Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

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Il Ruffiano e la Principessa {Flashback - 1794}

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Il Ruffiano e la Principessa {Flashback - 1794}

Mensaje por Rhaegar W. Frimost el Miér Mar 28, 2018 4:37 pm

Mi padre siempre me había dicho que la forma más rápida de obtener beneficios en los negocios era, en primer lugar, estudiar el terreno donde vas a moverte; en segundo lugar, mezclarte con los locales; y por último, hacer una oferta que sea imposible de rechazar por ellos. Gracias a que había seguido esa regla de tres pasos a rajatabla, ahora se proclamaba sin temor a equivocarse como uno de los nobles europeos más poderosos del momento, y yo, como su primogénito, no podía sentirme más orgulloso a la hora de predicar con su ejemplo. Pero, lógicamente, no todo era un camino de rosas y desde la intromisión de los monarcas en nuestros asuntos comerciales la cosa se nos había ido complicando considerablemente. Por eso mismo se me había encomendado la misión de extender nuestros lazos a otros países con los que hasta entonces no teníamos tanto contacto, siendo Italia uno de éstos. Esa era la razón por la que a mis treinta y seis años, con el pretexto de seguir avanzando en mis conocimientos del mercado económico internacional, me había instalado en Milán, donde trabajaría como profesor adjunto en la universidad, puesto que me permitía entrar en contacto con personas de todo tipo, pero que eran, sin duda, poderosas.

Aquella tarde había comenzado siendo común y corriente. Tras impartir mis clases de la jornada me había retirado hasta la sala donde los catedráticos debatían temas de todo tipo: qué productos habían incrementado su valor de mercado, qué estudiantes destacaban más, a qué familia debía pedírsele más financiación... Pero hubo un tema en especial que llamó mi atención, y era la inesperada llegada de un estudiante nuevo, en unos días, que seguramente se convertiría en el centro de atención en cuanto se instalara allí. Mucho más joven que la media de los estudiantes admitidos actualmente, no cabía duda de que se había ganado la plaza a base de talonario, ¿o quizá era porque pertenecía a una élite en particular? Sea como fuere, se le esperaba un futuro prometedor, porque a pesar de que la influencia de su clase social le había abierto las puertas, nadie podría sobrevivir a los estudios impartidos si no fuera realmente inteligente. No había duda de que lo era.

Evidentemente, mi curiosidad no hizo más que incrementarse a medida que se acercaba el día de su llegada. Los rumores no hacían más que cambiar de forma y hacerse cada vez más y más extraños. Todos esperaban, expectantes, la llegada de alguna especia de príncipe de oriente medio, o de algún genio que se había extraviado del camino y al que sus padres querían enderezar. Ni que decir queda que cuando la figura delicada y grácil de un joven de aspecto infantil apareció aquel lunes, todas las miradas se clavaron en él, y muchos incluso dejaron escapar algún que otro sonido que reflejaba su decepción. A simple vista, no había nada diferente en aquel joven, nada que lo hiciera destacar demasiado, salvo quizá la casi etérea belleza de su rostro, pálido, gobernado por unos grandes y redondos ojos de un profundo color azul. ¡Era un simple crío! Yo mismo fui el primero en sentirme decepcionado con el recién llegado. Su conocimiento del idioma, a pesar de ser notable, aún dejaba bastante que desear, ¿eso era todo lo que tenía para ofrecer?

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Re: Il Ruffiano e la Principessa {Flashback - 1794}

Mensaje por Irïna K.V. of Hanover el Jue Mayo 17, 2018 10:54 pm

Convencerlos de que la dejaran marchar de viaje a un país tan lejano como Italia había sido todo menos sencillo. Si ya de por sí los monarcas, especialmente su madre, solían mostrarse reticentes a dejarla viajar incluso dentro del propio reino, o fuera cuando iba acompañada, la simple idea de que la joven princesa, que apenas había cumplido los catorce años de edad, se marchase a proseguir con sus estudios superiores a otro país, y lo que era peor, completamente sola, era un motivo de pánico absoluto. No es que no confiaran en ella, o en su capacidad para manejarse en el extranjero. Desde siempre habían sabido que Irïna era del tipo de persona que se adaptaba a los cambios con una facilidad pasmosa. Pero ese no era el problema, no realmente. A pesar de que ella fuera seria, tuviera la cabeza en su sitio y estuviera lo bastante preparada como para sobrevivir sin la ayuda de sus padres o sirvientes, el mundo no estaba exento de peligros, especialmente para aquellos de un estatus elevado. Las envidias, los problemas políticos, la realeza era bastante susceptible de ser chantajeada o dañada por casi cualquier cosa, y si tales situaciones resultaban peliagudas cuando tenían lugar en su propia patria, donde podía acceder al apoyo de los monarcas en todo momento, ¿qué sería de ella si ocurrían cuando no se encontrara cerca de ellos? Muchos podrían llamarlo sobreprotección, pero la reina consorte lo llamaba sentido común. 

Claro que nada de eso fue capaz de detener a su hija, quien había heredado la cabezonería de su padre: y es que cuando algo se le metía en la cabeza no había modo de hacerla cambiar de parecer. Para más inri, contaba con el apoyo del rey, su padre, quien consideró que las ansias por seguir aprendiendo de su hija eran signo de madurez, y no había dudado en apoyarla. Con lo que no estuvo de acuerdo, en absoluto, fue en la condición de su hija de que no llevaría ningún tipo de escolta. Sin embargo, por medio del diálogo y no pocas discusiones, también había conseguido salirse con la suya. Así, tras varios meses ultimando los detalles, finalmente la princesa heredera al trono de Escocia había salido de su país, por primera vez ella sola, en busca de nuevos horizontes. El viaje fue largo y bastante incómodo. En su afán por no llamar la atención más de lo necesario, se había hecho pasar por un joven de clase media (algo que Lorick le había recomendado por su propia seguridad). Acostumbrada no a los lujos, pero sí a estar en un ambiente más confortable, encontró las pocas comodidades de su viaje un tanto escasas, pero no iba a permitir que algo tan superficial la hiciera cambiar de idea, no cuando estaba tan cerca de conseguir lo que había querido siempre.

Su llegada al país de origen estuvo un poco demorada, pero tal y como se le había prometido, su nombre estaba en la lista de admitidos para el curso avanzado de la universidad más prestigiosa de la capital. Su llegada, para su sorpresa, había sido la comidilla del lugar desde que los rumores se iniciaran. A pesar de eso, su aspecto, ahora que ya se había acostumbrado a actuar como un chico normal y corriente, pareció ser más causa de decepción que de otra cosa. Así supo que había sido todo un éxito. No necesitaba que la reconocieran por su apellido, ni por el nombre de su familia, ni por su estatus, ni mucho menos por su aspecto. En el siguiente año demostraría con sus habilidades lo que era capaz de hacer. Se esforzaría por aprovechar el limitado tiempo que tenía disponible al máximo, para así darles motivos a sus padres para convencerse de que dejarla partir de forma más definitiva era la mejor de las ideas. A pesar de que tenía claras sus obligaciones como princesa, y como heredera, había mucho del mundo que le era desconocido. ¿Cómo podían esperar que comprendiera la complejidad de las relaciones entre países, si no le permitían experimentar por sí misma cómo era la cultura de esos lugares? La experiencia era tan imprescindible como el conocimiento. O mejor dicho, la experiencia misma era una forma más de conocimiento. 





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Re: Il Ruffiano e la Principessa {Flashback - 1794}

Mensaje por Rhaegar W. Frimost el Jue Jun 21, 2018 10:51 pm

La semana posterior a su llegada fue un tanto frenética. No solamente los alumnos estaban más alterados que de costumbre, sino que los profesores también se mostraban sumamente nerviosos. No conocía realmente los motivos detrás de tanta inquietud. Según su historia no pertenecía a una casa especialmente conocida, así que, ¿qué era lo que estaba ocultando? Nunca encontré la respuesta, al menos, no antes de que se me encargara precisamente a mi su supervisión directa. No pude evitar mostrar mi desacuerdo cuando mis superiores me encargaron que me convirtiera su guía, no solamente en la vida escolar que ahora iniciaba, sino también en su correcta integración en la ciudad. Según me explicaron, su conocimiento acerca de otros países que no fueran el suyo era bastante limitado, y aunque no me dijeron exactamente de dónde procedía, a juzgar por su acento y por el apellido que utilizaba, sospechaba que sería de Rusia o, en su defecto, de algún país eslavo. Poco importaba, en realidad, era mi obligación y no es que pudiera oponerme, pero la idea tampoco es que me entusiasmara. Y, al parecer, a él tampoco.

Nuestra primera interacción fue un tanto tensa, por no decir incómoda. Casi parecía que, de algún modo, el chico me conocía y que por eso estaba tan reacio a aceptarme como su mentor a partir de ese momento. Sin embargo, las explicaciones procedentes del resto de profesores no le permitieron replicar. Una vez finalizadas las presentaciones, proseguía el intentar acercarme un poco más al joven. Al principio lo traté todo, pero no conseguía sonsacarle más de un monosílabo por cada una de las preguntas que le formulaba. - Bueno y... Señor Vasílièv, ¿qué opinión le merece lo poco que ha visto de la ciudad? No conozco su país, pero apuesto a que hay muchas diferencias entre éste y aquel. -Era complicado sonsacarle información, incluso mantener algún tipo de conversación, aunque no sabía si era porque por naturaleza era callado, o simplemente porque no le apetecía abrirse a nadie.

Su actitud cambiaba radicalmente en el momento en que las clases comenzaban, eso sí que no podía discutírselo. Su capacidad para concentrarse era absolutamente impresionante. Bien fuera absorbiendo todo cuanto se decía en sus numerosas clases, que doblaban las que tenía un estudiante normal en su empeño por acabar con sus estudios en el menor tiempo posible, o por su capacidad para realizar tareas con las mínimas indicaciones. Captaba las cosas al vuelo desde el principio, y siempre que tenía alguna duda, sus cuestiones eran concretas y directas. Era mucho más impresionante de lo que se inducía de él en un principio. Al final resultaba ser cierto que las apariencias engañaban. Aunque en ese momento, no sospechaba cuánto.



Última edición por Rhaegar W. Frimost el Sáb Jul 21, 2018 4:50 pm, editado 1 vez
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Re: Il Ruffiano e la Principessa {Flashback - 1794}

Mensaje por Irïna K.V. of Hanover el Miér Jul 18, 2018 10:48 pm

El último mes, desde su llegada a Italia, había sido lo bastante ajetreado como para apenas dejarla con tiempo para pensar en casi nada además de sus clases. O al menos, así era durante el día. Entre el ir y venir de las lecciones y las posteriores e interminables horas de estudio, en su rutina no había cabida para algo tan simple como echar de menos su hogar. Pero claro, las noches, las madrugadas, eso eran una historia diferente. En cuanto se quedaba a solas y dejaba de tener que centrarse en sus tareas académicas, la soledad comenzaba a aferrarse a ella impidiéndole respirar, y mucho menos conciliar el sueño de forma sencilla. Era una tortura, lenta y dolorosa. Mientras otros aprovechaban esas horas para descansar o despejarse, Irïna se encerraba en su habitación y comenzaba a escribir carta tras carta, cartas que jamas enviaría, en las que relataba lo mucho que estaba aprendiendo, las dificultades que estaba teniendo para integrarse en un ambiente en el que la mayoría de gente era adulta en comparación a ella, y especialmente, lo complicado que le resultaba mantener la farsa de ser quien no era día tras día. Probablemente se hubiera sentido mucho mejor si aquellas palabras hubieran llegado a algún puerto, y por tanto hubiese obtenido respuesta a sus preocupaciones, pero la convicción de que sería recriminada con un "ya te lo dije" la impedía tomar acciones al respecto. Sólo necesitaba más tiempo, sí, adaptarse le costaría, pero definitivamente lograría hacerlo. Porque ella siempre conseguía aquello que se proponía.

Como era de esperarse, la dificultad del currículo que había escogido superaba con creces todo aquello que había estudiado previamente. Aunque no le costó mas de dos semanas ponerse al día con el resto de compañeros de su mismo curso, mantener el ritmo resultaba mas complicado de lo que había imaginado. No sólo eran clases teóricas, a lo que se habría acostumbrado con relativa facilidad dado que gozaba de buena concentración y capacidad para organizarse, pero además de la teoría las prácticas tenían lugar en al menos cuatro ocasiones a la semana, y dado que había escogido las ciencias como su campo de estudio, de forma amplia, éstas eran increíblemente dispares. Desde disecciones a tareas agrícolas, pasando por la mezcla y conformación de compuestos químicos, sus dificultades con el idioma y, especialmente, su timidez y la necesidad que tenía de ocultar que era una mujer, y aún más, una princesa, hacia que se cargara de trabajo por la negativa a emparejarse con nadie a fin de que no la descubrieran. Eso se sumaba a sus preocupaciones. No tener con quién hablar de todo aquello le pasaba a factura, su humor cada vez era más fluctuante, pasaba de estar taciturna a tener muchísima ansiedad, y todos esos cambios se sucedían a diario, sin avisar, y sin importar el cómo o el dónde se encontraba. 

Sin embargo, su ánimo pasaba relativamente desapercibido a ojos de los demás. Al principio su presencia había sido una novedad, pero después de unos días las cosas se habían calmado. Ya no resultaba ni tan interesante, ni tan exótica. Era un(a) estudiante más, de los menos habladores, y que parecía estar únicamente interesado en los estudios. Quizá había una sola persona que sí pareciera seguir interesada en su persona, y ese era el Señor Frimost, un profesor adjunto, quien a pesar de haberle tratado con cierta hostilidad e indiferencia al principio, ahora que para los demás resultaba predecible y poco interesante, él parecía hallarse más interesado que nunca. Y eso la ponía un tanto nerviosa. El modo en que la observaba de forma tan atenta, y la facilidad que tenía para percibir sus cambios de humor, aunque fueran mínimos, la hacía sentirse extrañamente consciente, como si la vigilaran, y como si, de algún modo, fuera capaz de ver a través de su fachada. Temía que la descubrieran, pero temía aún más que fuera precisamente él quien lo hiciera, porque aunque su identidad le fuera desconocida, la suya no lo era para la princesa. Le habían advertido antes incluso de que llegara allí. Los Frimost eran enemigos de la corona, y no debía acercarse más de lo necesario. 





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Re: Il Ruffiano e la Principessa {Flashback - 1794}

Mensaje por Rhaegar W. Frimost el Sáb Jul 21, 2018 5:08 pm

A pesar de lo terrible de nuestro primer encuentro, y la negativa primera impresión que había causado en mi, no pude evitar que, con el paso del tiempo, y a medida que la expectación procedente de su llegada en el resto de estudiantes se iba apagando, me sintiera cada vez más interesado en el callado estudiante que rezumaba calma e inteligencia por todos los poros de su piel. No voy a mentir, era sumamente extraño que yo me interesara por alguien hasta semejante punto, y de hecho, de no ser porque la otra persona se trataba de un varón, posiblemente hubiera llamado a las emociones que me producía de una manera bastante diferente. ¿Admiración? ¿Obsesión? Enamoramiento, casi. Pero aunque no tenía reparos en aceptar relaciones de sodomía en otros, jamás me hubiera planteado seguir una ruta en mi vida que distara de la normalidad. No me iba a arriesgar a perder todo por una estupidez. El amor era naturalmente nacido de la unión de hombres y mujeres, que aceptara algo no implicaba que lo compartiera... Por eso era tan raro, la forma que tenía de mirarlo, de notar la sutileza de sus gestos, lo delicado de su pálida piel, o la delgadez que se escondía tras sus ropajes holgados.

Por desgracia, la forma en que lo miraba no le había pasado desapercibida a él tampoco, y eso era más preocupante. No podía dejar que las cosas se salieran de control, ni llegar a incomodarlo, ya que eso provocaría que perdiera mis privilegios en la universidad, algo por lo que había trabajado durante mucho tiempo en conseguir. Debía pensar en otras cosas, centrarme en otros aspectos, como el lograr que consiguiera sus objetivos en todas las materias en las que debía rendir. Ese se convirtió en poco tiempo en mi más inmediato objetivo. Centrarme en el trabajo, en su educación e instrucción, me ayudaba a alejar mi mente de pensamientos en los que no me convenía perderme. Por suerte para mi, mi cambio de actitud también le afectó a él, haciendo que finalmente se abriera un poco a mi persona y comenzara a confiar sus problemas y preocupaciones conmigo. Evité pensar por qué aquel simple y sencillo cambio me alegraba tanto, pero en la intimidad no podía evitar estar emocionado.

Gracias a su voluntario acercamiento pude descubrir otras cosas de él que me resultaron igualmente interesantes. Y es que, nos asemejábamos más de lo que yo había creído. Lo que movía a aquel chico a actuar, a esforzarse por crecer, al igual que en mi caso, era su afán por ayudar a su familia a seguir prosperando. Sus motivos para haber decidido estudiar en un país distinto al suyo del que, además, apenas tenía si una ligera idea, eran sus deseos por establecer relaciones con otros países que ayudaran a conformar una mayor estabilidad a sus "negocios". A pesar de que desconocía de qué se trataba, o a qué exactamente se dedicaban sus familiares, imaginé que no sería muy diferente a lo que nosotros hacíamos. No sólo era un motivo noble, sino que eso también lo convertía en un joven mucho más maduro de lo que otros podían pensar a juzgar por su edad y aspecto. En su interior se escondía una fortaleza y rectitud envidiables, dignos de un auténtico noble. De un líder, incluso.

En aquel momento, no sabía hasta qué punto éste último pensamiento acabaría por convertirse en una realidad.

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Re: Il Ruffiano e la Principessa {Flashback - 1794}

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