Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Kaethe el Lun Feb 26, 2018 10:35 pm

Danzaba hermosa la lluvia bajo la melodía irregular de los truenos, que habían hecho huir rápidamente al gentío que hacía apenas unos minutos adornaba con colores brillantes las callejuelas de la ciudad de París. Kaethe correteaba tranquilamente bajo las gotitas de lluvia que la traspasaban sin desviarse nunca de su trayectoria, marcada por la gravedad. Incluso la lluvia, que antes le había parecido igual de molesta para todos, desde hacía un tiempo hasta ahora también se había decidido a ignorarla. Como hacían todos cuanto la rodeaban. Este hecho la hacía sentir terriblemente vacía. Que otros negasen tu existencia era una cosa, pero que el propio mundo pareciera olvidarse de que existes era algo mucho peor. Cuando era niña, solía perderse por el bosque junto a su padre, cuando la tormenta se hallaba en su momento más poderoso. Acampaban bajo la fina tela de una tienda de campaña vieja y descolorida, y observaban maravillados cómo el llanto de los cielos azotaban con fiereza las ramas de los árboles, teñidos de diferentes tipos de rojo y marrón, a causa del otoño. Pronto lucirían pelados por acción del cruento invierno, que los despojaba de su protección y de su hermoso vestido otoñal. Era un espectáculo grandioso. Casi tanto como ver la nieve caer en copos pequeños, amontonándose sobre el pavimento. Y allí estaba, lejos de casa, de sus seres queridos y de todo cuanto alguna vez amó. Y ahora ya ni siquiera se sentía parte del mundo que una vez se prometió que iba a conquistar. Sentir, notar. Tan sólo quería eso.

Pero hacía mucho que ya ni notaba ni sentía absolutamente nada.

Finalmente, y tras concentrarse un poco, consiguió que la lluvia volviera a hacerle caso. O dicho de otro modo, logró hacerse corpórea. Caminó a paso lento, apreciando el contacto con el suelo que pisaba, sin saber bien hacia dónde dirigirse. Sacó la lengua esperando saborear la lluvia, y ladeó el rostro al notar el contacto, sin llegar a apreciar a qué sabía exactamente. No, seguía sin ser lo mismo. Paseó durante horas, dejando que la lluvia fuera empapándola lentamente. ¿Qué pasaba con el frío? ¿Nunca necesitaría volver a abrigarse? Algo que en otras circunstancias parecería una ventaja, ahora le resultaba francamente fastidioso. Sentía su vello erizarse, sentía su cuerpo temblar levemente... Pero, ¿Tenía frío? No podía decirlo. No lo sabía. No identificaba ninguna de las señales que antaño su cuerpo transmitía para decirle qué era lo que sus sentidos percibían. Y lo peor de todo, era que desconocía los motivos detrás de aquel cambio. Su memoria estaba fragmentada, difusa. Ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado desde que recuperara la consciencia y se diera cuenta de que estaba lejos de su familia. Y no saber, no comprender, resultaba mucho más doloroso de lo que nadie imaginaba. Suspiró largamente, sin ser consciente de sus propias lágrimas a medida que éstas caían por sus pálidas mejillas.

Poco a poco, su silueta se fue entremezclando con las oscuridad circundante, y así, casi como si se tratara de una sombra más, se perdió en las tinieblas propias de la noche que se iniciaba. 


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Re: · L'ombre qui erre ·

Mensaje por Gaweł J. Bożydar el Mar Mar 27, 2018 9:01 pm

La realidad está compuesta de materia, de objetos, personas, animales, de cosas, que tienen una forma, un peso, un color, un aspecto, un tacto, concretos, que son, que pertenecen a esta realidad. Que son tangibles. Que pueden verse. Que pueden sentirse. Sí, la realidad estaba hecha de materia. Pero, ¿había algo más? Como cazador que soy, sé que muchas veces las apariencias engañan. Entre los humanos, por ejemplo, con su misma apariencia, se ocultan seres que son otra cosa. Seres que yo me dedicaba a cazar. Seres que ocultan malas intenciones, que están conformados por otro tipo de materia. Pero al final, siguen siendo eso, seres, siguen existiendo, aunque su existencia fuera distinta, y que por tanto podían sucumbir de alguna forma u otra. Esa verdad, que no todos conocen, hace que la realidad sea mucho más complicada. Pero, ¿y si dijera que existen criaturas incluso más complicadas todavía? Seres que ni siquiera son. Que no existen como tal. Que tienen la capacidad de existir, sin estar compuestos por materia. Alguna vez la tuvieron. Alguna vez fueron humanos. Pero ahora simplemente vagan de forma intermitente entre dos mundos que jamás deberían mezclarse. Los fantasmas. Almas, esencias de los que alguna vez estuvieron vivos, y que se han quedado anclados en el mundo, pero habiéndose desprendido de aquello que alguna vez los hicieron "materiales".

El encargo me había llegado hacía una semana. El interesado me había citado en un lugar público y concurrido, como queriendo asegurarse de poder tener una vía de escape en caso de que resultara peligroso. A pesar de haber ocultado su rostro con una capa, el tono de su voz y su estatura me habían dado bastante información acerca de su persona: una mujer de mediana edad, de carácter probablemente afable pero asustadizo, que ahora estaba aterrada a causa de una presencia que desde hacía meses rondaba su casa. Al parecer, sus hijos, de ocho y trece años, le habían dicho con frecuencia que una chica de aspecto adolescente se paseaba por los pasillos de su mansión al anochecer. Ella, evidentemente, no les había creído. Al menos, no al principio, y hasta que la había visto con sus propios ojos. Los niños, al contrario que su madre, no parecían demasiado asustados por el suceso, y es que al parecer se habían hecho amigos de la chica que los rondaba. Claro que eso no había hecho más que acentuar el miedo de la madre. Porque al parecer la gentileza de aquella presencia se limitaba únicamente a los infantes, y se volvía violenta en el momento en que ella o su esposo entraban en escena.

Cuando vi a aquella joven caminando bajo la lluvia, no tuve duda alguna de que se trataba de la chica que mi cliente me había descrito. Joven, de cabellos largos, aspecto gentil y caminar airado, estaba vagando por las calles ajena a todo y todos, y a su paso, los diferentes estados de materialización de su persona se hacían patentes. Era extraño. Nadie parecía percatarse de su presencia. De hecho, incluso a mi me resultaba complicado seguirla, y de no ser porque estaba obcecado con encontrarla probablemente ni siquiera la habría visto. Algo no encajaba. O bien alguna parte de la historia de aquella mujer estaba equivocada, o en realidad no se trataba de un fantasma. Pero de ser así, ¿entonces qué era ella? Seguí sus pasos intentando no perder el rastro que su intermitente presencia iba dejando.




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Re: · L'ombre qui erre ·

Mensaje por Kaethe el Vie Abr 06, 2018 1:21 pm

La muerte, aun siendo la compañera más leal con la que te puedas topar, es demasiado fría y silenciosa para considerarla una buena compañía. Al final, la soledad de las almas en pena se hace tan grande, que incluso los vivos parecen poder percibirla. Quizá por eso los cementerios siempre estaban tan vacíos. Recordaba que, estando una tarde visitando la tumba de su abuela, se notó incómoda rodeada de féretros y ángeles de piedra. Sentía como si, de alguna forma, la pesada niebla de su ausencia se hiciese más patente en aquel lugar. Las personas, cuando son felices, dicen que compartiendo las alegrías eres incluso más feliz... ¿Pero qué ocurre cuando todo lo que tienes para compartir, es soledad y tristeza? Pues que estos sentimientos se hacen tan grandes, tan densos, que atrapan tu alma y la arrastran a los oscuros confines del resentimiento, de la pena, de la soledad. Siempre pensó que la gente no va a los cementerios porque les recordaba a aquellos que se habían ido. Pero ahora, no estaba tan segura. A pesar de ser ajena a su propia muerte, no era tan tonta como para no darse cuenta de que había cambiado. Lo que se le escapaba era el hecho de descubrir que no seguía existiendo como la Kaethe que antaño otros conocían.

Todo cuanto percibía era engullido por aquella desagradable sensación de saberse perdida en un lugar que desconoces. Estaba atrapada, sumergida en una especie de limbo entre dos mundos. Ni descansaba, ni vivía. Y no era capaz de discernir entre cuál de las dos cosas anhelaba más. Le hubiese gustado cerrar los ojos y que, al abrirlos, ya no hubiese nada a su alrededor. Que todo se hubiese terminado, por fin, para siempre. Aquel pensamiento derrotista era otra de las novedades de su persona, que habían aparecido tras despertarse a solas meses atrás. ¿Qué demonios había sucedido con la chiquilla vivaz y alegre que alguna vez fue? Por más frustrante que fuese, no tenía respuesta a esa pregunta tampoco.

¿Cómo encontrar salida a toda la frustración que sentía, a causa de los cambios que se estaban sucediendo en su vida, uno tras otro? La única forma que había encontrado para intentar calmar sus ansias y su enfado, era desatándolas hacia todo cuanto la rodeaba. Sabía que no era capaz de dañar a personas concretas, pero los objetos materiales estaban ahí para eso. Eran dianas fáciles que ni se quejaban, ni sentían. Podía golpearlos todo cuanto quisiera y seguirían estando allí. Se desquitaría hasta quedar exhausta, a sabiendas de que se sentiría mejor, aunque fuese solo por unos instantes. 

Varias cabezas se asomaron tras las cortinas, tratando de ver al causante de aquel alboroto. Todo cuanto vieron fueron cristales volando y una rápida ráfaga de viento arrastrándolos. Su cuerpo, oculto de sus miradas, se relajaba destrozando aquello que sí podía destruir. Pero sus fuerzas menguaron rápido aquella noche, y tras tanto tiempo vagando bajo la lluvia, terminó por detenerse y sentarse en mitad de la calle desierta... Cada vez le resultaba más complicado recuperar la compostura cuando le asaltaba el afán destructivo. No soportaba que el mundo la ignorase, ni los cambios que estaba sufriendo, ni el hecho de no ser capaz de sentir las cosas como alguna vez lo hizo. Lo peor era que, poco a poco, estaba comenzando a olvidar lo que era ser ella misma. Y sabía que no había marcha atrás para eso.



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Re: · L'ombre qui erre ·

Mensaje por Gaweł J. Bożydar el Jue Mayo 24, 2018 4:49 pm

Durante el rato que estuve observándola desde la distancia, mientras se entretenía en sembrar el caos allí por donde pasaba, no pude evitar fijarme en su comportamiento errático. Todo en aquel caso era muy extraño, especialmente si lo comparaba con las otras ocasiones en las que me había visto involucrado en problemas concernientes a fantasmas y espíritus errantes. Los actos de las criaturas de aquellos otros casos solían seguir un patrón más o menos establecido. Normalmente se trataba de las almas que se habían quedado atrás por tener asuntos pendientes en el mundo de los vivos, y trataban de manifestarse a aquellos a quienes querían a fin de cumplir con sus voluntades. Otras veces eran ánimas que renegaban el hecho de su propia muerte, que habían decidido por cuenta propia que querían seguir en el plano de la realidad, a pesar de que otros no los vieran. Luego estaban los más peligrosos, que bien eran aquellos que buscaban venganza o provocar daño a terceros, o los espíritus diabólicos o "demonios" que eran convocados, por error o a propósito, en el mundo, normalmente por la esperanza de algunos de querer controlarlos (algo que pocas veces ocurría, ya que eran más fuertes que otros seres).

Al mirarla, la forma en que se movía, en que iba cambiando entre los distintos estados de materialización, provocando destrozos aleatorios, sin propósito alguno más allá que querer llamar la atención... Y lo hacía, sin duda, pero nadie era capaz de percatarse de su presencia, sino que simplemente eran conscientes del resultado que sus acciones tenían a sus alrededores. Era extraño. ¿Lo estaría haciendo inconscientemente? ¿Se trataba acaso de alguien que había muerto hacía muy poco tiempo y que, por tanto, aún no era capaz de controlar sus poderes de forma más o menos efectiva? Eso explicaría lo errático de su paso por la ciudad, pero no tanto el recelo y rencor mostrado hacia los propietarios de las casas en las que se colaba. Otra cosa que no tenía mucho sentido era que entrara en dichas casas con el pretexto de vivir en ellas. Los muertos no tienen necesidades fisiológicas. No necesitan dormir, ni comer, ni asearse. Su existencia no cambia, su forma, tampoco. Entonces, ¿qué era lo que quería? ¿Qué estaba buscando?

No tardó mucho en presentarse la oportunidad de formular aquellas preguntas al objetivo de mi encargo. La chica, a la que ahora que veía de frente no le daba más de quince o dieciséis años, se había sentado en mitad de la calle, manteniendo un estado casi translúcido, y había cerrado los ojos. La expresión de su rostro mostraba cansancio, y estaba bastante demacrada. En efecto, aquellos rasgos solían corresponderse a los fantasmas que no llevaban mucho tiempo muertos. Aún conservaban ciertos aspectos similares a los de las condiciones en que murieron, y no tenían mucha energía, así que el haber ido causando tantos destrozos probablemente fuera la razón para que hubiera necesitado pararse. No era un cansancio normal, o físico, puesto que no tenía forma ni materia, sino más bien espiritual. Su energía se debilitaba cuando se esforzaba por interactuar con los objetos que sí tenían un cuerpo físico. Despacio, sin querer perturbar su momento de calma, me acerqué hasta ella y me senté a su lado sin mediar palabra. Estaba tan abstraída que no me percibió, al menos, no al principio. Tantos años tratando con seres como ella y aún no me acostumbraba. El aire, a su lado, era gélido, y podía ver a través de su cuerpo el resto de la calle. Era como humo, una cortina hecha de aire, luz y colores. El mundo era un lugar misterioso. O terrorífico, según se mirase.




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