiase a sus familiares, de seguro –dijo, dando otra mirada a su entorno.

Se sentía fastidiosa, no le gustaba estar allí y al fin había podido expresarlo en voz alta, tampoco se sentía segura con la cantidad de gente que rondaba, ¿en qué estaba pensando Édith cuando imaginó que ese era un lugar idóneo para tamaño encuentro?


-Así que eres Nora -la observó de pies a cabeza antes de decidir que podía confiar en ella-. Mira, no pienso hacer nada aquí, sígueme –le ordenó y se puso a andar, de nuevo hacia el carruaje-. La pestilencia de los muertos nos va a enfermar y yo soy alguien importante, hay gente que depende de que esté siempre en óptimas condiciones… supongo que los hombres a los que te entregas esperan lo mismo de ti.

Subió al carro y se acomodó, le hizo un gesto para que hiciese lo propio y cerrase la puertilla tras ella. No le importaba, el carruaje no era de ella porque no había tenido tiempo de comprar uno todavía, así que se sentía en la libertad de subir a cualquier tipo de gente, siempre que eso le fuese conveniente.

-¿Sabes qué clase de negocios hago con tu amiga? –le dijo, y sacó de debajo de su asiento tres frascos medianos con un líquido que ella misma había preparado. Tomó uno que destapó para oler-. Ahh, el aroma de la libertad –dijo, con los ojos cerrados en marcada evidencia de disfrute-. A esto le debo mi vida. He llegado feliz y sin hijos a los veinticinco años de edad gracias a beber dos tragos de esto tres horas después de cada relación sexual. Obviamente no revelaré qué contiene, es un secreto, un efectivo secreto.

Volvió a guardar aquello, no se lo entregaría aún, y tomó en cambio su libreta. Allí tenía un listado con el nombres de algunos de los hechiceros de los que necesitaba saber más…

-Esto funciona así –dijo mientras se acomodaba con la hoja delante para no olvidar a algunos-: sé que algunos de estos hombres frecuentan semanalmente el burdel en el que ustedes trabajan. Desconozco si todos habrán pasado por sus cuerpos o si les han revelado sus verdaderos nombres a ustedes, espero que sí hayan sucedido ambas cosas. Tú me dices todo lo que sepas de ellos y yo te entrego esto, a cambio también de que me informes de todo lo importante que sepas de ahora en más referente a ellos, tu amiga sabe cómo contactarme. Te ruego que no me citen en este patético lugar otra vez, podemos ir al puerto o al mercado, simplemente las subo a mi carruaje y damos unas vueltas… ¿Comprendes lo que te digo o estoy hablando muy rápido?

Rogaba qué sí le siguiese las ideas, tampoco podía perder todo el día allí… Era bonita, tenía cara de inocente. Por un momento se preguntó cómo alguien tan bella había acabado en un burdel, pero era obvia la respuesta: una mujer tan bella como ella y pobre solo podía aspirar al burdel, monja no le convenía ser. Bah, igual no le interesaba su vida, mucho menos sus problemas.

-Veamos… Vasil Gratchenko; Boris Moltov; Pavel… Adoro el nombre Pavel –confesó y se llevó la mano al pecho-. Pavel Mirtov; Aleksander Suvorov y por último Nikolai Saratov. ¿Qué sabes de ellos, Nora? –le preguntó rápidamente, pues quería sacarse de la boca el amargo sabor del último nombre.



Pues ya todo está escrito en el cielo.

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Re: Save my day {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Nora Salazar el Dom Mayo 06, 2018 12:00 pm

El aspecto angelical de la mujer era sólo eso, fachada. Nada más decir las primeras palabras, Nora ya supo con qué tipo de persona estaba hablando. Estaba acostumbrada a tratar con gente que la miraba siempre por encima del hombro, como si ella fuera un despojo de la sociedad, útil, en cierta medida, pero completamente innecesario. No le dio demasiada importancia, lo que quería de ella eran los remedios anticonceptivos que se suponía que preparaba. Édith había mantenido en secreto lo que la hechicera pedía a cambio, así que Nora no sabía a qué atenerse. Había traído los francos que tenía reservados para eso, esperando que fueran suficientes y, con ellos a buen recaudo en el bolsillo de su falda, la siguió hasta el carruaje.

Édith ha tenido que marcharse —dijo de forma vaga; no confiaba del todo en esa mujer, así que no creía que contarle la verdad acerca de su amiga y el cliente clandestino fuera buena idea—, pero yo puedo ayudarte.

Lo dijo confiada, pero la verdad era que no tenía ni idea de si sería capaz de hacerlo. Subió al carruaje, se acomodó donde la hechicera le pidió y se mantuvo callada mientras la rusa hablaba. Las monedas le pesaban en el bolsillo, como si quisiera soltarlas ya a cambio de esas pócimas que le había enseñado. Se llevó una mano al costado y las palpó con disimulo por encima de la ropa; deseaba terminar con aquello, pero, tal y como vio después, no iba a ser tan sencillo.

Ilanka quería información sobre sus clientes, en concreto, de aquellos que aparecían en esa lista que mantenía lejos de sus ojos. ¿Y si ninguno de ellos visitaba a Nora? ¿Qué podía decirle ella si no conocía a los hombres en cuestión? ¡Maldita sea, Édith y sus hombres! Por lo general, las chicas no solían compartir a sus clientes más asiduos. Si a alguno de ellos le gustaba una de las prostitutas, acudía siempre a ella salvo que se encontrara indispuesta. Si estaba ocupada esperaban pacientemente su turno, puesto que las chicas, que no eran tontas, aprendían lo que más les gustaba a los hombres que iban a donde ellas y lo ponían en práctica. Por eso mismo, Nora apenas conocía con quién se veía su compañera, de la misma manera que la otra no conocía los de la morena.

De acuerdo —dijo, con el pulso acelerado y un pitido agudo en los oídos. Si no podía ayudarla, ¿la tiraría del carruaje en marcha?

Empezó a recitar los nombres de los hechiceros, pero con cada uno nuevo que decía, a Nora se le revolvía más y más el estómago. ¡No conocía a ninguno y necesitaba esas hierbas! Había rechazado la cita con Jerôme porque Édith le había asegurado que Ilanka les proveería de lo necesario para todo un mes. Respiró hondo y, cuando estuvo a punto de pedirle que paraban el coche —estaba empezando a faltarle el aire por la angustia—, escuchó el nombre de aquel que le iba a salvar el día: Nikolai Saratov.

Sé que Pavel es cliente de Édith, es con ella con quien pasa más tiempo, pero conmigo ha estado un par de veces en las que ella no se encontraba bien —comentó—. Se casó por conveniencia y no ama a su esposa, ni ella a él. Cree que lo está engañando con otro hombre, así que él viene al burdel a hacer cosas que su mujer no quiere. Al que sí conozco es a Nikolai —dijo y, por un momento, sus ojos brillaron al recordar la forma que tenía de tocarla—. Suele venir una o dos veces a la semana y siempre está conmigo. Vivió en San Petersburgo hasta que su madre murió, cuando él tenía nueve o diez años, creo. Entonces, su padre contrajo segundas nupcias con una mujer de aquí, de París, a la que Nikolai no soporta. —Hizo una pausa que aprovechó para estirar las arrugas de la falda del vestido—. También tiene dos hermanas a las que tampoco soporta y, por lo que me cuenta de ellas, no me extraña, en absoluto. Las dos están casadas y tienen hijos, así que su madrastra está empeñada en que él haga lo mismo porque, según le dice, ya va siendo hora. —Imitó la voz que ponía Nikolai cuando le hablaba de ella, aguda e irritante—. Ha vivido aquí desde entonces, pero odia la ciudad. No tengo claro a qué se dedica, siempre que se lo pregunto me contesta cosas demasiado genéricas y bueno, no está para perder el tiempo.

Se calló y la miró. Eso era, a grandes rasgos, lo que podía contarle sobre Nikolai. El resto de detalles involucraban las actividades que se llevaban a cabo en la habitación del burdel, y Nora dudaba que eso fuera de interés. Si quería se las contaría, una puta no tenía pudor en hablar de esas cosas, pero debería ser ella quién se lo pidiera.

¿Es eso lo que quieres saber de él, o acaso son otro tipo de cosas las que te interesan?



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Re: Save my day {Ilanka Kratorova}

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