Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Friðþjófr Yngvarr el Mar Feb 27, 2018 3:11 pm

La chica tiembla como una hoja. Se siente frágil e indefensa tirada en ese sillón de cuero desgastado, asustada, enfadada, se aferra a los bordes de su vestido esperando su sentencia. Sonrío sin dejar de observarla, regodeándome en su sufrimiento. Parece mentira que pese a llevar más de cuatro horas allí encerrada con alguien como yo, aún no se haya rendido. Admiraba aquella capacidad, netamente humana, de sobreponerse a casi todo con la firme esperanza de sobrevivir. ¿Acaso no eran capaces de ver más allá de sus narices, y darse cuenta de que realmente son demasiado frágiles para resistir a algo como esto? Llevo un rato torturándola y aún así no me dice lo que quiero oír. Aún sigue rogando por clemencia. Que estúpida. Le resta toda la diversión al asunto. La piedad no es lo mío. Nunca lo ha sido ni lo será. Y en el fondo, muy en el fondo, lo sabe. Sabe que no saldrá de este teatro con vida. Sabe que mi rostro será lo último que vea en su patética vida. Lo sabe y aún así sigue sin rendirse. Aunque no entienda por qué le hago esto precisamente a ella, supongo que sí sabrá por qué morirá. No sabía nada acerca de la existencia de vampiros hasta que yo mismo la trajese a aquel teatro apenas unas horas antes. Se había acercado a mi en el hospital, fascinada por mi aspecto. Y ahora se arrepentía, lógicamente.

Y es mi deber divertirme a su costa, y borrar mis huellas eliminando su existencia. Su vida serviría entonces para algo. Su sangre... Oh. Probarla me había convencido de que jugar un poco con ella sería francamente divertido. Ahora que dos largas heridas abiertas la dejan salir desde sus muñecas, sé que tengo razón. Puedo sentir cómo se va consumiendo poco a poco. Su esencia vital va llenando una a una todas las copas que en aquella velada darían de comer a los presentes. Había "alquilado" una obra aquella noche. Era mi deber ser un buen anfitrión... ¿Y qué mejor forma de demostrar lo que significa mi presencia en París que servir un tentempié de tal calidad en mi primera aparición pública? Incluso mis más fieros detractores estarían encantados. Deposito un tierno beso en sus labios. Un beso frío, traicionero. El beso de judas. Un beso que, lejos de tranquilizarla, la convence de que lo que ocurrirá a continuación, iba a dolerle bastante. Me aseguraría de ello. Abro un hondo tajo en su cuello con una de mis uñas. Un grito desgarrador escapa de su garganta. Un grito que resuena por todo el teatro, alertando de mi posición a todos los presentes. Pero nadie aparece para ayudarla. Apesta a vida, frente a toda la muerte presente en aquel lugar. Los mortales que entran en el Théatre des Vampires saben a lo que se arriesgan. Y nadie la había obligado a entrar. Ella me había seguido, y ahora sufría las consecuencias. Me deshago de sus ropajes y la llevo frente a todos los invitados. Desnuda, su sangre huele incluso mejor. Aún no está muerta, pero desearía estarlo. Sonrío mientras, finalmente, pruebo su sangre de la copa que yo mismo he llenado. Sangre joven, pura. La sangre de los inocentes sabe incluso mejor.

Recorro todo el teatro hasta llegar a mi palco privado, a solas. Los actores comienzan a llenar el escenario. Una tragicomedia de corte griego. ¿Qué mejor para empezar la noche? Conozco a todos aquellos vampiros. Fueron camaradas y enemigos en otras épocas, pero ahora sólo causan en mi una extraña indiferencia. Hemos cambiado demasiado para ser criaturas que no evolucionan. Cierro el palco a cal y canto, decidido a que nada ni nadie me fastidie la obra. Los actores beben de la víctima que yo mismo había atrapado antes de arrojarla al vacío. Las luces se apagan. El espectáculo comienza con un gran estruendo. Sin duda será memorable... Me recuesto en la butaca sin dejar de observarlos. Llevan máscaras que apenas si esconden su identidad un poco. Los que somos tan antiguos, identificamos sin demasiada dificultad quién se esconde tras un trozo de cerámica coloreada. La esencia de cada vampiro es única e inconfundible. Pero eso es lo de menos. La música empieza a llenar el lugar paulatinamente, sumergiéndonos a todos en aquel mundo irreal que trataban de representar. Me abstraigo, recordando los momentos que viví en la época que estaban recreando. Fue memorable.


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Re: Skjønnheten og Udyret

Mensaje por Eszti V. Cseszneky el Miér Feb 28, 2018 2:41 pm

Sus pasos apresurados provocaban ecos en los callejones a medida que se apresuraba a través de ellos. Un chivatazo había cambiado el curso de los últimos acontecimientos. En principio, su estancia en París iba a ser bastante más corta de lo que estaba siendo. Pero uno de los pocos contactos que tenía en aquella enorme ciudad le había asegurado que Él estaba allí. El único propósito por el que había viajado a Francia, la única razón por la que aún no había vuelto a casa a recuperar lo que era suyo, era por encontrarle. Necesitaba encontrarlo. Necesitaba agradecerle todo lo que había hecho por él. Necesitaba... ¿Qué narices era lo que necesitaba, en realidad? Friðþjófr no era precisamente la mejor de las personas, ni mucho menos. Pero le había ayudado. Y lo había hecho sin pedir nada a cambio. O al menos, de momento, no le había pedido nada. Seguir su rastro resultó extrañamente sencillo, tal y como le había advertido su informador. Desde luego, más sencillo de lo que habría esperado de una criatura milenaria como él. ¿No se trataría más bien de que, de una forma retorcida que Eszti no llegaba a comprender, quería que le encontrara? Si así era, no le importaba. Su meta también era encontrarlo.

Sus pasos lo alejaron cada vez más de los suburbios, y lo hicieron adentrarse en el centro de la ciudad. Las indicaciones que el investigador le había dado eran claras. Tenía que llegar hasta el teatro exclusivo de los vampiros, que Él había reservado para una obra en particular. Para una velada "exclusiva" a la que, por supuesto, no había sido invitado. ¿Pero acaso necesitaba una invitación? Los guardias de la puerta lo dejaron pasar sin hacer ninguna pregunta. Suponía que tenían claro qué podría hacer una humana, sola, en un lugar como ese. Y aunque en su caso se equivocaban, seguramente el resto de jovencitas que pasaban por allí, sí que cumplían sus expectativas. Su disfraz, para variar, era perfecto. Y es que vestido como una dama, nadie jamás pensaría que se trataba de un varón. Ni él mismo, en realidad, se veía como un ente masculino. No. Eszti era ambas cosas. Recorrió las largas hileras de pasillos en busca de algún indicio de la presencia de Friðþjófr. No había nada que lo delatara, nada que indicara que él o ningún otro ser había recorrido antes aquel lugar. Estaba terriblemente vacío, sin vida. Parecía una tumba enorme, llena de lujos innecesarios, pero una tumba, al fin y al cabo. Con el tiempo, y después de haber vivido tantos años con un vampiro, había podido darse cuenta de que cada lugar que ocupan acaba adquiriendo aquella forma aunque no lo pretendieran. Era como si poseyeran esos sitios, como si los hicieran suyos y los adaptasen a sus necesidades.

Hacía frío allí abajo. Demasiado frío, y a medida que se acercaba a la zona de los palcos, las primeras voces se hicieron oír. Los actores representaban una especie de comedia griega, una que creía recordar haber visto con Él. Solían gustarle aquel tipo de representaciones, pese a que él siempre se hubiese mostrado un tanto escéptico con sus motivos. Poco después de que él lo abandonara, podría decirse que lo comprendió. Él había vivido en la época que esos actores tan sólo representaban. Él sabía la verdad de todos esos actos que ahora eran tan sólo un recuerdo. Por eso le agradaba. ¿No sería esa su forma de recuperar aquellas memorias que consideraba perdidas? Siguió avanzando hasta que un par de vampiros le cortaron el paso. Lo observaron con desprecio, con lástima. Como si no fuera nada más que una bolsa de sangre sin emociones. ¿Lo había estado esperando o aquello sería sólo una triste manera de terminar? Pronto lo sabría. Lo llevaron hasta uno de los palcos superiores sin soltarle el brazo en ningún momento. El dolor era terrible, pero prefirió guardar silencio. Por su aspecto, por aquel aura etérea que los rodeaba, estaba seguro de que eran lo bastante antiguos como para despedazarle en poco tiempo. Y no quería tentar a su suerte. No ahora que posiblemente lo había encontrado.



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Re: Skjønnheten og Udyret

Mensaje por Friðþjófr Yngvarr el Mar Mar 27, 2018 4:39 pm

Estoy tan abstraído que apenas si presto un poco de atención a los actores. Son buenos, terriblemente buenos, pero eso sólo me recuerda que la mayoría de ellos no fueron más que simples espectadores de las épocas que pretenden representar. Se engañan a sí mismos casi tanto como pretenden engañarme a mi. Pronto, lo que se suponía que iba a ser una velada maravillosa y entretenida, se convierte en un auténtico fastidio en todos los aspectos. Me aburre ver representado algo que yo mismo viví, siendo este recordatorio un reflejo bastante vago de lo que realmente pasó. Ahora puedo ver con certeza que ni la obra está tan bien pensada ni yo estoy tan melancólico como para querer ver algo así en mi primera noche "oficial" en París desde que regresara desde mi tumba acuática. Sí, y esto lo digo literalmente. La sed comienza a ascender nuevamente por mi garganta, abofeteándome de golpe. El tedio siempre ha tenido ese efecto extraño en mi. Me vuelve salvaje, violento, incluso más de lo que ya soy de por sí. A muchos les resulta frustrante este hecho, sin embargo, a mi me provoca cierta satisfacción observar la reacción que mi forma de ser despierta en los demás. Es... Divertido. Sumamente interesante, de hecho. Aunque en ocasiones se convierte en una carga innecesaria. No puedo eliminar de la noche a la mañana el estigma que suponen mis actos pasados. Mi fama me precede, y aunque esto puede resultarme a veces incómodo, sobre todo si deseo pasar desapercibido, no lo veo como algo negativo. Sólo una muestra más de mi superioridad. Si hablan de ti, aunque sea algo malo, significa que lo estás haciendo bien.

Percibo el aroma exótico de su sangre antes de que los dos cadáveres andantes lo abandonen frente a mi puerta. Suspiro, levemente frustrado, antes de ordenar con un siseo que lo hagan pasar. Eszti, Eszti, ¿por qué ese afán en perseguirme? ¿En querer reencontrarse conmigo? Lo abandoné para dejarlo libre de una esclavitud bajo mi tutela que ninguno de los dos había escogido. Y aquí está, de nuevo, frente a mi. Las personas como él son terriblemente predecibles. Necesitan ser dominadas para sentirse fuertes, aunque no encuentren una contradicción en este hecho tan íntimamente contradictorio. Finalmente, lo dejan entrar y puedo observar su belleza nuevamente, después de todos esos meses. No ha cambiado nada en absoluto. Su perfume, su rostro, su forma de moverse, todo en Eszti sigue siendo igual, excepto quizá esa mirada confusa que me confirma que se siente perdido. El latido de su corazón se acelera de forma más que perceptible. Un leve rubor se forma en torno a sus mejillas. La sed adquiere mayor fuerza cuando el único vampiro que queda lo obliga a acercarse de forma brusca, antes de marcharse dejándonos solos. Sonrío de forma sarcástica, consciente de que responderá con el mismo gesto. Sus sentimientos hacia mi no me resultan en absoluto desconocidos. Pero jamás los corresponderé. Y ambos lo sabemos. Pero a él no le importa. Piensa que puede cambiarme. ¡Cuánta humanidad encierra esa arrogancia!

- Señorita Cseszneky, qué agradable sorpresa. ¿Cómo me has encontrado? -Sé la respuesta, pero quiero oírla de sus labios. ¿Acaso pensaba que no me enteraría de su empeño en dar conmigo? Los espías, si son humanos, no son muy buenos pasando desapercibidos. Debería haberlo supuesto. Su belleza me resulta cegadora y contradictoria incluso en este momento. A pesar de haber nacido como un hombre, la criatura que tengo enfrente desprende un aura tan sensual y femenina como la de cualquier otra dama. Incluso más fuerte, de hecho. - Para variar tienes una obsesión con el color blanco... No es que me queje, debo reconocer que te sienta maravillosamente bien pero, ¿no crees que estás engañando a todos al usar ese símbolo de pureza, cuando tu alma está corrompida con la tinta enrojecida de la lujuria? ¿A cuántos has hecho caer a tus pies desde que me perdiste de vista? ¿A cuántos vendiste tu belleza? -No puedo evitar que en mi voz se refleje cierto grado de molestia.
No puedo evitarlo. A pesar de ser un juguete al que yo mismo he abandonado, la simple idea de que haya estado en posesión de otros me resulta repugnante. Es mío. Es mía. Sus dos caras me pertenecen. A pesar de que haya querido apartarlo de mi vista la necesidad de poseerlo me controla nuevamente. Por eso mismo me alejé. Porque el efecto que tiene en mi es, cuanto menos, peligroso.


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Re: Skjønnheten og Udyret

Mensaje por Eszti V. Cseszneky el Miér Abr 04, 2018 7:13 pm

Una vez el vampiro que parecía más temible de los dos lo arrojó, casi literalmente, al interior del palco donde Él lo esperaba, un suspiro escapó de entre sus labios. Un suspiro de eterno alivio, de descanso, como si la espera tras aquella puerta de madera tan bien tallada hubiera sido más dolorosa que la sensación de tener los dedos de ambos inmortales clavados sobre sus delgados brazos. Y lo fue. No había duda de que lo fue. Desde hacía varios años, desde que Él lo había encontrado, no habían estado separados por más de una semana. Los hábitos, para las personas como Eszti, eran como una droga: lo había perdido todo una vez, y necesitaba con todas sus fuerzas sentir que tenía algo que podía controlar. Su relación con Él siempre fue bastante tortuosa. Era violento, frío, impredecible, pero era lo único que conocía aparte de la vida que había tenido que dejar atrás de aquella forma tan brusca. Lo necesitaba. Lo necesitaba de una forma que ni él mismo comprendía. Necesitaba que lo mordiera, que bebiera de él, y que le permitiera beber también de su elixir, que le hiciera saber que su sabor, que su aroma, era lo suficientemente reconfortante para considerarlo valioso en algún sentido. Con eso le bastaba. Si tan sólo se lo hubiera dicho con mayor frecuencia... Ambos sabían que eran incompatibles, y aunque eso era motivo más que suficiente para Él para abandonarlo, no lo era para Eszti. Y jamás lo sería. Simplemente no podía concebir que alguien le mostrara una forma de vivir y luego se la arrebatara sin dar explicaciones. Ya le había ocurrido una vez. No soportaría, ni toleraría una segunda. De ninguna de las maneras.

Un segundo suspiro escapó de entre sus labios rosados. Pero esta vez se trataba de un suspiro de hastío, de frustración. Todos aquellos pensamientos debían permanecer en su cabeza para siempre. Eso era lo único que le fastidiaba de Él -o lo que más, para ser exactos-: que no le permitiera expresar lo que sentía, que le demostrara de todas las formas humanamente posibles que sus sentimientos no tenían ningún valor. Pero quejarse en su presencia tampoco estaba permitido, ni osaría hacerlo. Apreciaba lo bastante su vida para no arriesgarse a perderla de aquella forma tan absurda. Si sabes como evitar algo, lo haces, ¿no? Era lo bastante inteligente para jugar sus cartas de la manera más adecuada según la situación, y en aquel momento preciso, sabía mejor que nadie que las normas del vampiro eran las únicas que tenían validez. Alzó finalmente la vista para toparse con aquellos orbes tan temidos como añorados. Quizá su obsesión con aquella criatura no tenía ningún sentido -de hecho, él tampoco lo encontraba-, pero de ser posible recuperar la vida que una vez tuvo, Él sería el único capaz de ayudarlo. Otra cosa es que quisiera hacerlo. Friðþjófr lo miró con intensidad, dibujando una sonrisa que era más de mofa que de alegría, pero que él correspondió como buen sirviente. Porque eso era para Él, ¿no? Otro de sus esclavos, un algo que, pese a no tener demasiada importancia, nadie podía tocar ni dañar por el simple hecho de ser suyo. Por eso supo que se fijaría en las marcas violáceas que comenzaban a aparecer en sus brazos, fruto de la presión ejercida por los vampiros que lo habían llevado hasta su presencia. No podía ignorar la sensación que su preocupación, aunque mínima, le provocaba. Satisfacción. Quizá no le importaba tan poco como ambos pensaban. Sí que había algo que estaba claro, y es que estaba más atrapado en sus redes de lo que nunca creyó poder estar.

-
Digamos que... sois bastante fácil de rastrear. No es que tengáis muchos amigos... pero vuestros enemigos no tienen ningún reparo en hacer saber a cualquiera dónde os encontráis. Quizá deberíais tener más cuidado, mi señor, la próxima vez podríais recibir una visita bastante menos grata que la mía... -Habló en un tono educado, aunque ligeramente irónico, algo de lo que se arrepintió casi al instante. No parecía de buen humor, y aquello no haría si no empeorárselo. No empezaban bien. Y podrían acabar mucho peor. De pronto se sintió terriblemente nervioso. Tenía la boca seca y podía sentir cómo sus piernas temblaban con demasiada violencia para pasar desapercibido. Volvió a sonreír, esta vez a modo de disculpa, mientras que un rubor intenso se extendía por sus mejillas de forma más que visible. No sabía si estaba más contento por haberlo encontrado, o asustado por su posible reacción. Sólo el tiempo dictaría hacia cuál de las opciones inclinar la balanza. Especialmente con lo que implicaban sus últimas palabras. Él lo sabía. Sabía a qué se había dedicado desde que sus caminos se separaron. Sabía que había dejado mancillar su cuerpo por otras manos sin él estar presente. Y conocía perfectamente las implicaciones de aquel hecho, y la rabia que despertaría. - De algún modo debía sobrevivir. Me dejasteis solo a mi suerte, con solamente unas cuantas armas. ¿Y esperabais que no las utilizara? -Otra vez se había propasado, pero no lo pudo evitar. Aún sentía rencor por haber sido abandonado. 


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Re: Skjønnheten og Udyret

Mensaje por Friðþjófr Yngvarr Hoy a las 12:50 pm

Sin duda, su visita me reporta un poco de calma ante la avalancha de sentimientos negativos que esta tediosa y repetitiva obra de teatro está despertando en mi interior. Pero la calma no dura para siempre, y menos cuando aprecio las manchas violáceas en sus brazos. Vale, sí, de acuerdo, yo lo abandoné a su suerte tiempo atrás, pero ello no significa que su vida me resulte indiferente. Eszti siempre me ha proporcionado el suficiente grado de diversión para no considerarlo una carga, y eso ya dice más a su favor que de cualquiera de los presentes en el teatro. Y es por ese motivo, por el genuino placer que me produce su presencia, por lo que permití que estuviese cerca de mi durante tanto tiempo. Claro que, como humano, no es que esperara que aquella sensación durase mucho tiempo. Los seres humanos son, por naturaleza, abrumadoramente esclavos de sus emociones, y no sólo eso, sino que además están programados biológicamente para necesitar de la compañía de otras personas para sentirse seguros, queridos, importantes. Y él, por más que me fastidie, no es una excepción a esa regla expresa. Por eso lo abandoné. Que me gustara su cuerpo, su sangre y su forma sumisa de actuar para conmigo, no significa que le de más importancia que la que tiene, o mejor dicho, no voy a permitirme el lujo de pensar que es algo más. Un humano, para mi, nunca será nada más que un esclavo, o una fuente de alimento. Él fue ambas. Ahora sólo es un bonito recuerdo que debería haberse quedado en el lugar al que pertenecía, en mi pasado. Pero bueno, si lo tengo delante de mi, obviamente no voy a quedarme impasible. Aunque lo haya abandonado, eso no significa que sea libre. Es y será mío por y para siempre. Y no me gusta que toquen mis cosas. Escondo todas estas emociones, netamente furiosas, detrás de una cuidada máscara de oscura diversión e indiferencia. No tardaré mucho en destruir a aquellos que se han atrevido a tocarlo. Y mucho menos pensar en beber de él. Eszti, esté donde esté, sólo puede ofrecerme a mi su sangre, y cualquiera que rompa esa regla puede darse por condenado. Él incluido. Y los dos sabemos perfectamente que yo no tengo piedad. Con nadie.

- Oh... ¿enserio? Lo dudo mucho, señorita Cseszneky, incluso mis enemigos son lo bastante inteligentes para saber que dista mucho de ser buena idea dar información al respecto de mi paradero. Y mucho menos a sabiendas de que mis siervos suelen ser bastante leales, y no me negarían jamás el nombre de aquellos que osaron delatarme... ¿O acaso tú me negarás ese derecho? ¿No lo creo, verdad? -Respondo a esas palabras cargadas de sarcasmo con un tono de enfado que sé que jamás pasaría por alto. Sabe que no tolero los retos, ni físicos, ni hablados, y que ponerse en mi contra puede ser la peor de las ideas si me doy cuenta de tal intención. Y yo siempre me doy cuenta de esas cosas. Es improbable que se me escapen, de hecho. He vivido muchísimo más que ellos, y por tanto, conozco las maneras en las que una persona puede tratar de oponerse a otra, y sé que él, aunque su corazón esté lleno de reproches que jamás me dirá, no es capaz de plantarme cara. Y mucho menos, frente a frente. Pero mejor hacérselo saber. Es listo, y sabe lo que le conviene, aunque nunca está de más demostrarles a los sirvientes quién está al mando. Así me aseguro de que nunca se atreverán a negarse ante cualquiera de mis peticiones, sean cuales sean. Me acerco a él hasta que me quedo a menos de un metro de distancia. Alargo los brazos y cierro mis manos con firmeza alrededor de sus brazos, presionando en las zonas amoratadas sin ninguna piedad. El contacto con su piel consigue hacerme estremecer. Sigue tan cálido como siempre, pese a encontrarnos probablemente en el lugar más gélido de París. Intento que no se me note frunciendo el ceño, y fingiendo un enfado que hace ya bastante tiempo que se me ha pasado. Sus labios rosados, carnosos, me llaman, como siempre. No recuerdo que este simple humano me haya atraído tanto antes... No, eso es una mentira. Me niego a aceptar la realidad, y es que aún me sigue obsesionando tanto como alguna vez lo hizo.

Lo suelto de golpe, y regreso a mi asiento con el rostro levemente contraído en una mueca de frustración. Su presencia, de pronto, me hace sentir más incomodidad que agradado, tal es mi rechazo hacia estas emociones tan humanas. Hace mucho que las dejé atrás, y por mi bien, y el suyo, así debe seguir siendo. Emociones que se ven exacerbadas por el hecho de que reconozca que ha dejado que otras manos que no son las mías lo manoseen. - ¿Y bien? ¿Se puede saber qué quieres? Me has interrumpido en medio de esta fantástica obra. Habla rápido, antes de que mi paciencia termine por esfumarse. -Intento que mis palabras suenen tan hostiles como sea posible, y al ver su rostro herido de soslayo, sé que lo he hecho bastante bien. No me importa lo que vaya a decir a continuación, no me interesa lo que desee, o por qué me estuviese buscando. Eso es lo que quiero mostrar, lo que quiero que piense, aunque mi piel, mi cuerpo, solamente me pida poseerlo, recuperar el tiempo perdido. Yo no soy así, sé que todas estas sensaciones tienen como explicación la distancia que puse entre nosotros. Lo sé, y aún así, no puedo evitarlo. Clavo la vista en el escenario, viendo sin ver, tratando de encontrar un resquicio de diversión en esta monótona representación, algo que me haga olvidar que ahora tengo algo más interesante en lo que centrar mi atención. Y casi lo consigo. Pero su perfume me llama, me grita que me vuelva hacia él. No lo hago, trato de divagar, de pensar en otras cosas, mientras su recuerdo se pasea por cada una de mis memorias. Fastidiosamente.


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