Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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She | Flashback {Ilanka Kratorova}

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She | Flashback {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Nikolai Saratov el Dom Mar 04, 2018 3:59 pm

«She may be the face I can't forget
The trace of pleasure or regret
May be my treasure or the price I have to pay»
Elvis Costello


Abril de 1.790
Residencia de la familia Saratov en París




Apuró hasta el último minuto su estancia en la biblioteca. Antes de salir, su padre le había dado instrucciones muy claras sobre la hora a la que debía regresar si no quería que su pequeña colección de mariposas ardiera en la chimenea. Tan sólo era un cuadro de unas dimensiones bastante discretas, pero ahí clavadas había nueve mariposas de distintos rincones del mundo, que tanto esfuerzo y dinero le habían costado. Nikolai podía pasar horas y horas observando, con ayuda de una lupa y a través del cristal, los múltiples detalles que poseían esas coloridas alas, las irregularidades de del tórax de una de ellas o la espiritrompa de la más grande —y su favorita—, que ocupaba el centro del cuadro: la mariposa morpho azul. A Vasily nunca le había gustado esa extraña afición de su hijo por los insectos, y siempre culpaba a su madre por haberle permitido tanto siendo niño, pero sabía que, si le permitía caprichos como aquel, tenía por dónde mantenerlo amarrado. Tal y como había pasado esa tarde.

Dejó los libros que había tomado prestados en sus respectivos lugares y salió a enfrentar al caluroso día. Era primavera en París, los árboles estaban en su pleno esplendor y los habitantes de la ciudad salían de sus refugios aprovechando los días cada vez más largos y luminosos. Para Nikolai, sin embargo, esa estación sólo era el comienzo de su tormento; echaba de menos las frías temperaturas de San Petersburgo, las largas jornadas sin parar de nevar y las noches leyendo a los pies de un fuego encendido. Mientras los parisinos se negaban, perezosos, a abandonar sus abrigos invernales, Nikolai caminaba con una fina chaqueta. Eso, sumado a su porte, que ya se asemejaba al de un hombre alto y musculoso y no al del niño que hasta ahora había sido, su pelo rubio brillante y sus ojos como el cielo despejado, hacían que todas las miradas se fijaran en él.

Se subió al coche, que ya lo esperaba, y pidió que condujera a buen paso de vuelta a su casa. Al ruso nunca le gustó llamarlo hogar, puesto que no lo sentía como tal. Esa era la casa de la mujer con la que Vasily Saratov había contraído matrimonio, nada más.

Llegó algo antes de la hora que su padre le había marcado como límite, pero no se libró del sermón que éste le dio. Que si debía prepararse, que si sus invitados no tardarían en llegar, que haber si había elegido ya la ropa que llevaría esa velada… Nikolai asintió a todo sin escuchar nada y se fue directo a su habitación. Por el camino se cruzó con Astrid, tan peripuesta que no pudo evitar soltar una risa cuando pasó a su lado. La joven se ofendió, aunque ¡qué más daba! Algo le gritó ella, pero el hechicero pasó de largo, encerrándose en su cuarto de un portazo.

Se aseó a conciencia —porque Angeline tenía un olfato envidiable—, esparció un par de gotas de su perfume en las manos y se palmeó la mandíbula y el cuello con ellas. Eligió el traje oscuro que siempre utilizaba cuando alguien iba de visita y se adecentó el pelo. Bajó a la planta baja de la casa, donde todos iban y venían como locos, y vagó de acá para allá hasta que su padre lo llamó.

Nikolai —su rostro serio no anunciaba nada bueno—, prométeme que te comportarás como es debido durante la estancia de los Kratorov. ¿Recuerdas a Ilanka, su hija? Viene con ellos, así que déjala tranquila y no le hagas rabiar como haces con tus hermanas. Que no se diga que los Saratov somos unos malos anfitriones, ¿entendido?
Sí, padre.

En ese momento, Hugo, el mayordomo, anunció la llegada de un coche a la casa. Los sirvientes terminaron de recoger todo lo que había a la vista, y la familia al completo se puso en fila para recibir a los invitados. Vasily, Angeline, Nikolai, Astrid y Béatrice, en ese orden, bien colocados y con una sonrisa radiante en el rostro. Hugo guió a los huéspedes hasta el salón y los anunció como correspondía.

¡Nikolai Kratorov! Bienvenidos seáis, tú y tu hermosa familia —dijo Vasily, acercándose hasta su amigo y estrechándolo en un abrazo.

Nikolai —o Nisha, como le solían llamar, para diferenciarlo, cuando los dos Nikolai estaban juntos— esperó su turno de que le presentaran a los invitados. Sabía bien que, antes que nada, su padre debía intercambiar con su viejo amigo las últimas noticias, pero estar ahí, de pie, esperando por algo que le traía sin cuidado lo hastiaba. Si al menos los Kratorov tuvieran un hijo varón, estaba seguro de que él se entretendría mucho más, pero la hija del matrimonio era tan insoportable como sus dos hermanas. Al menos, cuando la vio por última vez, de eso hacía ya unos cuantos años.

Estaba mirando a un punto indefinido cuando su hermana le dijo algo entre susurros:

¿Es ella?

Miró a Astrid un momento y después llevó los ojos hacia donde la joven señalaba. En el umbral de la puerta, detrás de su madre, esperaba Ilanka Kratorova, una de las mujeres más hermosas que Nikolai había visto hasta ese momento. Su cara debió de ser bastante delatora porque, para cuando se quiso dar cuenta, sus hermanas se reían y cuchicheaban entre ellas mientras lo miraban directamente. Sí que había empezado bien.


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Re: She | Flashback {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Ilanka Kratorova el Mar Abr 03, 2018 7:02 pm

Pensaba disfrutar de aquel viaje sin reservas porque se lo merecía, porque era una adolescente viviendo entre adultos que necesitaba reír un poco, vivir una vida acorde a su edad. Y, si bien viajar no era lo que más le gustaba –pues creía que no había nada fuera de su tierra que valiera la pena en verdad-, Ilanka había decidido llevarse un buen recuerdo de su estadía en Francia y nada podía oponerse a sus deseos, siempre había funcionado así su vida, su mundo.

Para pasar el viaje, la muchacha se había hecho un jugo de hierbas que la mantenía dormida más de lo normal. Es que prefería dormir antes que morir de aburrimiento. Aunque el carruaje no estaba nada mal, lo necesitaba. Ilanka solo se acostaba en una litera alta y leía cuando la luz del sol entraba por las ventanas y dormía cuando decidía que era mejor que perder el tiempo oyendo a sus padres planificar todo lo que en París harían. Una de las ventajas que ahora tenía era que había llegado más que descansada a la ciudad, que le había parecido increíblemente insulsa y de construcciones pobrísimas.

Residirían en casa de de los Saratov, buenos amigos de sus padres. Ilanka recordaba con cariño a su tocaya, Ilanka Saratova, quien había muerto hacía algunos años cuando ella era pequeña, pero lo cierto era que aquella mujer tenía una sonrisa difícil de olvidar y transmitía paz. Por eso, en cuanto llegaron a la casa de sus amigos, ella no pudo evitar comparar el recuerdo de Ilanka Saratova con aquella mujer que ahora la reemplazaba, la segunda esposa de Vasily, una francesa. Le pareció anodina y no le gustó en lo absoluto su peinado. Ah, ella era así… siempre descubría las cosas malas de las personas y las usaba para divertirse. Además ella se empeñaba mucho en mantener su imagen -herencia de su madre que en eso era igual a ella-, por eso lucía descansada a pesar de la semanas que había durado el viaje. Su cabello rubio iba trenzado y recogido alrededor de su cabeza, como si fuese una corona. Su vestido blanco con detalles en azul marino le daba un aspecto de ángel, pese a que no lo era.

Esperó a que sus padres saludasen al matrimonio para luego hacer lo propio con una sonrisa e inclinándose cortés, falsa a decir verdad pues la francesa nada le gustaba. Ya había visto a Nikolai de reojo, pero ahora llegaba el turno de acercarse a los hijos de la familia e Ilanka ya meditaba en qué le diría al muchacho para no pasar desapercibida.


-Fea –susurró en francés, plantándose frente a la más pequeña de las hijas con una sonrisa radiante que no dejaría a los adultos adivinar qué decía, aunque tampoco estaban viéndolos-. Y tú muy fea –le dijo a la segunda, creyendo que su pronunciación era excelente. Caminó un poco más y se plantó frente a Nikolai, por fin volvió a hablar su lengua madre y eso le quitó el mal sabor que el francés le había dejado en los labios-: Sí que has crecido, Nisha. Ah, pero qué familia tan espléndida te has ganado… Bésame –le dijo, poniendo su mano frente a él-, ¿no es eso lo que hacen en esta ciudad? ¿No has adoptado los modos parisinos? Yo creo que sí, que vivir aquí malogra a cualquiera. Bésame –le ordenó con sus ojos fríos clavados en los bellísimos de él. Era un desafío y quería ganar.



Pues ya todo está escrito en el cielo.

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Re: She | Flashback {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Nikolai Saratov el Jue Abr 12, 2018 2:47 pm

Desde que la vio en el umbral, no apartó los ojos de la hija de los Kratorov. La melena, de un rubio tan claro que cegaba y trenzada alrededor de su cabeza, dejaba a la vista sus facciones y su piel, tan lisa y clara que parecía de auténtica porcelana oriental. Sus dos hermanas seguían mofándose de él, pero qué importaba. ¡Tenía delante a la mujer más hermosa que jamás había visto! Por un momento, sintió que su traje no era el adecuado, que se había echado mucho perfume —o poco—, que debía haber revisado si tenía la barba, corta, bien perfilada. Pensó, incluso, en excusarse para ir a su habitación y corregir esos pequeños detalles que le darían una falsa impresión de él.

Con ese dilema se encontraba Nikolai cuando, sin darse cuenta, la joven Kratorova se acercó a saludarlo, a él y a sus estúpidas hermanas. Empezó por Béatrice, para disgusto del ruso, uno que se acrecentó cuando asimiló que la había llamado fea. Si eso le había dicho a ella, ¿qué le esperaba a él? Cuando le llegó el turno a Astrid —que se había quedado sin habla— y el ruso fue testigo de un saludo similar, agachó la mirada rezando para que se limitara a hacerle una reverencia leve y lo dejara en paz. De pronto, vio sus zapatitos frente a él y elevó los ojos, encontrándose con los de ella.

Tú también has crecido, Ilanka —constató, aprovechando la cercanía para mirarla con detenimiento—, pero veo que mucho no has cambiado.

En efecto; el embrujo de la belleza de Ilanka Kratorova lo había cegado, pero, cuando la tuvo ahí delante, con la mano extendida hacia él, Nikolai se dio cuenta de que ese ángel con vestido blanco seguía siendo la misma niña insoportable y consentida que él conocía. Había que reconocer que, ahora que era su turno de saludarla y no había recibido ningún insulto de su parte, había disfrutado viendo las caras de desconcierto de sus hermanas, seguidas por una expresión de disgusto y enfado. Cuando supieron que los Kratorov vendrían con su hija, ellas habían imaginado que encontrarían en Ilanka una amiga con la que charlar de vestidos, telas y zapatos. Él también lo creyó, porque ¿a qué joven de esa edad no le gustaban esas cosas?

La suave mano de la rusa seguía frente a él, esperando un beso de Nikolai que seguía sin llegar. Aunque él quisiera hacerlo, la mirada desafiante de ella se lo impedía. Su padre, sin embargo, lo instó a que besara su mano como correspondía, puesto que debían pasar al salón de inmediato.

Al menos a mí me costó un poco más adoptar las costumbres de este país. Tú, sin embargo, parece que las has comprendido a la primera —comentó y, entonces sí, sujetó la mano con delicadeza y se la llevó a los labios—. Pero no te preocupes, seguro que ellas —miró a sus hermanas, que también lo miraban a él— te ayudan con todo lo demás; están ansiosas por hacerlo. Mi padre quiere que pasemos al salón. ¿Vamos?

Le tendió el brazo y esperó para ver si ella lo aceptaba o si, por el contrario, caminaba sola hacia la habitación contigua. Astrid y Béatrice empezaron a cuchichear entre ellas, tan bajo que Nikolai no pudo discernir qué decían, pero tampoco le importó. Ahora, toda su atención estaba puesta en la bella y venenosa Ilanka.


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Re: She | Flashback {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Ilanka Kratorova el Vie Mayo 04, 2018 12:01 am

Que le dijesen que no había cambiado en ese tiempo era para Ilanka Kratorova un halago y saboreó las palabras del muchacho como si se tratasen de un exquisito postre. ¿Por qué habría de querer cambiar alguien que se consideraba a sí misma perfecta? No tenía sentido, había nacido poderosa, con un propósito y era bella… en eso sí que se sentía evolucionar año a año, no necesitaba que nadie le dijera lo que ella ya sabía. Ah, pero Nikolai sí que había cambiado y todo en él parecía gritar su adultez. Pronto, en cuestión de dos o tres días, él cumpliría los dieciocho años –si sus cálculos no fallaban- y se le notaba, no solo en su nueva contextura física, sino también en la mirada. Pero eso no asustaba a la hija de los Kratorov, por el contrario… hallaba cierta fascinación y desearía poder pasar algunos minutos más observándolo detenidamente, pero no sería elegante de su parte y para maleducadas ya estaban las dos niñitas francesas. No le parecían feas, solo no eran lo suficientemente bellas como ella o Nisha (y le había molestado que su padre insinuase que debía tratarlas de forma agradable, porque odiaba recibir sugerencias y porque lo que le pedía era imposible); si con alguien debía hacer dupla allí era con Nikolai, no tenía más opciones… solo un ruso podía ser compañero de una rusa y eso valía para cualquier enlace de la vida –amistad, camaradería o matrimonio-, solo un ruso estaba a la altura de otro ruso y eso dejaba en cero las posibilidades de aquellas niñas sin gracia de acercarse a ella esperando alguna mirada atenta o cualquier palabra amable.

El beso esperado llegó y, aunque fuera extraño por falta de costumbre, Ilanka podría decir que lo disfrutó. Ese beso no era solo un beso, era también una pequeña victoria en el momento propicio: cuando todo comenzaba para ella en esa casa y con ese muchacho –en las narices de las francesitas que no olvidarían que su hermano se había inclinado a besar a una rusa, una verdadera mujer-, y eso marcaba cómo quería ella que fuesen las cosas en esa visita, todos siempre a sus pies. Las cosas se hacían como Ilanka quería o no se hacían.


-¿Ellas? –Ilanka las miró por sobre su hombro, Sin gracia, desgarbadas y con vestidos demasiado sencillos-. No, de ninguna manera. No me relacionaré con nadie que no hable mi idioma, y dudo mucho que tus hermanas sepan más de tres palabras en ruso. Ni siquiera deseo tenerlas cerca, por favor. Oh –suspiró mientras entrelazaba su brazo al fuerte y firme de Nisha-, me aburriré aquí más de lo que imaginaba. Al menos me he traído algunos libros.

Entraron en el amplio salón comedor y a Ilanka se le iluminó la mirada pues moría de hambre. Llevaba días sin probar alimento que la conmoviese por su delicia y apostaba a que allí comería bien pues tenía buenos recuerdos sobre otras comidas compartidas con la familia amiga. Antes de ubicarse junto al asiento que le tocaba –aguardando que Nisha le corriese la silla con galantería, como era de esperarse pues correspondía- le dijo:

-Me alegra sentir que no se te ha pegado la conocida mala costumbre francesa de bañarse vez al mes, Nisha. Es un alivio. Hueles muy bien y te lo agradezco, procura seguir así en lo que dure mi estadía en tu hogar, detesto los malos olores.



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Re: She | Flashback {Ilanka Kratorova}

Mensaje por Nikolai Saratov el Vie Mayo 11, 2018 3:22 pm

Ella aceptó tomarlo del brazo y así, juntos, se encaminaron hacia el salón en el que tanto esmero había puesto Angeline. Llevaba días preparando la llegada de los Kratorov, como no podía ser de otra manera tratándose de una obsesa como lo era ella para con las visitas. Siempre planificaba cada detalle como si se tratara de un examen de vida o muerte, y nunca, nunca, dejaba nada al azar. Se molestaba en conocer los gustos culinarios de sus invitados con el objetivo de servir platos que los agradaran. Nikolai la había visto, incluso, cambiar las cortinas de las habitaciones porque el color de las mismas no se conjuntaba con el de los cojines que había elegido para vestir la cama. Le gustaba ser adulada por su buen hacer, cosa que Vasily hacía sin demasiado interés y sólo para hacerla callar, pero funcionaba.

En aquella ocasión, el mantel que cubría la gran mesa hacía juego con la alfombra, el tapizado de las sillas y las cortinas —¡cómo no!—. La pared era de paneles de madera, una idea muy acertada de quien quiera que hiciera aquella habitación, puesto que, si se dejaba a manos de la nueva señora Saratova, el ruso estaba seguro de que habría cambiado el papel de las paredes para que hiciera juego con el resto de los muebles. Cuando Vasily tomó asiento, presidiendo la mesa, le pidió a su buen amigo Nikolai que se sentara a su derecha; a su lado se sentó Astrid y, junto a ésta, Béatrice. Frente a Vasily estaba Angeline, espléndida como siempre, mientras que Mirenia Kratorova se sentó a continuación. Los dos últimos sitios eran para Ilanka y Nisha: él junto a su padre, y ella junto a su madre.

En eso te pareces a Angeline. Ella tampoco soporta los malos olores —comentó mientras le acercaba la silla para que pudiera sentarse—, así que supongo que tendrás que darle las gracias de que no haya hecho de mí un tipo sucio y apestoso.

Nisha tomó asiento a su lado, tal y como su madrastra había planeado de antemano, y esperó a que el resto estuvieran listos para comenzar con una cena en la que sus hermanas estaban sospechosamente silenciosas. No había risitas estúpidas ni comentarios educados cuyo único fin era llamar la atención más que cualquier otro comensal. Lo que sí había, en cambio, eran miradas de reojo dirigidas a los dos jóvenes rusos. Nikolai sabía que después vendrían los cuchicheos; las conocía demasiado bien como para no esperarlos. Rezó para que Ilanka no se sumara a ellas, aunque aquel parecía su día de suerte, puesto que no había mostrado ni el más mínimo interés por hacerles caso.

No hace falta que te quedes todos los días leyendo —dijo—. Si no quieres ir con ellas, puedo enseñarte la ciudad. No es San Petersburgo, pero tiene grandes avenidas por las que pasear. —Se encogió de hombros—. También hay museos interesantes, si es que te gustan, y una vez al mes se abren los jardines del palacio real al público. Los reyes no están, por supuesto, pero es el lugar más fresco de la ciudad en estos días de calor —explicó mientras se colocaba la servilleta sobre las piernas—. A Angeline le gusta ir con mis hermanas; creo que se creen de la nobleza cuando pasean por allí. —Se rió con disimulo, gesto que Vasily no pasó por alto pero que pareció ignorar—. Se hará la semana próxima y quieren ir con tu madre y contigo —la miró, divertido—; será vuestro momento para haceros grandes amigas, aunque también puedo acompañaros para que no tengas que hablar con ellas. Son tan aburridas como parecen.

El ofrecimiento fue sincero, puesto que Nikolai sabía bien la tortura que era pasear por esos jardines acompañado de las mujeres de su casa. Su padre siempre buscaba una excusa para no ir y, aunque Nisha intentaba escaquearse, no siempre lo conseguía, con lo que terminaba paseando con las manos en los bolsillos mientras escuchaba los chismorreos que se contaban entre ellas.

Cuando el servicio apareció en el salón con los carritos de la cena, se irguió en la silla y esperó a que le sirvieran el primer plato, una sopa ligera que calmaría el hambre y haría hueco para lo que venía después: estofado de ciervo con cebollitas, reogado con vino de la zona y una mezcla de especias, secreto de la cocinera. La sopa humeaba de tal manera que la volvía una delicia, pero él sabía que no debía probarla hasta que lo hiciera su señor padre.

¡A vuestra salud, amigos míos! ¡Que aproveche! —dijo Vasily, en ruso, y dio el primer sorbo.

Fue la señal para que el resto de comensales tomaran sus cucharas y empezaran a cenar. En la mesa había un parloteo agradable, ni demasiado alto ni demasiado bajo, del que Nisha estaba disfrutando cuando, de pronto, escuchó la primera risita de Astrid. La miró de reojo y ella se calló, fingiendo que comía hasta que Béatrice le dijo algo al oído y ambas se volvieron a reír. El ruso suspiró. Aquellos iban a ser unos de los días más largos de su vida.


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Re: She | Flashback {Ilanka Kratorova}

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