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PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Edith D. Keergård el Vie Abr 06, 2018 3:55 pm

Edith se movía con gracia por el lugar, mientras escrutaba con pletórica mirada todo aquello que le rodeaba. Sus labios se ensancharon hasta formar una coqueta sonrisa más propia de una niña pequeña que de una mujer adulta. Pareciese que había avistado algo lo suficientemente hermoso para sacarla de la monotonía que caracterizaban sus días de descanso. Cuando no estaba atareada con proyectos varios, o cuadros que su mecenas le había encargado, el exceso de tiempo libre la hacía sentir ansiosa. Por eso mismo decidió romper con esa rutina y salió a explorar el exterior, dirigiendo sus pasos a la zona comercial, donde no dudaba que encontraría algo que captase la atención de sus curiosos e inquietos ojos. No se había equivocado, sin duda. Muchas tiendas eran comunes y corrientes, típicas de una ciudad tan grande como París, pero en otras se escondían auténticas maravillas nunca vistas por la morena, como una especie de reloj de cuco de cuyo núcleo salía un jilguero. No pudo resistirse a comprar artilugios de lo más interesantes, pese a no tener ni idea de para qué servían. Una especie de peluche que tenía un tambor entre manos, un broche con la forma de un leopardo... Probablemente luego se arrepentiría, pero de momento no tenía ganas de pensar en ello.

Sus manos, cubiertas por unos guantes de color blanco, rozaban todos los objetos a su paso, mientras ella se sumergía en sus pensamientos. Había tantos colores, tantos olores diferentes, tantas texturas... Era agradable. El mundo, fuera de las cuatro paredes de su estudio, era mucho más amplio y lleno de matices de lo que ella recordaba. Y es que a veces cometía el fallo de encerrarse demasiado en sí misma y se olvidaba de prestar atención a todo lo demás. La siguiente parada que hizo en su arrebato consumista, la llevó a una tienda de prendas usadas donde encontró vestidos de lo más variopintos. Era fascinante lo poco usados que parecían algunos, y a pesar de eso, lo vacío que se hallaba el establecimiento. Posiblemente las mujeres de mayor poder adquisitivo no visitaran con frecuencia sitios como ese, lo que incrementaba la aparente decadencia del negocio. Pero lo que al principio le pareció desierto, comenzó a llenarse de vida a medida que pasaban los minutos y ella continuaba probándose vestidos.

Una de las señoras que llegó iba cargada de bolsas de diferente tamaño, y de éstas extrajo ropajes de hombre y mujer que pensaba vender. Edith le preguntó, incapaz de resistir su curiosidad, si es que acaso ella misma los había confeccionado. Su cara de sorpresa al recibir una respuesta afirmativa resultó bastante cómica. Compró en total tres vestidos, dos que utilizaría para las reuniones sociales que sin duda acompañarían a su su nuevo empleo, y un tercero del que se había enamorado pero que no tenía muy claro si llegaría a utilizar alguna vez en su vida. Sí, era un traje de novia. Tan pálido e inmaculado como su propia piel. La tela estaba hecha de una mezcla de seda y gasa, y a pesar de su corte clásico, era sumamente hermoso. Salió del establecimiento con una sonrisa de oreja a oreja, incluso más grande de la que llevaba plasmada al inicio de su "expedición". Pero pronto, los problemas aparecieron, y es que, al chocar sin querer con un joven bastante alto, se había dado cuenta de que le faltaba el bolso y una de las bolsas: la de su vestido. Al verlo correr supo lo que había pasado.

¡Por favor, deténgase! ¡Al ladrón! -Gritó, en busca de ayuda, aunque realmente esperaba que el muchacho cambiara de parecer y decidiera realizar la buena acción de devolverle lo que se había llevado. Sí, siempre había sido ingenua, ¿pero acaso tenía algo de malo? Corrió tan deprisa como le permitieron los pies, sin dejar de llamar al joven, pero éste no se detuvo, y al torcer la esquina de una de esas tiendas a la que únicamente los nobles se podían permitir entrar, volvió a chocar con alguien, esta vez una señora, quien le dirigió una sarta de improperios por haberla molestado, a pesar de que Edith, que estaba en el suelo, era quien había salido peor parada con diferencia.


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Mensaje por Charles Moncrieff el Vie Abr 06, 2018 5:32 pm

Cuando los éxitos negocios encajan cual piezas del complicado rompecabezas que es su existencia, lo demás parece luminoso, con un aroma propio del triunfo tan anhelado y por ahora, alcanzado. Su fortuna se amasa creciendo como si le hubiera espolvoreado levadura y ahora disfrutaba de sus recompensas. De los trajes confeccionados a la medida, los zapatos y el sombrero a juego, la capa en sus hombros. El bastón con cabeza aleonada abre el el camino como si de un casco de barco se tratase. Pasea sin preocupaciones por las calles de París, por el centro comercial plagado de personas que van y vienen llevando bolsos con objetos necesarios o no para su hogar o sus imágenes.

Vestidos elegantes, nuevos o de reventa, sombreros variopintos, con plumas, encajes y diversas telas que el inglés conoce y domina gracias al tiempo que estuvo con su hermana o bien, con la señorita Appleby desfilan ante sus ojos como si el no tener una prenda es motivo suficiente de que alguien muera. Gracias a la señorita Appleby, ahora entiende qué va a la moda y cómo combinar, lo que le sirve para su propia indumentaria. Se detiene un par de segundos en un escaparate observando una de los abrigos cubretodo que exhiben. La tela podría ser mejor de lo que a simple vista parece, podría utilizarlo para las salidas con sus clientes. Si es de peor calidad, podría servir para los espectáculos. Le da cierta libertad de movimiento. Y hablando de eso, un grito hace que las personas hagan un camino haciendo que Charles mire por inercia hasta donde una joven corre desesperada detrás de un sujeto que viene directo a él. Parece que le ha robado y el bolso que carga, en conjunto con otro objeto más, lo delata como una equis en un mapa pirata.

Podría ignorarlo, dejar que se vaya, pero algo en la joven le recuerda a su hermana. Detesta cuando le sucede eso. Su memoria regresa a donde su corazón ha cerrado con candado y tirado al mar la llave. La separación de su hermana pequeña es bastante dolorosa, tanto que el bastón da un giro contra los pies del ladrón haciéndolo perder el piso y caer de espaldas a su vera. El siguiente golpe va directo a la boca del estómago sacándole el aire. Uno más le aplasta la nariz fracturándole el tabique nasal. Ha manchado su bastón, le incordia, pero al menos recupera los dos objetos sustraídos sin autorización - que no vuelva a verte por aquí, es una recomendación - con elegancia sigue caminando, de reojo no pierde de vista que el asaltante es detenido por dos agentes de policía.

Uno se queda con asaltante y el otro persigue a Charles que se detiene en seco aún escuchando los gritos de la mujer mayor y esperando que la joven tenga la paciencia para que pueda llegar a auxiliarla, - el sujeto le robó a mi protegida, por lo que tuve que darle una lección, podemos ir a donde mi abogado, si es que usted no cree en mi palabra. Seguro que hablará con su superior y todo quedará claro - comenta altivo. El agente de la ley le mira, un hombre como él, de clase alta, con la amenaza en sus palabras, ni siquiera se va a atrever a contrariarlo - está bien, señor, no es necesario incordiarle más. Nos llevaremos al ladrón - hace una inclinación de cabeza despidiéndose. Un obstáculo menos, falta otro. Vuelve sus pasos hacia la joven guiándose con el bastón cuya suciedad se desprende conforme va avanzando.

Una vez llega hasta la comprometida joven, coloca una mano sobre el antebrazo de la señora que la reprende haciéndole dar un salto sorprendida, voltea a mirarlo sin entender. El metro ochenta y cinco de estatura aunado a su presencia, impone y obliga a la mujer a guardar silencio esperando que él explique por qué la ha tocado. Charles se desprende del sombrero para sonreír afable y mostrarse un poco apenado - Lamento si la señorita le ha faltado al respeto, madame. Prometo que como su protector y tutor que se me ha designado, la aleccionaré para que no vuelva a suceder - voltea hacia la joven guiñándole imperceptible un ojo para que le siga el juego - Por favor, ¿Puedes dejar de gritar e incordiar a la madame? Discúlpate con ella por tu conducta y tus falta de modales. Madame, como le dije, yo me ocupo - sonríe con cierta coquetería. Por más que la mujer no puede decir una palabra, la expresión del inglés es suficiente para que asienta como una estúpida y permita que ambos se vayan sin hacer más escándalo.

El inglés le toma a Edith del brazo para conducirla lejos de donde la mujer sigue impávida - He recuperado sus pertenencias, espero no se moleste por mentir en cuanto a que soy su protector y tutor. Finja estar acongojada y que la estoy aleccionando hasta que doblemos la esquina - sigue avanzando hasta que cumple con la palabra, en el término de la calle se ocultan de miradas indiscretas con sólo doblar y entrega lo que es de la joven - listo, tenga más cuidado, mademoiselle, la próxima vez puede que no esté cerca - mira a la joven tomando su mano y dándole un beso sobre el dorso de la misma. Su hermana estaría contenta con su acción, donde sea que se encuentre, Annabeth seguro sonreiría.




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Mensaje por Edith D. Keergård el Jue Abr 12, 2018 7:03 pm

Si había un Dios que concediera mala suerte, estaba claro que estaba obsesionado con hacérselo pasar mal a Edith, quien no sólo había tenido la mala fortuna de que le robaran, sino que ahora tenía que pasar por el mal trago y la vergüenza de que una completa desconocida le dijese aquella sarta de improperios a plena luz del día, y atrayendo la atención indeseada de otros muchos viandantes. Era cierto que ella había tenido parte de la culpa por ir demasiado rápido, pero es que la señora, que había salido ilesa del golpe, no estaba mirando por donde iba. Pero claro, ¿cómo discutir con un noble y hacerle ver que está equivocado? O peor aún, ¿cómo hacerlo cuando otros muchos nobles estaban respaldándola, incriminándote y juzgándote simplemente por ser claramente de una clase inferior? Ese tipo de cosas pasaban bastante a menudo, pero ella jamás se había visto envuelta en algo de semejante envergadura. Temía porque alguno de los presentes fueran clientes suyos, o compradores de sus obras, y que aquel incidente la afectara en el ámbito artístico también. ¡Maldita sea! ¡Lo único que ella quería era recuperar sus cosas!

¿Y bien? ¿No piensas disculparte? -Seguía repitiendo la mujer una y otra vez, con la hostilidad más que patente en sus palabras. Aunque estaba claro que lo que buscaba no era sacarle una disculpa a la pobre chiquilla, sino humillarla, simplemente. - ¿Tienes el descaro de adentrarte en una zona de la ciudad que no te corresponde, y encima causas problemas? ¡La gentuza como tú debería permanecer al margen de las zonas más pudientes de la ciudad! ¡Estáis fuera de lugar! -Algunas carcajadas se alzaron entre el gentío, y ante eso, lo único que pudo hacer la joven era agachar la cabeza, ruborizada hasta las orejas, y con las lágrimas de rabia e impotencia cayéndole por las mejillas. Se sentía fatal. Había perdido sus cosas, el vestido de sus sueños, y ahora encima le recordaban que no era más que una muerta de hambre que trataba de labrarse un nombre a través de sus expresiones artísticas. Quería que la tierra se la tragase.

¿Y ahora lloras? La verdad es que no entiendo a los de vuestra clase. Primero metéis las narices donde no os llaman y luego os hacéis las víctimas. ¡Por eso mismo digo que la escoria no debe mezclarse con los ciudadanos de buen nombre como nosotros! -La señora no parecía tener intenciones de detener su humillación pública en ningún momento. De hecho, a medida que otras voces se iban sumando a la suya propia, más bien parecía animarse aún más a seguir con su discurso clasista. Por desgracia para Edith, a ella nunca le habían enseñado a cómo defenderse en situaciones de ese tipo. Probablemente porque era del tipo de persona que prefería no meterse en problemas si le resultaba posible, la situación la había hecho quedarse paralizada. De haber podido, le hubiera encantado decirle unas cuatro cosas a semejante señora tan impertinente, pero sospechaba que de haberse atrevido a llevarle la contraria el linchamiento hubiera sido incluso peor. Incluso los comerciantes de negocios circundantes habían comenzado a acercarse a la escena, buscando averiguar qué pasaba. ¿Acaso las cosas podrían salir peor?

De pronto, alguien más apareció en la escena, y el silencio se hizo presente de forma casi inmediata. Edith elevó la vista lentamente, como temiéndose con qué iba a encontrarse, pero se trataba de un hombre quien, lejos de parecer querer insultarla también, parecía buscar que la mujer dejara de hacerlo. No le costó mucho entender el plan cuando lo escuchó hablar, después de ver el gesto que le había hecho y que nadie más parecía haber notado. Francamente, odiaba la idea de tener que disculparse cuando claramente ella no había tenido la culpa de nada de lo sucedido, pero en aquellos momentos no parecía haber ninguna otra salida. Acatando las órdenes ajenas, la joven bajó la vista, y ejecutando una leve reverencia, dijo: - Ruego me disculpéis, madame. No era mi intención lastimaros, ni mucho menos faltaros al respeto. Siento de todo corazón si os he causado algún agravio... -Su voz salió como un hilo, muy baja, muy dulce, y muy apenada. Y tras aquello nadie parecía tener ganas de decir nada más. 

Tras decir aquello y hacer otra reverencia, se dejó guiar por aquel desconocido, que después de todo la había salvado, escondiendo su sensación de alivio lo mejor que pudo y fingiendo estar siendo regañada. No le resultó fácil: al decirle el hombre que había recuperado sus pertenencias casi se echa a reír de la alegría. Pero no lo hizo, y mantuvo la farsa tan bien como pudo hasta que llegaron a la esquina mencionada. Sólo entonces, dejó escapar un suspiro y se dejó caer al suelo, en cuclillas, presa de una especie de ataque de ansiedad. ¡Qué miedo había pasado! - ¡Gracias! ¡Mil gracias! No sabéis lo mal que lo he pasado. No tenía ni idea de cómo salir de allí y tampoco podía contestarle a pesar de las cosas que estaba diciendo. -Nada de lo que pudiera hacer bastaría para compensar a aquel caballero. Tras tomar su bolso y el vestido, volvió a sonreír con sinceridad, para luego recibir aquel elegante beso con el rubor extendiéndose por sus mejillas. - No sólo me habéis salvado de una situación embarazosa, sino que también habéis recuperado algo que era bastante importante para mi. Buen Señor, ¿qué podría hacer para compensaros? No podría dormir sabiendo que no he devuelto el favor a alguien que me ha ayudado de una forma tan extensa.


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Re: · La Vie en Ville ·

Mensaje por Charles Moncrieff el Vie Abr 13, 2018 12:02 am

Este acto era como retroceder en el tiempo a aquéllos momentos en que no era un señor, ni tenía el poder que ahora detenta. En que sólo era un chico de clase media con un tutor que trabajaba incansable por enseñarle y sacarlo adelante. Esos tiempos se han terminado, al menos, es lo que pensaba hasta ver la actitud de la joven. Modosa, tranquila, capaz de aceptar los golpes de la vida con estoicismo y que sonríe con sólo saber que sus objetos han sido recuperados. ¿Cuándo algo le hizo conmover hasta las lágrimas? No tiene memoria del evento, puede que jamás se haya dado. Sin embargo, el maltrato fue algo que vivió en carne propia. Los señores de la clase alta son brutales con los que están debajo de su estatus. Tienden a ser demasiado agresivos y lascerantes con sus conductas.

Cuando se pone en cuclillas presa de un ataque de ansiedad, Charles le toma por los codos incorporándola hasta quedar en pie por completo - lección número uno: jamás demuestres tu debilidad ante alguien que es inferior a ti. ¿Crees que todos ellos son mejores sólo por tener dinero? No. Tienen tantos defectos y son tan infelices toda su existencia como te sientes ahora, no he conocido a un solo personaje de la clase alta que sea feliz. A todos les falta algo, todos necesitan algo y en su ansiedad por obtenerlo, van maltratando a los demás como si fueran insectos - él también lo hace, eso no va a decirlo. Hoy olvidará todas las atrocidades que ha hecho y se comportará como su hermana hubiera querido, como todo un caballero.

¿Recompensarle? Eso sí es difícil. Teme que la joven no tenga nada con lo cual agradecerle. Hace una mueca pensativo y al final, sus hombros se elevan y caen con una expresión de circunstancias - ni idea, jovencita. No sé cómo podrías darme algo que no tenga ya. Tendrás que pensarlo. Mientras lo haces, ¿Qué te parece si te acompaño a donde sea que vayas? No sé si hayas terminado con tus compras - ¿Por qué hacer eso? Debería irse ya. Tiene algunas cosas importantes por terminar y perder el tiempo con ella es hilarante. En lo profundo del inglés, sabe que necesita ese tiempo con alguien tan puro como lo parece la dama en cuestión. Es cínico con las féminas, mas la joven le ha ganado en algo. Su candor e inocencia hace que, por sólo unos minutos, desee estar más tiempo con ella.

Avanza con tranquilidad habiendo ofrecido su brazo como todo caballero debe, algunas personas que pasan por ahí le observan con incredulidad. ¿Cómo un hombre como él, de prominente familia que se denota en sus ropas y modales puede caminar como si nada con una fémina de la clase de Edith? Es inconcebible a menos que sea una prostituta, pensarán. Charles está acostumbrado a ignorar las habladurías, por lo que ni siquiera se inmuta ante esas miradas que le censuran - por cierto, me llamo Charles. ¿Y usted, señorita? - sus ojos le observan por un instante antes de que le provoque una sonrisa. Se relaja un poco, no tiene que aparentar con ella. La bestia que habita en él está dormida, no tiene nada que temer.




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Re: · La Vie en Ville ·

Mensaje por Edith D. Keergård el Vie Abr 13, 2018 1:13 am

El tono de voz tranquilo pero firme de aquel caballero la hizo sonreír casi sin darse cuenta. Su cuerpo se relajó de un instante al notar el leve tirón que el varón le había propinado por los hombros. A pesar de su timidez, se esforzó todo cuanto pudo por mirarlo a los ojos y asentir ante las palabras que aquel completo desconocido estaba mencionando. Podían parecer crudas, incluso un poco exageradas, pero en el fondo de su corazón no podía decir que no estuviera de acuerdo. Lo sucedido hacía unos instantes había sido completamente sacado de contexto. Claramente aquella señora estaba frustrada, o cansada, o enfadada por algún motivo, y en su incapacidad por deshacerse de aquel malestar había usado a la pobre Edith, que simplemente había acatado aquella injusticia tan bien como pudo. O tan mal. Ahora se arrepentía de no haberse defendido, pero era consciente de que de verse nuevamente en la misma situación tampoco sería capaz de reaccionar. A pesar de saber que le habían hecho daño a propósito y sin ninguna justificación, su código moral le impedía hacer lo mismo con aquellos que le habían causado algún agravio. Con el ojo por ojo, al final todos acaban tuertos. 

- Reconozco que siempre he pensado que el dinero no da la felicidad, al menos, no necesariamente, pero en mi ignorancia siempre he pensado que aquellos que lo poseen son capaces de acceder a un nivel educativo que les impediría cometer actos tales como ese... Supongo que me equivocaba. -Musitó la joven, aún ruborizada. No estaba acostumbrada a semejante grado de cercanía con nadie, mucho menos con un miembro del género masculino, pero no quería que el hombre confundiera su pudor con una incomodidad que realmente no sentía. Estaba claro que aquel hombre no albergaba malas intenciones para con ella, así que no había razón para desconfiar de él. Y sí, quizá pecaba de ser demasiado positiva, o de ser demasiado inocente en lo que se refería a relacionarse con otros, pero no podía evitarlo: siempre prefería pensar lo mejor de otras personas, a menos que le demostrasen lo contrario. Juzgar a otros sin una base previa y extensa llevaba a cometer actos injustos como los que ella acababa de sufrir en sus propias carnes. 

En cuanto a la respuesta que obtuvo a su ofrecimiento de algo con lo que compensarle, provocó que la joven soltase una risita divertida. Tenía razón. Ahora que se fijaba en su aspecto estaba claro que no había probablemente nada que ella pudiera ofrecer que alguien como él necesitaba. Su estatus era claramente diferente, lo que le llevó a preguntarse por qué, en primera instancia, aquel joven se había molestado en interceder a su favor frente a alguien que era más semejante a sí mismo de lo que ella jamás sería. ¿Simpatía? ¿Lástima? Aunque hubiese sido lo segundo se habría sentido igualmente agradecida. Así que tomaría su oferta y trataría de pensar en cómo devolver el favor. Siempre podría regalarle algún tipo de obra, pero estaba completamente segura de que alguien como él no conocería su nombre, ni siquiera de oídas. - Lo cierto es que aún no he terminado. Me distraje con la compra de vestidos y olvidé completamente que mi misión para hoy era la de conseguir objetos útiles para mi nueva residencia. Dudo mucho que mi compañía os resulte del todo entretenida, pero que me acompañéis en mi aventura por la zona comercial no suena del todo mal. -Dijo la chica, intentando sonar menos nerviosa de lo que realmente estaba. No albergaba ninguna otra intención más allá de la de saldar la deuda contraída...

O puede que sí. La pregunta de los motivos que le habían llevado a actuar en su favor no terminaba de irse de su cabeza. A pesar de que el hombre había sido quien dijo que la clase alta solía cometer aquella clase de actos por costumbre, sus mismas acciones contradecían aquellas palabras. ¿No todos eran iguales, o simplemente él era diferente? La curiosidad siempre había sido una cualidad que relucía claramente en la personalidad de la joven Edith. ¿Cómo si no sería capaz de plasmar el mundo tan coloridamente como hacía en sus pinturas? - Mi nombre es Edith, Edith Keergård, monsieur. Encantada de conoceros. Si me lo permitís, seré vuestra guía por los puestos y tiendas que seguramente jamás habéis visitado. ¡Os aseguro que hay un montón de cosas que os sorprenderán! -La emoción era patente en su tono de voz, pero especialmente en sus gestos. Edith siempre había sido expresiva con sus manos y su rostro, pero especialmente cuando estaba ilusionada con algo en concreto.

La primera parada en su paseo tuvo lugar en una destartalada tienda de antigüedades, por cuyo aspecto exterior era difícil imaginar que su interior estaría tan repleto de pequeños tesoros de todo tipo. Lo primero que captó su atención fue un pulido reloj de color dorado, que parecía representar a una diosa siendo llevada por ángeles en un carro. Lo segundo, fue un incensario de aspecto desgastado, en cuya descripción se relataba la leyenda de que aquellos que quemaran determinado tipo de hierba usándolo verían cumplidos tres de sus deseos. Movida por una especie de impulso, lo tomó con ambas manos y sin pensárselo dos veces se dirigió a pagar por el objeto. ¿Realmente pensaba que la leyenda era cierta? Ni ella misma lo tenía claro, pero el sutil brillo de aquella plata envejecida la había cautivado sin remedio. 



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Re: · La Vie en Ville ·

Mensaje por Charles Moncrieff el Vie Abr 13, 2018 6:19 pm

Sus pasos relajados son guiados por la señorita a su lado, de reojo observa que parece más contenta, su expresión se ha tornado soñadora y cantarina. En algún momento eso le molestaría de no ser porque ahora, le parece un bálsamo para sus tribulaciones. Su respuesta es la inocencia más pura - la educación no entrega la generosidad ni la amabilidad, pequeña. Esas nacen en los corazones, me parece que tienes mucho que aprender sobre la sociedad y en lugar de escucharles, obsérvales. La mayoría quiere imponerse, ser mejor que nadie y los gritos los usan aquéllos que no sienten seguridad en su persona. Por eso alzan la voz, porque sienten que sólo así se impondrán y les obedecerán - es como una autopedrada a su propia conducta. Ella no tiene por qué saberlo, así que todo queda en la propia mente del inglés.

La risita nerviosa de su acompañante por hacerla pensar que él lo posee todo le genera una sonrisa a su vez. Con ella está sonriendo demasiado. ¿Estaría mal? Por una vez en toda su vida dejará atrás su existencia oscura. Se dejará tocar por el ángel de cabellos castaños y disfrutará una tarde en grata compañía. Porque lo es, descubre que lo es. Incluso le gustaría repetir el encuentro. Edith. Un bonito nombre. Alza una ceja descarado ante la propuesta para luego negar con la cabeza - ¿Tanto se nota que soy extranjero en esta ciudad, mademoiselle? De acuerdo, quizá sea mi porte de caballero inglés o mi acento. Hay todavía algunas expresiones parisinas que me resultan complicadas. Frases o usanzas que mi tutriz jamás me enseñó porque eran impropias para alguien de mi estirpe. Ahora las escucho y tengo que preguntar qué significan. Así que me dejo llevar por sus expertas manos - o brazo más bien, porque va con ella como si fuera el más precioso tesoro.

Le observa con la cabeza inclinada - ¿Qué le falta para su residencia? Es decir, ¿Qué objetos venía a buscar? - curiosidad pura impregnada de un instinto extraño que ojalá no se revele. Sus pasos se detienen ante la primer tienda, el gesto crítico es ocultado a la fémina en tanto entra mirando a su alrededor, por inercia, coloca un hombro contra una de las paredes cuidando de no golpear nada dejándola hacer a sus anchas. Es tan alegre, tan cuidadosa en sus maneras para evitar que algo se caiga por algún descuido y elige dos objetos que a Charles le parecen interesantes, mas innecesarios. ¿Para qué querría ella el incensario? Para el inglés, el incienso no es tan agradable. A veces le quema la nariz con las fuertes fragancias. Por inercia, observa a su alrededor caminando en silencio hasta encontrar con algo que le llama la atención.

La inspecciona con ojo crítico, evaluando su estado de conservación. Es una mesa de madera. Si la mandara pulir los grabadosse verían espléndidos. Una de las patas necesita reparación, unos clavos y estaría lista para ser usada. - ¿Ya tiene una mesa de usos múltiples? - le muestra con una mano al tiempo que el dueño del lugar ya está llegando hasta ellos - muy buena elección, la madera es de fino roble, los grabados están hechos a mano y la pintura está en un estado de conservación perfecto. El costo es de... - la cantidad ni siquiera es escuchada por el inglés cuyos orbes azul cobalto están fijos en la fémina.

El trabajo es una obra de arte, si bien el precio es un tanto elevado, Charles no estaría pidiendo rebajas. Eso no es propio de un hombre de alta alcurnia como aparenta.




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Re: · La Vie en Ville ·

Mensaje por Edith D. Keergård el Lun Mayo 14, 2018 11:32 pm

Las explicaciones acerca del por qué de la conducta de algunos nobles, emitidas por aquel caballero que ahora sabía que era de procedencia inglesa, la dejaron pensativa durante un buen rato, incluso mientras examinaba los pequeños objetos que iban atrayendo su atención en el interior del establecimiento. Puede que pecara de ser excesivamente positiva, o amable, pero Edith no podía evitar pensar que las personas eran inherentemente buenas por naturaleza, y que luego era el mundo, o los problemas con los que se iban topando a medida que la vida seguía su curso, lo que los hacía actuar de forma dañina para con otras personas. Pero tal vez su forma de ver las cosas estuviese, después de todo, equivocada. Muchas de las desgracias que tenían lugar no podían explicarse si el pretexto de que todo el mundo era bueno resultaba ser cierto. Sin embargo, empezar a pensar de otra forma le resultaba incómodo, ¿o quería decir triste? Desconfiar de las intenciones ajenas la hacían sentir como si ella misma fuera una mala persona. 

La pregunta acerca de lo que necesita para su casa la hizo reaccionar y volver al presente nuevamente. Una vez pagado el incensario, que el tendero le recalcó que era de primerísima calidad, se volteó para encarar tanto a Charles como al resto de la tienda, esta vez sí, tratando de fijarse únicamente en aquellas cosas que realmente necesitaba. - Para ser sincera, probablemente necesite de todo. Desde utensilios para comer, hasta cortinas. Llevaba mucho tiempo ahorrando para poder comprar una residencia más definitiva en la que establecerme por los años venideros, así que siempre he llevado una vida más bien modesta en cuanto a compras se refiere. Digamos que ahora me toca comprar todo aquello que en su momento no pude permitirme el lujo de tener. -En cierto modo, extrañaba su pequeño estudio algunas veces. Aquella pequeña habitación le había servido como refugio para pensar y descansar, pero también había sido el lugar donde la mayoría de sus obras más famosas hasta el momento habían visto la luz. Su modo de vida gracias a dichas obras había cambiado enormemente. Ahora podía permitirse el "lujo" de hacer varias comidas al día, o permitirse algún que otro capricho. Y de no haber llevado una vida tan humilde antaño ahora algo semejante no hubiera sido posible. No se arrepentía de la decisión tomada. Ahora tenía todo cuanto podía desear... O casi todo. 

- Ahora que lo mencionáis... La verdad es que no. ¿Y creéis que necesitaría una? Realmente no soy alguien que pueda presumir de recibir muchas visitas, y mi estilo de vida es más bien caótico debido a la naturaleza de mi trabajo, pero como que no parecería un hogar si no tuviera una mesa, ¿no creéis? -Afirmó la chica, entusiasmada ante la idea de que un objeto tan exquisito formara parte de su hogar. Jamás habría soñado siquiera con tener algo semejante. ¿Para qué? La soledad era en gran parte su única acompañante. Pero, ¿quién sabía? Quizá el futuro le sonriera en ese aspecto, y la posibilidad de tener una familia propia la inclinaba a estar de acuerdo con la necesidad de poseer un objeto semejante. El tendero, siempre atento cuando la posibilidad de venta de algún objeto aparecía, los halagó a ambos asegurándoles que se trataba de una compra más que excelente y elogiándolos por su buen gusto. Palabrería que probablemente utilizara a diario a fin de convencer a los clientes de comprar sus productos, pero en las que ella no podía evitar confiar. - Es un poco más caro de lo que pensaba, y además, me surge otra pregunta, y es cómo transportar un objeto tan pesado hasta mi casa. Vivo en la otra parte de la ciudad... -La muchacha volvió a quedarse pensativa. - ¡Oh, perdonad mi atrevimiento! ¿Quizá la deseáis vos para vuestra propia residencia? Siendo un objeto tan fino probablemente esté desaprovechada en unas manos como las mías. 



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Re: · La Vie en Ville ·

Mensaje por Charles Moncrieff el Mar Mayo 15, 2018 9:06 am

Sus primeras palabras son suficiente para que la mirada del inglés repase todo el lugar con interés. De un solo recorrido elige más de ocho objetos que serán indispensables para la fémina que parece tener más problemas con su nuevo hogar que por el hecho de que alguien desconocido le pague lo que se convertirá en suyo. Él reconoce ese sentimiento de carecer de todo, llegar a un nuevo lugar y hacerse de sus propios caprichos. Desde un diván que le recordase el de su padre hasta una muñeca que encontrase muy parecida a la que su hermanita adoraba cuando niña. Sentimental se torna con esta mujer y se pregunta el por qué. Quizá sean los malos tratos sufridos con esa dignidad propia del que nada teme o debe. Del que ve la vida con alegría y optimismo.

Aspectos que para Charles se vuelven tan parte de su pasado, que en el presente no comparte tales actitudes. Sonríe con su pregunta antes de pasar su mano por la espalda de ella tomándole del antebrazo acercándola un poco a él en forma protectora - me parecería que sí lo necesita. Si bien puede que sus visitas sean escasas, en el día a día encontrará fascinante tener una superficie donde colocar lo que quiera - le propone observando su actitud tímida e inocente. Las dudas respecto a lo pesado del mueble y el traslado le hacen asentir con la cabeza antes de escuchar su último comentario que le provoca el mirarla con intensidad cruzándose esta vez de brazos - defina, mademoiselle Keergård el término "desaprovechar" aplicado a su persona - mueve la falange de su índice diestro de derecha a izquierda como si de un "no" silencioso pareciera frente a los ojos de la fémina - me la llevo, igual aquél juego de sillas a combinación con la mesa, el conjunto de sofás color caramelo y los cortineros de la esquina - el tendero asiente contento.

Si bien su negocio es pequeño, puede darse el lujo de tener grandes muebles para ocasiones especiales como ésta. Aún así, se queda sorprendido con la última petición - los cortineros son parte de la tienda - voltea a mirarlos. El inglés se encoge de hombros - entonces es un buen día para cambiar de cortineros, todo será embalado y enviado por su vehículo y los cargadores necesarios para llevarlos al hogar de la señorita aquí presente que le dará ya los datos de su dirección y el día y la hora en que serán entregados en perfectas condiciones. Estoy seguro que tiene el servicio de mudanza - el hombre asiente con sorpresa. - Por favor, necesito el presupuesto para ver cómo le mando el dinero o bien, le dejo una dirección para que mande por el pago - el dependiente asiente aún turbado por su buena suerte.

En tanto va por papel, tinta y pluma, Charles mira a la joven - considérelo un obsequio de cumpleaños. Lamento ni siquiera haberle preguntado sobre sus gustos, más me parece que jamás los habría elegido por su falta de presupuesto. Mientras nos terminan de atender, satisfaga mi curiosidad. ¿A qué se dedica? - vuelve a recargarse en la pared cruzado de brazos, interesado en esta pequeña que se le antoja un balde de optimismo mezclado con telas y rizos peinados con esmero. El que sólo alguien que no depende de una servidumbre, es capaz de tener.




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