Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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¿Bailamos? {Mahdi}

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¿Bailamos? {Mahdi}

Mensaje por Bakhit el Jue Mar 22, 2018 3:57 pm

Se juntaban dos veces a la semana, los mismos días, a las mismas horas, y Bakhit nunca faltaba a su cita. El lugar donde se hacían esas reuniones era conocido únicamente por sus participantes, pudiendo comunicarlo tan sólo a aquellos que supieran que no los iban a traicionar; esas fiestas no serían bien vistas por los que no fueran como ellos, esclavos arrancados de sus tierras con el único propósito de servir a sus respectivos amos. Bakhit se sentía afortunado en ese sentido, puesto que el hombre para el que trabajaba lo trataba como a un igual. Podía decirse incluso que eran amigos, algo para nada normal en esa sociedad. El color de su piel bastaba para que todos con los que se encontraba lo despreciaran hasta el punto de hacerlo sentir peor que nada, y Bakhit no sabía qué sería mejor, si soportar las burlas de la gente o si ser completamente invisible a sus ojos. Si fuera lo primero, al menos, significaba que sabían que estaba ahí, algo que no ocurría ni siquiera la minoría de las veces.

Llegó sin saber qué se iba a encontrar, porque nada se preparaba con antelación. En realidad, no hacía falta; las personas que se juntaban allí tenían tanta añoranza por su tierra natal que todo lo que se hacía estaba teñido de ese colorido africano. Bailaban, cantaban, charlaban y reían, todo ello olvidando, durante unas horas, el odio que la sociedad sentía por ellos. Aquel día, sin embargo, no había caras alegres. Había fallecido uno de los ancianos que acudían allí a menudo y con el que Bakhit había hablado en más de una ocasión. Cada vez que se veían hablaban de todo y de nada; de su pasado, su presente y su incierto futuro; del clima, del verdor de los campos alrededor de la ciudad, de los adoquines movidos de las aceras. Cualquier tema era bueno para hablar con el que ahora ya descansaba eternamente.

Al contrario de lo que pudiera parecer, no se sentía tristeza entre los reunidos. La música no era la habitual, pero los bailes que le dedicaron al difunto eran tan animados —o más— que los que hacían cuando no había funerales que celebrar. Los pies retumbaban en el suelo al son de los timbales, y las palmas de las manos se les enrojecían de tanto chocarlas entre sí. Unos gritaban, otros reían y otros lloraban, y en medio de todo, Bakhit se unía a la danza en honor del negro Tuor.

¿Cuánto tiempo pasó bailando? Imposible de saber a ciencia cierta. Al africano le encantaba dejarse llevar por el ritmo de la música, haciendo movimientos que muchos mirarían con desprecio sólo por ser distintos a lo que estaban acostumbrados. Allí era el único lugar en el que podían ser ellos mismos.

Empapado en sudor, se hizo a un lado y se secó la frente con un paño de algodón, sentándose después sobre unas cajas apiladas que ellos usaban como sillas. Los bailarines iban rotando, pero sólo cesarían cuando lo hiciera la música. Miró a su alrededor mientras recuperaba el aliento y se fijó en una joven a la que no había visto nunca. Llevaba en las manos, bien pegada a su pecho, una bolsa de tela que debía contener algunos objetos imposibles de adivinar a simple vista. No apartó la mirada de inmediato, sino que dejó sus ojos oscuros clavados en ella el tiempo suficiente para que cualquiera empezara a sentirse incómodo. Cuando se dio cuenta desvió el rostro, un tanto azorado por el atrevimiento, pero creyó que ella se habría sentido incómoda, así que se levantó y terminó acercándose a ella.

Hola —saludó con una amplia sonrisa—. Perdona si te he asustado, no era mi intención. Es sólo que no recordaba haberte visto por aquí antes. ¿Es la primera vez que vienes? —dijo, guardando las manos en los bolsillos de su pantalón—. ¡Oh! Me llamo Bakhit. Encantado.

Sacó una de las manos y se la tendió, esperando que ella no saliera corriendo despavorida por su atrevimiento.


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Re: ¿Bailamos? {Mahdi}

Mensaje por Mahdi el Vie Mar 23, 2018 4:36 pm

Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido.
Rayuela - Julio Cortázar.




Mahdi era esclava desde muy niña –aunque ahora con diecinueve años seguía siendo joven, para ella su niñez estaba muy lejos en el pasado, casi en otra vida-, una noche habían llegado a su casa unos hombres que sin demasiadas explicaciones la había separado de su hermana y su madre. La historia era larga y terriblemente dolorosa, pero mientras recorría –con complicidad de las sombras nocturnas- las calles del sur de París, Mahdi la recordaba.

Su padre, un hombre blanco de voz dulce y sonrisa pacificadora, había amado a una negra liberta amante de la vida y sus detalles: Aurora. Y así habían crecido sus hijas, con la naturalidad de no entender que para otros estuviera mal la composición de su familia. Mahdi recordaba perfectamente la noche en la que su padre murió. No podía precisar qué estaba haciendo, ni si lo supo ella antes que su hermana mayor… pero jamás olvidaría la presión que sintió en el pecho, el corazón le dolió tanto que le costó respirar pero tuvo que ayudarse a sí misma, pues su madre y su hermana ya tenían suficiente dolor con el que lidiar. Mahdi supo, a sus tiernos diez años de edad, que el corazón podía romperse aunque no se cayera al suelo y que esa rotura era eterna e irreparable, pues nunca más volvió a sentirlo completo en su interior.

Recordaba todo aquello porque ahora acababa de perder a quien había sido como un segundo padre, esa guía en su vida de esclava, el hombre al que recurría en busca de consejo y de afecto cuando Mahdi no entendía las injusticias con las que a diario la esclavitud la enfrentaba. Su amado Tuor había muerto y ella otra vez estaba sola, sola frente a la vida en París.

Tuor, el negro que la había recibido en su actual hogar –una iglesia pequeña en la zona residencial de París-, que con paciencia le había enseñado muchas cosas, que le había contado sus descubiertas verdades de la vida allí y desmentido otras cosas que ella creía ciertas. Su negro adorado, la persona a la que más había admirado… ahora el anciano estaba muerto y los sacerdotes habían permitido que sus amigos se llevaran el cuerpo para hacerle una despedida, incluso el padre Francis había llorado por el esclavo y le había ordenado a Mahdi coser una cruz de plata -¡de plata!- a la ropa que el anciano llevaría cuando lo fuesen a buscar los otros esclavos. Era el propio padre Francis quien la había convencido de ir a la fiesta de despedida de Tuor, aunque ella no quería porque en verdad no deseaba tener que decirle adiós a su amigo. El hombre le había hablado de la importancia de acompañar a la familia en los buenos y malos momentos, ¿acaso no era Mahdi como una hija para Tuor? Además solo ella podía llevar las pertenencias favoritas del negro -pues ella las conocía bien- y una botellita de agua bendita para que lo acompañase eternamente. Y así acabó aceptando… juntó en una bolsa las pertenencias del Tuor –trece monedas, un anillo, su libreta con dibujos y un peine que se había ganado en una de esas noches de juegos con sus amigos- y marchó hacia el sur de la ciudad.

Nunca había ido, pero su amigo le había hablado tantas veces del sitio que Mahdi no se perdió. No dudó nunca sobre el camino que debía tomar, algo realmente asombroso para alguien miedosa como ella. La música la atrajo desde el principio, pero Mahdi entró cuidadosa sin estar segura de a quién debía dirigirse, ¿acaso había algún líder allí? No lo parecía, algunos reían, otros bailaban… ¿y Tuor? No lo veía.

Eligió quedarse en un rincón, observar como los esclavos danzaban sin ponerse de acuerdo en los movimientos, simplemente se dejaban llevar. Volteó cuando sintió una mirada clavada en ella y cuando descubrió al hombre que la observaba se sintió incómoda, tanto que a punto estuvo de desandar el camino hacia la iglesia. Mahdi no era una muchacha a la que le gustara llamar la atención, ella prefería pasar siempre desapercibida. Y para mayor incomodidad de una Mahdi que estaba hipersensible por la pérdida y por los recuerdos que ella le traía, el hombre se acercó a saludarla.


-Sí, no había estado aquí antes –le respondió y bajó la vista, la sonrisa de él la había tomado por sorpresa. Tomó su mano cuando el esclavo se la tendió y sintió que la suya estaba helada en comparación con la tibieza de la masculina-. Hola, Bakhit. Soy Mahdi. ¿Conoces a Tuor? Él es mi amigo, tenemos los mismos dueños –hablaba en presente sin darse cuenta del error, pero para ella era imposible de asimilar la pérdida todavía-. He traído sus cosas y el padre Francis me ha pedido que le dé a Tuor esta botellita de agua bendita. –La sacó de entre sus ropas y, cuando entendió que no le podía dar nada a su negro amado, la angustia la asaltó. Mahdi se llevó la mano libre a la boca para calmar sus lamentos-. Lo siento, es que todavía no puedo entender que ya no estaremos más juntos.



La libertad no tiene voz.

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Re: ¿Bailamos? {Mahdi}

Mensaje por Bakhit el Jue Mar 29, 2018 6:03 am

Mahdi. Repitió su nombre para sí, grabándolo a fuego en su memoria. Mahdi, dueña de unos ojos tan hermosos como un amanecer. Bakhit se la quedó mirando de nuevo, pero de una forma más suave esta vez. Ella debía ser la muchachita de la que Tuor le había hablado en más de una ocasión y, ahora que la tenía delante, comprendía bien el cariño que el viejo debió sentir por ella. Tenía una cara tan dulce que lo único en lo que el esclavo pensaba era en aliviar su pena. Pero ¡ah…! Bien sabía él que eso no se conseguía de manera tan fácil.

Lo conocí, sí. Venía mucho por aquí y yo siempre aprovechaba esas ocasiones para hablar con él —contestó, recordando las muchas charlas que había tenido con el sabio Tuor—. Creo que en alguna ocasión me habló de ti, aunque nunca me dijo tu nombre. Hablaba de la joven junto a la que trabajaba, y debo decir que, por sus palabras, te quería mucho.

¡Bravo, Bakhit! Eso ya debía saberlo ella, teniendo en cuenta que convivía con él y, por lo tanto, pasaba mucho más tiempo junto al negro Tuor. Agachó la cabeza y se pasó la mano por el pelo corto, sintiendo que no estaba arreglando nada en absoluto. ¡Si alguien hubiera puesto en duda el amor de su esposa por él, habría montado en cólera! Si ella se marchaba enfadada y gritándole barbaridades, él no se iba a ofender, en absoluto.

No te disculpes. Una pérdida nunca es algo fácil, y a veces cuesta mucho asimilarlo por completo. —Hablaba por experiencia propia, puesto que todavía ese era el día en el que sentía a Tiaret junto a él en la cama—. Pero mientras mantengas a Tuor aquí —se dio unos golpecitos en la sien con el índice— y aquí —se llevó esa misma mano al lado izquierdo del pecho— nunca dejaréis de estar juntos. Puedes preguntárselo a cualquiera de los que están aquí si no me crees —aseguró, sonriendo ampliamente con la intención de que ella hiciera lo propio—. Ven, él está allí, tras esas cortinas. Te acompañaré.

Hizo un gesto con la mano para que la siguiera. Bordeó a los bailarines por un costado y se encaminó hacia el fondo, donde unas telas translúcidas dejaban entrever las formas de lo que había al otro lado. Unas velas alumbraban el cuerpo de Tuor, que descansaba sobre una mesa cubierta con un mantel de colores. Alrededor del difunto había un centenar de objetos de los más variopintos, todos recuerdos de aquellos que lo tenían en gran estima. Bakhit había dejado el suyo también, junto a la cabeza del hombre: el primer franco que había ganado como liberto.

Se acercó a él en el momento en el que otras dos mujeres se marchaban. Allí, Tuor nunca estaba solo.

Mira quién ha venido a verte, viejo amigo —comentó, como si estuviera enfermo y no muerto—. Quédate con él el tiempo que necesites, nadie te molestará. Yo esperaré fuera para que podáis estar a solas, pero si necesitas cualquier cosa no dudes en avisarme, ¿sí?


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Re: ¿Bailamos? {Mahdi}

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